miércoles, 25 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 40 41 42

Capítulo 40


La tarde siguiente, Rehv bajó con cuidado la escalera curva del refugio de la familia, guiando a Havers de regreso a la puerta principal que el médico de la raza había atravesado apenas cuarenta minutos antes. Bella y la enfermera que lo había asistido también lo seguían. Nadie hablaba, sólo se oía el sonido inusualmente alto de las pisadas sobre la mullida alfombra.
Mientras caminaba, todo lo que podía oler era muerte. El aroma de las hierbas rituales se demoraba en lo profundo de sus fosas nasales, como si la mierda hubiera encontrado refugio del frío en sus senos, y se preguntaba cuánto tiempo pasaría antes de que dejara de captar su olorcillo cada vez que inhalara.
Hacía que un macho quisiera tomar un aplicador de chorro de arena, dirigirlo hacia allí arriba y hacerse una buena limpieza abrasiva.
A decir verdad, sentía una terrible necesidad de aire fresco, pero no se atrevía a moverse más rápido. Entre su bastón y la barandilla tallada, se estaba manejando bien, pero después de ver a su madre envuelta en lino, no tenía sólo el cuerpo entumecido, su mente también lo estaba. Lo último que necesitaba era terminar aterrizando sobre el culo en el vestíbulo de mármol.
Rehv bajó el último escalón, cambió el bastón a la mano derecha, y prácticamente se abalanzó para abrir la puerta. El viento frío que entraba era una bendición y una maldición al mismo tiempo. Su temperatura interna descendió en picado, pero fue capaz de tomar un profundo y helado aliento que reemplazó algo de lo que le estaba atormentando con la punzante promesa de que caería una nevada.
Aclarándose la garganta, extendió la mano hacia el médico de la raza.
—Trató a mi madre con increíble respeto. Le doy las gracias.
Tras sus gafas de carey, los ojos de Havers no demostraban sólo una compasión profesional, sino una compasión honesta, y extendió la palma como un compañero doliente.
—Ella era muy especial. La raza ha perdido una de sus luces espirituales.
Bella dio un paso hacia delante para abrazar al médico, y Rehv hizo una reverencia ante la enfermera que había asistido sabiendo que ella sin duda preferiría no tener que tocarlo.
Mientras la pareja salía por la puerta principal para desmaterializarse de regreso a la clínica, Rehv se tomó un momento para contemplar la noche. Definitivamente iba a nevar de nuevo, y esta vez no sería sólo esa especie de polvillo de la noche anterior.
Se preguntó si su madre habría visto las nevadas de la tarde anterior. ¿O se habría perdido lo que había probado ser su última oportunidad de ver los delicados cristales milagrosos que caían a la deriva desde el cielo?
Dios, nadie tenía una infinita cantidad de noches. Ni una innumerable multitud de ventiscas de nieve para ver.
A su madre le encantaba las nevadas. Cada vez que se presentaban, iba a la sala, encendía las luces del exterior, apagaba las de dentro, y se sentaba allí mirando hacia fuera, a la noche. Mientras siguiera cayendo, se quedaba allí. Podía pasarse horas.
¿Qué vería ella?, se preguntó. En la nieve que caía, ¿qué habría visto? Nunca se lo preguntó.
Cristo, ¿por qué tenían que acabar las cosas?
Rehv cerró la puerta, dejando el espectáculo invernal fuera y se reclinó contra los sólidos paneles de madera. Ante él, debajo de la araña que había en lo alto, estaba su hermana, ojerosa y apática, acunando a su hija en los brazos.
Desde el fallecimiento, no había soltado a Nalla, pero a la pequeña no le importaba. La hija estaba dormida en los brazos de su madre, su frente estaba fruncida por la concentración, como si estuviera creciendo tan rápido, que ni siquiera cuando estaba en reposo se permitiera un descanso.
—Yo acostumbraba a sujetarte de esa manera —dijo Rehv—.Y tu solías dormir así. Tan profundamente.
—¿Lo hacía? —Bella sonrió y frotó la espalda de Nalla
El body de aquella noche era blanco y negro con un logo de la gira de AC/DC EN VIVO y Rehv no pudo evitar sonreír. No le sorprendía en absoluto que su hermana hubiera descartado toda la mierda cursi de patitos–y–conejitos favoreciendo un vestuario de recién nacida que era definitivamente impresionante. Y bendita fuera. Si alguna vez llegara a tener un hijo...
Rehv frunció el ceño y le puso freno a esos pensamientos.
—¿Qué pasa? —le preguntó su hermana
—Nada. —Además de que por primera vez en su vida había pensado en tener descendencia.
Quizás fuera por la muerte de su madre.
Quizás fuera por Ehlena, señaló otra parte de él.
—¿Quieres comer algo? —dijo—. ¿Antes de que Z y tu emprendáis el camino de regreso?
Bella levantó la vista hacia las escaleras, desde donde bajaba flotando el sonido de una ducha.
—Me gustaría.
Rehv puso una mano sobre su hombro y caminaron juntos por un vestíbulo adornado con paisajes enmarcados, y a través de un comedor que tenía las paredes del color del Merlot. La cocina que había detrás, contrastaba con el resto de la casa, pues era muy sencilla centrándose en la funcionalidad, pero había una mesa muy agradable a la cual sentarse, y allí en una de las sillas con respaldo alto y apoyabrazos, acomodó a su hermana y a la pequeña.
—¿Qué te apetece? —preguntó, yendo hacia la nevera.
—¿Tienes cereales?
Él se dirigió al armario donde se almacenaban las galletas y las conservas, esperando que... sí, Frosted Flakes. Había una gran caja de Frosted Flakes ubicada lado a lado con un paquete de galletitas saladas Kleeber Club y unos cuscurros de Pepperidge Farm.
Al sacar los cereales, giró la caja para verle el frente y miró a Tony el Tigre
Repasando las líneas del dibujo con la yema del dedo, dijo suavemente:
—¿Todavía te gustan los Frosted Flakes?
—Oh, absolutamente. Son mis favoritos.
—Bien. Eso me hace feliz.
Bella se rió un poco.
—¿Por qué?
—¿No te… acuerdas? —se detuvo a sí mismo—. Aunque, ¿por qué ibas a hacerlo?
—¿Recordar el qué?
—Fue hace mucho tiempo. Te observé comerlos y… simplemente fue agradable, eso es todo. La forma en que los disfrutabas. Me gustaba la forma en que los disfrutabas.
Tomó un cuenco, una cuchara y la leche descremada, fue con el lote hasta donde estaba su hermana y haciendo un pequeño sitio lo dispuso todo frente a ella.
