lunes, 23 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 7 8 9

Capítulo 7


El complejo del Hospital St. Francis era una ciudad en sí mismo, una aglomeración siempre en expansión de bloques arquitectónicos de diferentes épocas, con cada uno de los componentes formando su propia mini–vecindad y las partes conectándose con el conjunto por una serie de sinuosos paseos y aceras. Estaba el estilo McMansion que podías ver en la sección de administración, el de la simplicidad suburbana del nivel de las estancias de unidades de pacientes externos y el de las torres de hospitalización parecidas a apartamentos con sus ventanas hacinadas. Lo único que le daba unidad a la extensión, y que era un don del cielo, eran los signos direccionales rojos y blancos con sus flechas señalando a derecha e izquierda y directamente hacia delante dependiendo de adónde quisieras ir.
De todas formas el destino de Xhex era obvio.
La Unidad de Urgencias era el añadido más reciente al centro médico, uno de tecnología avanzada, de cristal y acero que era como un club nocturno siempre brillantemente iluminado y constantemente ronroneando.
Era imposible pasarlo por alto. Imposible perderlo de vista.
Xhex tomó forma a la sombra de algunos árboles que habían sido plantados en círculo alrededor de unos cuantos bancos. Mientras caminaba hacia la hilera de puertas giratorias de la unidad de Urgencias, estaba integrada al ambiente y al mismo tiempo absolutamente al margen de él. Aunque alteraba su trayecto para evitar a otros transeúntes, olía el tabaco de la denominada choza de fumadores y sentía el aire frío en el rostro, estaba demasiado perturbada por la batalla que se libraba en su interior como para advertir demasiado.
Cuando entró en la instalación, sus manos estaban húmedas, un sudor frío brotaba de su frente y quedó paralizada por la luz fluorescente, el linóleo blanco y el personal que andaba por allí con sus uniformes quirúrgicos.
—¿Necesita ayuda?
Xhex giró en redondo y subió las manos, adoptando bruscamente una posición de lucha. El doctor que le había hablado mantuvo su postura, pero pareció sorprendido.
—¡Hey! Tranquila.
—Lo lamento. —Dejó caer los brazos y leyó la solapa de su bata blanca: Dr. MANUEL MANELLO, JEFE DE CIRUGÍA. Frunció el ceño al percibirlo, al captar su aroma.
—¿Está usted bien?
Lo que fuera. No era para nada de su incumbencia.
—Tengo que ir al depósito de cadáveres.
El tipo no pareció impresionado, como si fuera perfectamente posible que alguien con su manera de moverse conociera a un par de cadáveres con dedos etiquetados.
—Sí, bien, ¿ve aquel corredor de ahí? Vaya hasta el fondo. Verá una puerta con un  letrero para el depósito de cadáveres. Sólo siga las flechas desde allí. Está en el sótano.
—Gracias.
—De nada.
El doctor salió por la puerta giratoria por la que ella había entrado, y Xhex pasó por el detector de metales por el que él acababa de pasar. No sonó ningún bip, y le lanzó una tensa sonrisa al guardia de seguridad quién a su vez le echó un vistazo.
El cuchillo que llevaba en la parte baja de la espalda era de cerámica y había sustituido sus cilicios de metal por unos hechos de cuero y piedra. Sin problemas.
—Buenas noches, Oficial —le dijo.
El tipo la saludó con la cabeza al pasar, pero mantuvo la mano en la culata de su arma.
Al final del pasillo, encontró la puerta que buscaba, la abrió de un golpe y encaró las escaleras, siguiendo las flechas rojas como el doctor le había indicado. Cuando dio con un tramo de pared de cemento blanqueado calculó que ya estaba cerca, y tenía razón. Más adelante en el pasillo estaba el detective De la Cruz, junto a un par de puertas dobles de acero inoxidable rotuladas con las palabras DEPÓSITO DE CADÁVERES y SÓLO PERSONAL AUTORIZADO.
