miércoles, 25 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 55 56 57

Capítulo 55


—¿Te sentiste bien? ¿Al rechazarlo de esa forma?
Ehlena se detuvo en la salida lateral de club y miró por encima del hombro a la hembra que era guardia de seguridad.
—No voy a responder a tu pregunta, ya que no es nada de tu incumbencia.
—PTI, ese macho se ha puesto a sí mismo en una situación de mierda por mí, su madre y su hermana. ¿Y tú te crees demasiado buena para él? Mira que bien. ¿De dónde demonios vienes que es tan perfecto?
Ehlena enfrentó a la hembra a pesar de que, dada la constitución de la guardia de seguridad, de ningún modo podría ser una pelea justa.
—Nunca le mentí… ¿Qué te parece eso como concepto de perfección? En realidad, eso no es perfecto, es normal.
—Hace lo que debe hacer por una cuestión de supervivencia. Eso es muy normal, no sólo para tu especie sino también para los symphaths. Sólo porque has tenido una vida fácil…
Ehlena se acercó hasta quedar cara a cara.
Tú no me conoces.
Ni quiero.
Lo mismo digo. —El «perra» de esa oración estaba implícito en el tono.
—Sí, bueno, ya. —Trez se interpuso y las separó—. Vamos a calmarnos un poco y dejar de lado esta pelea, ¿okay? Deja que te lleve a casa… Tú —dijo apuntando con el dedo a la otra hembra— ve a ver si está bien.
La guardia de seguridad miró furiosa a Ehlena.
—Más vale que te cuides.
—¿Por qué? ¿Acaso te vas a aparecer frente a mi puerta trasera? Como quieras… comparada con la cosa de la otra noche, pareces una Barbie.
Tanto Trez como la hembra se quedaron inmóviles.
—¿Qué se apareció frente a tu puerta? —preguntó la guardia de seguridad.
Ehlena dirigió la mirada hacia Trez:
—¿Puedo irme a casa ahora?
—¿Qué fue? —le preguntó él.
—Una muñeca kabuki con mala actitud.
Ambos respondieron al unísono:
—Debes mudarte.
—Qué buena sugerencia. Gracias. —Ehlena les empujó para pasar entre ellos y se dirigió a la puerta. Cuando tanteó el picaporte estaba, obviamente, cerrado, así que lo único que pudo hacer fue esperar a que la dejaran salir. Sí, bueno a la mierda con eso. Mordiéndose el labio inferior, aferró el picaporte y tiró de él, preparada para abrirse camino a la fuerza.
Afortunadamente Trez se acercó y la liberó como si le hubiera abierto la jaula a un pájaro y voló hacia fuera abandonando el club, saliendo al aire frío, lejos del calor, el ruido y el amontonamiento de desesperación que estaba ahogándola.
O tal vez la sofocación proviniera de un corazón roto.
¿Qué importaba?
Esperó frente a otra puerta, la que conducía al Bentley, deseando no necesitar el coche para volver a casa pero sabiendo que debía pasar un buen rato antes de que hubiera recobrado aunque fuera la mitad de su compostura para poder respirar convenientemente, y que tendría que pasar bastante más tiempo antes de que pudiera desmaterializarse.
Del viaje de regreso no recordaría ni una de las calles que fueron pasando, ni las luces frente a las cuales se detuvieron, ni los coches que había a su alrededor. Simplemente permaneció sentada en el asiento trasero del Bentley, absolutamente inánime, con el rostro vuelto hacia la ventanilla, sin ver nada mientras la trasladaban a toda velocidad.
Symphath. Dormía con su medio hermana. Proxeneta. Traficante de drogas. Asesino, sin duda…
Cuanto más se alejaban del centro de la ciudad más le costaba respirar, en vez de ser al contrario. Lo que la inquietaba era que no podía olvidar la imagen de Rehvenge arrodillado frente a ella, con sus baratas zapatillas Keds en la mano, y una expresión dulce y afectuosa en sus ojos color amatista, diciendo con esa voz tan adorable, que sonaba mejor que la música de cualquier violín: ¿No lo entiendes, Ehlena? Sin importar lo que lleves puesto… para mí siempre tendrás diamantes en la suela de tus zapatos.
Ese sería uno de los dos recuerdos que la perseguirían. Le recordaría arrodillado frente a ella, y lo pondría en contraposición con la imagen que se llevaba ahora de él en ese club, después de que la verdad quedara en evidencia.
Había deseado creer en el cuento de hadas. Y lo había hecho. Pero como el pobre y joven Stephan, la fantasía estaba muerta, y su deterioro era horrible, un cuerpo golpeado y frío que debía envolver con razonamientos y readaptaciones que no tendrían olor a hierbas, sino a lágrimas. 
Cerrando los ojos se recostó contra el asiento suave como la mantequilla.
Finalmente el coche aminoró la marcha hasta detenerse y enseguida extendió la mano hacia la manija. Trez llegó antes que ella y le abrió la puerta.
—¿Me permites decir algo? —murmuró.
—Claro. —De todas formas no oiría lo que tuviera que decirle. La niebla que la rodeaba era demasiado densa, su mundo sería igual al que su padre había ambicionado: se limitaría a lo único que la rodeaba… y eso era dolor.
—Tiene sus razones para haber hecho lo que hizo.
Ehlena levantó la vista hacia el macho. Se veía tan serio, tan sincero.
—Por supuesto que las tiene. Quería que creyera sus mentiras y luego fue puesto en evidencia. Ya no había nada más que ocultar.
—No me refería a eso.
—¿Me habría contado algo de esto si no hubiera sido descubierto? —Silencio—. Ves, ahí lo tienes.
—No lo sabes todo respecto a este tema.
—¿Eso crees? Tal vez sea sólo que él es menos de lo que quieres creer que es. ¿Qué te parece eso?
Se giró y atravesó una puerta que pudo abrir y volver a cerrar por sí misma. Dejándose caer contra ella, paseó la vista por el lugar donde todo tenía el aspecto de raído y le era familiar, y deseó poder dejarse ir y derrumbarse.
No sabía cómo superar esta situación. Realmente no sabía cómo hacerlo.


Después de que el Bentley partió, Xhex se dirigió derecha a la oficina de Rehv. Cuando golpeó una vez y no obtuvo respuesta, ingresó el código y abrió la puerta.
Rehv estaba tras su escritorio, tecleando en el portátil. Al lado estaba su nuevo teléfono móvil, una Baggie de plástico que contenía unas píldoras gordas y blanquecinas, y un paquete de M&M.
—¿Sabías que la princesa fue a verla? —demandó Xhex. Cuando no respondió, soltó una maldición—. ¿Por qué no me lo dijiste?
Rehv siguió tecleando, el suave sonido de las teclas parecía la charla en voz baja de una biblioteca.
—Porque no me pareció pertinente.
—Y un cuerno no lo era. Casi le pego a la hembra por…
Los ojos púrpuras se elevaron por encima de la pantalla con un brillo maligno.
Jamás se te ocurra tocar a Ehlena.
—Como sea, Rehv, acaba de patearte el culo sin lugar a dudas. ¿Crees que fue algo divertido de presenciar?
La apuntó con el dedo.
—No es asunto tuyo. Y tú nunca, jamás la tocaras. ¿Está claro?
Cuando sus ojos brillaron en señal de advertencia como si alguien le hubiera metido una linterna Maglite por el culo y hubiera apretado el botón de encendido, pensó: Bueno, está bien… evidentemente estaba al borde de un precipicio, y si continuaba avanzando iba a caer en picado sin paracaídas.
—Lo que quiero decir es que hubiera sido agradable saber de antemano que querías que ella te dejara.
Rehv regresó a sus teclas.
—Así que esa fue la llamada que recibiste anoche —sugirió—. Ese fue el momento en que te enteraste de que la perra había ido a visitar a tu novia.
—Sí.
—Deberías habérmelo dicho.
Antes de que obtuviera una respuesta, su auricular emitió un graznido y luego se oyó la voz de uno de sus gorilas:
—El detective De la Cruz quiere verte.
Xhex levantó la muñeca y habló al transistor.
—Llévalo a mi oficina. Iré en un momento. Y saca a las chicas de la sección VIP.
