miércoles, 25 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 61 62 63

Capítulo 61



El cerebro de Rehv entró de nuevo en línea, recuperando el conocimiento en una lenta oleada fluctuante. Su conciencia llameaba, se desvanecía y volvía a regresar, extendiéndose desde la base de su cráneo hasta su lóbulo frontal.
Sentía sus hombros en llamas. Ambos. La cabeza le estaba matando desde que el symphath le había asestado el golpe con el mango de la espada enviándole a un dulce sueño. El resto de su cuerpo lo sentía curiosamente ingrávido.
Al otro lado de sus párpados cerrados, la luz centelleaba a su alrededor y él la registraba de un color rojo profundo. Lo que significaba que su sistema estaba completamente libre de dopamina y ahora era lo que siempre sería.
Inspirando por la nariz olió…tierra. Tierra limpia y húmeda.
Pasó un rato antes de que estuviera listo para echar un vistazo, pero finalmente necesitó otro punto de referencia además del dolor de sus hombros. Abrió los ojos y parpadeó. Había velas tan largas como sus piernas dispuestas en los confines de lo que aparentaba ser alguna especie de cueva, las llamas que palpitaban en la cima de cada una de ellas eran de un color rojo sangre y se reflejaban sobre paredes que parecían líquidas.
Líquidas no. Había cosas que reptaban por la piedra negra… que reptaban por todo...
Rápidamente bajó los ojos hacia su cuerpo, y se sintió aliviado al ver que sus pies no estaban en contacto con el suelo movedizo. Miró hacia arriba y… vio que había cadenas que colgaban desde lo alto del techo ondulado y que le sostenían en el aire, cadenas que sujetaban… varillas que habían sido insertadas a través de su torso por debajo de sus hombros.
Estaba suspendido en medio de la cueva, su cuerpo desnudo flotaba por encima y por debajo de los relucientes y palpitantes lindes de roca.
Arañas. Escorpiones. En su prisión proliferaban los guardianes venenosos.
Cerrando los ojos, extendió su lado symphath, tratando de encontrar a otros de su especie, decidido a salir del lugar donde estaba, para comunicarse con mentes y emociones que pudiera manipular para poder liberarse: si bien había ido a la colonia para quedarse, eso no significaba que debiera continuar colgado como un candelabro.
Excepto que todo lo que podía sentir era una telaraña de estática.
El elenco de los cientos de miles que lo rodeaban formaba una manta psíquica impenetrable, castrando su lado symphath, no permitiendo que nada entrara o saliera de la cueva.
A su pecho se aferraba la cólera más que el miedo, se estiró para agarrar una de las cadenas y tiró de ella usando sus macizos músculos pectorales. El dolor lo hizo temblar de la cabeza a los pies, haciendo oscilar su cuerpo en el aire, pero sus ataduras no se movieron y el cerrojo del mecanismo que atravesaba su carne no se desplazó.
Cuando se balanceó hacia atrás quedando en posición vertical, oyó un sonido, como si se hubiese abierto una puerta detrás de él.
Alguien entró, y supo de quién se trataba, por el fuerte bloqueo psíquico que había levantado.
—Tío —dijo.
—En efecto.
El rey de los symphaths entró apoyándose en su bastón y arrastrando los pies, las arañas que había en el suelo rompieron brevemente la colcha que formaban sus cuerpos, para abrirle camino y luego volver a cerrarlo. Bajo el traje imperial color rojo sangre el cuerpo de su tío era débil, pero el cerebro que había sobre aquella columna vertebral encorvada era increíblemente poderoso.
Probando sin lugar a dudas que la fuerza física no era la mejor arma de un symphath.
—¿Cómo te sientes en tu reposo flotante? —preguntó el rey, y su tocado real de rubíes reflejó la luz de la vela.
—Halagado.
El rey alzó las cejas por encima de sus brillantes ojos rojos.
—¿Cómo es eso?
Rehv miró a su alrededor.
—El cerrojo y la llave que has elegido para mantenerme encerrado son impresionantes. Lo que significa que soy demasiado poderoso como para que te sientas cómodo o que eres más débil de lo que deseas.
El Rey sonrió con la serenidad de alguien que se sentía completamente a salvo.
—¿Sabes que tu hermana desea ser rey?
—Hermanastra. Y no me sorprende.
—Durante un tiempo le di lo que quería en mi testamento, pero me di cuenta de que estaba siendo indebidamente influenciado y lo cambié todo. Para eso te chantajeaba. Lo que obtenía lo utilizaba para hacer transacciones comerciales de todo tipo con humanos. —Su expresión sugería que eso era semejante a invitar ratas a la cocina—. Esa actitud por sí sola, indica que es completamente indigna de gobernar. El miedo es mucho más útil para motivar subordinados… el dinero, es comparativamente irrelevante si uno está intentando ganar poder. ¿Y matarme? Supuso que de esa forma podría evitar mi plan de sucesión, lo que exagera enormemente sus capacidades.
—¿Qué hiciste con ella?
Una vez más mostró aquella sonrisa serena.
—Lo que era conveniente.
—¿Cuánto tiempo vas a mantenerme así?
—Hasta que ella muera. Saber que te tengo y que estás vivo es parte de su castigo. —El rey miró las arañas que había a su alrededor, algo parecido al afecto verdadero llameó en su rostro blanco de Kabuki—. No te preocupes, mis amigas te cuidarán bien.
—No lo estoy.
—Lo estarás. Lo prometo. —Sus ojos regresaron a Rehv, sus rasgos andróginos adoptaron una expresión demoníaca—. No me gustaba tu padre y me alegró bastante que le mataras. Habiendo aclarado eso, debo decir que no tendrás la oportunidad de hacer lo mismo conmigo. Vivirás únicamente mientras lo haga tu hermana, luego seguiré tu buen ejemplo y reduciré el número de mis parientes.
—Medio. Hermana.
—Pones mucho ahínco en distanciar los lazos que te unen a la princesa. No me extraña que te adore como lo hace. Para ella aquello que es inalcanzable, siempre ostenta el mayor encanto. Y es, repito, la única razón por la cual estás vivo.
El rey se inclinó sobre el bastón y arrastrando los pies lentamente, comenzó a desandar el camino que había recorrido al llegar. Justo antes de salir del campo visual de Rehv, se detuvo.
—¿Alguna vez has estado en la tumba de tu padre?
—No.
—Es mi lugar favorito en todo el mundo. Pararme sobre la tierra donde su carne se quemó sobre la pira funeraria, convirtiéndose en cenizas… adorable. —El rey sonrió con fría alegría—. Que fuera asesinado por tu mano lo hace aún más dulce ya que siempre pensó que eras débil e inútil. Debe haberle atormentado bastante saber que fue vencido por un ser inferior. Descansa bien, Rehvenge.
Rehv no respondió. Estaba demasiado ocupado espoleando las paredes mentales de su tío, buscando una forma de entrar.
El rey sonrió, como si aprobara sus intentos, y siguió su camino.
—Siempre me gustaste. A pesar de que sólo seas un mestizo.
Hubo un chasquido, como si se hubiera cerrado una puerta.
Todas las velas se apagaron.
La desorientación hizo que a Rehvenge se le cerrara la garganta. Al verse abandonado, flotando en la oscuridad, sin nada que lo orientara, le invadió el terror. No poder ver era lo peor...
Las varillas que atravesaban la parte superior de su cuerpo comenzaron a temblar ligeramente, como si soplara una brisa que hiciera vibrar las cadenas.
Oh…Dios, no.
Las cosquillas comenzaron en sus hombros y se intensificaron de prisa, fluyendo hacia abajo por su estómago y sus muslos, corriendo hacia la punta de sus dedos, cubriendo su espalda, floreciendo por su cuello hacia su rostro. Usó sus manos en la medida en que pudo. Trataba de apartar a la multitud, pero aunque tiraba muchas al suelo, había más que se superponían. Estaban sobre él, moviéndose sobre él, cubriéndolo como una camisa de fuerza de diminutos toques en continuo movimiento.
El revoloteo en sus fosas nasales y alrededor de sus oídos era su perdición.
Hubiera gritado. Pero entonces se las habría tragado.


En Caldwell, en la casa de piedra arenisca marrón a la cual se mudaría sin lugar a duda, Lash se duchaba con perezosa precisión, tomándose su tiempo con la manopla, pasándola por entre los dedos del pie y detrás de sus orejas, prestando especial atención a sus hombros y la parte baja de su espalda. No había ninguna necesidad de apresurarse.
Cuanto más esperara sería mejor.
Además, ¡qué buen baño para pasar el tiempo! Todo era de primera calidad, desde el mármol de Carrara que cubría los suelos y las paredes, pasando por los accesorios de oro y la increíble extensión de espejos grabados que había sobre los profundos lavabos.
Las toallas que colgaban de los estantes ornamentados eran de Wal–Mart.
