miércoles, 25 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 64 65 66

Capítulo 64


Ehlena esperó una respuesta de la jefa de seguridad de Rehv. Cuanto más tardaba en llegar, más segura estaba de tener razón.
—No lo está, ¿verdad? —dijo con energía—. Tengo razón, ¿no?
Cuando Xhex finalmente habló, su voz profunda y resonante fue curiosamente reservada.
—En interés de que todo sea transparente, creo que deberías saber que estás hablando con otro symphath.
Ehlena aferró su móvil con más fuerza.
—De algún modo, eso no me sorprende en absoluto.
—¿Por qué no me dices lo que crees saber?
Interesante respuesta, pensó Ehlena. No era un no–está–muerto. Ni mucho menos. No obstante, si la hembra era una symphath, esto podía llevar a cualquier parte.
Lo cual significaba que no había razón para contenerse.
—Sé que mató a su padrastro porque el macho estaba golpeando a su madre. Y sé que su padrastro era consciente de que él era un symphath. También sé que Montrag, hijo de Rehm, sabía lo de la cuestión symphath también, y que Montrag fue asesinado de modo ritual en su estudio.
—¿Y esas matemáticas adónde te llevan?
—Creo que Montrag puso en evidencia la identidad de Rehvenge y por eso tuvo que irse a la colonia. Esa explosión en el club fue para ocultar el hecho de lo que él es ante sus allegados. Creo que por eso escogió llevarme al ZeroSum como lo hizo. Fue para asegurarse que se libraba de mí. En cuanto a Montrag... creo que antes de irse, Rehvenge se ocupó de él. —Largo, largo, largo silencio—. ¿Xhex... estás ahí?
La hembra dejó escapar una risa corta y dura.
—Rehv no mató a Montrag. Lo hice yo. Y no tuvo nada que ver con la identidad de Rehv, no directamente. Pero, ¿cómo sabes tanto del macho muerto?
Ehlena se enderezó en la silla.
—Creo que deberíamos vernos.
Ahora la risa fue más larga y un poco más natural.
—Tienes unas gigantes pelotas de acero, ¿sabías? ¿Acabo de decirte que maté a un tipo y tú quieres encontrarte conmigo?
—Quiero respuestas. Quiero la verdad.
—Disculpa si actúo un poco a lo Jack Nicholson pero, ¿estás segura de poder soportar la verdad?
—Estoy al teléfono, ¿no? Estoy hablando contigo, ¿no? Mira, sé que Rehvenge está vivo. Ya sea que estés dispuesta a admitirlo o no, eso no cambiara nada para mí.
—Chica, no sabes una mierda.
—Que. Te. Jodan. Se alimentó de mí. Mi sangre está en él. Así que sé que todavía respira.
Hubo una larga pausa y después una corta risa ahogada.
—Me estoy haciendo una idea de por qué le gustabas tanto.
—¿Entonces te encontrarás conmigo?
—Sí. Claro. ¿Dónde?
—En el refugio de Montrag en Connecticut. Si fuiste tú quien le mató, sabes la dirección. —Ehlena sintió un ramalazo de satisfacción cuando la línea se quedó mortalmente silenciosa—. ¿Olvidé mencionar que mi padre y yo somos los parientes más cercanos de Montrag? Heredamos todo lo que tenía. Oh, tuvieron que deshacerse de la alfombra que arruinaste. ¿No podías haber matado al bastardo en el suelo de mármol del vestíbulo?
—Jesús... cristo. No eres una simple enfermerita, ¿verdad?
—No. ¿Entonces vienes o no?
—Estaré ahí en media hora. Y no te preocupes, no voy a quedarme a pasar el día. Los symphaths no tenemos problemas con la luz del sol.
—Te veo en un rato.
Cuando Ehlena colgó, la energía tamborileaba a través de sus venas y salió disparada para ordenarlo todo, y para recoger todos los libros, estuches y documentos y llenar la ahora imponente barriga de la caja fuerte. Después de volver a poner el paisaje marino contra la pared, apagó el ordenador, dijo a la doggen que estaba esperando una visita, y...
El gong del timbre de la puerta delantera reverberó a través de la casa, y se alegró de ser la primera en llegar a la puerta principal. De cierta forma no creía que el personal se sintiera cómodo con Xhex.
Abriendo los enormes paneles de par en par, retrocedió un poco. Xhex estaba justo como la recordaba, una hembra dura enfundada en cuero negro con el cabello corto como un hombre. Sin embargo, algo había cambiando desde que había visto a la guardia de seguridad por última vez. Parecía... más delgada, más mayor. Algo.
—¿Te importaría hacer esto en el estudio? —preguntó Ehlena, con la esperanza de estar tras las puertas cerradas antes de que aparecieran el mayordomo y las criadas.
—Eres valiente, ¿verdad? Considerando lo último que hice en esa habitación.
—Tuviste oportunidad de ir a buscarme. Trez sabía dónde vivía antes de que viniéramos aquí. Si hubieras estado cabreada por lo mío con Rehv, hubieras venido a por mí entonces. ¿Vamos?
Cuando Ehlena extendió el brazo hacia la habitación en cuestión, Xhex sonrió un poco y se dirigió en esa dirección.
Una vez consiguieron algo de intimidad, Ehlena dijo:
—Entonces, ¿cuánto de lo que conjeturé era acertado?
Xhex merodeó por la habitación, deteniéndose para examinar las pinturas, los estantes de libros y una lámpara que estaba hecha con un jarrón oriental.
—Tienes razón. Mató a su padrastro por lo que ese bastardo estaba haciendo en casa.
—¿Eso fue lo que quisiste decir cuando dijiste que se había puesto en una situación difícil por su madre y su hermana?
—Parcialmente. Su padrastro aterrorizaba a esa familia, especialmente a Madalina. La cuestión era, que ella creía merecerlo, y además, era menos de lo que le había hecho el padre de Rehv. Una mujer digna, eso era ella. Me agradaba, aunque sólo la vi una o dos veces. Yo no era su tipo de chica, ni de lejos, pero era amable conmigo.
—¿Rehvenge está en la colonia? ¿Fingió su propia muerte?
Xhex se detuvo frente al paisaje marino y miró sobre su hombro.
—Él no querría que habláramos de esto.
—Así que está vivo.
—Sí.
—En la colonia.
Xhex se encogió de hombros y continuó con su vagabundeo, sus lentas y gráciles zancadas no hacían nada para enmascarar el poder innato de su cuerpo.
—Si hubiera querido que te involucraras en todo esto, habría hecho las cosas de un modo muy distinto.
—¿Mataste a Montrag para evitar que la declaración jurada saliera a la luz?
—No.
—¿Por qué le mataste entonces?
—Eso no es asunto tuyo.
—Respuesta equivocada. —Cuando Xhex se dio la vuelta de golpe, Ehlena cuadró los hombros—. Considerando lo que eres, podría acudir al Rey en este mismo momento y develar tu identidad. Así que creo que tienes que hablar conmigo.
—¿Amenazando a un symphath? Ten cuidado, muerdo.
La sonrisa indolente que iba unida a esas palabras hizo que el corazón de Ehlena saltara de miedo, recordándole que lo que estaba mirándola desde el otro lado de la habitación no era algo con lo que estuviera acostumbrada a tratar, y no sólo por todo el asunto symphath: esos fríos ojos grises como el metal de Xhex habían bajado la mirada hacia un montón de gente muerta... porque ella los había matado.
Pero Ehlena no iba a retroceder.
—No me harás daño —dijo con absoluta convicción.
Xhex desnudó sus largos colmillos blancos y un siseo subió por su garganta y salió de sus labios.
—¿No?
—No... —Ehlena sacudió la cabeza, y una imagen del rostro de Rehvenge mientras sostenía sus Keds en la mano le vino a la mente. Saber lo que había hecho para mantener a su madre y a su hermana a salvo... la hacía creer en lo que había visto en él en ese momento—. Él te habría ordenado que no me tocaras. Me habría protegido al marcharse. Por eso hizo lo que hizo en el ZeroSum.
Rehvenge no había sido totalmente bueno. Ni de lejos. Pero ella le había mirado a los ojos, olido su aroma vinculante y sentido sus manos afectuosas sobre su cuerpo. Y en el ZeroSum, había visto su sufrimiento y oído la tensión y la desesperación en su voz. A pesar de que antes había asumido que todo eso había sido fingimiento o frustración por haber sido descubierto, ahora tenía una imagen diferente del asunto.