—Gracias por venir —dijo cuando ella estuvo más cerca—. Entraremos a la sala de observación que está un poco más allá. Iré a decirles que ha llegado.
El detective abrió una de las puertas de un empujón, y a través de la rendija ella pudo ver una flota de mesas metálicas con bloques para las cabezas de los muertos.
Su corazón se detuvo y luego tronó, a pesar de estarse repitiendo una y otra vez que ella no era la afectada. Que ella no estaba ahí dentro. Que esto no era el pasado. Que no había nadie con una bata blanca irguiéndose sobre ella y haciendo cosas «en nombre de la ciencia».
Y además, ella había superado todo eso, hacía como una década…
Un sonido comenzó bajo y aumentó de volumen, reverberando detrás de ella. Se giró en redondo y quedó congelada, sintiendo tanto temor que se le clavaron los pies en el suelo…
Pero sólo era un empleado de la limpieza que venía doblando la esquina, empujando un carrito de ropa sucia del tamaño de un coche. Al pasar ni siquiera alzó la vista, estaba inclinado hacia adelante sobre el borde, utilizando toda su energía.
Por un momento, Xhex parpadeó y vio otro carrito rodante. Uno lleno de miembros enredados e inmóviles, las piernas y los brazos de los cadáveres superponiéndose como si fuera leña.
Se frotó los ojos. Okay, había superado lo sucedido… siempre y cuando no estuviera en una clínica u hospital.
¡Jesús!… debía salir de allí.
—¿Realmente quiere hacer esto? —preguntó De la Cruz junto a ella.
Tragó saliva con fuerza, y alzó la mano, dudando de que el tipo entendiera que lo que la asustaba era un montón de sábanas en un carro y no el cadáver que estaba a punto de ver.
—Síp. ¿Podemos entrar ahora?
Él la contempló durante un momento.
—Escuche, ¿quiere tomarse un minuto? ¿Tomar un poco de café?
—Nop. —Como no se movió, ella misma se encaminó hacia la puerta rotulada como VISITAS PRIVADAS.
De la Cruz se apresuró a adelantársele y abrió la marcha. La antesala que había más allá tenía tres sillas de plástico negras y dos puertas y olía como fresas químicas, resultado del formaldehído mezclado con un ambientador Glade PlugIn. En la esquina, lejos de los asientos, había una mesa pequeña con un par de vasos desechables de papel medio llenos de café que parecía lodo sacado de un charco.
Al parecer, había dos tipos de persona, el tipo que se paseaba y el tipo que permanecía sentado, y si eras del tipo que permanecía sentado, se esperaba que equilibraras la cafeína extraída de la máquina expendedora sobre tu rodilla.
Mientras miraba a su alrededor, percibió las emociones que habían sido sentidas en esa área y que persistían como el moho que queda tras el agua fétida. A la gente que había traspasado la puerta de ese lugar le habían sucedido cosas malas. Corazones que fueron rotos. Vidas que fueron destrozadas. Mundos que nunca volvieron a ser lo mismo.
Pensó que no se le debería dar café a esta gente antes de que hicieran lo que habían venido a hacer aquí. Ya estaban lo suficientemente nerviosos.
—Por aquí.
De la Cruz la hizo pasar a una habitación estrecha que en su opinión estaba empapelada con un estampado en relieve de claustrofobia: la cosa era del tamaño de una caja de cerillas casi sin ventilación, tenía luces fluorescentes que vacilaban y fluctuaban, y la única ventana que había definitivamente no daba a un prado de flores silvestres.
La cortina que colgaba en el lado opuesto del cristal estaba corrida de un lado a otro, bloqueando la vista.
—¿Está bien? —preguntó de nuevo el detective.
—¿Podemos hacer esto de una vez?
De la Cruz se inclinó hacia la izquierda y pulsó el botón del timbre. Ante el sonido del zumbido, las cortinas se separaron, abriéndose por la mitad con una lenta sacudida, revelando un cuerpo que estaba cubierto por el mismo tipo de sábana blanca que había en el cesto de la ropa sucia. Un macho humano vestido con uniforme médico verde estaba de pie en la cabecera, y cuando el detective hizo un gesto con la cabeza, el hombre estiró una mano hacia adelante y retiró el sudario.