Sí, e iban a ser sustituidas en cuanto fuera posible. Las malditas cosas eran lo único que tenía el señor D en el rancho, y Lash no estaba para perder el tiempo conduciendo por todo Caldwell en busca de algo mejor para secarse el culo… no cuando tenía una nueva pieza de equipo para ejercitar que poner a prueba Sin embargo, después del entrenamiento de esta mañana, entraría a Internet y ordenaría mierda como muebles, ropa de cama, alfombras y artículos de cocina.
No obstante todo tendría que ser entregado en el PDM de rancho donde el señor D y los demás estaban quedándose ahora. Los hombres de UPS[1] no eran bienvenidos por aquí.
Lash dejó la luz del cuarto de baño encendida y fue hacia el dormitorio principal. El techo era de la altura habitual de los de antes de la guerra, lo que significaba que la maldita cosa era tan alta que bajo ella se podían formar cúmulos de nubes y flotar alrededor de las molduras talladas a mano si se daban las condiciones atmosféricas apropiadas. El suelo era bellísimo, de madera noble con incrustaciones de cerezo y las paredes estaban empapeladas con un asombroso remolino de verde oscuro, como las cubiertas interiores de un libro antiguo.
Las ventanas acababan de ser selladas con mantas baratas que habían tenido que clavar en las molduras… una verdadera pena. Pero al igual que las toallas, eso cambiaría. Así como también lo haría la cama. Que no era más que un colchón extra grande tirado en el suelo, con su pellejo blanco y acolchado expuesto, como un nativo del Medio Oeste tratando de broncearse en algún sitio elegante.
Lash dejó caer la toalla de sus caderas, y su erección se abalanzó hacia delante.
—Me encanta que seas una mentirosa.
La princesa levantó la cabeza, su brillante cabello negro emitía destellos azules.
—¿Me soltarás? Follaremos mejor, lo prometo.
—No estoy preocupado por lo bueno que vaya a ser.
—¿Estás seguro? —Sus brazos tiraron de las cadenas de acero que habían sido fijadas en el suelo— ¿No quieres que te toque?
Lash sonrió mirando el cuerpo desnudo —que ahora poseía, para toda intención y propósito—. Ella era su regalo, otorgado por el rey symphath como un gesto de buena fe, un sacrificio que era también un castigo por su traición.
—No irás a ninguna parte —le dijo—. Y joderte va a ser fantástico.
Iba a usarla hasta que se quebrara, luego la sacaría y la haría encontrar vampiros para matarlos. Era la relación perfecta. ¿Y si se aburría de ella o si no funcionaba sexualmente o como cetro adivinatorio? Se desharía de ella.
La princesa lo fulminó con la mirada, el color rojizo de sus ojos era como una fuerte maldición lanzada a todo volumen.
—Vas a dejarme ir.
Lash bajó la mano y comenzó a acariciarse la polla.
—Sólo si es para ponerte en tu tumba.
La sonrisa de ella fue de pura maldad, tanto así, que sus pelotas se tensaron y estuvo a punto de correrse.
—Ya veremos —dijo con voz baja y profunda.
Antes de que Lash dejara la colonia con ella, el guardia privado del rey la había drogado y cuando la había extendido sobre ese colchón le había separado las piernas lo máximo posible.
De esa forma podía ver cuando su sexo relucía a causa de él.
—Nunca te dejaré ir —le dijo cuando se arrodilló sobre el colchón y agarró sus tobillos.
Su piel era suave y blanca como la nieve, su centro era rosado como sus pezones.
Iba a dejar muchas marcas en su cuerpo delgado como una fusta. Y a juzgar por la forma en que giraba sus caderas, a ella le iba a gustar.
—Eres mía —gruñó.
En un repentino instante de inspiración, imaginó el collar de su viejo rottweiler alrededor de ese delgado cuello. Las placas de propiedad del Rey iban a lucir genial en ella, también la correa del perro.
Perfecto. Jodidamente perfecto.


Capítulo 62


UN MES DESPUÉS...

Ehlena se despertó con el sonido del roce de porcelana contra porcelana y el aroma del té Earl Grey. Al abrir los ojos, vio a una doggen uniformada luchando bajo el peso de una enorme bandeja de plata. Sobre ella había una rosquilla recién hecha cubierta por una cúpula de cristal, un tarro de mermelada de fresa, una cucharada de queso en crema en un diminuto plato de porcelana, y su parte favorita, un jarrón con un capullo de flor.
Cada noche había una flor diferente. Este atardecer era una ramita de acebo.
—Oh, Sashla, en serio no tienes que hacerlo. —Ehlena se incorporó apartando unas sábanas tan finas y tan bien acabadas que eran más suaves al tacto que el aire de verano contra la piel—. Es adorable por tu parte, pero honestamente…
La criada le hizo una reverencia y le ofreció una tímida sonrisa.
La Señora debería despertarse con una comida adecuada.
Ehlena alzó los brazos cuando una base fue puesta sobre sus piernas y la bandeja colocada encima. Mientras bajaba la vista hacia la plata amorosamente pulida y la comida minuciosamente preparada, su primer pensamiento fue que su padre acababa de recibir lo mismo, servido por el mayordomo doggen de nombre Eran.
Acarició el delicado mango curvo del cuchillo.
—Eres buena con nosotros. Todos vosotros. Nos habéis hecho sentir muy bienvenidos en esta casa espléndida, y os lo agradecemos muchísimo.
Cuando alzó la mirada, había lágrimas en los ojos de la doggen, y la criada se apresuró a secárselas con un pañuelo.
—Señora, usted y su padre han transformado esta casa. Estamos muy contentos de que sean nuestros amos. Ahora… que ustedes están aquí, todo es diferente. 
Era lo máximo que diría la criada, pero dada la forma en que ella y el resto del personal se sobresaltaba, durante las dos primeras semanas, Ehlena dedujo que Montrag no debía haber sido un jefe de familia muy fácil.
Ehlena extendió la manó y le dio un apretón a la de la mujer.
—Me alegra de que haya resultado bien para todos.
Mientras la criada se alejaba para reanudar sus deberes parecía nerviosa, pero feliz. En la puerta, se detuvo.
—Oh, Señora ya han llegado las cosas de la señora Lusie. La hemos alojado en la habitación de invitados que hay al lado de la de su padre. Además, el cerrajero llegará en media hora, como usted pidió.
—Perfecto en ambos casos, gracias.
Mientras la puerta se cerraba silenciosamente y la doggen se marchaba canturreando una melodía del Antiguo País, Ehlena retiró la cúpula del plato y cogió con el cuchillo algo de queso en crema. Lusie había accedido a mudarse con ellos y trabajar como enfermera y asistente personal del padre de Ehlena… lo cual era fantástico. En general, él había aceptado la nueva situación con relativa facilidad, su conducta y estabilidad mental eran mejores de lo que habían sido durante años, pero la cercana supervisión contribuía bastante para tranquilizar la permanente preocupación de Ehlena.
Ser cuidadosa con él seguía siendo una prioridad.
Aquí en la mansión, por ejemplo, no le hacía falta el papel de aluminio sobre las ventanas. En cambio, prefería mirar fuera, a los jardines que eran bellos incluso después de estar adormecidos por el invierno, y en retrospectiva, se preguntaba si parte de su aislamiento del mundo no había sido causado por el lugar donde habían estado viviendo. También estaba mucho más relajado y en paz, trabajando continuamente en la otra habitación de invitados que había junto a la suya. Sin embargo, todavía oía voces, prefería el orden al desorden de cualquier clase, y necesitaba la medicación. Pero esto, comparado con lo que había sido el último par de años, era el paraíso.
Mientras comía, Ehlena paseó la mirada por la habitación que había elegido y se acordó de la antigua mansión de sus padres. Las cortinas eran del mismo tipo que las que había colgadas en la casa de su familia, enormes fajas de color melocotón, crema y rojo descendían desde los dinteles revestidos de encajes fruncidos y con flecos. Las paredes tenían el mismo acabado suntuoso, el papel de seda exhibía un diseño de rosas que concordaba perfectamente con las cortinas, al mismo tiempo que armonizaba con la alfombra de medio punto que había en el suelo. 
Ehlena también se sentía como en su casa, en cuanto al entorno, pero sin embargo completamente descolocada… y no sólo porque su vida parecía como un velero que había zozobrado en aguas heladas, para ir a enderezarse repentinamente en los trópicos.
Rehvenge estaba con ella. Inexorablemente.
Su último pensamiento antes de dormir y el primero al despertarse era que estaba vivo. Y soñaba con él, lo veía con los brazos a los costados y la cabeza colgando, perfilado contra un trémulo fondo negro. Era una completa contradicción, en cierta forma, la creencia de que estaba vivo se contraponía a esa imagen… que parecía indicar que estaba muerto.
Era como ser acosada por un fantasma.
Generando ese tormento.
Frustrada, apartó la bandeja, se levantó y se duchó. La ropa que se puso luego no era elegante, sino que era precisamente la misma que había adquirido en Target y en las rebajas de Macy’s por Internet antes de que todo hubiera cambiado. Los zapatos… eran las Keds que Rehv había sostenido en su mano.
Pero se negaba a pensar en eso.
