miércoles, 25 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 37 38 39

Capítulo 37


Wrath estaba de mal humor, y lo sabía porque el ruido que hacía el doggen al encerar la balaustrada de madera que había en la parte superior de la escalera principal le estaba dando ganas de prender fuego a toda la jodida mansión.
Estaba pensando en Beth. Lo cual explicaba por qué mientras estaba sentado detrás de su escritorio el dolor en el pecho le estaba matando.
No es que no comprendiera por qué estaba molesta con él. Y tampoco se trataba de que creyera que no merecía algún tipo de castigo. Simplemente odiaba el hecho de que Beth no estuviera durmiendo en la casa y que tuviera que mandarle un mensaje de texto a su shellan para pedirle permiso para llamarla.
El hecho de que no hubiera dormido durante días también debía formar parte del cabreo.
Y era probable que necesitara alimentarse. Pero al igual que con el sexo, había pasado tanto tiempo desde la última vez que lo hiciera, que apenas podía recordar cómo era.
Paseó la mirada por el estudio y deseó poder automedicarse el impulso de chillar recetándose una salida a luchar contra algo: sus únicas otras opciones eran ir al gimnasio o emborracharse, y acababa de volver del primero y no estaba en absoluto interesado en lo último.
Comprobó el teléfono otra vez. Beth no le había devuelto el mensaje, y hacía tres horas que lo había mandado. Y estaba bien. Probablemente estuviera ocupada o dormida.
Y una mierda estaba bien.
Se puso de pie, deslizando su RAZR en el bolsillo de atrás de su pantalón de cuero, y se dirigió hacia las puertas dobles. El doggen que estaba en el pasillo se estaba dejando el alma y la vida en la tarea de dar cera y abrillantar, y gracias a sus esfuerzos se elevaba un denso y fresco aroma a limón.
—Mi señor —dijo el doggen, haciendo una profunda reverencia.
—Estás haciendo un gran trabajo.
—Es un placer. —Sonrió el macho—. Es mi alegría servirle a usted y a su familia.
Wrath colocó una palma en el hombro del criado y luego se fue trotando escaleras abajo. Cuándo llegó al suelo de mosaicos del vestíbulo, dobló a la izquierda, hacia la cocina, y se alegró de que no hubiera nadie dentro. Abriendo el frigorífico, se enfrentó a toda clase de sobras y sacó un pavo a medio comer sin ningún entusiasmo.
Girando hacia los armarios…
—Hola.
Giró bruscamente la cabeza mirando por encima de su hombro.
—¿Beth? Qué estás…? Pensé que estabas en Lugar Seguro.
—Lo estaba. Pero acabo de regresar.
Frunció el ceño. Al ser mestiza, Beth podía tolerar la luz del sol, pero a él se le ponían los jodidos pelos de punta cada vez que ella salía durante el día. No es que fuera a ponerse a discutirlo ahora. Ella sabía lo que él pensaba, y además, estaba en casa y eso era todo lo que importaba.
—Estaba haciendo algo para comer —dijo, aunque seguramente, el pavo que estaba sobre la tabla de carnicero le pondría en evidencia—. ¿Quieres unirte a mí?
Dios, adoraba el modo en que olía. Rosas floreciendo en la noche. Para él era más acogedor que cualquier cera con aroma a limón, más magnífico que cualquier perfume.
—¿Qué tal si hago algo para ambos? —dijo ella—. Parece que estás a punto de caerte.
Estuvo a punto de decir: Nah, estoy bien, y entonces se detuvo. Incluso la más pequeña de las verdades a medias iba a acentuar los problemas entre ellos… y el hecho de que él estuviera absolutamente agotado ni siquiera era una mentira pequeña.
—Eso sería genial. Gracias.
—Siéntate —dijo, acercándose a él.
Él quería abrazarla.
Lo hizo.
Los brazos de Wrath se separaron repentinamente, se cerraron sobre ella, y la atrajeron hacia su pecho. Dándose cuenta de lo que había hecho, iba a soltara, pero ella permaneció con él, manteniendo sus cuerpos juntos. Estremecido, dejó caer la cabeza sobre su fragante y sedoso cabello y la apretó, moldeando su suavidad contra los contornos de sus duros músculos.
—Te he echado tanto de menos —le dijo.
—Yo también te he echado de menos.
Cuando ella se relajó contra él, no fue tan tonto como para creer que este momento era una panacea instantánea, pero tomaría lo que le había sido dado.
Apartándose, se subió las gafas envolventes por encima de la cabeza para que pudiera ver sus ojos inútiles. Para él, el rostro de Beth era borroso y hermoso, aunque el olor a lluvia fresca que era la esencia de las lágrimas no le complació. Le acarició ambas mejillas con los pulgares.
—¿Me permitirás besarte? —preguntó.
Cuando asintió, sostuvo su rostro entre las palmas de sus manos y bajó la boca a la de ella. El agradable contacto fue absoluta y desgarradoramente familiar y al mismo tiempo algo del pasado. Parecía que había pasado una eternidad desde que hicieran algo más que darse besitos… y la separación no era sólo debida a lo que él había hecho. Era por todo. La guerra. Los Hermanos. La glymera. John y Tohr. La familia.
Sacudiendo la cabeza, dijo:
—La vida se ha convertido en un obstáculo para nuestra vida.
—Tienes mucha razón. —Le acarició el rostro con la palma de la mano—. También ha obstaculizado tu salud. Así que quiero que te sientes allí y me permitas darte de comer.
—Se supone que es al revés. El macho da de comer a su hembra.
—Eres el Rey. —Sonrió—. Tú haces las reglas. Y a tu shellan le gustaría servirte.
—Te amo. —La atrajo nuevamente y la apretó y simplemente se quedó aferrado a su compañera—. No tienes que responderme con lo mismo…
—Yo también te amo.
Ahora le tocó el turno a él de aflojarse contra ella.
—Hora de que comas —dijo ella, arrastrándolo hacia la mesa de roble de estilo rústico y sacando una silla para que se sentara.
Al sentarse dio un respingo, alzó las caderas y se sacó el móvil del bolsillo. La cosa comenzó a dar saltos sobre la mesa, chocando contra el salero y el pimentero.
—¿Sandwich? —preguntó Beth.
—Eso sería genial.