—¿El DPC? —murmuró Rehv mientras seguía tecleando.
—Sí.
—Me alegra que hayas matado a Grady. No soporto a los hombres que golpean a las mujeres.
—¿Puedo hacer alguna otra cosa por ti? —le preguntó tensa, sintiendo que la excluía de su vida. Quería ayudar, aliviar y cuidar a Rehv, pero quería hacer esa mierda utilizando su propio concepto de mimar y consentir. Que no consistía precisamente en prepararle un baño de burbujas ni llevarle un poco de chocolate caliente; ella quería asesinar a la princesa.
Rehv volvió a levantar la vista.
—Como dije anoche, voy a pedirte que cuides de alguien.
Xhex tuvo que ocultar su decepción. Si fuera a pedirle que asesinara a la princesa, no habría habido razón para arrastrar a su novia hasta aquí, hacer todo un espectáculo acerca de las mentiras que le había dicho, y permitir que la hembra se deshiciera de él como si fuera carne podrida de una semana de antigüedad.
Mierda, debía estar relacionado con la novia. Iba a pedirle que se asegurara de que nada le ocurriera a Ehlena. Y conociendo a Rehv, era probable que también intentara brindarle apoyo financiero a la hembra… a juzgar por el atuendo sencillo de la chica la falta de joyas y su carácter sensato, no parecía provenir de una familia adinerada.
Diversión, diversión, diversión. Conseguir que esa hembra aceptara dinero del macho al que odiaba iba a ser toda una fiesta.
—Como quieras —dijo Xhex inescrutablemente cuando salió.
Mientras atravesaba el club rezó para que nadie se le restregara de manera equivocada, especialmente ahora que tenían una placa policial en la casa.
Cuando finalmente llegó a su oficina refrenó su frustración y abrió la puerta, pegándose una sonrisa tensa en el rostro.
—Buenas noches, Detective.
De la Cruz se dio la vuelta. En la mano tenía una pequeña planta de hiedra, que no era más grande que su palma.
—Tengo un regalo para usted.
—Ya le dije que no soy buena con los seres vivos.
Él la dejó sobre el escritorio.
—Entonces será mejor que la iniciemos lentamente en el tema.
Al sentarse en la silla, miró fijamente el frágil ser vivo y sintió una llamarada de pánico.
—No creo…
—Antes de que diga que no puedo regalarle nada porque soy un empleado estatal —sacó un recibo del bolsillo—, le diré que costó menos de tres dólares. Que es más barato que un café en Starbucks.
Puso el pequeño ticket blanco junto al tiesto de plástico verde oscuro.
Xhex se aclaró la garganta.
—Bueno, a pesar de que aprecio su preocupación por mi decoración de interiores…
—No tiene nada que ver con su elección de muebles. —Sonrió y se sentó—. ¿Sabe por qué estoy aquí?
—¿Encontró al hombre que asesinó a Chrissy Andrews?
—Sí, lo hice. Y si disculpa mi Francés[1], estaba frente a la lápida de ella con la polla seccionada y embutida en la boca.
—Guau. Uy.
—¿Le molestaría decirme dónde estuvo anoche? ¿O primero prefiere conseguirse un abogado?
—¿Por qué habría de necesitar uno? No tengo nada que esconder. Estuve aquí toda la noche. Pregúnteles a mis gorilas.
Toda la noche.
—Sí.
—Encontré huellas en las inmediaciones de la escena del crimen. De botas de combate, pequeñas. —Bajó la vista hacia el suelo—. Parecidas a las que usted usa.
—He estado en la tumba. Por supuesto que sí. Estoy de duelo por una amiga. —Levantó las suelas para que pudiera verlas, consciente de que tenían un diseño diferente y que no eran del mismo fabricante que las que había usado la noche anterior. También eran de otra talla, con plantillas en su interior para que fueran una talla diez grande, en vez de una nueve mediana.
—Hmm. —Después de inspeccionarlas De la Cruz se reclinó hacia atrás y unió las puntas de sus dedos, apoyando los codos en los brazos de acero inoxidable de la silla.
—¿Puedo ser honesto con usted?
—Sí.
—Creo que usted lo mató.
—¿En serio?
—Sí. Fue un crimen violento, los detalles indican que fue cometido como si fuera una venganza. Sabe, el forense piensa, al igual que yo, que Grady estaba vivo cuando… digamos, se ocuparon de él. Y no fue un trabajo sucio. Fue incapacitado de forma profesional, como si el asesino hubiera sido entrenado para matar.
—Este es un barrio duro, y Chrissy tenía un montón de amigos rudos. Cualquiera de ellos podría haberlo hecho.
—En su funeral había mayoría de mujeres.
—¿Y usted no cree que una mujer sea capaz de algo así? Bastante sexista, Detective.
—Oh, sé que las mujeres son capaces de matar. Créame. Y… usted parece el tipo de mujer que lo haría.
—¿Está etiquetándome? ¿Sólo porque uso ropa de cuero negro y trabajo como guardia de seguridad en un club?
—No. Estuve a su lado cuando identificó el cuerpo de Chrissy. Vi la forma en que la miraba, y eso es lo que me hace pensar que usted lo hizo. Tiene motivos para cobrarse venganza, y tuvo la oportunidad, porque cualquiera puede salir inadvertidamente de este lugar por el lapso de una hora, hacer el trabajo, y volver aquí. —Se puso de pie, fue hacia la puerta, y se detuvo con la mano sobre el picaporte—. Le aconsejo que se consiga un buen abogado. Va a necesitarlo.
—Le está ladrando al árbol equivocado, Detective.
Él sacudió la cabeza lentamente.
—No lo creo. Sabe, la mayoría de la gente con la cual hablo, cuando hay un cadáver de por medio, lo primero que me dice, ya sea verdad o no, es que ellos no lo hicieron. Usted no ha dicho nada ni parecido a eso.
—Tal vez no siento la necesidad de defenderme.
—Tal vez no siente remordimientos porque Grady era un mamón que golpeó a una joven hasta matarla, y ese crimen no le cae mejor a usted de lo que nos cae a cualquiera de nosotros. —Cuando accionó el picaporte, los ojos de De la Cruz tenían una expresión triste y fatigada—. ¿Por qué no nos dejó apresarlo? Lo hubiéramos detenido. Puesto en prisión. Debería haber dejado que nos encargáramos del asunto.
—Gracias por la planta, detective.
El tipo asintió, como si las reglas del juego acabaran de ser establecidas y se hubieran puesto de acuerdo acerca de cuál sería el campo de juego.
—Consígase ese abogado. Pronto.
Cuando la puerta se cerró, Xhex se dejó caer sobre el respaldo de la silla y miró la hiedra. Pensó que tenía un precioso color de verde. Y le gustaba la forma de las hojas, la simetría puntiaguda complacía la vista, y las pequeñas nervaduras formaban un bonito diseño.
Definitivamente iba a terminar matando a esta pobre e inocente cosita.
Un golpe a su puerta hizo que levantara la vista.
—Entre.
Entró MarieTerese, oliendo a Euphoria de Calvin Klein y usando un vaquero holgado y una camiseta blanca. Era obvio que aún no había comenzado su turno.
—Acabo de entrevistar a dos chicas.
—¿Te gustó alguna de ellas?
—Una esconde algo. No estoy segura de qué se trata. La otra está bien, aunque la cirugía que se ha hecho en los senos es bastante chapucera.
—¿Se la enviamos al doctor Malik?
—Creo que sí. Es lo suficientemente bonita como para recolectar Benjamins. ¿Quieres conocerla?
—Sí, pero no en este momento. ¿Qué te parece mañana por la noche?
—La traeré aquí, sólo dime a qué hora...
—¿Puedo preguntarte algo?
MarieTerese asintió sin dudarlo.
—Lo que quieras.
Durante el silencio que siguió, Xhex tuvo en la punta de la lengua la pregunta sobre la pequeña sesión de bombeo que John y Gina habían tenido en el baño. Pero, ¿qué quería saber? Sólo había sido una transacción de negocios de lo más común en el club.
—Yo lo envíe con Gina —dijo MarieTerese tranquilamente.
Xhex fijó la vista en la mujer.
—¿A quién?
