miércoles, 25 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 52 53 54

Capítulo 52


Al otro lado de la ciudad, en la mansión de la Hermandad, Tohr estaba en la sala de billar, con el trasero sobre una silla que había arrastrado y puesto en ángulo para poder ver la puerta del vestíbulo. En su mano derecha sostenía un reloj negro del nuevo modelo de Timex, Indiglo, al cual le estaba ajustando la hora y la fecha, y a la altura de su codo izquierdo tenía un vaso largo con un batido de helado de café. Casi había acabado con el reloj y sólo había consumido un cuarto del batido.
Su estómago no estaba manejando bien toda la cantidad de alimento que le estaba tirando, pero le importaba un bledo. Necesitaba ganar peso rápidamente, así que su tripa iba a tener que ajustarse al programa.
Con un pitido final, el reloj estuvo ajustado, se lo puso en la muñeca y en la superficie señalaba un resplandeciente 4:57 a.m.
Volvió a mirar hacia la puerta del vestíbulo. Que se joda el reloj y la comida. Lo que realmente estaba haciendo era esperar que John atravesara la maldita cosa con Qhuinn y Blay.
Quería a su chico seguro en casa. Aunque John ya no fuera un chico, y no hubiera sido suyo desde que lo dejó en la estacada un año atrás.
—Sabes, no puedo creer que no estés mirando esto.
La voz de Lassiter hizo que recogiera el vaso y tomara un sorbo por la pajita para no lanzarle otro cierra–la–boca–perdedor al cabrón. El ángel adoraba la televisión, pero sufría de un grave caso de TDA. Siempre estaba cambiando de canal. Sólo Dios sabía qué estaba mirando ahora.
—Quiero decir, es una mujer, yendo sola por el mundo. Ella es genial y usa buena ropa. Es realmente un buen programa.
Tohr miró por encima del hombro. El ángel estaba despatarrado en el sofá, con el mando en la mano y la cabeza apoyada en un cojín bordado que había hecho Marissa y que decía, Colmillos Para Los Recuerdos. Y más allá, en la pantalla plana, había…
Tohr casi se ahogó con el batido.
—¿Qué demonios estás haciendo? Esa es Mary Tyler Moore, cabronazo.
—¿Así se llama?
—Sí. Y no te ofendas, no deberías excitarte tanto con ese programa.
—¿Por qué?
—Es como que está un paso por encima de una película del canal Lifetime[1]. Ya que estás, bien podrías pintarte las uñas de los pies.
—Como sea. Me gusta.
El ángel no parecía encajar el hecho de que ver a MTM[2] en Nick at Nite en el canal infantil de Nickelodeon no era como ver AMC[3] en el canal para hombres Spike. Si cualquiera de los Hermanos veía esto, a Lassiter le iban a dar una buena zurra en el culo.
—Hey, Rhage —gritó Tohr hacia el comedor—. Ven a ver lo que esta lámpara de lava tiene en el tubo.
Hollywood entró llevando en la mano un plato con una montaña de puré de patatas y rosbif. Generalmente, en su mayor parte no creía en las verduras, las consideraba «una pérdida de espacio calórico», así que las judías verdes que había habido en la Primera Comida estaban ostensiblemente ausentes del plato recalentado.
—Que está mirando… Oh, ¡oye! Mary Tyler Moore. La adoro. —Rhage aparcó el culo en uno de los sofás junto al ángel—. Buen atuendo.
Lassiter le disparó una mirada de ves–te–lo–dije en dirección a Tohr.
—Y Rhoda es bastante sexy.
Se golpearon los nudillos entre sí.
—Totalmente de acuerdo. 
Tohr volvió a su batido.
—Vosotros dos sois una vergüenza para el sexo masculino.
—¿Por qué? ¿Por qué no somos fans de Godzilla? —contestó Rhage.
—Al menos yo puedo mantener la cabeza alta en público. Vosotros dos deberíais estar mirando esa mierda escondidos en un armario.
—No siento la necesidad de ocultar mis preferencias. —Rhage arqueó las cejas, cruzó las piernas, y extendió el meñique de la mano con la que sostenía el tenedor—. Soy lo que soy.
—Por favor, no me tientes con esa clase de oportunidad —murmuró Tohr, ocultando una sonrisa al morder su pajita otra vez.
Cuando todo quedó en silencio, les echó un vistazo, listo para seguir…
Rhage y Lassiter le estaban mirando fijamente, con una cauta aprobación en sus rostros.
—Oh, qué coño, no me miréis así.
Rhage fue el primero en recuperarse.
—No lo puedo evitar. Estas tan sexy con esos pantalones holgados en el culo. Tengo que conseguir un par, porque nada habla tanto de «sensualidad» como usar algo que parecen dos bolsas de basura cosidas entre sí sobre tu raqueta y tus pelotas.
Lassiter asintió.
—Totalmente mierfantástico.  Inscribe mis pelotas por un par de esos.
—¿Has conseguido esa mierda en Home Depot? —Rhage inclinó la cabeza a un lado—. ¿En la sección de extracción de basura?
Antes de que Tohr pudiera contraatacar, Lassiter intervino.
—Hombre, sólo espero poder conseguir el aspecto de tener una buena carga en mis boxers como tú. ¿Te entrenaron para eso? ¿O es sólo un caso de falta de culo?
Tohr no pudo evitar reír.
—Estoy rodeado de culos–rotos. Créeme.
—Lo cual explicaría por qué te sientes tan seguro al salir sin uno.
Rhage contribuyó:
—Ahora que pienso en ello, en realidad tienes la misma constitución que Mary Tyler Moore. Así que no me sorprende que no te guste.