El asunto era, que no parecía correcto salir corriendo y gastar un montón de dinero en cualquier cosa. No sentía que nada de esto le perteneciera, ni la casa, ni el personal de servicio, ni los coches ni todos esos ceros en su cuenta corriente. Todavía estaba convencida de que Saxton iba a aparecer al caer la noche con un oh–cometí–un error–todo–esto–debería–haber–pasado–a–alguna–otra–persona.
Qué sorpresa sería esa.
Ehlena tomó la bandeja de plata y salió de su habitación dirigiéndose a comprobar cómo estaba su padre, que estaba ubicado al final de ese ala. Cuando alcanzó su puerta, la golpeó con la punta de la zapatilla.
—¿Padre?
—¡Entra, hija mía!
Dejó la bandeja en una mesa de caoba y abrió la puerta hacia la habitación que usaba como estudio. Había traído el antiguo escritorio desde la casa de alquiler y lo habían colocado cerca de la puerta, y su padre estaba sentado trabajando como siempre hacía, con papeles por todas partes.
—¿Cómo estás? —preguntó ella, yendo a besarle en la mejilla.
—Estoy bien, muy bien verdaderamente. La doggen acaba de traerme el zumo y la comida. —Pasó su mano elegante y huesuda sobre la bandeja de plata que hacía juego con la que ella había traído—. Adoro a la nueva doggen, ¿tú no?
—Sí, Padre, yo...
—Ah, Lusie, ¡querida!
Mientras su padre se ponía de pie y alisaba la chaqueta de terciopelo de su smoking, Ehlena echó un vistazo sobre el hombro. Lusie entró luciendo un vestido tubo gris paloma y un jersey de nudos tejido a mano. En los pies llevaba un par de zuecos Birkenstocks y calcetines gruesos de tejido apretujado que también parecían hechos en casa. Llevaba el largo y ondulado cabello echado hacia atrás, sujeto con un discreto clip en la base del cuello.
Al contrario del resto de las cosas que habían cambiado a su alrededor, ella todavía seguía siendo la misma. Encantadora y… acogedora.
—He traído el crucigrama. —Sostuvo en alto un New York Times que estaba doblado en cuatro, así como un lápiz—. Necesito ayuda.
—Y, por supuesto, que estoy a tu disposición, como de costumbre. —El padre de Ehlena se espabiló y cortésmente retiró una silla para Lusie—. Siéntate aquí y veremos cuántas casillas logramos rellenar.
Lusie sonrió a Ehlena mientras se sentaba.
—No podría hacerlos sin él.
Ehlena entrecerró los ojos ante el sonrojo apenas perceptible de la hembra y luego los desvío hacia el rostro de su padre. El cual mostraba un evidente interés.
—Os dejo a los dos con vuestro crucigrama —dijo con una sonrisa.
Cuando se marchaba, recibió dos adioses, y no pudo evitar pensar que el efecto estéreo sonaba muy bien a sus oídos.
Escaleras abajo en el elegante vestíbulo, fue hacia la izquierda, hacia el comedor formal, y se detuvo para admirar todo el cristal y la porcelana que estaban dispuestos con toda pompa… igual que el deslumbrante candelabro.
Sin embargo, no había velas coronando esos elegantes brazos de plata.
No había velas en la casa. Ni cerillas ni tampoco encendedores. Y antes de mudarse, Ehlena había hecho que el doggen cambiara la cocina de restaurante que funcionaba a gas por una eléctrica. Del mismo modo, las dos televisiones de la parte de la casa de la familia habían sido entregadas al personal de servicio, y los monitores de seguridad habían sido trasladados de un despacho abierto que había en la despensa del mayordomo, a una habitación cerrada con una puerta con llave.
No había ningún motivo para tentar al destino. Particularmente porque cualquier clase de pantalla electrónica, incluyendo las de los teléfonos móviles y las calculadoras, seguían poniendo nervioso a su padre.
La primera noche que se quedaron en la mansión se había empeñado en pasear con su padre por todo el lugar mostrándole las cámaras de seguridad y los sensores y los haces de luz no sólo en la casa, sino también en los jardines. Como no estaba segura de cómo tomaría el cambio de domicilio y todas las medidas de seguridad, le había brindado el tour justo después de que hubiera tomado su medicación. Afortunadamente, había considerado el mejor alojamiento como una vuelta a la normalidad, y le había encantado la idea de que hubiera un sistema de vigilancia para toda la propiedad.
Quizás esa fuera otra razón por la que no sentía la necesidad de tener las ventanas cubiertas. Sentía como si ahora estuviera siendo vigilado de una manera conveniente.
Empujando la puerta de vaivén, Ehlena entró en la despensa y salió al otro lado a la cocina. Después de charlar con el mayordomo que había empezado a cocinar la Última Comida, y haberle hecho un cumplido a una de las criadas acerca de lo bien que había pulido el pasamanos de la gran escalinata, Ehlena se dirigió al estudio que estaba al otro lado de la casa.
El viaje fue largo, a través de muchas habitaciones hermosas, y mientras andaba pasaba la mano amorosamente sobre las antigüedades, las jambas talladas a mano de las puertas y los muebles cubiertos de seda. Esta encantadora casa iba a hacer la vida de su padre mucho más fácil, y como consecuencia, ella iba a tener mucho más tiempo y energía mental para concentrarse en sí misma.
No lo deseaba. Lo último que necesitaba eran horas vacías sin más compañía que las tonterías de su mente. E incluso si estuviera en la competición para ganar Miss Bien–Acomodada, quería ser productiva. Cierto era que ya no necesitaba el dinero para mantener un techo sobre lo que quedaba de su familia, pero siempre había trabajado, y le gustaba el propósito y el sentimiento de lo que había estado haciendo en la clínica.
Pero había quemado ese puente y algo más.
Al igual que las otras treinta o más habitaciones de la mansión, el estudio estaba decorado al estilo de la realeza europea, con delicados diseños de damasco en las paredes y sofás, abundantes adornos con borlas en los cortinajes, y cantidad de cuadros conmovedores y brillantes que eran como ventanas abiertas hacia otros mundos aún más perfectos. Sin embargo había una cosa fuera de tono. El suelo estaba desnudo, los sillones, el escritorio antiguo, y todas las mesas y las sillas descansaban directamente sobre el suelo de madera pulida, el centro del cual era ligeramente más oscuro que los bordes, como si alguna vez hubiera estado cubierto.
Cuando preguntó a los doggens, le habían explicado que la alfombra había sufrido una mancha imposible de quitar, y por lo tanto se había encargado una nueva al proveedor de antigüedades de la familia que residía en Manhattan. No entraron en detalles sobre lo que había ocurrido, pero dado lo preocupados que habían estado todos ellos por sus trabajos, podía imaginarse lo que Montrag habría hecho si hubiera habido alguna clase de fallo en sus funciones, sin importar lo razonable que fuera el mismo. ¿Se habría derramado la bandeja del té? Sin duda habrían tenido un gran problema.
Ehlena rodeó el escritorio y se sentó. En el escritorio sobre el vade de cuero, estaba el Caldwell Courier Journal del día, había también un teléfono y una agradable lámpara francesa así como una encantadora estatua de cristal de un pájaro en vuelo. Su viejo portátil, el cual había tratado de devolver a la clínica antes de que ella y su padre vinieran a la casa, entraba perfectamente en la gaveta grande y plana que había bajo la parte superior… y siempre lo conservaba allí por si acaso él entraba.
Suponía que podía permitirse comprar un nuevo portátil, sin embargo no iba a comprarse otro. Al igual que con sus ropas, el que tenía funcionaba bien y estaba acostumbrada a él.
Además las cosas que le eran familiares eran como un cable a tierra. Y, hombre, ella necesitaba de eso.
Poniendo los codos sobre el escritorio, miró a través de la habitación al lugar de la pared donde debería haber descansado una marina espectacular. Sin embargo la pintura salía hacia la habitación formando un ángulo recto con la pared, y el frente de la caja fuerte que quedaba a la vista era como una sencilla hembra que había estado escondida detrás de una máscara de baile glamurosa. 
—Ama, el cerrajero está aquí.
—Por favor, hazle pasar.
Ehlena se levantó, y fue hacia la caja fuerte para tocar el suave y opaco panel y el dial de color negro y plateado. Había encontrado la cosa sólo debido a que había estado tan sobrecogida por la representación de la puesta de sol sobre el océano, que se sintió impulsada a poner la mano sobre el marco. Cuando toda la pintura saltó hacia delante, se horrorizó porque pensó que había dañado la moldura de alguna forma, salvo que entonces miró detrás del marco y… ¿quién lo hubiera dicho?
—¿Ama? Este es Roff, hijo de Rossf.
Ehlena sonrió y caminó hacia un macho que iba vestido con un mono negro y llevaba una caja negra de herramientas. Cuando iba a extender la mano, él se quitó el sombrero y le hizo una profunda reverencia, como si ella fuera alguien especial. Lo cual le resultó muy extraño. Después de años siendo sólo una civil, la formalidad la incomodaba, pero estaba aprendiendo que debía dejar a los demás honrar la etiqueta social. Pedirles que no lo hicieran, ya fuera a doggens, trabajadores o asesores, sólo empeoraba las cosas.
