miércoles, 25 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 43 44 45

Capítulo 43


Rehv era el tipo de macho que se enorgullecía de su trabajo, ya fuera poniendo pizzas de pan francés en el horno y cocinándolas a la perfección o sirviendo vino... o complaciendo a su Ehlena hasta que no fuera más que una laxa y resplandeciente extensión más que satisfecha de hembra desnuda.
—No puedo sentir los dedos de los pies —murmuró ella cuando él trazó un camino de besos hacia arriba desde entre sus muslos.
—¿Eso es malo?
—En. Absoluto.
Cuando se detuvo a lamer uno de sus pechos, ella se onduló, y Rehv sintió el movimiento contra su propio cuerpo. A estas alturas, estaba acostumbrado a que la sensación irrumpiera a través de la neblina de su entumecimiento, y disfrutaba de la repercusión de la calidez y la fricción, sin preocuparse ya de que su lado malo pudiera escapar de su jaula de dopamina. Aunque lo que registraba no era tan pronunciado como lo que sentía cuando no estaba medicado, era suficiente para que su cuerpo estuviera indiscutiblemente excitado.
Rehv no podía creerlo, pero había habido un cierto número de veces en las que había pensado que podría llegar al orgasmo. Entre el sabor de ella cuando succionaba su sexo y la forma en que sus caderas se meneaban contra el colchón, casi había perdido el control.
Salvo que era mejor mantener su polla fuera del cuadro. En serio, ¿cómo iba a funcionar?: No soy impotente, milagro de los milagros, porque has activado mi instinto de marcar, así que el vampiro que hay en mí ha vencido al symphath. ¡Viva! Por supuesto, eso significa que tienes que tratar con mi lengüeta, así como también tendrás que aceptar el lugar donde se ha estado metiendo regularmente este trozo de carne que cuelga entre mis pierna los últimos veinticinco años. Pero vamos, eso es erótico, ¿no?
Sí, tenía una prisa enorme por poner a Ehlena en esa posición.
Seeeeeeguro.
Además, esto era suficiente para él. Darle placer, servirla sexualmente, era suficiente.
—¿Rehv...?
Levantó la mirada de sus pechos. Dado el tono ronco de su voz y la expresión erótica de sus ojos, estaba preparado para acceder a cualquier cosa.
—¿Si? —Le lamió el pezón.
—Abre la boca para mí.
Frunció el ceño, pero hizo lo que ella pedía, preguntándose por qué...
Ehlena extendió el brazo y le tocó uno de los caninos completamente extendido.
—Dijiste que te gustaba complacerme, y se nota. Estos son tan largos... tan afilados... tan blancos...
Cuando juntó los muslos como si todo lo que acababa de decir estuviera excitándola, supo adónde conducía esto.
—Sí, pero...
—Así que me complacería que los utilizaras conmigo. Ahora.
—Ehlena...
Esa incandescencia especial comenzó a abandonar el rostro de ella.
—¿Tienes algo contra mi sangre?
—Dios, no.
—Entonces, ¿por qué no quieres alimentarte de mí? —Sentándose, se puso una almohada sobre los pechos y su cabello rubio cobrizo cayó y ocultó su rostro—. Oh. Seguro. ¿Ya te has alimentado de... ella?
—Cristo, no. —Preferiría chuparle la sangre a un lesser. Joder, antes bebería del cadáver putrefacto de un ciervo en la cuneta de la carretera antes que tomar la vena de la princesa.
—¿No tomas su vena?
Miró a Ehlena directamente a los ojos y negó con la cabeza.
—No lo hago. Y nunca lo haré.
Ehlena suspiró y se echó el cabello hacia atrás.
—Lo siento. No sé si tengo derecho a hacer este tipo de preguntas.
—Lo tienes. —Tomó su mano—. Lo tienes totalmente. No es... que no puedas preguntar...
Mientras sus palabras quedaban suspendidas en el aire, sus mundos chocaron uno contra otro y todo tipo de escombros cayeron a su alrededor. Ciertamente, podía preguntar... sólo que él no podía responderle.
¿O podía?
—Tú eres la única a la que deseo —dijo simplemente, ciñéndose tanto a la verdad como podía revelar—. Tú eres la única en la que deseo estar. —Sacudió la cabeza, dándose cuenta de lo que acababa de decir—. Con. Quiero decir, con. Mira, sobre lo de alimentarse. ¿Si quiero hacerlo de ti? Joder, sí. Pero...
—Entonces no hay ningún pero.
Y una mierda que no. Tenía la sensación de que si tomaba su vena, iba a montarla. Su polla estaba lista incluso ahora, y sólo estaban hablando de ello.
—Esto es suficiente para mí, Ehlena. Complacerte es suficiente.
Ella frunció el ceño.
—Entonces debes tener algún problema con mis antecedentes.
—¿Disculpa?
—¿Crees que mi sangre es débil? Porque si te interesa, puedo trazar mi linaje hasta la aristocracia. Puede que mi padre y yo estemos pasando por momentos difíciles, pero durante generaciones y durante la mayor parte de su vida, fuimos miembros de la glymera. —Cuando Rehv hizo una mueca, ella saltó de la cama, utilizando la almohada para escudarse—. No sé exactamente de donde desciende tu gente, pero puedo asegurarte que mis venas son aceptables.
—Ehlena, esa no es la cuestión.
—¿Estás seguro de eso? —Fue hasta donde él le había quitado la ropa. Primero se puso las bragas y el sujetador, y después recogió sus pantalones negros.
No podía comprender por qué saciar su necesidad de sangre era tan importante para ella... porque, ¿qué sacaba ella de eso? Pero tal vez esa era la diferencia entre ellos. Ella no hacía las cosas para aprovecharse de la gente, por lo que sus cálculos no se centraban en lo que podía sacar de las cosas. Para él, incluso cuando se trataba de complacerla, estaba consiguiendo algo tangible a cambio: observarla retorcerse bajo su boca le hacía sentir poderoso y fuerte, un auténtico macho, y no un asexuado monstruo sociópata.
Ella no era como él. Y por eso la amaba.
Oh... Cristo. ¿La...?
Sí, lo hacía.
