miércoles, 25 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 49 50 51

Capítulo 49


Cuando el coche de incógnito de la policía dejó el cementerio de Pine Grove, Lash se concentró completamente en la presencia symphath que acababa de revelarse a sí misma dentro de las puertas.
—Perderos —les dijo a sus hombres.
Cuando se desmaterializaron, emprendió el camino de regreso hacia la tumba de la chica muerta que estaba en la esquina posterior de…
El grito parecía provenir de una ópera desafinada, de una soprano que había perdido el control de su voz, y el tono había volado alto dejando de ser canto para convertirse en chillido. Cuando Lash reasumió su forma, se cabreó porque acababa de perderse la diversión y los juegos… porque eso debía haber sido digno de verse.
Grady estaba tendido de espaldas con los pantalones torcidos hacia abajo, sangrando por varias partes, pero especialmente por un corte reciente que le atravesaba el esófago. Estaba vivo como una mosca en el alféizar de una ventana caliente, tenía los brazos y las piernas retorcidos y los hacía girar lentamente.
Su asesina estaba dejando su posición agazapada e irguiéndose: era esa perra marimacho del ZeroSum. Y en contraposición a la mosca moribunda, que era ajena a todo salvo a su propia muerte, ella supo el momento exacto en que Lash entró en escena. Se dio vuelta rápidamente adquiriendo una posición de lucha, con una expresión concentrada en el rostro, asió firmemente el cuchillo que goteaba, y afirmó los muslos preparándolos para que pudieran impulsar su duro cuerpo hacia delante.
Era jodidamente sexy. Especialmente cuando frunció el ceño al reconocerlo.
—Creí que estabas muerto —dijo—. Y también creí que eras vampiro.
Él sonrió.
—Sorpresa. Y tú también has estado ocultando un secreto, ¿verdad?
—No. Nunca me caíste bien, y eso no ha cambiado.
Lash sacudió la cabeza y miró su cuerpo descaradamente.
—Te ves realmente bien vestida de cuero, ¿lo sabías?
—Y tú te verías mejor con un corsé de escayola.
Él se rió.
—Ese fue un golpe bajo.
—Igual que mi oponente. Figúrate.
Lash sonrió y, con algunas vívidas imágenes, hizo crecer su atracción hasta lograr una erección completa porque sabía que ella lo percibiría. Se la imaginó arrodillada frente a él, con su polla en la boca, mientras él le sostenía la cabeza con las manos y le follaba la boca hasta que ella tenía arcadas.
Xhex puso los ojos en blanco.
—Pornografía. Barata.
—Nop. Sexo. Futuro.
—Lo siento, no estoy interesada en Justin Timberlake. Ni en Ron Jeremy[1].
—Ya veremos. —Lash señaló con la cabeza al humano, cuyas contorsiones habían menguado como si se estuviera congelando con el frío—. Me temo que me debes algo.
—Si te refieres a una herida de cuchillo, ya me pongo a hacerla.
—Eso —dijo apuntando a Grady—. Era mío.
—Deberías elevar tus normas. Eso —dijo imitando su postura— es mierda de perro.
—La mierda es un buen fertilizante.
—Entonces deja que te tienda bajo un rosal, y veremos que tal lo haces.
Grady dejó escapar un gemido y ambos le miraron. El bastardo estaba en la etapa final de la muerte, su rostro estaba del mismo del color que la tierra congelada que había alrededor de su cabeza, la sangre que fluía de sus heridas iba disminuyendo.
Repentinamente, Lash, se dio cuenta de lo que le habían metido en la boca y miró a Xhex.
—Joder… podría interesarme seriamente en una mujer como tu, comedora de pecados.
Xhex pasó la hoja de su arma a lo largo del borde escarpado de la lápida, la sangre de Grady se transfirió del metal a la piedra como si fuera la marca de una venganza.
—Tienes agallas, lesser, considerando lo que le hice. ¿O no quieres conservar tu par?
—Yo soy diferente.
—¿Más pequeño que él? Cristo, qué decepción. Ahora, si me disculpas, me voy.
Levantó el cuchillo y le saludó, antes de desaparecer.
Lash se quedó mirando el aire donde ella había estado, hasta que Grady gorjeó débilmente como un drenaje con el último charco de agua de la bañera.
—¿La viste? —preguntó Lash al idiota—. Qué hembra. Definitivamente la saborearé.
El último aliento de Grady salió del agujero de su garganta, porque no tenía otro lugar por donde salir, ya que su boca estaba ocupada haciéndose una mamada a sí mismo.
Lash se puso las manos en las caderas y miró el cuerpo que se iba enfriando.
Xhex… debía asegurarse de que sus caminos volvieran a cruzarse. Y tenía esperanzas de que intentara decirle a los Hermanos que le había visto: un enemigo alterado era mejor que uno compuesto. Sabía que la Hermandad se preguntaría cómo demonios se las había arreglado el Omega para convertir a un vampiro en lesser, pero eso era sólo una pequeña parte de la historia.
Él seguía siendo el que presentaría el remate del chiste.
Mientras Lash se iba paseando lentamente por la noche fría, se acomodó dentro de sus pantalones y decidió que necesitaba tener sexo. Dios sabía que lo deseaba.


Al tiempo que iAm cerraba la puerta delantera de Sal, Rehvenge enfundaba su espada roja y observaba a Vishous. El Hermano lo estaba mirando fijamente de mala manera.
—Entonces, ¿qué había ahí dentro?
—Tú.
—¿Montrag trató de hacer ver que yo era responsable del complot para matar a Wrath? —No es que le importara que lo hubiera hecho. Rehv ya había demostrado de qué lado estaba al hacer que pasaran a cuchillo al hijo de puta.
Vishous sacudió la cabeza lentamente, luego observó como iAm se unía a su hermano.
Rehv habló cáusticamente:
—No hay nada que no sepan acerca de mí.
—Bueno, entonces, aquí tienes comedor de pecados. —V tiró el sobre en la mesa—. Aparentemente, Montrag sabía lo que eras. E indudablemente ese fue el motivo por el cual acudió a ti para intentar matar a Wrath. Si se divulgaba lo que eras, nadie hubiera creído que no había sido idea tuya y sólo tuya.
Rehv frunció el ceño y sacó lo que parecía una declaración jurada que narraba cómo había sido asesinado su padrastro. ¿Qué. Mierda? El padre de Montrag había estado en la casa después del asesinato; eso Rehv lo sabía. Pero, ¿qué el tipo había hecho que el hellren de su madre no sólo hablara sino que testificara? ¿Y que luego, no hubiera hecho nada con la información?
Rehv revivió lo que había pasado un par de días atrás, en esa reunión en el estudio de Montrag… y el alegre comentario del tipo respecto a que sabía qué tipo de macho era Rehv.
Lo sabía, bien, y no sólo lo que refería al tráfico de drogas.
Rehv volvió a guardar el documento en el sobre. Mierda, si esto salía a la luz la promesa que le había hecho a su madre volaría en pedazos.
—Entonces, ¿qué dice exactamente ahí dentro? —preguntó uno de los Hermanos.
Rehv metió el sobre dentro de su abrigo de marta cibelina.
—Una declaración jurada firmada por mi padrastro justo antes de morir denunciándome como symphath. Es original, a juzgar por la firma que figura al final y que está hecha con sangre. Pero, ¿cuánto estáis dispuestos a apostar a que Montrag no envío su única copia?
—Tal vez es falsa —murmuró Wrath.
Improbable, pensó Rehv. Muchos de los detalles acerca de lo que había ocurrido esa noche eran correctos.
Repentinamente, estuvo de regreso en el pasado, en la noche en que había hecho esa proeza. Habían tenido que llevar a su madre a la clínica de Havers porque había tenido uno de sus múltiples «accidentes». Cuando se hizo evidente que iban a dejarla en observación durante el día, Bella se había quedado con ella, y Rehv había tomado una decisión.
Había regresado a casa, reunido a los doggen en las dependencias de servicio, y enfrentado el pesar colectivo de todos aquellos que servían a su familia. Podía recordar muy claramente haber mirado a los machos y a las hembras de la casa y haber enfrentando una a una las miradas de todos ellos. Muchos habían llegado al hogar gracias a su padrastro, pero se habían quedado por su madre. Y estaban esperando que él hiciera algo para detener lo que había estado ocurriendo durante demasiado tiempo.