—A John Matthew. Lo mandé con ella. Supuse que sería más fácil.
Xhex jugueteó con el Caldwell Courier Journal que tenía sobre el escritorio.
—No tengo idea de qué me estás hablando.
La expresión de MarieTerese fue de «sí seguro», pero a su favor hay que decir que no siguió por ese camino.
—¿A qué hora mañana por la noche?
—¿Hora para qué?
—Conocer a la chica nueva.
Oh, claro.
—Digamos que a las diez en punto.
—Me parece bien.
MarieTerese se volvió.
—Oye, ¿me harías un favor?
Cuando la mujer se giró rápidamente, Xhex sostuvo en alto la plantita de hiedra.
—¿Podrías llevarte esto a tu casa? Y, no sé… mantenerla con vida.
MarieTerese miró la cosa, se encogió de hombros y se acercó a recogerla.
—Me gustan las plantas.
—Eso significa que esta condenada cosa acaba de ganar la lotería. Porque a mí no me gustan.


Capítulo 56


Rehvenge presionó CTRL+P en su portátil y se inclinó hacia atrás para recoger los papeles que escupía, uno a uno, su impresora. Cuando la máquina emitió un último zumbido y un suspiro, dejó la pila frente a él, puso las hojas en orden, puso sus iniciales en la esquina superior derecha de cada una de ellas y luego firmó tres veces. La misma firma, las mismas cartas, los mismos garabatos en cursiva.
No llamó a Xhex para que le sirviera de testigo. Tampoco le pidió a Trez que lo hiciera.
Fue iAm el que lo hizo, el Moro actuó a lo John Hancock[2] usando el nombre que había asumido para propósitos humanos en las líneas adecuadas para acreditar el testamento, las transferencias de bienes inmuebles y el fideicomiso. Después de hacer eso, firmó una carta escrita en la Antigua Lengua con su verdadero nombre así como una declaración de la línea de descendencia.
Cuando terminaron, Rehv puso todo en un maletín Luis Vuitton negro y se lo dio a iAm.
—Quiero que te la lleves de aquí en treinta minutos. Llévatela aunque tengas de noquearla de un puñetazo. Y asegúrate de llevarte a tu hermano contigo y de que todo el personal se haya ido.
iAm no dijo nada. En cambio, sacó el cuchillo que llevaba en la parte baja de la espalda, se hizo un tajo en la palma de la mano y la extendió, su sangre cayó espesa y azul sobre el teclado de la portátil. Era todo lo equilibrado que Rehv necesitaba que fuera, absolutamente imperturbable y firme.
Y por ese motivo hacía mucho tiempo que siempre lo elegía para la mierda más difícil.
Cuando se puso de pie para estrechar la mano que se le ofrecía, Rehv tuvo que tragar con fuerza. El apretón de manos era un voto de sangre, y luego sus cuerpos se encontraron en un firme y estrecho abrazo.
iAm dijo en voz baja y en la Antigua Lengua:
Te conocí bien. Te amé como si fueras de mi propia carne y hueso. Te honraré por siempre jamás.
—Cuídala, ¿de acuerdo? Se pondrá violenta y le durará un buen rato.
—Trez y yo haremos lo que sea necesario.
—Nada de esto fue culpa suya. Ni el principio ni el fin. Xhex va a tener que creer en eso.
—Lo sé.
Se separaron y a Rehv le costó mucho dejar ir el hombro de su viejo amigo, sobre todo porque este era la única despedida que iba a tener: Xhex y Trez hubieran luchado contra su decisión, hubieran tratado de negociar otras soluciones mientras arañaban y se aferraban a otros desenlaces. iAm era más fatalista. También era más realista, porque no había otro camino.
—Vete —dijo Rehv con voz quebrada.
iAm se puso la palma ensangrentada sobre el corazón, hizo una reverencia doblándose por la cintura, y luego se fue sin mirar atrás.
A Rehv le temblaron las manos cuando retiró la manga para comprobar la hora en su reloj. Ahora el club cerraba a las cuatro. El personal de limpieza llegaba a las cinco de la mañana en punto. Lo que significaba que después de que todo el mundo se hubiera ido, le quedaría media hora.
Recogió el teléfono y se dirigió hacia su dormitorio, marcando un número al que solía llamar a menudo.
Mientras cerraba la puerta, oyó la cálida voz de su hermana en la línea.
—Hola, hermano mío.
—Hola. —Se sentó sobre la cama, preguntándose qué decirle.
En el fondo podía oír a Nalla lloriqueando con un gimoteo lastimero, y Rehv se quedó inmóvil. Podía imaginárselas a las dos juntas, la niña apoyada contra el hombro de su hermana, un frágil paquetito de futuro envuelto en una suave manta ribeteada con una banda de satén.
El único infinito que conocían los mortales eran los niños, ¿o no?
Él nunca los tendría.
—¿Rehvenge? ¿Estás ahí? ¿Estás bien?
—Sí. Llamé sólo porque… quería decirte… —Adiós—. Que te quiero.
—Eso es muy dulce. Es duro, ¿verdad? Ya no tener a Mahmen.
—Sí. Lo es. —Cerró los ojos y los apretó con fuerza, y como si hubiera recibido una señal, Nalla comenzó a llorar en serio, a través del auricular pudo oír el sonido de su aullido.
—Perdón por mi pequeña cajita de ruidos —dijo Bella—. No se quiere dormir a menos que camine por la habitación, y mis pies están comenzando a rendirse.
—Escucha… ¿recuerdas la nana que solía cantarte? Cuando eras pequeña.
—Oh, Dios mío, ¿la que trataba de las cuatro estaciones? ¡Sí! Hacía años que no pensaba en ella… Solías cantarla cuando no podía dormir. Incluso cuando ya era mayor.
Sí, esa era, pensó Rehv. La que venía directamente de los Antiguos Mitos acerca de las cuatro estaciones del año y de la vida, la que le había ayudado a sobrellevar junto a su hermana muchos días de insomnio, él cantando y ella reposando.
—¿Cómo era? —preguntó Bella—. No puedo…
Rehv cantó un poco torpemente al principio, tropezando con las palabras de su oxidada memoria, las notas no eran tan perfectas debido a que su voz siempre había sido demasiado profunda para el tono en que estaba escrita la canción.
—Oh… esa es —susurró Bella—. Espera, deja que te ponga en manos libres…
Se oyó un pitido y luego un eco, y mientras seguía cantando, el llanto de Nalla se secó, las llamas extinguidas por una suave lluvia de palabras antiguas.
La capa verde pálido de la primavera… el velo brillantemente florecido del verano… el hilado fresco del otoño… la manta de frío del invierno… las estaciones no pertenecían sólo a la tierra, sino a toda criatura viviente, el esfuerzo por llegar a la cumbre, el goce de la victoria, seguido por la caída de la cima y la suave luz blanca del Fade que era el eterno desenlace.
Cantó la nana dos veces, y su último viaje a través de las palabras fue el mejor. Se detuvo allí, porque no deseaba correr el riesgo de que el siguiente intento no fuera igual de bueno.
La voz de Bella se oyó ronca por las lágrimas.
—Lo conseguiste. Lograste que se durmiera.
—Tú podrías cantársela si quisieras.
—Lo haré. Definitivamente lo haré. Gracias por recordármela. No sé por qué nunca antes se me había ocurrido intentarlo.
—Quizás lo hubieras hecho. En algún momento.
—Gracias Rehv.
—Duerme bien, hermana mía.
—Te llamaré mañana, ¿okay? Pareces distraído.
—Te quiero.
—Aahh… yo también te quiero. Te llamo mañana.
Hubo una pausa.
—Cuídate. Cuídate tú, a tu pequeña y a tu hellren.
—Lo haré querido hermano. Adiós.
Rehv cortó la comunicación y se quedó sentado con el teléfono en la mano. Para mantener la pantalla encendida, presionaba la tecla de mayúscula cada dos minutos.
Le mataba no poder llamar a Ehlena. Mandarle un mensaje de texto. Extenderse hacia ella. Pero estaba en el lugar que debía estar: era mejor que le odiara a que le llorara.
A las cuatro y media, recibió el mensaje de texto de iAm que había estado esperando. Eran sólo dos palabras.