La comprensión hizo que Rehv se levantara de la cama, caminara hasta ella, y le tomara la mano cuando terminó de subirse los pantalones. Ella se detuvo y le miró.
—No eres tú —le dijo—. Puedes creerme.
Le dio un tirón y la atrajo contra su cuerpo.
—Entonces demuéstralo —dijo ella suavemente.
Apartándose, la miró a la cara durante un largo rato. Los colmillos le latían en la boca; lo tenía muy claro. Y podía sentir el hambre en el fondo de su estómago, agobiándolo, exigiendo.
—Ehlena...
—Demuéstralo.
No podía decir que no. Simplemente no tenía la fuerza necesaria para rechazarla. Estaba mal a muchísimos niveles, pero ella era todo lo que quería, necesitaba, deseaba.
Rehv le apartó cuidadosamente el cabello de la garganta.
—Seré gentil.
—No tienes que serlo.
—Lo seré de cualquier forma.
Acunándole el rostro entre las palmas, le inclinó la cabeza a un lado y expuso la frágil vena azul que corría hacia su corazón. Mientras se preparaba a sí misma para el golpe, se le aceleró el pulso; pudo ver como el bombeo se hacía más rápido hasta que palpitó.
—No me siento merecedor de tu sangre —le dijo, recorriéndole el cuello con la punta del dedo índice— No tiene nada que ver con tu línea de descendencia.
Ehlena alzó las manos hacia su rostro.
—Rehvenge, ¿de qué se trata? Ayúdame a entender qué está pasando aquí. Me siento como... cuando estoy contigo, me siento incluso más cerca de ti que de mi propio padre. Pero hay agujeros enormes. Sé que hay cosas en ellos. Háblame.
Ahora sería el momento, pensó, de descargarlo todo.
Y estuvo tentado. Sería un alivio enorme terminar con las mentiras. El problema era, que no había nada más egoísta que pudiera hacerle. Si ella conociera sus secretos, estaría infringiendo la ley junto con él... o eso o enviaría a su amante a la colonia. Y si Ehlena escogía lo último, él estaría mandando a la mierda la promesa que le había hecho a su madre, porque su pantalla quedaría totalmente al descubierto.
No era adecuado para ella. No era para nada adecuado para ella, y lo sabía.
Rehv tenía la intención de dejar que Ehlena se marchara.
Tenía intención de dejar caer las manos, apartarse y dejarla terminar de ponerse la ropa. Era bueno con la persuasión. Podría convencerla y hacerla ver que el hecho de que no bebiera no era para tanto...
Sólo que su boca se abrió. Se abrió mientras un siseo subía por su garganta y traspasaba la fina barrera que separaba sus colmillos de la vena vital y palpitante.
Ella jadeó bruscamente, y los músculos que subían desde sus hombros se tensaron, como si él le hubiera doblado el rostro hacia abajo. Oh, espera, lo había hecho. Estaba entumecido hasta el tuétano, absolutamente insensible, pero no era por su medicación. Cada músculo de su cuerpo se había puesto rígido.
—Te necesito —gimió él.
Rehv la mordió con fuerza y ella gritó, su espina dorsal se dobló casi por la mitad cuando la aprisionó con su fuerza. Joder, era perfecta. Sabía a vino espeso y con cuerpo y bebió profundamente de ella con insistentes succiones de su boca.
Y la llevó hasta la cama.
Ehlena no tenía la más mínima oportunidad. Ni él tampoco.
Activada por la alimentación, su naturaleza vampira barrió con todo, la necesidad del macho de marcar lo que deseaba, de establecer su territorio sexual, de dominar, asumió el control y le llevó a desgarrarle los pantalones, levantarle una pierna, colocar la polla en el umbral de su sexo...
Y penetrar en su interior.
Ehlena dejó escapar otro grito agudo cuando la penetró. Era increíblemente estrecha, y temiendo herirla, se quedó quieto para que su cuerpo pudiera acomodarle.
—¿Estás bien? —preguntó, con un tono de voz tan gutural que no sabía si podría entenderle.
—No... pares —Ehlena le envolvió las piernas alrededor del trasero, colocándose en ángulo para que pudiera entrar aún más profundamente.
El gruñido que emitió él resonó por todo el dormitorio... hasta que lo encerró de vuelta en su garganta.
A pesar de todo e incluso en medio del frenesí de la alimentación y el sexo, Rehv fue cuidadoso con ella... nada que ver a como era con la princesa. Rehv se deslizaba dentro y fuera suavemente, asegurándose de que Ehlena estuviera cómoda con su tamaño. ¿Cuando se trataba de su chantajista? Quería impartir dolor. ¿Con Ehlena? Se castraría a sí mismo con un cuchillo oxidado antes de lastimarla.
El problema era que ella se movía a la par, mientras él bebía a más no poder, y la fricción desenfrenada de sus cuerpos pronto le abrumó y sus caderas ya no se ondulaban cuidadosamente sino que machacaban... hasta que tuvo que soltar su vena o correr el riesgo de desgarrarle el cuello. Después de un par de lametazos a las marcas de las punciones, dejó caer la cabeza entre el cabello de ella y se dedicó a ello dura, profunda y ardientemente.
Ehlena tuvo un orgasmo, y cuando sintió los tirones aferrando el eje de su polla, su propio alivio salió disparado de su escroto... lo que no podía dejar que sucediera. Antes de que su lengüeta se expandiera, salió, derramándose sobre el sexo y la parte baja del estómago de ella.
Cuando todo acabó, se derrumbó sobre ella, y pasó un rato antes de que pudiera hablar.
—Ah... mierda... lo siento, debo pesarte.
Las manos de Ehlena se deslizaron hacia arriba por su espalda.
—En realidad eres maravilloso.
—Yo... tuve un orgasmo.
—Sí, lo tuviste. —Había una sonrisa en su tono—. Realmente lo tuviste.
—No estaba seguro de que pudiera... ya sabes. Por eso me salí... No esperaba... sí.
Mentiroso. Puto mentiroso.
La felicidad en la voz de ella le puso enfermo.
—Bueno, me alegro de que ocurriera. Y si vuelve a ocurrir, genial. Y si no, igual de bien. Sin presiones.
Rehv cerró los ojos, le dolía el pecho. Se había retirado para que ella no descubriera que tenía una lengüeta... y porque acabar dentro de ella era una traición, dadas todas las cosas que ella no sabía de él.