Mientras Bella cambiaba de lugar a la pequeña para tener la mano derecha libre y poder usar la cuchara, él abrió la caja y la fina bolsa de plástico y empezó a servirlos.
—Dime cuando —le dijo.
El sonido de los cereales golpeando el cuenco, ese pequeño sonido chapoteante, hablaba de una vida cotidiana normal y era demasiado fuerte. Como aquellos pasos bajando la escalera. Era como si al silenciarse el latido del corazón de su madre hubiera subido el volumen del resto del mundo hasta que sintió que necesitaba tapones para los oídos.
—Cuando —dijo Bella.
Él cambió la caja de cereales por el cartón de leche Hood y volcó un río blanco sobre los cereales.
—Una vez más, con sentimiento.
—Cuando.
Rehv se sentó mientras cerraba la tapa y supo que no debía preguntarle si quería que él cogiera en brazos a Nalla. Aunque resultara incómodo para comer, ella no iba a soltar a esa niña durante un buen rato y estaba bien. Más que bien. Ver como se consolaba con la siguiente generación le aportó algo de consuelo a él
—Mmm —murmuró Bella con el primer bocado.
En el silencio que surgió entre ellos, Rehv se permitió rememorar otra cocina, en otro tiempo, muy anterior, cuando su hermana era mucho más joven y él estaba considerablemente menos corrupto. Recordó un cuenco de Tony en particular que era mejor que ella no recordara, aquel que después de haberlo terminado, todavía seguía teniendo ganas de comer más, y había tenido que luchar contra todo lo que aquel bastardo de su padre le había enseñado acerca de que las hembras debían ser delgadas y que nunca repetían. Cuando cruzó la cocina de la antigua casa y luego regresó a su silla llevando la caja de cereales, Rehv vitoreó silenciosamente y cuando comenzó a servirse otra porción… comenzó a llorar lágrimas de sangre por lo que tuvo que excusarse diciendo que iba al cuarto de baño. 
Había asesinado al padre de ella por dos razones: su madre y Bella.
Una de sus recompensas había sido la tentativa de libertad de Bella al comer más cuando sentía hambre. La otra había sido saber que no habría más contusiones en el rostro de su madre.
Se preguntaba qué habría pensado Bella de haber sabido lo que él había hecho. ¿Le odiaría? Quizás. No estaba seguro de cuanto recordaba acerca de todos los maltratos, especialmente los que habían sido hecho a su mahmen.
—¿Estás bien?—le preguntó ella repentinamente.
Él se pasó la mano por su mohawk.
—Sí.
—Puedes ser difícil de interpretar. —Le dedicó una pequeña sonrisa, como si quisiera estar segura de que no había ironía en sus palabras—. Nunca sé si estás bien.
—Lo estoy.
Ella paseó la vista por la cocina.
—¿Qué vas a hacer con esta casa?
—La voy a conservar al menos durante otros seis meses. Se la compré a un humano, hace un año y medio y necesito aguantarla un poco más o me van a joder en plusvalías.
—Siempre fuiste bueno con el dinero. —Se inclinó para llevarse otra cucharada a la boca—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Cualquier cosa.
—¿Tienes a alguien?
—¿Alguien cómo?
—Ya sabes… una hembra. O un macho
—¿Crees que soy gay? —Mientras reía, ella se puso de un rojo escarlata, y él deseó abrazarla con todas sus fuerzas.
—Bueno Rehvenge, si lo eres no hay problema —dijo haciendo un gesto afirmativo con la cabeza que le hizo sentir como si le hubiera palmeado la mano para consolarlo—. Quiero decir, nunca nos has presentado a ninguna hembra, jamás. Y no quiero presuponer... que tu... ah... Bien, en cierto momento del día fui a tu habitación para ver cómo estabas y te escuché hablando con alguien. No es que estuviera escuchando a escondidas... no estaba... Oh, mierda.
—Está bien. —Le sonrió abiertamente y entonces se dio cuenta que no había una respuesta sencilla para su pregunta. Al menos, en lo que refería a si tenía a alguien.
Ehlena era... ¿qué era?
Frunció el ceño. La respuesta que venía a su mente ahondaba profundamente en él. Muy profundamente. Y dada la superestructura de mentiras sobre la cual estaba construida su vida, no estaba seguro de que ese tipo de perforación fuera una idea acertada: joder, su montaña de carbón ya estaba lo suficientemente inestable como para permitir que hubiera huecos que calaran tan hondo bajo la superficie.
Bella bajó la cuchara lentamente.
—Dios mío... tienes a alguien, ¿verdad?
Él se obligó a responder de forma que la cantidad de complicaciones disminuyeran. Aunque eso era como sacar sólo un trozo de basura de la pila.
—No, no lo tengo. —Le echó un vistazo a su cuenco—. ¿Quieres más?
Ella sonrió.
—Sí. —Mientras le servía, dijo—: Sabes, el segundo cuenco siempre es el mejor.
—No podría estar más de acuerdo.
Bella empujó los cereales hacia abajo con el dorso de su cuchara.
—Te amo, hermano mío.
—Y yo a ti, hermana mía. Siempre.
—Creo que Mahmen está en el Fade cuidándonos. No se si crees en ese tipo de cosas, pero ella lo hacía, y después del nacimiento de Nalla yo también he llegado a creerlo.
Era consciente de que casi habían perdido a Bella en la mesa de partos, y se preguntaba qué habría visto ella en esos momentos cuando su alma no estaba ni aquí ni allí. Nunca había pensado mucho sobre donde terminaba uno, pero estaba dispuesto a apostar que ella tenía razón. Si alguien podía velar por sus descendientes desde el Fade, esa sería su encantadora y piadosa madre.
Eso le proporcionaba consuelo y un propósito.
Allí arriba su madre nunca iba a tener que preocuparse por lo que la había preocupado aquí. No en lo que a él concernía.
—Oh, mira, está nevando —dijo Bella
Él miró a través de la ventana. Iluminados por la luz de las farolas de gas que había a lo largo de la entrada para coches, los pequeños puntos blancos caían a la deriva.
—A ella le habría encantado esto —murmuró él.
—¿ A mahmen?
—¿Recuerdas como acostumbraba a sentarse en una silla para contemplar los copos caer?
—No los observaba caer.
Rehv frunció el ceño y la miró desde el otro lado de la mesa.
—Seguro que sí. Durante horas, ella…
Bella negó con la cabeza
—Le gustaba el aspecto que tenían después de caer.
—¿Cómo lo sabes?