Los ojos de Chrissy Andrews estaban cerrados y sus pestañas estaban posadas sobre las mejillas que tenían el color gris pálido de las nubes de diciembre. No tenía aspecto de estar en paz en su reposo permanente. Su boca era un tajo azul, sus labios estaban partidos por lo que podría haber sido un puño, una sartén o la jamba de una puerta.
Los pliegues de la sábana que descansaba sobre su garganta ocultaban en su mayor parte las señales de estrangulación.
—Sé quién hizo esto —dijo Xhex.
—Sólo para que quede claro, ¿la identifica como Chrissy Andrews?
—Sí. Y sé quién lo hizo.
El detective hizo un ademán con la cabeza al clínico, quien cubrió el rostro de Chrissy y cerró las cortinas.
—¿El novio?
—Sí.
—Hay un largo historial de llamadas por violencia doméstica.
—Demasiado largo. Por supuesto, eso ya ha acabado. El hijo de puta finalmente logró hacer el trabajo, ¿verdad?
Xhex salió por la puerta y entró en la antesala, y el detective tuvo que darse prisa para no quedar atrás.
—Deténgase...
—Tengo que volver al trabajo.
Mientras salían bruscamente y entraban en el pasillo del sótano, el detective la obligó a detenerse.
—Quiero que sepa que el DPC está llevando a cabo una adecuada investigación de asesinato, y nos encargaremos de cualquier sospechoso de manera apropiada y legal.
—Estoy segura de que lo hará.
—Y usted ha hecho su parte. Ahora tiene que dejar que nos ocupemos de ella y lleguemos al final de este asunto. Déjenos encontrarlo, ¿okay? No la quiero en plan vigilante.
Le vino a la mente la imagen del cabello de Chrissy. La mujer había sido quisquillosa sobre ese asunto, solía cepillarlo hacia atrás, después alisaba la capa superior y lo rociaba con laca para mantenerlo en su sitio hasta que quedaba como la parte superior de un peón de ajedrez.
Totalmente al estilo de una reposición de Melrose Place, la época en que Heather Locklear usaba el casquete dorado.
El cabello que había bajo aquel sudario estaba aplastado como una tabla de picar, machacado a ambos lados, debido sin duda a la bolsa para cadáveres en que había sido transportada.
—Usted ya ha hecho su parte —dijo De la Cruz.
No, aún no.
—Que tenga buenas noches, Oficial. Y buena suerte encontrando a Grady.
Él frunció el ceño, luego pareció tragarse la actuación de «seré una buena chica».
—¿Necesita que la lleve de regreso?
—No, gracias. Y de verdad, no se preocupes por mí. —Sonrió tensamente—. No haré nada estúpido.
Al contrario, era una asesina muy lista. Entrenada por el mejor.
Y lo de ojo por ojo era más que una frasecita pegadiza.
José De la Cruz no era un científico de naves espaciales ni un miembro del Mensa ni un genetista molecular. Tampoco era un apostador, y no sólo debido a su fe Católica.
No tenía motivos para apostar. Tenía un instinto que se asemejaba a la bola de cristal de una adivina.
Así pues sabía exactamente lo que hacía cuando se puso a seguir, a una distancia discreta, a la señora Alex Hess en su camino de salida del hospital. Después de salir por las puertas giratorias, no fue a la izquierda hacia el aparcamiento ni a la derecha, hacia los tres taxis aparcados a la entrada. Siguió en línea recta, andando entre los coches que recogían y dejaban pacientes y entre los taxis que estaban libres. Después de subir al bordillo, continuó por el césped congelado y siguió caminando en línea recta, cruzando la carretera y metiéndose entre los árboles que la ciudad había plantado hacía un par de años para incrementar la vegetación en el centro de la cuidad.