Tohr tomó un deliberado sorbo del batido.
—Voy a ganar algo de peso sólo para echároslo en cara.
La sonrisa de Rhage permaneció en su lugar, pero sus ojos se pusieron serios.
—Estoy ansioso por ver eso, realmente quiero ver eso.
Tohr volvió a centrarse en la puerta del vestíbulo, encerrándose en sí mismo y poniéndole punto final a las bromas porque de repente ya no le caían tan bien.
Lassiter y Rhage no siguieron su ejemplo. El par era una combinación de jodidas chismosas del infierno, y hacían comentarios sarcásticos el uno del otro, acerca de lo que estaba en la televisión, de lo que Rhage estaba comiendo y de si el ángel estaba perforado y…
Tohr se habría ido si hubiera podido observar la puerta principal desde cualquier otra parte…
El sistema de seguridad emitió un pitido cuando la puerta exterior de la mansión se abrió. Hubo una pausa seguida de otro pitido y del sonido de un gong.
Mientras Fritz corría para responder al llamado, Tohr se incorporó, sentándose más derecho, lo cual fue patético, dado el estado de su cuerpo. El tamaño de su torso no iba a mejorar mágicamente el hecho de que pesara poco más que la silla en la que su inexistente culo estaba aparcado.
Qhuinn fue el primero en entrar a zancadas, el chico vestía de negro, y los piercings de bronce que le recorrían la oreja y le marcaban el labio inferior reflejaron la luz. Blaylock fue el siguiente, vestido como todo un Señor Universitario con su jersey de cachemir de cuello alto y sus pantalones de vestir. Mientras el par se dirigía a las escaleras, se podía ver que las expresiones de ambos eran tan diferentes como sus atuendos. Qhuinn evidentemente había tenido una muy buena noche, a juzgar por la sonrisa de me–he–acostado–con–alguien que se veía en su boca. Blay, por otro lado, parecía que había estado en el dentista, la expresión de su boca era torva, y tenía los ojos fijos en el suelo de mosaico.
Quizá John no regresara. Pero, ¿dónde se quedaría…?
Cuando John entró en el vestíbulo, Tohr no pudo evitarlo: se levantó de su asiento, sujetándose al alto respaldo de la silla cuando se tambaleó.
El rostro de John estaba absolutamente inexpresivo. Estaba despeinado, pero no por el viento y a un lado de su cuello había una serie de arañazos, del tipo hecho por las uñas de una hembra. De él se desprendía un olor que era una mezcla de Jack Daniels, múltiples perfumes y sexo.
Parecía cien años más viejo que hacía unas pocas noches, cuando había estado sentado al lado de la cama de Tohr haciendo de El Pensador. Este no era un niño. Era un macho adulto desahogándose del modo eficazmente comprobado en que la mayoría de los tipos lo hacían.
 Tohr volvió a hundirse en la silla, esperando ser ignorado, pero cuando John llegó al primer escalón, puso su bota en él y giró la cabeza como si supiera que alguien le estaba observando. Su expresión no cambió en absoluto cuando se encontró con la mirada fija de Tohr. Sólo levantó la mano con poca convicción y siguió su camino.
—Me preocupaba que decidieras no volver al hogar —dijo Tohr en voz alta.
Qhuinn y Blay se detuvieron. Rhage y Lassiter se callaron. Las voces de Mary y Rhoda llenaron el vacío.
 John apenas se detuvo para gesticular:
 Esto no es un hogar. Es una casa. Y necesito un lugar para quedarme.
John no esperó respuesta, y la disposición de sus hombros sugería que no estaba interesado en obtener una. Era evidente que Tohr podría hablar hasta que la lengua se desgastara y se convirtiera en un muñón acerca de cómo la gente que aquí vivía se preocupaba por John, pero nada sería registrado.
Cuando los tres desaparecieron escaleras arriba, Tohr terminó su batido, llevó el vaso largo a la cocina, y lo metió en el lavaplatos, sin un doggen que le preguntase si quería algo más para comer o beber. No obstante, Beth estaba revolviendo una olla de estofado y tenía el aspecto de querer deslizarle un tazón, así que no se demoró allí.
El viaje hasta el primer piso fue largo y duro, pero no porque se sintiera débil físicamente. Había hecho un buen trabajo jodiendo a John, y ahora estaba cosechando toda la indiferencia que había sembrado. Maldita sea…
El estrépito y el grito que atravesaron las puertas cerradas del estudio sonaron como si alguien hubiera sido atacado, y el cuerpo de Tohr, aunque frágil, respondió por instinto, golpeando la puerta con fuerza y abriéndola.
Wrath estaba agachado detrás del escritorio, con los brazos extendidos frente a él, el ordenador, el teléfono y los papeles estaban dispersos como si los hubiera empujado, su silla estaba de lado. En la mano, tenía las gafas envolventes que el Rey siempre llevaba puestas y sus ojos miraban fijamente al frente.
—Mi señor…
—¿Están encendidas las luces? —Wrath respiraba con dificultad—. ¿Están las jodidas luces encendidas?.
Tohr corrió y agarró uno de los brazos del Rey.
—Fuera en el pasillo, sí. Y está el fuego. Qué…
El poderoso cuerpo de Wrath comenzó a sacudirse tanto que Tohr tuvo que levantar al hermano. Lo cual requería más músculo del que tenía. Joder, si no conseguía ayuda los dos iban a caerse. Cerrando la boca sobre los incisivos, dio un fuerte y largo silbido y luego volvió a la labor de tratar de no soltar a su rey.
Rhage y Lassiter fueron los primeros en llegar corriendo e irrumpieron abruptamente en la habitación.
—¿Qué demonios…?