—Para ti serán dos.
Wrath volvió a poner las gafas de sol en su lugar, porque la luz del techo hacía que le latiera la cabeza. Cuando eso no le fue suficiente, cerró los ojos, y aunque no podía ver a Beth moviéndose por el lugar, los sonidos que hacía en la cocina le calmaron como una canción de cuna. La oyó abrir los cajones, y el repiqueteo de los utensilios que había dentro de los mismos. Luego oyó al frigorífico abrirse con un jadeo y hubo ruido de fricción, seguido de cristal golpeando cristal. La gaveta del pan fue deslizada hacia fuera y el envoltorio de plástico que cubría el centeno que le gustaba, crujió. Sintió el rasgar de un cuchillo al atravesar una lechuga…
—¿Wrath?
El suave sonido de su nombre le hizo abrir los párpados y levantar la cabeza.
—¿Qu…?
—Te quedaste dormido. —La mano de su shellan le alisó el cabello—. Come. Luego voy a llevarte a la cama.
Los sándwiches estaban exactamente como a él le gustaban: sobrecargados de carne, ligeros de lechuga y tomates y con mucha mayonesa. Comió ambos, y aunque deberían haberle animado, el agotamiento que le aferraba el cuerpo con su puño mortal tiró con más fuerza.
—Anda, vamos —Beth le tomó de la mano.
—No, espera —dijo, despertándose—. Necesito decirte qué va a pasar al anochecer de esta noche.
—Okay. —En su tono de voz había cierta insinuación de tensión, como si estuviera preparándose a sí misma.
—Siéntate. Por favor.
Sacó la silla de debajo de la mesa con un chirrido y acomodó lentamente su peso.
—Me alegra que estés siendo completamente sincero conmigo —murmuró—. Con respecto a lo que sea.
Wrath le acarició los dedos con los suyos, intentando calmarla, pues sabía que lo que tenía que decir sólo iba a preocuparla más.
—Alguien…bien, probablemente más de uno, pero por lo menos uno que sepamos, quiere matarme. —La mano de Beth se tensó en la suya, y él siguió acariciándola, intentando relajarla—. Voy a reunirme con el Consejo de la glymera esta noche, y espero… problemas. Todos los Hermanos vienen conmigo y no actuaremos como estúpidos, pero no voy a mentir diciéndote que es una situación común.
—Ese… alguien… es obviamente parte del Consejo, ¿verdad? ¿Así que merece la pena que vayas en persona?
—El que lo comenzó todo no representará un problema.
—¿Cómo es eso?
—Rehvenge le hizo asesinar.
Volvió a apretarle las manos.
—Jesús… —Tomó un profundo aliento. Y otro—. Oh… Dios querido.
—La pregunta que todos nos hacemos ahora es, ¿quién más está en ello? Eso es parte de la razón por la que mi presencia en esta reunión es tan importante. Es también una demostración de fuerza, y eso es de importancia. Yo no huyo. Ni tampoco los Hermanos.
Wrath se preparó para que le dijera: «No, no vayas», y se preguntó que haría entonces.
Pero la voz de Beth fue tranquila.
—Comprendo. Pero tengo una petición.
Las cejas se enarcaron, asomando por encima de las gafas envolventes.
—¿Y es?
—Quiero que lleves un chaleco antibalas. No es que dude de los Hermanos… es sólo que me daría un poco más de consuelo.
Wrath parpadeó. Luego se llevó sus manos a los labios y las besó.
—Puedo hacer eso. Por ti, desde luego que puedo hacerlo.
Ella asintió una vez y se levantó de la silla.
—Okay. Okay… bien. Ahora, anda, vamos a acostarnos. Estoy tan agotada como pareces estarlo tú.
Wrath se puso de pie, la atrajo hacia él, y juntos salieron al vestíbulo, y sus pies cruzaron el mosaico de un manzano en flor.
—Te amo —dijo él—. Estoy tan enamorado de ti.
Beth apretó el brazo que tenía alrededor de su cintura y puso el rostro contra su pecho. El olor acre y ahumado del miedo emanaba de ella, opacando su aroma natural a rosas. Y a pesar de todo, hizo un gesto afirmativo con la cabeza y dijo:
—Tu Reina tampoco huye, ¿sabes?
—Lo sé. Yo… lo sé totalmente.


En su dormitorio del refugio de su madre, Rehv impulsó su cuerpo hacia atrás hasta que estuvo apoyado contra las almohadas. Mientras acomodaba el abrigo de marta sobre sus rodillas, dijo a su móvil:
—Tengo una idea. Qué tal si comenzamos de nuevo esta llamada telefónica.
La suave risa de Ehlena le hizo sentirse extrañamente optimista.
—Bueno. ¿Me llamarás otra vez o…
—Dime esto, ¿dónde estás?
—Arriba en la cocina.
Lo cuál explicaba el leve eco.
—¿Puedes ir a tu habitación? ¿Relajarte?
—¿Va a ser una conversación larga?
—Bueno, he reconsiderado mi tono y fíjate. —Bajó la voz un tono, convirtiéndose en un completo Lotario[1]—. Por favor, Ehlena. Vete a la cama y llévame contigo.
Ella se quedó sin aliento y luego rió otra vez.
—Qué mejora.
—Lo sé, bien… para que no pienses que no me tomo bien las órdenes. Ahora, qué tal si me devuelves el favor. Ve a tu dormitorio y ponte cómoda. No quiero estar solo, y tengo la sensación de que tú tampoco.
En vez de un, «Es verdad», oyó el gratificante sonido de una silla siendo apartada. Cuando comenzó a andar, el sonido amortiguado de sus pasos le resultó encantador, el crujido de la escalera no… porque el sonido le hacía preguntarse dónde exactamente vivía con su padre. Esperaba que fuera una casa antigua con tablas viejas y anticuadas, y no una que estuviera deteriorada.
Se oyó el chirrido de una puerta al abrirse y hubo una pausa, y estaba dispuesto a apostar a que estaba comprobando cómo estaba su padre.
—¿Está durmiendo profundamente? —preguntó Rehv.
Las bisagras chirriaron otra vez.
—¿Cómo lo has sabido?
—Porque eres así de buena.
Hubo otro ruido de puerta y luego el clic de una cerradura al encajar en su lugar.
—¿Me darás un minuto?
