miércoles, 25 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 58 59 60

Capítulo 58


Veinticuatro horas en Manhattan eran suficientes para convertir, incluso al hijo del mal en un hombre nuevo.
Tras el volante del Mercedes, con el maletero y el asiento trasero lleno de bolsas de Gucci, Louis Vuitton, Armani y Hermes, Lash era un excursionista feliz. Se había alojado en una suite del Waldorf, follado a tres mujeres —dos de ellas al mismo tiempo— y comido como un rey.
Mientras dejaba la Northway por la salida que conducía a la colonia symphath, comprobó la hora en su nuevo y reluciente Cartier Tank de oro, el sustituto de esa mierda de Jacob & Co. falsificado, que estaba tan por debajo de él.
La hora que mostraba el reloj no estaba tan mal, pero la fecha era un problema: el rey symphath, le iba a echar la bronca pero no le importaba. Por primera vez desde que había sido convertido por el Omega, se sentía como él mismo. Vestía un traje cruzado de Marc Jacobs, una camisa Luis Vuitton de seda, un chaleco de cachemira Hermes y mocasines Dunhill. Su polla estaba vacía, su estómago todavía estaba lleno por la cena que había tomado en Le Cirque, y sabía que en cualquier momento podía volver a la Gran Manzana y repetirlo todo.
Con tal de que a sus chicos continuaran yéndoles bien en su juego.
En ese frente las cosas iban bien, o al menos eso parecía. El señor M había llamado hacía más o menos una hora y había informado que el producto continuaba moviéndose con rapidez. Lo que eran buenas y malas noticias. Tendrían más efectivo, pero sus suministros estaban menguando rápidamente.
No obstante, los lessers, estaban familiarizados con la persuasión y por ese motivo, el último tipo que había estado dispuesto a reunirse con ellos para tratar un pedido importante no había sido asesinado, sino retenido.
El señor D y los demás debían estar ejercitándose con él, y no en un gimnasio.
Lo cual hizo pensar a Lash en el tiempo que había pasado en la ciudad.
La guerra con los vampiros siempre sería en Caldwell, a menos que la Hermandad decidiera mudarse. Pero Manhattan era una de las capitales del mundo de la droga, y estaba muy, muy cerca. Sólo a una hora en coche.
Naturalmente, el viaje al sur no había sido sólo para ir de compras a la Quinta Avenida. Había pasado la mayor parte de la tarde yendo de club en club, explorando los escenarios, buscando patrones de conducta de quién iba a dónde... porque eso te indicaba qué estaba comprando la gente. A los tecnos les gustaba el X. A los nuevos ricos escurridizos e inquietos les gustaba la coca y el X. Los universitarios preferían hierba y los alucinógenos, pero también podías venderles Oxy y Meta. A los góticos y los Emo les gustaba el X y las hojas de afeitar y los yonkies que encontrabas en todos los callejones que había alrededor de los clubs se la daban con crack, crank y H.
Si en un principio lograba poner las cosas en marcha en Caldie, podía hacer lo mismo a mayor escala en Manhattan. Y no había razón para no pensar a lo grande.
Girando hacia el camino de tierra que ya había recorrido antes, metió la mano bajo el asiento y sacó una SIG calibre cuarenta que había comprado la noche anterior cuando iba de camino a la ciudad.
No había razón para cambiarse de ropa. Un buen asesino no necesitaba sudar para hacer su trabajo.
La granja blanca todavía se aposentaba encantadoramente en el paisaje, que ahora estaba cubierto de nieve, era la candidata perfecta para el escenario de una tarjeta navideña humana. En la noche que se prolongaba, se veía salir un pálido hilo de humo desde una de sus chimeneas, las bocanadas atrapaban y amplificaban la suave luz de la luna, creando sombras que se movían apresuradamente por el techo. Al otro lado de las ventanas, la dorada iluminación de las velas cambiaba como si hubiera una sutil brisa moviéndose a través de todas las habitaciones. O tal vez fueran sólo esas malditas arañas.
Joder, a pesar de la apariencia acogedora, ese lugar realmente daba miedo, ¿verdad?
Cuando aparcó el Mercedes junto al letrero de la orden monástica y salió, la nieve cayó suavemente sobre sus nuevos Dunhill. Mientras se sacudía esa mierda con una maldición, se preguntó por qué demonios los puñeteros symphaths no podían haber sido confinados en Miami.
Pero nooooooo, los comedores de pecados habían aparcado el culo a un tiro de piedra de Canadá.
En definitiva, a nadie le gustaban, así que se había aplicado la lógica.
Se abrió la puerta de la granja y salió el rey, con la túnica blanca flotando a su alrededor y los brillantes ojos rojos resplandeciendo extrañamente.
—Llegas tarde. Por cuestión de días.
—En cualquier caso, tus velas se han mantenido bastante bien.
—¿Y acaso mi tiempo no es tan valioso como la cera consumida?
—No he dicho eso.
—Pero tus acciones hablan, alto y claro.
Lash subió las escaleras con el arma en la mano y al ver al rey observar los movimientos de su cuerpo sintió la necesidad de comprobar si llevaba la cremallera bien subida. Y sin embargo, cuando estuvo cara a cara con el tipo, sintió que la corriente chispeaba entre ellos una vez más, lamiéndole en el aire frío.
Joder. No le iban esa clase de cosas. De veras que no.
—Entonces, ¿nos ocupamos del negocio? —murmuró Lash, mirando fijamente esos ojos rojo sangre intentando no sentirse cautivado.
El rey sonrió y subió los dedos de tres nudillos hacia los diamantes que tenía alrededor de la garganta.
—Sí, creo que deberíamos hacer eso. Ven por aquí y te conduciré a tu objetivo. Está en la cama...
—Pensé que sólo vestías de rojo, Princesa. ¿Y qué coño estás haciendo tú aquí, Lash?
Cuando el rey se tensó, Lash se dio la vuelta, apuntando su arma. A través del césped se acercaba... un macho enorme con relucientes ojos color amatista y el inconfundible mohawk que lo caracterizaba: Rehvenge, hijo de Rempoon.
Al bastardo no le sorprendía en lo más mínimo encontrarse en terreno symphath. Al contrario, parecía sentirse en casa. Y también aparentaba estar cabreado.
¿Princesa?
Una rápida mirada sobre el hombro le reveló... nada que Lash no hubiera visto antes. Un tipo delgado, con túnica blanca, el cabello recogido como... el de una chica, en realidad.