—Encended las luces —gritó Wrath otra vez—. ¡Que alguien encienda las jodidas luces!


Mientras Lash permanecía sentado frente a la encimera de granito de la cocina vacía de la casa de piedra rojiza, su disposición mejoró mucho. No era que hubiere olvidado que la Hermandad se había llevado los cajones de armas y las jarras de los asesinos. Ni que los apartamentos Hunterbred hubieran sido comprometidos. Ni que Grady hubiera escapado. Ni que un symphath le estuviera esperando en el norte, y que sin ninguna duda estaba irritado porque Lash todavía no había ido a asesinar a alguien.
Era sólo que el dinero en efectivo te distraía. Y un montón de dinero distraía mucho.
Observó mientras el señor D traía otra bolsa de papel de Hannaford. Salieron más fajos de billetes, cada uno asegurado por una gomita marrón. Cuando el lesser terminó, no quedaba mucho granito libre.
Tremenda manera de calmarle, pensó Lash al alzar la mirada cuando el señor D terminó de acarrear bolsas.
—¿Cuánto hay en total?
—Setenta y dos mil, setecientos cuarenta. He hecho fajos de cien dólares.
Lash tomó uno de los fajos. Esta no era la moneda pulcra que venía de los bancos. Este era dinero sucio y arrugado, sacado de bolsillos de vaqueros, de carteras prácticamente vacías y de abrigos manchados. Prácticamente podía oler la desesperación que emanaba de los billetes.
—¿Cuánto producto nos queda?
—Suficiente para otras dos noches como ésta, pero no más. Y sólo quedan dos distribuidores más. Sin contar al grande.
—No te preocupes por Rehvenge. Me encargaré de él. Mientras tanto, no mates a los otros minoristas… tráelos a un centro de persuasión. Necesitamos sus contactos. Quiero saber dónde y cómo compran. —Por supuesto existía la posibilidad de que hicieran transacciones con Rehvenge, pero quizá había otra persona. Un humano que fuera más maleable—. Lo primero que harás esta mañana, es ir a conseguirnos una caja de seguridad para poner esto ahí adentro. Este dinero es el comienzo y no vamos a perderlo.
—Sí, señor.
—¿Quien vendió la mierda contigo?
—El señor N y el señor I.
Genial. Los jodidos retrasados que habían dejado escapar a Grady. No obstante, se habían desempeñado bien en las calles y Grady había encontrado un final creativo y penoso. Además Lash había tenido oportunidad de ver a Xhex en acción. Así que no todo estaba perdido.
Definitivamente iba a ir al ZeroSum de visita.
Y en cuanto a N e I, matarles era más de lo que merecían, pero en este momento necesitaba a esos imbéciles para hacer dinero.
—Al anochecer, quiero a esos dos lessers pasando producto.
—Pensaba que quería…
—Antes que nada, tú no pienses. Y segundo, necesitamos más de estos. —Tiró los sucios billetes de vuelta entre los demás fajos—. Tengo planes que cuestan dinero.
—Sí, señor.
De improviso al considerar las cosas, Lash se inclinó hacia delante y recogió el fajo que había tirado. La mierda era difícil de soltar, aunque todo era suyo, y en cierta forma, e inesperadamente la guerra parecía menos interesante.
Agachándose, asió una de las bolsas de papel y la llenó.
—Respecto al Lexus.
—Sí, señor.
—Cuida de él. —Metió la mano en el bolsillo y le tiró al señor D las llaves de la cosa—. Es tu nuevo medio de transporte. Si vas a ser mi hombre en la calle, tienes que aparentar que sabes lo que estás haciendo.
—¡Sí, señor!
Lash puso los ojos en blanco, pensando lo poco que costaba motivar al estúpido.
—No jodas nada mientras estoy fuera, ¿estamos?
—¿Adónde va?
—A Manhattan. Me podrás encontrar en el móvil. Hasta pronto.


Capítulo 53



Al amanecer de un día frío y con nubes que moteaban el cielo azul lechoso, José De la Cruz condujo a través de las puertas del Cementerio Pine Grove y serpenteó entre filas y filas de lápidas mortuorias. Las sendas y curvas estrechas le recordaron al Life, ese viejo juego de mesa al que jugaba con su hermano cuando eran niños. Cada jugador tenía un cochecito con seis agujeritos y comenzaba con una clavija que le representaba. Mientras se desarrollaba el juego, te movías por el camino, recogiendo más clavijas que representaban una mujer y niños. El objetivo era adquirir personas, dinero y oportunidades para cubrir los agujeros de tu coche, para llenar esos vacíos con los que empezabas.
Miró a su alrededor, pensando que en el juego llamado La Vida Real, terminabas cubriendo un agujero en la tierra con tu mismísima persona. Difícilmente el tipo de cosa que querrías que tus hijos aprendieran de una caja.
Cuando llegó a la tumba de Chrissy, aparcó el coche en el mismo lugar donde había estado la noche anterior, hasta aproximadamente la una de la mañana. Más adelante, había tres coches de policía del DPC, cuatro uniformados con parkas, y un tramo de cinta amarilla rodeando la escena del crimen estirado entre una y otra lápida formando un estrecho cuadrado.
Se llevó el café con él aunque en el mejor de los casos estaría tibio, y mientras se acercaba, a través del círculo que formaban las piernas de sus colegas vio las suelas de un par de botas.
Uno de los policías miró por encima del hombro, y la expresión en el rostro del tipo puso sobre aviso a José acerca de la condición del cuerpo: si le ofrecías al uniformado una bolsa para el mareo, desfondaría la maldita cosa.
—Hola… Detective.
—¿Cómo estás, Charlie?