¿Un minuto? Mierda, le daría el mundo si pudiera.
—Tómate tu tiempo.
Hubo un sonido sordo, como si hubiera dejado el teléfono sobre un edredón o una colcha. Más protestas de puerta. Silencio. Otro chirrido y el débil gorgoteo de la cisterna de un inodoro. Pisadas. Saltos en la cama. Un crujir cercano y luego…
—¿Hola?
—¿Cómoda? —dijo él, consciente de que estaba sonriendo como un idiota… aparte de que, Dios, la idea de tenerla donde él deseaba que estuviera era fantástica.
—Sí, ¿Y tú?
—Ya puedes jurarlo. —Por otra parte, con su voz en el oído, podría haber estado en el proceso de que le arrancaran las uñas y todavía habría estado igual de alegre.
El silencio que siguió fue tan suave como la marta de su abrigo e igual de cálido.
—¿Quieres hablar de tu madre? —le preguntó ella gentilmente.
—Sí. Aunque no sé que decir, aparte de que se fue serenamente y rodeada de su familia, y eso es todo lo que cualquiera podría pedir. Había llegado su tiempo.
—Aunque la echarás de menos.
—Si. Lo haré.
—¿Hay algo que pueda hacer?
—Sí.
—Dime
—Permíteme cuidarte.
Ella rió quedamente.
—Seguro. Qué tal si te pongo al tanto de algo. En este tipo de situación, eres tú a quien se supone que hay que cuidar.
—Pero ambos sabemos que yo he sido lo que te ha costado tu trabajo…
—Para. —Hubo otro crujido, como si se hubiera incorporando sobre las almohadas—. Yo tomé la decisión de llevarte esas píldoras, soy una adulta susceptible de cometer un error de juicio. No estás en deuda conmigo, porque fui yo la que metió la pata.
—Disiento completamente. Pero dejando eso de lado, hablaré con Havers cuando venga aquí para…
—No, no lo harás. Querido Señor, Rehvenge, tu madre acaba de morir. No debes preocuparte por…
—Lo que podía hacer por ella, está hecho. Permíteme ayudarte. Puedo hablar con Havers…
—No cambiará las cosas. Ya no va a confiar en mí, y no puedo culparle.
—Pero la gente comete errores.
—Y algunos no pueden ser enmendados.
—No creo eso. —Aunque como symphath, no era exactamente alguien experto en la mierda de la moral. Ni con mucho—. Especialmente cuando se trata de ti.
—No soy diferente de todos los demás.
—Mira, no me hagas arruinar mi tono otra vez —advirtió—. Hiciste algo por mí. Quiero hacer algo por ti. Es un simple trueque e intercambio.
—Pero conseguiré otro trabajo y he hecho funcionar las cosas por mí misma, durante mucho tiempo. Da la casualidad de que es una de mis aptitudes innatas.
—No lo dudo. —Se detuvo para causar efecto y jugó la mejor carta que tenía—. Aunque este es el asunto, no puedes dejarme con esta carga sobre mi conciencia. Va a comerme por dentro. Tu mala elección fue resultado de la mía.
Ella rió suavemente.
—¿Por qué no me sorprende que conozcas mis debilidades? Y realmente lo aprecio, pero si Havers se salta las reglas por mí, ¿qué clase de mensaje trasmitiría? Él y Catya, mi supervisora, ya se lo han anunciado al resto del personal. Ahora no puede echarse atrás, ni yo querría que lo hiciera sólo porque tú estás dispuesto a utilizar mano dura con él.
Bien, mierda, pensó Rehv. Había estado planeando manipular la mente de Havers, pero eso no se ocuparía de todas las demás personas que trabajaban en la clínica, ¿verdad?
—Bueno, entonces permíteme ayudarte hasta que puedas recuperarte.
—Gracias, pero…
Él quiso maldecir.
—Tengo una idea. ¿Reúnete conmigo en mi casa para discutir acerca de ello?
—Rehv…
—Excelente. Tengo que ocuparme de mi madre temprano por la tarde y tengo una reunión a medianoche. ¿Qué te parece a las tres de la mañana? Maravilloso… te veré entonces.
Durante un instante se hizo el silencio y luego ella rió entre dientes.
—Siempre consigues lo que deseas, ¿verdad?
—Bastante a menudo.
—Bien. Tres en punto de esta noche.
—Estoy tan feliz de haber cambiado de tono, ¿tú no?
Ambos rieron, y la tensión se escurrió de la conexión como si hubiera sido drenada.
Cuando se oyó otro crujido, él asumió que significaba que estaba volviendo a acostarse y poniéndose cómoda otra vez.
—Entonces, ¿puedo contarte algo que hizo mi padre? —dijo ella abruptamente.
—Puedes contarme eso y luego explicarme por qué no comiste más en la cena. Y después vamos a hablar sobre la última película que has visto, los libros que has leído y acerca de qué piensas sobre el calentamiento global.
—De verdad, ¿todo eso?
Dios, amaba su risa.
—Sip. Estamos en red, así que es gratis. Oh, y quiero saber cuál es tu color favorito.
—Rehvenge… realmente no quieres estar solo, ¿verdad? —Las palabras fueron dichas suavemente y casi distraídamente, como si el pensamiento se hubiera escabullido por su boca.
—En este momento… lo único que quiero es estar contigo. Eso es todo lo que sé.
—Yo tampoco estaría preparada. Si mi padre muriera esta noche, no estaría lista para dejarle ir.
Él cerró los ojos.
—Eso es… —Tuvo que aclararse la garganta—. Así es exactamente como me siento. No estoy listo para esto.
—Tu padre también ha… muerto. Así que sé que es mucho más difícil.
—Bueno, sí, él está muerto, aunque no le echo de menos en absoluto. Ella siempre ha sido la única para mí. Y al irse ella… me siento como si acabara de conducir hasta mi hogar para encontrar que alguien lo ha quemado. Quiero decir, no la veía todas las noches ni siquiera todas las semanas, pero siempre tenía la posibilidad de ir a verla, sentarme con ella y oler su Chanel Nº 5. De oír su voz y verla al otro lado de una mesa. Esa posibilidad… era donde residían mis cimientos, y no me he dado cuenta hasta que la he perdido. Mierda… estoy hablando sin sentido.