Mientras ella suspiraba y le acariciaba con la nariz, se sintió como un total y absoluto bastardo.


Capítulo 44


El TAC no representaba un problema. Wrath simplemente se sentó en la fría tabla y se quedó quieto mientras esa pieza blanca de equipo médico murmuraba y tosía educadamente en su recorrido alrededor de su cabeza.
La putada era esperar los resultados.
Durante el escáner, la doctora Jane era la única persona que había al otro lado de la división de cristal, y por lo que podía decir se pasó todo el rato mirando con el ceño fruncido a la pantalla del ordenador. Y ahora que todo había terminado, todavía seguía haciéndolo. Mientras tanto, Beth había entrado y estaba a su lado en la pequeña habitación embaldosada.
Sólo Dios sabía lo que Doc Jane había encontrado.
—No tengo miedo de pasar por el cuchillo —le dijo a su shellan—. Siempre que sea esa hembra la que empuñe la maldita cosa.
—¿Puede hacer cirugía en el cerebro?
Buena pregunta.
—No lo sé.
Él se puso a jugar distraídamente con el Rubí Saturnino de Beth, dándole vueltas a la piedra una y otra vez.
—Hazme un favor —le dijo en voz baja.
Beth le apretó la mano.
—Lo que quieras. ¿Qué necesitas?
—Tararea la canción de Jeopardy.
Hubo una pausa. Luego Beth se echó a reír y le dio un golpe en el hombro.
—Wrath...
—Mejor, quítate la ropa y tararéala mientras haces la danza del vientre. —Cuando su shellan se inclinó y le besó la frente, levantó la vista y la miró a través de las gafas—. ¿Crees que bromeo? Anda, ambos necesitamos una distracción. Y te prometo que te daré una buena propina.
—Nunca llevas dinero en efectivo.
Sacó la lengua y se la pasó sobre el labio superior.
—Planeo pagar trabajándomelo.
—Eres terrible —le sonrió Beth—. Y me gusta.
Mirándola fijamente, se sintió bien y atemorizado a la vez. ¿Cómo sería su vida si se quedaba totalmente ciego? No ver nunca más el largo cabello oscuro de su shellan ni su brillante sonrisa era...
—Bueno —dijo Doc Jane al entrar—. Esto es lo que sé.
Wrath trató de no chillar cuando la doctora fantasmal metió las manos en los bolsillos de su bata blanca y pareció ordenar sus pensamientos.
—No veo evidencias de un tumor ni de una hemorragia. Pero hay anomalías en varios lóbulos. Nunca antes había visto el TAC del cerebro de un vampiro, así que no tengo la menor idea de cuál es la consistencia estructural que se considera dentro de la gama de «normalidad». Sé que quieres que sólo yo lo vea, pero en esto no puedo decidir, y me gustaría que Havers revisara el escáner. Antes de que me digas que no, quisiera recordarte que ha jurado proteger tu intimidad. No puede revelar...
—Tráelo —dijo Wrath.
—No llevará mucho tiempo —Doc Jane le palmeó el hombro y después el de Beth—. Está justo afuera. Le pedí que esperara por si acaso había problemas con el equipo.
Wrath observó como la doctora atravesaba la pequeña habitación de monitorización y salía al vestíbulo. Poco después, volvió con el alto y delgado médico. Havers hizo una reverencia ante él y Beth a través del cristal y luego fue hacia los monitores.
Ambos adoptaron una postura idéntica: doblados por la cintura, con las manos en los bolsillos y las cejas caídas sobre los ojos.
—¿En la facultad de medicina, los entrenan para hacer eso? —preguntó Beth.
—Es gracioso, me estaba preguntando lo mismo.
Largo tiempo. Larga espera. Mucha conversación y gesticulación del par que estaba al otro lado de la gran ventana saliente, señalando la pantalla con sus bolígrafos. Finalmente los dos se enderezaron y asintieron.
Entraron juntos.
—El escáner es normal —dijo Havers.
Wrath exhaló con tanta fuerza que fue prácticamente un resuello. Normal. Normal era bueno.
Luego Havers hizo una serie de preguntas, a las cuales Wrath respondió, no reflexionando mucho sobre ninguna de ellas
—Con el permiso de su médico privado —dijo Havers, haciendo una reverencia hacia Doc Jane—, querría tomar una muestra de sangre de su vena para analizarla y realizar un breve examen.
Doc Jane metió baza:
—Creo que es una buena idea. Cuando las cosas no están claras, siempre es bueno tener una segunda opinion.
—Vamos a ello —dijo Wrath, dándole un rápido beso en la mano a Beth antes de soltarla.
—Mi señor, ¿sería tan amable de quitarse las gafas?
Havers fue rápido con la rutina de la luz–perforadora–de–globos–oculares; luego lo rodeó para hacerle una revisión del oído, seguida de un chequeo al corazón. Una enfermera entró con la mierda saca–sangre, pero fue Doc Jane la que hizo el pincha–y–saca en su vena.
Cuando todo estuvo hecho, Havers volvió a meter ambas manos en los bolsillos y puso otro de esos ceños de médico.
—Todo parece normal. Bueno, normal para usted. Porque para empezar sus pupilas no responden, en ningún sentido, pero eso es un mecanismo de defensa porque sus retinas son demasiado fotosensibles.
—Entonces, ¿cuál es la conclusión? —preguntó Wrath.
Doc Jane se encogió de hombros.
—Lleva un diario de las jaquecas. Y si la ceguera aparece nuevamente, volvemos aquí inmediatamente. Quizá un TAC mientras está ocurriendo nos ayude a localizar con exactitud el problema.
Havers le hizo otra reverencia a Doc Jane.
—Le haré saber a su médico los resultados del análisis de sangre.
—Muy bien.
Wrath levantó la mirada hacia su shellan, listo para marcharse, pero Beth estaba concentrada en los médicos.
—Ninguno de vosotros parece muy feliz con esto —dijo.
Doc Jane habló lenta y cuidadosamente, como si estuviera buscando las palabras precisas.
—Cada vez que hay un deterioro funcional que no podemos explicar, me pongo nerviosa. No digo que esto sea una situación extrema. Pero el hecho de que el TAC haya salido bien no basta para convencerme de que esté fuera de peligro.