—Estoy… bien.
Sí, seguro.
—Eso parece.
Los otros tipos echaron un vistazo y asintieron, cada uno de ellos lucía una expresión idéntica de tengolaspelotascontraelintestino.
Por otro lado, el fotógrafo asignado a la escena del crimen, era una mujer conocida por tener problemas. Cuando se agachó y comenzó a disparar, lucía una pequeña sonrisa en el rostro, como si disfrutara de la vista. Y quizá fuera a deslizar una de las espontáneas en su billetera.
Grady había mordido el polvo con fuerza. Literalmente.
—¿Quién le encontró? —preguntó José, agachándose para examinar el cuerpo. Cortes limpios. Un montón. Era el trabajo de un profesional.
—El encargado del terreno —dijo uno de las policías—. Hace una hora más o menos.
—¿Dónde está ese tipo ahora? —José se puso de pie y se apartó a un lado para que la pollasógina[4] pudiera seguir con su trabajo—. Querría hablar con él.
—Regresó a la barraca a tomar un café. Lo necesitaba. Estaba muy conmocionado.
—Bien, eso puedo comprenderlo. La mayor parte de los cuerpos de por aquí no están encima de las tumbas.
Los cuatro uniformados le miraron como diciendo: Sí, y tampoco están en estas condiciones.
—He acabado con el cuerpo —dijo la fotógrafa mientras ponía la tapa en la lente—. Y ya he tomado unos disparos del material que había en la nieve.
José rodeó la escena con cuidado para no perturbar las diversas huellas ni las banderitas numeradas, ni el sendero que había sido hecho en el suelo. Lo que había sucedido estaba claro. Grady había intentado huir de quien quiera que lo hubiera apresado y falló. Por los regueros de sangre, había sido herido, probablemente lo justo para incapacitarlo, y luego lo habían trasladado hasta la tumba de Chrissy, donde había sido desmembrado y matado.
José volvió adonde estaba el cuerpo y echó un vistazo a la lápida, advirtiendo una franja marrón que corría desde la parte superior hacia abajo por la parte delantera. Sangre seca. Y estaba dispuesto a apostar que había sido puesto allí a propósito y cuando todavía estaba tibia: parte de la sustancia había goteado metiéndose dentro de las letras grabadas que deletreaban CHRISTIANNE ANDREWS.
—¿Captaste esto? —preguntó.
La fotógrafa le miró con furia. Luego destapó, disparó y tapó.
—Gracias —le dijo—. Te llamaremos si necesitamos algo más.
O si encontraba a algún otro tipo cortado de este modo.
Ella volvió a bajar la vista hacia Grady.
—Será un placer.
Eso es obvio, pensó él, tomando un sorbo de su café y haciendo una mueca. Viejo. Frío. Desagradable. Y no sólo la fotógrafa. Hombre, el café de la comisaría era definitivamente de lo peor, y si no hubiera estado en una escena de crimen, se habría deshecho de la bazofia y aplastado la taza de plástico.
José paseó la vista por la escena. Árboles donde ocultarse. Ninguna luz más que la de la carretera. Las puertas cerradas durante la noche.
Si sólo se hubiera quedado un poco más… podría haber detenido al asesino antes de que castrara a Grady, le diera al HDP su última comida y disfrutara indudablemente viéndole morir.
—Maldición.
Una furgoneta gris con el escudo del condado en la puerta del conductor se acercó y se detuvo, salió un tipo con una pequeña bolsa negra y se acercó trotando.
—Lamento llegar tarde.
—No hay problema, Roberts. —José chocó las palmas con el médico forense—. Cuando puedas, nos gustaría tener el tiempo estimado de la muerte.
—Seguro, pero sólo será estimado. ¿Quizá con un margen de error de cuatro horas?
—Lo que sea que puedas decirnos será genial.
Mientras el tipo se sentaba sobre sus piernas y empezaba a trabajar, José volvió a pasear la vista por el lugar, luego volvió a hacerlo otra vez y se quedó mirando fijamente las huellas. Tres clases diferentes, una de las cuales se ajustaría a las de Grady. De las otras dos habría que sacar moldes y serían investigadas por los tipos del escuadrón de la Científica que debían de estar por llegar en cualquier momento.
De entre las dos desconocidas había un par las cuales eran más pequeñas que las otras.
Y estaba dispuesto a apostar su casa, su coche y los fondos universitarios de sus dos hijas a que resultarían ser de una mujer.


En el estudio, de la mansión de la Hermandad, Wrath estaba sentado muy erguido en su silla, aferrándose a ambos brazos de la misma con fuerza mortal. Beth estaba en la habitación con él, y por el aroma que desprendía podía decir que estaba aterrorizada. Había otras personas también. Hablando. Paseando.
No podía ver nada excepto oscuridad.
—Viene Havers —anunció Tohr desde las puertas dobles. Su voz acalló la habitación como si fuera el botón de quitar sonido, cortando todas las voces y todos los sonidos de movimiento—. En este preciso momento Doc Jane está hablando por teléfono con él. Le traerán en una de las ambulancias con cristales polarizados, porque será más rápido que si Fritz va a recogerlo.
Wrath había insistido en esperar un par de horas antes de llamar siquiera a Doc Jane. Tenía esperanzas de que su visión regresara. Todavía seguía conservando las esperanzas.
Más bien rezaba.
Beth había demostrado gran entereza, quedándose a su lado y sosteniéndole la mano mientras él luchaba contra la oscuridad. Pero hacía un momentito, se había excusado. Cuando regresó, él había podido oler sus lágrimas aunque sin duda ella se las había enjugado.
Eso fue lo que accionó el disparador para llamar a los médicos.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Wrath bruscamente.