—Se lo pregunté una vez. Ya sabes, por qué se sentaba y se quedaba mirando hacia fuera durante tanto tiempo. —Bella reacomodó a Nalla en sus brazos y con una mano alisó los mechoncitos de cabello de su niña—. Dijo que era porque cuando la nieve cubría la tierra, las ramas y los tejados, se acordaba de cuando estaba en el Otro Lado con las Elegidas, donde todo estaba bien. Dijo... que después de que la nieve caía, ella se veía restituida a su vida antes de la caída. Nunca entendí que quería decir con eso, y ella nunca me lo explicó.
Rehv volvió a mirar a través de la ventana. A la velocidad que estaban cayendo los copos, pasaría un tiempo antes de que el paisaje se pusiera blanco.
No era de extrañar que su madre permaneciera horas mirando hacia fuera.


Wrath se despertó en la oscuridad, pero de una forma deliciosa, familiar y feliz. Su cabeza estaba sobre su propia almohada, su espalda contra su propio colchón, las mantas subidas hasta su barbilla, y el aroma de su shellan profundamente metido en su nariz.
Había dormido felizmente durante un largo tiempo, podía afirmarlo por lo mucho que necesitaba estirarse. Y su dolor de cabeza se había ido. Ido... Dios, había estado viviendo con el dolor durante tanto tiempo, que era sólo en su ausencia cuando se daba cuenta de cuan malo se había vuelto.
Estirando todo el cuerpo, tensó los músculos de piernas y brazos hasta hacer crujir los hombros y enderezar su columna y su cuerpo se sintió glorioso.
Dándose la vuelta, encontró a Beth con el brazo, y deslizándolo alrededor de su cintura la apresó desde atrás y se curvó alrededor de ella y así poder enterrar el rostro en el suave cabello de su nuca. Ella siempre dormía sobre el lado derecho, y el tema de adoptar la posición de cucharas paralelas era cosa de él... le gustaba rodear el cuerpo más pequeño de ella con el suyo que era mucho mas largo porque le hacía sentir que era lo suficientemente fuerte como para protegerla.
Sin embargo, mantuvo las caderas apartadas de ella. Su polla estaba rígida y llena de Yo–deseo, pero se sentía agradecido tan sólo de poder yacer con ella... y no tenía intención de arruinar el momento haciéndola sentir incomoda.
—Mmm —dijo ella, acariciándole el brazo—. Estás despierto
—Lo estoy. —Y más que eso.
Se armó un revoltijo mientras ella se daba la vuelta, moviéndose dentro de su abrazo hasta que lo tuvo de frente.
—¿Dormiste bien?
—Oh, sí.
Cuando sintió un ligero tirón de cabello, supo que estaba jugando con las rizadas puntas, y se alegró de mantenerlo tan largo como lo tenía. Aunque tuviera que atarse la pesada masa negra en la parte de atrás de la cabeza cuando salía a luchar, y que la mierda tardaba una eternidad en secarse —tanto, de hecho, que tenía que usar un secador, lo que era demasiado jodidamente afeminado para creerlo— Beth amaba eso. Podía recordar las muchas veces que ella lo había desplegado en abanico sobre sus senos desnudos...
Bueno, desacelerar ese tren sería una muy buena idea. Si continuaba con ese tipo de cosas tendría que montarla o perder su condenada mente.
—Adoro tu cabello, Wrath. —En la oscuridad, su voz queda era como el toque de sus dedos, delicado y devastador.
—Yo adoro cuando colocas tus manos sobre él —replicó, con la voz ronca—, entre medio de él, de cualquier forma que te guste tocarlo.
Estuvieron sólo Dios sabía cuánto tiempo allí acostados uno al lado del otro, cara a cara mientras los dedos de ella retorcían y enroscaban las densas ondas.
—Gracias —dijo ella en bajito— por contarme lo de esta noche.
—Hubiera preferido tener buenas noticias para contarte.
—Aun así me alegra que me lo contaras. Prefiero saberlo.
Encontró el rostro de ella a tientas, y mientras deslizaba los dedos sobre las mejillas y la nariz hasta los labios, la veía con las manos y la conocía con el corazón.
—Wrath... —ella colocó la mano sobre su erección.
—Oh, joder... —Tensando la parte baja de la espalda impulsó las caderas hacia delante.
Ella rió bajito.
—Tu lenguaje amoroso haría que un camionero se sintiera orgulloso.
—Lo siento, yo… —La respiración se le atascó en la garganta cuando ella lo acarició por encima de los boxers que se había puesto en atención a su pudor—. Jod... quiero decir...
—No, me gusta. Es muy tú.
Ella le hizo ponerse boca arriba y se montó sobre sus caderas... sagrada mierda. Sabía que se había metido a la cama con un camisón de franela, pero donde quiera que estuviera, no estaba cubriéndole las piernas, porque su dulce y caliente centro se frotó contra su polla.
Wrath gruñó, y perdió el control. Con un súbito impulso, la tiró de espaldas, bajó los Calvin Klein que raramente usaba, por sus muslos, y se introdujo en ella. Cuando ella gritó y le arañó la espalda con las uñas, se le alargaron los colmillos completamente y comenzaron a palpitar.
—Te necesito —dijo—. Necesito esto.
—Yo también.
No le ahorró nada de su poder, pero en definitiva, a ella le gustaba así algunas veces, crudo, salvaje, que el cuerpo de él marcara el suyo con dureza.
El rugido que lanzó cuando se introdujo en ella sacudió el óleo que colgaba sobre la cama e hizo repiquetear los frascos de perfume que estaban en el tocador y continuó moviéndose en su interior, más bestia que amante civilizado. Pero cuando su aroma comenzó a inundarle la nariz, supo que lo deseaba exactamente como era... cada vez que llegaba al orgasmo, ella lo hacía con él, su sexo apretaba y tironeaba del suyo, manteniéndole profundamente en su interior.
Con jadeante demanda, le dijo:
—Toma mi vena…
Él siseó como un depredador, fue en busca de su cuello y la mordió con fuerza.
El cuerpo de Beth se sacudió debajo del suyo, y entre sus caderas sintió que brotaba una calidez que no tenía nada ver con lo que había dejado en su interior. En su boca, la sangre de ella era el regalo de la vida, la sentía espesa en la lengua y bajando por su garganta, llenándole el vientre con un horno caliente que iluminaba su carne desde dentro hacia fuera.
Mientras bebía sus caderas tomaron el mando, complaciéndola, complaciéndose a sí mismo, cuando estuvo lleno, lamió las marcas del mordisco, y volvió a ocuparse de ella, estirándose hacia abajo levantó una de sus piernas para poder entrar aún más profundamente mientras golpeaba con fuerza. Cuando en una de las embestidas ella volvió a correrse, él le sujetó la nuca con la palma de la mano y le acercó los labios a su garganta.
