lunes, 23 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 4 5 6

Capítulo 4


Cuando el coche de Rehvenge se internó dentro de los límites de la ciudad de Caldwell, deseó como el infierno ir directamente al ZeroSum. Sin embargo, era más listo que eso. Tenía problemas.
Desde que había dejado el refugio de Montrag en Connecticut, ya había aparcado su Bentley a un lado de la carretera dos veces para inyectarse dopamina. De todas formas, su droga milagrosa volvía a fallarle. Si hubiera tenido más de esa mierda en el coche, se habría disparado otra jeringuilla, pero se le había acabado.
La ironía de un camello teniendo que ir a su camello a la carrera no tenía desperdicio, y era una maldita vergüenza que no hubiera más demanda de neurotransmisores en el mercado negro. Tal como estaba la cosa, el único suministro de Rehv era a través de medios legítimos, pero iba a tener que arreglar eso. Si era lo bastante listo como para suministrar X, coca, hierba, meta, OxyC y heroína a través de sus dos clubes, seguramente podría averiguar cómo demonios conseguir sus propios viales de dopamina.
—Ah, vamos, mueve el culo. Es sólo una maldita rampa de salida. Habrás visto alguna antes.
Había hecho un buen tiempo en la autopista, pero ahora que estaba en la ciudad, el tráfico ralentizaba su progreso, y no sólo a causa de la congestión. Con su falta de percepción de profundidad, juzgar distancias entre parachoques era problemático, así que tenía que ir con mucho más cuidado del que le gustaba.
Y además estaba este jodido idiota con su cafetera de mil doscientos años y sus exagerados hábitos de frenado.
—No... no... por todo lo sagrado no cambies de carril. Ya desde donde estás ni siquiera puedes ver por tu retrovisor…
Rehv pisó los frenos porque Señor Tímido realmente estaba pensando que su lugar estaba en el carril rápido y parecía pensar que la forma de conseguir entrar en él requería detenerse por completo.
Normalmente, a Rehv le encantaba conducir. Incluso lo prefería a desmaterializarse porque estando medicado, era el único momento en el que se sentía como si fuera él mismo: rápido, ágil y poderoso. Conducía un Bentley no sólo porque fuera chic y pudiera permitirse uno, sino por los seiscientos caballos que tenía bajo el capó. Estar entumecido y confiar en un bastón para mantener el equilibrio le hacía sentir como un viejo y lisiado macho la mayor parte del tiempo, y se sentía bien ser... normal.
Por supuesto, la cuestión de no–sentir tenía sus beneficios. Por ejemplo, cuando se golpeara la frente contra el volante en otro par de minutos, sólo iba a ver las estrellas. ¿El dolor de cabeza? No representaba ningún problema.
La clínica encubierta de la raza vampiro estaba a quince minutos después del puente que justamente estaba subiendo, y las instalaciones no eran suficientes para las necesidades de sus pacientes, siendo poco más que un refugio convertido en hospital de campo. Aún así la solución Ave María era todo lo que la raza tenía por el momento, un jugador suplente puesto en juego porque la pierna del quarteback se había partido por la mitad.
Tras las incursiones acaecidas durante el verano, Wrath estaba trabajando con el médico de la raza para conseguir un nuevo establecimiento permanente, pero como todo, eso llevaba su tiempo. Con tantos lugares saqueados por la Sociedad Lessening, nadie pensaba que fuera buena idea utilizar fincas que ya fueran propiedad de la raza, porque sólo Dios sabía cuantas localizaciones más habían sido filtradas. El Rey estaba buscando otro sitio para comprar, pero tenía que estar aislado y...
Rehv pensó en Montrag.
¿Realmente la guerra había quedado circunscrita al asesinato de Wrath?
La retórica, iniciada por el lado vampiro dado por su madre, ondeó a través de su mente, pero no provocó ninguna emoción en absoluto. El cálculo inundaba sus pensamientos. El cálculo sin las trabas de la moralidad. La conclusión que había alcanzado cuando había dejado la casa de Montrag no vaciló, su resolución sólo se hizo más fuerte.
—Gracias, queridísima Virgen Escriba —masculló cuando la cafetera se deslizó fuera de su camino y su salida se le presentó como un regalo, la señal verde iridiscente tenía una etiqueta con su nombre.
¿Verde...?
Rehv miró a su alrededor. La pátina roja había comenzado a reducirse en su visión, los demás colores del mundo reaparecían a través de la niebla bidimensional, y tomó un profundo aliento de alivio. No quería ir drogado a la clínica.
Como si hubiera estado previsto, comenzó a sentir frío, a pesar de que sin duda el Bentley estaba a unos cálidos veinte grados, extendió el brazo hacia adelante y giró el mando del calor. Los escalofríos eran otra buena, aunque inconveniente, señal de que la medicación comenzaba a surtir efecto.
Durante toda su vida, se había visto obligado a mantener en secreto lo que era. Los comedores de pecados como él tenían dos elecciones: hacerse pasar por normales o ser enviados fuera del estado, a la colonia, deportados de la sociedad como la basura tóxica que eran. El que fuera mestizo no importaba. Si tenías algo de symphath en ti, eras considerado uno de ellos, y con toda razón. La cuestión con los symphath era, que les encantaba demasiado la maldad en sí misma como para poder confiar en ellos.
Joder, y sino fíjate en esta noche. Mira lo que estaba dispuesto a hacer. Una conversación e iba a apretar el gatillo... ni siquiera porque tuviera que hacerlo, sólo porque lo deseaba. Lo necesitaba, más bien. Los juegos de poder eran oxígeno para su lado malvado, eran innegables y sustanciosos a la vez. Y los motivos tras su elección eran típicamente symphath: le servían a él y a nadie más, ni siquiera al Rey con quien tenía una especie de amistad.
Esa era la razón por la cual si un vampiro común y corriente sabía de un comedor de pecados que anduviera rondando entre la población general, la ley dictaminaba que tenía que dar parte del individuo, para su deportación o enfrentar cargos criminales: Regular el paradero de los sociópatas y mantenerlos alejados de los ciudadanos morales y respetuosos de la ley era un sano instinto de supervivencia en cualquier sociedad.
Veinte minutos más tarde, Rehv aparcó ante una verja de hierro que definitivamente estaba fabricada para hacer prevalecer su función por encima de su aspecto. La cosa no tenía ninguna gracia en absoluto, no eran más que sólidas varas fijadas y soldadas entre sí coronadas en la parte superior con una bobina de alambre de espino de púas. A la izquierda había un intercomunicador, y cuando bajó la ventanilla para apretar el botón de llamada, las cámaras de seguridad enfocaron la rejilla de su coche, el parabrisas delantero y la puerta del conductor.
Así que no le sorprendió el tono tenso de la voz femenina que respondió.
—Señor... no tenía conocimiento de que tuviera usted una cita.
—No la tengo.
Pausa.
—Como paciente ambulatorio que no reviste urgencia, el tiempo de espera podría ser bastante largo. Tal vez preferiría programar una cita...
Fulminó con la mirada el ojo de la cámara más cercana.
—Déjeme entrar. Ahora. Tengo que ver a Havers. Y es una emergencia.
Tenía que volver al club y marcar presencia. Las cuatro horas que ya había perdido esa noche eran toda una vida cuando se trataba de administrar lugares como el ZeroSum y el Iron Mask. La mierda no sólo ocurría en lugares como esos, eran el pan nuestro de cada día, y su puño era el que tenía tatuado Lo Que Yo Digo Va A Misa en los nudillos.
Después de un momento, esas feas verjas, sólidas como rocas se abrieron, y no malgastó el tiempo en el camino de acceso de un kilómetro y medio de largo.