Les dijo que salieran de la mansión por espacio de una hora.
Nadie había manifestado su desacuerdo, y cada uno de ellos le abrazó al salir. Todos sabían lo que iba a hacer, y también era su voluntad.
Rehv había hasta que el último doggen se hubo ido, y luego había ido al estudio de su padrastro y encontrado al macho examinando documentos en su escritorio. En su furia, Rehv se encargó del macho a la antigua, devolviendo golpe por golpe, igualando el dolor inflingido a su madre antes de conducir al hijo de puta a su real e inmerecida recompensa.
Cuando sonó el timbre en la puerta delantera, Rehv había asumido que era el personal que regresaba y que le estaban avisando para que luego pudieran declarar sin faltar a la verdad que no habían visto al asesino en acción. Necesitando propinarle un último «jódete», le había dado un puñetazo quebrándole el cráneo a su padrastro con tanta fuerza que del golpe la espina dorsal del bastardo maltratador de shellans se salió del sitio.
Moviéndose rápido, Rehv se había apartado del cuerpo, había abierto la puerta principal con su voluntad y salido por las puertas–ventana que estaban en el fondo. Que los doggen encontraran el cuerpo al llegar a la casa, era perfecto, ya que la subespecie era dócil por naturaleza y nunca se vería implicada en un acto de violencia. Además, a esas alturas su lado symphath estaba rugiendo, y necesitaba recobrar el control de sí mismo.
Y en aquellos días eso no implicaba dopamina. Tenía que usar el dolor para domar al comedor de pecados que había en él.
Todo había parecido encajar en su lugar… hasta que se enteró en la clínica que el padre de Montrag había encontrado el cuerpo. No obstante, resultó que no había nada de que preocuparse. Por lo que había dicho el macho en aquel momento, Rehm había entrado, se había encontrado con la escena, y había llamado a Havers. Para cuando el doctor llegó, el personal había llegado, y declarado que la ausencia del grupo se debía a que era el solsticio de verano y que habían estado fuera preparándose para las ceremonias que se celebrarían esa semana.
El padre de Montrag había representado bien su papel, al igual que su hijo. Cualquier alteración emocional que Rehv hubiera captado ya fuera en aquel entonces o durante la reunión que había tenido hacía pocos días, se las habría achacado a la reciente muerte o al asesinato, ambos de los cuales habían estado presentes en la misiva.
Dios, resultaba claro, muy claro, lo que había estado persiguiendo Montrag al hacer arreglos con Rehv para el asesinato de Wrath. Después de que la hazaña estuviera hecha, estaría listo para aparecer con la declaración jurada que exponía a Rehv como asesino y como symphath y de esa forma cuando fuera deportado, asumiría el poder no sólo del Consejo sino que de la raza entera.
Genial.
Qué pena que no hubiera funcionado según lo planeado. Hacía que se te llenaran los jodidos ojos de lágrimas, ¿verdad?
—Sí, debe haber más declaraciones juradas —murmuró Rehv—. Nadie haría circular su única copia.
—Valdría la pena hacer una visita a esa casa —dijo Wrath—. Si los herederos y asignatarios de Montrag se apoderan de algo así, todos estaremos en problemas, ¿me entendéis?
—Murió sin descendencia, pero sí, en algún lugar queda algo de su linaje. Y me voy a asegurar de que no se enteren de esto.
De ninguna maldita manera le obligarían a romper el juramento hecho a su madre.
Eso jamás iba a ocurrir.


Capítulo 50


Mientras Ehlena hacía las compras en el Supermercado Hannaford al que siempre iba porque estaba abierto las veinticuatro horas, debería haber estado de mejor humor. Las cosas con Rehv no podían haber resultado de un modo más dulce. Cuando había llegado la hora de partir para su reunión, se había dado una rápida ducha y le había permitido elegir sus ropas, incluida la corbata. Luego la había rodeado con sus brazos y habían permanecido juntos, corazón–con–corazón.
Finalmente, lo acompañó afuera, hasta el vestíbulo y esperaron juntos el ascensor. Su llegada fue anunciada con un repique y el deslizamiento de la doble puerta, y él mantuvo las puertas abiertas mientras la besaba una vez, dos veces. Y una tercera. Al final se apartó y mientras las puertas gemelas se cerraban, sostuvo su teléfono en alto, lo señaló con el dedo y luego la señaló a ella.
El hecho de que fuera a llamarla hizo que la despedida fuera mucho más fácil. Y le encantaba la idea de haber elegido para él, el traje negro, la camisa blanca almidonada y la corbata rojo sangre que llevaba puestos.
Así que, sí, debería estar más que contenta. Especialmente debido a que su apuro financiero había sido mitigado con el préstamo del «Primer Banco y Compañía Fiduciaria Rehvenge».
Pero Ehlena estaba endemoniadamente nerviosa.
Se detuvo en el pasillo de los zumos, frente a una ordenada hilera de Ocean Spray Aran todo–lo–que–se–te–pueda–ocurrir en zumos, y miró por encima de su hombro. A su izquierda había más zumos y a la derecha barras de Granola dispuestas ordenadamente y galletitas. Más allá, estaban las cajas, la mayoría de las cuales estaban cerradas y después de eso, las ventanas de cristales oscuros de la tienda.
Alguien la estaba siguiendo.
Desde que había regresado al ático de Rehv para vestirse, cerrar el lugar y desmaterializarse desde la terraza.
Cuatro botellas de zumo CranRas fueron a parar al carrito, luego se dirigió al pasillo de los cereales y después cruzó hasta las toallas de papel y el papel higiénico. En la sección de carnes, escogió un pollo hecho que parecía embalsamado en vez de asado, pero a esa altura, lo único que necesitaba eran algunas de las proteínas que le faltaban para calentarse a sí misma. Luego fue a buscar un filete para su padre. Leche. Mantequilla. Huevos.
La única desventaja de ir después de medianoche era que todas las U–Scans[2] estaban cerradas, así que tuvo que esperar detrás de un tipo que tenía el carro lleno de comidas congeladas Hungry–Man. Mientras la cajera pasaba los filetes Salisbury por el escáner, Ehlena miraba fijamente a través del cristal delantero de la tienda preguntándose si estaría volviéndose loca.
—¿Sabes cómo cocinar estos? —preguntó el tipo mientras sostenía en alto una de las cajas delgadas.
Evidentemente, había malinterpretado la ansiedad que le provocaba su obsesión pensando que tenía algo que ver con él y estaba buscando a alguien que le calentara la carne, literalmente. Los ojos del humano ardían y vagaban por su cuerpo, y en todo lo que ella podía pensar era en lo que podría hacerle Rehvenge al tipo.
Eso la hizo sonreír.
—Lee la caja.
—Podrías leérmela.
Mantuvo el mismo volumen de voz y adoptó un tono aburrido.
—Lo siento, creo que a mi novio no le gustaría.
El humano pareció un poco abatido al encogerse de hombros y entregarle su cena congelada a la chica que estaba detrás de la caja registradora.
Diez minutos después, Ehlena hacía rodar su carrito, atravesaba las puertas mecánicas y un frío desagradable y escabroso le daba la bienvenida obligándola a arroparse en la parka. Afortunadamente, el taxi que había tomado para ir a la tienda estaba justo donde se suponía que debía estar, y eso la alivió.
—¿Necesita ayuda? —preguntó el taxista a través de la ventanilla que acababa de bajar.
—No, gracias. —Mientras ponía las bolsas de plástico en el asiento trasero, echó un vistazo a su alrededor, preguntándose qué demonios haría el conductor si un lesser saltara de detrás de una camioneta y jugaba a Bad Santa[3] con sus culos.
Después de entrar y sentarse junto a su compra, el conductor aceleró y Ehlena examinó el alero de la tienda y la media docena de coches que estaban aparcados bien cerca de la entrada. El señor Hungry–Man estaba perdiendo el tiempo con la luz interior de su camioneta encendida e iluminando su rostro mientras encendía un cigarrillo.
Nada. Nadie.
Se obligó a recostarse contra el asiento y decidió que estaba loca. Nadie estaba espiándola. Nadie estaba persiguiéndola…
Ehlena se llevó la mano a la garganta, cuando un súbito temor la abrumó. Oh, Dios… ¿Y si padecía la misma enfermedad que su padre? ¿Y si esta paranoia era uno de sus primeros síntomas? ¿Y si…?