Wrath se bajó de la camilla y tomó la chaqueta negra de cuero que sostenía Beth. Se sentía jodidamente fantástico poder ponerse la cosa y abandonar el papel de paciente que le habían impuesto sus putos ojos.
—No voy a ser negligente con esto —les dijo a los matasanos—. Pero voy a seguir trabajando.
Hubo un coro de necesitas–descansar–un–par–de–días, que desechó saliendo de la consulta. El asunto era que, mientras él y Beth recorrían el pasillo a zancadas, una extraña sensación de urgencia le invadió.
Tenía la inamovible sensación de que debía actuar de prisa, porque no le quedaba mucho tiempo.


John se tomó su maldito buen tiempo en llegar al ZeroSum. Después de dejar la casa de Xhex, paseó por Tenth Street y caminó bajo las ráfagas de nieve hasta un Tex/Mex. Cuando estuvo en el interior, se sentó en una mesa cercana a la salida de incendios y, señalando las imágenes en el menú laminado, pidió dos platos de costillitas de cerdo, con un acompañamiento de puré, y otro de ensalada de col.
La camarera que anotó su pedido y le entregó la comida llevaba una falda lo suficientemente corta como para ser considerada ropa interior, y parecía estar dispuesta a servirle algo más que comida. Y de hecho lo consideró. Tenía el cabello rubio, no iba demasiado maquillada y sus piernas eran bonitas. Pero olía como una barbacoa, y no apreció la forma en que le hablaba muy despacio, como si pensara que era tonto.
John pagó en efectivo, dejó una buena propina, y se apresuró a salir antes de que ella pudiera tratar de darle su número. Fuera en el frío, tomó el camino largo por Trade. Que era lo mismo que decir que se desvió en cada callejón que encontró.
Ningún lesser. Ni tampoco humanos haciendo cagadas.
Al final, entró al ZeroSum. Al atravesar las puertas de hierro y cristal y captar el bombardeo de luces y música y personas sospechosas hábilmente disfrazadas, su cubierta de chico–duro decayó un poco. Xhex estaría aquí...
Sip. ¿Y? ¿Qué era él, un jodido marica que no podía estar en el mismo club que ella?
Ya no. John le echó pelotas y caminó a zancadas hacia el cordón de terciopelo, pasó por delante del escrutinio de los gorilas, y entró a la sala VIP. Al fondo, en la mesa de la Hermandad, Qhuinn y Blay estaban sentados como un par de quarterbacks atrapados en el banquillo mientras su equipo se ahogaba en el campo: estaban ansiosos y tamborileaban los dedos, jugando con las servilletas que venían con sus botellas de Corona.
Cuando se acercó a ellos, ambos levantaron la mirada y cesó todo movimiento, como si alguien hubiera congelado la imagen de sus DVD.
—Hey —dijo Qhuinn.
John se sentó junto a sus amigos y gesticuló:
Hey.
—¿Cómo va? —preguntó Qhuinn mientras la camarera se acercaba con un perfecto sentido de la oportunidad—. Otras tres Coronas...
John interrumpió al tipo.
Quiero algo diferente. Dile…que quiero un Jack Daniel’s sólo con hielo.
Qhuinn enarcó las cejas, pero hizo el pedido y observó como la mujer correteaba hacia la barra.
—De alto octanaje, ¿eh?
John se encogió de hombros y le echó el ojo a una rubia que había dos reservados más allá. En el instante en que ella vio que la miraba entró de lleno en modo acicalarse, echándose el cabello tupido y brillante sobre la espalda e irguiendo los pechos hasta que estiraron el casi inexistente LBD[1].
Apostaba a que ella no olía a costillas.
—Eh…John, ¿qué coño te está pasando?
¿Qué quieres decir? gesticuló a Qhuinn sin quitar los ojos de la mujer.
—Estás mirando a esa polluela como si quisieras enrollarla en un taco y ponerle tu salsa caliente por todas partes.
Blay tosió un poco.
—Realmente no tienes mucha maña con las palabras, ¿sabes?
—Sólo lo digo cómo lo veo.
Llegó la camarera y puso el Jack y las cervezas sobre la mesa, y John atacó su bebida con ganas, tirando la mierda para adentro y abriendo la garganta de forma que cayera en cascada directo hacia su estómago.
—¿Va a ser ésta una de esas noches? —murmuró Qhuinn—. ¿En las que acabas en el cuarto de baño?
Seguro como la mierda que sí, gesticuló John. Pero no porque vaya a vomitar.
—Entonces ¿por qué…? Oh. —Qhuinn tenía el aspecto de alguien a quién acabaran de dar un azotito en el culo en plan sorpresa con un tablón de obra.
Sip, Oh, pensó John mientras examinaba la zona VIP por si acaso aparecía una candidata mejor.
A su lado, había un trío de hombres de negocios, cada uno de los cuales tenía una mujer con él, y todas ellas tenían el aspecto de estar listas para salir en la portada de la Vanity Fair. En frente, tenía el paquete básico de seis Euro–gentuzas[2] cuyas narices no paraban de esnifar rayas yendo a los aseos cada dos por tres en parejas. En la barra había un par de trepas con sus segundas esposas totalmente borrachas, y otro par de consumidores de droga que estaban echándoles el ojo a las chicas profesionales.
Estaba todavía en modo explorador cuando el mismo Rehvenge entró a zancadas en la sala VIP. Cuando la gente le vio, una oleada de estremecimientos atravesó el lugar, porque incluso aunque no supieran que era el propietario del club, no abundaban los tipos de dos metros de altura que llevaran un bastón rojo, un abrigo negro de marta cibelina y un corte de cabello a lo mohawk.
Además, incluso con esa luz tenue, se podía apreciar que tenía ojos color púrpura.
Como siempre, estaba flanqueado por dos machos que eran de su mismo tamaño y tenían el aspecto de comer balas para el desayuno. Xhex no estaba con ellos, pero eso estaba bien. Eso era bueno.
—Definitivamente cuando crezca, quiero ser como ese tipo —dijo Qhuinn arrastrando las palabras.