Cuando viró en la última curva, la hacienda que apareció delante no merecía el tipo de seguridad que tenía, al menos no a simple vista. La estructura de dos pisos era apenas colonial, y estaba totalmente desnuda. Sin porches. Sin postigos. Sin chimeneas. Sin plantas.
Comparada con la vieja guarida y clínica de Havers quedaba como un pobre cobertizo de jardín.
Aparcó frente a la hilera de garajes independientes donde se guardaban las ambulancias y salió. El hecho de que la fría noche de diciembre le hiciera estremecer fue otra buena señal, y extendió el brazo hacia el asiento trasero del Bentley para sacar su bastón y uno de sus muchos abrigos de marta. Junto con el entumecimiento, la desventaja de su máscara química era una caída en la temperatura interna que convertía sus venas en espirales de aire acondicionado. Vivir noche y día con un cuerpo que no podía sentir ni caldear no era una fiesta, pero tampoco es que tuviera elección.
Tal vez si su madre y su hermana no hubieran sido normales, podría haber cedido a lo Darth Vader y abrazado el lado oscuro, viviendo sus días jodiendo con las mentes de sus camaradas–para–el–daño. Pero se había puesto a sí mismo en situación de ser el cabeza de su grupo familiar, y eso le mantenía en esta franja que no estaba ni aquí ni allí.
Rehv caminó a lo largo de la casa colonial, cerrándose el abrigo de marta más firmemente sobre la garganta. Cuando llegó a la altura de la puerta de aspecto insignificante, pulsó el botón que estaba empotrado en el lateral de aluminio y miró al ojo electrónico. Un momento más tarde, una cerradura de aire se abrió con un siseo, y entró en una habitación blanca del tamaño de un armario empotrado. Después de mirar fijamente a la cara a la cámara, se abrió otro cerrojo, un panel oculto retrocedió, y descendió un tramo de escaleras. Otra comprobación. Otra puerta. Y entonces estuvo dentro.
La zona de recepción era como el aparcamiento para pacientes y familiares de cualquier clínica, con filas de sillas y revistas sobre mesitas, una TV y algunas plantas. Era más pequeña que la de la antigua clínica, pero estaba limpia y bien ordenada. Las dos hembras sentadas en ella se pusieron tensas y le miraron.
—Por aquí, señor.
Rehv sonrió a la enfermera que salió de detrás del escritorio de recepción. Para él, una «larga espera» era siempre una espera en una sala de examen. A las enfermeras no les gustaba que pusiera nerviosa a las personas que estaban en aquellas filas de sillas, y a éstas tampoco les gustaba tenerlo cerca.
A él le parecía bien. No era del tipo sociable.
La sala de examen a la que fue conducido estaba localizada en el lado de no–emergencia de la clínica y era una en la que ya había estado antes. Había estado en todas ellas antes.
—El doctor está en cirugía y el resto del personal está con otros pacientes, pero haré que un colega venga a tomar sus constantes vitales en cuanto pueda.
La enfermera le dejó como si alguien hubiera tenido una parada pasillo abajo y ella fuera la única con palas desfibriladoras.
Rehv se subió a la camilla, permaneciendo con el abrigo puesto y con el bastón en la palma de la mano. Para pasar el tiempo, cerró los ojos y dejó que las emociones del lugar rezumaran en él como una vista panorámica: las paredes del sótano se disolvieron, y las rejillas emocionales de cada individuo emergieron en la oscuridad, una multitud de diferentes vulnerabilidades, ansiedades y debilidades fueron expuestas a su lado symphath.
Él tenía el control remoto para todas ellas, sabiendo instintivamente qué botones pulsar en la enfermera hembra que estaba en la habitación de al lado y a quien le preocupaba que su hellren ya no se sintiera atraído por ella... pero que de todas formas había comido demasiado en la Primera Comida. Y en el macho al que estaba tratando, el cual se había caído por las escaleras cortándose el brazo... porque había estado trompa. Y el farmacéutico al otro lado del pasillo quien hasta hacía poco había estado robando Xanax para su uso personal... hasta que había descubierto que las cámaras ocultas que había en el lugar lo estaban enfocando.
La autodestrucción en los demás era el reality show favorito de un symphath, y era especialmente bueno cuando eras el productor. Y a pesar de que su visión había vuelto a la «normalidad» y su cuerpo estaba entumecido y frío, lo que era en su interior estaba solamente reprimido, pero no agotado.
Para la clase de espectáculos que podía montar, había una fuente interminable de inspiración y financiación.


—Mierda.
Mientras Butch aparcaba el Escalade frente a los garajes de la clínica, la boca de Wrath siguió ejercitándose en el terreno de las maldiciones. Ante los faros del SUV, Vishous quedó iluminado como si fuera una jodida chica de calendario, todo extendido sobre el capó de un Bentley muy familiar.
Wrath soltó su cinturón de seguridad y abrió la puerta.
—Sorpresa, sorpresa, mi señor —dijo V mientras se enderezaba y daba unos golpecitos en el capó del sedan—. Debe haber sido una reunión muy corta la del centro de la ciudad con nuestro amigo Rehvenge, ¿eh? A menos que ese tipo haya averiguado cómo estar en dos lugares a la vez. En cuyo caso, tengo que conocer su secreto, ¿no?
Hijo. De. Puta.
Wrath salió del SUV y decidió que el mejor curso de acción era ignorar al Hermano. Otras opciones incluían intentar debatir hasta encontrarle una salida a la mentira dicha, lo cual apestaba porque de todos los defectos de V, ninguno era en el terreno intelectual; o la otra alternativa; instigar una pelea a puñetazos, lo cual sería sólo una distracción temporal y malgastaría tiempo cuando ambos tenían que reparar a su Humpty Dumpty.
Rodeando el coche, Wrath abrió la puerta trasera del Escalade.
—Cura a tu chico. Yo me encargo del cuerpo.
Cuando cargó el peso sin vida del civil y se giró, V miró fijamente el rostro que había sido golpeado hasta resultar irreconocible.
—Maldita sea —jadeó V.
En ese momento, Butch salió tambaleándose de detrás del volante, hecho una mierda. Mientras el olor a polvo de talco para bebés flotaba sobre ellos, se le aflojaron las rodillas y apenas pudo agarrarse a tiempo de la puerta en busca de apoyo.
Vishous se acercó como un rayo y tomó al poli en sus brazos, sujetándole firmemente.
—Mierda, hombre, ¿cómo estás?
—Listo... para cualquier cosa. —Butch se colgó de su mejor amigo—. Sólo necesito estar bajo la lámpara de calor un rato.
—Cúrale —dijo Wrath mientras comenzaba a caminar hacia la clínica—. Yo voy a entrar.
Mientras se alejaba, las puertas del Escalade se cerraron una después de otra, y después hubo un brillo como si las nubes se hubieran separado dejando ver la luna. Sabía lo que estaban haciendo esos dos en el interior del SUV, porque había visto la rutina una o dos veces: Se abrazaban uno a otro y la luz blanca de la mano de V los bañaba a ambos, el mal que Butch había inhalado se filtraba en V.
Gracias a Dios que había una forma de limpiar esa mierda del poli. Y ser un sanador también era bueno para V.
Wrath llegó a la primera puerta de la clínica y simplemente miró a la cámara de seguridad. Le abrieron inmediatamente, y al instante la cerradura de aire comprimido se soltó y el panel oculto hacia las escaleras se abrió. No tardó nada en bajar a la clínica.
Al Rey de la raza con un macho muerto en los brazos no se le retenía ni un nanosegundo.
Se detuvo en el descansillo mientras se abría la última cerradura. Mirando a la cámara, dijo:
—Antes que nada traigan una camilla y una sábana.