—¿Está bien ahí atrás? —preguntó el conductor mientras la miraba por el espejo retrovisor—. Parece que está temblando.
—Es sólo que tengo frío.
—Bien, deje que le mande algo de aire caliente.
Cuando una ráfaga caliente sopló en su rostro, se puso a mirar por la ventanilla. Ningún coche a la vista. Y los lessers no podían desmaterializarse, así que… ¿Era esquizofrénica?
Cristo, casi prefería que se tratara de un asesino.
Ehlena hizo que el conductor la dejara lo más cerca posible de la parte trasera de la casa alquilada y le dio un poco más de propina por haber sido tan amable.
—Esperaré hasta que entre —dijo el muchacho.
—Gracias. —Y joder realmente se sentía agradecida.
Con dos bolsas de plástico colgando de cada una de sus manos, caminó rápidamente hacia la puerta y tuvo que bajar su carga, porque como una idiota había estado tan ocupada atosigándose que no había sacado las llaves. Justo cuando metía la mano en el bolso para comenzar la rutina de revolver–y–maldecir, el taxi arrancó.
Levantó la vista a tiempo para ver las luces de cola doblar en la esquina. ¿Qué demon…?
—Hola.
Ehlena se quedó helada. La presencia estaba justo detrás de ella. Y sabía perfectamente bien quién era.
Cuando se giró bruscamente, vio una hembra alta con cabello negro, muchas túnicas y ojos brillantes. Ah, sí… Ésta debía ser la otra…
—…mitad de Rehvenge —terminó la frase la hembra—. Soy su otra mitad. Y siento que el conductor de tu taxi haya tenido que irse tan rápido.
Instintivamente Ehlena cubrió sus pensamientos con una imagen de un exhibidor de Hannaford: un cartel de un metro y medio de alto por noventa centímetros de ancho de latas rojas de patatas Pringles.
La hembra frunció el ceño como si no tuviera idea de qué era lo que estaba viendo en la corteza cerebral que estaba tratando de invadir, pero luego sonrió.
—No tienes nada que temer de mí. Sólo pensé que podría compartir algunas cosas contigo referidas al macho que acabas de follar en su ático.
Y eso echaba por tierra la utilización de aperitivos como fachada para cubrir sus pensamientos; no era suficiente. Para mantener la calma, Ehlena necesitaba de todo su entrenamiento profesional. Esta situación era como un caso de emergencias, se dijo a sí misma. El cuerpo de un vampiro ensangrentado acababa de pasar junto a ella en una camilla, y tenía que dejar de lado todos sus temores y todas sus emociones para lidiar con la situación.
—¿Escuchaste lo que dije? —preguntó la hembra arrastrando las palabras, Ehlena nunca antes había oído esa forma de hablar, donde las eses se extendían hasta formar siseos—. Te observé a través del cristal, justo hasta el momento en que él se retiró antes de culminar. ¿Quieres saber por qué hizo eso?
Ehlena mantuvo la boca cerrada y comenzó a preguntarse cómo podría llegar hasta el spray de pimienta que tenía en el monedero. Aunque, en cierta forma no creía que eso fuera a surtir algún efecto…
Santa mierda, ¿eran… escorpiones vivos lo que tenía en los lóbulos?
—Él no es como tú. —La hembra sonrió con maligna satisfacción—. Y no sólo porque es un señor de la droga. Tampoco es un vampiro. —Cuando Ehlena crispó las cejas, la hembra rió—. ¿No sabías ninguna de las dos cosas?
Evidentemente ni sus Pringles ni todo su entrenamiento estaban logrando hacer un buen trabajo.
—No te creo.
—ZeroSum. En el centro. Es el dueño. ¿Conoces el lugar? Probablemente no, ya que no pareces del tipo que acudiría allí… y sin duda esa es la razón por la que le gusta follarte. Deja que te cuente lo que vende. Mujeres humanas. Drogas de todo tipo. ¿Y sabes por qué? Porque es como yo y no como tú. —La hembra se le acercó, y sus ojos brillaron intensamente—. ¿Y sabes qué soy yo?
Una flamante perra, pensó Ehlena.
—Soy una symphath, pequeñita. Eso es lo que él y yo somos. Y él es mío.
Ehlena comenzó a preguntarse si moriría esa noche, allí en la entrada trasera con cuatro bolsas de comestibles a sus pies. Aunque no sería a causa de que esta hembra mentirosa fuera verdaderamente una symphath… sería debido a que cualquiera que estuviera lo suficientemente loco para sugerir semejante cosa indudablemente también sería capaz de matar.
La hembra continuó con su voz estridente.
—¿Quieres conocerlo realmente? Ve a ese club y búscalo allí. Haz que te diga la verdad y entérate de lo que dejaste entrar en tu cuerpo, pequeñita. Y recuerda esto, él es enteramente mío, sexualmente, emocionalmente, todo lo que él es, es mío.
Con un dedo de tres nudillos acarició la mejilla de Ehlena, y luego así sin más la hembra desapareció.
Ehlena se puso a temblar de tal forma que durante un momento se quedó como de piedra, el temblor era tan profundo dentro de sus músculos que la inmovilizó. Lo que la salvó fue el frío. Cuando una ráfaga helada circuló por la acera, la empujó hacia delante, y logró sostenerse antes de tropezar con sus comestibles.
La llave de la casa, cuando finalmente la encontró, no entró en la cerradura mejor de lo que lo había hecho la que había intentado usar en aquella ambulancia. Saltó… saltó… saltó
Al fin.
Giró la llave y abrió la cerradura, y prácticamente tiró las bolsas en el interior de la casa antes de cerrar la puerta de un golpe y trancar todo concienzudamente, incluyendo los cerrojos interiores y la cadena de seguridad.
Avanzó con sus piernas flojas y se sentó a la mesa de la cocina. Cuando su padre alzó la voz inquiriendo por el motivo de tanto ruido, le dijo que era el viento y rezó para que no subiera a verla.
En el silencio que sobrevino, Ehlena no sintió ninguna presencia en la parte exterior de la casa, pero la noción de que alguien así supiera la relación que ella tenía con Rehv y su dirección… Oh, Dios, esa hembra demente los había estado observando.
Levantándose abruptamente, se apresuró a ir hacia la pileta de la cocina e hizo correr el agua por si se daba el caso de que le dieran nauseas. Esperando que su estómago se asentara, unió las palmas, capturó algo de agua en ellas, y bebió un par de sorbos antes de lavarse la cara.
El beber y enjuagarse la cara le aclaró un poco la mente.
Las denuncias que había hecho la hembra eran absoluta y extravagantemente descabelladas, muy lejos del reino de la realidad… y a juzgar por el brillo de sus ojos, era evidente que tenía intereses creados.
Rehv no era ninguna de esas cosas. Señor de la droga. Symphath. Proxeneta. ¡Vamos!
Estaba clarísimo que no podías creerte nada de lo que te dijera la ex–novia de tu macho, que además era del tipo acosador, ni siquiera cuál era su color favorito. Especialmente cuando Rehv había dejado claro desde el principio cuando no estaban juntos y ni habían intimado, que la chica era problemática. Y con razón no había querido hablar de ello. Nadie querría admitir ante la persona con la cual estaba comenzando una relación que en su vida había una acosadora de su pasado del tipo psicópata «hierve–conejitos»–y–yo–no–voy–a–ser–ignorada–Dan[4].
¿Qué debía hacer ahora? Bueno eso era obvio. Se lo contaría a Rehv. No de una forma en la que evidenciara estar aterrada para que el drama continuara sino más bien como: Escucha sucedió esto, y realmente deberías saber que esa persona es muy inestable.
Ehlena quedó complacida con ese plan.
Hasta que intentó sacar el teléfono de su bolso y se dio cuenta que todavía estaba temblando. La respuesta de su mente podía ser lógica, sus deducciones podían ser perfectamente racionales, pero su adrenalina se había disparado enloquecida, y no estaba para nada interesada en todo el sentido común que estaba tratando de impartirse a sí misma.
¿En qué estaba? Ah… sí. Rehvenge. Llamar a Rehvenge.
Mientras marcaba su número, empezó a relajarse un poco. Iban a solucionar esto.