—Sólo que no te cortes el cabello —dijo Blay—. Es demasiado hermos... digo, las crestas requieren un montón de atención.
Mientras Blay apuraba su cerveza, los ojos dispares de Qhuinn apenas se posaron sobre el rostro de su mejor amigo antes de apartar la mirada rápidamente.
Después de pedirle por señas a la camarera otro Jack, John se giró y miró a través de la cascada que formaba una pared hacia la sección pública del club. Allí afuera en la pista de baile, había una tonelada de mujeres buscando exactamente lo que él quería dar. Todo lo que tenía que hacer era ir hasta allí y escoger entre las voluntarias dispuestas.
Un plan cojonudo, excepto que, sin razón aparente, se puso a pensar en el reality show The Show de Maury. ¿Realmente quería correr el riesgo de dejar embarazada a alguna humana escogida al azar? Se suponía que sabías cuando estaban ovulando pero, ¿qué coño sabía él de los asuntos de las hembras?
Frunciendo el ceño, volvió a darse la vuelta, apretó dentro de su puño el Jack recién servido, y se centró en las chicas profesionales.
Las profesionales. Quienes conocían el juego del sexo casual que él estaba buscando. Mucho mejor.
Enfocó la mirada en una hembra morena cuyo rostro era igual al de la Virgen María. Marie–Terese, creyó haber oído que se llamaba. Era la jefa de las profesionales, pero también estaba disponible para alquilar: En ese momento, estaba sacando cadera en plan ven–aquí enfocado hacia un tipo que llevaba un traje de tres piezas y parecía estar muy interesado en sus atributos.
Ven conmigo, le gesticuló John a Qhuinn.
—¿Dónde...? Okay, entendí. —Qhuinn dio buena cuenta de su cerveza y se levantó—. Supongo que volveremos, Blay.
—Sip. Pasadlo…bien.
John lideró el camino hacia la morena, cuyos ojos azules parecieron sorprendidos al ver que los dos se le acercaban. Con una especie de disculpa seductora, dejó de lado a su potencial cliente.
—¿Necesitáis algo? —les preguntó, sin evidenciar ningún tipo de invitación. Si bien fue amistosa, porque sabía que John y los chicos eran invitados especiales del Reverendo. Aunque naturalmente no sabía la razón.
Pregúntale cuánto, gesticuló hacia Qhuinn. Por los dos.
Qhuinn se aclaró la garganta.
—Quiere saber cuánto.
Ella frunció el ceño.
—Depende de a quién queráis. Las chicas tienen... —John señaló a la mujer—. ¿Yo?
John asintió.
Cuando la morena entrecerró los ojos azules y frunció los labios rojos, John se imaginó su boca sobre él, a su pene le gustó la imagen y surgió en una instantánea y alegre erección. Sip, tenía una boca muy bonit...
—No —dijo ella—. No puedes tenerme.
Qhuinn elevó la voz antes de que las manos de John pudieran echar a volar.
—¿Por qué? Nuestro dinero es tan bueno como el de cualquier otro.
—Puedo escoger con quién hago negocios. Alguna de las otras chicas podría pensar diferente. Podéis preguntarles.
John estaba dispuesto a apostar que el rechazo tenía algo que ver con Xhex. Dios sabía que había habido un montón de contacto visual entre él y la jefa de seguridad del club y sin duda, Marie–Terese no querría meterse en medio.
Al menos, se dijo a sí mismo que era eso, o de lo contrario le quedaba el hecho de que ni siquiera una prostituta podía soportar la idea de estar con él.
De acuerdo, está bien, gesticuló John. ¿A quién sugieres?
Después de que Qhuinn hablara, ella dijo:
—Te sugeriría que volvieras a tu Jack y dejaras tranquilas a las chicas.
No va a ocurrir, y quiero a una profesional.
Qhuinn tradujo, y el ceño de Marie–Terese se hizo aún más profundo.
—Seré honesta contigo. Esto suena a un jódete. Como si estuvieras mandando un mensaje. Quieres acostarte con alguien, ve y encuentra a una zorrita en la pista de baile o a una de esos reservados. No lo hagas con alguien que trabaja con ella, ¿Okay?
Bien. Todo estaba absolutamente relacionado con Xhex.
El viejo John habría hecho lo que le sugería. Y una mierda; en primer lugar el viejo John no estaría teniendo esta conversación. Pero las cosas habían cambiado.
Gracias, pero creo que le preguntaremos a una de tus colegas. Cuídate.
John ya se había girado cuando Qhuinn habló, pero Marie–Terese le agarró por el brazo.
—Está bien. Si quieres comportarte como un imbécil, ve a hablar con Gina la que está allí de rojo.
John hizo una pequeña reverencia, luego aceptó su sugerencia, y se acercó a una mujer de cabello negro que llevaba puesto un vestido de vinilo rojo tan brillante, que esa mierda podía ser calificada como luz estroboscópica.
A diferencia de Marie–Terese, aceptó el plan antes de que Qhuinn pudiera siquiera llegar a preguntar.
—Quinientos —dijo con una amplia sonrisa—. Cada uno. ¿Porque asumo que vais juntos?
John asintió, un poco asombrado de que hubiera sido tan fácil. Pero bueno, esto era por lo que pagaban. Facilidad.
—¿Vamos a la parte trasera? —Gina se posicionó entre él y Qhuinn, tomó a cada uno por un brazo y los guió, pasando por delante de Blay, que estaba concentrado en su cerveza.
Mientras caminaban por el pasillo hacia los baños privados, John se sentía afiebrado: Caliente y desvinculado de lo que le rodeaba, se estaba dejando llevar, sujeto sólo por el delgado brazo de la prostituta a la que le iba a pagar por follar.
Estaba bastante seguro de que si ella lo soltaba, simplemente se alejaría flotando.


Capítulo 45


Cuando Xhex subió las escaleras y entró en la sección VIP, al principio no estuvo segura de qué demonios estaba viendo. Parecía como si John y Qhuinn estuvieran yendo a la parte trasera con Gina. A menos que, por supuesto, resultara que había otros dos tipos iguales a ellos, uno con un tatuaje en la Antigua Lengua en la nuca y otro con los hombros tan anchos como los de Rehv.
Pero con toda certeza esa era Gina con su vestido rojo–no–significa–detente.