—Gracias por venir —le dijo.
—Es un placer ser útil. —Miró la caja fuerte—. ¿Es ésta?
—Sí, no tengo la combinación. —Se dirigieron hacia el artilugio—. Tenía la esperanza de que hubiera alguna forma de acceder a ella
La mueca que él trató de esconder no era prometedora.
—Bien, señora, conozco esta clase de caja fuerte, y no va a ser fácil. Tendría que traer un taladro industrial para atravesar los pasadores y soltar la puerta, y eso sería ruidoso. Además, cuando haya acabado la caja fuerte quedará arruinada. No quisiera que lo tomara como una falta de respeto pero, ¿no tiene manera de conseguir la combinación?
—No sabría dónde buscarla. —Recorrió con la mirada los estantes de libros y luego el escritorio—. Nos acabamos de mudar, y no había instrucciones.
El macho siguió su ejemplo y recorrió la habitación con la mirada.
—Normalmente los propietarios dejan esas cosas en un lugar secreto. Si usted lo encontrara podría enseñarle como restaurar la combinación, así podría volver a utilizar la caja fuerte. Como dije, si tengo que taladrarla tendrá que ser remplazada.
—Pues bien, nada más mudarnos estuve explorando y examiné el escritorio.
—¿Encontró algún compartimento secreto?
—Er... no. Pero sólo estaba examinando los papeles al azar y tratando de hacer algún espacio para mis cosas.
El macho asintió frente a la pieza de mobiliario.
—En muchos escritorios de ese estilo hay al menos un cajón con el fondo o la parte trasera falsos, para disimular un pequeño espacio. No quisiera hacer conjeturas, pero ¿podría ayudarla a encontrarlo? Además, las molduras en una habitación como esta también podrían encubrir lugares secretos.
—Me encantaría contar con otro par de ojos para esto, gracias. —Ehlena se acercó y uno a uno, fue sacando todos los cajones del escritorio, dejándolos uno al lado del otro en el suelo. Mientras lo hacía, el macho sacó una linterna de bolsillo y miró dentro de los huecos que quedaban al descubierto.
Cuando llegó al gran cajón de abajo a la izquierda dudó, no queriendo ver lo que había guardado allí. Pero no era como si el cerrajero pudiera ver a través de la maldita cosa.
Silenciando una rápida maldición, tiró del asa de bronce y no miró todos los artículos que había guardado del Caldwell Courier Journal, cada uno de ellos estaba doblado para esconder los artículos que había leído y guardado aunque no quería leerlos de nuevo.
Puso ese cajón tan lejos como pudo.
—Bien, ese es el último.
Al tener la cabeza encajada bajo el escritorio, la voz del macho resonó.
—Creo que hay un… necesito la cinta métrica de mi caja de herramient…
—Ya voy a buscarla.
Cuando se la pasó, parecía atónito de que le hubiera ayudado.
—Gracias, señora.
Ella se arrodilló a su lado mientras volvía a agacharse para meterse debajo del escritorio.
—¿Se ve algo?
—Parece que hay... Sí, esto es un poco más superficial que los demás. Sólo déjeme… —Hubo un crujido y el brazo del macho se sacudió—. Lo tengo.
Cuando se incorporó, tenía una tosca caja en las manos curtidas.
—Creo que hay que girar la tapa para abrirla, pero dejaré que usted lo haga.  
—Guau, me siento como Indiana Jones, pero sin el látigo. —Ehlena levantó el panel superior y…— Bueno, no hay ninguna combinación. Sólo una llave. —Sacó la tira de acero, la examinó y luego la puso en su sitio—. Mejor que la dejemos dónde la encontramos.
—Déjeme mostrarle cómo puede volver a colocar el cajón secreto.
El macho se fue veinte minutos más tarde, después de que los dos hubieran golpeado en todas las paredes, estantes y molduras de la habitación sin encontrar nada. Ehlena consideraba que tenía que buscar una última vez, y si seguía con las manos vacías, haría que regresara con sus grandes armas para reventar la caja.
Cuando regresó al escritorio, puso los cajones en sus aberturas, haciendo una pausa cuando llegó al que contenía todos los artículos de periódico.
Quizás fue por el hecho de que no tenía que preocuparse por su padre. Quizás fue porque tenía algo de tiempo libre.
Aunque lo más probable fuera que simplemente se debiera a que estaba teniendo un momento de debilidad y no podía reprimir la necesidad de saber.
Ehlena sacó todos los papeles, desdobló los pliegues y los extendió sobre la mesa. Todos los artículos eran sobre Rehvenge y la explosión del ZeroSum, y sin duda cuando abriera la edición de hoy, encontraría otro para añadir a la colección. Los periodistas estaban fascinados con la historia, y durante el último mes había habido un montón de reportajes acerca de ello… no sólo en la prensa escrita, sino también en las noticias de la noche.
Ningún sospechoso. Ningún arresto. Entre los escombros del club se había encontrado el esqueleto de un macho. Los otros negocios que poseía, ahora eran dirigidos por sus socios. El tráfico de droga en Caldwell estaba paralizado. No había habido más asesinatos de traficantes.
Ehlena tomó uno de los artículos que había encima de la pila. No era de los más recientes, pero lo había mirado tantas veces, que había emborronado el papel de periódico. Al lado del texto había una foto borrosa de Rehvenge, sacada por un oficial de policía encubierto dos años atrás. El rostro de Rehvenge estaba en las sombras, pero el abrigo de marta, el bastón y el Bentley se veían claramente.
Durante las cuatro semanas pasadas había destilado sus recuerdos de Rehvenge, desde las veces que habían estado juntos hasta la forma en que había terminado todo con ese viaje que había hecho al ZeroSum. El paso del tiempo en lugar de desvanecer las imágenes de su mente, hacía que lo que recordaba se volviera aún más claro, como el whisky que se consolidaba con el paso del tiempo. Y era raro. Por extraño que pudiera parecer, de todas las cosas que se habían dicho, tanto buenas como malas, lo que Ehlena recordaba con más frecuencia era algo que esa hembra de seguridad le había ladrado cuando estaba de camino a la salida del club.
...ese macho se ha puesto a sí mismo en una situación de mierda por mí, su madre y su hermana. ¿Y tú te crees demasiado buena para él? Mira que bien. ¿De dónde demonios vienes que es todo tan perfecto?
Su madre. Su hermana. Ella.
Mientras las palabras azotaban su mente una vez más, Ehlena dejó vagar la mirada por el estudio hasta que llegó a la puerta. La casa estaba en silencio, su padre ocupado con Lusie y el crucigrama, el servicio trabajando alegremente.
Por primera vez en un mes, estaba a solas.
Tomando eso en consideración, debería tomar un baño caliente y buscar un lugar donde acurrucarse con un buen libro… pero en vez de ello, tomó el portátil, abrió la pantalla, y lo encendió. Tenía la sensación de que si llevaba a cabo lo que quería hacer, iba a acabar cayendo en un profundo y oscuro agujero.
Pero no podía evitarlo.
Había salvado las búsquedas que había hecho de las historias clínicas de Rehv y su madre, y como ambos habían sido declarados muertos, los documentos eran, técnicamente, parte del registro público… por lo que cuando abrió los archivos no se sintió tan culpable de invadir su privacidad.
Primero estudió el historial de la madre, y algunas cosas le resultaron familiares por haberlo examinado previamente, cuando había sentido curiosidad sobre la hembra que le había dado a luz. No obstante, ahora, se tomó su tiempo, buscando algo concreto. Aunque Dios sabía de qué se trataba.
Los registros recientes no tenían nada notable, eran solamente comentarios de Havers acerca de los exámenes anuales de la hembra o el tratamiento de algún virus ocasional. Mientras se desplazaba por las páginas, comenzó a preguntarse por qué estaba perdiendo el tiempo… hasta que llegó a la operación de rodilla que le habían realizado a Madalina cinco años atrás. En las notas pre–operatorias, Havers mencionaba algo sobre el deterioro de la articulación como resultado de lesiones por golpes crónicos.
¿Golpes crónicos? ¿En una hembra de valía de la glymera? Eso estaba más acorde con un jugador de fútbol, por el amor de Dios, no con la madre castellana de alto linaje de Rehvenge. 
No tenía sentido.
Ehlena retrocedió más y más pasando de largo muchas naderías… y luego a partir de los veintitrés años contados desde el presente empezó a ver las entradas. Una tras otra. Huesos rotos. Magulladuras. Contusiones.
Si Ehlena no estuviera segura de que era imposible... juraría que era violencia doméstica.
Todas las veces era Rehv el que la llevaba. La llevaba y permanecía con ella.
Ehlena regresó en el tiempo hasta la última de las entradas que parecían indicar el abuso de una hembra por parte de su hellren. Madalina había sido acompañada por su hija, Bella. No por Rehv.
Ehlena clavó la mirada en la fecha como si de la línea de números estuviera a punto de salir súbitamente un avance importante. Cuando cinco minutos después todavía seguía mirándola fijamente, sintió como si el espectro de la enfermedad de su padre estuviera otra vez moviéndose a lo largo de los suelos y paredes de su mente. ¿Por qué demonios estaba obsesionada con esto?