—Estamos en ello ahora mismo, mi señor —dijo una voz diminuta.
No más de un segundo después, dos enfermeras abrieron la puerta, una estaba convirtiendo una sábana en una cortina para guardar la privacidad mientras la otra empujaba una camilla hasta el pie de las escaleras. Con brazos fuertes y gentiles, Wrath posó al civil tan cuidadosamente como si el hombre hubiera estado vivo y cada hueso de su cuerpo fracturado; entonces la enfermera que había manejado la camilla tomó otra sábana que venía doblada con forma de cuadrado y la agitó para desplegarla. Wrath la detuvo antes de que cubriera el cuerpo.
—Yo lo haré —dijo, tomando la sábana.
Ella se la entregó con una reverencia.
Pronunciando las palabras sagradas en la Antigua Lengua, Wrath convirtió la humilde funda de algodón en un apropiado sudario mortuorio. Después de haber rezado por el alma del hombre y desearle un viaje libre y fácil al Fade, él y las enfermeras guardaron un momento de silencio antes de que el cuerpo fuera cubierto.
—No tenemos ID —dijo Wrath quedamente mientras alisaba el borde de la sábana—. ¿Alguna de ustedes reconoce su ropa? ¿El reloj? ¿Cualquier cosa?
Ambas enfermeras sacudieron las cabezas, y una murmuró:
—Le pondremos en la morgue y esperaremos. Es todo lo que podemos hacer. Su familia vendrá a buscarle.
Wrath retrocedió y observó como se llevaban el cuerpo en la camilla. Por ninguna razón en particular, notó que la rueda delantera derecha se contoneaba al avanzar, como si fuera nueva en el trabajo y le preocupara su actuación... aunque no era por eso por lo que se había fijado en ella, sino por el suave silbido de su mala calibración.
No encajaba bien. No aguantaba bien su carga.
Wrath se sintió identificado con ella.
Esta puñetera guerra con la Sociedad Lessening ya duraba demasiado, e incluso con todo el poder que él tenía y toda la resolución que sentía en su corazón, su raza no estaba ganando: aguantar firmemente contra tu enemigo era simplemente una forma de perder por puntos, porque seguían muriendo inocentes.
Se giró hacia las escaleras y olió el miedo y respeto de las dos hembras sentadas en las sillas de plástico del área de espera. Con un frenético arrastre de pies, se pusieron en pie y se inclinaron ante él, la deferencia resonó en sus entrañas como una patada en las pelotas. Aquí estaba él entregando a la más reciente, pero ni de lejos la última, víctima casual en la lucha, y estas dos todavía le presentaban sus respetos.
Les devolvió la inclinación, pero no pudo pronunciar ni una palabra. El único vocabulario que tenía en ese momento estaba lleno de lo mejor de George Carlin[1], y todo ello dirigido contra sí mismo.
La enfermera que había estado cumpliendo con su deber de escudo terminó de plegar la sábana que había utilizado.
—Mi señor, tal vez tendría un momento para ver a Havers. Debería salir de cirugía en unos quince minutos. Parece que está usted herido.
—Tengo que volver al... —Se detuvo antes de que se le escaparan las palabras «campo de batalla»—. Tengo que irme. Por favor, háganme saber lo que averigüen de la familia de ese macho, ¿okay? Quiero conocerles.
Ella hizo una reverencia y esperó, porque tenía intención de besar el enorme diamante negro que descansaba en el dedo anular de la mano derecha de Wrath.
Wrath cerró con fuerza sus débiles ojos y extendió aquello que ella estaba buscando para rendir homenaje.
Sintió los dedos de la mujer, frescos y ligeros sobre su piel, su aliento y sus labios fueron el más ligero de los roces. Y aún así sintió como si le azotaran.
Mientras se enderezaba, le dijo con reverencia:
Que le vaya bien esta noche, mi señor
Y también a ti en tus horas, leal súbdita.
Se dio la vuelta y subió trotando las escaleras, necesitando más oxígeno del que había en la clínica. Justo cuando llegaba a la última puerta, tropezó con una enfermera que estaba entrando tan rápido como él iba saliendo. El impacto le arrancó la bandolera negra del hombro a la mujer y apenas tuvo tiempo de atraparla antes de que cayera al suelo junto con ésta.
—Oh, joder —ladró, dejándose caer de rodillas para recogerle las cosas—. Lo siento.
—¡Mi señor! —Ella hizo una profunda reverencia y luego obviamente se percató de que le estaba recogiendo las cosas—. No debe hacer eso. Por favor, déjeme...
—No, fue culpa mía.
Metió bruscamente lo que parecía ser una falda y un polo de vuelta en el interior de la bolsa y después casi le parte la cabeza al levantarse repentinamente.
Volvió a agarrarla del brazo.
—Mierda, lo siento. Otra vez...
—Estoy bien... de veras.
El bolso cambió de manos en un precipitado revoltijo, pasando de alguien que tenía prisa a alguien que estaba azorado.
—¿Lo tiene? —preguntó él, listo para empezar a suplicar a la Virgen Escriba que le dejara salir.
—Ah, sí, pero... —Su tono cambió de reverente a clínico—. Está sangrando, mi señor.
Ignoró el comentario y la soltó tentativamente. Aliviado al ver que se mantenía en pie por sí misma, le deseó buenas noches y que le fuera bien en la Antigua Lengua.
—Mi señor, debería ver...
—Lamento haberla derribado —gritó por encima de su hombro.
Abrió de un golpe la última puerta y se dobló por la mitad mientras el aire fresco le inundaba. Las profundas inspiraciones le aclararon la cabeza, y se permitió a sí mismo apoyarse contra el revestimiento de aluminio de la clínica.
Cuando el dolor de cabeza comenzó a instalarse tras sus ojos nuevamente, se subió las gafas envolventes y se frotó el puente de la nariz. Bien. Próxima parada... la dirección de la ID falsa del lesser.
Tenía una jarra que recoger.
Dejando caer las gafas de vuelta a su lugar, se enderezó y...
—No tan rápido, mi señor —dijo V, materializándose de repente delante de él—. Tú y yo tenemos que hablar.
Wrath desnudó los colmillos.
—No estoy de humor para conversaciones, V.
—Genial. Mierda.



Capítulo 5


Ehlena observó al Rey de la raza alejarse y casi partir la puerta en dos al salir.
Hombre, era grande y tenía un aspecto temible. Y ser prácticamente arrollada por él puso la agotadora guinda final sobre el dramatico pastel.
Alisándose el cabello y colgándose el bolso en su sitio, comenzó a bajar la escalera después de pasar el punto de control interno. Sólo llegaba una hora tarde a trabajar porque —milagro de los milagros— la enfermera de su padre tenía libre y logró ir temprano. Agradecía a la Virgen Escriba por Lusie.
En lo que se refería a ataques fuertes, el de su padre no había sido tan terrible como podría haberlo sido, y tenía la sensación de que se debía a que acababa de tomar los medicamentos justo antes de que le golpeara. Antes de las píldoras, la peor de sus rachas había durado toda la noche, así que en cierto sentido, esta noche había sido un signo de progreso.
Sin embargo, eso no evitaba que se le rompiera el maldito corazón.
Mientras se acercaba a la última cámara, Ehlena sintió que el peso de su bolso se incrementaba. Había estado lista para anular su cita y dejar la muda de ropa en casa, pero Lusie la había convencido de lo contrario. La pregunta que la otra enfermera había planteado le caló hondo: ¿Cuándo fue la última vez que saliste fuera de esta casa para otra cosa que no fuera trabajo?