Se sintió momentáneamente sorprendida cuando escuchó su correo de voz, pero luego recordó que tenía una reunión a la que asistir. Estuvo a punto de colgar, pero no le gustaba andarse por las ramas, y no había razón para esperar.
—Hola Rehv, acabo de tener una visita de esa… hembra. Ha dicho muchos disparates acerca de ti. Yo sólo… bueno, pensé que deberías saberlo. Para ser honesta, es espeluznante. De todos modos, tal vez ¿podrías llamarme para hablar de ello? Realmente te lo agradecería. Adiós.
Cortó la comunicación y se quedó mirando el teléfono, rezando para que le devolviera la llamada pronto.


Wrath le había hecho una promesa a Beth y la mantuvo. A pesar de que estaba matándole.
Cuando él y sus Hermanos finalmente salieron de Sal, se fue directo a casa, junto con sus novecientos kilos de guardia personal. Estaba nervioso y con hambre de puñetazos, disgustado y enfadado, pero le había dicho a su shellan que no saldría al campo de batalla después del pequeño episodio de la ceguera, y no lo haría.
La confianza era algo que tenías que construir y considerando el agujero que había abierto a martillazos en los cimientos de su relación, le iba a llevar mucho trabajo volver a sentar las bases.
Además, si no podía pelear, había algo que sí podía hacer para aplacar los nervios.
Cuando la Hermandad entró en el vestíbulo, el sonido de sus botas reverberó, y Beth salió disparada de la sala de billar como si hubiera estado esperando justamente eso. Con un salto, estaba en sus brazos antes de que él pudiera siquiera parpadear, y se sentía bien.
Después de un rápido abrazo, se apartó y se mantuvo a la distancia de un brazo para poder examinarlo.
—¿Estás bien? ¿Qué sucedió? ¿Quién fue? ¿Cómo…?
Los Hermanos comenzaron a hablar todos al mismo tiempo, aunque no acerca de la reunión que no había tenido lugar. Todos estaban hablando del territorio de caza que ocuparían durante las tres horas que les quedaban para andar por las calles.
—Vayamos al estudio —dijo Wrath por encima del barullo—. No puedo oír ni mis propios pensamientos.
Mientras él y Beth subían las escaleras, les gritó a sus hermanos:
—Gracias por cubrirme las espaldas una vez más.
El grupo se detuvo y se volvió para enfrentarlo. Después de un instante de silencio, formaron un semicírculo al pie de la escalera, y todos formaron un puño con la mano que empuñaba el arma. Con un gran ¡whoomp! como grito de guerra, se agacharon apoyándose sobre su rodilla derecha y golpearon el suelo de mosaico con sus duros nudillos. El sonido como el de un trueno, tambores y la explosión de una bomba, rebotó y se expandió, llenando todas las habitaciones de la mansión.
Wrath les miró, viendo las cabezas inclinadas, las amplias espaldas dobladas y los poderosos brazos enclavados. Todos habían ido a esa reunión preparados para recibir una bala en su nombre, y eso siempre sería así.
Detrás de la figura más pequeña de Tohr, estaba Lassiter, el ángel caído, con su espina dorsal erguida, pero sin hacer bromas ante esta reafirmación de fidelidad. En vez de eso, estaba mirando fijamente el maldito techo otra vez. Wrath miró hacia arriba, al mural con siluetas de guerreros que destacaban sobre un cielo azul y no pudo distinguir mucho las imágenes que le habían dicho que había allí.
Volviendo a lo suyo, dijo en la Antigua Lengua:
Un Rey no podría pedir más fuertes aliados, ni más grandes amigos, ni mejores y más honorables guerreros que estos que se han reunido ante mí, mis hermanos, mi sangre.
Un ondulante gruñido de asentimiento se elevó cuando los guerreros se pusieron de pie nuevamente y Wrath saludó con la cabeza a cada uno de ellos. No tenía palabras que ofrecer ya que su garganta se había cerrado de improviso, pero no parecieron necesitar nada más. Le miraron fijamente con respeto, reconocimiento y determinación, y él aceptó su enorme ofrenda con solemne apreciación y firmeza. Este era un pacto antiquísimo entre el soberano y sus súbditos, un compromiso de ambas partes que se hacía desde el fondo del corazón y que se llevaba a cabo con una mente aguda y un cuerpo fuerte.
—Dios, os amo chicos —dijo Beth.
Hubo muchas risas profundas y luego Hollywood dijo:
—¿Quieres que volvamos a apuñalar el suelo para ti? Los puños son para los Reyes, pero a las Reinas le tocan las dagas.
—No quisiera que le sacarais lascas a este hermoso suelo. Pero gracias de todos modos.
—Sólo tienes que decirlo y lo convertimos en cascotes.
Beth rió.
—Cálmate, corazón mío[5].
Los Hermanos se acercaron y besaron el Rubí Saturnino que llevaba en el dedo, y cuando cada uno se inclinaba a hacerle los honores, le acariciaba gentilmente el cabello. Salvo a Zsadist, al que le sonrió con ternura.
—Disculpadnos, chicos —dijo Wrath—. Necesitamos un momentito de tranquilidad, ¿me entendéis?
Hubo una oleada de aprobación machista, que Beth aceptó con calma y un sonrojo y luego llegó la hora de tener algo de privacidad.
Cuando Wrath comenzó a subir las escaleras con su shellan sentía como si las cosas estuvieran volviendo a la normalidad. Bien, sí, había complots de asesinato, dramas políticos y lessers por todos lados, pero eso formaba parte de su trabajo habitual. Y en ese momento tenía a sus hermanos unidos, a su amada compañera en sus brazos y a la gente y a los doggens por los cuales sentía algo tan a salvo como era posible.
Beth apoyó la cabeza en sus pectorales y la mano en su cintura.
—Realmente estoy contenta de que todo el mundo esté bien.
—Qué gracioso, estaba pensando exactamente lo mismo.
La guió hasta el estudio y cerró ambas puertas, la calidez del fuego era un bálsamo… y una incitación. Cuando ella caminó hacia el escritorio atiborrado de papeles, él siguió con la mirada el balanceo de sus caderas.
Con un giro de muñeca les encerró dentro.
Mientras se le acercaba, Beth extendió la mano para tratar de ordenar un poco los documentos.
—Entonces ¿Qué ocur…?
Wrath presionó las caderas contra su trasero y susurró:
—Necesito estar dentro de ti.
Su shellan jadeó y dejó caer la cabeza hacia atrás sobre su hombro.
—Oh, Dios… sí…
Gruñendo deslizó una mano alrededor de su torso hacia su pecho, y cuando ella contuvo el aliento, él apoyó e hizo rodar su polla contra ella.
—No quiero hacerlo despacio.
—Yo tampoco.
—Inclínate sobre el escritorio.
Observar cómo se inclinaba y arqueaba la espalda casi le arranca una maldición y cuando separó los pies se le escapó un jodeeeeeeer.
Que era exactamente lo que iba a hacer.
Wrath apagó la lámpara del escritorio para que sólo quedaran iluminados por la luz oscilante y dorada del fuego, y le recorrió las caderas con manos que resultaron rudas por la expectativa. Agachándose detrás de ella, le recorrió la columna vertebral con los colmillos e hizo que apoyara todo su peso en un solo pie para poder sacarle el zapato de taco alto y la pernera de sus pantalones Seven. Sin embargo estaba demasiado impaciente para hacer lo mismo del otro lado… especialmente cuando miró hacia arriba y vio las deliciosas bragas negras.
Bien. Cambio de planes.
La penetración iba a tener que esperar.
Al menos la que haría con su polla.
Permaneciendo acuclillado, se sacó las armas con cuidado y rapidez, y se aseguró de que las pistolas tenían puesto el seguro y que las dagas estaban en sus fundas. Si la puerta no hubiera estado cerrada con llave, las hubiera guardado en el armario de las armas que tenía una cerradura de seguridad, sin importar cuan excitado estuviera con su shellan. Con Nalla en los alrededores, nadie corría el riesgo de que la hija de Z y Bella encontrara algún tipo de arma. Jamás.
Cuando estuvo desarmado, se quitó las gafas envolventes y las tiró sobre el escritorio, luego deslizó las manos hacia arriba por la parte trasera de los muslos suaves de su compañera. Separándoselos ampliamente, se arqueó hacia arriba y se colocó entre sus piernas, levantando la boca hacia el algodón que cubría el centro que penetraría muy pronto.