Le conocía, maldita sea. Incluso después de toda la mierda que él le había contado, incluso después de las mentiras por omisión, le conocía.
Ehlena alzó la barbilla y miró fijamente a la asesina entrenada que había al otro lado de su estudio.
—Quiero saberlo todo, y tú vas a contármelo.


Xhex habló durante media hora sin parar, y se sorprendió de lo bien que se sentía. Se sorprendió también de lo mucho que aprobaba la elección de hembra de Rehv. Durante todo el tiempo que ella estuvo escupiendo horrores, Ehlena permaneció sentada en uno de los sofás de seda con toda calma y firmeza... a pesar de que dejó caer un montón de bombas.
—¿Así que la hembra que se apareció ante mi puerta —dijo Ehlena—, era la que le estaba chantajeando?
—Así es. Su hermanastra. Está casada con su tío.
—Dios, ¿cuánto dinero le ha sacado a lo largo de los últimos veinte años? No me sorprende que tuviera que mantener abierto el club.
—No era sólo dinero lo que buscaba. —Xhex miró a Ehlena directamente a la cara—. Hizo de él una puta.
Las mejillas de Ehlena perdieron todo el color.
—¿Qué quieres decir?
—¿Qué crees que quiero decir? —Xhex maldijo y comenzó a pasearse otra vez, recorriendo el entorno de la primorosa habitación por septuagésima vez—. Mira... hace veinticinco años la jodí, y para protegerme, Rehv hizo un trato con la princesa. Cada mes él iba al norte y le pagaba el dinero... y se acostaba con ella. Lo odiaba y la despreciaba. Además, ella le ponía enfermo, literalmente... cuando hacía lo que tenía que hacer, le envenenaba, y esa era la razón por la cual necesitaba ese antídoto. Pero, sabes... aunque le costaba mucho, seguía haciendo ese viaje para que no descubriera nuestras tapaderas. Ha estado pagando por mi error mes tras mes, año tras año.
Ehlena sacudió la cabeza lentamente.
—Dios... su hermanastra...
—No te atrevas a juzgarle por eso. Ya quedan muy pocos symphaths, así que el incesto es muy común, pero más que eso, él no tuvo elección, porque le puse en una posición en la cual se vio atrapado. Si crees por un segundo que habría hecho voluntariamente esa mierda, eres tú la que tiene la mente jodida.
Ehlena alzó una mano como para calmar las cosas.
—Entiendo. Es sólo que... me siento mal por ti y por él.
—No malgastes sentimientos en mí.
—No me digas cómo sentirme.
Xhex no pudo evitar reírse.
—Sabes, en circunstancias diferentes, podrías llegar a agradarme.
—Curioso, yo siento lo mismo. —La hembra sonrió, pero fue una sonrisa triste—. Entonces, lo tiene la princesa.
—Sí. —Xhex se alejó del sofá, porque no quería compartir lo que sin duda había en sus ojos—. Fue la princesa la que hizo saltar su cobertura, no Montrag.
—Pero Montrag iba a hacer pública esa declaración jurada, ¿o no? Fue por eso que le mataste.
—Eso era sólo parte de lo que iba a hacer. El resto de sus planes no me incumbe a mí contarlos, pero digamos que Rehv no era la parte más importante de ellos.
Ehlena frunció el ceño y se recostó entre los cojines. Había estado jugueteando con su cola de caballo, y algunos mechones de cabello se habían liberado del coletero con el que se lo había recogido hacia atrás... por lo que estando así sentada sobre el sofá de seda delante de una lámpara, tenía un halo a su alrededor.
—Me pregunto si el mundo siempre tiene que ser así de cruel —murmuró.
—Por mi experiencia, sí.
—¿Por qué no fuiste tras él? —preguntó la hembra quedamente—. Y no es una crítica... de veras que no. Simplemente no parece propio de ti.
El hecho de que la pregunta hubiera sido formulada de ese modo hizo que Xhex bajara ligeramente sus defensas.
—Me hizo prometer que no lo haría. Incluso lo puso por escrito. Si me retractara de mi palabra, dos de sus mejores amigos morirían... porque irían tras de mí. —Con un torpe encogimiento de hombros, Xhex sacó la maldita carta del bolsillo de sus pantalones de cuero—. Tengo que conservar esto conmigo porque es lo único que me ayuda a permanecer aquí. De otro modo, habría subido a esa puta colonia esta mañana.
Los ojos de Ehlena se quedaron adheridos al sobre doblado.
—¿Puedo... puedo verla, por favor? —Su encantadora mano temblaba cuando la extendió—. Por favor.
La rejilla emocional de la hembra era un enmarañado desorden, tiras de desolación y miedo unidas con hebras de tristeza. Estas cuatro últimas semanas había sufrido muchísimo y estaba in extremis, tensa más allá de sus límites y aún un poco más... pero en el interior, en su centro, en su corazón... ardía el amor.
El amor ardía profundamente.
Xhex puso la carta contra la palma de Ehlena y la retuvo durante un breve momento. Con voz ahogada, dijo:
—Rehvenge... ha sido mi héroe durante años. Es un buen macho a pesar de su lado symphath, y merece lo que sientes por él. Se merece mucho más de lo que ha obtenido de la vida... y para ser honesta, no puedo imaginar lo que esa hembra le pueda estar haciendo en estos momentos.
Cuando Xhex soltó el sobre, Ehlena parpadeó rápidamente, como si estuviera intentando evitar que las lágrimas se derramaran.
Xhex no podía soportar mirar a la hembra, así que fue a pararse delante de la pintura al óleo que representaba un precioso sol poniéndose sobre un mar en calma. Los colores elegidos eran tan cálidos y adorables, que parecía como si el paisaje marino realmente proyectara un brillo cálido que podías sentir sobre tu rostro y hombros.
—Se merece una vida auténtica —murmuró Xhex—. Con una shellan que le ame y un par de críos y... en cambio van a abusar de él y a torturarlo...
Eso fue más de lo que podía soportar, su garganta se cerró tan estrechamente que le dificultó la respiración. De pie delante de la brillante puesta de sol, Xhex casi se derrumba y llora: la presión interna de mantener todo el pasado, presente y futuro en su interior se alzó entrando en combustión de forma tan efervescente y chisporroteante que bajó la mirada hacia sus brazos y manos para ver si se habían expandido.
Pero no, eran las mismas de siempre.
Encerradas dentro de la piel que la contenía.
Hubo un suave susurro de papel, de la carta volviendo a deslizarse dentro de su sobre.
—Bueno, sólo queda una cosa por hacer —dijo Ehlena.
Xhex se concentró en el ardiente sol del centro de la pintura y se obligó a sí misma a alejarse de la orilla.
—¿Y es?
—Iremos allá arriba a recuperarle.
Xhex lanzó una mirada furiosa sobre su hombro.
—A riesgo de sonar como si estuviéramos en una película de acción... no hay ninguna forma de que tú y yo podamos contra un regimiento de symphaths. Además, has leído la carta. Sabes a lo que me avine.
Ehlena se golpeó rítmicamente la rodilla con el sobre.
—Pero aquí dice que no puedes hacerlo en bien de él, ¿verdad? Entonces... ¿si te pido que vayas allí conmigo? Entonces lo estarías haciendo por mi bien, ¿verdad? Si eres una symphath, seguramente apreciarás ese resquicio.
El cerebro de Xhex rumió las implicaciones y sonrió brevemente.
—Muy astuto de tu parte. Pero sin ofender, eres una civil. Voy a necesitar muchos más refuerzos aparte de ti.
Ehlena se levantó del sofá.
—Sé disparar, y estoy entrenada como enfermera de campaña, así que puedo ocuparme de heridas de campo. Además, me necesitas si vas a sortear esa promesa que te está refrenando. Así que, ¿qué me dices?
Xhex estaba totalmente a favor de la intervención armada, pero si Ehlena se le moría en el proceso de liberar a Rehv, esto no iba a salir bien.
—Bien, iré sola —dijo Ehlena, lanzando la carta sobre el sofá—. Le encontraré y...
—Aguarda, tipa dura. —Xhex respiró hondo, recogió la última misiva de Rehv, y se permitió a sí misma abrirse a las posibilidades. ¿Y si había una forma de…?