Pero no tuvo oportunidad de expresar una demanda. Ella lo mordió, y en el momento en que sus agudas puntas punzaron su piel sintió el dulce latigazo del dolor y tuvo un nuevo orgasmo, uno que fue más brutal que todos los demás. Saber que poseía lo que ella necesitaba y deseaba, que ella vivía de lo que latía a lo largo de sus venas, era jodidamente erótico.
Cuando su shellan hubo acabado y cerrado las heridas lamiéndolas, él rodó sobre su espalda manteniéndolos unidos, con la esperanza de que...
Oh, sí, hicieron un bueno uso de él montándolo. Mientras ella tomaba el mando, él llevo las palmas de sus manos hacia sus pechos y se dio cuenta que todavía tenía puesto el camisón, de manera que se lo quitó por la cabeza y lo tiró a quien–demonios–le–importaba–dónde. Encontrando sus pechos nuevamente, los sopesó y resultaron tan pesados y grandes en sus palmas que no pudo evitar arquearse hacia arriba y tomar uno de sus pezones en la boca. Lo succionó mientras ella bombeaba por ambos hasta que se le hizo muy difícil mantener la conexión y tuvo que dejar caer su torso sobre la cama.
Beth gritó, y luego lo hizo él, y entonces ambos llegaron juntos al clímax. Después ella se derrumbó junto a él y permanecieron uno al lado del otro, jadeando.
—Eso fue increíble —jadeó ella.
—Jodidamente increíble.
Él tanteó a su alrededor en la oscuridad, hasta que encontró su mano, y se quedaron así unidos durante un rato.
—Tengo hambre —dijo ella.
—Yo también.
—Bien, deja que vaya a buscar algo para los dos.
—No quiero que te vayas. —dijo tirando de su mano, atrayéndola hacia él, y besándola—. Eres la mejor hembra que un macho podría llegar a tener jamás.
—Yo también te amo.
Como si estuvieran sincronizados, sus estómagos rugieron al mismo tiempo.
—De acuerdo, quizás sí sea hora de comer. —Mientras reían juntos, Wrath soltó a su shellan—. Espera, déjame encender la luz para que puedas encontrar el camisón.
Inmediatamente supo que algo andaba mal. Beth dejó de reírse y se quedó absolutamente paralizada.
—¿Leelan? ¿Estás bien? ¿Te he hecho daño? —Oh, Dios... había sido tan bruto—. Lo siento...
Ella le interrumpió con voz estrangulada.
—Mi luz ya está encendida Wrath. Antes de que te despertaras, estaba leyendo..


Capítulo 41


John se tomó su jodido tiempo en la ducha de Xhex, y se lavó a fondo no porque estuviera sucio, sino porque pensó que también podía jugar a ese jueguito de borrar–la–pizarra–por–completo, lo–que–ocurrió–entre–nosotros–no–ocurrió–en–realidad.
Después de que ella se hubiera ido, no sabía ya cuantas horas y horas después, su primer pensamiento fue negativo. No iba a mentir: Todo lo que había querido hacer era salir directamente afuera, ponerse bajo el sol y terminar con ese chiste que, como un imbécil perdedor, llamaba vida.
Había muchas cosas en las cuales fallaba. No podía hablar. Era pésimo en matemáticas. Su sentido de la moda, si lo dejaban a él solo, era patético. No era particularmente bueno con las emociones. Normalmente perdía al gin rummy y siempre en el póker. Y tenía muchos otros defectos.
Pero ser pésimo en el sexo era el peor de todos.
Mientras estaba tumbado en la cama de Xhex considerando los méritos de la auto–inmolación, se había preguntado por qué el hecho de ser una calamidad a la hora de follar parecía más importante que cualquier otra deficiencia.
Tal vez era porque el reciente capítulo en su vida sexual lo había hecho pasar a un territorio aún más complicado, más hostil. Tal vez fuera porque el desastre más reciente estaba muy fresco.
Tal vez fuera porque había sido la gota que derramara el vaso.
Tal y como lo veía, había tenido relaciones sexuales dos veces, y en ambas él había sido tomado, una vez violentamente y en contra de su voluntad y luego, unas cuantas horas atrás, había sido con su consentimiento total y absoluto. Las repercusiones de ambas experiencias eran pésimas, y durante el tiempo que había pasado en la cama de Xhex, había tratado de no revivir las heridas pero en su mayor parte había fallado. Naturalmente.
Sin embargo, al caer la noche, ya había desarrollado un par de huevos al darse cuenta que estaba dejando que otras personas le jodieran la mente. En ninguno de los casos había hecho nada malo. Entonces, ¿por qué demonios estaba pensando en acabar con su vida cuando él no era el problema?
La respuesta no era convertirse a sí mismo en el equivalente vampiro de un s’more[1].
Mierda, no. La respuesta era no volver a ser nunca, jamás, una víctima.
De ahora en adelante, cuando se tratase de follar, él sería el que tomaría.
John salió de la ducha, secó su poderoso cuerpo y se quedó frente al espejo, midiendo sus músculos y su fuerza. Cuando ahuecó la mano en torno a sus pelotas y su pene, su pesado sexo se sentía bien.
No. Nunca más sería la víctima de otros. Joder, era hora de crecer.
John dejó la toalla tal y como aterrizó sobre la encimera, se vistió rápidamente, y en cierta forma, cuando se ajustó sus armas y fue en busca de su teléfono se sintió más alto.
Se negaba a seguir siendo un puñetero debilucho y llorón.
Su texto para Qhuinn y Blay fue breve y conciso: Ns vms en ZS. Vy a mborrachme y spro q hgais lo msmo.
Después de pulsar Enviar, fue al registro de llamadas. Mucha gente había llamado a su teléfono durante el día, en su mayor parte Blay y Qhuinn, quienes evidentemente habían llamado cada dos horas. También vio que había quedado registrado un desconocido con número privado que había insistido tres veces.
El resultado final era que tenía dos correos de voz, y sin demasiada curiosidad, accedió a su cuenta y escuchó, esperando que el desconocido fuera un humano que había marcado el número equivocado.
No lo era.
La voz de Tohrment se oía tensa y baja:
«Oye, John, soy yo, Tohr. Escucha… yo, ah, no sé si recibirás esto, pero ¿podrías llamarme si lo haces? Estoy preocupado por ti. Me preocupas, y quiero decirte que lo siento. Sé que realmente he estado jodidamente ausente durante mucho tiempo, pero regresaré. Fui… fui a la Tumba. Es ahí donde estaba. Tenía que regresar y ver… Mierda, no sé. Tenía que ver el lugar donde había empezado todo antes de poder lanzarme de vuelta a la realidad. Y luego yo, ah, anoche me alimenté. Por primera vez desde que… —Se le quebró la voz y se oyó una fuerte inspiración—. Desde que Wellsie murió. Pensé que no podría soportarlo, pero lo hice. Va a llevarme un tiempo conseguir…».