Ehlena no había contestado porque era reservada por naturaleza… y porque se había quedado en blanco.
Lo que era un punto a favor de Lusie, ¿no? Los cuidadores tenían que ocuparse de sí mismos, y en parte eso implicaba tener una vida aparte de cualquier enfermedad que les hubiera obligado a desempeñarse como tales. Dios sabía que Ehlena hablaba de esto con los miembros de la familia de sus pacientes con enfermedades crónicas todo el tiempo, y el consejo era tanto sensato como práctico.
Al menos cuando se lo daba a otros. Diciéndoselo a sí misma, se sentía egoísta.
Así que… estaba enrollándose respecto a la cita. Con su turno terminando cerca del alba, no era como si tuviera tiempo para ir a su casa a echarle un ojo a su padre primero. Tal como estaban las cosas, el macho que la había invitado a salir y ella tendrían suerte si lograban siquiera una hora de charla en el restaurante que permanecía abierto toda la noche antes de que la entrometida luz del sol pusiera fin al asunto.
Y a pesar de todo, había estado ansiosa por salir, al punto de la desesperación, lo que la hacía sentirse tremendamente culpable.
Dios… qué típico. La conciencia impulsándola en una dirección, la soledad en otra.
En el área de recepción, fue directamente hacia la supervisora de enfermería, que estaba frente a la mesa del ordenador.
—Lo siento tanto, yo…
Catya hizo un alto en lo que estaba haciendo y extendió una mano.
—¿Cómo está?
Por una fracción de segundo, Ehlena sólo pudo parpadear. Odiaba que todo el mundo en el trabajo estuviera enterado de los problemas de su padre y que unos cuantos incluso lo hubieran visto en su peor momento.
Aunque la enfermedad lo había despojado de su orgullo, ella todavía tenía algo en su nombre.
Le dio una rápida palmada en la mano a su jefa y se puso fuera de su alcance.
—Gracias por preguntar. Ahora está calmado y su enfermera está con él. Por suerte, acababa de darle su medicación.
—¿Necesitas un minuto?
—No. ¿En qué estamos?
La sonrisa de Catya parecía más una mueca que una sonrisa, como si se estuviera mordiendo la lengua. Otra vez.
—No tienes que ser así de fuerte.
—Sí. Tengo que serlo. —Ehlena miró a su alrededor y se guardó un estremecimiento para sí. Más integrantes del personal se acercaban a ella por el pasillo, un destacamento de diez personas caminando lado a lado portando una enorme cantidad de preocupada determinación—. ¿Dónde me necesitas?
Tenía que evitar… no tuvo suerte.
Al momento todas las enfermeras excepto las de la Sala de Operaciones, que estaban ocupadas con Havers, habían formado un círculo alrededor de ella, y a Ehlena se le cerró la garganta cuando sus colegas soltaron un coro de «¿Cómo estás?» Dios, sentía tanta claustrofobia como una hembra embarazada encerrada en un ascensor sofocante.
—Estoy bien, gracias a todas…
La última integrante del personal se acercó. Después de expresar su compasión, la hembra sacudió la cabeza.
—No es mi intención hablar de trabajo…
—Por favor, hazlo —barbotó Ehlena.
La enfermera sonrió con respeto, como si estuviera impresionada por la fortaleza de Ehlena.
—Bueno… él regresó y está en una de las salas de examen. ¿Saco la moneda?
Todo el mundo gimió. Había un sólo él dentro de la legión de pacientes machos que trataban, y lanzar la moneda era lo que habitualmente hacía el personal para decidir quién debía ocuparse de él. Era como la cita rehuida llevada al extremo.
Hablando en general, todas las enfermeras mantenían una distancia profesional con sus pacientes, porque o lo hacías, o te consumía. Sin embargo con él, el personal permanecía alejado por otros motivos que no estaban relacionados con el trabajo. La mayor parte de las hembras se ponían nerviosas en su presencia… incluso las más fuertes.
¿Ehlena? No tanto. Sí, el tipo tenía un aire al estilo del Padrino, con aquellos trajes negros de raya diplomática, su corte de pelo mohawk y sus ojos de amatista irradiando un mensaje estilo «no me jodas si quieres continuar respirando». Y era cierto, cuando te encontrabas recluida en una de las salas de examen con él, te sentías impulsada a mantener la vista en la salida por si tenías que usarla. Y luego estaban aquellos tatuajes que tenía en el pecho… y el hecho de que conservara su bastón con él como si éste no sólo fuera una ayuda para caminar, sino un arma. Y…
De acuerdo, así que el tipo también ponía nerviosa a Ehlena.
Pero de todas formas interrumpió una discusión sobre quién logró tener el año 1977.
—Lo haré yo. Así compensaré mi llegada tarde.
—¿Estás segura? —preguntó alguien—. Me da la impresión de que esta noche ya has pagado tus deudas.
—Sólo déjame conseguir un poco de café. ¿En qué sala?
—Lo he puesto en la tres —dijo la enfermera.
Entre ovaciones de, «Esa es mi chica«, Ehlena fue a la sala de personal, puso sus cosas en su taquilla, y se sirvió una taza de caliente y humeante «levanta muertos». El café era lo bastante fuerte como para ser considerado un estimulante e hizo el trabajo de maravilla, borrando su pizarra mental hasta dejarla limpia.
Bueno, en su mayor parte limpia.
Mientras bebía a sorbos, contempló la hilera de armarios de color crema, los pares de zapatos de calle metidos aquí y allá y los abrigos de invierno que colgaban en ganchos. En la zona de almuerzo, la gente tenía sus tazas favoritas sobre la encimera y sus aperitivos predilectos en las estanterías, y sobre la mesa redonda había un cuenco lleno de… ¿De qué era esta noche? Paquetitos de caramelos Skittles. Encima de la mesa había un tablón de anuncios cubierto con folletos sobre eventos, cupones y estúpidas tiras de historietas cómicas y fotos de tíos buenos. La lista de turnos estaba a continuación, la pizarra blanca tenía dibujada una cuadrícula que representaba las próximas dos semanas y estaba llena con nombres escritos en diferentes colores.
Esto era el detritus de una vida normal, nada de ello parecía significativo en lo más minimo hasta que pensabas en toda aquella gente que había en el planeta que no podía mantener un empleo, ni disfrutar de una existencia independiente ni podía permitirse dedicar su energía mental a pequeñas distracciones… como, digamos, el hecho de que el papel higiénico Cottonelle era cincuenta centavos más barato si comprabas el paquete de doce rollos dobles.
Pensar en todo esto, le hizo recordar, una vez más, que salir al mundo real era un privilegio dado por una–cuestión–de–suerte, no un derecho, y le fastidiaba pensar en su padre escondido en aquella espantosa casita, luchando con demonios que existían sólo en su mente.
Había tenido una vida una vez, una vida plena. Había sido un miembro de la aristocracia y había servido en el Consejo y había sido un erudito de renombre. Tuvo una shellan a la que adoró, una hija de la que había estado orgulloso y una mansión reconocida por sus fiestas. Ahora todo lo que tenía eran alucinaciones que le torturaban, y aunque éstas fueran únicamente una percepción, y nunca una realidad, las voces no dejaban de ser una cárcel blindada sólo por el hecho de que nadie más pudiera ver los barrotes ni oír al guardián.
Mientras Ehlena aclaraba su taza, no pudo evitar pensar en la injusticia de todo ello. Lo cual estaba bien, supuso. A pesar de todo lo que veía en su trabajo, no se había acostumbrado al sufrimiento, y rezaba para no hacerlo nunca.