Salida de la nada, la determinación se vertió en ella, sus venas se encendieron con algo más aparte del dolor. Sí, pensó. Podía ver cómo hacer funcionar esto.
—Sé a quién podemos acudir. —Comenzó a sonreír—. Sé cómo podemos hacerlo.
—¿Quién?
Extendió la palma abierta en vertical frente a Ehlena.
—Si quieres ir allí, puedes contar conmigo, pero lo haremos a mi manera.
La enfermera de Rehv bajó la mirada antes de dirigir sus ojos color caramelo hacia el rostro de Xhex.
—Yo voy contigo. Esa es mi única condición. Yo. Voy.
Xhex asintió lentamente con la cabeza.
—Entiendo. Pero todo lo demás corre por mi cuenta.
—Trato hecho.
Cuando sus palmas se encontraron, el apretón de la otra mujer fue fuerte y firme. Lo que, considerando todo lo que estaban proyectando, era un buen augurio sobre la firmeza con que Ehlena sujetaría la culata de un arma.
—Vamos a rescatarle —jadeó Ehlena.
—Que Dios nos ayude.


Capítulo 65


—Bueno, este es el trato, George. ¿Ves a esos jodidos? Son problemas, auténticos problemas. Sé que hemos hecho esto un par de veces, pero no nos volvamos presuntuosos.
Cuando Wrath tanteó el primer escalón de la escalera de la mansión con su shitkicker, se imaginó el tramo alfombrado de rojo recorriendo todo el camino hacia arriba entre el vestíbulo y el segundo piso.
—¿Cuáles son las buenas noticias? Que tú puedes ver lo que haces. ¿Las malas noticias? Si me caigo existe el riesgo de que te lleve conmigo. Eso no es lo que estamos buscando.
Acarició distraídamente la cabeza del perro.
—¿Vamos?
Le dio la señal de avance y empezó a subir. George se pegó a él, el leve movimiento giratorio del hombro del perro se transmitía a través del asidero mientras subían. En la cima, George se detuvo.
—Estudio —dijo Wrath.
Juntos, siguieron caminando en línea recta. Cuando el perro se detuvo otra vez, Wrath se orientó por el sonido de los crujidos de la madera en la chimenea y fue capaz de ir hasta su escritorio con el perro. Tan pronto como se sentó en su nueva silla, George tomó asiento también, justo a su lado.
—No puedo creer que estés haciendo esto —dijo Vishous desde la puerta.
—Mala suerte.
—Dime que nos quieres contigo.
Wrath recorrió con su mano el flanco de George. Dios, la piel del perro era muy suave.
—En principio, no.
—¿Estás seguro? —Wrath permitió que su ceja arqueada hablara por si misma—. Sí, bueno. Está bien. Pero estaré justo al otro lado de la puerta todo el tiempo.
Y V no iba a estar solo, sin duda. Todo el mundo se había sorprendido cuando en medio de la Ultima Comida llegó una llamada al teléfono de Bella: todas las personas que podían haberla llamado estaban en esa habitación. Ella había respondido, y después de un largo silencio, Wrath había oído el sonido de una silla al ser retirada y pasos suaves que se acercaban a él.
—Es para ti —había dicho ella con voz trémula—. Es…Xhex.
Cinco minutos después, había accedido a ver a la segunda al mando de Rehvenge, y aunque no se había discutido nada específico, no había que ser un genio para saber por qué lo había llamado la hembra y qué quería. Después de todo, Wrath no sólo era Rey, también era el guardián de la Hermandad.
¿Qué todos pensaban que Wrath estaba chiflado al haber accedido a verla? Pero eso era lo grandioso de ser el soberano de la raza: Podías hacer lo que querías.
En la planta baja, la puerta del vestíbulo se abrió y la voz de Fritz repicó hacia arriba mientras escoltaba a las dos invitadas al interior de la mansión. El viejo mayordomo no estaba solo al entrar con las hembras, Rhage y Butch lo habían acompañado cuando sacó el Mercedes para ir a recogerlas.
Por la escalera comenzaron a subir las voces y muchos pies.
George se tensó, elevó las ancas y su respiración cambió sutilmente.
—Está bien, amigo —murmuró Wrath—. Estamos bien.
El perro se tranquilizó inmediatamente, lo que hizo que Wrath dirigiera la mirada hacia el animal a pesar de no poder ver nada. Algo acerca de esa confianza incondicional le resultaba… muy agradable.
El golpe en la puerta hizo que volviera a girar la cabeza.
—Adelante.
Su primera impresión de Xhex y Ehlena fue que emitían una implacable determinación. La segunda fue que Ehlena, que estaba a la derecha, estaba especialmente nerviosa.
Guiándose por el leve roce de las ropas, se figuró que estaban haciendo una reverencia ante él, y el par de «Su Alteza» que le llegó confirmó su intuición.
—Tomad asiento —dijo—. Y quiero que todos los demás salgan de la habitación.
Ninguno de sus hermanos se atrevió a soltar una queja, porque el botón del protocolo había sido pulsado: ante extraños, le trataban como a su señor soberano y su Rey. Lo que significaba que no podía haber ninguna jodienda ni insubordinaciones.
Quizás eran necesarias más visitas en la jodida casa.
Cuando las puertas se cerraron, Wrath dijo:                            
—Decidme por qué estáis aquí.
En la pausa que siguió, imaginó que las hembras estarían mirándose la una a la otra para decidir quién hablaba primero.
—Dejad que adivine —cortó él—. Rehvenge está vivo, y queréis sacarlo de la mierda.


Cuando Wrath, hijo de Wrath, habló, a Ehlena no le sorprendió en absoluto que el Rey supiera a qué habían venido. Sentando al otro lado de un delicado y adorable escritorio, era exactamente igual a como lo recordaba de cuando casi la arrolló en la clínica: cruel e inteligente a la vez, un líder en plena forma mental y física.
Este era un macho que sabía cómo funcionaba el mundo real. Y estaba habituado a tener la clase de músculos que se necesitan para hacer el trabajo difícil.
—Sí, mi señor —dijo ella—. Eso es lo que queremos.
Sus gafas envolventes negras se dirigieron hacia ella.
—Así que eres la enfermera de la clínica de Havers. La que resultó ser pariente de Montrag.
—Sí, lo soy.
—¿Te importa si te pregunto cómo te involucraste en esta situación?
—Es por un motivo personal.
—Ah —asintió el Rey asintió—. Entiendo. 
Xhex se hizo oír con un tono de voz grave y respetuoso.
—Él hizo algo bueno por usted. Rehvenge hizo algo muy bueno por usted.
—No tienes que recordármelo. Esa la razón por la que vosotras dos estáis sentadas aquí en mi casa.
Ehlena miró a Xhex, tratando de leer en el rostro de la hembra de qué estaban hablando. No consiguió nada. No le sorprendió.
—Aquí va mi pregunta —dijo Wrath—. Si lo traemos de vuelta, ¿cómo vamos a sortear el correo electrónico que nos llegó? Él dijo que no era nada, pero evidentemente mintió. Alguien del norte amenazó con identificar a vuestro chico, y si se le rescata… ese gatillo será pulsado.
Xhex habló.
—Garantizaré personalmente que el individuo que hizo esa amenaza no podrá utilizar un portátil después de que acabe con ella.
—Bieeeeeeeeen.
Mientras sonreía y arrastraba la palabra, el Rey se inclinó a un lado y pareció estar acariciando… Ehlena se sobresaltó al darse cuenta que había un golden retriever sentado a su lado, la cabeza del perro apenas asomaba por encima del escritorio. Guau. En cierto modo era una extraña elección de raza, ya que el acompañante del Rey daba la impresión de ser todo lo amable y accesible que él no era… y sin embargo Wrath era gentil con el animal, al hacer bajar la palma de la mano grande y ancha, lentamente por el lomo.
—¿Es ese el único hoyo que necesita ser tapado respecto a su identidad? —preguntó el Rey—. Si esa fuga es eliminada ¿Podría haber más partes que amenacen con desenmascararlo?
—Montrag está muerto y bien muerto —murmuró Xhex—. Y no se me ocurre nadie más que pudiera estar enterado. Por supuesto, el rey symphath podría venir tras él, pero usted puede detenerlo. Rehv también es uno de sus súbditos.