Y aún así, a pesar de tener esa idea en mente, siguió el impulso que sólo empeoraría su obsesión. Abrió el registro de Rehv.
Retrocedió por los registros más y más y más... él había empezado a necesitar dopamina más o menos al mismo tiempo que su madre dejo de ingresar con heridas.
Quizás sólo era una coincidencia.
Sintiéndose medio loca, Ehlena entró a Internet y fue a la base de datos de los registros públicos de la raza. Tecleando el nombre de Madalina, encontró el registro de la transición de la hembra, luego saltó hacia el de su hellren, Rempoon…
Ehlena se inclinó hacia delante en la silla y soltó la respiración con un siseo. Sin querer creer lo que leía regresó al registro de Madalina.
Su hellren había muerto la noche en que ella había ingresado lesionada a la clínica por última vez.
Con la sensación de estar a punto de obtener las respuestas, Ehlena consideró las coincidencias en las fechas a la luz de lo que la guardia de seguridad le había dicho sobre Rehvenge. ¿Y si él había matado al macho para proteger a su madre? ¿Y si esa guardia de seguridad lo sabía? ¿Y si…?
Por el rabillo del ojo, vio la foto de Rehvenge en el CCJ, su rostro en la sombra, su coche elegante y su bastón de chulo tan obvio.
Con una maldición, cerró el portátil de un golpe, lo puso de regreso en el cajón, y se levantó. Podía no ser capaz de controlar su subconsciente, pero podía hacerse cargo de su vigilia y no alentar esta locura.
En vez de volverse más loca, iba a subir a la habitación principal donde Montrag había dormido y hurgaría por allí a ver si encontraba la combinación de la caja. Más tarde, tomaría la Última Comida con su padre y Lusie.
Y después tenía que averiguar qué iba a hacer con el resto de su vida.


—...se piensa que los recientes asesinatos de traficantes en el área podrían haber acabado con la más que probable muerte del dueño del club Richard Reynolds sospechoso de ser el capo de la droga. —Hubo un crujido cuando Beth puso el CCJ sobre la mesa—. Ese es el final del artículo.
Wrath corrió las piernas, para sostener más cómodamente en el regazo el peso de su Reina. Había ido a ver a Payne hacía unas dos horas, y su cuerpo estaba hecho papilla, lo cual se sentía realmente bien.
—Gracias por leérmelo.
—Un placer. Ahora dame un segundo para que me ocupe del fuego. Tenemos un tronco que está a punto de rodar sobre la alfombra. —Beth lo besó y se levantó, la silla de mariquita crujió aliviada. Mientras cruzaba el estudio hacia la chimenea, el reloj de pie empezó a sonar.
—Oh, qué bien —dijo Beth—. Escucha, Mary debería de estar al llegar. Va a traerte algo.
Wrath asintió y extendió la mano, recorriendo con la punta de los dedos la parte superior del escritorio hasta llegar a la copa de vino tinto que estaba bebiendo. Por el peso, supo que casi se había terminado, y dado su humor, iba a querer más. La mierda sobre Rehv le había estado molestando. De mala manera.
Después de terminar el Burdeos, dejó la copa y se frotó los ojos bajo las envolventes que todavía usaba. Podría resultar un poco raro seguir con las gafas puestas, pero no importaba… no le gustaba la idea de que otras personas pudieran ver sus pupilas desenfocadas sin que él pudiera verlos mirándole fijamente.
—¿Wrath? —Beth se acercó, y por el tono tenso de su voz supo que estaba tratando de mantener alejado el temor de su voz—. ¿Estás bien? ¿Te duele la cabeza?
—No. —Wrath tiró de su Reina sentándola de nuevo en su regazo, la pequeña silla crujió otra vez, las flacuchas patas temblaron—. Estoy bien.
Las manos de ella le apartaron el cabello del rostro.
—No lo pareces.
—Yo sólo... —Encontró una de sus manos y la tomó en la suya—. Mierda, no lo sé.
—Sí, lo sabes.
Frunció el ceño con fuerza y estrechamente.
—No se trata de mí. Al menos, no verdaderamente.
Hubo una larga pausa, y entonces ambos hablaron al mismo tiempo:
—¿De qué se trata?
—¿Cómo está Bella?
Beth se aclaró la garganta como si la pregunta le sorprendiera.
—Bella está… haciendo todo lo que puede. No la dejamos mucho tiempo a solas, y es bueno que Zsadist se haya tomado unas vacaciones. Es muy duro que los haya perdido a ambos en pocos días. Quiero decir a su madre y a su hermano…
—Esa mierda sobre Rehv es una mentira.
—No entiendo.
Extendió la mano hacia el Caldwell Courier Journal que ella le había estado leyendo, y dio golpecitos sobre el artículo que acababa de terminar.
—Me cuesta creer que alguien le haya volado el culo. Rehv no era ningún tonto y, ¿esos Moros que lo protegían? ¿Esa jefa de seguridad? Es jodidamente imposible que hayan dejado acercarse a un soplapollas con una bomba al club. Además, Rhage dijo que él y V fueron al Iron Mask la otra noche para traer a rastras a John a casa, y los tres están trabajando allí… iAm, Trez y Xhex todavía están juntos. Normalmente, después de una tragedia las personas se dispersan. Pero ese grupo está como siempre, como si estuvieran esperando a que regrese.
—Pero había un esqueleto entre los escombros, ¿no?
—Puede ser de cualquiera. Sin duda, era de un macho pero, ¿qué más sabe la policía? Nada. Si yo quisiera desaparecer del mundo humano —demonios, incluso del mundo vampiro— plantaría un cuerpo y volaría mi edificio. —Sacudió la cabeza, pensando en Rehv tendido en la cama del gran rancho, tan jodidamente enfermo… y sin embargo lo suficientemente bien como para hacer que su asesina se ocupara del tipo que quería matar a Wrath—. Hombre, ese HDP me respaldó. Cuando Montrag se reunió con él, tuvo todas las oportunidades del mundo para joderme. Le debo una.
—Espera... ¿por qué demonios simularía su propia muerte? Amaba muchísimo a Bella y a su hija. Demonios, prácticamente crió a su hermana, y no puedo creer que la lastimara de esta forma. Además, ¿adónde iría?
La colonia, pensó Wrath.
Wrath quería contarle a su Reina todo lo que tenía en mente, pero dudó, porque había estado acariciando una decisión que iba a complicar muchísimo las cosas. En definitiva, ¿ese e–mail sobre Rehv? A Wrath su intuición le indicaba que el tipo había mentido. Era demasiada coincidencia que la cosa llegara y a la noche siguiente Rehv «muriera». Tenía que haber sido legítimo. Pero con Montrag muerto, quién podía tener…
Hubo un penetrante crujido, una caída libre y un duro aterrizaje de culo.
Beth gritó y Wrath maldijo: ¿Qué joder?
Tanteó a su alrededor, y tocó las astillas de la antigua y delicada madera francesa que estaban esparcidas entorno a ellos.
—¿Estás bien, leelan? —dijo vivamente.
Beth rió y se levantó.
—Oh, Dios mío… hemos roto la silla.
—Pulverizado sería más preciso...
El golpe en la puerta hizo que Wrath luchara para ponerse en pie entre gruñidos de dolor. A los cuales se estaba acostumbrando. Payne siempre atacaba las espinillas, y su pierna izquierda le estaba matando. Pero no era que no le hubiera devuelto el favor. Después de esta última sesión, era bastante probable que ella estuviera curándose alguna contusión.
—Entre —exclamó.
En el mismo instante en que se abrió la puerta, supo quién era… y que no estaba sola.
—¿Quién está contigo, Mary? —exigió, alargando la mano hacia el cuchillo que llevaba en la cadera. El aroma no era humano… pero no era un vampiro.
Hubo un tintineo sutil y su shellan exhaló un largo y encantador suspiro, como si estuviera viendo algo que le agradara enormemente.
—Este es George —dijo Mary—. Por favor, guarda el arma. No va a lastimarte.
Wrath mantuvo la daga en la palma de la mano y abrió ampliamente las fosas nasales. El olor era…
—¿Es un perro?
—Sí. Está entrenado para ayudar a los ciegos.
Wrath retrocedió levemente ante la palabra con «C», todavía esforzándose para aceptar que esa clasificación era relativa a él.
—Me gustaría llevarlo hacia ti —dijo Mary con ese tono de voz suyo tan ecuánime—. Pero no lo haré hasta que guardes el arma.
Beth permanecía en silencio, y Mary permaneció apartada, lo cual fue sabio por parte de ambas. Sus neuronas se dispararon en todas direcciones, sus pensamientos corrieron por todas partes. Durante el mes pasado había tenido muchos triunfos y muchas pérdidas de mierda: al regresar de su primer encuentro con Payne, había sabido que tenía un camino difícil por delante, pero era más largo y más empinado de lo que había pensado
Los dos problemas más grandes eran que odiaba tener que depender tanto de Beth y sus hermanos, y que pensaba que volver a aprender las cosas sencillas era curiosamente agotador. Como… por el amor de Dios, hacerse una tostada era ahora una proeza. Ayer lo había vuelto a intentar y acabó rompiendo el plato de cristal de la mantequilla. Lo cual naturalmente le llevó una eternidad limpiar. 