Presionó la boca contra ella, sintiendo el calor a través de lo que tenía puesto, su aroma lo enloquecía, su polla golpeaba con tanta fuerza el interior de sus pantalones de cuero, que no podía estar seguro de si acababa de tener un orgasmo o no. Acariciarla y lamerla a través de las bragas no era suficiente… entonces tomó el algodón entre sus dientes y lo frotó contra su sexo, sabiendo condenadamente bien que la costura lateral estaba masajeando el sitio exacto que él se moría por succionar.
Cuando ella volvió a poner las palmas contra el escritorio se oyó un thump–thump así como también el crujir de papeles que volaban hacia el suelo.
—Wrath…
—¿Qué? —murmuró contra ella, acariciándola con la nariz—. ¿No te gusta?
—Cállate y vuelve a la acción…
La silenció al deslizar la lengua por debajo de las bragas… y también se obligó a ir más despacio. Estaba tan resbaladiza, mojada, suave y deseosa, que apenas si pudo evitar tirarla sobre la alfombra para penetrarla profunda y despiadadamente.
Y entonces ambos se perderían las bondades de la expectativa.
Apartando a un lado el trozo de algodón con la mano, besó la piel rosada, luego ahondó en ella, encontrando que estaba bien preparada para él, y lo sabía por la miel que estaba tragando al arrastrar la lengua hacia arriba en una larga y lenta caricia.
Pero no era suficiente, y tener que sostener las bragas hacia un lado le distraía.
Con sus colmillos, las agujereó, luego las rasgó exactamente por la mitad, dejando que las dos mitades quedaran colgando de sus caderas. Subió las palmas de las manos hasta su trasero y apretó con fuerza dejando de jugar y comenzando a acariciar seriamente a su hembra con la boca. Sabía lo que más le gustaba, sabía exactamente cómo debía chuparla, lamerla y penetrarla con la lengua.
Cerrando los ojos, lo captó todo, el aroma, el sabor, y la sensación que le producía ella al temblar contra él cuando llegaba al clímax y se desintegraba. Detrás de la bragueta de sus pantalones de cuero, su polla estaba demandando atención a gritos, el roce de los botones no era en absoluto suficiente para satisfacer lo que estaba exigiendo, pero a la mierda con ella. Su erección iba a tener que esperar un poco, porque esto era demasiado bueno para detenerse tan pronto.
Cuando las rodillas de Beth vacilaron, la bajó al suelo y extendió una de sus piernas hacia arriba, manteniendo el ritmo mientras le empujaba su jersey de lana hasta el cuello y metía la mano debajo del sostén. Cuando tuvo otro orgasmo, ella se agarró de las patas del escritorio, y tiró con fuerza, afirmando su pie libre sobre la alfombra. El empeño que él ponía en sus caricias los metía a ambos cada vez más debajo del lugar donde llevaba a cabo sus deberes reales hasta que se vio obligado a agazaparse para poder pasar los hombros.
Finalmente la cabeza de ella salió por el otro lado y terminó aferrándose y arrastrando la silla de maricón en la que él se sentaba.
Cuando volvió a gritar su nombre, él trepó por su cuerpo y miró con furia la estúpida silla afeminada.
—Necesito algo más serio sobre lo cual sentarme.
Fue la última cosa coherente que dijo. Su cuerpo encontró la entrada al de ella con una facilidad que evidenciaba toda la práctica que habían tenido… Oh, , seguía siendo tan bueno como la primera vez. Envolviéndola con sus brazos, la montó con dureza, y ella le acompañó hasta que la tormenta que recorría su cuerpo, se concentró en sus pelotas haciéndolas arder. Juntos, él y su shellan se movían al unísono, dando, recibiendo y acelerando el ritmo más y más hasta que él se corrió y continuó moviéndose, hasta que volvió a correrse y continuó moviéndose hasta que algo golpeó su rostro.
Al encontrarse en un estado completamente animal, le asestó un golpe con sus comillos.
Eran las cortinas.
Mientras la follaba, se las había arreglado para abrirse camino desde debajo del escritorio, pasando junto a la silla hasta llegar a la pared.
Beth estalló en carcajadas y él también, y luego se abrazaron el uno al otro. Dejándose caer de costado, Wrath sostuvo a su compañera contra su pecho, y le colocó bien el jersey de cuello vuelto de lana para que no tuviera frío.
—Entonces, ¿qué ocurrió en la reunión? —preguntó ella finalmente.
—Ningún integrante del Consejo se presentó. —Dudó, preguntándose dónde trazar la línea con respecto a Rehv.
—¿Ni siquiera Rehv?
—Él estaba allí, pero los otros no aparecieron. Es evidente que el Consejo me tiene miedo, lo que no está mal. —Abruptamente, le tomó las manos—. Escucha, ah, Beth…
En su respuesta se filtraba la tensión.
—¿Sí?
—Quieres que sea honesto, ¿verdad?
—Verdad.
—Sí sucedió algo. Es referente a Rehvenge… a su vida… pero no me siento cómodo contándote los detalles porque es asunto suyo. No mío.
Ella exhaló.
—Si no te incluye a ti ni a la Hermandad
—Lo hace solamente porque nos pone en una situación difícil. —Y Beth estaría en la misma posición incómoda si tuviera toda la información. El asunto era, que proteger la identidad de un conocido symphath, era sólo la mitad del problema. La última vez que lo había comprobado, Bella no tenía ni idea de qué era su hermano. Así que Beth también tendría que ocultarle el secreto a su amiga.
Su shellan frunció el ceño.
—Si pregunto cómo exactamente presentaría un problema para vosotros, voy a enterarme de qué se trata, ¿verdad?
Wrath asintió y esperó.
Ella le acarició la mandíbula.
—Y me lo dirías, ¿cierto?
—Sí. —No le gustaría, pero lo haría. Sin dudarlo.
—Okay… no voy a preguntar. —Se alzó para besarlo—. Y me alegra que me hayas dado la opción.
—Ves, se me puede entrenar. —Le sostuvo el rostro y presionó su boca contra la de ella un par de veces, sintiendo la sonrisa que elevaba sus labios por la forma en que la percepción de la caricia cambió.
—Hablando de entrenamiento, ¿te gustaría comer algo? —le preguntó.
—Oh, cómo te amo.
—Iré a buscarlo.
—Creo que será mejor que te limpie primero. —Se sacó la camiseta negra y cuidadosamente la subió por la parte interna de sus muslos hacia su centro.
—Estás haciendo algo más que limpiarme —dijo ella arrastrando las palabras mientras permitía que las manos de él la frotaran entre los muslos.
Él se impulsó hacia arriba, haciendo un movimiento para montarla otra vez.
—¿Puedes culparme? Mmmm…
Ella rió y lo detuvo.
—Comida. Luego más sexo.
Él mordisqueó su boca pensando que se le daba un valor excesivo a la comida. Pero en ese momento el estómago de su shellan rugió, e inmediatamente su única preocupación consistió en alimentarla, su instinto de protegerla y proveer para ella superaban al sexual.
Poniendo la amplia palma sobre su abdomen chato, le dijo:
—Deja que vaya a buscarte…
—No, yo quiero servirte a ti. —Volvió a tocarle el rostro—. Quédate aquí. No tardaré mucho.
Cuando ella se puso de pie, él rodó sobre su espalda y metió su bien empleada pero aún muy rígida erección dentro de los pantalones de cuero.
Beth se agachó para levantar sus vaqueros, ofreciéndole un impresionante panorama que hizo que se preguntara si sería capaz de esperar cinco minutos antes de volver a penetrarla.
—¿Sabes qué quiero? —murmuró mientras se ponía los Seven en su lugar.
—Como acabas de hacer el amor con tu hellren, ¿tienes ganas de practicar un poco más del viejo y querido empuja–y–roza?
Dios amaba hacerla reír.
—Bueno, sí —dijo—. Pero en cuanto a comida… quiero estofado casero.
—¿Ya está preparado? —Por favor, que esté hecho…
—Hay sobras de carne de… ¡Mira la expresión de tu rostro!
—Prefiero tenerte menos en la cocina y más encima de mí… —Bueno, definitivamente, no iba a terminar esa oración.
Sin embargo, ella no pareció tener problemas para llenar los espacios en blanco.