Todo despejado.
Rehv se levantó de la cama. La dopamina estaba perdiendo efecto, pero todavía quedaba suficiente en su sistema como para que se tambaleara al no usar el bastón y se viera obligado a recobrar el equilibrio. Cuando se convenció de que estaba lo suficientemente estable, se quitó el abrigo de marta cibelina y la chaqueta y se desarmó, dejando sobre la cama las pistolas que habitualmente llevaba debajo de los brazos.
Era hora de irse, hora de usar el sistema que había instalado después de haber comprado el edificio de ladrillos del club y de haberlo renovado desde la piedra angular hasta el techo.
Todo el lugar estaba conectado por medio de sonido. Y no del tipo Dolby.
Regresó a su oficina, se sentó detrás del escritorio y abrió el último cajón del lado derecho. Dentro había una caja negra que no era más grande que el control remoto de una TV, y aparte de él, iAm era el único que sabía lo que era y para qué servía. iAm también era la única otra persona que tenía conocimiento de los huesos que Rehv guardaba debajo de su cama, huesos que eran de un macho humano y aproximadamente del tamaño de los de Rehv. Pero por otra parte, iAm era el que los había conseguido.
Rehv sacó el control remoto y se puso de pie, paseando la mirada por el lugar por última vez. Las pilas de papeles ordenadas. El dinero en la caja fuerte. Las drogas en la sala de corte de Rally.
Salió de la oficina. Ahora que había terminado el horario de trabajo, el club estaba bien iluminado, y la sección VIP estaba cubierta por los residuos de toda la noche, como una puta muy usada: había huellas en el lustroso suelo negro, marcas circulares de la transpiración de los vasos, servilletas arrugadas y dejadas sobre las banquetas aquí y allí. Las camareras limpiaban después de que se iba cada cliente, pero un humano tenía limitaciones en cuanto a lo que podía ver en la oscuridad.
La catarata, que estaba atravesada en el camino para separar las secciones, estaba apagada, por lo que tenías una clara visión de la sección popular… que no se veía mucho mejor. El suelo de la pista de baile estaba todo rayado. Había varillas de cóctel y envoltorios de piruletas por todos lados, y hasta habían dejado un par de bragas en un rincón. En el techo, había quedado expuesto el sistema de iluminación por láser con sus redes de vigas, cables y portalámparas, y como no sonaba la música, los altavoces enormes estaban hibernando como osos negros en una cueva.
En este estado el club era como El Mago de Oz al ser expuesto: toda la magia que se desarrollaba aquí noche tras noche, todo el barullo y la excitación, en realidad era solamente una combinación de electrónica, bebidas alcohólicas, y químicos, una ilusión para la gente que atravesaba la puerta delantera, una fantasía que les permitía ser cualquier cosa que no pudieran ser en el día a día de sus vidas. Tal vez ansiaban ser poderosos porque se sentían débiles, o sensuales porque se sentían feos, o elegantes y ricos cuando en realidad no lo eran, o jóvenes cuando se adentraban rápidamente en la mediana edad. Tal vez desearan cauterizar el dolor de una relación fallida o cobrarse venganza por haber sido plantados o pretender que no estaban buscando pareja cuando en realidad estaban desesperados por conseguir una.
Cierto, salían a «divertirse», pero estaba completamente seguro de que debajo de la superficie alegre y radiante, había mucha oscuridad y decaimiento.
El club en su estado actual era la metáfora perfecta de su vida. Durante mucho tiempo había sido el Mago, engañando a sus seres más cercanos, encajando con la gente normal a través de una combinación de drogas, mentiras y subterfugios.
Ese era tiempo pasado.
Rehv dio una última vuelta por el lugar y salió por las puertas dobles del frente. El cartel negro sobre negro del ZeroSum no estaba encendido, indicando que ya estaban cerrados por esa noche. Aunque sería más adecuado decir que habían cerrado definitivamente.
Miró a izquierda y derecha. No había nadie en la calle, ni coches ni peatones a la vista.
Se dirigió a examinar el callejón en el cual estaba la entrada lateral que daba a la sección VIP y luego lo atravesó rápidamente dirigiéndose hacia el otro callejón. No había indigentes. No había parásitos.
De pie bajo el viento frío, Rehv se tomó un momento para apreciar los edificios que estaban alrededor del club, buscando rejillas que indicaran que había humanos en ella. Nada. La señal de que estaba todo despejado era correcta.
Cuando estuvo listo para partir, cruzó la calle, bajó dos bloques, y luego se detuvo, deslizó la tapa del control remoto hacia abajo, e ingresó un código de ocho dígitos.
Diez… nueve… ocho…
Encontrarían los huesos calcinados y crujientes, y durante un breve momento se preguntó de quién serían. iAm no se lo había dicho, y él no había preguntado.
Siete… seis… cinco…
Bella iba a estar bien. Ella tenía a Zsadist, a Nalla, a los Hermanos y a sus shellans. Para ella iba a ser brutal, pero lo superaría, y era mejor esto a que se enterara de una verdad que la destruiría: nunca debía enterarse de que su madre había sido violada y de que su hermano era medio comedor de pecados.
Cuatro…
Xhex permanecería apartada de la colonia. iAm se aseguraría de ello, porque iba a forzarla a atenerse a la promesa que había hecho la noche anterior: había prometido cuidar de alguien, y en la carta que Rehv había escrito en la Antigua Lengua, la cual había hecho que iAm legitimara, le exigía que cuidara de sí misma. Sí, la había engañado al respecto. Sin duda habría asumido que le pediría que matara a la princesa, o tal vez hasta podía haber pensado que le pediría que cuidara a Ehlena. Pero era un symphath, ¿verdad? Y ella había cometido el error de darle su palabra sin saber a qué se estaba comprometiendo.
Tres…
Rastreó el contorno del techo del club con los ojos y trató de imaginar el aspecto que tendrían los escombros, no sólo los que estuvieran alrededor del club, sino que también los que dejaría en las vidas de las personas al dirigirse hacia el norte.
Dos…
A Rehv le dolía muchísimo el corazón, y sabía que era debido a que estaba guardando luto por Ehlena. A pesar de que técnicamente era él, el que estaba muriendo.
Uno...
La explosión que detonó debajo de la pista de baile principal desencadenó dos más, una debajo del bar de la sección VIP y otra en la balconada del entresuelo. Con un tremendo estruendo y un temblor envolvente, el edificio se estremeció hasta los cimientos y una ráfaga de ladrillos y cemento vaporizado se precipitó hacia fuera.
Rehvenge se tambaleó hacia atrás y chocó contra la vitrina de cristal de un salón de tatuajes. Después de recuperar el aliento, observó como la fina niebla de polvo flotaba hacia abajo como si fuera nieve.
Roma había caído. Y a pesar de ello era difícil partir.
La primera de las sirenas sonó no más de cinco minutos más tarde, y esperó a que pasaran las luces intermitentes rojas a toda velocidad salpicando toda la calle Trade.
Cuando lo hicieron, cerró los ojos, trató de calmarse… y se desmaterializó hacia el norte.
Hacia la colonia.


Capítulo 57


—¿Ehlena? —La voz de Lusie bajó las escaleras—. Me marcho ya.
Ehlena se sacudió y miró la hora en la esquina inferior de la pantalla del portátil. ¿Eran las cuatro y media? ¿Ya? Dios, se sentía como... bueno, como si no supiera si había estado sentada frente a su escritorio improvisado durante horas o días. El sitio de búsqueda de empleo del Caldwell Courier Journal había estado en pantalla todo el tiempo, pero todo lo que había estado haciendo ella era hacer círculos con la punta del dedo índice sobre la alfombrilla del ratón.
—Ya voy. —Se puso en pie desperezándose y se dirigió a las escaleras—. Gracias por limpiar después de la comida de Padre.
La cabeza de Lusie apareció en lo alto de las escaleras.
—De nada, y oye, hay alguien aquí que quiere verte.
El corazón de Ehlena dio un vuelco en su pecho.
—¿Quién?
—Un macho. Le dejé entrar.