A Xhex le llegó la voz de Trez por el auricular.
—Rehv está aquí y estamos esperándote.
Ya, bien, iban a esperar un poco más.
Xhex se dio la vuelta e inició el camino de regreso hacia el cordón de terciopelo… al menos hasta que su camino fue bloqueado por un tipo con un Prada de imitación.
—Oye cariño, ¿adónde vas tan deprisa?
Fue un mal movimiento por su parte. El pedazo de Euro–irrelevante drogado escogió a la hembra equivocada para cortarle el paso.
—Apártate de mi camino antes de que te aparte yo.
—¿Qué pasa? —dijo él extendiendo la mano hacia su cadera—. ¿No puedes arreglártelas con un verdadero hombre?... Ow.
Xhex convirtió el intento de manoseo en un machaca–nudillos, retorciéndole la mano en su puño hasta que el brazo de él hormigueó.
—Bien —le dijo—. Hace aproximadamente una hora y veinte minutos compraste setecientos dólares en coca. A pesar de la cantidad que te has estado metiendo en el baño, estoy dispuesta a apostar a que todavía llevas bastante encima para que te arresten por posesión. Así que deja de joder y quítate de mi camino, y si tratas de tocarme otra vez, te romperé todos estos dedos, y luego seguiré con la otra mano.
Lo soltó dándole un empujón, que lo envío, dando traspiés, hacia sus compañeros.
Xhex siguió caminando, dejó atrás la zona VIP y atravesó con pasos largos la pista de baile. Se dirigió a una puerta que había debajo de la escalera que subía al entresuelo, marcada como SÓLO PERSONAL DE SEGURIDAD e ingresó un código. El pasillo que había al otro lado pasaba frente a la puerta del vestuario del personal antes de llevarla a su destino, la oficina de seguridad. Después de ingresar otro código, entró en la habitación de seis–por–seis donde todo el equipo de vigilancia descargaba datos en los ordenadores.
Salvo la oficina de Rehv y la guarida donde Rally fraccionaba la droga, que estaban en un sistema separado, todo lo que ocurría en el resto del local, quedaba registrado digitalmente allí, y había pantallas de color gris–azulado que mostraban imágenes de todo el club.
—Oye, Chuck —le dijo al tipo que estaba detrás del escritorio—. ¿Te importa si me quedo un minuto a solas?
—No hay problema. De todos modos tenía que tomarme un descanso para ir al baño.
Cambió de lugar con él, hundiéndose en la silla Kirk[3], como la llamaban los chicos.
—No necesitaré mucho tiempo.
—Ni yo tampoco, jefa. ¿Quieres algo de beber?
—Estoy bien, gracias.
Cuando Chuck asintió y salió moviéndose pesadamente, se centró en los monitores que mostraban los cuartos de baño de la zona VIP.
Oh… Dios.
El trío del infierno estaba apretujado, con Gina en medio. John besaba un trayecto hacia los pechos de ésta, y Qhuinn, que estaba de pie detrás de la mujer, deslizaba sus manos hacia delante, rodeándole las caderas.
Sujeta entre los machos, Gina no tenía aspecto de estar trabajando. Parecía una mujer que estaba pasándoselo en grande.
Maldita sea.
Aunque por lo menos era Gina. Xhex no tenía ninguna relación con ella, ya que la mujer acababa de entrar a formar parte del personal, así que no era muy diferente a que se hubiera follado a alguna chica de la pista de baile.
Xhex se recostó en la silla y se forzó a examinar los otros monitores. Había gente por toda la pared, y las imágenes parpadeantes de gente bebiendo, metiéndose rayas, teniendo relaciones sexuales, bailando, hablando y mirando fijamente a lo lejos, le llenaron la vista.
Eso estaba bien, pensó. Eso estaba… bien. John había abandonado sus delirios románticos y se había ido con otra. Eso estaba bien…
—Xhex, ¿dónde estás? —dijo la voz de Trez en el auricular.
Levantó el brazo y habló por su reloj.
—¡Dame un jodido minuto!
La respuesta del Moro fue típicamente sosegada.
—¿Estás bien?
—Yo… mira, lo siento. Estoy llegando.
Sip, y también lo estaba Gina.
Cristo.
Xhex se levantó de la silla Kirk y sus ojos volvieron a la pantalla que deliberadamente había evitado mirar.
Las cosas habían progresado. Rápidamente.
John estaba moviendo sus caderas.
Justo cuando Xhex retrocedía e iba a salir, él alzó la mirada hacia la cámara de seguridad. Era difícil determinar si sabía que la cámara estaba allí o si simplemente sus ojos se habían dirigido allí por casualidad.
Mierda. Tenía el rostro torvo, la mandíbula firmemente apretada, y en su mirada había una expresión desalmada que la entristeció.
Xhex intentó no ver el cambio en él como lo que era y falló. Ella le había hecho esto. Quizás no fuera la única razón por la que él se había vuelto de piedra, pero era una gran parte por ella.
Él apartó la mirada.
Ella se giró.
Chuck asomó la cabeza por la puerta.
—¿Necesitas más tiempo?
—No, gracias. He visto suficiente.
Le dio una palmada en el hombro y se marchó, al salir fue hacia la derecha. Al final del pasillo había una puerta negra reforzada. Ingresando otro código más, tomó el pasadizo hasta la oficina de Rehv, y cuando atravesó la puerta, los tres machos que rodeaban el escritorio la miraron con cautela.
Ella se apoyó contra la pared negra que había frente a ellos.
—¿Qué?
Rehv se recostó en su silla, y cruzó los brazos cubiertos de piel sobre el pecho.
—¿Estás preparándote para entrar en tu período de necesidad?
Mientras él hablaba, Trez e iAm hicieron el movimiento de manos que las Sombras utilizaban para protegerse contra el desastre.
—Dios, no. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque, no te ofendas, pero tienes un jodido mal humor.
—No lo tengo. —Cuando los machos se miraron entre sí, les ladró—: Dejad de hacer eso.
Oh, fantástico, ahora todos ellos evitaban mirarse de forma deliberada.
—¿Podemos terminar de una vez con la reunión? —dijo, tratando de moderar el tono.
Rehv descruzó los brazos y se sentó derecho.