En estas circunstancias, le agradaba haber sido engañado. Mucho mejor querer follarse a una hembra mentirosa que tener que afrontar el hecho de que era un... Sí, no había razón para ir por ahí, ni siquiera en su propia mente.
Volviendo a girar la cabeza rápidamente, Lash supo que esa interrupción algo extraña llegaba en el momento perfecto. Sacar a Rehv del juego de la droga de Caldwell dejaría libre todo tipo de oportunidades comerciales.
Justo cuando su dedo apretaba el gatillo, el rey se lanzó hacia adelante y agarró el cañón.
–¡A él no! ¡A él no!


Mientras el disparo tañía en la noche y la bala se desviaba hacia fuera, incrustándose en el tronco de un árbol, Rehvenge observaba a Lash y a la princesa luchar por el control del arma. En cierta forma, no le importaba una mierda cual de los dos salía vencedor, ni si él o cualquier otro recibía un tiro en el proceso, ni el motivo por el cual un crío al que habían matado todavía estaba bien vivo. Su vida terminaría donde había sido concebida, aquí en esta colonia. Ya fuera que muriera esta noche o mañana o dentro de cien años, ya fuera que le matara la princesa o Lash, el resultado estaba decidido, por lo que los detalles no tenían importancia.
Aunque tal vez esa jodida actitud de dejarse llevar era cuestión de humor. Después de todo, era un macho vinculado sin su compañera, así que en términos de viaje, había empaquetado su equipaje, dejado su habitación de hotel mortal, y estaba en el ascensor de camino a la antesala del infierno.
Al menos, así era como pensaba su lado vampiro. La otra mitad de su linaje estaba bailando el mambo: el drama fatal siempre era un incentivo para su lado malo, y no le sorprendió cuando el symphath en él venció la última dosis de dopamina que se había inyectado en las venas. En un instante, su visión perdió el espectro completo de colores y se aplanó, la túnica de la princesa se volvió roja y los diamantes de su garganta se convirtieron en sangrientos rubíes. Evidentemente, vestía de blanco, pero como nunca la había visto sin sus ojos de come pecados, había asumido que se vestía del color de la vena.
¿Pero qué coño le importaba a él su vestuario?
Habiendo aflorado su lado malo, Rehv no pudo evitar involucrarse. Cuando las sensaciones inundaron su cuerpo, sacando a sus brazos y piernas de la esclavitud del entumecimiento, se subió al porche de un salto. El odio le caldeaba desde el interior, y aunque no estaba interesado en aliarse con Lash, quería que jodieran a la princesa, y no de buen modo.
Colocándose tras ella, la agarró por la cintura y la levantó del suelo. Lo cual le dio a Lash la ocasión de liberar el arma de un tirón y girar para alejarse.
Después de la transición esa pequeña mierda se había convertido en un macho grande. Pero eso no era todo lo que había cambiado en él. Apestaba a maldad dulce, del tipo que animaba a los lessers. Evidentemente, el Omega le había hecho regresar de la muerte pero, ¿por qué? ¿Cómo?
No es que fueran preguntas a las que Rehv le importara encontrar respuesta. No obstante, estaba tan entusiasmado apretándole la caja torácica a la princesa, y lo hacía con tanta fuerza que ella se veía obligada a luchar por respirar. Le estaba hundiendo las uñas en los antebrazos a través de la camisa de seda, y estaba endemoniadamente seguro que de haber podido le habría hundido los dientes, pero no iba a darle la oportunidad. La tenía agarrada de la parte de atrás del moño con gran fuerza, manteniéndole la cabeza bajo control.
—Eres un estupendo escudo corporal, perra —le dijo al oído.
Mientras ella intentaba hablar, Lash enderezó su ropa, que debía reconocer que había sido vapuleada a la vez que apuntaba con la SIG que tenía en la mano a la cabeza de Rehv.
—Encantado de verte, Reverendo. Estaba a punto de ir a por ti, y acabas de ahorrarme el viaje. Sin embargo, debo admitir, que ver cómo te escondes detrás de esa hembra, macho o lo que sea no hace justicia a tu reputación de patea–culos.
—Esto no es un tío, y si no me asqueara como el demonio le rasgaría la parte delantera de la túnica para probarlo. Y oye, me has sorprendido, ¿sabes? Lo último que supe fue que estabas muerto.
—Al final no fue por mucho tiempo. —El tipo sonrió, mostrando unos largos colmillos blancos—. Realmente es una hembra, ¿eh?
La princesa luchó, y Rehv casi le separa el cráneo de la espina dorsal para someterla. Cuando ella jadeó y gimió, le dijo:
—Lo es. ¿No sabías que los symphaths son prácticamente hermafroditas?
—No puedo decirte cuanto me alivia saber que mintió.
—Sois tal para cual.
—Lo mismo pienso yo. Ahora, ¿qué tal si sueltas a mi novia?
—¿Tu novia? Vas un poco rápido, ¿no? Y pasaré del programa de captura–y–libera. Me gusta la idea de que nos dispares a ambos.
Lash frunció el ceño.
—Creía que eras un luchador. Supongo que eres un marica. Debería haber ido directamente a tu club y haberte disparado allí.
—En realidad, estoy muerto desde hace unos diez minutos. Así que me importa una mierda. Aunque siento curiosidad por saber qué motivos tienes para matarme.
—Conexiones. Y no del tipo social.
Rehv arqueó las cejas. ¿Era Lash el que estaba matando a los distribuidores? ¿Qué coño? Aunque... hacía cosa de un año el cabrón había intentado vender drogas en el ZeroSum y por ello había conseguido que le echaran del establecimiento. Evidentemente ahora que estaba con el Omega, estaba tratando de resucitar sus viejos y lucrativos hábitos.
Con la fría lógica de la retrospectiva, las cosas comenzaron a encajar en su lugar. Los padres de Lash habían sido los primeros asesinados durante las incursiones de los lessers del verano pasado. Cuando una familia tras otra comenzó a aparecer muerta en sus casas supuestamente secretas y protegidas, la pregunta que surgió en la mente del Consejo, de la Hermandad y de cada civil, era cómo había averiguado la Sociedad todas esas direcciones.
Simple: Lash había sido convertido por el Omega y dirigía la carga.
Rehv afirmó un poco más el apretón sobre la caja torácica de la princesa mientras los últimos vestigios de su entumecimiento desaparecían.