—Oh, Dios —dijo Ehlena por lo bajo. Mientras subía corriendo desde el sótano, pensó que al menos su padre estaba profundamente dormido después de haber comido. Lo último que necesitaba en ese momento era que se trastornara por la presencia de un extraño en la casa.
Cuando llegó a la cocina, estaba preparada para decir a Rehv o Trez o quienquiera que fuera que se podía ir a...
De pie junto a la mesa barata, había un macho rubio con un aura de riqueza que llevaba un portafolio negro en la mano. Lusie estaba junto a él, poniéndose su abrigo de lana y preparando su bolso de patchwork para su viaje a casa.
—¿Puedo ayudarle? —dijo Ehlena frunciendo el ceño.
El macho hizo una pequeña reverencia, llevando la palma de su mano galantemente hacia el pecho, y cuando habló, su voz era extraordinariamente baja y muy culta.
—Estoy buscando a Alyne, hijo de Uys. ¿Es usted su hija?
—Si, lo soy.
—¿Puedo verle?
—Está descansando. ¿De qué se trata, y quién es usted?
El macho miró a Lusie, después metió la mano en el bolsillo del pecho y sacó una ID en el Antiguo Idioma.
—Soy Saxton, hijo de Tyhm, abogado contratado por la casa de Montrag, hijo de Rehm. Éste ha pasado recientemente al Fade sin dejar ningún heredero directo, y de acuerdo con mi investigación de linajes, su padre es el pariente más próximo y por tanto el único beneficiario.
Las cejas de Ehlena se dispararon hacia arriba.
—¿Perdón? —Cuando él repitió lo que había dicho, seguía sin captarlo—. ¿Yo... ah... qué?
Cuando el abogado volvió a repetir el mensaje, su mente lo rodeó a tientas, intentando conectar los puntos. Rehm era definitivamente un nombre que le resultaba familiar. Lo había visto en los registros de negocios de su padre... y en su manuscrito. No era un tipo agradable. Ni por casualidad. Tenía un vago recuerdo del hijo, pero nada específico, solo un remanente de los días pasados como hembra de valía en el círculo de debutantes de la glymera.
—Lo siento —murmuró—, pero esto es una sorpresa.
—Entiendo. ¿Puedo hablar con su padre?
—Él no..., no recibe, en realidad. No está bien. Yo soy su tutora legal. —Se aclaró la garganta—. Conforme a la Antigua Ley, tuve que hacer que le declararan incompetente debido a... cuestiones mentales.
Saxton, hijo de Thym, hizo una pequeña reverencia.
—Lamento oír eso. ¿Puedo preguntar si estaría capacitada para presentar la identificación de linaje de ambos? ¿Y la declaración de incompetencia?
—Lo tengo todo abajo. —Miró a Lusie—. Supongo que debes marcharte.
Lusie miró fijamente a Saxton y pareció llegar a la misma conclusión que Ehlena. El macho parecía perfectamente normal, y ese traje, ese abrigo y ese maletín que llevaba en la mano, gritaban positivamente abogado. Su ID era legítima también.
—Puedo quedarme si quieres —dijo Lusie.
—No, estaré bien, y además, se acerca el amanecer.
—Muy bien entonces.
Ehlena acompañó a Lusie fuera y después volvió con el abogado.
—¿Me disculpa un minuto?
—Tómese su tiempo.
—¿Le gustaría... eh, beber algo? ¿Café? —Esperaba que dijera que no, ya que lo mejor que podía ofrecerle era un mug, y él parecía el tipo de hombre que estaba más acostumbrado a las tazas de té de Limoges.
—Estoy bien, pero gracias. —Su sonrisa era genuina y para nada sexual. Pero por otra parte, no le cabía duda de que sólo se interesaba por el tipo de hembra aristocrática que ella podría haber sido si sus finanzas hubieran sido diferentes.
Sus finanzas... y otras cosas.
—Volveré en un momento. Por favor, tome asiento. —Aunque esos pantalones suyos, planchados con suma precisión, bien podrían rebelarse si el macho intentaba depositar su peso sobre una de las miserable sillitas que había allí.
Cuando estuvo abajo, en su habitación, buscó bajo la cama y sacó su caja de caudales. Mientras la llevaba escaleras arriba, se sentía torpe, totalmente frita por el drama en el que había caído su vida como si fuera un avión en llamas cayendo del cielo. Jesús, el hecho de que un abogado hubiera aparecido en su puerta buscando herederos perdidos parecía... aburrido. Como sea. Y no iba a poner muchas esperanzas en esto. Por la forma en que estaban resultando las cosas, esta «oportunidad dorada» acabaría yendo en la misma dirección que todo lo demás últimamente.
Directo a la mierda.
Una vez arriba, puso la caja sobre la mesa.
—Lo tengo todo aquí.
Cuando se sentó, Saxton también lo hizo, poniendo su maletín en el suelo lleno de marcas y centró sus ojos grises en la caja. Después de marcar la combinación, ella abrió la pesada tapa y sacó un sobre color crema tamaño diez por veinte centímetros y tres pergaminos enrollados, cada uno de los cuales tenía cintas de raso ondeando desde sus interiores arrollados.
—Esta es la declaración de incompetencia —dijo, abriendo el sobre y sacando un documento.
Después de que él examinara la misiva y asintiera, descubrió el certificado de linaje de su padre, que ilustraba un árbol familiar con primorosa y ondulada tinta negra. En la base, las cintas amarillas, azul pálido y rojo profundo estaban fijadas con un sello de cera negra que llevaba el escudo del padre del padre de su padre.
Saxton levantó su maletín, lo abrió, y sacó un par de gafas de joyero, deslizó el peso hasta su rostro y examinó cada centímetro del pergamino.
—Es auténtico —pronunció—. ¿Los otros?
—El de mi madre y el mío propio. —Los desenrolló ambos y él realizó la misma inspección.
Cuando hubo terminado, se recostó en la silla y se quitó los anteojos.
—¿Puedo volver a ver la declaración de incompetencia?
Ella se la pasó y él leyó, con un ceño tensando el espacio que había entre sus cejas perfectamente arqueadas.
—¿Cuál es exactamente la condición médica de su padre, si no le molesta que pregunte?
—Sufre de esquizofrenia. Para ser honesta está muy enfermo y necesita cuidados continuos.
Saxton recorrió lentamente la cocina con la mirada, tomando nota del suelo manchado, del papel de aluminio en las ventanas, y los electrodomésticos antiguos.
—¿Tiene usted empleo?
Ehlena se tensó.
—No veo como eso pueda ser relevante.
—Lo siento. Tiene usted toda la razón. Es solo... —Volvió a abrir su maletín y sacó un documento atado de unas cincuenta páginas y una hoja contable—. Una vez certifique que usted y su padre eran los parientes más cercanos de Montrag... y basándome en esos pergaminos tengo todo preparado para hacerlo... nunca va a tener que volver a preocuparse por dinero.
Giró el documento y la hoja contable tamaño legal hacia ella y sacó una pluma de oro del bolsillo del pecho.
—Ahora su valor neto es sustancial.
Con la punta de su pluma, Saxton señaló el número definitivo que aparecía en la esquina inferior derecha de la hoja.
Ehlena bajó la mirada. Parpadeó.
Después se inclinó del todo sobre la mesa, hasta que sus ojos no estuvieron a más de tres centímetros de la punta de la pluma y el papel y... de ese número.
—Eso es... ¿Cuántos dígitos estoy viendo? —susurró.
—Deberían ser ocho a la izquierda del punto decimal.
—¿Y empieza por un tres?
—Sí. También hay una propiedad. En Connecticut. Puede mudarse cuando quiera después de que termine con los papeles de certificación, todos los cuales redactaré durante el día y pasaré inmediatamente al Rey para su aprobación. —Se recostó hacia atrás—. Legalmente, el dinero, la finca y los efectos personales, incluyendo las obras de arte, antigüedades y los coches, serán de su padre hasta que él pase al Fade. Pero con los papeles de tutoría, usted estará a cargo de todo en su beneficio. ¿Asumo que es usted su heredera en el testamento?
—Ah... Lo siento, ¿cuál era la pregunta?
Saxton sonrió amablemente.
—¿Tiene su padre un testamento? ¿Está usted en él?
—No... no, no tiene. Ya no teníamos ningún activo.