—Sí. Estoy a punto de salir para reunirme con el Consejo.
—¿Quieres que vayamos contigo? —preguntó Trez.
—Siempre y cuando no tengamos ninguna negociación importante concertada para después de medianoche.
Xhex sacudió la cabeza.
—La última que teníamos en la agenda para esta semana fue a las nueve y terminó sin problemas. Aunque te diré que nuestro comprador estaba muy nervioso, y eso fue antes que escuchara en la frecuencia de la policía que otro narcotraficante había sido encontrado muerto.
—Así que de los seis subcontratistas grandes que nos compraban, ¿sólo quedan dos? Joder, tenemos una lucha territorial, justo frente a nosotros.
—Y es muy probable que quien quiera que esté revolviendo la mierda vaya a intentar escalar posiciones en la cadena alimenticia.
—Que es por lo que iAm y yo creemos que debes tener a alguien contigo las veinticuatro horas del día los siete días de la semana hasta que esta mierda termine —dijo Trez.
Rehv pareció molesto pero no expresó disconformidad.
—¿Tenemos algún soplo de quién está dejando esos cuerpos por todos lados?
—Bueno, es obvio —dijo Trez—. La gente cree que eres tú.
—No sería lógico. ¿Por qué aniquilaría a mis propios compradores?
Ahora fue Rehv el que recibió todas las miradas suspicaces desde el gallinero.
—Oh, vamos —dijo—. No soy tan malo. Bueno, está bien, pero sólo si alguien me jode. Y perdonadme pero, ¿los cuatro que han muerto? Eran hombres de negocios hechos y derechos. No jodían para nada. Eran buenos clientes.
—¿Has hablado con tus proveedores? —preguntó Trez.
—Sí. Les he dicho que me den un tiempo y les confirmé que tenía la intención de mover la misma cantidad de producto. Los que hemos perdido serán reemplazados rápidamente por otros, porque los vendedores son como la mala hierba. Siempre vuelven a crecer.
Discutieron un poco sobre el mercado y los precios, y luego Rehv dijo:
—Antes de que nos quedemos sin tiempo, habladme del club. ¿Qué está ocurriendo?
Bien, esa era una gran pregunta, pensó Xhex. ¿Y qué dice nuestra vigilancia? Ding–ding–ding: John Matthew. Lo más probable es que a Gina le estuviera ocurriendo algo llamado John Matthew. Y que estuviera ocurriéndole de rodillas frente a ella.
—Xhex, ¿estás gruñendo?
—No. —Se obligó a concentrarse y darle un panorama general de los incidentes acaecidos esa noche, hasta el momento. Trez hizo el informe del Iron Mask, el cual estaba a su cargo, y después iAm habló de finanzas y del Restaurante de Sal, otra de las posesiones de Rehv. En definitiva, eran los negocios habituales… teniendo en cuenta que rompían el tipo de leyes humanas que te supondrían una grave condena si te atrapaban.
No obstante la mente de Xhex estaba sólo parcialmente en el juego, y cuando llegó la hora de partir, fue la primera en llegar a la puerta, aunque generalmente se demoraba.
Salió de la oficina en el momento exacto.
Si quería que le dieran un rodillazo en las pelotas.
En ese preciso momento, apareció Qhuinn en la entrada del pasillo que conducía a los baños privados, tenía los labios hinchados y enrojecidos, el cabello revuelto y el olor a sexo, orgasmos y actos indecentes hechos con refinamiento le precedía.
Ella se detuvo, aunque eso fuera una idea estúpida.
Gina fue la siguiente, y tenía el aspecto de necesitar una bebida. Del tipo de un Gatorade. La mujer estaba desmadejada, y no porque estuviera deliberadamente en su modo a–la–caza–de–sexo, si no porque le habían dado una apropiada sesión de placer, y la suave sonrisa que lucía en la boca era demasiado íntima y honesta para el gusto de Xhex.
John fue el último en salir, con la cabeza erguida, la mirada vacía y los hombros echados hacia atrás.
Había estado magnífico. Estaba dispuesta a apostar… que había estado magnífico.
Él volvió la cabeza y sus miradas se encontraron. Había desaparecido la tímida contemplación, el rubor, los torpes halagos. La saludó con un corto movimiento de cabeza y apartó la mirada, estaba calmado y dada la forma en que evaluó a otra de las prostitutas… listo para más sexo.
Un incómodo y desacostumbrado pesar atravesó el pecho de Xhex, alterando el firme latido de su corazón. En su campaña por salvarlo del caos por el que había atravesado su último amante, había destruido algo; al alejarlo, le había despojado de algo muy preciado.
Había perdido su inocencia.
Xhex se llevó el reloj pulsera hasta la boca.
—Necesito algo de aire.
La respuesta de Trez fue de justa aprobación.
—Buena idea.
—Volveré justo antes de que os marchéis a la reunión del Consejo.


Cuando Lash volvió de la guarida de su padre, sólo se dio aproximadamente diez minutos para volver completamente a la vida antes de entrar en el Mercedes y conducir hasta el rancho de mierda en la que las drogas habían sido embaladas. Estaba tan atontado que pensó que sería un milagro si no chocaba con algo, y casi lo hizo. Mientras se frotaba los ojos y trataba de llamar por teléfono, no frenó lo suficientemente rápido en un semáforo en rojo, y fue sólo gracias a que los camiones de sal de la ciudad de Caldwell habían salido más temprano que sus neumáticos tuvieron algo de agarre.
Dejó el teléfono y se concentró en la mierda de estar tras–el–volante. Probablemente era mejor no hablar con el señor D de todas formas, dado que aún estaba en la niebla paterna, como lo llamaba él.
Mierda, el calor le volvía aún más torpe.
Lash bajó las ventanillas y apagó el cálido aire que ondeaba hacia el asiento delantero del sedán, y para cuando llegó a la mierda de casa, estaba mucho más alerta. Aparcó en la parte de atrás, para que el Merc quedara protegido por el porche cerrado con malla y el garaje, y entró por la puerta de la cocina.
—¿Dónde estás? —gritó—. Ponme al día.
Silencio.