—TEA veinte minutos.
Cuando reinó el silencio, Wrath supo que los demás Hermanos estaban a su alrededor. Oyó a Rhage desenvolver otro Toostie Pop. Y el roce del pedernal cuando V encendió un cigarrillo y exhaló tabaco turco. Butch estaba masticando chicle, los suaves ruiditos parecían una metralleta, como si sus molares fueran zapatos de claque sobre un suelo de parqué. Z estaba allí, y tenía a Nalla en brazos, su dulce y encantador aroma y sus ocasionales gorjeos provenían del rincón más alejado. Incluso Phury estaba con ellos, había elegido pasar el día allí, y estaba junto a su gemelo y su sobrina.
Sabía que estaban todos allí… y sin embargo, estaba solo. Absolutamente solo, absorbido profundamente por su cuerpo, aprisionado en la ceguera.
Wrath clavó los codos sobre los brazos de la silla para no gritar. Quería ser fuerte para su shellan, sus hermanos y su raza. Quería dejar caer un par de chistes, reírse de esto como si fuera un interludio que pasaría pronto, demostrar que todavía tenía pelotas y ese tipo de mierda.
Carraspeó. Pero en vez de algo en la línea de: el hombre entró en el bar con un loro en el hombro… lo que salió fue:
—¿Esto fue lo que viste?
Las palabras fueron guturales, y todos sabían a quién estaban dirigidas.
La respuesta de V fue baja.
—No se de qué estás hablando.
—Mientes. —Wrath estaba inmerso en la oscuridad, rodeado por sus hermanos, y nadie era capaz de alcanzarle. Era lo que Vishous había visto—. Es. Una. Puta. Mentira.
—¿Estás seguro de que quieres hacer esto ahora? —preguntó V.
—¿Es la visión? —Wrath soltó la silla y golpeó el escritorio con el puño—. ¿Es esta la jodida visión?
—Sí.
—El médico está en camino —dijo Beth rápidamente, acariciándole el hombro con la mano—. La doctora Jane y Havers hablarán. Resolverán esto. Lo harán.
Wrath se giró en dirección a donde venía el sonido de la voz de Beth. Cuando extendió la mano en busca de la suya, fue ella quien encontró su palma.
¿Era este el futuro?, pensó. ¿Depender de ella para que le llevara cuando necesitara ir a algún lugar? ¿Qué le guiara como a un jodido lisiado?
Mantén la cordura. Mantén la cordura. Mantén la…
Repitió esas tres palabras una y otra vez hasta que dejó de sentirse como si fuera a explotar.
No obstante la amenaza de explosión regresó inmediatamente cuando oyó entrar a la doctora Jane y a Havers en la habitación. Supo quiénes eran por el hecho de que nuevamente todo el mundo se detuvo en medio de lo que estaba haciendo: no más fumar, no más mascar, ninguna envoltura abriéndose.
Estaba todo en silencio exceptuando las respiraciones.
Y luego se oyó la voz del médico masculino.
—Mi señor, ¿puedo examinarle los ojos?
—Sí.
Hubo un sonido de ropa desplazándose… Sin duda Havers se estaba quitando el abrigo. Y luego un suave golpe, como si un peso hubiese sido dejado sobre el escritorio. Metal contra metal… la cerradura del maletín del doctor al ser abierta.
A continuación sonó la voz bien modulada de Havers:
—Con su permiso, procederé a tocarle el rostro.
Wrath asintió, luego, cuando se produjo el suave contacto, se estremeció y por un momento, al oír el clic de la linternalápiz, tuvo esperanza. Por costumbre, se tensó, preparándose para que la luz golpeara la retina que Havers hubiera elegido examinar en primer lugar. Dios, desde que tenía memoria, podía recordar haber entornado el ojo ante la luz, y después de su transición, se había vuelto mucho peor. Cuando los años fueron pasando…
—Doctor, ¿puede continuar con el examen?
—Yo… mi señor, he terminado. —Hubo un clic, presumiblemente Havers apagando la luz—. Al menos con esta parte.
Silencio. Luego la mano de Beth apretó la de él con más fuerza.
—¿Qué sigue? —demandó Wrath—. ¿Qué puedes hacer a continuación?
Más silencio, que de algún modo hizo que la oscuridad fuera aún más negra.
Correcto. No había muchas opciones. Aunque no sabía por qué le sorprendía tanto. Vishous… jamás se equivocaba.


Capítulo 54


Al caer la noche, Ehlena trituró las píldoras de su padre en el fondo de un mug, y, cuando tuvo un polvo lo suficientemente fino y uniforme, fue a la nevera, sacó el CranRas y sirvió. Por una vez, se sintió agradecida por el orden que su padre requería, porque su mente no estaba en lo que estaba haciendo.
En su estado actual, podía sentirse afortunada de saber en qué Estado vivía. Nueva York, ¿correcto?
Comprobó el reloj. No tenía mucho tiempo. Lusie llegaría en unos veinte minutos, al igual que el coche de Rehv.
El coche de Rehv, no él.
Hacía aproximadamente una hora que le había llamado y dejado el mensaje sobre su ex, en respuesta había recibido un correo de voz. No una llamada telefónica. Él había marcado directamente al sistema, introducido el número de ella, y grabado el mensaje.
El tono de voz había sido bajo y serio.
—Ehlena, siento que fueras abordada de esa forma, y me aseguraré de que nunca vuelva a ocurrir. Si estás libre, me gustaría verte al anochecer. Enviaré mi coche a recogerte a las nueve a menos que reciba una respuesta tuya diciéndome que no puedes. —Pausa—. Lo siento tanto.