—Así que estás intentando meterte en mi negocio, ¿eh? Fuiste tú quien se cargó a todo esos minoristas.
—Sólo me estaba abriendo camino a través de la cadena alimenticia, como quien dice. Y contigo fuera del juego, llego a la cima, al menos en Caldwell. Así que suéltala, para que pueda dispararte en la cabeza y así todos podremos continuar con nuestros asuntos...
Una oleada de miedo recorrió el porche, encrespándose para caer sobre Rehv, la princesa y Lash.
Rehv desvío los ojos y se quedó inmóvil. Bueno, bueno, bueno, ¿quién lo hubiera dicho? Esto iba a terminar mucho más rápido de lo que había pensado.
Acercándose a través del césped cubierto de nieve, con ropajes de un color rojo rubí, venían siete symphaths en formación de flecha. En el centro del grupo, caminando con un bastón y llevando un tocado de rubíes y arpones negros, había un macho encorvado.
El tío de Rehv. El rey.
Parecía mucho más viejo, pero a pesar de la vejez y debilidad de su cuerpo, su alma era tan fuerte y negra como siempre, causándole escalofríos a Rehv y haciendo que la princesa dejara de luchar contra su sujeción. Incluso Lash tuvo el buen juicio de retroceder un paso.
La guardia privada se detuvo en la base de la escalera del porche, con sus túnicas hinchándose con la brisa fría que ahora Rehv podía sentir contra su propio rostro.
El rey habló con voz débil, arrastrando las aflautadas eses.
—Bienvenido a casa, mi queridísimo sobrino. Y saludos, visitante.
Rehv miró fijamente a su tío. No había visto al macho en... Dios, mucho tiempo. Mucho, mucho tiempo. Desde el funeral de su padre. Evidentemente, los años no habían sido amables, sino más bien bastante duros con el rey, y esto hizo sonreír a Rehv ya que imaginó a la princesa acostada con ese cuerpo fofo y retorcido.
—Buenas noches, tío —dijo Rehv—. Y por cierto, este es Lash. Por si no lo sabías.
—No, no hemos sido apropiadamente presentados, aunque tengo conocimiento de sus propósitos en mis tierras. —El rey fijó sus acuosos ojos rojos en la princesa—. Mi querida muchacha, ¿creías que no era consciente de tus visitas regulares a Rehvenge? ¿Y crees que ignoraba tu plan más reciente? Me temo que estaba bastante encariñado contigo y por eso permitía las citas con tu hermano...
—Medio hermano —cortó Rehv firmemente.
—... sin embargo, esta traición con el lesser no la puedo permitir. En realidad, no deja de impresionarme tu inventiva, dado que he invalidado mi legado del trono a tu favor. Pero no me dejaré dominar por mi pasada adoración. Me has subestimado, y por esta falta de respeto, te daré un castigo que sea congruente con lo que deseas y anhelas.
El rey hizo un gesto afirmativo con la cabeza, y por puro instinto, Rehv se dio la vuelta. Demasiado tarde. Detrás de él había un symphath con una espada alzada, y el brazo del tipo ya estaba descendiendo... y aunque la hoja no estaba apuntándole, eso sólo podía considerarse como una leve mejoría ya que la empuñadura de la maldita cosa le atinó a Rehv en lo alto del cráneo.
Para él, el impacto fue la segunda explosión de la noche, pero al contrario que con la primera, esta vez cuando toda la luz y el ruido se desvanecieron no estaba de pie.


Capítulo 59


A las diez de la mañana Ehlena todavía estaba despierta. Atrapada en el interior por la luz del sol, se paseaba por la habitación encogida y abrazándose a sí misma ya que los calcetines hacían poco para mantener sus pies lo suficientemente calientes.
Pero en definitiva, estaba tan fría por dentro, que podía haber llevado un par de planchas George Foreman Grills y aún así estar helada. La conmoción parecía haber puesto a cero su temperatura interna, su botón selector interior señalando «Refrigerador» en vez de «Normal».
Al otro lado del pasillo, su padre dormía profundamente, y de vez en cuando, se metía en su habitación para comprobar su estado. Una parte de ella deseaba que se despertara, porque quería preguntarle acerca de Rehm y Montrag y los linajes y…
Salvo que era mejor dejarle fuera de este asunto. Provocar que se exasperara por algo que bien podría quedar en nada era lo último que cualquiera de ellos necesitaba. Si bien era cierto que había examinado el manuscrito y había encontrado esos nombres, había habido una sola mención entre un buen número de parientes. Además, lo que su padre recordara no era importante. Lo que importaba era lo que Saxton podía probar.
Sólo Dios sabía qué iba a resultar de esto.
Ehlena se detuvo en medio de la habitación, sintiéndose repentinamente demasiado cansada para continuar con su constante andar. Sin embargo, no fue una buena idea. En cuanto se quedó quieta, su mente fue hacia Rehv, así que reanudó su paseo en círculos con los pies fríos. ¡Madre mía! No le hubiera deseado la muerte a nadie, pero casi le alegraba que Montrag hubiera muerto, creando así, una turbulenta distracción con todo el asunto de la herencia. Sin ello, estaba bastante segura de que a esa altura ya habría perdido la cabeza.
Rehv...
Mientras arrastraba su cuerpo cansado hacia los pies de la cama, bajó los ojos. Sobre la colcha, con el mismo tipo de reposo plácido y tranquilo que el de su padre, estaba el manuscrito que él había escrito. Pensó en todo lo que había puesto en las páginas y ahora sabía exactamente lo que significaba. Había sido embaucado y traicionado de una forma muy parecida a como lo había sido ella, las falsas apariencias de honestidad y seriedad le habían despistado porque él mismo era incapaz de actuar con el tipo de cálculo ruin y la crueldad con que lo hacían los demás. A ella le ocurría lo mismo. ¿Podría alguna vez volver a confiar en su habilidad para descifrar a la gente?
La paranoia se agitaba en su mente y en sus entrañas. ¿Dónde estaba la verdad en las mentiras de Rehv? ¿Había alguna? Mientras imágenes de él fluctuaban ante sus ojos, sondeó sus recuerdos, preguntándose dónde estaba la división entre la realidad y la ficción. Necesitaba saber más… El problema era, que el único que podía llenar los huecos era un tipo al que nunca, jamás, iba a volver a acercarse.