Entre un parpadeo y el siguiente había desaparecido, como si nunca hubiera estado allí.
Lo que era, por supuesto, imposible. Estaba oscuro y él llevaba levantado desde las cuatro de la mañana de hacía dos noches, por lo que sus ojos eran tan agudos como cuando estaba debajo del agua.
Iba a tener que vigilar a aquella mujer. Sabía de primera mano lo duro que era perder a un colega, y estaba claro que ella había apreciado a la muchacha muerta. No obstante, este caso no necesitaba un comodín civil quebrantando las leyes y quizás llegando hasta el extremo de asesinar al principal sospechoso del DPC.
José se dirigió hacia el coche de incógnito que había dejado en la parte de atrás donde lavaban las ambulancias y los médicos esperaban durante las pausas en el trabajo.
El novio de Chrissy Andrews, Robert Grady, alias Bobby G., había estado alquilando un apartamento mensualmente, desde que ella lo había echado ese verano. José había llamado alrededor de la una de esa tarde a la puerta del cuchitril encontrándolo vacío, y una orden de registro, expedida en base a las llamadas al 911 que Chrissy había estado haciendo a lo largo de los seis meses pasados, para denunciar a su novio, le había permitido ordenar al propietario que abriera el lugar.
Había encontrado montones de comida pudriéndose en la cocina, platos sucios en la sala de estar y ropa sucia tirada por todo el dormitorio.
También había numerosas bolsitas de celofán con polvo blanco el cuál —¡Oh Dios Mío!— había resultado ser heroína. ¿Quién. Lo. Hubiera. Imaginado?
Al novio no se lo veía por ninguna parte. La última vez que lo habían visto en el apartamento, había sido la noche anterior alrededor de las diez. El vecino de al lado había oído a Bobby G. gritar. Y después un portazo.
Y los archivos que ya habían obtenido del proveedor del servicio de telefonía móvil del tipo indicaban que se había realizado una llamada al teléfono de Chrissy a las nueve treinta y seis.
La vigilancia de policías de paisano había sido establecida inmediatamente, y los detectives informaban con regularidad, pero hasta ahora no había habido ninguna noticia. Y José no pensaba que fuera a haber ninguna por ese frente. Había buenas posibilidades de que el lugar fuera a permanecer como un pueblo fantasma.
Así que había dos cosas en su radar: Encontrar al novio. Y seguirle la pista a la jefa de seguridad del ZeroSum.
Y sus instintos le decían que sería mejor para todos si él encontraba a Bobby G. antes de que Alex Hess lo hiciera.




Capítulo 8


Mientras Havers revisaba a Rehvenge, Ehlena reabastecía un armario de suministros. Que justo daba la casualidad que estaba junto a la sala de examen número tres. Apiló vendajes marca Ace. Hizo una torre con los envoltorios plásticos de los rollos de gasa. Creó un arreglo a lo Modigliani[1] con cajas de Kleenex,       Band—Aids y cubiertas para termómetros.
Se estaba quedando sin cosas que ordenar cuando se abrió la puerta de la sala de examen emitiendo un chasquido. Asomó la cabeza al pasillo.
Havers tenía el aspecto de un verdadero médico, con sus gafas de carey, su cabello castaño, que peinaba con raya al medio, su corbatín y la bata blanca. También se comportaba como uno, siempre administrando calmada y reflexivamente al personal,  las instalaciones y más que nada a los pacientes.
Pero mientras permanecía de pie en ese pasillo no parecía él mismo, con el ceño fruncido como si estuviera confuso y masajeándose las sienes como si le dolieran.
—¿Está usted bien, doctor? —le preguntó.
Él miró en su dirección, detrás de las gafas, su mirada era inusualmente inexpresiva.
—Eh… sí, gracias. —Sacudiéndose a sí mismo, le entregó una receta que tenía encima de la historia médica de Rehvenge—. Yo… ah… ¿Sería tan amable de traerle la dopamina a este paciente, así como dos dosis de antídoto contra veneno de escorpión? Lo haría yo mismo, pero me parece que tengo que conseguir algo para comer. Me siento un poco hipoglucémico.