Se sabía el mensaje de memoria porque lo había escuchado unas cien veces. Sonaba tan distinto. Como si estuviera hablando en otro idioma.
Naturalmente no había podido dormir durante el día, y al final supuso que había dos formas de interpretarlo: o estaba horrorizado de que ella hubiera tenido que tratar con la hembra, o su reunión realmente había resultado una mierda.
Quizás era una combinación de ambas.
Se negaba a creer que aquella chiflada de mirada enloquecida tuviera alguna credibilidad. Infiernos, a Ehlena la hembra le recordaba mucho a su padre cuando estaba en uno de sus episodios de delirio: ensimismada, obsesiva, viviendo en una realidad alterna. Había tenido la intención de hacer daño y había calibrado sus palabras en consecuencia.
No obstante, habría sido bueno hablar con Rehv. El consuelo le hubiera venido bien, pero al menos no tendría que esperar mucho tiempo para verle.
Después de asegurarse de que la disposición de la cocina era exactamente la misma que cuando había entrado en ella, bajó las escaleras al sótano y fue a la habitación de su padre.
Le encontró en la cama con los ojos cerrados y el cuerpo inmóvil.
—¿Padre? —Él no se movió— ¿Padre?
Cuando prácticamente tiró el mug sobre la mesa, el CranRas salpicó por todas partes.
—¡Padre!
Aquellos ojos se abrieron y bostezó.
En verdad, hija mía, ¿cómo estás tú?
—¿Estás bien? —Lo examinó aunque en su mayor parte estaba cubierto por el edredón de terciopelo. Estaba pálido y tenía el cabello como el de un Chia Pet[5], pero parecía estar respirando naturalmente—. ¿Hay algo...?
El español es algo burdo para el oído, ¿no te parece?
Ehlena se detuvo.
Perdóname. Yo sólo… ¿Estás bien?
—Por supuesto que sí. Me quedé despierto hasta altas horas del día pensando en otro proyecto, y por eso tardé más de lo habitual en levantarme de esta cama. Creo que dejaré que las voces de mi cabeza deambulen por las páginas. Creo que sería beneficioso para mí darles otra forma de salida aparte de a través de mí mismo.
Ehlena permitió que sus rodillas se aflojaran y se sentó sobre la cama sin ninguna elegancia.
Tu zumo, padre. ¿Te gustaría tomarlo ahora?
—Ah, qué encantadora. La doncella es tan amable al prepararlo por ti.
—Sí, es muy amable. —Ehlena le entregó sus medicinas y le observó beber mientras su corazón iba calmándose.
Últimamente la vida no había sido más que una seguidilla de BANGs; POWs y CRACKs al estilo de Batman y ella no había parado de rebotar de un lado a otro de la página del cómic hasta terminar mareada. Parecía que iba a pasar un tiempo antes de que cada pequeña cosa dejara de adquirir, en su mente, las proporciones de un disparatado drama.
Cuando su padre hubo terminado, le besó la mejilla, le dijo que iba a salir un momento y llevó el mug de vuelta arriba. Cuando Lusie llamó a la puerta, unos diez minutos más tarde, la mayor parte del cerebro de Ehlena había vuelto al lugar adonde pertenecía. Iba a ver a Rehv y a disfrutar de su compañía, luego, cuando volviera a casa, reanudaría su búsqueda de trabajo. Todo iba a estar bien.
Mientras abría la puerta, enderezó los hombros con resolución.
—¿Cómo estás?
—Bien —Lusie miró hacia atrás por encima de su hombro— ¿Sabías que hay un Bentley aparcado en tu puerta?
Las cejas de Ehlena se dispararon hacia arriba y se asomó por la jamba. Efectivamente había un flamante Bentley súper brillante y espectacular aparcado delante de su cochecito de alquiler de mierda, parecía tan fuera de lugar como un diamante en la mano de una vagabunda.
La puerta del conductor se abrió y un macho increíblemente guapo de piel oscura se levantó del asiento detrás del volante.
—¿Ehlena?
—Ah...sí.
—He venido a recogerte. Soy Trez.
—Yo... Necesito un minuto.
—Tómate tu tiempo. —Su sonrisa reveló colmillos y eso la tranquilizó. No le gustaba estar en compañía de humanos. No confiaba en ellos.
Se zambulló de regreso en la casa y se puso el abrigo.
—Lusie, ¿podrías seguir viniendo? Parece que seré capaz de seguir pagándote.
—Por supuesto. Haría cualquier cosa por tu padre. —Lusie se ruborizó—. Quiero decir por vosotros dos. ¿Eso quiere decir que has encontrado otro trabajo?
—He logrado estirar el dinero un poco más de lo que esperaba. Y odio que él esté aquí solo.
—Bien, le cuidaré muy bien.
Ehlena sonrió y deseó abrazar a la mujer.
—Siempre lo haces. En cuanto a esta noche, no estoy segura de cuanto tiempo estaré…
—Tómate tu tiempo. Él y yo estaremos bien.
Impulsivamente, Ehlena le dio a la mujer un rápido abrazo.
—Gracias, gracias…
Tomando su bolso, traspasó la puerta antes de terminar poniéndose en ridículo, y en cuanto salió al frío, el conductor acudió para ayudarla a entrar en el Bentley. Vestido con su gabán de cuero negro, parecía más un asesino a sueldo que un chofer, pero cuando volvió a sonreírle, sus oscuros ojos destellaron con un extraordinario brillo verde.
—No te preocupes. Te haré llegar a salvo.
Ehlena le creyó.
—¿Dónde vamos?
—Al centro. Él te está esperando.