En ese momento el mensaje se interrumpió y una voz grabada le preguntó si quería guardarlo o suprimirlo. Presionó la tecla de numeral para saltar al siguiente mensaje.
Era Tohr otra vez:
«Oye, disculpa por eso, me cortaron la comunicación. Sólo quería decir que siento haberte jodido. No he sido justo contigo. También has estado llevando luto por ella, y no estuve allí para ayudarte, y eso siempre me pesará. Te abandoné cuando me necesitabas. Y… lo siento de verdad. Sin embargo, ya he dejado de correr. No voy a ir a ninguna parte. Supongo… supongo que estoy aquí y es aquí adonde pertenezco. Joder, estoy hablando sin sentido. Mira, llámame, por favor, para hacerme saber que estás a salvo. Adiós».
Sonó un pip y la voz grabada interrumpió:
«¿Guardar o suprimir?» Apremió.
Cuando John apartó el teléfono de su oreja para quedarse mirándolo fijamente, hubo un momento de vacilación cuando el niño que todavía quedaba en él pedía a gritos por su padre.
Un mensaje de texto de Qhuinn brilló en la pantalla, sacándolo de la inmadurez.
John pulsó Suprimir al segundo mensaje de voz de Tohr, y cuando le preguntaron si quería ver de nuevo el primer mensaje, respondió que sí y suprimió aquél también.
El texto de Qhuinn era breve: Trmos alli.
Genial, pensó John mientras recogía su chaqueta de cuero y salía.


Para ser alguien desempleado y con un montón de facturas pendientes, era bastante insólito que Ehlena estuviera de buen humor.
No obstante, cuando se desmaterializó hacia el Commodore se sentía feliz. ¿Tenía problemas? Sí, definitivamente: si no encontraba trabajo pronto, ella y su padre corrían el riesgo de perder el techo que tenían sobre sus cabezas. Pero había solicitado un puesto de limpiadora con una familia de vampiros para salir del apuro, y estaba considerando picotear un poco en el mundo humano. Las transcripciones médicas eran una idea, el único problema era que no tenía una identidad humana que pudiera ser impresa en una tarjeta plastificada, y obtenerla iba a costar dinero. De todas formas, el sueldo de Lusie estaba pagado hasta finales de semana, y su padre estaba encantado de que su «historia», como él la llamaba, hubiera complacido a su hija.
Y además estaba Rehv.
No sabía qué dirección tomarían las cosas con él, pero para ellos existía una posibilidad, y el sentimiento de esperanza y el optimismo que generaba esa posibilidad, hacía que se sintiera animada en todos los órdenes de su vida, incluida la santa mierda del desempleo.
Tomando forma en la terraza del ático correcto, sonrió a las pequeñas ráfagas de copos que se arremolinaba con el viento y se preguntó por qué sería que cada vez que caían, el frío no se sentía tan frío.
Cuando se dio la vuelta, vio una silueta maciza a través del cristal. Rehvenge había estado esperándola y había permanecido atento a su llegada, y el hecho de que estuviera deseando esto tanto como ella hizo que su sonrisa se ampliara tanto que le zumbaron los incisivos por el frío.
Antes de que pudiera avanzar, la puerta situada frente a él se abrió deslizándose hacia un lado, y cruzó de una zancada la distancia que los separaba, el viento invernal atrapó su abrigo de marta y se lo arrancó del cuerpo. Sus ojos de amatista relucieron. Su zancada era puro poder. Su aura era innegablemente masculina.
Cuando se detuvo frente a ella, su corazón dio un salto. A la luz del resplandor de la ciudad, su rostro se veía severo y afectuoso al mismo tiempo, y aunque sin duda estaría congelado hasta los huesos, abrió su abrigo, invitándola a compartir el poco calor que su cuerpo pudiera tener.
Ehlena se metió dentro y lo abrazó, sujetándole con fuerza, aspirando profundamente su perfume.
Él bajó la boca hasta su oreja.
—Te he extrañado.
Ella cerró los ojos, pensando que esas tres pequeñas palabras eran tan buenas como un te amo.
—Yo también te eché de menos.
Cuando él soltó una suave risa de satisfacción, ella escuchó el sonido y al mismo tiempo lo sintió retumbar en su pecho. Y entonces la abrazó más estrechamente.
—Sabes, contigo así apoyada contra mí, no tengo frío.
—Eso me hace feliz.
—A mí también. —Se giró con ella en brazos para que ambos pudieran quedar frente a la terraza que parecía estar cubierta con una manta de nieve, los rascacielos del centro y los dos puentes con sus hileras de faros delanteros amarillos y luces traseras rojas—. Nunca había conseguido disfrutar de esta vista de una forma tan cercana y personal como ésta. Antes de ti… sólo la había visto a través del cristal.
Arropada dentro del cálido refugio que le proporcionaban el cuerpo y el abrigo de él, Ehlena se sintió triunfante porque juntos habían vencido al frío.
Con la cabeza descansando sobre su corazón, le dijo.
—Es magnífica.
—Sí.
—Y sin embargo… no sé, pero sólo tú me pareces real.
Rehvenge se apartó un poco y le levantó la barbilla con su largo dedo. Cuando sonrió, ella vio que sus colmillos se habían alargado, e instantáneamente se excitó.
—Yo estaba pensando exactamente lo mismo —le dijo—. En este momento, no puedo ver nada más que a ti.
Inclinó la cabeza y la besó, la besó y la besó un poco más mientras algunos copos de nieve bailaban alrededor de ellos como si constituyeran una fuerza centrífuga, un universo propio que giraba lentamente.
Cuando ella deslizó sus brazos alrededor de la nuca de él y ambos perdieron el control, Ehlena cerró los ojos.
Y eso significaba que ella no vio y Rehvenge no percibió la presencia que se materializó en lo alto del tejado del lujoso ático…
Y que los miraba con unos ojos que brillaban enrojecidos con el color de la sangre recién derramada.


Capítulo 42


—Por favor, en lo posible, trata de no moverte… de acuerdo, así está bien.
Doc Jane se trasladó hacia el ojo izquierdo de Wrath, enviando el haz de luz de su linterna–lápiz directamente hasta la parte trasera de su cerebro, o al menos eso le pareció a él. Mientras el arpón lo taladraba, tuvo que resistir el impulso de retirar la cabeza.
Verdaderamente no te gusta esto —murmuró ella mientras apagaba la linterna–lápiz.
—No.
Él se restregó los ojos y volvió a colocarse las gafas envolventes, incapaz de ver nada aparte de un par de brillantes dianas negras.
Beth intervino.