—Hmm, me daré prisa.
—Hazlo, leelan, y te daré un postre que hará que te dé vueltas la cabeza.
Mientras ella cruzaba la habitación le mostró un increíble balanceo de caderas, un bailecito sensual que le dejó gruñendo, se detuvo en la puerta y le miró, quedando iluminada por la luz más brillante que provenía del pasillo.
E increíblemente, su borrosa visión le dio el más exquisito regalo de despedida: con el brillo pudo ver su cabello largo y oscuro cayendo sobre sus hombros, su rostro ruborizado y su cuerpo alto y lleno de curvas.
—Eres muy hermosa —dijo en voz baja.
Beth definitivamente resplandeció, el aroma de la alegría y la felicidad se intensificó hasta que todo lo que pudo oler fue la fragancia de las rosas de floración nocturna que era el perfume natural de ella.
Beth se llevó la punta de los dedos a los labios con los que él se había extasiado y le sopló un lento y suave beso.
—Volveré enseguida.
—Y te veré entonces. —Aunque considerando lo excitado que estaba, era probable que ambos pasaran algo más de tiempo–bajo–el–escritorio.
Después de que ella se fue, permaneció tendido un rato más, y sus agudos oídos oyeron como bajaba por la escalera principal. Luego se obligó a levantarse, y puso la silla afeminada en su lugar, y se sentó detrás del escritorio. Extendió la mano y tomó sus gafas envolventes para que sus ojos no tuvieran que soportar la tenue luz del fuego y dejó caer la cabeza hacia atrás…
El golpe en la puerta hizo que le pulsaran las sienes por la frustración. Hombre, no podía tener ni dos segundos de paz, ¿verdad?... y a juzgar por el aroma a tabaco turco, ya sabía quien era.
—Entra, V.
Cuando el Hermano entró, el aroma a tabaco se mezcló con el sutil humo del fuego que ardía al otro lado de la habitación.
—Tenemos un problema —dijo Vishous.
Wrath cerró los ojos y se frotó el puente de la nariz, deseando ardientemente que su dolor de cabeza no estuviera instalándose para toda la noche, como si su cerebro fuera un Travelodge[6].
—Háblame.
—Alguien nos mandó un e–mail acerca de Rehvenge. Nos dio veinticuatro horas para que lo enviáramos a la colonia symphath o de lo contrario revelarán su identidad ante la glymera y dejarán bien claro que tú y todos nosotros sabíamos qué era y a pesar de ello, no tomamos medidas.
Wrath abrió los ojos de golpe.
—¿Qué mierda?
—Ya estoy investigando la dirección del e–mail. Si la búsqueda a través de IT tiene éxito, seré capaz de acceder a la cuenta y enterarme a quién pertenece.
—Mierda… y hasta aquí llega la teoría de que ese documento no fue leído por nadie más. —Wrath tragó con fuerza, la presión en su cabeza le hacía sentir nauseas—. Mira, llama a Rehv, infórmale acerca de lo que nos han enviado. A ver que dice él. La glymera está disgregada y asustada, pero si ese tipo de mierda llega a sus oídos, no tendremos más remedio que hacer algo al respecto… de lo contrario podríamos tener un motín en nuestras manos y no sólo por parte de la aristocracia, sino que también intervendrán los civiles.
—Entendido. Volveré a informarte.
—Hazlo rápido.
—Eh, ¿estás bien?
—Sí. Ve a llamar a Rehv. Maldita sea.
Una vez que la puerta se cerró nuevamente, Wrath gimió. La tenue luz del fuego empeoraba la agonía de sus sienes, pero no estaba dispuesto a apagar las llamas: la oscuridad total no era una opción, no después de la llamada de atención de esa tarde cuando la medianoche era todo lo que tenía.
Cerrando los párpados, intentó superar el dolor. Un pequeño descanso. Eso era todo lo que necesitaba.
Sólo un pequeño descanso.


Capítulo 51


Cuando Xhex regresó al ZeroSum, entró por la puerta trasera de la sección VIP y mantuvo las manos en los bolsillos. Gracias a su lado vampiro, no dejaba huellas dactilares, pero unas manos ensangrentadas seguían siendo unas manos ensangrentadas.
Y también en sus pantalones tenía la mierda de Grady.
Pero ese era el motivo, por el cual incluso en estos tiempos modernos, el club seguía teniendo una anticuada caldera de leña en el sótano.
No avisó a nadie de que había llegado, simplemente se deslizó dentro de la oficina de Rehv y la atravesó en dirección al dormitorio que había al otro lado. Afortunadamente, había tiempo de sobra para cambiarse y bañarse, porque al DPC iba a llevarle un buen rato encontrar a Grady. La orden que le había dado a De la Cruz había sido marcharse por el resto de la noche... aunque con un tipo como él, existía la posibilidad de que su conciencia pudiera superar el pensamiento que ella había implantado. Aún así, tenía como mínimo un par de horas.
Cuando estuvo en el apartamento de Rehv, cerró la puerta con llave y fue directamente a la ducha. Después de abrir el agua caliente, se desarmó y puso toda su ropa y las botas en un tobogán que llevaba directamente hasta la caldera.
Que el hombre de Maytag[7] se fuera a la mierda. Este era el tipo de limpieza que la gente como ella necesitaba.
Metió su larga hoja bajo el agua con ella y lavó su cuerpo y el cuchillo con igual cuidado. Todavía llevaba puestos los cilicios, el jabón le picaba donde las bandas con púas se hundían en la piel de sus muslos, y esperó a que el dolor decayera antes de soltar uno y después el otro...
La húmeda agonía fue tan grande que le entumeció las piernas y se disparó hasta su pecho, provocando que su corazón palpitara con fuerza. Mientras una exhalación escapaba de su boca, se recostó contra el mármol, comprendiendo que era muy probable que se desmayara.
De algún modo se mantuvo consciente.
Observando cómo florecía el rojo alrededor del desagüe que había bajo sus pies, pensó en el cadáver de Chrissy. En esa morgue humana, la sangre de la mujer había sido negra y marrón bajo su carne moteada de gris. La de Grady había sido del color del vino, pero seguro como la mierda que en un par de horas iba a tener el mismo aspecto que la chica a la que había matado... muerto sobre una mesa de acero inoxidable con lo que una vez había tamborileado a través de sus venas endureciéndose como el hormigón.
Había hecho bien su trabajo.
Las lágrimas llegaron de ninguna parte y de todas, y las despreció.
Avergonzada de su debilidad y a pesar de estar sola, Xhex se cubrió el rostro con las manos.
Alguien había intentado vengar su muerte una vez.
Pero ella no había estado muerta... sólo lo había deseado mientras trabajaban su cuerpo con todo tipo de «instrumentos». Y toda la galante actuación de héroe–sobre–un–corcel–blanco no le había ido bien a su vengador. Murhder se había vuelto loco. Pensó que estaba rescatando a una vampira pero, ¡sorpresa! En realidad estaba arriesgando su vida para llevarse a casa a una symphath.
Ups. Supongo que se olvidó de contarle a su amante esa pequeña parte.
Deseó haberse revelado a sí misma. Considerando lo que era, él había tenido derecho a saberlo, y tal vez si lo hubiera sabido, todavía estaría en la Hermandad. Tal vez emparejado con una agradable hembra. Definitivamente no habría perdido la cordura ni habría salido corriendo a Dios sabe dónde.
La venganza era un asunto peligroso, ¿no? En el caso de Chrissy, estaba bien. Todo había salido bien. Pero algunas veces lo que tratabas de honrar no era digno del esfuerzo.
Xhex no lo era y el precio no había sido sólo la mente de Murhder. Rehv todavía estaba pagando por sus errores.
Pensó en John Matthew y deseó con todas sus fuerzas no habérselo follado. Murhder había sido algo casual para ella. ¿John Matthew? A juzgar por el dolor que sentía en el centro de su pecho cada vez que pensaba en él, sospechaba que era mucho más que eso... razón por la cual estaba intentando cerrar su mente a lo que había ocurrido entre ellos allá en su sótano.
El problema estaba en la forma en que John Matthew la había tratado. La ternura que había demostrado amenazaba con partirla por la mitad, sus emociones habían sido suaves, gentiles, respetuosas... amorosas... a pesar de saber lo que ella era. Se había visto obligada a apartarle con dureza porque mientras él no acabara con esa mierda, Xhex corría el riesgo de presionar sus labios contra los de él y perderse completamente.