Contemplando un futuro lleno de implacables preguntas, sin respuesta, se llevó las temblorosas manos a la cara y se apartó el cabello. Sujetándolo con fuerza, tiró de él como si de esa forma pudiera sacudirse todos los vertiginosos y locos pensamientos de la cabeza.
Jesús, ¿y si el engaño de Rehv fuera el equivalente a la ruina financiera de su padre? ¿Y la llevaba al borde de la locura?
Y esta era la segunda vez que un macho la ponía en evidencia, ¿o no? Su novio había hecho algo similar… la única diferencia radicaba en que le había mentido a todo el mundo excepto a ella.
Uno podría suponer que después de su primera experiencia debería haber aprendido una lección acerca de la confianza. Pero era evidente que no había sido así.
Ehlena dejó de deambular, esperando... demonios no sabía el qué, que le estallara la cabeza o algo así.
No estalló. Y tampoco hubo suerte con el intento de exterminación cognitiva a fuerza de tirones de pelo. Todo lo que estaba consiguiendo era un dolor de cabeza y un peinado a lo Vin Diesel.
Al alejarse de la cama, vio el portátil.
Con una maldición, atravesó el espacio vacío y se sentó frente al Dell. Aflojando el agarre mortal que estaba ejerciendo sobre su cabello, puso la yema del dedo sobre el ratón y desactivó el salvapantallas.
Internet Explorer. Favoritos: www.CaldwellCourierJournal.com.
Lo que necesitaba era una dosis de realidad concreta. Rehv era el pasado, y el futuro no tenía nada que ver con un astuto abogado al que se le había ocurrido una brillante idea. En ese momento en lo único que podía confiar era en su búsqueda de trabajo: si Saxton y sus papeles fracasaban, en menos de un mes ella y su padre estarían en la calle a menos que encontrara empleo.
Y no había nada falso o engañoso en eso.
Mientras se cargaba la página del CCJ, se dijo a sí misma que ella no era su padre, y que Rehv era un macho con el que había estado saliendo durante, ¿qué… cuestión de días? Sí, le había mentido. Pero era un tahúr súper–sexy que vestía ropa llamativa, y en retrospectiva, ya desde un principio no debería haber depositado su fe en él. Especialmente dado lo que ya sabía sobre los machos. 
Era culpa de él y error de ella. Y aunque la comprensión de que había sido seducida hasta la estupidez no le hizo recoger los pompones de animadora y comenzar a vitorear, la idea de que había una lógica interna que justificaba su actitud, aunque apestara, la ayudó a sentirse un poco menos insensata…
Ehlena frunció el ceño y se inclinó para acercarse más a la pantalla. En la splash page[1] de la web había una foto de la explosión de un edificio. El titular decía: Explosión Derriba Un Club Local. Y debajo en letra más pequeña: ZeroSum, ¿última víctima de la guerra de drogas?
Leyó el artículo sin respirar: Las autoridades investigan. No se tiene conocimiento de si había alguien en el club en el momento de la explosión. Se sospecha que hubo múltiples detonaciones.
Un apartado detallaba la cantidad de personas sospechosas de tráfico de drogas que habían sido encontradas muertas por todo Caldwell en el correr de la semana pasada. Cuatro. Todos asesinados de modo profesional. El DPC estaba investigando cada uno de los asesinatos, y entre los sospechosos estaba el propietario del ZeroSum, un tal Richard Reynolds, alias el Reverendo… que al parecer ahora estaba desaparecido. Había una anotación que indicaba que Reynolds había estado en la lista de vigilados del Departamento de Narcóticos del DPC durante años, sin embargo, nunca había sido acusado formalmente de ningún crimen.
La implicación era obvia: Rehv había sido el verdadero blanco de la explosión porque había matado a los otros.
Se desplazó hacia arriba con el ratón, a las fotos del diezmado club. Nadie podría sobrevivir a eso. Nadie. La policía iba a informar que él estaba muerto. Les podría llevar una semana o dos, pero encontrarían un cuerpo y declararían que era el suyo.
Ni una lágrima cayó de sus ojos. Ni un sollozo salió de sus labios. Estaba demasiado ida para eso. Simplemente se quedó allí sentada en silencio, se rodeó el cuerpo con los brazos una vez más y mantuvo los ojos clavados en la pantalla brillante.
El pensamiento que le vino a la mente era extravagante, pero ineludible: había una sola cosa que podía ser peor que lo que había tenido que afrontar cuando entró en ese club para enterarse de la verdad acerca de Rehv. Y eso era haber leído este artículo antes de hacer ese viaje al centro. 
No es que quisiera ver a Rehv muerto, Dios... no. Incluso después de todo lo que la había engañado, no quería que muriera de forma violenta. Pero había estado enamorada de él antes de enterarse de que le mentía.
Había estado... enamorada de él.
Su corazón verdaderamente le había pertenecido.
Ahora sus ojos se anegaron y desaguaron, la pantalla se tornó ondulante y borrosa, llevándose las imágenes del club hecho pedazos. Se había enamorado de Rehvenge. Había sido rápido e impetuoso, no había perdurado, pero igualmente los sentimientos habían aflorado.
Con un dolor punzante, recordó su cuerpo cálido y agitado sobre el suyo, su aroma vinculante en la nariz, sus enormes hombros abultándose y tensándose mientras hacían el amor. En esos momentos había sido hermoso, un amante muy generoso. Verdaderamente había disfrutado dándole placer…
Pero eso era lo que quería hacerle creer, y como symphath, era hábil cuando se trataba de manipular. Aunque, Dios, no podía evitar preguntarse qué era exactamente lo que había conseguido al estar con ella. No tenía dinero, ni posición, nada que lo beneficiara, y nunca le había pedido nada, nunca la había utilizado de ninguna forma…
Ehlena se impidió a sí misma ver cualquier tipo de cariz romántico en lo que había ocurrido. El asunto era que él no había merecido su amor, y no porque fuera un symphath. Aunque pareciera extraño, podría haber vivido con eso… aunque quizás eso sólo demostraba lo poco que sabía de comedores–de–pecados. No, era la mentira y el hecho de que fuera un traficante de drogas lo que lo había matado para ella.
Un traficante de drogas. Por un instante, pudo volver a ver los casos de sobredosis que habían atravesado las puertas de la clínica de Havers, esas jóvenes vidas en peligro sin ninguna buena razón. Algunos de esos pacientes habían sido revividos, pero no todos e incluso una muerte causada por lo que Rehv vendía era demasiado.