Pero aún así, la idea de utilizar un perro para moverse era… demasiado.
La voz de Mary se deslizó hasta el otro lado de la habitación con el equivalente vocal de un andar inofensivo.
—A Fritz se le ha enseñado cómo tratar al perro, y juntos, él y yo estamos preparados para trabajar contigo y con George. Hay un período de prueba de dos semanas, después del cual, si no te gusta o si no esta funcionando, podemos devolver el animal. No hay ningún tipo de obligación en esto, Wrath.
Estaba a punto de decirles que se llevaran el perro cuando oyó un débil gimoteo y más tintineos.
—No, George —dijo Mary—. No puedes acercarte a él.
—¿Quiere venir conmigo?
—Lo hemos entrenado utilizando una de tus camisetas. Conoce tu olor.
Hubo un largo, largo período de silencio, y entonces Wrath sacudió la cabeza.
—No sé si soy un tipo al que le gusten los perros. Además, que pasa con Boo…
—Está justo aquí —respondió Beth—. Está sentado junto a George. Bajó las escaleras tan pronto como el perro entró en la casa, y desde entonces no se ha apartado de al lado de George. Creo que se agradan uno al otro.
¡Maldita sea!, ni el gato estaba de su parte.
Más silencio.
Wrath enfundó la daga lentamente y dio dos amplios pasos a la izquierda para poder rodear la mesa. Caminando hacia delante, se detuvo en el centro del estudio.
George gimoteó un poco, y luego se volvió a oír el sencillo tintineo de un arnés.
—Deja que se me acerque —dijo Wrath sombríamente, sintiendo como si lo estuvieran presionando y no le gustara en lo más mínimo.
Oyó al animal acercarse, las suaves pisadas de las patas y el tintineo del collar cada vez más cerca, y luego…
Un hocico suave como el terciopelo hociqueo la palma de su mano, y una lengua áspera le lamió rápidamente la piel. Luego el perro se agachó bajo su palma y se apoyó contra su muslo.
Las orejas eran sedosas y cálidas, el pelo de la piel del animal era ligeramente rizado.
Era un perro grande con una gran cabeza cuadrada.
—¿De qué raza es?
—Un golden retriever. Fritz fue el que lo eligió.
El doggen habló desde la puerta, como si tuviera miedo de entrar en la habitación, en vista de lo tensa que era la situación.
—Pensé que era la raza perfecta, amo.
Wrath palpó los flancos del perro, encontrando el arnés que le rodeaba el pecho y el asidero del cual la persona invidente se agarraría.
—¿Qué puede hacer?
Mary respondió.
—Cualquier cosa que necesites. Puede aprender la disposición de la casa y si le das la orden de llevarte a la biblioteca, lo hará. Puede ayudarte a desenvolverte por la cocina, contestar el teléfono, encontrar objetos. Es un animal brillante, y si los dos encajáis, tú y él podéis ser tan independientes como sé que quieres ser.
Qué hembra impresionante. Sabía exactamente lo que le había estado molestando. ¿Pero la respuesta era un animal?
George gimoteó quedamente, como si quisiera el trabajo con desesperación.
Wrath soltó al perro y dio un paso atrás mientras todo su cuerpo comenzaba a temblar.
—No sé si puedo hacer esto —dijo con voz ronca—. No sé si puedo… ser ciego.
Beth se aclaró un poco la garganta, como si estuviera ahogándose porque él estaba ahogándose.
Después de un momento, Mary, con sus modales amables y firmes, dijo lo que, aunque fuera crudo, debía ser dicho:
—Wrath, tú eres ciego.
El tácito así–que–enfréntalo resonó en su mente, poniendo bajo el reflector una realidad a través de la cual había estado marchando irregularmente. Sin duda, había dejado de despertarse cada día esperando que su visión regresara, y había estado luchando con Payne y haciendo el amor con su shellan así que no se sentía físicamente débil, y también había estado trabajando y manteniendo al día la mierda del Rey y todo eso. Pero nada de eso significaba que las cosas fueran fantásticas: se movía con dificultad, tropezando constantemente, tirando cosas… aferrándose a su shellan… que por su culpa no había salido de la casa durante un mes… utilizando a los hermanos para que lo llevaran a distintos sitios… siendo la clase de carga que le agraviaba.
Se dijo a sí mismo que darle a este perro una oportunidad no significaba que le entusiasmara ser ciego. Pero podía ayudarle a moverse por sí mismo.
Wrath se dio la vuelta de forma que él y George quedaran mirando en la misma dirección, se acercó al perro. Inclinándose a un lado, encontró la asidera y la agarró.
—Ahora, ¿qué hacemos?
Después de un conmocionado silencio, como si hubiera sorprendido muchísimo a su audiencia, oyó algunas discusiones y exposiciones, de las cuales sólo asimiló una cuarta parte. No obstante, resultó evidente que había oído lo suficiente como para comenzar, ya que pronto él y George estuvieron dando un paseo por el estudio. 
La asidera tuvo que ser ajustada al límite, para que Wrath no tuviera que inclinarse a un lado para agarrarla, y al perro le sentaba mucho mejor todo el trato que a su dueño. Pero después de un rato, los dos se encaminaron hacia fuera del estudio y bajaron hasta el vestíbulo. El próximo paseo era encarar las escaleras y regresar arriba.
Solo.
Cuando Wrath volvió a la oficina, enfrentó al grupo que se había congregado… y ahora era uno grande, ya que por lo visto cada uno de sus hermanos, como también Lassiter, se habían unido a Beth, Fritz y Mary. Wrath captó el aroma de cada uno de ellos… y también había un jodido montón de esperanza y preocupación en el aire.
No podía culparlos por cómo se sentían, pero no le gustaba la atención.
—¿Cómo escogiste la raza, Fritz? —preguntó, porque necesitaba llenar el silencio y no había razón para ignorar al elefante rosa que había en la habitación.
O para ser más exactos, al perro de pelaje claro.
La voz del anciano mayordomo tembló, como si, al igual que todo el mundo, estuviera combatiendo con la emoción.
—Yo, ah… lo elegí… —El doggen se aclaró la garganta—. Lo elegí por encima de los Labradores porque pierden más pelo.
Los ojos ciegos de Wrath parpadearon.
—¿Por qué sería eso algo bueno?
—Porque a su servicio le encanta pasar la aspiradora. Pensé que sería un hermoso regalo para ellos.
—Oh, seguro... por supuesto. —Wrath rió un poco para sus adentros, y luego empezó a reír abiertamente. Cuando los demás se le unieron, algo de la tensión se disipó en la habitación—. ¿Por qué no pensé en eso?
Beth se aproximó y lo besó.
—Veremos cómo te sientes, ¿okay?
Wrath acarició la cabeza de George.
—Sí. Está bien. —Levantó la voz—: Basta de charla. ¿Quién está de guardia esta noche? V, necesito un informe financiero. ¿John todavía está desmayado en su cama por la borrachera? Tohr, voy a querer que contactes con las familias de la glymera que todavía quedan para ver si podemos hacer que regresen algunos alumnos…
Mientras Wrath escupía órdenes, era bueno obtener respuestas y que la gente circulara para sentarse y que Fritz saliera para encargarse de la limpieza después de la Primera Comida y que Beth se instalara en la vieja silla de Tohr.
—Oh, y voy a tener que conseguir otra cosa en donde sentarme —dijo mientras él y George se ubicaban detrás del escritorio.
—Guau, pulverizaste a esa cabrona, ¿verdad? —preguntó Rhage arrastrando las palabras.
—¿Quieres que te haga algo? —sugirió V—. Soy bueno tallando.
—¿Qué te parece una Barcalounger? —interrumpió Butch.
—¿Quieres esta silla? —le ofreció Beth.
—¿Alguien puede alcanzarme esa cosa con orejas que está en el rincón junto a la chimenea? —pidió Wrath.
Cuando Phury la acercó, Wrath se sentó y tiró la silla hacia delante… sólo para darse un violento golpe en ambas rodillas contra el cajón del escritorio.
—Okay, eso tuvo que doler —masculló Rhage.
—Necesitamos algo más bajo —dijo alguien.
—Esto estará bien —espetó Wrath rígidamente, sacando la palma de la mano de la asidera de George y frotando los doloridos gemelos—. No importa dónde me siente.
Mientras la Hermandad se ponía a trabajar, se encontró poniendo la mano en la cabeza del gran perro y acariciando el suave pelaje… jugando con una oreja… bajando la mano para encontrar las grandes ondas que fluían del amplio y fuerte pecho del animal.
Por supuesto que nada de eso significaba que iba a quedarse con el animal.
Simplemente era una sensación agradable, eso era todo.