Antes de dejar el vestuario, se hizo una rápida revisión en el espejo de cuerpo entero que había al lado de la puerta. Su uniforme blanco estaba perfectamente planchado y limpio como gasa estéril. Sus medias no tenían carreras. Sus zapatos de suela de goma estaban libres de manchas y de arañazos.
Su cabello estaba tan hecho polvo como ella se sentía.
Se lo soltó con un rápido tirón, lo retorció, y lo sujetó con el coletero, luego se dirigió hacia la sala de examen número tres.
La historia clínica del paciente estaba en el soporte de plástico transparente montado en la pared junto a la puerta, y respiró hondo cuando la sacó y abrió. La historia era delgada, considerando con cuanta frecuencia veían al macho, y no había casi ninguna información registrada en la tapa, sólo su nombre, un teléfono móvil, y el nombre de una hembra como familiar más cercano.
Después de llamar a la puerta, entró en la habitación demostrando una confianza que no sentía, con la cabeza alta, la columna derecha y su inquietud camuflada por una combinación de actitud y concentración profesional.
—¿Qué tal está esta tarde? —dijo, mirando directamente al paciente a los ojos.
En el instante en que su penetrante mirada amatista enfrentó la suya, no podría haberle dicho ni a un alma lo que acababa de salir de su boca o si él había respondido. Rehvenge, hijo de Rempoon, succionó el pensamiento directamente de su cabeza, tan ciertamente como si hubiera drenado el tanque del generador de su cerebro y la hubiera dejado sin nada con lo que captar una chispa intelectual suelta.
Y luego sonrió.
Este macho era una cobra; era verdaderamente… hipnotizante porque era mortal y porque era hermoso. Con ese mohawk, su rostro severo y elegante y su gran cuerpo, él era sexo, poder e imprevisibilidad todo envuelto en… bien, un traje negro de raya diplomática que claramente había sido hecho a medida.
—Estoy bien, gracias —respondió, solucionando el misterio en cuanto a lo que ella le había preguntado—. ¿Y usted?
Cuando ella hizo una pausa, él sonrió un poco, sin duda porque era totalmente consciente de que a ninguna de las enfermeras le gustaba compartir el mismo espacio cerrado con él, y evidentemente disfrutaba de ese hecho. Al menos, así fue como ella leyó su controlada y velada expresión.
—Le pregunté cómo estaba usted —dijo arrastrando las palabras.
Ehlena puso la historia clínica en el escritorio y sacó el estetoscopio del bolsillo.
—Estoy muy bien.
—Está segura de eso.
—Absolutamente segura. —Girándose hacia él, dijo—: Sólo voy a tomarle la tensión arterial y el ritmo cardíaco.
—Y también la temperatura.
—Sí.
—¿Quiere que ahora abra la boca para usted?
La piel de Ehlena se ruborizó, y se dijo que no era porque aquella voz profunda con la que había hecho la pregunta pareciera tan sensual como una perezosa caricia sobre un pecho desnudo.
—Eh… no.
—Lástima.
—Por favor, quítese la chaqueta.
—Qué gran idea. Retiro totalmente lo de «lástima»
Buen plan, pensó ella, pues se sentía propensa a hacerle tragar la palabra con el termómetro.
Los hombros de Rehvenge giraron cuando hizo lo que le había pedido, y con un movimiento informal de la mano, arrojó lo que evidentemente era una pieza de arte en cuanto a ropa de caballero sobre el abrigo de cibelina que había doblado cuidadosamente sobre una silla. Era raro: sin importar la estación que fuera, él siempre llevaba encima una de aquellas pieles.
Esas cosas costaban más que la casa que Ehlena alquilaba.
Cuando sus dedos largos fueron hacia el gemelo de diamantes que tenía en la muñeca derecha, lo detuvo.
—¿Podría por favor subirse la del otro lado? —dijo señalando con la cabeza la pared que había junto a él—. Hay más espacio para mí a su izquierda.
Él vaciló, luego fue a subirse la manga contraria. Alzando la seda negra por encima del codo, sobre su grueso bíceps, mantuvo su brazo girado hacia su torso.
Ehlena sacó el tensiómetro de un cajón y comenzó a abrirlo mientras se acercaba a él. Tocarle era siempre una experiencia, y se frotó la mano en la cadera para prepararse. No ayudó. Como era habitual, cuando entró en contacto con su muñeca, una corriente le lamió el brazo ascendiendo por él hasta aterrizar en su corazón, haciendo que la maldita cosa latiera al ritmo de James Brown[2] hasta que las shimmy–shimmies[3] le obligaron a tragarse un jadeo.
Rezando para que esto no le llevara mucho tiempo, le movió el brazo situándolo en posición para ponerle el puño del tensiómetro y…
—Buen… Señor.
Las venas que trepaban por la curva de su codo estaban diezmadas por el uso excesivo, hinchadas, amoratadas, tan desgarradas como si hubiera estado usando clavos en vez de agujas.
Sus ojos se dispararon a los de él.
—Debe estar muy dolorido.
Hizo girar la muñeca, liberándose de su agarre.
—Nop. No me molesta.
Un tipo duro ¿Cómo es que no le sorprendía?
—Vaya, puedo entender por qué necesitaba venir a ver a Havers.
Intencionadamente, alargó la mano, volvió a girarle el brazo y presionó suavemente una línea roja que ascendía por su bíceps, dirigiéndose hacia su corazón.
—Hay signos de infección.
—Estaré bien.
Todo lo que ella pudo hacer fue enarcar las cejas.
—¿Alguna vez oyó hablar de la sepsis?
—¿La banda de música alternativa? Claro, pero nunca se me hubiera ocurrido que usted hubiera oído de ella.
Lo taladró con la mirada.
—Sepsis, ¿como en una infección de la sangre?
—¿Hmm, querría inclinarse sobre el escritorio un poco y dibujarme un cuadro explicativo? —Sus ojos vagaron, descendiendo por sus piernas—. Creo que lo encontraría...  muy educativo.
Si cualquier otro macho le hubiera salido con esa clase de actitud, le habría abofeteado hasta hacerle ver las estrellas. Lamentablemente, cuando era esa voz de bajo divina la que hablaba y esa mirada penetrante de amatista la que hacía el recorrido, realmente no se sentía lascivamente manoseada.
Se sentía acariciada por un amante.
Ehlena resistió la urgencia de un V8[4] en su frente. ¿Qué demonios estaba haciendo? Esta noche tenía una cita. Con un agradable y razonable macho civil que no había sido otra cosa salvo agradable, razonable y muy civil.
—No tengo que dibujarle un cuadro explicativo —dijo señalando con la cabeza su brazo—. Lo puede ver por sí mismo ahí. Si eso no se cura, va a volverse sistémico.
Y aunque llevara puesta ropa elegante como el maniquí soñado por todo sastre, la fría capa gris de la muerte no le quedaba bien.
Él mantuvo su brazo contra sus prietos abdominales.
—Lo tomaré en consideración.
Ehlena sacudió la cabeza y se recordó a sí misma que no podía salvar a la gente de su propia estupidez sólo porque tuviera una bata blanca colgando de los hombros y la palabra ENFERMERA al final de su nombre. Además, Havers iba a ver eso en toda su gloria cuando le examinara.
—Muy bien, pero voy a tomarle la lectura en el otro brazo. Y voy a tener que pedirle que se quite la camisa. El doctor querrá ver lo lejos que ha llegado la infección.
La boca de Rehvenge se alzó formando una sonrisa mientras alcanzaba el botón superior de su camisa.
—Usted siga así y estaré desnudo.
Ehlena apartó rápidamente la mirada y deseó con todas sus fuerzas poder considerarlo un asco. Seguramente le vendría bien una inyección de justa indignación que le ayudara a defenderse de él.