—Jodidamente correcto, y aplaudamos todo ese asunto de «la posesión es nueve décimas partes de la ley». — Wrath volvió a sonreír brevemente—. Además, el líder de los symphaths no va a querer tocarme los huevos, porque si me hace enfadar, podría quitarle el pequeño hogar feliz que tiene en el territorio de se–me–congelan–las–pelotas. Está sometido a mi prerrogativa, como solían decir en el Antiguo País, lo que quiere decir que gobierna sólo porque yo lo permito.
—Así que, ¿vamos a hacerlo? —preguntó Xhex.
Se hizo un largo silencio, y mientras esperaban a que el Rey hablara, Ehlena paseó la vista por la elegante habitación de estilo francés para evitar los ojos de Wrath. No quería que supiera lo ansiosa que estaba, y temía que su rostro reflejara debilidad: aquí estaba totalmente fuera de su elemento, sentada ante el líder de la raza, presentando un plan que implicaba entrar hasta el mismo corazón de un lugar increíblemente nefasto. Pero no podía arriesgarse a que dudara de ella ni a que la excluyera, porque por más nerviosa que estuviera, no iba a echarse atrás. Sentir miedo no necesariamente implicaba que te apartaras de tu objetivo. Demonios, si creyera eso, su padre estaría internado en ese momento, y ella bien podría haber acabado como lo había hecho su madre.
A veces hacer lo correcto era atemorizante, pero el corazón la había traído hasta aquí, a este lugar e iba a llevarla a atravesar… lo que fuera que viniera a continuación, y lo que se necesitara para liberar a Rehvenge.
Ehlena… ¿estás ahí?
Sí, seguro como el infierno que estaba.
—Un par de cosas —dijo Wrath mientras se giraba y daba un respingo, como si tuviera una herida de guerra—. Al rey de allá arriba… no le va a gustar que nos metamos en su jardín y nos llevemos a uno de los suyos.
—Con todo el debido respeto —interrumpió Xhex—, el tío de Rehv puede joderse.
Las cejas de Ehlena saltaron hacia arriba. ¿Rehvenge era el sobrino del rey?
Wrath se encogió de hombros.
—Da la casualidad que estoy de acuerdo, pero a lo que voy es que va a haber un conflicto. Un conflicto armado.
—Soy buena en eso —dijo Xhex tranquilamente, como si simplemente estuvieran hablando acerca de qué película iban a ir a ver—. Muy buena.
Ehlena sintió la necesidad de intervenir en la conversación.
—Y yo también lo soy. —Cuando vio tensarse los hombros del Rey, trató de no hablar tan vigorosamente, porque lo último que necesitaban era que las echaran por irrespetuosas—. Quiero decir, no podría esperarse otra cosa, y estoy preparada.
—¿Estás preparada? No te ofendas, pero un parásito civil no es algo muy provechoso si va a haber lucha.
—Con todo el debido respeto —dijo repitiendo las palabras de Xhex—. Yo voy.
—¿Incluso si eso significa que retiro a mis hombres?
—Sí. —Hubo una larga inspiración, como si el Rey estuviera pensando en cómo rechazarla de forma educada—. No lo comprende, mi señor. Es mi…
—¿Tu qué?
Impulsivamente, para dar mayor peso a su postura, dijo:
—Él es mi hellren. —Con su visión periférica, captó a Xhex girando rápidamente la cabeza en su dirección, pero se había tirado a la piscina y ya no podía salir sin mojarse—. Él es mi compañero y… se alimentó de mí hace un mes. Si lo han ocultado, puedo encontrarlo. Además, si le han hecho lo que —oh, Jesús— probablemente le hayan hecho, va a necesitar atención médica. Y yo se la daré.
El Rey jugó con las orejas de su perro, frotando el pulgar sobre la suave oreja marrón claro. Era evidente que al animal le gustaba la sensación, pues se inclinaba sobre la pierna de su amo suspirando.
—Tenemos un médico de urgencias —dijo Wrath—. Y un doctor.
—Pero no tienen a la shellan de Rehvenge, ¿verdad?
—Hermanos —gritó Wrath abruptamente—. Traed aquí vuestros culos.
Cuando las puertas del estudio se abrieron, Ehlena miró por encima de su hombro, preguntándose si había ido demasiado lejos y estaba a punto de ser «escoltada» fuera de la mansión. Segurísimo, que cualquiera de los diez enormes machos que entraron eran aptos para la tarea. Los había visto a todos antes en la clínica, menos al de cabello negro y rubio, y no le sorprendía en absoluto descubrir que iban completamente armados.
Para su alivio, no practicaron con ella una acción al estilo autoservicio cash&carry[1], si no que se acomodaron por toda la delicada habitación azul pastel, llenando el lugar hasta las vigas. Le pareció un poco extraño que Xhex no mirara a ninguno de ellos, permaneciendo en cambio centrada en Wrath… aunque quizá tenía sentido. Por muy duros que fueran los hermanos, el Rey era el único cuya opinión realmente importaba.
Wrath miró a sus guerreros, sus gafas envolventes le protegían los ojos por lo que no había manera de decir qué podía estar pensando.
El silencio era terrible, y Ehlena sentía el corazón atronando en sus oídos.
Por fin, el Rey habló.
—Caballeros, estas encantadoras damas quieren hacer un viaje al norte. Estoy dispuesto a permitir que vayan y nos traigan a Rehv de regreso a casa, pero no van a ir solas.
La respuesta de los hermanos fue inmediata.
—Estoy dentro.
—Apúntame.
—¿Cuándo vamos?
—Joder, ya era hora.
—Oh, mierda, mañana por la noche hay una maratón de Beaches[2]. ¿Podemos ir después de las diez para que pueda verla entera una vez?
Todas las personas que había en la habitación se giraron hacia el tipo de cabello negro y rubio, que estaba recostado contra la pared de un rincón con los enormes brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Qué? —dijo—. Mirad, no es Mary Tyler Moore, ¿okay? Así que no podéis joderme.
Vishous, el que llevaba un guante negro en la mano, le lanzó una mirada furiosa a través de la habitación.
—Es peor que Mary Tyler Moore. Y llamarte idiota sería un insulto a todos los mentecatos del jodido mundo entero.
—¿Bromeas? Bette Midler es maravillosa. Y adoro el océano. Demándame.
Vishous miró al Rey.
—Me dijiste que podía pegarle. Lo prometiste.
—En cuanto vuelvas a casa —respondió Wrath mientras se ponía de pie—, lo colgaremos de los sobacos en el gimnasio y podrás utilizarlo como saco de boxeo.
—Gracias, Niño Jesús.
Rubio–y–Moreno sacudió la cabeza.
—Os juro que uno de estos días simplemente voy a largarme.
Como si fueran uno, todos los hermanos apuntaron hacia la puerta y dejaron que el silencio hablara por sí mismo.
—Chicos, apestáis.
—Okay, suficiente. —Wrath rodeó el escritorio y…
Ehlena se incorporó bruscamente. La palma de su mano estaba empuñando el arnés que rodeaba el pecho del perro, y el rostro del Rey estaba hacia delante, la barbilla en alto, así que no había forma de que hubiera podido mirar al suelo.
Estaba ciego. Y no en el sentido de no ser capaz de ver muy claramente. Dada la forma en que estaba ahora, no podía ver en absoluto. ¿Cuándo habría ocurrido?, se preguntó asombrada. La última vez que lo había visto parecía tener algo de visión.
En el pecho de Ehlena onduló el respeto cuando ella y todos los demás levantaron la vista hacia él.
—Esto va a ser complicado —dijo Wrath—. Necesitamos enviar suficientes guerreros para cubrirnos y también para hacer la búsqueda y el rescate, pero no queremos crear más alboroto del que sea absolutamente imprescindible. Quiero dos equipos, de los cuales el segundo estará en la retaguardia. También vamos a necesitar el apoyo de vehículos por si Rehvenge está incapacitado y tenemos que transportarlo de regreso…
—¿De qué estáis hablando? —preguntó una voz femenina desde la puerta.
Ehlena miró por encima de su hombro y reconoció a la persona: Bella, compañera del hermano Zsadist, que frecuentemente ayudaba a las pacientes de Lugar Seguro. La hembra estaba de pie entre las jambas talladas de la puerta con su niña en brazos, su rostro estaba desprovisto de color y los ojos tenían una expresión vacía.