—Pero eso no es inusual. Nunca ha podido tolerar la luz.
Mientras su voz se desvanecía, él extendió el brazo y le apretó la mano para tratar de reconfortarle… lo que, si funcionaba, también le reconfortaría a él por extensión.
Hablando de ser aguafiestas. Después de que se había hecho evidente que sus ojos se habían tomado un pequeño descanso no programado, Beth había llamado a la doctora Jane, que estaba en la clínica nueva, y más que dispuesta a hacerles una visita a domicilio inmediatamente. No obstante Wrath, había insistido en ir él a ver a la doctora. Lo último que quería era que Beth tuviera que oír malas noticias en su alcoba matrimonial… y lo que era casi igual de importante, para él, ése era su espacio sagrado. Con la excepción de Fritz que entraba a limpiar, nadie era bienvenido en su dormitorio. Ni siquiera los Hermanos.
Además, Doc Jane querría hacerle pruebas. Los médicos siempre querían hacer pruebas.
Convencer a Beth había llevado bastante tiempo, pero después Wrath se había puesto sus gafas oscuras, había puesto el brazo alrededor de los hombros de su shellan, y juntos habían salido de la habitación, bajado por su escalera privada, y entrado por la galería exterior del segundo piso. En el camino, había tropezado un par de veces, al golpear sus shitkickers contra las esquinas de las alfombras y al olvidar la ubicación exacta de los escalones, y el accidentado trayecto resultó ser una revelación. No se había dado cuenta de que confiara tanto en su defectuosa visión como aparentemente lo hacía.
Sagrada… y querida Virgen Escriba, pensó. ¿Qué ocurriría si se quedaba permanente y completamente ciego?
No podría soportarlo. Simplemente no podría soportarlo.
Afortunadamente, cuando estaban en el túnel a medio camino hacia el centro de entrenamiento, le había palpitado la cabeza varias veces, y repentinamente el ligero resplandor del techo había atravesado sus gafas de sol. Mejor dicho, sus ojos lo habían registrado. Se había detenido, había parpadeado y se había quitado las gafas envolventes e inmediatamente había tenido que volver a ponérselas cuando miró hacia arriba a los paneles fluorescentes.
Así que no todo estaba perdido.
Cuando la doctora Jane se detuvo frente a él, se cruzó de brazos y las solapas de su bata blanca se arrugaron. Estaba completamente sólida, su forma fantasmal era tan sustancial como la suya o la de Beth, y él prácticamente podía oler la madera ardiendo mientras consideraba su caso.
—Tus pupilas están virtualmente insensibles, pero eso es porque están casi totalmente contraídas para empezar… Maldita sea, ojalá te hubiera hecho un estudio óptico en condiciones normales. ¿Dijiste que la ceguera te acometió de repente?
—Me acosté y cuando desperté era incapaz de ver nada. No estoy seguro de cuándo ocurrió.
—¿Notaste algo diferente?
—¿Aparte del hecho de que no tengo dolor de cabeza?
—¿Los has tenido recientemente?
—Sí. Es por la tensión nerviosa.
Doc Jane frunció el ceño. O al menos él sintió que lo hizo. Para él, su rostro era un borrón pálido con cabello rubio corto, las facciones del cual eran indistintas.
—Quiero que te hagas un TAC en la consulta de Havers.
—¿Por qué?
—Para ver un par de cosas. Así que, veamos, te despertaste y tu vista simplemente se había ido…
—¿Para qué quieres el TAC?
—Quiero saber si hay algo anormal en tu cerebro.
La mano de Beth apretó la suya como si estuviera tratando de calmarlo, pero el pánico lo hacía ser descortés.
—¿Como qué? Joder, Doc, simplemente dímelo.
—Un tumor. —Como él y Beth contuvieron el aliento, Doc Jane continuó rápidamente—. Los Vampiros no contraen cáncer. Pero ha habido casos de tumores benignos y eso podría explicar los dolores de cabeza. Ahora cuéntamelo otra vez, te despertaste y… se había ido. ¿Pasó algo inusual antes de que te quedaras dormido? ¿O después?
—Yo… —Joder. Mierda—. Me desperté y me alimenté.
—¿Cuánto tiempo pasó desde la última vez que lo habías hecho?
Beth respondió.
—Aproximadamente tres meses.
—Mucho tiempo —murmuró la doctora.
—¿Así que piensas que podría ser eso? —preguntó Wrath—. No me alimenté lo suficiente y la perdí, pero cuando bebí de su vena, mi vista regresó y…
—Creo que necesitas un TAC.
Con ella no cabían tonterías, nada que discutir. Así que al oír que abría un teléfono y marcaba, mantuvo la boca cerrada a pesar de que eso estuviera matándolo.
—Veré cuándo puede atenderte Havers.
Lo que, sin duda, sería en el acto. Wrath y el médico de la raza habían tenido sus diferencias, que se remontaban a la época en que estaba con Marissa, pero el hombre siempre le había dado prioridad a su atención cuando era necesario.
Cuando Doc Jane comenzaba a hablar, Wrath interrumpió su conversación.
—No le digas a Havers para qué es. Tú, y sólo tú, verás los resultados. ¿Nos entendemos?
La última cosa que necesitaban era que hubiera cualquier tipo de especulación sobre su capacidad para gobernar.
Beth elevó la voz.
—Dile que es para mí.
Doc Jane asintió y mintió con soltura, y mientras lo disponía todo, Wrath atrajo a Beth a su lado.
Ninguno de ellos dijo nada porque, ¿qué clase de conversación iban a tener? Ambos estaban asustados terriblemente… su visión era una porquería, pero él necesitaba la poca que tuviera. ¿Sin ella? ¿Qué diablos iba a hacer?
—Tengo que ir a la reunión del Consejo a medianoche —dijo suavemente. Cuando Beth se tensó, él negó con la cabeza—. Políticamente hablando, debo ir. Las cosas están demasiado inestables en este momento como para no acudir, o tratar de cambiarla para otra noche. Tengo que aparentar una posición de fuerza.
—¿Y qué ocurre si pierdes la vista en medio de la reunión? —siseó ella.
—Entonces disimularé hasta que pueda salir de allí.
—Wrath…
La doctora Jane cerró su teléfono.
—Puede verte ahora mismo.
—¿Cuánto tiempo tardará?
—Cerca de una hora.
—Bien. Hay un sitio al que debo acudir esta medianoche.
—Por qué no vemos lo que dice el escáner…
—Tengo que…
La doctora Jane le interrumpió con una autoridad que indicaba que en esta ocasión él era un paciente, no el Rey.
—«Tener que» es un término relativo. Ya veremos lo que está pasando ahí adentro y luego podrás decidir cuántos «tengo que» consigues.