Cuando le abrió la puerta, Ehlena se sintió incómoda, aunque sabía que por su parte, él sólo estaba tratando de ser educado con una igual y que no tenía nada que ver con servirla ni nada por el estilo. Era sólo que estaba desacostumbrada a recibir las atenciones de un macho de valía.
Jesús, el Bentley olía bien.
Mientras Trez daba la vuelta y se colocaba tras el volante, ella acarició el fino cuero del asiento y no recordaba haber sentido nada tan lujoso antes.
Y cuando el coche salió del callejón y bajó por la calle, apenas pudo sentir los baches que normalmente la dejaban colgada de la manilla de los taxis. Este era un paseo suave. Un paseo costoso.
¿Dónde iban?
Cuando una brisa suave y templada bañó el asiento trasero, aquel mensaje de voz de Rehv se reprodujo una y otra vez en su mente. La duda parpadeaba en su cabeza, como las luces de freno de los coches que iban delante de ellos, apagándose y encendiéndose, poniéndole freno a su perorata de «todo está bien».
La sensación empeoró. No conocía muy bien el centro, y cuando pasaron de largo por la parte donde estaban las lujosas torres se puso tensa. Era la parte donde se había encontrado con Rehv en el Commodore.
Quizá la estuviera llevando a bailar.
Ya, porque seguro que harías algo así sin decirle a la hembra que se pusiera un vestido.
Cuanto más avanzaban por Trade Street, más acariciaba el asiento que tenía al lado, aunque no lo hacía por su textura. Las cosas se iban poniendo cada vez más sórdidas, la hilera de buenos restaurantes y las oficinas del Cadwell Courier Journal dieron paso a los salones de tatuajes y bares de esos que tenían pinta de tener viejos borrachos en sus taburetes y sucios cuencos de cacahuetes en sus barras. Después venían los clubs, del tipo ruidoso y llamativo que nunca jamás visitaba porque no le gustaba el ruido, ni las luces ni la gente que había en ellos.
Cuando el cartel negro sobre negro del ZeroSum estuvo a la vista, supo que iban a detenerse frente a él y el corazón le bajó hasta el estómago.
Extrañamente, tuvo la misma reacción que había tenido al ver a Stephan en la morgue: Esto no está bien. Esto no puede estar pasando. Ésta no es la manera en que se supone que sean las cosas.
Sin embargo, el Bentley no se detuvo delante del club y por un momento brilló la esperanza.
Pero naturalmente. Entraron en el callejón que había más allá, deteniéndose frente a una entrada privada.
—Es el dueño de este club —dijo ella con voz apagada—. ¿Verdad?
Trez no dio señales de oír la pregunta, pero no hacía falta. Cuando dio la vuelta y le abrió la puerta, permaneció sentada inmóvil y rígida en la parte de atrás del Bentley, mirando fijamente el edificio de ladrillos. Inconscientemente, notó que desde el techo de uno de los lados caía tizne y que la suciedad salpicaba las paredes desde el suelo. Estaba manchado. Sucio.
Recordó haber permanecido al pie del Commodore mirando hacia arriba, a todo el cristal y cromo que brillaba de lo limpio que estaba. Esa era la fachada que él había elegido mostrarle.
Ésta con la mugre era la que se había visto forzado a mostrarle.
—Te está esperando —dijo Trez gentilmente.
La puerta lateral del club se abrió de par en par y apareció otro macho Moro. Detrás de él, todo estaba en penumbra, pero se oía el golpeteo de un bajo.
Realmente, ¿necesitaba ver esto? Se preguntó.
Bien, necesitaba regañar a Rehv, eso era seguro, asumiendo que este desastre fuera en la dirección que parecía estar tomando. Y entonces cayó en la cuenta. Si todo era verdad, tenía un problema aún más grande. Había tenido sexo… con un symphath.
Había dejado que un symphath se alimentara de ella.
Ehlena sacudió la cabeza.
—No necesito esto. Llévame a cas...
Salió una hembra, una que tenía la constitución de un macho, y no sólo por fuera. Sus ojos eran gélidos y absolutamente calculadores.
Se acercó y se inclinó sobre el coche.
—Nada va a hacerte daño aquí dentro. Te lo juro.
Como sea… el daño ya estaba hecho, pensó Ehlena. Estaba teniendo dolores en el pecho parecidos a los que tendrías con un ataque al corazón.
—Él esta esperando —dijo la hembra.
Lo que hizo que Ehlena bajara del coche fue su temple, y no sólo porque gracias a él pudo abandonar su posición sentada para enderezarse. La cuestión era, que ella no huía. En toda su vida no había huido de ninguna situación difícil, y no iba a empezar ahora.
Atravesó la puerta y supo con seguridad que estaba en un lugar al que nunca hubiera decidido ir por cuenta propia. Todo estaba oscuro, la música golpeaba en sus oídos como si fueran puñetazos, y el olor de demasiada piel acalorada le daba ganas de taparse la nariz.
La hembra encabezaba la marcha, y los Moros flanqueaban a Ehlena, sus enormes cuerpos abrían camino a través de una jungla humana de la cual no deseaba formar parte. Las camareras que usaban ceñidos uniformes negros, repartían variedades interminables de bebidas alcohólicas, y había mujeres medio desnudas frotándose contra hombres de traje, y cada persona junto a la cual pasaba Ehlena en su camino tenía la vista fija en otra parte, como si lo que habían pedido o quien quiera que estuviera frente a ellos no pudiera satisfacerlos.
Fue guiada hasta una puerta negra blindada, que se abrió después de que Trez hablara por su reloj de pulsera, luego él se hizo a un lado... como si esperara que ella simplemente entrara allí, como si no fuera nada más que la sala de estar de alguien.
Sí... no.