John Matthew era el pozo de su alma, como lo llamaban los symphaths, o su pyrocant, para los vampiros. Su debilidad esencial.
Y era muy débil cuando se trataba de él.
Con una oleada de dolor, le visualizó en ese monitor de seguridad con sus manos sobre el cuerpo de Gina. Al igual que las bandas con púas que usaba, esa imagen le inundaba de agonía, y no pudo evitar pensar que se merecía lo que iba a sentir al observarle ahogarse en sexo vacío y despreocupado.
Cerró la ducha, recogió sus cilicios y el cuchillo del lustroso suelo de mármol, y salió, dejando caer todo el metal en un lavabo para que goteara hasta secarse.
Mientas le daba uso a una de la súper lujosas toallas negras de Rehv, deseó que fuera...
—Papel de lija, ¿no? —dijo Rehv arrastrando las palabras desde el umbral.
Xhex se detuvo con la toalla atravesada en la espalda y miró al espejo. Rehv estaba recostado contra la jamba, su abrigo de marta le hacía parecer un gran oso macho, su mohawk y sus agudos ojos púrpuras daban testimonio de su lado guerrero a pesar de toda la ropa metrosexual que llevaba.
—¿Cómo te fue esta noche? —le preguntó, poniendo un pie en la encimera del lavabo y haciendo bajar la tela negra afelpada hasta el tobillo.
—Yo podría preguntarte lo mismo. ¿Qué coño te está pasando?
—Nada. —Levantó la otra pierna—. Entonces, ¿cómo fue la reunión?
Rehv mantuvo la mirada en la suya, no porque respetara el hecho de que estuviera desnuda, sino porque honestamente le daba igual. Demonios, hubiera actuado igual si Trez o iAm le hubieran mostrado el trasero. Hacía mucho tiempo que había dejado de verla como hembra, a pesar de que se alimentaban el uno del otro.
Tal vez fuera eso lo que le gustaba de John Matthew. La miraba, la tocaba y la trataba como si fuera una hembra. Como si fuera preciosa.
No porque no fuera tan fuerte como él, sino porque era única y especial...
Jesús. Líbrala del estrógeno. Y en cualquier caso, que todo quedara en el pasado.
—¿La reunión? —le animó ella.
—Bien. De aquella manera. ¿En cuanto al Consejo? No aparecieron, pero esto sí. —Rehv sacó un sobre largo y delgado del bolsillo de su pecho y lo lanzó sobre la encimera—. Te dejaré leerlo luego. Basta decir que ya hace mucho tiempo que mi secreto es de conocimiento público. Mi padrastro se fue de la lengua cuando estaba de camino al Fade, y fue un milagro que la mierda no salpicara antes.
—Hijo de puta.
—Por cierto, eso es una declaración jurada. Y no sólo unos cuantos garabatos en la parte de atrás de una servilleta. —Rehv sacudió la cabeza—. Voy a tener que entrar en esa casa de Montrag. Ver si hay alguna copia más por ahí.
—Yo puedo hacerlo.
Esos ojos amatista se entrecerraron.
—Sin ofender, pero pasaré de la oferta. No tienes buen aspecto.
—Eso es sólo porque hace tiempo que no me ves sin ropa. Dame algo de cuero y volverás a verme como una tipa dura.
Los ojos de Rehv bajaron hacia las heridas abiertas que tenía alrededor de los muslos.
—Es difícil imaginar que te metieras conmigo por lo que estaba haciendo con mi brazo, considerando el aspecto de esos pinchos tuyos.
Ella se cubrió con la toalla.
—Hoy iré a la casa de Montrag.
—¿Por qué estabas tomando una ducha?
—Porque estaba toda ensangrentada.
La sonrisa que se extendió por la boca de Rehv revelando sus colmillos fue del tipo «festejemos».
—Encontraste a Grady.
—Sip.
—Bieeeeen.
—Es de esperar que el DPC nos haga una visita en cualquier momento.
—Lo estoy deseando.
Xhex secó los cilicios y el cuchillo, luego pasó junto a Rehv y fue hacia los setenta centímetros cuadrados del armario de él que le pertenecían. Sacando un par de pantalones de cuero limpios y una camiseta negra sin mangas, miró sobre su hombro.
—Te importaría darme algo de privacidad.
—¿Te pondrás esas malditas cosas otra vez?
—¿Cómo va tu provisión de dopamina?
Rehv rió quedamente y se dirigió hacia la puerta.
—Yo me ocuparé de registrar la casa de Montrag. Últimamente has hecho suficiente trabajo sucio para otras personas.
—Puedo ocuparme.
—Eso no quiere decir que debas hacerlo. —Metió la mano en el bolsillo y sacó su teléfono móvil—. Joder, olvidé volver a encender esta maldita cosa.
Cuando la pantalla se iluminó, bajó la mirada y sus emociones... fluctuaron.
Sus emociones realmente habían fluctuado.
Tal vez se debía a que no llevaba puestos los cilicios y su lado symphath no tardaba mucho en aflorar, pero no pudo evitar concentrarse seriamente en él, la debilidad que éste desplegó la hizo sentir curiosidad.
Sin embargo lo que notó, no fue tanto su rejilla emocional... sino el hecho de que su aroma era diferente.
—Te has alimentado de alguien —le dijo.
Rehv se quedó congelado, delatándose por la inmovilidad de ese gran cuerpo suyo.
—Ni siquiera intentes mentir —murmuró ella—. Puedo olerlo.
Rehv se encogió de hombros, y ella se preparó para todo un lote de no–es–nada. Hasta abrió la boca, y su rostro asumió la expresión aburrida que utilizaba para distanciarse de la gente.
Excepto que no dijo nada. No parecía capaz de soltar la parrafada.
—Guau. —Xhex sacudió la cabeza—. Es algo serio, ¿eh?
Evidentemente ignorar la pregunta era lo mejor que él podía hacer.
—Cuando estés lista, nos reuniremos con Trez e iAm y nos pondremos al día antes de cerrar.
Rehv giró sobre sus mocasines y volvió a salir hacia la oficina.
Curioso, pensó para sí misma, mientras recogía una de las bandas de acero y se preparaba para colocarla alrededor de su muslo, nunca había esperado verle así. Jamás.
La hizo preguntarse quién sería ella. Y cuánto sabía la hembra acerca de él.


Rehv fue a su escritorio y se sentó, con el teléfono en la mano. Ehlena había llamado y dejado un mensaje, pero en vez de malgastar el tiempo escuchándolo, buscó su información de contacto y...
La llamada entrante fue la única que le pudo disuadir de terminar de marcar. Respondió y dijo:
—¿Con qué Hermano hablo?
—Vishous.
—¿Qué pasa, hombre?
—Nada bueno, ¿verdad?
El tono seco de la voz del tipo hizo que Rehv pensara en accidentes de tráfico. De los graves que requerían el gato hidráulico para liberar cuerpos.
—Habla.
El Hermano habló y habló y habló. E–mail. Tapadera develada. Deportación.
En ese momento debió haberse suscitado un largo intervalo de silencio, porque Rehv oyó su nombre.
—¿Estás ahí? ¿Rehvenge? ¿Hey, hombre?
—Sí, estoy aquí. —Más o menos. El rugido que embotaba su mente le distraía un poco, sonaba como si el edificio en el que se encontraba estuviera derrumbándose a su alrededor.
—¿Has oído mi pregunta?
—Ah... no. —El rugido se había vuelto tan estrepitoso, que tuvo la seguridad de que el club había sido bombardeado y las paredes se estaban desmoronando y el techo se estaba viniendo abajo.
—Intenté rastrear el e–mail y estoy casi seguro de que proviene de una dirección IP del norte del estado cerca de la colonia, si es que no está dentro mismo de ella. Realmente no creo que esto provenga de un vampiro en absoluto. ¿Sabes de alguien allá arriba que pueda intentar divulgar tu identidad?
Así que a la princesa ya no le interesaba jugar a los chantajistas.
—No.
Ahora fue el turno de V de quedarse callado.
—¿Estás seguro?
—Sí.