Ehlena podría haberse quedado en la terraza con Rehvenge durante veinte años, pero él le susurró al oído que había preparado algo para comer, y sentarse frente a él a la luz de las velas sonaba igual de bien.
Después de un prolongado beso final, entraron juntos, ella recostada contra él, que le rodeaba la cintura con el brazo, mientras ella tenía la mano en su espalda, entre sus omóplatos. El lujoso ático estaba caliente, así que se quitó el abrigo y lo lanzó sobre uno de los sofás negros de cuero.
—Pensé que podíamos comer en la cocina —dijo él.
Y hasta aquí llegaba «a la luz de las velas» pero, ¿qué importaba? Con tal de estar con él, ella brillaría lo suficiente como para iluminar todo el maldito ático.
Rehvenge tomó su mano y la guió a través del comedor haciéndola cruzar al otro lado de la puerta de servicio oscilante. La cocina era de granito negro y acero inoxidable, muy urbana y brillante, y en un extremo de la encimera, donde había un ala, estaba dispuesto el servicio para dos, frente a un par de taburetes. Había una vela blanca encendida, y su llama haraganeaba encima de su pedestal de cera decreciente.
—Oh, esto huele fantástico. —Ella se deslizó en uno de los taburetes—. Italiana. Y decías que sólo podías preparar una cosa.
—Bueno, en realidad trabajé como un esclavo para hacer esto.
Se inclinó hacia el horno con un floreo y sacó una fuente plana con…
Ehlena estalló en carcajadas.
—Pizza de pan francés.
—Sólo lo mejor para ti.
—¿DiGiorno[2]?
—Por supuesto. Y he derrochado al comprar la clase suprema. Creí que podrías quitarle lo que no te guste. —Usó un par de pinzas de plata de ley para pasar las pizzas a los platos y luego puso la bandeja del horno sobre la cocina—. También tengo vino tinto.
Mientras volvía con la botella, lo único que pudo hacer ella fue mirarlo y sonreír.
—Sabes —dijo él mientras servía un poco en su copa—, me gusta la forma en que me miras.
Ella se puso las manos sobre la cara.
—No puedo evitarlo.
—No lo intentes. Hace que me sienta más alto.
—Y no eres pequeño para empezar. —Ella intentó contenerse, pero mientras él llenaba su propia copa, dejaba la botella, y se sentaba a su lado tenía muchas ganas de reír tontamente.
—¿Empezamos? —dijo él, tomando su cuchillo y su tenedor.
—Oh, Dios mío, me alegro de que también hagas eso.
—¿Haga qué?
—Comer la pizza con cuchillo y tenedor. En el trabajo, las otras enfermeras me hacen la vida… —Dejó la frase sin terminar—. Bueno, de cualquier manera, me alegra que haya alguien como yo.
Cuando ambos se dedicaron a su cena, se elevó el sonido del pan crujiente quebrándose bajo las hojas de los cuchillos.
Rehvenge esperó hasta que ella tomó su primer bocado y luego dijo:
—Déjame ayudarte en tu búsqueda de trabajo. —Lo había cronometrado a la perfección, porque ella nunca hablaba con la boca llena, así que tenía un montón de tiempo para continuar—. Deja que me ocupe de ti y de tu padre hasta que tengas otro trabajo que te reporte la misma ganancia que el de la clínica. —Ella comenzó a negar con la cabeza, pero él sostuvo en alto su mano—. Espera, piensa en ello. Si yo no me hubiera comportado como un imbécil, no habrías hecho lo que hiciste para que te despidieran. Así que es justo que te compense, y si ayuda, piensa en ello desde un punto de vista legal. Bajo las Antiguas Leyes te lo debo, y no estoy haciendo nada más que obedecer las leyes.
Ella se limpió la boca.
—Es sólo que me parece… extraño.
—¿Porque por una vez alguien te estaría ayudando a ti en lugar de que sea a la inversa?
Bien, maldita sea, sí.
—No quiero aprovecharme de ti.
—Pero me he ofrecido, y créeme, tengo los medios.
Bastante cierto, pensó ella, mirando su abrigo y la pesada cubertería de plata con la que comía y el plato de porcelana y el…
—En la mesa tienes unos modales exquisitos —murmuró sin causa aparente.
Él hizo una pausa.
—Obra de mi madre.
Ehlena puso la mano sobre su enorme hombro.
—¿Puedo decir que lo siento otra vez?
Él se limpió la boca con una servilleta.
—Puedes hacer algo mejor por mí.
—¿Qué?
—Déjame cuidar de ti. Para que tu búsqueda de trabajo se trate de encontrar algo que desees hacer en vez de que sea una loca carrera para meterte en cualquier cosa que te posibilite pagar las cuentas. —Elevó los ojos al techo y se llevó las manos al pecho como si estuviera a punto de desmayarse—. Eso aliviaría mucho mi sufrimiento. Tú y sólo tú tienes el poder de salvarme.
Ehlena se rió un poco, pero no podía mantener la apariencia de jovialidad. Bajo la superficie, percibió que él sufría, y el dolor se hacía patente en las sombras que tenía bajo los ojos y la sombría tensión de su mandíbula. Era evidente que se esforzaba por parecer normal en su beneficio, y aunque lo apreciaba, no sabía cómo podía hacer que se detuviera sin presionarle.
En realidad todavía no eran más que desconocidos el uno para el otro, ¿verdad? A pesar de todo el tiempo que habían pasado juntos los últimos dos días, ¿qué sabía realmente de él? ¿Su ascendencia? Cuando estaba con él o cuando hablaban por teléfono, sentía como si supiera todo lo que necesitaba saber, pero siendo realista, ¿qué tenían en común?
Él frunció el ceño mientas dejaba caer sus manos y cortaba otro trozo de pizza.
—No vayas por ahí.
—¿Disculpa?
—Dondequiera que estés yendo en tu mente. Es el lugar equivocado para ti y para mí. —Tomó un sorbo de vino—. No voy a ser grosero y leer tu mente, pero puedo sentir lo que sientes, y te estás distanciando. Eso no es lo que persigo. No en lo que a ti se refiere. —Levantó sus ojos de amatista y la miró fijamente—. Puedes confiar en que te cuidaré, Ehlena. Nunca dudes de eso.
Al mirarlo, creía en él al cien por cien. Absolutamente. Sin lugar a dudas.
—Lo hago. Confío en ti.
Algo iluminó su rostro, pero él lo ocultó.
—Bien. Ahora, termina tu cena y entiende de que el que yo te ayude es lo correcto.
Ehlena volvió a su cena, y siguió comiendo lentamente la pizza. Cuando acabó, apoyó los cubiertos en el borde derecho del plato, se limpió la boca, y tomó un sorbo de vino.