Ehlena se secó las mejillas y luego frotó las manos contra los pantalones. No más lágrimas. No podía darse el lujo de ser débil. Tenía que ocuparse de su padre.
Se pasó la siguiente media hora buscando trabajo.
A veces el hecho de que te forzaran a ser fuerte era suficiente para que realmente te convirtieras en lo que debías ser.
Cuando finalmente sus ojos se dieron por vencidos y empezaron a bizquear por el cansancio, apagó el ordenador y se tendió en la cama al lado del manuscrito de su padre. Cuando dejó caer los párpados, tuvo la sensación de que no iba a dormir. Su cuerpo podía estar rindiéndose, pero su cerebro no parecía interesado en jugar a seguirle–la–corriente.
Tumbada en la oscuridad, trató de calmarse imaginando la antigua casa en la que había vivido con sus padres antes de que todo cambiara. Se imaginó paseando por las espléndidas habitaciones, pasando junto a hermosas antigüedades, deteniéndose a oler un ramo de flores que había sido recién cortado del jardín.
La treta funcionó. Lentamente, su mente se asentó en el pacífico y elegante lugar y los pensamientos apremiantes redujeron la velocidad, luego frenaron y se aparcaron en su cráneo.
En el momento en que el sueño se adueñaba de ella, la más extraña de las convicciones golpeó en el centro de su pecho y la seguridad de ello fluyó a lo largo de todo su cuerpo.
Rehvenge estaba vivo.
Rehvenge estaba vivo.
Luchando contra la demoledora marea, Ehlena forcejeó intentando pensar racionalmente, queriendo fijar el motivo y el porqué–demonios de esa certeza, pero el sueño se filtró en ella, llevándosela lejos de todo.


Wrath estaba sentado tras su escritorio, recorriendo la superficie del mismo suavemente con sus manos. El teléfono, confirmado. El abrecartas en forma de daga, confirmado. Papeles, confirmado. Más papeles, confirmado. ¿Dónde estaba su…?
Hubo un choque y un desparrame. Correcto, porta plumas y plumas.
Tiradas por todas partes. Confirmado.
Mientras recogía lo que había tirado, oyó las suaves pisadas de Beth atravesando la alfombra para ayudarle.
—Está bien, leelan —le dijo—. Yo puedo.
Pudo sentir que revoloteaba por encima del escritorio y le alegró que no interviniera. Aunque pareciera infantil, necesitaba limpiar su desorden por sí mismo.
Al tacto, encontró hasta la última de las plumas. Al menos, así lo creyó.
—¿Cayó alguna al suelo? —preguntó.
—Una. Al lado de tu pie izquierdo.
—Gracias. —Se agachó, buscando a tientas en el suelo, y cerró el puño alrededor de un objeto liso, con forma de cigarro que tenía que ser una Mont Blanc—. Esta habría sido más difícil de encontrar.
Mientras se enderezaba, tuvo cuidado de localizar el borde de la mesa asegurándose de que su cabeza estuviera lejos de él antes de incorporarse. Lo cual constituía una mejoría respecto de lo que había estado haciendo más temprano. Bueno, entonces, iba jodido con el asunto de las plumas, pero estaba mejorando con todo el tema de levantarse. No había sacado unas notas perfectas, pero tampoco estaba maldiciendo ni sangrando.
Así que considerando dónde había estado horas antes, cuando iba de camino a la Última Comida, las cosas estaban mejorando.
Wrath terminó el paseo de su mano a través del escritorio, encontrando la lámpara, que estaba a su izquierda, el sello real y la cera que utilizaba para sellar los documentos.
—No llores —dijo en voz baja.
Beth sorbió un poquito.
—¿Cómo lo supiste?
Él se tocó la nariz.
—Lo olí. —Empujó hacia atrás la silla y se palmeó el regazo—. Ven aquí y siéntate. Deja que tu macho te abrace.
Oyó como su shellan se deslizaba bordeando el escritorio y el olor de sus lágrimas se hizo más fuerte porque cuanto más se acercaba más caían. Como hacía siempre, encontró su cintura, la enganchó con el brazo, y tiró de ella hacia él, la delicada silla crujió al acomodar el peso extra. Con una sonrisa, Wrath dejó que sus manos encontraran la ondulada longitud de su cabello y acarició su suavidad. 
—Es tan hermoso sentirte.
Beth se estremeció y se recostó contra él, y le alegró que lo hiciera. A diferencia de cuando tenía que usar las manos como ojos o cuando estaba recogiendo algo que había derribado, sostener su cálido cuerpo entre los brazos, le hacía sentir fuerte. Grande. Poderoso.
En ese momento él necesitaba todo eso, y a juzgar por la manera en que se dejó caer contra su pecho, ella también lo necesitaba.
—¿Sabes qué voy a hacer después de que terminemos con el papeleo? —murmuró él.
—¿Qué?
—Voy a llevarte a la cama y mantenerte allí durante un día entero. —Cuando su aroma se encendió, rió con satisfacción—. Eso no te molestaría, ¿eh? ¿A pesar de que voy a desnudarte y hacerte permanecer así?
—No me molesta ni un poco.
—Bien.
Permanecieron juntos durante un largo rato, hasta que Beth levantó la cabeza de de su hombro.
—¿Quieres trabajar un rato?
Movió la cabeza de modo que, si hubiera tenido sentido de la vista, habría estado mirando al escritorio.
—Sip, es como que… mierda, lo necesito. No sé por qué. Simplemente lo necesito. Empecemos con algo fácil… ¿Dónde está el saco de correo de Fritz?
—Justo aquí, al lado de la vieja silla de Tohr.
Cuando Beth se inclinó, desplazó el culo, conduciéndolo hacia su polla de una manera de lo más satisfactoria, y con un gemido agarró sus caderas e impulsó las suyas hacia arriba.
—Mmm, ¿Hay algo más en el suelo que necesite ser recogido? Quizás debería volcar más plumas. O tirar el teléfono.
La risa gutural de Beth era más sensual que la lencería.
—Si quieres que me incline, sólo tienes que pedirlo.
—Dios, te amo. —Cuando se enderezó, él le volvió la cabeza y besó sus labios, demorándose sobre la suavidad de su boca, robando una rápida lamida… poniéndose duro como un tronco—. Revisemos rápidamente el papeleo así podré tenerte donde quiero.
—¿Y dónde sería eso?
—Encima de mí.