—Ya sabe, no soy tímido —dijo con esa voz baja tan suya—. Puede mirar si le gusta.
—No, gracias.
—Lástima. —En un tono más enigmático, añadió—: no me importaría que me mirara.
Mientras el sonido de la seda moviéndose contra la carne se elevaba desde la camilla, Ehlena revisó innecesariamente su historial clínico, volviendo a verificar datos que eran absolutamente correctos.
Era extraño. Por lo que las otras enfermeras habían dicho, no se comportaba con ellas de esa manera tan libertina. De hecho, apenas si les hablaba a sus colegas, y esa era parte de la razón por la que se ponían tan ansiosas cuando estaban con él. Con un macho así de grande, el silencio se interpretaba como una amenaza. Eso era un hecho de la vida. Y eso antes de que le añadieras el tatuaje y el mohawk de cazador.
—Estoy listo —dijo.
Ehlena giró sobre sí misma y mantuvo los ojos fijos en la pared junto a la cabeza de él. Sin embargo su visión periférica, funcionaba verdaderamente bien, y era difícil no sentirse agradecida. El pecho de Rehvenge era magnífico, la piel de un cálido color moreno dorado, con músculos que estaban definidos a pesar de que su cuerpo estuviera relajado. En cada uno de sus pectorales tenía una estrella roja de cinco puntas tatuada en la parte superior, y sabía que tenía más tinta.
En su estómago.
No es que lo hubiera mirado.
Era cierto, porque en realidad, se había quedado embobada.
—¿Va a examinarme el brazo? —dijo suavemente.
—No, eso lo hará el doctor. —Esperó que volviera a decir «Lástima».
—Creo que ya he usado esa palabra suficientes veces en su compañía.
Entonces lo miró a los ojos. Era de ese extraño tipo de vampiro que podía leer las mentes a los de su propia especie, pero de alguna manera no le sorprendió que este macho formara parte de ese pequeño y extraño grupo.
—No sea grosero —le dijo—. Y no quiero que vuelva a hacer eso.
—Lo siento.
Ehlena deslizó el manguito del tensiómetro alrededor de su bíceps, se colocó el estetoscopio en los oídos, y le tomó la tensión arterial. Entre los pequeños piff–piff–piff del globo al inflar la manga para que estuviera ajustada, sintió el filo en él, el tenso poder, y su corazón dio un brinco. Estaba particularmente incisivo esta noche, y se preguntó por qué.
Salvo que eso no era asunto suyo, ¿lo era?
Cuando liberó la válvula y el manguito soltó un silbido largo y lento de liberación, dio un paso atrás alejándose. Era sencillamente… demasiado, por todos lados. Especialmente en ese momento.
—No me tenga miedo —susurró.
—No lo hago.
—¿Está segura?
—Absolutamente segura —mintió.



Capítulo 6


Estaba mintiendo, pensó Rehv. Definitivamente le tenía miedo. Y hablando de lástima.
Esta era la enfermera que Rehv esperaba que le tocara cada vez que acudía allí. Era la que hacía que sus visitas fueran parcialmente soportables. Esta era su Ehlena.
Okay, no era suya en lo más mínimo. Sabía su nombre sólo porque estaba escrito en la placa azul y blanca de su bata. La veía sólo cuando venía a tratamiento. Y a ella no le gustaba él en absoluto.
Pero igualmente pensaba en ella como suya, y así eran las cosas. La cuestión era, que tenían algo en común, algo que trascendía los límites entre especies y eclipsaba los diferentes estratos sociales y los unía aunque ella lo habría negado.
También estaba sola, y en la misma forma en que lo estaba él.
Su rejilla emocional tenía la misma huella que la de él, la que tenía Xhex, y Trez y iAm: Sus sentimientos estaban rodeados por el vacío de desconexión de alguien separado de su tribu. Viviendo entre otros, pero esencialmente separado de todo. Un ermitaño, un paria, alguien que ha sido expulsado.
No conocía los motivos, pero estaba jodidamente seguro de que la vida era así para ella, y eso era lo que primero había captado su atención cuando la había conocido. Sus ojos, su voz y su fragancia habían sido lo siguiente. Su inteligencia y boca rápida habían sellado el trato.
—Ciento sesenta y ocho sobre noventa y cinco. Esta alta. —Desabrochó el manguito con un rápido tirón, sin duda deseando que fuera una tira de su piel—. Creo que su cuerpo está intentando luchar contra la infección de su brazo.
Oh, su cuerpo estaba luchando contra algo, eso seguro, pero no tenía puñeteramente nada que ver con lo que fuera que se cocinaba en la zona donde se inyectaba. Con su lado symphath luchando contra la dopamina, la condición de impotencia en la cual normalmente se hallaba cuando estaba totalmente medicado todavía no se había presentado a trabajar.
¿Resultado?
Su polla estaba tiesa como un bate dentro de los pantalones holgados. Lo que, en contra de la opinión popular, en realidad no era una buena señal... especialmente esta noche. Después de esa conversación con Montrag, se sentía hambriento, estimulado... un poco alocado por el ardor interior.
Y Ehlena era simplemente tan... hermosa.
Aunque no como solían ser sus chicas, no de una forma tan obvia, exagerada, inyectada, implantada y escultural. Ehlena era naturalmente encantadora, tenía rasgos finos y delicados, el cabello rubio dorado y unas largas y esbeltas extremidades. Sus labios eran de color rosa porque eran rosa... no por una capa de maquillaje brillante y escarchado con una durabilidad de dieciocho horas. Y sus ojos color caramelo eran luminiscentes porque eran una mezcla de amarillo, rojo y dorado... no por un montón de capas de sombra de ojos y rimel. Y sus mejillas estaban ruborizadas porque él se le estaba metiendo bajo la piel.
Lo cual, aunque presentía que había sido una noche dura para ella, no le importaba en absoluto.
Pero ese es el symphath en ti, ¿no?, pensó con sorna.
Curioso, la mayor parte del tiempo no le importaba ser lo que era. Su vida como la había conocido, siempre había sido un espejismo constante que alternaba mentiras y engaños y eso era lo que había. No obstante, ¿cuándo estaba con ella? Deseaba ser normal.
—¿Vemos su temperatura? —dijo ella, yendo a buscar un termómetro electrónico al escritorio.
—Está más alta de lo normal.
Sus ojos ámbar volaron hacia los de él.
—Por su brazo.
—No, por sus ojos.
Parpadeó, después pareció sacudirse a sí misma.
—Tengo serias dudas acerca de eso.
—Entonces subestima su atractivo.
Cuando sacudió la cabeza y colocó una cubierta plástica sobre la varita plateada, él pudo percibir el aroma fugaz de su perfume.
Sus colmillos se alargaron.
—Abra. —Levantó el termómetro y esperó—. ¿Y bien?
Rehv miró fijamente esos asombrosos ojos tricolores y dejó caer la mandíbula. Ella se inclinó, tan profesional como siempre, sólo para quedarse congelada. Mientras le estudiaba los caninos, en su fragancia afloró algo oscuro y erótico.
El triunfo inflamó las venas de Rehv mientras gruñía.
—Hágamelo.
Pasó un largo momento, durante el cual los dos estuvieron unidos por hilos invisibles de pasión y anhelo. Después la boca de ella formó una línea.
—Nunca, pero le tomaré la temperatura, porque debo hacerlo.
Le embutió el termómetro entre los labios y él tuvo que apretar los dientes para evitar que la cosa le pinchara una de las amígdalas.
Sin embargo, estaba todo bien. Aunque no pudiera tenerla, la excitaba. Y eso era más de lo que se merecía.
Se produjo un bip, un intervalo, y otro bip.