—¿Qué ocurre con Rehvenge? —exigió, alzando la voz—. ¿Qué sucede con mi hermano?
Mientras Ehlena comenzaba a unir los puntos, Zsadist se acercó a su shellan.
—Creo que vosotros dos tenéis que hablar —dijo Wrath cuidadosamente—. En privado.
Z asintió y escoltó a su compañera y a su niña fuera de la habitación. Mientras la pareja recorría el pasillo, todavía podía oírse la voz de Bella y sus preguntas estaban salpicadas con un creciente pánico.
Y luego se oyó un "¡¿Qué?!" que parecía indicar que a la pobre hembra le habían soltado una bomba.
Ehlena fijó la mirada en la preciosa alfombra azul. Dios… sabía exactamente por lo que estaba pasando Bella en ese momento. Las oleadas de shock, la reformulación de lo que creías saber, el sentimiento de traición.
Un difícil lugar para estar. Difícil salir de él, también.
Después del sonido de una puerta al cerrarse y el de las voces atenuándose, Wrath paseó la mirada alrededor por la habitación como si estuviera dándole a todos la oportunidad de replantearse su decisión.
—El enfrentamiento será mañana por la noche, porque ahora no hay suficiente luz diurna para llevar un coche hasta allí arriba. —El Rey señaló con la cabeza a Ehlena y a Xhex—. Hasta entonces vosotras dos permaneceréis aquí.
¿Eso quería decir que ella iba? Gracias a la Virgen Escriba. En cuanto a quedarse a pasar el día, tendría que llamar a su padre, pero dado que Lusie estaba en la casa, no le preocupaba tener que ausentarse.
—Para mí no es problema…
—Yo tengo que irme —dijo Xhex tensa—. Pero volveré a las…
—No es una invitación. Tú te quedas aquí para que yo sepa dónde estás y qué estás haciendo. Y si te preocupan las armas, tenemos muchísimas… demonios, justo el mes pasado les quitamos un cargamento completo a los lessers. ¿Quieres hacer esto? Estás bajo nuestro techo hasta el anochecer.
Era totalmente obvio que el Rey no confiaba en Xhex, dado el mandato y la forma en que le sonreía con ferocidad.
—Así que, ¿qué vas a hacer comedora de pecados? —preguntó cordialmente—. ¿A mi manera o carretera?
—Está bien —replicó Xhex—. Como quiera.
—Siempre —murmuró Wrath—. Siempre.


Una hora más tarde, Xhex estaba de pie con los brazos extendidos delante de ella y las botas separadas unos 45 centímetros. En sus manos tenía una SIG Sauer cuarenta que hedía a talco de bebé, y estaba en el campo de tiro de la Hermandad disparando ráfagas a blancos con forma de hombre situados a dieciocho metros de distancia. A pesar del hedor, el arma era fantástica, con un gatillo suave y una mira excelente.
Mientras ponía el arma a prueba, podía sentir a los machos tras ella mirándola insistentemente. A su favor se podía decir, que no era su trasero lo que miraban.
Nah, los hermanos no estaban interesados en su culo. Ninguno de ellos se sentía especialmente atraído hacia ella, aunque, dadas sus expresiones de reticente respeto mientras recargaba el arma, estaban viendo su buena puntería como una ventaja.
En la cabina de disparo de al lado, Ehlena demostraba que no había mentido en cuanto a su habilidad con un arma. Había escogido una de carga automática con un poco menos de potencia de disparo, lo que tenía sentido, ya que no tenía la misma fuerza en la parte superior del cuerpo que tenía Xhex. Su puntería era impresionante para una aficionada, lo que era más, manejaba el arma con la clase de serena confianza que sugería que no le dispararía a nadie en la rodilla por error.
Xhex se quitó el protector de oídos y se giró hacia la Hermandad, manteniendo el arma hacia abajo, junto a su muslo.
—Quiero probar la otra, pero este par me vendrá bien. Y quiero que se me devuelva mi cuchillo.
Le habían quitado el arma antes de que Ehlena y ella fueran conducidas a la mansión en el Mercedes negro.
—Lo tendrás —dijo alguien—, cuando lo necesites.
Contra su voluntad, sus ojos comprobaron rápidamente quién estaba hablando. El mismo elenco de músculos. Lo que quería decir que John Matthew no se había colado dentro.
Dado lo grande que parecía ser el complejo de la Hermandad, se imaginaba que podía estar en cualquier sitio, incluso en la ciudad vecina, por el amor de Dios: cuando terminó la reunión en el estudio del Rey, él simplemente había salido y desde entonces no lo había vuelto a ver.
Mejor así. En este momento necesitaba estar concentrada en lo que se cernía sobre todos ellos para mañana por la noche, no en su jodida e inexistente vida amorosa. Afortunadamente, todo parecía ir volviendo a su sitio. Había llamado a iAm y a Trez y les había dejado mensajes en el buzón de voz de que se tomaba un día libre, y ellos le habían respondido que no había problema. Sin duda iban a volver a contactar con ella, pero tenía la esperanza de que con el apoyo de los hermanos, entraría y saldría de la colonia antes de que sus instintos de niñera les abrumaran.
Veinte minutos más tarde, terminó de probar la otra SIG y no le sorprendió en absoluto cuando ambas armas le fueron confiscadas. El viaje de regreso a la mansión fue largo y tenso, y le echó un vistazo a Ehlena para ver qué tal lo llevaba la otra hembra. Era difícil no aprobar la resuelta fortaleza que había en la expresión del rostro de esa enfermera: la hembra de Rehv iba a recuperar a su macho, y nada iba a interponerse en su camino.
Lo que era grandioso… pero sin embargo esa determinación ponía a Xhex nerviosa. Estaba dispuesta a apostar que Muhrder había tenido esa misma clase de resolución en los ojos cuando había ido a buscarla a la colonia.
Y mira qué bien le había ido.
Por otra parte, fiel a su carácter había ido en plan caballero, sin refuerzos. Por lo menos ella y Ehlena habían sido lo suficientemente listas como para conseguir ayuda y de la verdaderamente buena, y una sólo podía rezar para que eso marcara la diferencia.
Cuando estuvieron de regreso en la mansión, Xhex fue a buscar algo de comida a la cocina y fue conducida a una habitación de invitados del primer piso que estaba al final de un largo pasillo con estatuas.
Comida. Bebida. Ducha.
Dejó la luz del cuarto de baño encendida porque estaba en una habitación extraña, se metió en la cama desnuda, y cerró los ojos.
Cuando la puerta se abrió una media hora más tarde, se sobresaltó pero no se sorprendió ante la gran sombra que se perfilaba con la luz del pasillo.
—Estás borracho —dijo.
John Matthew entró sin invitación, y cerró la puerta sin pedir permiso. Estaba realmente borracho, pero eso no era ninguna novedad.
El hecho de que estuviera excitado sexualmente tampoco era material para una portada.
Cuando dejó la botella que llevaba en la cómoda, ella supo que sus manos se iban a dirigir a la cremallera de sus vaqueros, y había aproximadamente cien mil razones por las que debería decirle que cortara con esa mierda y que se apartara de ella.
En vez de eso, Xhex apartó el edredón de su cuerpo y se puso las manos detrás de la cabeza, los senos le hormiguearon por el frío y por mucho más que eso.
Por encima de todas las justificaciones para no hacer lo que iban a hacer, había una realidad que hacía tambalear los cimientos de las decisiones saludables: para el final de la noche siguiente, cabía la posibilidad de que uno o los dos no volvieran a casa.
Incluso con el apoyo de la Hermandad, ir a la colonia era una misión suicida… y estaba dispuesta a apostar que en ese momento había muchas personas teniendo relaciones sexuales bajo el techo de la mansión. A veces uno tenía que saborear la vida justo antes de ir a golpear a la puerta del Grim Reaper[3].
John se quitó los vaqueros y la camiseta y dejó la ropa en el mismo lugar donde cayó. Al acercarse, su cuerpo se veía magnífico bajo la luz brillante, con su duro pene dispuesto y su figura sumamente musculosa era todo lo que una hembra podría desear en su cama.
Pero ella no se enfocó en todo ese oh–sí cuando él se subió al colchón y la montó. Ella quería verle los ojos.