Beth rió otra vez y abrió el maletín de cuero que Fritz utilizaba para recoger las peticiones que llegaban por carta. Hubo un desplazamiento de sobres contra sobres y un profundo suspiro de su shellan.
—Muy bien —dijo ella—. Veamos qué tenemos aquí.
Había cuatro peticiones de emparejamiento que debían ser firmadas y selladas, y normalmente eso le hubiera llevado un minuto y medio. Ahora, sin embargo, todo el asunto de la firma, derramar la cera y apretar requirió de algo de coordinación con Beth… pero con ella sentada en su regazo fue divertido. Luego había un montón de estados de cuenta domésticos. Seguido por facturas. Facturas. Y más facturas. Todas las cuales irían a parar a V para que realizara los pagos por internet, gracias a Dios, ya que Wrath no era partidario de la micro–administración de las cifras.
—Una última cosa —dijo Beth—. Un sobre grande de un bufete jurídico.
Cuando ella se estiró hacia adelante, sin duda para alcanzar el abrecartas de plata de ley con forma de daga, le recorrió los muslos con las manos, subiéndolas luego por la cara interna.
—Me encanta cuando te quedas sin aliento de esa forma —le dijo él, hociqueando su nuca.
—¿Oíste eso?
—Ya puedes jurarlo. —Continuó con la caricia, preguntándose si quizás debería darle la vuelta para acomodarla encima de su erección. Sabe Dios, que podía cerrar la puerta desde donde estaba—. ¿Qué hay en el sobre, leelan? —Deslizó una mano directamente entre sus muslos, cubriendo su centro, masajeándolo. Esta vez entre una y otra respiración entrecortada pronunció su nombre, y qué sexy se oyó—. ¿Qué tienes ahí, mujer?
—Es... una declaración de... linaje —dijo Beth con voz ronca, comenzando a mecer sus caderas—. Para determinar un testamento.
Wrath movió el pulgar sobre el dulce lugar y le mordisqueó el hombro.
—¿Quién ha muerto?
Tras un jadeo, dijo:
—Montrag, hijo de Rehm. —Ante el nombre, Wrath se quedó helado y Beth cambió de sitio, como si hubiera girado la cabeza para mirarle—. ¿Lo conocías?
—Era el que quería que me asesinaran. Lo que significa, por la Antigua Ley, que todo lo suyo ahora es mío.
—Bastardo. —Beth maldijo un poco más, y se oyó el sonido de páginas siendo giradas—. Bien, tiene un montón de… Guau. Sip. Muy rico… Hey. Es Ehlena y su padre.
—¿Ehlena?
—Es una enfermera de la clínica de Havers. La hembra más agradable que puedas encontrar. Fue la que ayudó a Phury a evacuar las antiguas instalaciones cuando empezaron los asaltos, ¿recuerdas? Según parece, ella… bien, su padre… es el pariente más cercano, pero está muy enfermo.
Wrath frunció el ceño.
—¿Qué le pasa?
—Aquí dice incapacidad mental. Ella es su tutora legal y cuidadora, y eso tiene que ser duro. No creo que tengan mucho dinero. Saxton, el abogado, ha escrito una nota personal… Oh, esto es interesante…
—¿Saxton? Lo conocí la otra noche. ¿Qué dice?
—Dice que tiene casi la total seguridad de que los certificados de linaje del padre y de ella son auténticos, y está dispuesto a poner su reputación en juego para responder por ellos. Espera que facilites el reparto del patrimonio, ya que le preocupan las pobres condiciones en las que viven. Dice… dice que son dignos del golpe de suerte que se les ha presentado inesperadamente. El «inesperadamente» está subrayado. Luego añade… no han visto a Montrag en un siglo.
Saxton no le había dado la impresión de ser un tipo estúpido. Al contrario. Aunque en Sal no había habido confirmación acerca de todo el asunto del asesinato, esa nota escrita a mano seguro como el demonio que parecía ser una forma sutil de pedirle a Wrath que no ejerciera sus derechos como monarca… que se inclinara a favor de parientes que se habían sentido conmocionados al saber que eran los siguientes en la línea sucesoria, que estaban necesitados de dinero… y que no tenían nada que ver con el complot.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Beth, apartándose el cabello de la frente.
—Montrag se merece lo que le ha pasado, pero sería fantástico si algo bueno resultara de todo esto. Nosotros no necesitamos los activos, y si esa enfermera y su padre…
Beth presionó su boca contra la de él.
—Te amo tanto.
Él rió y la retuvo contra sus labios.
—¿Quieres demostrármelo?
—¿Después de que apruebes esta petición? Por supuesto.
Para tramitar el testamento, tuvieron que juguetear con la llama, la cera y el sello real otra vez, pero esta vez él tenía prisa, era incapaz de esperar un segundo más de lo necesario antes de entrar en su hembra. Su firma todavía se estaba secando y el sello enfriándose cuando tomó de nuevo la boca de Beth…
El golpe en la puerta le hizo gruñir mientras fulminaba con la mirada el origen del sonido.
—Lárgate.
—Traigo noticias. —La amortiguada voz de Vishous se oía baja y tensa. Lo cual añadía el calificativo de malas a lo que había dicho.
Wrath abrió los paneles con la mente.
—Háblame. Pero hazlo rápido.
La inspiración horrorizada de Beth le dio una idea de la expresión de V.
—¿Qué ha pasado? —murmuró ella.
—Rehvenge está muerto.
¿Qué? —dijeron ambos al mismo tiempo.
—Acabo de recibir una llamada de iAm. El ZeroSum ha sido reducido a cenizas, y según el moro, Rehv estaba dentro cuando ocurrió. No hay forma de que haya sobrevivientes.
Hubo una zona muerta mientras las repercusiones se afianzaban.
—¿Lo sabe Bella? —dijo Wrath con tono grave.
—Todavía no.


Capítulo 60


John Matthew rodó sobre su cama y se despertó cuando algo duro se hincó en su mejilla. Con una maldición, levantó la cabeza. Oh, genial, él y Jack Daniel’s habían disfrutado de un par de asaltos, y las secuelas de los golpes del whisky aún perduraban: a pesar de estar desnudo tenía demasiado calor, la boca tan seca como la corteza de un árbol, y la necesidad de llegar al baño antes de que su vejiga explotara.
Sentándose, se pasó la mano por el cabello y los ojos... y consiguió que su resaca se despabilara.