—¿Tiene usted algún hermano?
—No. Sólo yo. Bueno, él y yo desde que Mahmen murió.
—¿Le gustaría que redactara un testamento para él a su favor? Si su padre muere intestado, todo pasará a usted de todos modos, pero si arreglamos eso antes, le simplificará las cosas a cualquier abogado que contrate, porque no tendrá que conseguir la firma del Rey para la transferencia de los activos.
—Eso sería... Espere, ¿usted sale caro, verdad? No creo que podamos...
—Puede permitirse contratarme. —Golpeó la hoja con la pluma otra vez—. Confíe en mí.


En las largas y oscuras horas posteriores a que Wrath perdiera la visión, se cayó por las escaleras... delante de todo el mundo que se había congregado en el comedor para la Última Comida. El movimiento cáscara–de–plátano le llevó, con el culo por delante, todo el camino hacia abajo hasta llegar al suelo de mosaico del vestíbulo.
La única forma de haber quedado como un perdedor aún mayor hubiera sido si hubiera comenzado a sangrar por todas partes.
Oh... espera. Cuando levantó la mano hacia su cabello, para apartar esa mierda hacia atrás, sintió algo húmedo y sabía que no estaba babeando.
—¡Wrath!
—Hermano mío...
—¿Qué coño...?
—Santa...
Beth fue la primera de los miles que trataron de alcanzarlo, le puso las manos sobre los hombros mientras la sangre caliente goteaba de su nariz.
Otras manos se extendieron hacia él a través de la oscuridad, las manos de sus hermanos, las manos de las shellans de la casa, todas manos amables, preocupadas, compasivas.
Con un exabrupto furioso, les empujó a todos hacia atrás e intentó ponerse en pie. Sin embargo al no tener el sentido de orientación que le guiara, terminó con una shitkicker en el primer escalón... lo que le hizo perder el equilibrio. Al manotear en busca del pasamanos, de algún modo se las arregló para equilibrar sus botas y retrocedió arrastrando los pies, no estaba seguro de si se dirigía hacia la puerta delantera o al salón de billar o a la biblioteca o al comedor. Estaba más que perdido en un espacio que conocía muy bien.
—Estoy bien —ladró—. Estoy perfectamente bien.
Todo el mundo a su alrededor se quedó en silencio, su voz de mando no había sido mitigada en nada por la ceguera, su autoridad como Rey era irrebatible aunque no pudiera ver una puñetera mierda…
Su espalda golpeó contra una pared y un candelabro de cristal que había sobre él tintineó por el impacto, el delicado ruido se elevó en el silencio reinante.
Jesús... cristo. No podía seguir así, moviéndose por ahí como un coche de choque, golpeándose con las cosas, cayéndose. Pero en esto no tenía derecho a voto.
Desde que se había quedado a oscuras, había estado esperando que sus ojos empezaran a funcionar otra vez. No obstante, con el paso del tiempo, sin que Havers hubiera encontrado respuestas concretas, y ante el desconcierto de Doc Jane, lo que en su corazón ya sabía que era verdad había empezado a abrirse camino hasta su cerebro: esta oscuridad en la que se encontraba era la nueva tierra sobre la cual ahora caminaba.
O caía, en todo caso.
Para cuando el candelabro se aquietó sobre su cabeza, cada parte de su ser estaba gritando, y rezó porque nadie, ni siquiera Beth, intentara tocarle o hablarle o decirle que todo iba a ir bien.
Nada iba a volver a estar bien. No iba a recuperar la visión, sin importar lo que los médicos pudieran intentar hacerle, sin importar cuantas veces se alimentara, sin importar con cuanta frecuencia descansara o lo bien que se cuidara. Mierda, incluso antes de que V hubiera expuesto lo que había previsto, Wrath ya sabía que esto se avecinaba: Su visión había ido decayendo con el paso de los siglos, la agudeza visual había ido desapareciendo gradualmente con el tiempo. Y había estado sufriendo dolores de cabeza durante años, y su severidad había ido creciendo en los últimos doce meses.
Había sabido que terminaría así. Toda su vida lo había sabido y lo había ignorado, pero la realidad había llegado.
—Wrath. —Fue Mary, la shellan de Rhage, la que rompió el silencio, su voz fue uniforme y sosegada sin rastros de frustración o agitación. El contraste con el caos de su mente le hizo volverse hacia el sonido aunque no pudo responderle nada porque no tenía voz—. Wrath, quiero que extiendas la mano izquierda. Encontrarás el marco de la puerta de la biblioteca. Ve hacia allí y da cuatro pasos hacia atrás para entrar en la habitación. Quiero hablar contigo, y Beth también estará presente.
Las palabras eran tan equilibradas y razonables que fueron como un mapa para atravesar la creciente jungla de espinos, y siguió las indicaciones con toda la desesperación de un viajero perdido. Extendió la mano... y sí, allí estaba el diseño irregular de la moldura alrededor del marco de la puerta. Arrastrándose hacia un lado, utilizó ambas manos para encontrar el camino que le llevara a atravesar el marco, y después dio cuatro pasos hacia atrás.
Oyó pasos silenciosos. De dos pares de pies. Y las puertas de la biblioteca se cerraron.
Percibía la ubicación de las dos hembras por los sutiles sonidos de sus respiraciones, y ninguna de ellas invadía su espacio personal, lo cual agradeció.
—Wrath, creo que necesitamos hacer algunos cambios temporales. —La voz de Mary provenía de la derecha—. Por si acaso no recobras la vista pronto.
Menudo eufemismo, pensó él.
—¿Cómo cuáles? —masculló.
Beth respondió, haciéndole tomar consciencia de que evidentemente ya habían hablado de esto entre ellas.
—Un bastón para ayudarte con el equilibrio, y una infraestructura de personal de cobertura en tu estudio para que puedas volver al trabajo.
—Y tal vez alguna otra clase de ayuda —apuntó Mary.
Mientras absorbía sus palabras, el sonido de los latidos de su corazón rugía en sus oídos, e intentó no prestarle tanta atención. Sí, buena suerte con eso. Cuando un sudor frío le bañó, empapando su labio superior y sus axilas, no estuvo seguro de si era por el miedo o por el esfuerzo que le demandaba tratar de evitar derrumbarse delante de ellas.
Probablemente ambos. La cuestión era que no poder ver era malo, pero lo que realmente le estaba matando era la claustrofobia. Sin una referencia visual, estaba atrapado en el espacio estrecho y atestado bajo la capa de su piel, aprisionado en su cuerpo sin forma de salir... y ese tipo de mierda no le sentaba nada bien. Le recordaba demasiado a cuando era niño y su padre le encerró en un espacio pequeño... y permaneció encerrado mientras veía como los lessers asesinaban a sus padres…
El lúgubre recuerdo debilitó sus rodillas y perdió el equilibrio, escorándose hacia un lado hasta que empezó a caer de sus botas. Beth fue la que le atrapó y suavemente lo descargó hacia el otro lado para que cuando se derrumbara lo hiciera sobre un sofá.
Mientras intentaba respirar, apretó la mano de ella con fuerza, y ese contacto fue todo lo que evitó que sollozara como un jodido marica.
El mundo se había acabado... el mundo se había acabado... el mundo se había...
—Wrath —dijo Mary—, si vuelves al trabajo, ayudará, y mientras tanto podemos hacértelo más fácil. Hay soluciones que pueden hacerte las cosas más seguras y ayudar a aclimatarte a...
Ella hablaba pero él no la escuchaba. En todo lo que podía pensar era en que no volvería a luchar, nunca. Nada de pasear con facilidad por la casa, nunca. Nada de conseguir aunque fuera una impresión borrosa de lo que había en su plato, o de quién estaba sentado a su mesa, o de lo que vestía Beth. No sabía como iba a hacer para afeitarse o encontrar la ropa en su armario o ver donde estaba el champú o el jabón. ¿Cómo se ejercitaría? No sería capaz de preparar las pesas que quería o encender la cinta de correr o... mierda, atarse los cordones de las zapatillas de deporte...
—Me siento como si hubiera muerto —dijo con voz ahogada—. Sí así es como va a ser... siento como si la persona que era… hubiera muerto.