Sin embargo, no tuvo suerte. Su rostro quedaba en la sombra, ya que la luz del cuarto de baño venía directamente desde detrás de él. Por un momento, estuvo tentada de encender la lámpara que había cerca de ellos, pero entonces se dio cuenta de que no quería ver la carga de insensible frialdad que sin duda habría en su mirada.
Xhex estaba segura de que con esto no iba a conseguir lo que buscaba. Esto no iba a tratarse de sentirse vivo.
Y estaba en lo cierto.
No hubo preliminares. No hubo juegos amorosos. Ella abrió las piernas, él se introdujo y su cuerpo se relajó y lo aceptó a causa de la biología. Mientras la follaba su cabeza estaba junto a la suya en la almohada, pero girada hacia el otro lado.
Ella no se corrió. Él sí. Cuatro veces.
Cuando él se dio la vuelta para apartarse de su cuerpo y se colocó de espaldas, respirando pesadamente, ella tenía el corazón completa y absolutamente roto: después de dejarlo en su apartamento del sótano la maldita cosa se había agrietado, pero con cada pesada penetración perpetrada por él ahora, su corazón se fue astillando más y más quedando destruido.
Unos pocos minutos después, John se levantó, se puso la ropa, agarró la botella de licor y se fue.
Cuando la puerta se cerró con un chasquido, Xhex se tapó con el edredón.
No hizo nada para intentar controlar los temblores que sacudían su cuerpo, y tampoco se esforzó por detener el llanto. Las lágrimas fluyeron de sus ojos cayendo por los bordes, se deslizaban hacia fuera y caían sobre sus sienes. Algunas caían en sus orejas. Algunas le bajaban por el cuello y eran absorbidas por la almohada. Otras nublaban su vista, como si no quisieran salir de casa.
Sintiéndose ridícula, se puso las manos sobre la cara y las capturó lo mejor que pudo, enjugándolas en el edredón.
Lloró durante horas.
Sola.


Capítulo 66


La noche siguiente, Lash estaba a unos ochenta kilómetros al sur de Caldwell cuando entró suavemente con el Mercedes en un camino de tierra y apagó los faros del sedan. Conduciendo lentamente a lo largo del camino lleno de baches, utilizó la luna creciente para guiarse, cortando a través de un campo de maíz descuidado y moribundo.
—Sacad las armas —dijo.
En el asiento del pasajero, el señor D palmeó su cuarenta, y en el trasero, el par de asesinos amartillaron las escopetas recortadas que les habían dado antes de que Lash los hubiera sacado a todos de la ciudad.
Cien metros más adelante, Lash pisó el freno y pasó su mano enguantada por el volante revestido de cuero. Lo bueno de un ostentoso Mercedes negro era que cuando salías de él parecías un hombre de negocios y no un llamativo matón de las drogas. Además podías meter a tus escoltas en el asiento de atrás.
—Vamos allá.
Con un impulso sincronizado, tiraron de los tiradores de sus puertas y salieron, quedando enfrentados a otro ostentoso Mercedes que estaba al otro lado de una extensión de tierra nevada.
Un AMG castaño. Bonito.
Y Lash no había sido el único en traer accesorios tales como armas–y–municiones a la reunión. Todas las puertas del AMG se abrieron y salieron tres tipos con armas calibre cuarenta, y uno que parecía esta desarmado.
En tanto los sedanes sugerían urbanidad, o al menos lo aparentaban, los hombres que iban en ellos representaban el lado violento del tráfico de drogas... todo lo que tenía que ver con calculadoras, cuentas en el extranjero y lavado de dinero.
Lash se aproximó al hombre desarmado con ambas manos fuera de los bolsillos de su abrigo Joseph Abboud. Mientras avanzaba, examinó la mente del importador sudamericano, que, al menos según el camello al que habían torturado por diversión y beneficio, era el que le vendía a Rehvenge el producto al por mayor.
—¿Querías tener una reunión conmigo? —dijo el tipo con marcado acento.
Lash metió la mano en el bolsillo del pecho de su abrigo y sonrió.
—Tú no eres Ricardo Benloise. —Miró hacia el otro Mercedes—. Y no me sienta nada bien que tú y tu jefe me andéis jodiendo. Dile a ese hijo de puta que salga del coche ya, o me largo... lo que significa que no negociará con el tipo que ha despejado los muelles en Caldwell y que abastecerá el mercado del que solía encargarse el Reverendo.
Por un momento el humano pareció desconcertado; luego se volvió a mirar a los tres camaradas que estaban de pie detrás de él. Después de un momento, sus ojos finalmente se movieron hacia el Mercedes castaño e hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza.
Hubo una pausa y luego se abrió la puerta del pasajero y salió un hombre más pequeño y viejo. Estaba impecablemente vestido, su abrigo negro se ajustaba perfectamente a sus hombros, sus suaves mocasines dejaban una revuelta trayectoria al deslizarse por la nieve.
Se adelantó con absoluta calma, como si estuviera cien por cien seguro de que sus hombres podrían manejar cualquier situación que se presentara.
—Entenderá mi precaución —dijo Benloise con un acento que parecía en parte francés y en parte latinoamericano—. En estos tiempos hay que ir con cuidado.
Lash sacó la mano de la chaqueta, dejando su arma donde estaba.
—No tiene nada de qué preocuparse.
—Parece muy seguro.
—Puesto que soy yo el que ha barrido a la competencia, estoy muy seguro.
Los ojos del viejo recorrieron a Lash de arriba a abajo, midiéndolo, y Lash sabía que no iba a ver más que fuerza.
Calculando que no había tiempo que perder, Lash fue al grano.
—Quiero mover lo mismo que el Reverendo en términos de volumen, y quiero empezar ahora. Tengo muchos hombres y el territorio es mío. Lo que necesito es un proveedor de polvo profesional, bueno y estable, y es por eso que quería reunirme con usted. En realidad es simple. Me estoy calzando los zapatos del Reverendo, y como usted era el que trabajaba con él, quiero hacer negocios con usted.
El viejo sonrió.
—Nada es simple. Pero bueno, es usted joven y, si vive lo suficiente, lo descubrirá por sí mismo.
—Voy a estar por aquí durante mucho tiempo. Confíe en mí.
—No confío en nadie, ni siquiera en mi familia. Y me temo que no sé de qué está hablando. Soy importador de arte colombiano, y no tengo ni idea de cómo consiguió mi nombre ni de por qué lo ha conectado con algo de naturaleza ilegal. —El viejo hizo una ligera reverencia—. Le deseo buenas noches y sugiero que encuentre ocupaciones legítimas para sus, sin duda, múltiples talentos.
Lash frunció el ceño cuando Benloise volvió al AMG, dejando a sus hombres detrás.
¿Qué coño? A menos que esto fuera a convertirse en una lluvia de plomo...
Lash se dispuso a sacar su arma, preparándose para un tiroteo... pero no. El tipo que había intentando hacerse pasar por Benloise simplemente dio un paso al frente y extendió la mano.
—Encantado de conocerle.
Cuando Lash bajó la mirada, vio que había algo en la palma del tipo. Una tarjeta de visita.
Lash accedió al jueguecito de estrecharse las manos, tomó lo que le daban, y regresó a su propio Mercedes. Cuando estuvo tras el volante, observó al AMG rodar senda abajo alejándose con su tubo de escape humeando en el frío.
Bajó la mirada a la tarjeta. Había un número.
—¿Qué tiene ahí, señor? —pregunto el señor D.
—Creo que es probable que hayamos entrado en el negocio. —Sacó su móvil y marcó, después arrancó el coche y fue en dirección opuesta a la que había tomado la gente de Benloise.
Benloise atendió la llamada.
—Es mucho más cómodo hablar en un coche cálido, ¿no?
Lash rió.
—Sí.
—Esta es mi oferta. Un cuarto del producto que le enviaba mensualmente al Reverendo. Si es capaz de hacerlo circular en las calles de forma segura, veremos si incrementamos el comercio. ¿Tenemos trato?
Era tan placentero tratar con un profesional, pensó Lash.
—Lo tenemos.
Después de discutir las condiciones del pago y de la entrega, colgaron.
—Vamos bien —dijo con satisfacción.