Cuando la cabeza comenzó a palpitarle, agarró la botella que había estado utilizando como almohada. Sólo quedaba un centímetro de alcohol en el fondo, pero eso era suficiente para contener a esa cabrona. Listo para aliviarse, fue a desenroscar la tapa de Jack y descubrió que no estaba puesta. Menos mal que se había quedado dormido con la botella en posición vertical.
Bebiendo con fruición, llevó esa mierda a su barriga y se dijo a sí mismo que sólo tenía que concentrarse en respirar hasta que pasaran las oleadas de náuseas que se habían disparado en su estómago. Cuando sólo quedaron vapores en la botella, dejó al soldado muerto sobre el colchón y bajó la mirada a su cuerpo. Su polla estaba dormida contra su muslo, y no podía recordar la última vez que había despertado sin una erección. Pero bueno, había estado con... ¿tres?, ¿cuatro? ¿Con cuántas mujeres había estado? Dios, no tenía ni idea.
Había utilizado condón una vez. Con la prostituta. El resto había sido sin nada y retirándose en el momento preciso.
En imágenes borrosas, se vio con Qhuinn haciendo doblete con alguna de las mujeres, después solo con otras. No podía recordar cómo se había sentido, no recordaba nada de los orgasmos que había tenido, ni ninguno de los rostros, apenas si recordaba el color de sus cabellos. De lo que sí se acordaba era que tan pronto como había vuelto a su habitación, había tomado una larga ducha caliente.
Toda esa mierda que no recordaba, había dejado una mancha en su piel.
Con un gemido, sacó las piernas de la cama y dejó que la botella cayera al suelo junto a sus pies. El viaje al baño fue una auténtica fiesta, estaba tan falto de equilibro que zigzagueó... bueno, como un borracho, de hecho. Y caminar no era el único problema que tenía. De pie, enfrente del inodoro, tuvo que apoyarse contra la pared y concentrarse en su puntería.
De vuelta en la cama, tiró una sábana sobre la parte inferior de su cuerpo, a pesar del hecho de que se sentía como si tuviera fiebre: aunque estaba solo, no quería permanecer tendido como una estrella porno buscando una actriz secundaria.
Mierda... la cabeza le estaba matando.
Cuando cerró los ojos, deseó haber apagado la luz del baño.
De repente dejó de importarle la resaca, sin embargo. Con terrible claridad, recordó a Xhex subida a horcajadas sobre sus caderas, montándole con un ritmo fluido y poderoso. Oh, Dios, era tan vívido, mucho más que sólo un recuerdo. Cuando las imágenes se agotaron, sintió el tenso apretón del cuerpo de ella sobre su sexo y la firmeza con que le había sujetado los hombros y revivió esa sensación de ser dominado.
Conocía cada empujón y deslizamiento, todos los olores, incluso la forma en que ella respiraba.
Con ella, lo recordaba todo.
Apoyándose de costado, recogió a Jack del suelo, como si por algún milagro los duendes alcohólicos pudieran haber rellenado a la muy cabrona. No hubo suerte…
El grito que estalló al otro lado de la puerta era del tipo que soltaba alguien cuando había sido apuñalado profundamente y con fuerza, y el alarido desgarrador le devolvió la sobriedad como si hubiera chapoteado en un baño helado. John agarró su arma, saltó de la cama, y cuando tocó el suelo ya estaba corriendo, abrió la puerta de un empujón y salió a la carrera al pasillo de las estatuas. A ambos lados de su habitación, Qhuinn y Blay habían hecho lo mismo, e hicieron la misma aparición apresurada listo–para–luchar que él.
Más allá en pasillo, la Hermandad estaba de pie en el umbral de las habitaciones de Zsadist y Bella, con las expresiones de sus rostros sombrías y tristes.
—¡No! —La voz de Bella era tan alta como había sido el grito—. ¡No!
—Lo siento mucho —dijo Wrath.
Desde el grupo de Hermanos, Tohr miró a John. El rostro del macho estaba pálido y macilento, su mirada vacía.
¿Qué ha pasado? gesticuló John.
Las manos de Tohr se movieron lentamente. Rehvenge ha muerto.
John respiró profundamente varias veces. ¿Rehvenge... muerto?
—Jesucristo —masculló Qhuinn.
Los sollozos de Bella se precipitaban desde la puerta del dormitorio, hacia el pasillo, y John deseó acudir a ella. Recordaba lo que era ese dolor. Había estado en esos zapatos horribles y paralizantes cuando Tohr había huido, justo después de que la Hermandad hubiera hecho exactamente lo mismo que estaba haciendo ahora... comunicar la peor de las noticias que alguien pudiera oír.
Él había gritado igual que lo había hecho Bella. Llorado del mismo modo que ella ahora.
John volvió a mirar a Tohr. Los ojos del Hermano ardían como si hubiera cosas que deseara decir, abrazos que deseara ofrecer, errores que deseara enmendar.
John estuvo a punto de acercarse al tipo.
Pero luego se volvió y entró tambaleándose en su habitación, cerró la puerta y pasó la llave. Se sentó en la cama, sosteniendo el peso de los hombros con sus manos y dejando que su cabeza quedara colgando entre ellos. El caos de su pasado le aporreaba el cerebro, pero en el centro de su pecho había una única palabra predominante: No.
No podía volver por ahí con Tohr. Había sido exprimido demasiadas veces. Además, ya no era un niño, y Tohr nunca había sido su padre, así que toda esa mierda de papi–sálvame no se aplicaba a ellos dos.
Lo más cerca que iban a estar era de guerrero a guerrero.
Sacando a la fuerza la mierda de Tohr de su mente, pensó en Xhex.
En ese momento debía estar sufriendo. Mucho.
Odiaba que no hubiera nada que pudiera hacer por ella.
Sólo que luego se recordó a sí mismo que incluso si lo hubiera, ella no querría lo que él tenía para ofrecer. Eso lo había dejado perfectamente claro.


Xhex estaba sentada en la cama gemela en su casa sobre el Río Hudson, con la cabeza colgando, y el peso de sus hombros apoyado sobre sus manos. Junto a ella, sobre la fina manta, estaba la carta que iAm le había dado. Después de sacarla del sobre, la había leído una vez, vuelto a doblar a lo largo de sus prístinos pliegues, y se había retirado a esta pequeña habitación.
Moviendo la cabeza a un lado, miró a través de las ventanas cubiertas de escarcha hacia el río perezoso y lóbrego. Hoy hacía un frío penetrante y la temperatura ralentizaba la corriente del agua y congelaba las orillas rocosas.