—Cuarenta y dos—dijo mientras retrocedía y tiraba la cubierta de plástico a la papelera contra riesgo biológico—. Havers estará con usted tan pronto como le sea posible.
La puerta se cerró tras ella con la dura bofetada silábica de la palabra que empezaba con J.
Hombre, era ardiente.
Rehv frunció el ceño, toda la cuestión de la atracción sexual le recordaba algo en lo que no le gustaba pensar.
Alguien, más bien.
La erección que tenía se desinfló instantáneamente cuando se dio cuenta que era lunes por la noche. Lo cual significaba que mañana era martes. Primer martes del último mes del año.
El sympath en él vibró a pesar de que cada centímetro de su piel se tensó como si sus bolsillos estuvieran llenos de arañas.
Mañana por la noche él y su chantajista tendrían otra de sus citas. Jesús, ¿cómo era posible que hubiera pasado otro mes? Parecía que cada vez que se daba la vuelta fuera primer martes de nuevo y estuviera conduciendo al norte del Estado hacia esa cabaña dejada de la mano de Dios para otra actuación obligada.
El proxeneta convertido en puta.
Juegos de poder, bordes afilados y follar eran básicamente la moneda de cambio en las reuniones con su chantajista, y habían sido las bases de su vida «amorosa» durante los últimos veinticinco años. Todo ello era sucio y agraviante, era malvado y denigrante, y lo hacía una y otra vez para mantener su secreto a salvo.
Y también porque su lado oscuro se liberaba con ello. Era Amor, al Estilo Symphath, el único momento en que podía ser como era sin contenerse en absoluto, una tajada de horrorosa libertad. Después de todo, por mucho que se medicara a sí mismo e intentara encajar, estaba atrapado por el legado de su padre muerto, por la sangre malvada que corría por sus venas. No podías negociar con tu ADN, y aunque era mestizo, el comedor–de–pecados en él era dominante.
Así que cuando se trataba de una mujer de valor como Ehlena, él siempre iba a estar en el lado más alejado del cristal, presionando la nariz contra él, con las palmas extendidas por el deseo, sin jamás acercarse lo suficiente como para tocar. Era lo justo para ella. Al contrario que su chantajista, ella no merecía lo que él tenía para ofrecer.
Los principios morales que se había enseñado a sí mismo le indicaban que al menos eso era cierto.
Sí. Yuju. Bien por él.
Su siguiente tatuaje iba a ser de un puñetero halo sobre la cabeza.
Cuando bajó la mirada al desastre que se extendía por su brazo izquierdo, vio con total claridad que estaba empeorando. No sólo era una infección bacteriana debida a que utilizaba deliberadamente agujas sin esterilizar sobre la piel que no había sido frotada con alcohol. Era un lento suicidio, y esa era la razón por la cual prefería que lo condenaran antes que mostrárselo al doctor. Sabía exactamente lo que ocurriría si ese veneno se metía profundamente dentro de su torrente sanguíneo, y deseaba que se pusiera en marcha y se apoderara de él.
La puerta se abrió y levantó la mirada, listo para bailar el tango con Havers... excepto que no era el doctor. La enfermera de Rehv había vuelto, y no parecía feliz.
De hecho, parecía exhausta, como si él no fuera más que una molestia más en su lista y no tuviera energía para tratar con la mierda que se traía cuando estaba con ella
—He hablado con el doctor —le dijo—. Está en el quirófano cerrando, así que tardará un poco. Me pidió que le sacara un poco de sangre...
—Lo siento —farfulló Rehv.
La mano de Ehlena fue hasta el cuello de su uniforme y tiró de las dos mitades para cerrarlas un poco más.
—¿Perdón?
—Lamento haber jugado con usted. No necesita eso de un paciente. Especialmente en una noche como esta.
Ella frunció el ceño.
—Estoy bien.
—No, no lo está. Y no, no estoy leyendo su mente. Es sólo que parece cansada. —Repentinamente, supo como se sentía ella—. Me gustaría compensárselo.
—No es necesario...
—Invitándole a cenar.
Bueno, no había querido decir eso. Y dado que acababa de auto–felicitarse por saber mantener las distancias, esto también le convertía en un hipócrita consigo mismo.
Evidentemente el siguiente tatuaje debía estar más en la línea de unas orejas de burro.
Porque estaba actuando como uno.
Tras su invitación, no le sorprendió en lo más mínimo que Ehlena le mirara como si estuviera loco. En términos generales, cuando un macho se comportaba como él lo había hecho, la última cosa que cualquier hembra desearía hacer era pasar más tiempo con él.
—Lo siento, no. —Ni siquiera hilvanó el obligado, nunca salgo con pacientes.
—Okay. Lo entiendo.
Mientras preparaba los instrumentos para sacar sangre y se ponía un par de guantes de goma, Rehv extendió el brazo hacia la chaqueta de su traje y sacó su tarjeta, ocultándola en su gran palma.
Fue rápida en el procedimiento, trabajando sobre su brazo bueno, llenando con rapidez los viales de aluminio. Menos mal que no eran de cristal y que Havers hacía todas las pruebas él mismo. La sangre de vampiro era roja. La de symphath era azul. El color de la suya era algo entre ambas, pero él y Havers tenían un acuerdo. Concedido, el doctor no era consciente de como funcionaban las cosas entre ellos, pero era la única forma de ser tratado sin comprometer al médico de la raza.
Cuando Ehlena hubo acabado, selló los viales con tapones de plástico blanco, se quitó los guantes y se dirigió hacia la puerta como si él fuera un mal olor.
—Espere —le dijo.
—¿Quiere algún calmante para el brazo?
—No, quiero que tome esto. —Extendió su tarjeta—. Y me llame si alguna vez está de humor para hacerme un favor.
—A riesgo de sonar poco profesional, nunca voy a estar de humor para usted. Bajo ninguna circunstancia.
Uy. No es que la culpara.
—El favor es perdonarme. No tiene nada que ver con una cita.
Ella bajó la mirada a la tarjeta, después sacudió la cabeza.
—Será mejor que guarde eso. Para alguien que vaya a utilizarla alguna vez.
Cuando la puerta se cerró, él arrugó la tarjeta en su mano.
Mierda. ¿En qué demonios estaba pensando de todos modos? Probablemente ella tuviera una pequeña vida agradable en una pulcra casita con dos padres excesivamente amorosos. Tal vez hasta tuviera un novio, que algún día se convertiría en su hellren.
Si, siendo él el amigable señor de la droga del vecindario, proxeneta y matón realmente encajaría con la rutina Norman Rockwell[5]. Totalmente.
Tiró su tarjeta a la papelera que había junto al escritorio, y observó como hacía un arco, y luego caía entre los Kleenex, los papeles arrugados y una lata de Coca–Cola vacía.
Mientras esperaba al doctor, miró la basura descartada, pensando que para él la mayoría de la gente del planeta era como esas cosas: cosas para usar y descartar sin remordimientos de ningún tipo. Gracias a su lado malo y al negocio en el que estaba, había roto un montón de huesos, había partido un montón de cabezas y había sido la causa de muchas sobredosis de drogas.
Ehlena, por otro lado, pasaba sus noches salvando a la gente.
Sí, tenían muchísimo en común, desde luego.
Los esfuerzos de él posibilitaban que ella tuviera un trabajo.
Qué. Perfecto.


Fuera de la clínica, en el aire helado, Wrath estaba enfrentado pecho a pecho con Vishous.
—Sal de mi camino, V.
Vishous, por supuesto, no retrocedió para nada. No era para sorprenderse. Incluso antes del pequeño flash informativo que informaba que la Virgen Escriba le había dado a luz, el puñetero siempre había sido un agente totalmente libre.