 —Sí, doctor. Enseguida.
Havers hizo un gesto afirmativo con la cabeza y dejó la historia del paciente en el soporte que había junto a la puerta.
—Gracias es muy amable.
El doctor se alejó como si estuviera parcialmente en trance.
El pobre macho debía estar exhausto. Había estado en el quirófano la mayor parte de las últimas dos noches y sus respectivos días, atendiendo el parto de una hembra, a un macho que había sufrido un accidente de tráfico, y a un niño pequeño que había sufrido graves quemaduras al intentar alcanzar una cacerola con agua hirviendo que estaba sobre el hornillo. Y a eso se sumaba al hecho de que, en los dos años que ella llevaba en la clínica, nunca se había tomado ni un día de descanso. Siempre estaba de guardia, siempre estaba allí.
Parecido a como lo estaba ella con su padre.
Por lo que, sí, ella sabía exactamente cuán cansado debía estar
En la farmacia, le entregó la receta al farmacéutico, que nunca entablaba conversación con nadie y ese día tampoco rompió la tradición. El macho fue hacia el fondo y regresó con seis cajas de viales de dopamina y un poco de antídoto.
Después de entregarle los medicamentos, dio vuelta el cartel que decía, VUELVO EN 15 MINUTOS y salió por la puerta de vaivén del mostrador.
—Espera —le dijo, luchando por sujetar la carga—. Esto no puede estar bien.
El macho ya tenía el cigarrillo y el encendedor en la mano.
—Lo está.
—No, esto es… ¿dónde está la receta?
Ninguna hembra había enfrentado jamás furia más grande que aquella que enfrentó ella al obstruir el camino a un fumador que finalmente había alcanzado la hora de su descanso. Pero le importaba un cuerno.
—Ve a traerme la receta.
El farmacéutico refunfuñó todo el camino a lo largo del mostrador, y luego se oyó un excesivo crujir de papeles, como si tal vez tuviera la esperanza de poder comenzar un incendio al frotar las recetas entre sí.
 —Despachar seis cajas de dopamina. —Giró la receta hacia ella para que pudiera verla—. ¿Ves?
Ella se acercó. Bien cierto, decía seis cajas y no seis viales.
—El doctor siempre le receta lo mismo a este tipo. Eso y el antídoto.
—¿Siempre?
La expresión del macho fue de vamos–niña–dame–un–respiro, y le habló lentamente, como si ella no hablara el idioma fluidamente.
—Sí. Generalmente es el doctor mismo quien viene a buscarla. ¿Estás satisfecha o quieres ir a hablar de esto con Havers?
—No… y gracias.
Muy merecidas.
Volvió a tirar la receta sobre la pila y apresuró el paso para salir de allí como si temiera que se le pudiera ocurrir otra brillante idea para un proyecto de investigación.
¿Qué tipo de jodida enfermedad requería ciento cuarenta y cuatro dosis de dopamina? ¿Y el antídoto?
A no ser que Rehvenge fuera a salir en un laaaaaargo viaje fuera de la ciudad. A un lugar hostil que tuviera una cantidad de escorpiones al estilo de La Momia.
Ehlena se encaminó por el pasillo hacia la sala de examen, jugando a girar el platillo con las cajas: en cuanto atrapaba una que se le estaba escurriendo, tenía que ir tras otra. Golpeó  la puerta con el pie y luego al girar el picaporte casi hace caer su carga como si fueran fichas de domino.
—¿Es esa toda? —preguntó Rehvenge en un tono severo.
¿Y qué más quería, una maleta llena?
—Sí.
Dejó que las cajas se derrumbaran sobre el escritorio y luego las ordenó rápidamente.
—Debería conseguirle una bolsa.
—Está bien. Me las arreglo.
—¿Necesita alguna jeringa?
—Tengo muchas —dijo con tono irónico.