Rehv era un tremendo bastardo.
Cuando ella le había jurado que cuidaría de una hembra, no había pensado detenidamente en la promesa. En la carta, le recordaba el compromiso e identificaba a la hembra como a ella misma: no debía ir a buscarlo, ni poner en peligro la vida de la princesa en modo alguno. Más aún, en el caso de que hiciera algo parecido en nombre de él, no aceptaría su ayuda y escogería permanecer en la colonia sin importar qué acciones tomara para salvarle. Finalmente, le indicaba que si iba contra sus deseos y su propia palabra, iAm la seguiría a la colonia, por lo que pondría en peligro la vida del Sombra.
Hijo. De. Puta.
Era el enroque perfecto, digno de un macho como Rehv: podía estar tentada a olvidar su promesa, y también podía pensar que había un modo de hacer que su jefe recobrara el sentido común, pero ya cargaba con la vida de Muhrder alrededor del cuello, y ahora con la de Rehvenge. Añadir la de iAm a la lista la mataría.
Además Trez seguiría a su hermano. Convirtiéndolos en cuatro.
Atrapada por la situación, aferró el borde del colchón tan fuerte que le temblaron los antebrazos.
De alguna forma el cuchillo llegó a la palma de su mano; sólo después recordaría que había tenido que levantarse y caminar desnuda hasta el otro lado de la habitación para llegar a sus pantalones de cuero y sacarlo de su funda.
Cuando estuvo de regreso en la cama, pensó en los machos que había perdido en el curso de su vida. Vio el largo cabello oscuro de Murhder, sus profundos ojos y el rastrojo que siempre lucía en la fuerte barbilla... oyó su acento del Antiguo País y evocó la forma en que siempre olía a pólvora y sexo. Después vio la mirada amatista de Rehvenge, su mohawk y su hermosa ropa... olió su colonia Must de Cartier y revivió su elegante brutalidad.
Finalmente, imaginó los ojos azul oscuro de John Matthews y el cabello cortado al estilo militar... le sintió moviéndose profundamente en su interior... oyó su pesada respiración cuando su cuerpo de guerrero le había dado lo que deseaba y no había sido capaz de manejar.
Todos se habían ido, aunque al menos dos de ellos todavía estaban vivos sobre el planeta. Pero la gente no tenía que morir para salir de tu vida.
Bajó la mirada a la hoja cruelmente afilada y brillante e inclinó la cosa de forma que captara la débil luz del sol emitiendo un destello que la cegó momentáneamente. Era buena con los cuchillos. De hecho eran su arma favorita.
El golpe en la puerta le hizo levantar la cabeza.
—¿Estás bien ahí?
Era iAm... quien no sólo había actuado como cartero de Rehv, sino a quien evidentemente, le habían encargado ser su niñero. Había intentado echarle de su casa, pero él simplemente se convirtió en sombra, tomando una forma que ella no podía sujetar, y mucho menos echar a patadas por la maldita puerta.
También Trez estaba allí, sentado en la sala principal de la cabaña de caza, pero hablando de cambio de papeles. Cuando se había encerrado en su dormitorio, él se había quedado sentado inmóvil en una silla de respaldo recto, mirando al río y guardando un profundo silencio. A consecuencia de la tragedia, los hermanos habían intercambiado personalidades, siendo iAm el que hablaba: por lo que podía recordar, Trez no había dicho ni una palabra desde que habían recibido la noticia.
Sin embargo todo ese silencio, no significaba que Trez estuviera de duelo. Su rejilla emocional estaba marcada por la furia y la frustración, y tenía la sensación de que Rehv, con toda su puñetera sabiduría, había encontrado una forma de atrapar a Trez también impidiéndole entrar en acción. El Moro estaba, al igual que ella, intentando encontrar una salida, y conociendo a Rehv, no habría ninguna. Era un maestro de la manipulación... siempre lo había sido.
Y había invertido mucho esfuerzo tramando esta partida estratégica. Según iAm, todo estaba arreglado, no sólo a nivel personal, sino financiero también. iAm se quedaba con Sal; Trez con el Iron Mask; ella con un montón de efectivo. También se había ocupado de Ehlena, aunque iAm dijo que él se encargaría de eso. El grueso de las propiedades familiares pasaba a Nalla, la pequeña recibiría millones y millones de dólares, junto con toda la herencia de la familia que, de acuerdo con la primogenitura había sido propiedad de Rev y no de Bella.
Había hecho una salida perfecta, borrando completamente los negocios de droga y apuestas del ZeroSum. El Mask todavía tenía chicas de alquiler, pero ningún miembro del otro personal iría allí ni al Sal. Con la marcha del Reverendo, todos ellos estaban prácticamente limpios.
—Xhex, di algo para saber que estás viva.
No había forma de que iAm pudiera atravesar la puerta o desmaterializarse dentro para comprobar si todavía respiraba. La habitación era una caja fuerte de acero, completamente impenetrable. Había incluso una fina malla alrededor del marco de la puerta de forma que no podía entrar como sombra.
—Xhex, ya le hemos perdido a él esta noche. Haz que seáis dos y voy a volver a matarte otra vez.
—Estoy bien.
—Ninguno de nosotros está bien.
Cuando no replicó, oyó a iAm maldecir y alejarse de la puerta.
Tal vez más tarde podría ayudarlos a los dos. Después de todo, eran las únicas personas que sabían cómo se sentía. Ni siquiera Bella, que había perdido a su hermano, conocía la agudeza de la tortura que ellos tres iban a tener que soportar durante el resto de sus días. Bella pensaba que Rehv estaba muerto, así que podía pasar por el proceso de duelo, salir al otro lado y seguir con su vida de algún modo.
¿Xhex, iAm y Trez? Iban a estar atrapados en el limbo–infierno de saber la verdad sin ser capaces de hacer nada para cambiarla... resultando que la princesa quedaba libre para torturar a Rehvenge mientras a éste le latiera el corazón.
Al pensar en el futuro Xhex aferró la empuñadura de la daga con fuerza.
Y cuando bajó el arma hasta su piel apretó aún más.
Con la boca apretada para contener dentro el dolor, Xhex derramó su propia sangre en vez de lágrimas.
Aunque, ¿qué diferencia había en realidad? De todos modos los symphaths lloraban rojo, al igual que la vena.







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