Capítulo 63


La noche siguiente, Ehlena observó como su nuevo amigo, Roff el cerrajero, taladraba un maldito agujero en la caja fuerte de la pared. El quejido de su herramienta de alta potencia le aguijoneaba los oídos, y el intenso olor a metal caliente le recordaba al desinfectante que utilizaban en los suelos de la clínica de Havers. No obstante, la sensación de que estaba haciendo algo —cualquier cosa— compensaba todo eso.
—Ya casi termino —gritó el cerrajero por encima el estrépito.
—Tómese su tiempo —gritó en respuesta.
Se había convertido en algo personal entre ella y la caja, y esa mamona se abriría esta noche pasara lo que pasara. Después de buscar, con la ayuda del personal, por todo el dormitorio principal, y revisado incluso las ropas de Montrag, lo cual había sido espeluznante, había llamado al cerrajero y ahora estaba disfrutando al ver la cabeza de ese taladro desapareciendo cada vez más adentro en el metal.
En realidad, no le importaba lo que hubiera dentro de la maldita cosa, lo que era crítico era conseguir superar el obstáculo de no tener la combinación..., y era un alivio volver a sentirse ella misma. Siempre había sido de las que se abren camino a través de las dificultades... de forma parecida a como lo hacía ese taladro.
—Estoy dentro —dijo Roff, retirando la herramienta—. ¡Al fin! Venga a echar un vistazo.
Cuando el quejido se amortiguó hasta convertirse en silencio y el macho se tomó un descanso, ella se acercó y abrió el panel. Dentro estaba oscuro como la medianoche.
—Recuerde —dijo Roff mientras comenzaba a guardar sus cosas—, que tuvimos que cortar la electricidad y el circuito que la conecta al sistema de seguridad. Habitualmente se enciende una luz.
—Bien. —De todas formas se asomó. Era algo así como una caverna—. Muchas gracias.
—Si quiere que encuentre un repuesto, puedo hacerlo.
Su padre siempre había tenido cajas fuertes, algunas en las paredes, un par abajo en el sótano y esas habían sido tan grandes y pesadas como coches.
—Supongo que... necesitaremos una.
Roff paseó la vista por el estudio y luego le sonrió.
—Sí, señora. Creo que sí. Aunque me ocuparé de ello por usted. Me aseguraré de conseguirle lo que necesita.
Ella se giró y le tendió la mano.
—Ha sido muy amable.
Él se ruborizó desde el cuello de su mono hasta la línea oscura del cabello.
—Señora... ha sido un placer trabajar para usted.
Ehlena le acompañó hasta la puerta principal y después volvió al estudio con una linterna que había obtenido del mayordomo.
Encendiendo el haz de luz, se asomó a la caja fuerte. Archivos. Montones de archivos. Algunas cajas de cuero planas que le resultaron familiares de cuando todavía tenían las joyas de su madre. Más documentos. Acciones. Fajos de dinero en efectivo. Dos libros mayores de contabilidad.
Acercó una mesita, y vació todo encima de ella formando pilas. Cuando llegó al mismo fondo, encontró una caja de caudales que al levantarla le arrancó un gruñido.
Le llevó aproximadamente tres horas revisar el papeleo, y cuando terminó, estaba absolutamente atónita.
Montrag y su padre habían sido el equivalente corporativo de los mafiosos.
Levantándose de la silla en la que había plantado el trasero, subió al dormitorio que estaba utilizando y abrió el cajón de un bureau antiguo en el que había metido su ropa. El manuscrito de su padre estaba sujeto con una simple banda de goma, la cual emitió un chasquido al ser liberada con un movimiento de su mano. Comenzó a hojear las páginas hasta que... encontró la descripción del trato de negocios que lo había cambiado todo para su familia.
Ehlena se llevó la hoja del manuscrito al piso de abajo donde estaban los documentos y libros mayores que había sacado de la caja fuerte. Revisando la colección de libros donde estaban asentados los registros de cientos de transacciones de intereses comerciales, inmobiliarios, y otras inversiones, encontró uno que concordaba con el que había inscrito su padre en cuanto a fecha, montos en dólares y concepto.
Allí estaba. El padre de Montrag había sido el que había traicionado al de ella, y el hijo había estado en el ajo.
Dejándose caer de nuevo en la silla, lanzó una larga y dura mirada al estudio.
El karma era ciertamente un hijo de perra, ¿verdad?
Ehlena volvió a los libros mayores para ver si se habían aprovechado de alguna otra familia de la glymera. No había sido así, no desde que Montrag y su padre habían arruinado a su familia, y tuvo que preguntarse si se habrían inclinado a hacer tratos con humanos para disminuir las probabilidades de ser descubiertos como bandidos y estafadores dentro de la raza.
Bajó la mirada a la caja de caudales.
Como ésta parecía ser la noche para airear trapos sucios, levantó la cosa. La cerradura que la aseguraba no se abría con una combinación, sino con una llave.
Mirando sobre su hombro, estudió el escritorio.
Cinco minutos después, tras haber forzado con éxito el compartimiento secreto del cajón inferior, llevó la llave que había encontrado la noche anterior hacia la caja de caudales. No le cabía duda de que con ella iba a abrir esa cosa.
Y lo hizo.
Metiendo la mano dentro, encontró solamente un documento, y mientras desenrollaba las páginas gruesas y aterciopeladas, tuvo exactamente la misma sensación que había tenido cuando habló por primera vez con Rehvenge por teléfono y éste le preguntó: Ehlena, ¿está ahí?
Esto iba a cambiarlo todo, pensó sin ninguna razón en particular.
Y así fue.
Era una declaración jurada del padre de Rehvenge señalando a su asesino, escrita mientras el macho fallecía de heridas mortales.
La leyó dos veces. Y una tercera.
El testigo era Rehm, padre de Montrag.
Su mente se lanzó a procesarlo todo, y corrió hacia su portátil, sacó el Dell y recuperó la búsqueda clínica que había hecho sobre la madre de Rehv... Bueno, ¿quién lo hubiera imaginado? La fecha en que la declaración había sido dictada por el macho moribundo coincidía con la de la última noche en que la madre de Rehv había sido ingresada en la clínica por haber sido golpeada.
Tomó la declaración y la releyó. Según su padrastro Rehvenge era un symphath y un asesino. Y Rehm lo había sabido. Y Montrag lo había sabido.
Sus ojos se dirigieron a los libros mayores. A juzgar por lo que había en esos registros, padre e hijo habían sido unos oportunistas consumados. Era difícil creer que ese tipo de información no hubiera sido utilizada en un momento u otro. Muy difícil.
—¿Señora? ¿Le traigo su té?
Ehlena miró a la doggen que estaba en el umbral.
—Necesito saber algo.
—Por supuesto, Señora. —La criada entró con una sonrisa—. ¿En qué puedo ayudarla?
—¿Cómo murió Montrag?
Hubo un traqueteo bien evidente cuando la criada casi deja caer la bandeja sobre la mesa que había delante del sofá.
—Señora... seguramente no desea hablar de tales cosas.
—¿Cómo?
La doggen miró todos los papeles que habían sido esparcidos alrededor de la forzada caja fuerte. A juzgar por la resignación que vio en los ojos de la hembra, Sashla se había dado cuenta de que algunos secretos habían sido desvelados, secretos que no dejaban bien a su anterior amo.
La diplomacia y la deferencia acallaron la voz de la criada.
—No desearía hablar mal de los muertos, ni faltarle el respeto al señor Montrag. Pero usted es la cabeza de familia, y como ha solicitado...
—Está bien. No estás haciendo nada malo. Y necesito saberlo. Si te sirve de ayuda, piensa en ello como en una orden directa.
Esto pareció aliviar a la hembra que asintió con la cabeza, después habló con tono titubeante. Cuando se quedó en silencio, Ehlena bajó la mirada al suelo pulido.
Al menos ahora sabía por qué faltaba la alfombra.


A Xhex le tocaba el turno de medianoche en el Iron Mask, igual que como había sido en el ZeroSum. Lo que significaba que cuando su reloj de pulsera marcaba las tres cuarenta y cinco, era hora de hacer un recorrido por los baños mientras los barmans hacían la última llamada y sus gorilas conducían a borrachos y drogados a la calle.
En la superficie, el Mask no tenía nada que ver con el ZeroSum. En vez de acero y cristal, todo era de estilo neovictoriano, todo de color negro y azul profundo. Había un montón de cortinas de terciopelo y reservados íntimos con hondos sofás, y a la mierda con esa porquería del tecnopop; la música era un suicidio acústico, más depresiva que cualquier otra cosa que hubiera llevado ritmo alguna vez. Nada de pista de baile. Ni sección VIP. Más lugares para practicar el sexo. Menos drogas.
Pero el aura de evasión era la misma, y las chicas seguían trabajando, y el licor seguía corriendo rápido como una avalancha de barro.
Trez llevaba el lugar con un estilo discreto... atrás quedaban los días de la oficina trasera oculta y la presencia espectacular de un propietario vistoso. Él era un gerente, no un señor de la droga, y aquí las políticas y procedimientos no incluían nudillos despellejados ni golpes de pistola. En definitiva, despertaba menos interés de la policía debido a la falta de negocios de drogas al por mayor y al por menor... además los góticos, por naturaleza, eran más depresivos e introspectivos, en contraposición a los tarados acelerados y vivaces que habitualmente se reunían en el ZeroSum.