La princesa había decidido convocarle a casa. Y si no iba, estaba claro que enviaría e–mails a toda la glymera y además de revelar el secreto de Rehv, implicaría a Wrath y a la Hermandad. ¿Esto unido a la declaración jurada que había aparecido esa noche?
La vida tal y como la conocía había acabado.
No es que la Hermandad necesitara enterarse de ello.
—¿Rehv?
Con voz inerte, respondió:
—Es sólo una consecuencia desagradable de la mierda de Montrag. No te preocupes por eso.
—¿Qué demonios ocurrió?
La voz aguda de Xhex desde la puerta del dormitorio le ayudó a concentrarse, y la miró. Al encontrar su mirada, su cuerpo fuerte y sus perspicaces ojos grises le resultaron tan familiares como su propio reflejo, y lo mismo le pasaba a ella... así que por la expresión de su rostro ella supo lo que estaba ocurriendo exactamente.
Lentamente el color abandonó sus mejillas.
—¿Qué ha hecho? ¿Qué te ha hecho esa cabrona?
—Tengo que dejarte, V. Gracias por llamar.
—¿Rehvenge? —interrumpió el Hermano—. Mira, amigo, ¿por qué no me permites seguir intentando rastrear...?
—Es una pérdida de tiempo. Allá en el norte nadie lo sabe. Créeme.
Rehv finalizó la llamada, y antes de que Xhex pudiera saltar, marcó buzón de voz y puso el mensaje de Ehlena. De todas formas, sabía lo que iba a decirle. Sabía exactamente...
—Hola Rehv, acabo de tener una visita de esa… hembra. Ha dicho muchos disparates acerca de ti. Yo sólo… bueno, pensé que deberías saberlo. Para ser honesta, es espeluznante. De todos modos, tal vez ¿podrías llamarme para hablar de ello? Realmente te lo agradecería. Adiós.
Borró el mensaje, pulsó fin, y dejó el móvil sobre el escritorio, alineándolo con el secante negro de cuero para que el LG estuviera perfectamente vertical.
Xhex se acercó, y mientras lo hacía se produjo una súbita llamada a la puerta y alguien entró.
—Danos un minuto, Trez. —Oyó que decía ella—. Llévate a Rally contigo, y no dejes que nadie entre aquí.
—¿Qué pa...?
—Ahora. Por favor.
Rehvenge estaba mirando fijamente el teléfono, y sólo fue débilmente consciente de un movimiento deslizante y de la puerta cerrándose.
—¿Oyes eso? —le dijo quedamente.
—¿Oír qué? —preguntó Xhex mientras se acercaba y se arrodillaba junto a su silla.
—Ese sonido.
—Rehv, ¿qué ha hecho?
La miró a los ojos y en vez de verla a ella vio a su madre en su lecho de muerte. Qué curioso, ambas mujeres tenían el mismo tipo de súplica en sus miradas. Y ambas eran personas a las que quería proteger. Ehlena estaba en esa lista. Así como su hermana. Así como Wrath y la Hermandad.
Rehvenge extendió el brazo hacia adelante y acunó la barbilla de su segunda al mando.
—Sólo son cosas de la Hermandad, y estoy realmente cansado.
—Y una mierda cosas de la Hermandad y una mierda estás cansado.
—¿Puedo preguntarte algo?
—¿Qué?
—¿Si te pidiera que te ocupes de una hembra por mí, te asegurarías de que se hiciera?
—Sí, joder, sí. Jesús, hace más de veinte años que estoy deseando matar a esa perra.
Él dejó caer la mano y luego extendió la palma.
—Por tu honor, júralo.
Xhex estrechó su mano como lo haría un hombre, no fue únicamente un toque sino una promesa.
—Tienes mi palabra. Lo que quieras.
—Gracias. Escucha, Xhex, voy a echarme...
—Pero primero tienes que darme una pista de lo que está pasando.
—¿Tú cierras?
Ella se sentó sobre los tobillos.
—¿Qué. Coño. Está. Pasando?
—Sólo era Vishous con otro bache en la carretera.
—Mierda, ¿Wrath está teniendo problemas con la glymera?
—Mientras haya una glymera, va a tener problemas.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué estás pensando en la playa de un anuncio de los ochenta?
—Porque los medallones de hombre están volviendo a ponerse de moda. Puedo sentirlo. Y deja de intentar ahondar en mí.
Hubo un largo silencio.
—Voy a achacarle esto a la muerte de tu madre.
—Excelente plan. —Afirmó su bastón contra el suelo—. Ahora, voy a dormir un poco. Llevo levantado como dos días seguidos.
—Bien. Pero la próxima vez, intenta bloquearme con algo menos aterrador que Deney Terrio[8] en las Bahamas.
Cuando se quedó solo, Rehv miró a su alrededor. La oficina había visto mucha acción: montones de dinero cambiando de manos. Montones de droga haciendo lo mismo. Montones de listillos que habían tratado de joderlo, sangrando.
A través de la puerta abierta a su dormitorio miró al apartamento en el que había pasado gran cantidad de noches. Apenas llegaba a ver la ducha.
Tiempo atrás cuando todavía era capaz de tolerar el veneno de la princesa, cuando era capaz de ir a ella, ocuparse del asunto y conservar la suficiente fuerza como para traer su propio culo a casa, siempre se bañaba en ese baño. No había querido contaminar el hogar familiar con lo que tenía sobre su piel, y había necesitado abundancia de jabón, agua caliente y frotar con fuerza antes de poder volver a ver a su madre y a su hermana. Era irónico pero cuando llegaba a su casa, su madre invariablemente le preguntaba si había estado en el gimnasio, porque tenía «un brillo saludable en la cara».
Nunca se había sentido lo bastante limpio. Pero bueno, los actos desagradables no eran como la suciedad... no podías hacerlos desaparecer lavándote.
Dejó que su cabeza cayera hacia atrás y en su mente recorrió el ZeroSum, visualizando la sala de corte de Rally, la sección VIP, la cascada que servía como pared, la pista de baile abierta y las barras. Conocía cada centímetro del club y todo lo que ocurría en él, desde lo que hacían las chicas cuando se ponían de rodillas y de espaldas, hasta como trabajaban los corredores de apuestas con sus probabilidades y la cantidad de sobredosis de droga con las que Xhex había lidiado.
Tantos negocios sucios.
Pensó en Ehlena que había perdido su trabajo por conseguirle unos antibióticos que él había sido demasiado imbécil como para irlos a buscar a la clínica de Havers. Ves, eso era una buena acción. Y lo sabía no sólo porque se lo había enseñado a sí mismo aprendiéndolo al frecuentar a la gente de su madre, sino porque sabía que tipo de persona era Ehlena. Era intrínsecamente bondadosa, y por consiguiente hacía buenas acciones.
Lo que él había estado haciendo aquí no era y nunca había sido bueno, por ser él quien era.
Rehv pensó en el club. La cuestión era que los lugares de tu vida, como la ropa que vestías, el coche que conducías y los amigos y socios que tenías, eran el producto de tu forma de vida. Y él vivía de forma oscura, violenta y sórdida. Y también iba a morir de ese modo.
Se merecía el destino que le estaba reservado.
Pero de camino a la salida, iba a hacer las cosas bien. Por una vez en su vida, iba a hacer lo correcto por las razones correctas.
E iba a hacerlo por la breve lista de personas a las que... amaba.







[1] Famoso actor porno estadounidense. (N. de la T.)
[2] Terminales dónde puedes pagar tus compras sin la intervención de una cajera. (N. de la T.)
[3] Bad Santa Película de comedia negra. Donde dos delincuentes aprovechan las Fiestas Navideñas, para disfrazarse de Santa Claus y uno de sus ayudantes, y entrar a formar parte del personal de los centros comerciales, para robar la recaudación del día. (N. de la T.)
[4] Hace referencia a una escena y frase de la película Atracción Fatal, donde Glenn Close se obsesiona y acosa al personaje de Michael Douglas cuando éste da por finalizada la relación. (N. de la T.)
[5]En el original: Be still, my heart; título de una canción de Silje Nergaard. (N. de la T.)
[6] Travelodge es una cadena de hoteles. (N. de la T.)
[7]Personaje de un anuncio televisivo que representa a un técnico de lavadoras y otros electrodomésticos de la casa Maytag. (N. de la T.)
[8] Deney Terrio actor de los ochenta. (N. de la T.)

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