Mientras en el coche se sucedían todo tipo de muestras de efusividad, se permitió a sí mismo sonreír como un hijo de puta. El proyecto de establecer laboratorios estaba probando ser más difícil de lo que había esperado... aunque todavía seguían avanzando, necesitaba un proveedor fiable y de las grandes ligas y esta relación con Benloise era la llave para eso. Con el efectivo que esto iba a generar, podría reclutar más gente, adquirir armas de tecnología avanzada, comprar más propiedades, apuntar a los Hermanos. Sentía como si desde que había tomado el control hasta ahora, la Sociedad Lessening hubiera estado en un punto muerto, pero eso se había acabado, gracias al viejo del acento.
Cuando estuvo de vuelta en la parte urbana de Caldwell, Lash hizo bajar al señor D y los demás lessers en el cochambroso rancho y después procedió a atravesar la ciudad hacia la casa de piedra cobriza. Cuando aparcó en el garaje, estaba entusiasmado por las posibilidades de futuro, esa exaltación le hacía consciente de lo jodidamente coartado que había estado. El dinero era importante. Era lo que te daba la libertad para hacer lo que querías y comprar lo que necesitabas.
Era poder apilado en montoncitos ordenados, sujetos por bandas elásticas con autoridad.
Era lo que necesitaba para ser quien era.
Cuando entró por la cocina, se tomó un momento para saborear las mejoras que ya había podido hacer: no más encimeras y alacenas vacías. Había máquinas de café expreso y robot de cocina Cuisinarts, platos y vasos, ninguno de los cuales habían sido comprados en Target. También había comida gourmet en el refrigerador, vinos finos en el sótano y licor del bueno en el bar.
Entró al comedor, que todavía estaba vacío, y comenzó a subir las escaleras de dos en dos, aflojándose la ropa mientras lo hacía, con cada paso que daba su polla se ponía más tiesa. En el piso de arriba le esperaba su princesa. Deseosa y lista. Bañada, aceitada y perfumada por dos de sus asesinos, preparada para ser utilizada como la esclava sexual que era.
Joder, se alegraba de que todos los lessers fueran impotentes, de otro modo habría habido una oleada de castraciones en la Sociedad.
Cuando llegó al primero de los rellanos, se desabotonó la camisa, revelando los arañazos que corrían por su pecho. Cada uno de ellos había sido hecho por las uñas de su amante, y sonrió, listo para aumentar la colección. Después de aproximadamente dos semanas de tenerla completamente atada, había comenzado a soltar una de las manos y uno de los pies. Cuanto más luchaban mejor.
Dios, era un demonio de hembra...
Cuando llegó a lo alto de las escaleras, se quedó congelado, la fragancia que le llegaba a través del pasillo le dejó seco. Oh... Dios, la dulce saturación era tan espesa, que era como si cien botellas de perfume se hubieran hecho pedazos.
Lash corrió hacia la puerta del dormitorio. Si le había ocurrido algo...
La carnicería era asombrosa, había sangre negra manchando la recientemente adquirida alfombra y el empapelado nuevo: los dos lessers a los que había dejado custodiando a su hembra estaban apoyados sobre el suelo al otro lado de la cama con dosel, cada uno de ellos tenía un cuchillo en la mano derecha. Ambos tenían múltiples y relucientes heridas de cuchillo en los cuellos, habiéndose apuñalado a sí mismos una y otra vez hasta que perdieron tanta sangre que quedaron laxos.
Sus ojos se dispararon hacia la cama. Las sábanas de satén estaban arrugadas, y las cuatro cadenas que el rey symphath le había dado para subyugarla yacían flojas en sus esquinas.
Lash se giró hacia sus hombres. Los asesinos no morían a menos que les atravesaras el pecho con algo de acero inoxidable, así que ambos estaban incapacitados, pero todavía vivían.
—¿Qué coño ha pasado?
Dos bocas se pusieron en funcionamiento, pero no pudo entender nada... los bastardos no tenían nada de aire para alimentar sus cuerdas vocales, gracias a que esa mierda escapaba por todos los agujeros que se habían hecho a sí mismos.
Estúpidos débiles mentales…
Oh, demonios, no. Oh, no, ella no.
Lash fue hasta el amasijo de sábanas y encontró el collar de su viejo rottweiler muerto. Había puesto esa cosa en el cuello de la princesa para marcarla como suya, dejándoselo puesto incluso cuando tomaba su vena durante el sexo.
Ella lo había cortado por la parte delantera en vez de desabrocharse la cosa. Lo había echado a perder.
Lash tiró el collar sobre la cama, se volvió a abotonar la camisa, y se metió los faldones de seda dentro de los pantalones. Del antiguo bureau Sheraton que había comprado hacía tres días, sacó otra arma y un cuchillo largo para añadirlos a lo que había llevado cuando fue a conocer a Benloise.
Había sólo un lugar adonde ella podía ir.
Y él iba a ir hasta allí arriba a traer a su puta de vuelta.


Con George guiándole, Wrath abandonó su estudio a las diez de la noche y enfrentó las escaleras con una confianza que le sorprendió. La cuestión era, que estaba empezando a confiar en el perro y a anticiparse a las señales que George le transmitía a través de la agarradera del arnés: cada vez que llegaban a lo alto de la escalera, George se detenía y permitía que Wrath buscara el primer escalón. Y cuando llegaban abajo, el perro se detenía otra vez para que Wrath fuera consciente de que habían alcanzado el vestíbulo. Luego esperaba hasta que Wrath anunciaba la dirección que iban a tomar.
Era... un sistema muy bueno, en realidad.
Mientras él y George descendían, los hermanos se reunieron abajo, comprobando sus armas y charlando. En medio del grupo, V estaba fumando su tabaco turco, Butch estaba rezando un par de Ave Marías por lo bajo y Rhage estaba desenvolviendo un Tootsie Pop. Las dos hembras estaban con ellos, y las reconoció por sus olores. La enfermera estaba nerviosa, pero no histérica, y Xhex estaba ansiosa por pelear.
Cuando Wrath pisó el suelo de mosaico, aferró la agarradera en su palma con fuerza, los músculos de su antebrazo se tensaron prietamente. Mierda, George y él debían quedarse en la retaguardia. Y eso verdaderamente apestaba.
Qué irónico, ¿no? No hacía mucho tiempo, se había sentido trastornado porque debía dejar a Tohr atrás como si se tratara de un perro. Cómo se habían invertido los papeles. El hermano era el que iba a internarse en la noche… y él era el que se quedaría en casa.
Un agudo silbido de Tohr calló a todo el mundo.
—V y Butch, os quiero con Xhex y Z en el equipo uno. Rhage, Phury y yo somos el equipo dos y junto con los chicos os cubriremos a los cuatro. De acuerdo con el mensaje que acabo de recibir de Qhuinn, él, Blay y John han llegado al norte y están en posición, aproximadamente a tres kilómetros de la entrada a la colonia. Estamos listos para...
—¿Que hay de mí? —preguntó Ehlena.
La voz de Tohr fue amable.
—Tú vas a esperar con los chicos en el Hummer...
—Y una mierda. Vais a necesitar un médico...
—Y Vishous lo es. Razón por la cual va a ir en primer lugar con los demás.
—Junto conmigo. Yo puedo encontrarle... se alimentó de...
Wrath estaba a punto de intervenir cuando la voz de Bella cortó la discusión.
—Dejad que vaya con los demás. —Se produjo un rápido e intenso silencio por parte de todo el mundo cuando la hermana de Rehvenge habló ásperamente—. Quiero que ella vaya.
—Gracias —dijo Ehlena con una vocecilla, como si estuviera ya decidido..
—Eres su hembra —murmuró Bella—, ¿verdad?
—Sí.
—La última vez que le vi, estabas en su mente. Estaba claro lo que sentía por ti. —La voz de Bella se hizo incluso más fuerte—. Ella tiene que ir. Aunque podáis encontrarle, él vivirá sólo por ella.
Wrath, que en realidad nunca había contemplado con buenos ojos que esa enfermera se uniera al equipo, abrió la boca para dar por tierra con la idea... pero entonces recordó cuando uno o dos años atrás, le habían disparado en el estómago y Beth había estado a su lado. Ella había sido su razón para sobrevivir. Su voz, su tacto y la fuerza del nexo que había entre ellos habían sido las únicas cosas que le habían ayudado a superarlo.
Dios sabía lo que los symphaths le habrían estado haciendo a Rehv en la colonia. Si todavía respiraba, había muchas posibilidades de que pendiera de un hilo.