—No, sí tiene mucho sentido. A mi me ocurre lo mismo. Mi madre se fue y mi padre… está aquí pero no está. Así que también siento que no tengo un hogar. Que voy a la deriva.
Esta era la razón para que las personas se aparearan, pensó Rehv súbitamente. Olvida el sexo y la posición social. Si fueran listos, lo harían para construir una casa sin paredes, un techo invisible y un suelo que nadie pudiera pisar… y que no obstante la estructura fuera un refugio que ninguna tormenta pudiera derribar, y ninguna cerilla pudiera incendiar, ni el paso de los años pudiera degradar.
En ese momento se dio cuenta. Un vínculo de emparejamiento como ese te ayudaba a superar noches de mierda como esta.
Bella había encontrado ese refugio con su Zsadist. Y quizá su hermano mayor necesitara seguir el ejemplo de su hermana.
—Bueno —dijo Ehlena con torpeza—, si quieres puedo responder la pregunta acerca de mi color favorito. Quizás evite que las cosas se pongan demasiado profundas.
Rehv se sacudió a sí mismo y regresó al asunto.
—¿Y cuál sería?
Ehlena carraspeó un poco.
—Mi color favorito es el… amatista.
Rehv sonrió hasta que le dolieron las mejillas.
—Creo que es un color genial para que te guste. El color perfecto. .


Capítulo 38


En el funeral de Chrissy había quince personas que la habían conocido y una que no… y Xhex escrutó el cementerio azotado por el viento buscando a una decimoséptima persona que estuviera escondiéndose entre los árboles, las tumbas o las lápidas más grandes.
No le extrañaba que el jodido camposanto se llamara Pine Grove. Había ramas mullidas por todo el lugar, suministrando un amplio refugio para alguien que no quisiera ser visto. Maldita sea el infierno.
Había encontrado el cementerio en las Páginas Amarillas. Los dos primeros a los que llamó no tenían espacio disponible. El tercero sólo tenía espacio en el Muro de la Eternidad, como lo había llamado el tipo, para cuerpos incinerados. Al final, encontró este lugar, Pine Grove y compró el rectángulo de tierra que ahora todos rodeaban.
El ataúd de color rosa había costado casi cinco de los grandes. El trozo de tierra otros tres. El sacerdote, padre o como sea que le llamaran los humanos, indicó que lo apropiado sería una donación y sugirió que cien dólares estarían bien.
Ningún problema. Chrissy se lo merecía.
Xhex volvió a examinar los jodidos pinos, esperando encontrar al idiota que la asesinó. Bobby Grady tenía que venir. La mayoría de los maltratadores que mataban a los objetos de sus obsesiones continuaban conectados emocionalmente. Y aunque la policía lo estuviera buscando, y él debía saberlo, el impulso de ver cómo la ponían a descansar vencería a la lógica.
Xhex se concentró en el oficiante. El macho humano iba vestido con un abrigo negro, exponiendo el cuello blanco en la parte de la garganta. En sus manos, sobre el bonito ataúd de Chrissy, sostenía una Biblia que leía en voz baja y respetuosa. Los extremos de las cintas de raso que estaban dispuestas entre las doradas páginas, para señalar las secciones más utilizadas, sobresalían de la parte inferior del libro, y ondeaban sus colores rojo, amarillo y blanco en el frío aire. Xhex se preguntó cómo sería su lista de «favoritos». Bodas. Bautismos (si había entendido bien esa palabra). Funerales.
¿Rezaría por los pecadores?, se preguntó. Si recordaba correctamente esa cosa del Cristianismo, creía que era su deber hacerlo… así que aunque no sabía que Chrissy había sido una prostituta, de haberlo sabido, de todos modos habría tenido que adoptar ese tono y expresión de respeto.
Esto consoló a Xhex, aunque no hubiera sabido decir por qué.
Desde el norte sopló una brisa helada, y ella reanudó la vigilancia del terreno. Chrissy no iba a permanecer aquí cuando terminaran. Como tantos rituales, esto era solamente una exhibición. Al estar la tierra helada, iba a tener que esperar hasta la primavera, alojada en un casillero de carne de la morgue. Pero al menos tenía la lápida, de granito rosa, por supuesto, colocada donde sería enterrada. Xhex había optado por hacer una inscripción sencilla, sólo el nombre de Chrissy y las fechas, pero a lo largo de los bordes había un lindo trabajo de ornamentación como si fuera un pergamino.
Esta era la primera ceremonia mortuoria humana a la que Xhex acudía, y le pareció de lo más extraña, todas esas sepulturas, primero en la caja, luego bajo tierra. La noción de estar metida bajo tierra era suficiente para hacerle tironear del cuello de su chaqueta de cuero. Nop. Esto a ella no le iba. En ese aspecto, era enteramente symphath.
Las piras funerarias eran la única forma de irse.
Ante la tumba, el oficiante se inclinó con una pala de plata y escarbó el suelo, luego tomo un puñado de la tierra suelta y pronunció sobre el ataúd:
—Cenizas a las cenizas, polvo al polvo.
El hombre dejó volar los granos de tierra, y cuando el fuerte viento se apoderó de ellos, Xhex suspiró, a esta parte si le encontraba sentido. En la tradición symphath, el muerto era elevado sobre una serie de plataformas de madera, a las que prendían fuego desde abajo, el humo flotaba hacia arriba y se dispersaba de la misma forma en que lo había hecho el polvo, a merced de los elementos. ¿Y qué quedaba? La ceniza que era abandonada donde reposaba.
Por supuesto, que los symphaths eran quemados porque nadie confiaba en que realmente estuvieran muertos cuando «morían». A veces sí. Otras veces sólo lo fingían. Y valía la pena asegurarse.
Pero la elegante mentira era la misma en ambas tradiciones, ¿no? Siendo reducido a cenizas te liberabas del cuerpo, y sin embargo continuabas siendo parte de todo.
El sacerdote cerró la Biblia e inclinó la cabeza, y mientras todo el mundo seguía su ejemplo, Xhex volvió a pasear la vista por los alrededores, rezando para que ese jodido Grady estuviera en algún sitio.
Pero por lo que podía ver y sentir, todavía no había aparecido.