Se bajó de la camilla con cuidado y se puso el abrigo de marta que ensanchó aún más la gran amplitud de sus hombros, hasta hacerle tener un aspecto amenazador aún estando al otro lado de la habitación. Con la mirada fija en ella, tomó su bastón y se le acercó despacio, como si se sintiera inseguro respecto a su equilibrio… y su receptividad.
—Gracias —le dijo.
Dios, la palabra era tan simple y tan frecuentemente dicha, y sin embargo, viniendo de él, significaba más de lo que le gustaría.
En realidad, era menos significativa su forma de expresarlo que la expresión de su rostro: había cierta vulnerabilidad en esa mirada amatista, enterrada muy profundamente.
O tal vez no.
Tal vez era ella la que se sentía vulnerable y estaba buscando conmiseración del macho que le había provocado ese estado. Y en ese momento se sentía muy débil. Con Rehvenge de pie a su lado, recogiendo las cajas de la mesa para irlas poniendo una por una en los bolsillos ocultos en los pliegues de su marta cibelina, se sentía desnuda a pesar de estar con su uniforme, desenmascarada a pesar de que no había tenido nada ocultando su rostro.
Apartó la vista, pero lo único que veía era esa visión.
—Cuídese… —su tono de voz era muy profundo—. Y como ya dije, gracias. Ya sabe, por haberme atendido.
—De nada —le dijo a la camilla—. Espero que haya obtenido lo que necesitaba.
—Algunas cosas… en todo caso.
Ehlena no se volvió hasta que oyó el clic de la puerta al cerrarse. Luego, profiriendo una maldición, se sentó en la silla que estaba frente al escritorio y volvió a preguntarse si debía acudir a la cita de esa noche. No sólo debido a su padre, sino que también debido a…
Oh, bien. Esa era una línea de pensamiento muy constructiva. Por qué no rechazar a un dulce chico perfectamente normal debido a que se sentía atraída por un absoluto imposible de otro planeta donde la gente usaba ropas que valían más que coches. Genial.
Si seguía así podría ganar el Premio Nóbel a la estupidez, una meta que se había fijado en su vida y que no podía esperar para ver cumplida.
Paseó los ojos por la habitación mientras trataba de fortalecerse a sí misma para volver a poner los pies sobre la tierra… hasta que se quedaron fijos en la papelera. Encima de una lata de Coca–Cola, había una tarjeta de visita color crema hecha una bolita parcialmente arrugada.
REHVENGE, HIJO DE REMPOON.
Debajo sólo había un número, sin ninguna dirección.
Se agachó y la levantó, alisándola contra la mesa. Al recorrer el frente de la tarjeta con la palma de la mano un par de veces, no encontró ningún diseño en relieve en su superficie, únicamente una leve depresión. Grabada. Por supuesto.
Ah, Rempoon. Conocía ese nombre, y ahora le encontraba sentido al pariente cercano de Rehvenge. La persona que estaba anotada, Madalina, era una Elegida renegada que había acogido a otras para darle orientación espiritual, una amada hembra de valía de quién Ehlena había oído hablar pero a la que nunca había conocido personalmente. La hembra se había emparejado con Rempoon, un macho de uno de los linajes más antiguos y prominentes. Madre. Padre.
Entonces esos abrigos de marta cibelina no eran sólo una demostración de riqueza exhibida por un nuevo rico trepador. Rehvenge procedía del lugar del que Ehlena y su familia solían formar parte, la glymera… el nivel más elevado de la sociedad civil de los vampiros, los árbitros del buen gusto, el bastión de la distinción… y el enclave más cruel de sabihondos del planeta, capaces de hacer que los ladrones de Manhattan parecieran personas a las cuales podrías invitar a cenar.
Le deseaba suerte con ese grupo. Dios sabía que ella y su familia no lo habían pasado bien con ellos: su padre había sido traicionado y expulsado, sacrificado para que una rama más poderosa de su linaje pudiera sobrevivir financiera y socialmente. Y ese había sido el verdadero comienzo de su ruina.