—Ella va —dijo Wrath—. Podría ser lo único que le saque de allí con vida.
Tohr se aclaró la garganta.
—No creo...
—Es una orden.
Hubo una larga pausa de desaprobación. Que fue rota sólo cuando Wrath alzó la mano derecha dejando ver el enorme diamante negro que había sido usado por cada Rey de la raza.
—Okay. Está bien. —Tohr se aclaró la garganta—. Z, quiero que la protejas.
—Entendido.
—Por favor... —dijo Bella casi sin voz—.Traed a mi hermano a casa. Traedle de vuelta a donde pertenece.
Hubo un instante de silencio.
Luego, Ehlena prometió:
—Lo haremos. De un modo u otro.
No se necesitaba ninguna aclaración para eso. La hembra quería decir vivo o muerto, y todo el mundo, incluyendo la hermana de Rehvenge, lo sabía.
Wrath dijo algunas cosas en la Antigua Lengua, cosas que podía recordar estar escuchando a su padre decírselas a la Hermandad. Sin embargo, la voz de Wrath tenía un tono diferente. A su padre no le había importado quedarse en casa sentado en el trono.
A Wrath se lo comía vivo.
Después de algunas despedidas, los Hermanos y las hembras partieron dejando el eco de botas golpeando el suelo de mosaico.
La puerta del vestíbulo se cerró.
Beth tomó su mano libre.
—¿Cómo lo llevas?
Por la tensión de su voz, ella debía saber exactamente como se sentía, pero no se enfadó por la pregunta. Él la importaba y estaba preocupada, justo como él habría estado si estuviera en su posición, y algunas veces lo único que te quedaba por hacer, era preguntar.
—He estado mejor. —Tiró de ella hacia sí, y cuando ésta se amoldó a su cuerpo, George presionó la cabeza contra ellos buscando una caricia.
Incluso estando con ellos dos, Wrath se sentía solo.
Allí de pie en el soberbio vestíbulo, cuyo fondo, colorido y esplendor ya no podía ver, le daba la impresión de que había terminado justamente en el lugar en el que no quería haberse encontrado jamás: salir a luchar a pesar de ser el Rey no sólo había sido en bien de la guerra y la especie. También había sido en su propio beneficio. Había querido ser más que un aristócrata inmerso en la burocracia.
Evidentemente y a pesar de todo, el destino estaba empeñado y decidido a meterle a empujones en ese trono, ya fuera de una forma u otra.
Le apretó la mano a Beth, luego la soltó y dio a George la orden de avanzar. Cuando el perro y él llegaron al recibidor, se abrió camino a través de diversas puertas hasta salir de la casa.
Wrath permaneció de cara al patio, a merced del viento frío su cabello era azotado de un lado a otro sobre su cabeza. Al inspirar, olió la nieve, pero no sintió nada en las mejillas. Sólo la promesa de una tormenta, o al menos eso parecía.
George se sentó mientras Wrath examinaba el cielo que no podía contemplar. Si iba a caer nieve, ¿ya estaría nublado? ¿O todavía habría estrellas? ¿En qué fase estaba la luna?
El anhelo de su pecho le hizo forzar sus ojos muertos en un intento de arrancar formas o figuras al mundo. Solía funcionar... le daba dolor de cabeza, pero solía funcionar.
Ahora sólo consiguió el dolor de cabeza.
Detrás de él, Beth dijo:
—¿Quieres que te traiga un abrigo?
Wrath sonrió un poco y miró por encima de su hombro, imaginándola de pie en el gran portal de la mansión, enmarcada por el brillo de las luces del interior.
—Sabes —dijo—, esta es la razón por la que te amo tanto.
—¿Qué quieres decir? —preguntó en un tono conmovedoramente cálido.
—No me pides que entre porque hace frío. Sólo deseas ayudarme a permanecer donde quiero estar. —Se giró para enfrentarla—. Para ser honesto, me pregunto por qué demonios te quedas conmigo. Después de toda la mierda... —Gesticuló hacia la fachada de la mansión—. Las constantes interrupciones de la Hermandad, las luchas, el reinado. Yo mismo comportándome como un imbécil al ocultarte cosas. —Se tocó brevemente las gafas envolventes—. La ceguera... juro que eres candidata a la santidad.
Cuando ella se acercó, su fragancia de rosa nocturna se intensificó a pesar de la fuerte brisa.
—Las cosas no son así.
Le tocó ambas mejillas, y cuando él se inclinaba para besarla, le detuvo. Sujetándole la cabeza firmemente, le alzó las gafas de sol, apartándoselas del rostro y con la mano libre le acarició ambas cejas.
—Me quedo contigo porque, tengas visión o no, veo el futuro en tus ojos. —Los párpados de él revolotearon cuando ella le rozó gentilmente el puente de la nariz—. El mío. El de Hermandad. El de la raza... esos ojos tan hermosos que tienes. Y para mí, ahora eres incluso más valiente de lo que eras antes. No necesitas luchar con las manos para tener coraje. O para ser el Rey que tu gente necesita. O para ser mi hellren. —Le puso la palma en el centro de su amplio pecho—. Tú vives y lideras desde aquí. Desde este corazón... aquí.
Wrath parpadeó con fuerza.
Curioso, los acontecimientos trascendentales no siempre estaban programados y no siempre se esperaban. Sí, claro, tu transición te convertía en un macho. Y cuando experimentabas la ceremonia de emparejamiento te convertías en parte de un todo, ya no eras sólo tú mismo. Y las muertes y nacimientos que ocurrían a tu alrededor te hacían ver el mundo de forma diferente.
Pero alguna que otra vez, como llovido del cielo, alguien tocaba ese lugar tranquilo donde pasas tu tiempo en privado y cambia la forma en que te ves a ti mismo. Si tienes suerte esa persona es tu pareja... y la transformación te recuerda una vez más que absoluta y definitivamente estás con la persona adecuada: porque lo que te dicen no te conmueve por lo que significa esa persona para ti, sino por el contenido de su mensaje.
Payne, al golpearle la cara, le había despertado.
George le había devuelto su independencia.
Pero Beth le entregaba su corona.
El asunto era, que si podía llegar hasta él, en el estado de ánimo en el que se encontraba, dejaba demostrado que podía hacerse. Podías dejar caer lo que los demás necesitaban oír en el momento en que necesitaban oírlo. El corazón era la respuesta. Ella acababa de demostrar su propio argumento.
Había ascendido al trono y desde entonces había hecho algunas cosas. Pero en su alma, se había sentido como un guerrero atrapado detrás de un escritorio. El resentimiento le había puesto nervioso, e incluso sin ser consciente de ello, todas las noches había tenido el ojo puesto en la salida.
No hay visión. No hay salida.
¿Y si eso en realidad estaba... bien? ¿Y si esos hijos de puta de Hallmark tenían razón? Cuando una puerta se cierra, se abre una ventana. ¿Y si perder la visión era exactamente lo que necesitaba para ser... el auténtico Rey de la raza?
No sólo un hijo cargando con las obligaciones de su padre.
Si era verdad que la pérdida de la visión agudizaba los demás sentidos, tal vez su corazón era el que marcaba la diferencia. Y si eso era verdad...
—El futuro —susurró Beth—, está en tus ojos.
Wrath tiró de su shellan hacia él con fuerza, manteniéndola tan cerca que la absorbió completamente en su cuerpo. Mientras permanecían juntos, unidos contra el viento invernal, la oscuridad de su cuerpo se vio perforada por una cálida incandescencia.
El amor de ella era la luz de su ceguera. Sentirla era el refugio que no necesitaba ver para conocer. Y si ella tenía tanta fe en él, entonces ella también era su coraje y su propósito.
—Gracias por quedarte conmigo —dijo él con voz ronca entre su largo cabello.
—No quisiera estar en ningún otro lugar. —Posó la cabeza en su pecho—. Eres mi hombre.







[1] Supermercados para mayoristas donde cada uno toma el producto por si mismo y también lo transporta el mismo. (N. de la T.)
[2] Beaches Película protagonizada por Bette Midler y Barbara Hershey, sobre la amistad a través de los años de dos mujeres que se conocen siendo niñas. (N. de la T.)
[3] Grim Reaper Personificación de la muerte. (N. de la T.)

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