La voz de Mary le llegó directamente de delante de él.
—Wrath, he visto a personas atravesar exactamente el mismo tipo de situación con la que tú estás luchando. Mis pacientes autistas y sus padres deben aprender a ver las cosas de un modo nuevo. Pero para ellos no fue el fin. No hubo ninguna muerte, sólo un cambio en su estilo de vida.
Mientras Mary hablaba, Beth le acariciaba el interior del brazo, deslizando la mano arriba y abajo por el tatuaje que ilustraba su linaje. El toque le hizo pensar en los muchos machos y hembras que habían muerto antes que él, cuyo coraje había sido puesto a prueba por desafíos tanto internos como externos.
Frunció el ceño, repentinamente avergonzado por su debilidad. Si su padre y su madre estuvieran vivos en ese momento, se habría sentido avergonzado de que vieran como se estaba comportando. Y Beth... su amada, su compañera, su shellan, su Reina, tampoco debería haberle visto así.
Wrath, hijo de Wrath, no debería estar inclinándose bajo el peso que se le había impuesto. Debería estar soportándolo. Eso era lo que hacían los miembros de la Hermandad. Eso era lo que hacía un Rey. Eso era lo que hacía un macho de valía. Debería estar soportando su carga, alzándose por encima del dolor y el miedo, haciéndole frente firmemente no sólo por aquéllos a los que amaba, sino por sí mismo.
En vez de eso, se caía por las escaleras como un borracho.
Se aclaró la garganta. Y tuvo que aclarársela una vez más.
—Tengo... tengo que ir a hablar con alguien.
—Okay —dijo Beth—. Podemos traer a quien sea hasta ti...
—No, iré por mí mismo. Si me perdonáis. —Se puso en pie y avanzó... para darse de lleno con la mesa del café. Reprimiendo una maldición mientras se frotaba la espinilla, dijo—: ¿Me dejáis aquí? Por favor.
—¿Puedo... —La voz de Beth se quebró—. ¿Puedo limpiarte el rostro?
Distraídamente, Wrath se limpió la mejilla y la sintió húmeda. Sangre. Todavía estaba sangrando.
—Está bien. Estoy bien.
Hubo un suave susurro mientras las dos mujeres se encaminaban hacia la puerta, después el click del cerrojo cuando una de ellas accionó el picaporte.
—Te amo, Beth —dijo Wrath rápidamente.
—Yo también te amo.
—Es... todo se arreglará.
Con otro click, la puerta volvió a cerrarse.
Wrath se sentó en el suelo en el mismo lugar en que se encontraba, porque no confiaba en sí mismo para circunnavegar por la biblioteca para conseguir una posición mejor. Mientras estaba sentado, el crujido del fuego le dio algún marco de referencia... y entonces se dio cuenta de que podía visualizar la habitación en su mente.
Si extendía la mano a la derecha... sí. Su mano rozó una de las suaves patas de la mesa que había junto al sofá. Subió con la mano hasta el fondo rectangular y palmeó la superficie de la cosa hasta encontrar... si, los posavasos que Fritz apilaba pulcramente allí. Y un pequeño libro de cuero... y la base de la lámpara.
Esto era reconfortante. En cierta forma extraña, había sentido como si el mundo hubiera desaparecido sólo porque él no podía verlo. Pero en realidad todo seguía estando ahí.
Cerrando los ojos, envió una petición.
Pasó un largo rato antes que fuera respondida, un largo, largo rato antes de que su espíritu le abandonara encontrándose a sí mismo de pie en un suelo duro, junto a una fuente que cantaba suavemente. Se había preguntado si sería ciego aquí en el Otro Lado también, y lo era. Aún así, al igual que le había ocurrido con la disposición de la biblioteca, conocía el lugar, aunque no pudiera verlo. Allí a la derecha había un árbol lleno de pájaros piando, y delante de él, al otro lado de la fuente que esparcía agua, estaría la galería con columnas que formaba parte de los aposentos privados de la Virgen Escriba.
—Wrath, hijo de Wrath. —No oyó a la madre de la raza aproximarse, pero bueno, ella se desplazaba levitando de modo que su túnica negra nunca tocaba el suelo que había bajo ella, fuera cual fuera éste—. ¿Con qué propósito has venido a mí?
Ella sabía condenadamente bien por qué estaba allí, y Wrath ya no iba a seguirle el juego.
—Quiero saber si tú me has hecho esto.
Los pájaros se quedaron en silencio, como si estuvieran horrorizados por su temeridad.
—¿Si te he hecho qué? —Su voz sonaba igual que cuando había aparecido en la Tumba con Vishous: distante y desinteresada. Lo cual cabreaba bastante a un tipo cuando estaban teniendo problemas para bajar sus propias escaleras.
—Mi puñetera vista. ¿Me la has quitado porque salí a luchar? —Se arrancó las gafas envolventes de la cara y las tiró por el suelo resbaladizo—. ¿Tú me has hecho esto?
En el pasado ella le habría azotado hasta hacerle sangrar por esa clase de insubordinación, y mientras él aguardaba a ver qué se le venía encima, casi esperaba que le fundiera el trasero con un relámpago.
Sin embargo no hubo ningún impacto.
—Lo que estaba destinado a ser, iba a ser. El que lucharas no tuvo nada que ver con tu pérdida de visión, ni yo tampoco. Ahora vuelve a tu mundo y déjame a mí en el mío.
Supo que se había dado la vuelta, porque su voz sonó apagada mientras se encaminaba en dirección opuesta.
Wrath frunció el ceño. Había venido esperando una pelea, y quería una. ¿Y que tenía en lugar de eso? Nada contra lo que argumentar, ni siquiera una reprimenda por su deliberada falta de respeto.
El cambio radical en el paradigma era tan crudo, que por un momento olvidó todo el asunto de su ceguera.
—¿Qué pasa contigo?
No obtuvo ninguna respuesta, sólo una puerta cerrándose suavemente.
En ausencia de la Virgen Escriba, los pájaros se quedaron en silencio, el único telón de fondo era el delicado sonido del agua al caer. Hasta que otra persona se aproximó.
Por instinto, se giró hacia los pasos y asumió su postura de lucha, sorprendido al descubrir no que estaba tan indefenso como había pensado. En ausencia de la vista, su audición llenaba la imagen que ya no creaban sus ojos: sabía dónde estaba la persona por el roce de su túnica y un extraño click, click, clik y... mierda, hasta podía oír su corazón.
Fuerte. Firme.
¿Qué estaba haciendo un macho allí?
—Wrath, hijo de Wrath. —No era la voz de un macho. Era una hembra. Y aun así le daba una impresión de masculinidad. ¿O tal vez era sólo poder?
—¿Quién eres? —exigió.
—Payne.
—¿Quién?
—No importa. Dime algo, ¿tienes planeado hacer algo con esos puños? ¿O sólo vas a quedarte ahí parado?
Él dejó caer los brazos inmediatamente, ya que era absolutamente inapropiado levantarle la mano a una hembra…
El gancho se estrelló en su mandíbula con tanta fuerza, que le sacudió la cabeza y los hombros. Atónito, más sorprendido que dolorido, luchó por recuperar el equilibrio. En el instante en que lo hizo, oyó una especie de zumbido y recibió otro golpe, y el siguiente golpe conectó bajo su mandíbula y le echó la cabeza hacia atrás.
Sin embargo, esos eran los únicos golpes libres que iba a conseguir. Sus instintos defensivos y sus años de entrenamiento respondieron a pesar de que no podía ver nada, su audición hizo la parte de sus ojos, indicándole dónde estaban cosas como brazos y piernas. Agarró una muñeca sorprendentemente delgada y tiró de la hembra...
El talón de ella contactó duramente con su espinilla, el dolor arponeó su pierna, cabreándole, al tiempo que algo parecido a una cuerda oscilaba frente a su rostro. Lo agarró con la esperanza de que fuera una trenza pegada a...
Tirando con fuerza, sintió que el cuerpo de ella se contorsionaba hacia atrás. Sí, pegada a su cabeza. Perfecto.
Hacerla perder el equilibrio fue fácil, pero joder, era una hija de puta fuerte. Con sólo una pierna para apoyar su peso, se las arregló para saltar y girar en el aire, dándole en el hombro con la rodilla.