Mierda, mira todas esas lápidas... implantadas en las sinuosas colinas que ahora presentaban un color marrón invernal. Aunque las lápidas eran todas distintas (largas y delgadas, o bajas y a ras de suelo, blancas, grises, negras, rosas, doradas) había un esquema central común a todas ellas, las hileras de muertos estaban dispuestas como casas en una urbanización, con sendas asfaltadas y extensiones de árboles serpenteando entre ellas.
Una lápida atrajo su atención. Era una estatua de una mujer vestida con una túnica que miraba fijamente a los cielos, su rostro y su postura eran tan plácidos y serenos como el cielo nublado en el que estaba enfocada. El granito en el que estaba esculpida era de un gris pálido, el mismo color que descollaba por encima de ella, y por un momento le fue difícil distinguir dónde terminaba la escultura y dónde empezaba el horizonte.
Sacudiéndose, Xhex miró a Trez y, cuando sus ojos se encontraron, él hizo un gesto negativo casi imperceptible con la cabeza. Lo mismo ocurrió con iAm. Ninguno de ellos había captado la presencia de Bobby, tampoco.
Mientras tanto, el detective De la Cruz la contemplaba, y ella lo sabía no porque le devolviera el favor, sino porque cada vez que sus ojos se posaban en ella podía sentir sus emociones cambiar. Comprendía lo que ella sentía. Realmente lo hacía. Y había una parte de él que la respetaba por su ansia de venganza. Pero estaba decidido.
Cuando el sacerdote dio un paso atrás y fluyó la conversación, Xhex se dio cuenta que el servicio había terminado, y observó como Marie–Terese era la primera en romper filas, dirigiéndose hacia el oficiante para estrecharle la mano. Estaba espectacular con el atuendo del funeral, el encaje negro que le cubría la cabeza realmente parecía el de una novia, los abalorios y la cruz que tenía en las manos la hacían parecer piadosa casi hasta el punto de lo monacal.
Obviamente, el sacerdote aprobaba su atuendo, su rostro serio y hermoso y lo que fuera que le estaba diciendo, porque se inclinó y sujetó su mano. Cuando entraron en contacto, la rejilla emocional de él cambió hacia el amor, a un puro, concentrado y casto amor.
Xhex se dio cuenta que era debido a eso que la estatua le había llamado la atención. Marie–Terese era exactamente igual a la mujer de la túnica. Qué extraño.
—Bonito servicio, ¿eh?
Se dio la vuelta y miró al detective De la Cruz.
—Me pareció adecuado. En realidad no sabría decirlo.
—Entonces, no es católica.
—No. —Xhex saludó a Trez y a iAm mientras el gentío se dispersaba. Los chicos iban a llevar a todo el mundo a comer afuera antes de ir al trabajo, como una forma más de honrar a Chrissy.
—Grady no vino —dijo el detective.
—No.
De la Cruz sonrió.
—Sabe, habla de la misma forma que decora.
—Me gusta mantener las cosas sencillas.
—¿Simplemente los hechos, señora? Pensé que esa era mi línea. —Echó un vistazo a las espaldas de la gente, que se alejaban en dirección a los tres coches que estaban aparcados juntos en el camino. Uno por uno, el Bentley de Rehv, un monovolumen Honda y el Camry de cinco años de Marie–Terese arrancaron.
—Así que, ¿dónde está su jefe? —murmuró De la Cruz—. Esperaba verlo aquí.
—Es un ave nocturna.
—Ah.
—Mire, Detective, voy a marcharme.
—¿En serio? —Hizo un amplio gesto abarcando los alrededores con el brazo—. ¿En qué? ¿O es que le gusta caminar con este tiempo?
—Aparqué en otro sitio.
—¿Sí? ¿No estará pensando en quedarse por los alrededores? Ya sabe, para ver si hay alguna llegada tardía.
—Pero, ¿por qué haría eso?
—Ciertamente ¿Por qué?
Hubo una larga, larga, larga pausa, durante la cual Xhex permaneció mirando fijamente la estatua que le recordaba a Marie–Terese.
—¿Quiere llevarme hasta mi coche, Detective?
—Sí, por supuesto que sí.
El sedan sin marca era tan práctico como el vestuario del detective, pero como el grueso abrigo del tipo, era cálido, y al igual que lo que había dentro de las ropas del detective, era poderoso, el motor gruñó como algo que encontrarías bajo la capota de un Corvette.
De la Cruz echó un vistazo hacia atrás y aceleró.
—¿Dónde voy?
—Al club, si no le importa.
—¿Allí fue dónde dejó el coche?
—Me trajeron hasta aquí.
—Ah.
Mientras De la Cruz conducía a lo largo del sinuoso camino, ella miró fijamente hacia fuera, a las lápidas y por un breve momento pensó en la cantidad de cuerpos a los que había abandonado.
Incluido el de John Matthew.
Había hecho lo posible por no pensar en lo que habían hecho y en la forma en que había dejado ese cuerpo grande y duro suyo totalmente desparramado sobre su cama. La expresión de sus ojos al verla atravesar la puerta estaba repleta de una angustia que no podía permitirse interiorizar. No se trataba de que no le importara una mierda; el problema era que le importaba demasiado.
Ese era el motivo por el cual había tenido que irse, y por el cual no podía correr el riesgo de volver a quedarse a solas con él otra vez. Ya había pasado por eso antes, y los resultados habían sido peor que trágicos.
—¿Está bien? —preguntó De la Cruz.
—Sí, estoy bien, Detective. ¿Y usted?
—Bien. Simplemente bien. Gracias por preguntar.
Frente a ellos surgieron las puertas del cementerio, los intricados enrejados de hierro estaban abiertos de par en par, quedando uno a cada lado del camino.
—Voy a volver por aquí —dijo De la Cruz mientras frenaba y luego avanzaba por la calle que había más allá de las puertas—. Porque pienso que Grady aparecerá en algún momento. Tiene que hacerlo.
—Pues bien, a mi no me verá.
—¿No?
—No. Puede contar con ello. —Es que era demasiado buena escondiéndose.


Cuando el teléfono de Ehlena hizo un bip en su oído, tuvo que apartarlo de su cabeza.
—Qué demon… Oh. La batería se está muriendo. Espera.
La profunda risa de Rehvenge provocó que hiciera una pausa en su búsqueda del cable, sólo para poder oír hasta el último retumbo de su sonido.