Al salir de la sala de examen, tiró la tarjeta de vuelta a la papelera y recogió la historia médica de su soporte. Después de comunicarse con Catya, Ehlena se dirigió a la zona de registro para cubrir a la enfermera que estaba tomando su descanso e ingresar en el sistema las breves notas de Havers respecto a Rehvenge y las recetas entregadas.
No había mención a la enfermedad subyacente. Pero tal vez había sido tratado durante tanto tiempo que la referencia había sido hecha en los primeros registros.
Havers no confiaba en los ordenadores y hacía todo su trabajo en papel, afortunadamente tres años atrás Catya había insistido en conservar una copia electrónica de todo y también había pedido que un grupo de doggens transfiriera la totalidad de las historias médicas de cada uno de los pacientes al servidor. Y gracias a la Virgen Escriba por ello. Cuando se habían mudado a las instalaciones nuevas a raíz de las incursiones, lo único que les quedaba eran las historias electrónicas de los pacientes. 
Impulsivamente, recorrió la parte más reciente del historial de Rehvenge. Los últimos dos años las dosis de dopamina habían ido incrementándose. Y también el antídoto.
Salió de la sesión y se reclinó contra la silla de oficina, cruzando los brazos sobre el pecho y fijando la vista en el monitor. Cuando se activó el salva pantallas, apareció una llovizna de estrellas que emanaban de las profanidades del monitor a la  velocidad de la luz de la Millennium Falcon[2].
Decidió que iba a ir a esa condenada cita.
—¿Ehlena?
Levantó la vista hacia Catya.
—¿Sí?
—Va a llegar un paciente en ambulancia. TEA[3], dos minutos. Sobredosis, con sustancia desconocida. Paciente intubado y con respiración asistida. Tú y yo asistiremos.
Cuando otro miembro del personal apareció para encargarse de los ingresos, Ehlena saltó de la silla y salió corriendo por el pasillo tras Catya en dirección a la sala de urgencias. Havers ya estaba allí, apresurándose a terminar lo que parecía un sándwich de jamón con pan de centeno.
En el momento en que le estaba entregando el plato vacío a un doggen, el paciente entró por el túnel subterráneo que comunicaba con los garajes de las ambulancias. Los TEM[4] eran dos vampiros machos vestidos igual que sus homólogos humanos, porque pasar desapercibido era crítico para su cometido.
El paciente estaba inconsciente, y permanecía con vida, sólo gracias al médico que estaba junto a su cabeza bombeando el respirador a un ritmo lento y constante.
—Nos llamó su amigo —dijo el macho—, y de inmediato le dejó desmayado en el frío callejón cercano al ZeroSum.  Las pupilas no responden. La presión arterial es de setena y dos sobre treinta y ocho. El pulso es de treinta y dos.
Qué desperdicio, pensó Ehlena mientras se ponía a trabajar.
Las drogas callejeras eran un mal totalmente falto de escrúpulos.


Al otro lado de la ciudad, en la parte de Caldwell conocida como Minimall Sprawlopolis[5], Wrath encontraba el apartamento del lesser con bastante facilidad. La Urbanización en el que se encontraba se llamaba, Hunterbred Farms[6], y las instalaciones de edificios de dos pisos de altura estaban decoradas con un motivo equino que era tan auténtico como los manteles de plástico de un restaurante italiano barato.
No existía nada parecido a una raza de caballos de caza. Y la palabra granja no era habitualmente asociada con cien unidades de un dormitorio embutidos entre un concesionario de Ford/Mercury y un supermercado. ¿Agrario? Sí, seguro. Las extensiones de césped estaban perdiendo terreno en la batalla contra el asfalto por un margen de cuatro a uno y resultaba evidente que el único estanque que se podía encontrar allí, había sido hecho por el hombre.
La maldita cosa tenía bordes de cemento como una piscina, y la delgada capa de hielo que lo cubría era del color de la orina, como si hubiera un tratamiento químico en acción.