La oyó aterrizar y comenzar a revolverse, pero la mantuvo agarrada por el cabello, refrenándola. Sin embargo era como agua, siempre fluida, siempre en movimiento, golpeándole continuamente hasta que se vio obligado a tumbarla rudamente sobre la tierra y sujetarla.
Fue un caso de fuerza bruta venciendo a la gracia.
Jadeando, miró en dirección a un rostro que no podía ver.
—¿Cuál es tu puto problema?
—Estoy aburrida. —Habiendo dicho eso, le dio un cabezazo justo en la maldita nariz.
El dolor le hizo sentir como si estuviera en un tiovivo, aflojando brevemente su sujeción. Y eso fue todo lo que ella necesitó para liberarse de nuevo. Ahora era él, el que estaba abajo y ella tenía el antebrazo alrededor de su garganta y tiraba de ésta hacia atrás con tanta fuerza, que debía estar sujetándose la muñeca para poder hacer más palanca.
Wrath luchó por llevar aire a sus pulmones. Santa mierda, si seguía así, iba a matarle. Realmente iba a hacerlo.
Desde lo más hondo de su ser, desde el fondo de su misma médula y desde lo profundo de la doble hélice de su ADN, le llegó la respuesta. No iba a morir aquí y ahora. De ningún puñetero modo. Él era un superviviente. Era un luchador. Y fuera quién fuera esta perra, no iba a emitir su pasaje al Fade.
Wrath dejó escapar un grito de guerra a pesar de la barra de hierro que tenía alrededor del cuello, y se movió tan rápido que ni se entero de lo que hizo. Todo lo que sabía era que una fracción de segundo después, la hembra estaba bocabajo sobre el mármol con ambos brazos retorcidos tras la espalda.
Sin razón aparente, recordó cuando le había roto los brazos a ese lesser, unas cuantas noches atrás, en el callejón antes de matar al muy cabrón.
A ella iba a hacerle exactamente lo mismo...
La risa que ondeó hasta él desde abajo le detuvo. La hembra... se estaba riendo. Y no como alguien que hubiera perdido la cabeza. Sinceramente estaba pasando un buen rato, a pesar de que debía saber que estaba a punto de desmayarse por el tipo de dolor que iba a inflingirle.
Wrath aflojó ligeramente la presión.
—Eres una puta demente, ¿lo sabías?
El cuerpo firme de ella tembló bajo el de él mientras seguía riendo.
—Lo sé.
—Si te suelto, ¿vamos a volver a terminar aquí otra vez?
—Tal vez sí. Tal vez no.
Extraño, pero en cierto modo le gustaban esas probabilidades, y después de un momento, la soltó como lo hubiera hecho con un semental de mal genio: rápidamente y con una veloz retirada de su parte. Mientras se plantaba sobre sus pies, estaba listo para que volviera a atacarle, y en cierta forma esperaba que lo hiciera.
La hembra se quedó donde estaba, tendida sobre el suelo de mármol, y volvió a oír el tintineo.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Tengo el hábito de golpear la uña de mi dedo anular contra la parte interna de la uña de mi pulgar.
—Oh. Genial.
—Oye, ¿vas a volver de nuevo pronto?
—No sé. ¿Por qué?
—Porque esto ha sido lo más divertido que me ha pasado desde... hace mucho tiempo.
—Vuelvo a preguntar, ¿quién eres? ¿Y por qué no te he visto aquí antes?
—Solo digamos que Ella nunca ha sabido que hacer conmigo.
Estaba claro, dado el tono de la hembra, quien era Ella.
—Bueno, Payne, puede que vuelva a por más de esto.
—Bien. Hazlo pronto. —La oyó ponerse en pie—. Por cierto, tus gafas están justo junto a tu pie izquierdo.
Hubo un susurro y el suave cerrarse de una puerta.
Wrath recogió las gafas y después se sentó sobre el mármol para darle un respiro a sus piernas. Era gracioso, pero disfrutó del dolor de su pierna, el pinchazo de su hombro y el palpitar punzante de todas y cada una de sus magulladuras. Todo eso le era familiar, parte de su pasado y su presente, y lo que iba a necesitar en el aterrador y desconocido futuro oscuro.
Su cuerpo todavía era suyo. Todavía funcionaba. Todavía podía luchar, y tal vez con práctica podría volver a donde había estado.
No había muerto.
Todavía estaba vivo. Cierto, no podía ver, pero todavía podía tocar a su shellan y hacerle el amor. Y todavía podía pensar, caminar, hablar y oír. Sus brazos y piernas funcionaban perfectamente, como también lo hacían sus pulmones y su corazón.
La adaptación no iba a ser fácil. Una lucha realmente impresionante no iba a hacer desaparecer lo que serían meses y meses de torpe aprendizaje, frustración, furia y pasos en falso.
Pero tenía perspectiva. Una diferente de la nariz sangrante que había conseguido al caer por las escaleras, la que tenía ahora no le parecía un símbolo de todo lo que había perdido. Era más bien una representación de todo lo que todavía tenía.
Cuando Wrath volvió a su forma en la biblioteca de la mansión de la Hermandad, estaba sonriendo, y cuando se puso en pie y una de sus piernas aulló de dolor soltó una risa ahogada.
Concentrándose, dio dos pasos cojeando a la izquierda y... encontró el sofá. Dio diez hacia adelante y... encontró la puerta. Abrió la puerta, dio quince pasos directamente hacia delante, y... encontró la balaustrada de la escalera principal.
Podía oír la comida que se estaba llevando a cabo en el comedor, el suave tintineo de plata contra porcelana llenando el vacío que normalmente ocupaba la charla. Y pudo oler el... oh, sí, cordero. A eso se refería.
Mientras daba treinta y cinco mesurados pasos de cangrejo a la izquierda, comenzó a reír, especialmente cuando se limpió el rostro y la sangre goteó de su mano.
Supo el momento exacto en que todo el mundo le vio. Tenedores y cuchillos cayeron sobre los platos y rebotaron, las sillas se arrastraron hacia atrás y el aire se llenó de maldiciones.
Wrath simplemente rió y rió y rió un poco más.
—¿Dónde está mi Beth?
—Oh, dulce Jesús —dijo ella mientras se acercaba—. Wrath... ¿qué ha pasado?
—Fritz —llamó mientras amoldaba a su Reina contra él—. ¿Podrías traerme un plato? Estoy hambriento. Y también una toalla para que pueda limpiarme. —Apretó a Beth—. Llévame a mi asiento, ¿quieres, mi amor?
Se hizo un gran silencio que positivamente sonaba a ¿qué–coño–es–esto?
Hollywood fue el que preguntó:
—¿Quién demonios ha utilizado tu cara como pelota de futbol?
Wrath simplemente se encogió de hombros y acarició la espalda de su shellan.
—He hecho una nueva amistad.
—Pues menudo amigo.
—Ella lo es.
—¿Ella?
El estómago de Wrath dejó escapar un gruñido.
—Bueno, ¿puedo unirme a la comida o qué?
La referencia al sustento hizo que todo el mundo volviera a concentrarse, se produjo todo tipo de charla y algarabía, y luego Beth le guió a través de la habitación. Cuando se sentó, le pusieron un paño húmedo en la mano, y el divino aroma a romero y cordero apareció justo delante de él.
—Por amor de Dios, ¿vais a sentaros? —les dijo mientras se limpiaba el rostro y el cuello. En tanto se producían todo tipo de ruidos de sillas, encontró su cuchillo y tenedor y comenzó a pinchar alrededor de su plato, identificando el cordero y las patatas y... los guisantes. Sip, los redonditos eran guisantes.
El cordero estaba delicioso. Justo como a él le gustaba.
—¿Estás seguro de que era una amiga? —preguntó Rhage.
—Sí —dijo, apretando la mano de Beth—. Estoy seguro.





[1]Hace una broma respecto al sexo oral. Un Francés es una felación. (N. de la T.)
[2] Destacado patriota de la Revolución Americana. Famoso por su firma como presidente del Segundo Congreso Continental en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. «John Hancock»se ha llegado a convertir en sinónimo de «firma». (N. de la T.)

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