—Okay, ya estoy enchufada. —Se volvió a acomodar contra las almohadas—. Ahora, dónde estábamos… oh, sí .Yo es que tengo curiosidad, ¿exactamente qué clase de hombre de negocios eres?
—Uno con éxito.
—Lo cual explica el guardarropa.
Él rió de nuevo.
—No, mi buen gusto explica el guardarropa.
—Bueno entonces la parte del éxito es la que lo paga.
—Bien, mi familia es afortunada. Dejémoslo ahí.
Deliberadamente se concentró en su edredón para no acordarse de la raída habitación de techo bajo en la que estaba. Mejor aún… Ehlena extendió la mano y apagó la luz que estaba sobre las cajas de leche que había apilado al lado de su cama.
—¿Qué fue eso? —preguntó él.
—La luz. Yo, ah, acabo de apagarla.
—Oh, muy mal, te he mantenido despierta demasiado tiempo.
—No, yo sólo... quería estar a oscuras, es todo.
La voz de Rehv se hizo tan baja que apenas pudo oírla.
—¿Por qué?
Sí, como si fuera a decirle que era porque no quería pensar en dónde vivía.
—Yo… quería ponerme aún más cómoda.
—Ehlena. —El deseo tiñó su tono, cambiando el tenor de la conversación de un flirteo a… algo muy sexual. Y en un instante, estaba de regreso en su cama en ese ático, desnuda, con la boca de él sobre su piel.
—Ehlena...
—Qué —respondió con voz ronca.
—¿Todavía llevas puesto el uniforme? ¿El que te quité?
—Sí. —La palabra fue más aliento que otra cosa, y fue mucho más que una respuesta a la pregunta que le hizo. Sabía lo que deseaba, y ella también lo deseaba.
—Los botones de delante —murmuró—. ¿Abres uno para mí?
—Sí.
Cuando soltó el primero de ellos, él dijo:
—Y otro.
—Sí.
Prosiguieron hasta que el uniforme estuvo totalmente abierto por delante, y ella en serio se alegró de que las luces estuvieran apagadas… no porque se hubiera sentido avergonzada, sino porque así le parecía que él estaba allí a su lado.
Rehvenge gimió, y le oyó lamerse los labios.
—Si estuviera allí, ¿sabes lo que estaría haciendo? Estaría recorriéndote los pechos con las yemas de los dedos. Encontraría un pezón y trazaría círculos a su alrededor para que estuviera listo.
Ella hizo lo que le describía y jadeó cuando se tocó a sí misma. Luego se dio cuenta…
—¿Listo para qué?
Él soltó una risa prolongada y profunda.
—Quieres oírmelo decir, ¿no?
—Sí.
—Listo para mi boca, Ehlena. ¿Recuerdas lo que se siente? Porque yo recuerdo exactamente cómo sabes. Déjate puesto el sujetador y pellízcate para mí… como si estuviera chupándote a través de una de esas preciosas copas de encaje blanco tuyas.
Ehlena apretó el pulgar y el índice entre sí, atrapando el pezón entre los dos. El efecto fue menor a la succión cálida y húmeda de él, pero fue lo bastante bueno, especialmente con él diciéndole que lo hiciera. Repitió el pellizco y se arqueó en la cama, gimiendo su nombre.
—Oh, Jesús... Ehlena.
—¿Ahora... qué...? —Mientras soltaba el aire por la boca, sentía pulsaciones entre los muslos, estaba húmeda, desesperada por lo que iban a hacer.
—Quisiera estar allí contigo —gimió él.
—Estás conmigo. Lo estás.
—Otra vez. Aprieta por mí. —Mientras se estremecía y gritaba su nombre, fue rápido con la siguiente orden—. Súbete la falda para mí. De forma que quede alrededor de tu cintura. Deja el teléfono y hazlo rápido. Estoy impaciente.
Dejó caer el teléfono sobre la cama y arrastró la falda sobre sus muslos hasta pasar las caderas. Tuvo que palpar a su alrededor para encontrar el teléfono y rápidamente se lo puso en el oído.
—¿Hola?
—Dios, eso sonó bien... podía oír la ropa subiendo por tu cuerpo. Quiero que empieces por los muslos. Ve primero allí. Déjate puestas las medias y acaríciate hacia arriba.
Las medias actuaban como un conductor de su contacto, amplificando la sensación así como lo hacía la voz de él.
—Recuérdame haciendo eso —le dijo con una voz velada—. Recuerda.
—Sí, oh, sí...
Estaba jadeando tan fuerte por la anticipación, que casi se perdió su gruñido:
—Desearía poder olerte.
—¿Más arriba? —preguntó.
—No. —Cuando su nombre abandonó los labios en protesta, se rió de la forma en que lo hacía un amante, suave y quedo, una risa que era tanto de satisfacción como de promesa—. Sube por la parte exterior del muslo hacia la cadera y luego hacia la espalda y vuelve a bajar.
Hizo lo que le pidió y mientras se acariciaba él le hablaba:
—Me encantaría estar contigo. No puedo esperar para ir allí otra vez. ¿Sabes lo qué estoy haciendo?
—¿Qué?
—Lamiéndome los labios. Porque estoy pensando en mí abriéndome camino a besos por tus muslos para luego pasar mi lengua, hacia arriba y hacia abajo por el lugar donde me muero por estar. —Ella gimió su nombre otra vez y fue recompensada—. Ve allí abajo, Ehlena. Por encima de las medias. Ve donde a mí me gustaría estar.
Cuando lo hizo, sintió, a través del fino nailon toda la pasión que habían generado, y su sexo respondió humedeciéndose aún más.
—Quítatelas —dijo—. Las medias. Quítatelas y mantenlas contigo.
Ehlena dejó el teléfono otra vez y en su prisa por sacárselas ni le preocupó que les pudiera hacer una maldita carrera. Buscó a tientas el teléfono, y apenas lo tuvo al alcance estaba preguntando qué era lo próximo.
—Desliza la mano bajo las bragas. Y dime lo que encuentras.
Hubo una pausa.
—Oh, Dios... estoy húmeda.
Esta vez cuando Rehvenge gimió, se preguntó si tendría una erección; había visto que era capaz de tener una, pero en definitiva, la impotencia no significaba que no pudieras ponerte duro. Sólo significaba que por alguna razón no podías acabar.