—De acuerdo. —Lo miró—. Te dejaré ayudar.
Cuando él sonrió ampliamente, porque se iba a salir con la suya, ella interrumpió la satisfacción que le estaba inflando el pecho.
—Pero hay condiciones.
Él rió.
 —¿Le pones limitaciones a un regalo que te hacen?
—No es un regalo. —Le miró mortalmente seria—. Es sólo hasta que encuentre un trabajo, no el trabajo de mis sueños. Y quiero pagarte la deuda.
Él perdió un poco de su satisfacción.
—No quiero tu dinero.
—Y yo siento lo mismo acerca del tuyo. —Dobló su servilleta—. Sé que no te hace falta el dinero, pero es la única forma en que lo aceptaré.
Él frunció el ceño.
—Entonces será sin intereses. No aceptaré ni un céntimo de intereses.
—Trato hecho. —Ella extendió la mano y esperó.
Él maldijo. Y volvió a maldecir.
—No quiero que me lo devuelvas.
—Imposible.
Después de que su boca dibujara algunas intrincadas maldiciones, puso la mano en la de ella y las estrecharon.
—Eres una dura negociadora y lo sabes —le dijo.
—Pero me respetas por ello, ¿verdad?
—Bueno, sí. Y hace que quiera desnudarte.
—Oh
Ehlena se sonrojó de la cabeza a los pies mientras él se bajaba de su taburete, se erguía ante ella, y le ahuecaba las manos en torno a su rostro.
—¿Vas a dejar que te lleve a mi cama?
Dada la forma en que brillaban esos ojos color violeta, estaba dispuesta a permitirle que la tomara en el maldito suelo de la cocina si lo pedía.
—Sí.
Un gruñido brotó de su pecho mientras la besaba.
—¿Adivina qué?
—¿Qué? —respiró ella.
—Esa era la respuesta correcta.
Rehvenge la sacó de su taburete y la besó rápida y suavemente. Con el bastón en la mano, la guió al otro lado del ático, atravesando habitaciones que ella no vio y pasando frente a una resplandeciente vista que no apreció. De lo único que era consciente era de la profunda y palpitante anticipación que sentía por lo que él iba a hacerle.
La anticipación y… la culpa. ¿Qué podía darle ella? Aquí estaba ella ansiándolo sexualmente otra vez, pero para él no habría alivio. A pesar de que decía que obtenía algo del intercambio, se sentía como si fuera…
—¿En qué estás pensando? —preguntó él cuando entraban en el dormitorio.
Ella lo miró.
—Quiero estar contigo, pero… no sé. Siento como si te estuviera usando o…
—No lo haces. Confía en mí, estoy muy familiarizado con lo que significa ser usado. Lo que sucede entre nosotros no tiene nada que ver con ello. —La interrumpió antes que le preguntara al respecto—. No, no quiero entrar en detalles porque necesito… mierda, necesito que estos momentos contigo sean sencillos. Sólo tú y yo. Estoy cansado del resto del mundo, Ehlena. Estoy tan jodidamente cansado de él.
Pensó que se trataba de esa otra hembra. ¿Y si no quería a quien quiera que fuera entre ellos? A ella le parecía bien.
—Es sólo que necesito que esto salga bien —dijo Ehlena—. Lo que hay entre nosotros. Y quiero que tú también sientas algo.
—Lo hago. A veces ni yo puedo creerlo, pero lo hago.
Rehv cerró la puerta detrás de ellos, apoyó su bastón en la pared, y se quitó el abrigo de marta. El traje cruzado que llevaba debajo de las pieles era otra obra maestra de corte exquisito, esta vez de color gris paloma con rayas diplomáticas negras. La camisa que tenía debajo era negra y llevaba los dos primeros botones desabrochados.
Seda, pensó. Esa camisa debía ser de seda. Ninguna otra tela emitiría ese resplandor luminiscente.
—Eres tan hermosa —dijo mientras la miraba fijamente—. Ahí de pie bajo esa luz.
Ella miró sus pantalones negros de GAP y el suéter tejido de cuello alto que ya tenía dos años.
—Debes estar ciego.
—¿Por qué? —le preguntó, acercándosele.
—Bueno, me siento como una imbécil por decir esto. —Se alisó la parte delantera de los pantalones prêt–à–porter—. Pero desearía tener mejor ropa. Entonces estaría hermosa.
Rehvenge se detuvo.
Y luego la dejó jodidamente azorada al arrodillarse frente a ella.
Cuando levantó la vista, exhibía una leve sonrisa en los labios.
—No lo entiendes, Ehlena. —Con manos suaves, le acarició la pantorrilla y levantó su pie, apoyándoselo en el muslo. Mientras desabrochaba los cordones de su barata zapatilla Keds, susurró—: Sin importar lo que lleves puesto… para mí, siempre tendrás diamantes en la suela de tus zapatos.
Mientras le sacaba la zapatilla y levantaba la vista para mirarla, ella estudió su duro y apuesto rostro, desde esos espectaculares ojos hasta la sólida mandíbula y los arrogantes pómulos.
Se estaba enamorando de él.
Y como ocurriría con cualquier otro tropezón, no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Ya había dado el salto.
Rehvenge inclinó la cabeza.
—Me siento feliz de que me aceptes.
Las palabras fueron tan quedas y humildes, totalmente en oposición a la increíble envergadura de sus hombros.
—¿Cómo podría no hacerlo?
Él sacudió la cabeza lentamente de un lado a otro.
—Ehlena…
Pronunció su nombre con dificultad, como si hubiera muchas más palabras detrás de él, palabras que no podía pronunciar. Ella no lo comprendía, pero sí sabía lo que deseaba hacer.
Ehlena retiró su pie, se arrodilló y le rodeó con los brazos. Lo sostuvo cuando se apoyó en ella, acariciándole la nuca hasta la suave franja de cabello del corte Mohawk.
Parecía tan frágil cuando se entregaba a ella y comprendió que si alguien intentaba hacerle daño, aunque él fuera perfectamente capaz de cuidarse por si mismo, ella podría cometer un asesinato. Para protegerlo, sería capaz de matar.
La convicción era tan sólida como los huesos que había debajo de su piel: algunas veces incluso los poderosos necesitaban protección.







[1] Postre típico de los campamentos. Consiste en poner barras de chocolate y malvaviscos tostados, entre dos galletitas graham. Su nombre viene de la contracción de «some more» que en inglés significa «más», y se dice que es porque cuando estás comiéndolo y te preguntan si quieres otro lo único que puedes decir con la boca llena de malvaviscos y chocolate derretido es efectivamente «más». (N. de la T.)

[2] Marca de pizza congelada. (N. de la T.)

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