No obstante, Xhex echaba de menos el caos. Echaba de menos... un montón de cosas.
Con una maldición, entró al baño de damas, que estaba junto a la mayor de las dos barras, y encontró a una mujer inclinada hacia el espejo ahumado que había sobre el lavabo. Con una mirada de determinación, se estaba pasando las yemas de los dedos bajo los ojos, no para limpiarse el rimel sino para embadurnarlo aún más sobre su piel blanca como el papel. Dios sabía que tenía bastante base de maquillaje Cover Girl sobre la cual trabajar; llevaba tanta de esa mierda, que parecía como si alguien le hubiera dado dos puñetazos con un puño de hierro.
—Estamos cerrando —dijo Xhex.
—Okay, no hay problema. Te veo mañana. —La chica se apartó de su reflejo que parecía salido de la Noche de los Muertos Vivientes y se dirigió apresuradamente hacia la puerta.
Eso era lo más jodido de los góticos. Sí, parecían freakys, pero en realidad eran mucho más simpáticos que los del tipo snob frustrado aspirante a Paris Hilton. Además sus tatuajes eran mucho mejores.
Sí, el Mask era mucho menos complicado... lo que significaba que Xhex tenía tiempo más que suficiente para permitirse profundizar su relación con el detective De la Cruz. Ya había estado en la comisaría de Caldwell dos veces para ser interrogada, como muchos de sus gorilas... incluyendo a Big Rob y Silent Tom, los dos que había enviado a buscar a Grady.
Naturalmente, ambos habían mentido maravillosamente bajo juramento, diciendo que habían estado trabajando con ella en el momento de la muerte de Grady.
A esta altura tenía claro que iba a ser llevada ante el gran jurado, pero los cargos no iban a prosperar. Indudablemente los de la Científica se habían ocupado de obtener fibras y cabellos del cuerpo de Grady, pero por ese camino no iban a conseguir mucha información acerca de ella, ya que el ADN vampiro, así como también la sangre, se desintegraba rápidamente. Además, ya había quemado la ropa y las botas que había usado esa noche, y el cuchillo utilizado estaba disponible en casi todas las tiendas de caza.
Todo lo que tenía De la Cruz eran pruebas circunstanciales.
No es que nada de eso importara. Si por alguna razón las cosas se ponían demasiado calientes, simplemente desaparecería. Tal vez se dirigiera hacia al oeste. Tal vez volviera al Antiguo País.
Por amor de Dios, ya debería haber abandonado Caldwell. Estar tan cerca y a la vez tan lejos de Rehv la estaba matando.
Después de comprobar cada uno de los cubículos, Xhex salió y rodeó la esquina hacia el baño de hombres. Golpeó con fuerza y metió la cabeza.
Los movimientos, jadeos y golpes significaban que había al menos una mujer y un hombre. ¿Tal vez dos de cada?
—Estamos cerrando —ladró.
Evidentemente su sentido de la oportunidad estaba en forma, porque el grito agudo de una mujer teniendo un orgasmo resonó entre los azulejos y después hubo un montón de jadeos de recuperación.
Que ella no estaba de humor para escuchar. Sólo le recordaban su corto momento con John... pero al fin y al cabo, ¿qué no lo hacía? Desde que Rehv se había largado y ella había dejado de intentar dormir, tenía muchas, muchas, muchas horas durante el día para mirar fijamente al techo de su cabaña de caza y contar la cantidad de formas en que había metido la pata.
No había vuelto al apartamento del sótano. Y estaba pensando que iba a tener que venderlo.
—Vamos, moveos —dijo—. Estamos cerrando.
Nada. Sólo el jadeo.
Harta de la actuación del grupo teatral de respiración post–coito que se desarrollaba en el cubículo para minusválidos, levantó la mano formando un puño y golpeó el dispensador de toallas de papel.
—Sacad el culo de ahí. Ahora.
Eso los puso en movimiento.
La primera en salir del cubículo fue lo que consideró una mujer con un atractivo ecléctico. La hembra iba vestida al estilo gótico, con medias desgarradas, botas que pesaban ciento ochenta kilos y un montón de fajas de cuero, pero era bella como Miss América y tenía el cuerpo de una Barbie.
Y había sido bien servida.
Sus mejillas estaban ruborizadas y su abundante cabello negro despeinado, sin duda ambas cosas provocadas por haber sido montada contra los azulejos de la pared.
Qhuinn fue el siguiente en salir del cubículo, y Xhex se tensó, sabiendo exactamente quién era el tercero de esta trifecta[2] de sexo.
Qhuinn la saludó rígidamente con la cabeza al pasar, y Xhex supo que no iría muy lejos. No hasta que...
John Matthew salió en proceso de cerrarse la cremallera. La camiseta Affliction llegaba justo hasta el comienzo de su tableta de chocolate y no llevaba boxers. Bajo el brillo de las luces fluorescentes, la piel suave y sin vello de debajo del ombligo estaba tan tensa, que podía ver las fibras del músculo que después de recorrer su torso bajaban hasta sus piernas.
No levantó la vista para mirarla, no porque fuera tímido o se sintiera avergonzado. Simplemente no le importaba que ella estuviera en la habitación, y no era una actuación. Su rejilla emocional estaba... vacía.
Al llegar a los lavabos, John abrió el grifo del agua caliente y bombeó el dispensador de jabón de la pared. Mientras se enjabonaba las manos que habían recorrido todo el cuerpo de aquella mujer, hizo rodar los hombros como si estuvieran tensos.
Había rastros de barba en su mandíbula. Y bolsas bajo sus ojos. Y hacía un tiempo que no se cortaba el cabello, así que las puntas habían comenzado a ensortijarse en la nuca y alrededor de las orejas. Por encima de todo, apestaba a alcohol, el olor manaba de sus mismos poros, como si a pesar de lo duro que trabajaba su hígado, no pudiera filtrar la mierda de su sangre lo bastante rápidamente.
Eso no era ni bueno, ni seguro: sabía que continuaba luchando. Le había visto entrar con magulladuras frescas y algún vendaje ocasional.
—¿Cuánto tiempo más vas a seguir con esto? —preguntó tajantemente—. ¿Con toda esta rutina de borracheras y mujerzuelas?
John cortó el agua y se acercó a la caja de toallas de papel a la que ella acababa de hacerle una abolladura espectacular. Estaba a menos de cincuenta centímetros de ella cuando arrancó un par de cuadrados blancos y se secó las manos tan concienzudamente como se las había lavado.
—Cristo, John, esta es una maldita forma de malgastar tu vida.
Tiró las toallas arrugadas en la papelera de acero inoxidable. Cuando llegó a la puerta, la miró por primera vez desde que ella le había dejado en su cama. Su rostro no evidenció ni un aleteo de reconocimiento, ni una remembranza, ni nada. La mirada azul que una vez había sido chispeante estaba ahora opaca.
—John... —Su voz se quebró ligeramente—. De veras, lo siento.
Con deliberado cuidado, él extendió el dedo medio en su cara y salió.
Cuando se quedó sola en el baño, Xhex se acercó al espejo ahumado y se inclinó igual que había hecho la gótica en el baño de al lado. Cuando su peso se trasladó hacia adelante, pudo sentir los cilicios hundiéndose en sus muslos y le sorprendió haberlos notado.
Ya no los necesitaba, ahora usaba las bandas sólo por la fuerza de la costumbre
Desde que Rehv se había sacrificado a sí mismo, había estado sintiendo tanto dolor, que no necesitaba más ayuda para controlar su lado malo.
El móvil sonó en el bolsillo de sus pantalones de cuero, el timbre sonaba como un sumidero para ella. Cuando sacó la cosa, comprobó el número... y cerró los ojos con fuerza.
Había estado esperando esto. Desde que había hecho los arreglos para que todo lo que llegara al antiguo teléfono de Rehv fuera desviado al suyo.
Aceptando la llamada, dijo con voz serena:
—Hola, Ehlena.
Hubo una larga pausa.
—No esperaba que nadie contestara.
—Entonces, ¿por qué llamas a su número? —Se produjo otra larga pausa—. Mira, si es por el dinero que ha entrado en tu cuenta, no hay nada que yo pueda hacer al respecto. Fue parte de su testamento. Si no lo quieres, entrégalo a la beneficencia.
—¿Qué... qué dinero?
—Tal vez no se ha ingresado aún. Pensé que el testamento había sido certificado por el Rey. —Hubo otra larga pausa—. ¿Ehlena? ¿Estás ahí?
—Sí... —llegó la queda respuesta—. Lo estoy.
—Si no se trataba del dinero entonces, ¿por qué llamaste?
El silencio no fue una sorpresa, dado todo lo que había venido antes. Pero la respuesta de la hembra fue una bomba mortal.
—Llamo porque no creo que esté muerto.







[1] UPS Servicio de mensajería. (N. de la T.)
[2] Sistema de apuestas en el que el apostador debe elegir a los tres primeros ganadores en la secuencia correcta. También llamado triple. (N. de la T.)

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