Jesús, deseaba poder darle algunas órdenes, unas que concordaran con cualquiera que fuera el nivel sexual en el que podía funcionar. Sólo que no sabía hasta dónde llegar.
—Acaríciate y piensa que soy yo —gruñó él—. Que es mi mano.
Hizo lo que le pidió y tuvo un fuerte orgasmo, revolcándose por toda la cama, pronunciando su nombre en una explosión tan silenciosa como le fue posible.
Deshazte de las bragas.
¡Entendido!, pensó mientras tironeaba de ellas para bajarlas por los muslos y tirarlas Dios sabía dónde.
Se volvió a acostar de espaldas, ansiando volver a hacerlo, cuando él le dijo:
—¿Puedes sujetar el teléfono entre la oreja y el hombro?
—Sí. —Al diablo; si quería que se transformara en un pretzel[2] de vampiro ella estaría de acuerdo con el plan.
—Toma las medias con las dos manos, extiéndelas bien tensas, luego pásalas entre tus piernas de delante hacia atrás.
Ella se rió con un filo erótico, luego dijo dulcemente:
—Quieres que me frote contra ellas, ¿no?
La respiración de él fue como un disparo en su oído.
—Joder, sí.
—Macho sucio.
—Un baño de tu lengua podría limpiarme. ¿Qué te parece?
—Sí.
—Adoro esa palabra en tus labios. —Mientras se reía, le dijo—: Entonces, ¿qué estás esperando, Ehlena? Necesitas darle un buen uso a esas medias.
Acunó el teléfono móvil en el cuello, encontró una buena posición para hacerlo, y luego, sintiéndose como una ramera y disfrutándolo, tomó las medias blancas, rodó hasta ponerse de lado, y deslizó el trozo de nailon entre las piernas.
—Despacio y con firmeza —dijo él, jadeante.
Ella boqueó ante el contacto, la dura y tersa cuerda se hundió en su sexo, tocando todos los lugares correctos.
—Muévete contra ella —dijo Rehvenge con satisfacción—. Déjame escuchar lo bien que se siente.
Ella hizo exactamente eso, las medias se empaparon y se calentaron igualándose a su núcleo. Continuó haciéndolo, cabalgando sobre las sensaciones y el fluir de sus palabras hasta que se corrió una y otra vez. En la oscuridad, con los ojos cerrados y la voz de él en su oído, era casi tan bueno como estar con él.
Cuando quedó laxa, tirada de cualquier forma sobre la cama, con la respiración entrecortada y sintiéndose fenomenal, se acurrucó alrededor del teléfono.
—Eres tan hermosa —dijo él quedamente.
—Sólo porque tú me haces así.
—Oh, estás muy equivocada sobre eso. —Bajó la voz—. ¿Esta noche vendrás a verme más temprano? No puedo esperar hasta las cuatro.
—Sí.
—Bien.
—¿Cuándo?
—Estaré aquí con mi madre y mi familia hasta alrededor de las diez. ¿Vienes después de esa hora?
—Sí.
—Tengo esa reunión, pero tendremos alrededor de una hora de intimidad.
—Perfecto.
Hubo una larga pausa, una que ella tuvo la perturbadora sensación que bien podía haber sido llenada con un te quiero por ambas partes si hubieran tenido el valor.
—Que duermas bien —suspiró él.
—Tú también, si puedes. Y escucha, si no puedes dormir, llámame. Estoy aquí.
—Lo haré. Lo prometo.
Hubo otro tenso silencio, como si cada uno estuviera esperando que el otro colgara primero.
Ehlena rió, a pesar de que la idea de dejarle hiciera que le doliese el corazón.
—Okay, a la de tres. Uno, dos…
—Espera.
—¿Qué?
Él se quedó sin responder durante mucho rato.
—No quiero dejar el teléfono.
Ella cerró los ojos.
—Me siento igual.
Rehvenge soltó un suspiro, lento y quedo.
—Gracias. Por permanecer conmigo.
La palabra que le vino a la mente no tenía ningún sentido, y no estaba segura de por qué la dijo, pero lo hizo:
—Siempre.
—Si quieres, puedes cerrar los ojos e imaginar que estoy a tu lado. Abrazándote.
—Haré exactamente eso.
—Bien. Que duermas bien. —Fue él quien cortó la comunicación.
Cuando Ehlena se apartó el teléfono de la oreja y pulsó el botón de fin, el teclado se iluminó, emitiendo una luz azul brillante. El aparato estaba caliente por el lugar donde lo había sujetado durante tanto tiempo, y acarició la pantalla plana con el pulgar.
Siempre. Ella quería estar allí para él siempre.
El teclado se oscureció, la luz se extinguió de un modo tan terminante que la aterrorizó. Pero todavía podía llamarlo, ¿no? Podría parecer patética y necesitada, pero él continuaba estando en el planeta aunque no estuviera al teléfono.
La posibilidad de llamarlo estaba allí.
Dios, hoy había muerto su madre. Y de toda la gente en su vida con la que podía haber pasado las horas, la había elegido a ella.
Subiendo las sábanas y la colcha por encima de sus piernas, Ehlena se hizo un ovillo alrededor del teléfono, lo acunó, y se durmió.


Capítulo 39


Haciendo tiempo en el puto rancho que había decidido usar como narco–casa, Lash estaba sentado muy derecho en un sillón en el cual, en su antigua vida, ni siquiera habría permitido que su rottweiler cagara. La cosa era un Barcalounger de los reclinables, un pedazo de mierda barato y con mucho relleno que desafortunadamente era la ostia de cómodo.
No era exactamente el trono al que aspiraba, pero sí un maldito buen lugar para aparcar su culo.
La habitación que se extendía detrás de su portátil abierto, era de cuatro por cuatro y tenía una decoración acorde con los bajos ingresos de no–podían–permitirse–reemplazos, los sofás tenían los brazos raídos, había una imagen de un decolorado Jesucristo que colgaba torcida y la alfombra desteñida tenía manchas pequeñas y redondeadas… que parecían sugerir pis de gato.
El señor D estaba dormido con la espalda apoyada contra la puerta principal, la pistola en la mano y el sombrero de vaquero echado sobre los ojos. Otros dos lessers estaban sentados bajo una arcada que había en la habitación, estaban apoyados uno en cada jamba y tenían las piernas extendidas.