Miró fijamente la oscuridad que había más allá, pero no vio nada salvo un techo negro, paredes negras y un suelo negro brillante.
Pero entonces Rehvenge entró en su línea de visión. Estaba exactamente igual a como lo conocía, un gran macho vestido con un abrigo de marta cibelina que tenía un corte de cabello mohawk, ojos color amatista y un bastón rojo.
Sin embargo, era, un completo extraño.


Rehvenge miró fijamente a la hembra que amaba y vio en su rostro pálido y tenso, exactamente la expresión que había deseado poner allí.
Repulsión.
—¿Vas a entrar? —le dijo, pues necesitaba terminar el trabajo.
Ehlena miró a Xhex:
—Eres de seguridad, ¿verdad? —Xhex frunció el ceño, pero asintió—. Entonces ven conmigo. No quiero estar a solas con él.
Cuando sus palabras le golpearon, Rehv sintió que bien podrían haberle cortado la garganta, pero no demostró ninguna reacción, Xhex tomó la delantera y Ehlena la siguió.
Con la puerta cerrada, la música se oía amortiguada pero el silencio era estridente como un grito.
Ehlena miró su escritorio, en el cual él había dejado deliberadamente veinticinco mil dólares en efectivo y un ladrillo[6] de cocaína que estaba envuelto en celofán.
—Me dijiste que eras un hombre de negocios —dijo ella—. Supongo que fue culpa mía asumir que era algo legítimo.
Todo lo que podía hacer era quedarse mirándola fijamente... la voz le había abandonado y su respiración superficial no podía sustentar palabras. Lo único que podía hacer, mientras ella permanecía tensa y enfadada ante él, era memorizarla, la forma en que llevaba su cabello rubio rojizo apartado del rostro, sus ojos color caramelo, el simple abrigo negro que llevaba puesto y la forma en que dejaba las manos metidas en los bolsillos como si no quisiera tocar nada.
No deseaba recordarla de esta manera, pero como era la última vez que la vería, no podía evitar enfocarse en cada detalle.
Ehlena paseó la vista por la droga y el dinero y luego volvió a fijarla en su rostro.
—¿Así que es verdad? Todo lo que tu ex-novia dijo.
—Ella es mi medio hermana. Y sí. Todo es verdad.
La hembra que él amaba retrocedió un paso, el miedo hizo que sacara la mano de su bolsillo y la subiera hasta su garganta. Sabía exactamente lo que estaba pensando: él alimentándose de su vena, ellos desnudos y solos en su ático. Estaba rehaciendo sus recuerdos, aceptando el hecho de que no había sido un vampiro el que se había alimentado de su cuello.
Había sido un symphath.
—¿Por qué me has traído aquí? —le preguntó—. Podías habérmelo dicho por teléfono... no, no importa. Ahora me iré a casa. No vuelvas a llamarme jamás.
Él le hizo una leve reverencia y atragantándose dijo:
—Como desees.
Ella se dio la vuelta y fue a pararse delante de la puerta.
—Por favor, podría alguien abrirme la puerta para que pueda salir de este jodido lugar.
Después de que Xhex fue hacia la puerta y le abrió el camino hacia la libertad, Ehlena salió prácticamente disparada.
Cuando la puerta se cerró, Rehv la trancó con la mente y se quedo allí de pie, donde ella le había dejado.
Destruido. Estaba completamente destruido. Y no porque estuviera entregando su alma y su cuerpo a una sádica sociópata que iba a disfrutar cada minuto de la tortura que le impondría.
Cuando su visión se nubló de rojo, supo que no era su parte mala aflorando. Ni por casualidad. Durante las últimas doce horas, había bombeado suficiente dopamina en sus venas como para ahogar a un caballo porque de lo contrario no confiaba en sí mismo para dejar marchar a Ehlena. Había necesitado enjaular su parte mala una última vez... para poder hacer lo correcto por la razón correcta.
Así que, no, este rojo no iba a ser seguido de una visión unidimensional y su cuerpo no recuperaría el sentido del tacto.
Rehvenge sacó uno de los pañuelos que su madre había planchado del interior de la chaqueta de su traje y presionó el cuadrado doblado debajo de sus ojos. Estaba derramando lágrimas color rojo sangre y no eran sólo por él y por Ehlena. Hacía menos de cuarenta y ocho horas que Bella había perdido a su madre.
Y antes de que esa noche llegara a su fin perdería a su hermano.
Tomó un único y gran aliento, uno tan profundo que se le tensaron las costillas. Luego volvió a guardar el pañuelo y siguió con el plan de llevar su vida hacia la tumba
Una cosa era cierta: La princesa iba a pagar. No por la mierda que le había hecho e iba a hacerle. Se cagaba en eso.
No, ella se había atrevido a acercarse a su hembra. Por ello, la mutilaría, incluso si le costaba la vida.







[1] Es un canal de televisión por cable que ofrece películas orientadas al público femenino. (N. de la T.)
[2] MTM  Mary Tyler Moore. (N. de la T.)
[3] AMC Artes Marciales Combinadas en el original MMA (Mixed Martial Arts) (N. de la T.)
[4] En el original cock-sogynis jugando con la palabra misógino (odio a las mujeres), en este caso odio a los hombres (cock=pollas) (N. de la T.)
[5]Marca de juguetes-mascota con cuerpo acanalado de arcilla donde se «siembran» semillas humedecidas de chia (salvia), las semillas germinan y se forma una frondosa cubierta verde. Por ejemplo la figura de una oveja cubierta de hierbecillas, o como aquí, la cabeza de un personaje con «pelo» de chia. (N. de la T.)
[6] Un kilo de cualquier droga. (N. de la T.)

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