Un Hermano habría tenido mejor suerte dándole órdenes a una piedra.
—Wrath...
—No, V. Aquí no. Ahora no...
—Te vi. Esta tarde, en mis sueños. —El dolor en esa voz oscura era del tipo que normalmente asocias con funerales—. Tuve una visión.
Wrath habló sin desearlo.
—¿Qué viste?
—Estabas de pie solo en un campo oscuro. Todos te rodeábamos en la periferia, pero nadie podía alcanzarte. Te alejabas de nosotros y nosotros de ti. —El Hermano extendió la mano y le agarró con fuerza—. Por intermedio de Butch, sé que estás saliendo solo y he mantenido la boca cerrada. Pero no puedo permitir que sigas haciendo esto. Si tú mueres la raza está jodida, y ni que decir lo que le haría a la Hermandad.
Los ojos de Wrath se esforzaban por enfocar el rostro de V, pero la luz de seguridad que había sobre la puerta era un fluorescente y el brillo de esa cosa pinchaba como la mierda.
—No sabes lo que quiere decir el sueño.
—Y tú tampoco.
Wrath pensó en el peso de ese civil en sus brazos.
—Podría no ser nada...
—Pregúntame cuándo tuve la visión por primera vez.
—... más que un miedo que tienes.
—Pregúntame. Cuándo tuve la visión por primera vez.
—Cuándo.
—Mil novecientos nueve. Han pasado cien años desde que la vi por primera vez. Ahora pregúntame cuantas veces la he tenido este mes pasado.
—No.
—Siete veces, Wrath. Esta tarde fue la gota que derramó el vaso.
Wrath se soltó de la sujeción del Hermano.
—Me largo. Si me sigues, vas a encontrarte con una pelea.
—No puedes salir solo. No es seguro.
—Estás bromeando, ¿verdad? —Wrath le miró furiosamente a través de sus gafas envolventes—. Nuestra raza está decayendo ¿y tú me tocas las narices por ir a por nuestro enemigo? Y una mierda. No voy a quedarme clavado tras ningún puñetero escritorio pasando papeles mientras mis hermanos están allí afuera haciendo algo verdaderamente...
—Pero tú eres el Rey. Eres más importante que nosotros...
—¡Al infierno con eso! ¡Soy uno de vosotros! ¡Fui reclutado, bebí de los Hermanos y ellos de mí, quiero luchar!
—Mira, Wrath... —V asumió un tono tan razonable que hacía que un tipo quisiera hacerle saltar todos los dientes. Con un hacha—. Sé exactamente lo que es no querer ser quien has nacido para ser. ¿Crees que no me gustaría librarme de tener estos puñeteros sueños? ¿Crees que tener este sable láser mío es una fiesta? —Levantó la mano enguantada como si la ayuda visual fuera un valor añadido a su «discusión»—. No puedes cambiar quien eres. No puedes deshacer el acoplamiento en el que sea que tus padres te hicieron. Eres el Rey, y las reglas se aplican de forma diferente para ti, y así es como son las cosas.
Wrath intentó con todas sus fuerzas hacerse con la calma, tranquilidad y compostura de V.
—Y yo digo que he estado luchando durante trescientos años, así que no soy exactamente un principiante en la batalla. Y también me gustaría señalar que ser el Rey no significa haber perdido el derecho a escoger...
—No tienes heredero. Y por lo que he oído de mi shellan, mandas callar a Beth cuando te dice que quiere intentar tener uno cuando le venga su primera necesidad. La acallas con dureza. ¿Cómo dijo que lo ponías? Oh... sí. «No quiero ninguna cría en un futuro próximo... si es que quiero alguna vez».
El aliento de Wrath escapó en una ráfaga.
—No puedo creer que acabes de sacar ese tema.
—¿En conclusión? ¿Si tú te mueres? El tejido de la sociedad de la raza se desmantelaría, y si crees que eso va a ayudar en la guerra es que tienes la cabeza tan metida en el culo que estás utilizando tu colon como boquilla. Afróntalo, Wrath. Tú eres el corazón de todos nosotros... así que no, no puedes ir por ahí sin más, luchando solo porque te da la gana de hacerlo. Las cosas no funcionan así para ti...
Wrath agarró las solapas del Hermano y lo estrelló contra el edificio de la clínica.
—Cuidado, V. Estás caminando por la maldita y delgada línea que limita con la falta de respeto.
—Si crees que machacarme va a cambiar las cosas, adelante. Pero te garantizo que después de que los puñetazos terminen y ambos estemos sangrando en el suelo, la situación seguirá siendo exactamente la misma. No puedes cambian quien eres por nacimiento.
En el trasfondo, Butch salió del Escalade y se subió el cinturón como si se estuviera preparando para interrumpir una pelea.
—La raza te necesita vivo, imbécil —dijo V—. No me obligues a apretar el gatillo, porque lo haré.
Wrath volvió a fijar sus ojos débiles en V.
—Pensé que me querías vivito y coleando. Además, dispararme sería traición y se castiga con la muerte. Sin importar de quién seas hijo.
—Mira, no estoy diciendo que no debas...
—Calla, V. Por una vez, sólo cierra la maldita boca.
Wrath soltó la chaqueta de cuero del tipo y retrocedió. Jesucristo, tenía que largarse o esta confrontación iba a escalar exactamente hasta lo que Butch se estaba temiendo.
Wrath apuntó un dedo a la cara de V.
—Nada de seguirme. ¿Estamos? No me sigas.
—Estúpido imbécil —dijo V con absoluto cansancio—. Eres el Rey. Todos debemos seguirte.
Wrath se desmaterializó con una maldición, sus moléculas apresurándose a través de la ciudad. Mientras viajaba, no podía creer que V le hubiera lanzado a Beth y el asunto del bebé a la cara. O que Beth hubiera compartido ese tipo de cuestiones privadas con Doc Jane.
Hablando de tener la cabeza en el culo, por cierto. V estaba loco si pensaba que Wrath iba a poner la vida de su amada en peligro dejándola embarazada cuando pasara por su necesidad dentro de un año o así. Las hembras morían en el parto, con más frecuencia que las que no morían.
Daría su propia vida por la raza si tenía que hacerlo, pero de ningún puñetero modo pondría a su shellan en un peligro así.
E incluso si se garantizara que sobreviviría a todo ello, no quería que su hijo terminara justo donde estaba él... atrapado y sin elección, sirviendo a su gente con pesar mientras uno a uno morían en una guerra que poco o nada podía hacer él por terminar.





[1] Cómico de Stand–up Comedy, actor y figura de la contracultura, conocido sobre todo por su monólogo Siete Palabras que no se pueden decir en televisión. (N. de la T.)
[2] James Brown. (1933 – 2006) cantante de funk y soul estadounidense, conocido también como «El Padrino del Soul». (N. de la T.)
[3] Shimmy–shimmies. Hace referencia a la canción de James Brown, Shout & Shimmy. Shimmy es un tipo de baile popular en los años 20 que se caracterizaba por un rápido meneo del cuerpo, sacudiendo sobre todo la parte de los hombros y las caderas. Por lo que aquí podríamos utilizarlo como equivalente a sacudidas o meneos de su cuerpo. (N. de la T.)

[4] V8, es un motor de 8 cilindros y en formación de V, muy potente. (N. de la T.)
[5] Norman Percevel Rockwell  (1894 – 1978) ilustrador, fotógrafo y pintor norteamericano célebre por sus imágenes llenas de ironía y humor.  En la década de los 50 y 60, Rockwell tiene una época en la que se dedica a sus temas amables y tiernos. (N. de la T.)

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