Grady estaba en el sofá, con una caja abierta de Domino´s Pizza a su lado y lo único que quedaba sobre la cartulina blanca eran manchas grasientas y tiras de queso que formaban un patrón parecido a los radios de una rueda. Se había comido una Migthy Meaty[3] extra grande él solo y en ese momento estaba leyendo un ejemplar atrasado del Caldwell Courier Journal.
El hecho de que el tipo estuviera tan extrañamente relajado hacía que a Lash le dieran ganas de hacerle una autopsia mientras el HDP estuviera respirando aún. ¿Qué coño? El hijo del Omega se merecía un poco más de ansiedad por parte de sus victimas secuestradas, que le den por el culo.
Lash miró su reloj y decidió dar a sus hombres sólo media hora más de recarga. Hoy tenían programadas otras dos reuniones con distribuidores de estupefacientes, y esa noche iba a ser la primera vez que sus hombres salieran a las calles con el producto.
Lo cual significaba que iba a tener que dejar enfriar hasta mañana el asunto con el rey symphath… Lash iba a cerrar el trato, pero los intereses financieros de la Sociedad tenían prioridad.
Lash miró por encima de uno de sus lessers dormidos hacia la cocina, donde una larga mesa plegable estaba extendida. Esparcidas a lo largo de su superficie laminada había pequeñas bolsitas de plástico, de la clase que te daban cuando comprabas un par de pendientes baratos en el centro comercial. Unas tenían polvo blanco dentro, otras pequeñas piedras marrones; otras contenían píldoras. Los agentes diluyentes que habían utilizado, como levadura en polvo y talco, formaban suaves pilas, y las envolturas de celofán en que habían venido los kilos estaban tiradas en el suelo.
Vaya botín. Grady pensaba que valía aproximadamente doscientos cincuenta mil dólares y que, con cuatro hombres en la calle, cambiaría de manos en aproximadamente dos días.
A Lash le gustaban esos cálculos, y se había pasado las últimas horas examinando su plan de negocios. El acceso a más mercancía iba a representar un problema de abastecimiento; no podía continuar con la rutina de apunta–y–dispara para siempre, porque iba a quedarse sin gente a quien apuntar. La cuestión era por dónde colarse en la cadena del negocio: estaban los importadores extranjeros como los sudamericanos, los japoneses o los europeos; también había mayoristas, como Rehvenge; y luego había una mayor cantidad de distribuidores al por menor, que eran los tipos que Lash había estado eliminando. Considerando lo difícil que iba a ser llegar a los mayoristas y cuanto tiempo le tomaría desarrollar una relación con los importadores, lo más lógico sería que se convirtiera en productor.
La geografía limitaba sus opciones, porque Caldwell tenía una temporada de cultivos que duraba unos diez minutos, pero las drogas como la X y la metanfetamina no requerían de buen clima. Y como era de público conocimiento, en Internet se podían conseguir instrucciones de cómo construir y hacer funcionar laboratorios de metanfetamina y fábricas de X. Por supuesto, que el problema se presentaría a la hora de obtener los ingredientes, porque en los establecimientos había leyes y mecanismos de seguimiento para supervisar la venta de varios de los componentes químicos. Pero él tenía el control mental de su lado. Al ser los humanos tan fácilmente manipulables, tendría forma de tratar con esa clase de problemas.
Mientras contemplaba la brillante pantalla, decidió que el siguiente gran trabajo del señor D consistiría en establecer un par de estas instalaciones de producción. La Sociedad Lessening poseía bastantes bienes inmuebles; demonios, una de las granjas sería perfecta. Proveer el personal iba a ser un problema, pero de todos modos ya iba siendo hora de efectuar un reclutamiento.
Mientras el señor D estuviera trabajando para instaurar las fábricas, Lash iba a abrir el camino en el mercado. Rehvenge tenía que desaparecer. Incluso si la Sociedad distribuía únicamente X y metanfetamina, cuantos menos distribuidores de esos productos hubiera, mejor, y eso significaba sacar al mayorista que había en la cima… aunque cómo llegar a él era un jodido rompecabezas. En el ZeroSum estaban esos dos Moros y esa puta hembra transexual, además tenía suficientes cámaras de seguridad y sistemas de alarma como para equiparar al Museo Metropolitano de Arte. Por otro lado Rehv debía ser un hijo de puta inteligente o no habría durado tanto como lo había hecho. El club había estado abierto durante, ¿cuánto? ¿Cinco años?
Un fuerte crujido de papel hizo que Lash volviera a enfocar los ojos por encima de su portátil Dell. Grady se había levantado abandonando la poco elegante postura despatarrada de cuando estaba en el sofá y estaba empuñando el CCJ apretando los puños con tanta fuerza que parecían nudos marineros y esa especie de anillo sin piedra que llevaba se le estaba incrustando en la piel del dedo.
—¿Qué sucede? —dijo Lash arrastrando las palabras—. ¿Leíste que la pizza provoca que te suba el colesterol o alguna mierda así?
No era como si el malnacido fuera a vivir el tiempo suficiente como para preocuparse por sus arterias coronarias.
—No es nada… nada, no es nada.
Grady tiró el periódico a un lado y se derrumbó sobre los cojines del sofá. Cuando su poco interesante rostro palideció, se llevó una mano al corazón, como si la cosa estuviera haciendo aeróbics dentro de su tórax, y con la otra se retiró el cabello, que no necesitaba ninguna ayuda para alejarse de su frente.
—¿Qué coño te pasa?
Grady sacudió la cabeza, cerró los ojos y movió los labios como si estuviera hablando consigo mismo.
Lash volvió a bajar la mirada hacia la pantalla de su ordenador.
Al menos el idiota estaba alterado. Eso era bastante satisfactorio.







[1]Personaje de la obra The Fair Penitent (1703), de Nicholas Rowe. La palabra Lotario también se utiliza para describir a un apuesto y seductor mujeriego, ósea, un Don Juan Tenorio. (N. de la T.)
[2]Galleta salada seca en forma de ocho. (N. de la T.)
[3]Pizza típica de Domino’s. que contiene cebolla, champiñones, pepperoni, jamón, carne picada y salchichas. (N. de la T.)

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