Asomó la cabeza dentro del garaje, y cuando sólo vio el Lexus, supuso que el señor D, Grady y los otros dos probablemente estuvieran de regreso, después de haber liquidado a ese otro traficante. Lo que quería decir que tenía tiempo de comer algo. Mientras iba a la nevera que estaba abastecida para él, llamó por teléfono al pequeño tejano. Sonó una vez. Dos veces.
Estaba sacando un sandwich de pavo comprado en una charcutería y comprobando la fecha de caducidad cuando se activó el buzón de voz de D.
Lash se enderezó y miró fijamente su teléfono. Nunca era derivado al correo de voz. Jamás.
Por supuesto, que la reunión podía haberse retrasado y en ese momento podían estar justo en mitad de la misma.
Lash comió y esperó, creyendo que le devolvería la llamada inmediatamente. Cuando no fue así, entró en la sala de estar, conectó el portátil y accedió al software GPS que localizaba todos y cada uno de los teléfonos de la Sociedad Lessening en el mapa de Caldwell. Configuró la búsqueda para que buscara el del señor D y descubrió…
El tipo estaba viajando rápidamente, moviéndose en dirección este. Y los otros dos lessers estaban con él.
Así que, ¿por qué no contestaba el jodido teléfono?
Desconfiando, Lash llamó otra vez y comenzó a pasearse por la habitación de mala muerte mientras la llamada sonaba y sonaba. Por lo que podía ver, en la casa, no había nada fuera de lugar. La sala estaba igual, los otros dos dormitorios y el dormitorio principal estaban en orden, todos los marcos de las ventanas tenían el cerrojo en su sitio y las persianas estaban bajadas.
Cuando tomó el pasillo que llevaba hacia el frente de la casa, estaba llamando al tejano por tercera vez…
Lash se detuvo a medio camino y giró la cabeza hacia la única puerta que no había abierto… por todo a lo largo de la jamba de la misma entraba una brisa fría.
No tenía que abrir la cosa para saber qué había sucedido, pero igualmente rompió la jodida puerta. La ventana estaba hecha añicos y había vetas negras —de caucho, no de sangre de asesino— alrededor del alféizar.
Al echar un rápido vistazo por el boquete, Lash observó que sobre la delgada capa de nieve había unas huellas que se dirigían hacia la calle. Sin duda la rutina de huir a pie a toda prisa no había durado mucho. En los alrededores de ese tranquilo vecindario había muchos coches a los que podías hacerle un puente para arrancarlos, y esa clase de mierda era cosa de niños para cualquier criminal que se preciara de serlo.
Grady se había esfumado.
Y su jugada le sorprendía. No era el diamante más brillante de la cadena, pero la policía le estaba buscando. ¿Por qué arriesgarse a tener otro grupo de hijos de puta cazándole?
Lash entró a la sala y frunció el ceño al ver el sofá donde Grady había dejado la caja grasienta de Domino’s y… el CCJ que había estado leyendo.
Y que estaba abierto en la parte de los obituarios.
Pensando en los nudillos rotos de Grady, Lash se acercó y recogió el periódico…
Olió algo en las páginas. Old Spice. Ah, así que el señor D tenía algo de inteligencia, y también había ojeado la cosa…
Lash escudriñó las columnas. Un grupo de humanos entre los setenta y los ochenta. Uno en los sesenta. Dos en los cincuenta. Ninguno de ellos figuraba con el nombre de Grady ni como apellido ni como nombre compuesto. Tres eran de fuera de la ciudad pero tenían familia aquí en Caldie…
Y entonces allí estaba: Christianne Andrews, edad veinticuatro. No aparecía la causa de la muerte, pero el DDM[4] había sido el domingo, y los funerales habían sido hoy en el Cementerio de Pine Grove. ¿La clave? En vez de flores, por favor, envía donativos al DPC para el fondo de Víctimas de Violencia Doméstica.
Lash se lanzó sobre el ordenador portátil y comprobó el informe del GPS. El Focus del señor D se dirigía hacia… bien, ¿qué les parece? El Cementerio de Pine Grove, donde la una–vez–adorable Christianne iba a descansar por toda la eternidad en brazos de los ángeles.
Ahora la historia de Grady estaba clara: el cabrón golpea a su chica con regularidad hasta que una noche lleva la dureza del amor demasiado lejos. Ella muere, la policía encuentra su cuerpo y comienzan a buscar al novio camello que descarga el estrés de su trabajo en casa con su pequeña mujer. No era de extrañar que estuvieran buscándole.
Y el amor lo conquistaba todo… incluso el sentido común de los criminales.
Lash salió y se desmaterializó hacia el cementerio, preparado para un cara–a–cara no sólo con el tonto humano, sino también con los jodidos y estúpidos asesinos que deberían haber vigilado mejor al idiota.
Se materializó a unos nueve metros de distancia de un coche aparcado… motivo por el cual casi queda a la vista del tipo que estaba sentado dentro de la cosa. Trasladándose rápidamente hasta detrás de la estatua de una mujer que vestía una túnica, Lash comprobó lo que estaba ocurriendo en el sedán: En el interior había un humano, a juzgar por el aroma. Un humano con mucho café encima.
Un policía encubierto. Quién sin duda estaba esperando que el HDP de Grady hiciera exactamente lo que iba a hacer: es decir presentarle sus respetos a la chica que había asesinado.
Sip, bien, los dos podían jugar al juego de espera–y–verás.
Lash sacó el teléfono y escudó la brillante pantalla con la palma. El texto que le envió al señor D era un freno que rezaba al infierno para que al tipo le llegara a tiempo. Con la policía presente en el lugar, Lash iba a encargarse de Grady solo.
Y luego iba a lanzarse sobre quien quiera que hubiera dejado al humano solo el tiempo suficiente para que pudiera escaparse.







[1] LBD Little Black Dress, o petit drape noir o vestidito negro que popularizó Coco Chanel y que hoy en día es el comodín de todos los armarios. (N. de la T.)
[2] En el original Eurotrash: Término despectivo para denominar a jóvenes europeos, pretenciosos con aspecto de ricos y residentes en EEUU. (N. de la T.)
[3]Por el Capitán Kirk de la serie Star Trek, cuya silla en la nave Enterprise estaba rodeada de monitores. (N. de la T.)
[4] DDM Día de la Muerte (N. de la T.)

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