Considerando la cantidad de humanos que vivían en las unidades, era sorprendente que la Sociedad Lessening pusiera a sus tropas en un lugar tan conspicuo, pero tal vez esto sólo fuera algo temporal. O quizás todo el puto lugar estuviera repleto de asesinos.
Cada edificio tenía cuatro apartamentos agrupados alrededor de una escalera común y los números engastados en la pared exterior estaban alumbrados desde el suelo. Resolvió el reto visual que se le presentaba utilizando el método, de probada calidad, de toca–y–descifra. Cuando encontró una hilera de dígitos en relieve que se parecían a ocho uno dos escrito en letra cursiva, apagó las luces de seguridad con la mente y se desmaterializó hacia la parte superior de las escaleras.
El cerrojo de la unidad ocho doce era endeble y fue fácil manipularlo con la mente, pero no daba nada por seguro. De pie, pegado contra la pared, giró el picaporte con forma de herradura de caballo y abrió la puerta sólo una rendija.
Cerró sus inútiles ojos y escuchó. Ningún movimiento, sólo el zumbido de un refrigerador. Considerando que su oído era lo suficientemente agudo como para oír la respiración de un ratón, se imaginó que estaba despejado y tras colocar una estrella arrojadiza en la palma de su mano, se deslizó dentro.
Había buenas probabilidades de que hubiera un sistema de seguridad parpadeando en algún lado, pero no planeaba estar el tiempo suficiente como para bailar con el enemigo. Además, aunque apareciera el asesino no podría suscitarse una pelea. El lugar hervía de humanos.
En definitiva, iba a buscar las jarras y punto. Después de todo, la sensación de humedad que bajaba por su pierna no era debida a que hubiera pisado un charco de lodo a la entrada. Estaba sangrando dentro de su bota a causa de la batalla librada en el callejón, así que, sí, si alguien que oliera a pastel de crema de coco mezclado con champú barato aparecía, él desaparecería.
Al menos… eso es lo que se había dicho a sí mismo.
Cerrando la puerta, Wrath inhaló, larga y lentamente… y deseó poder hacerse una limpieza a presión en el interior de la nariz y en el fondo de su garganta. Y a pesar, de que comenzó a hacer arcadas, las noticias eran buenas: había tres olores dulces diferentes entretejidos en el aire viciado lo que significaba que allí rondaban tres lessers.
Mientras se dirigía a la parte de atrás, dónde los olores empalagosos estaban más concentrados, se preguntaba que demonios estaba pasando. Los lessers raramente vivían en grupo porque peleaban entre ellos... que era lo que pasaba cuando únicamente reclutabas a maníacos homicidas. Demonios, el tipo de hombres que el Omega elegía no podían aplacar su Michael Myers interior sólo porque a la Sociedad se le ocurriera ahorrar un poco en la renta.
Sin embargo, podía ser que tuvieran a un Fore–lesser muy fuerte a cargo.
Después de las incursiones del verano, era difícil creer que los lessers tuvieran escasez de dinero, pero ¿qué otra razón podrían tener para consolidar a las tropas? Por otro lado, los Hermanos, y Wrath habían estado viendo cosas cada vez menos sofisticadas en las pistoleras. Antes cuando luchabas con los asesinos tenías que estar preparado para cualquier tipo de modificación especial que hubiera salido al mercado para cualquier tipo de arma. ¿Últimamente? Habían estado luchando contra viejas navajas escolares, nudillos de metal, y la semana pasada hasta —gulp— una jodida cachiporra, todas armas baratas que no requerían de balas ni de mantenimiento. ¿Y ahora estaban jugando a The Walton’s aquí en las Granja–fachada–de–Cazador? ¿Qué mierda estaba pasando?
El primer dormitorio que encontró estaba marcado por un par de perfumes, y encontró dos jarras junto a las camas de una plaza desprovistas de sábanas y mantas.
El siguiente olía también a una variedad distinta de anciana… a eso y algo más. Una rápida inspiración le dijo a Wrath que se trataba de… Cristo, Old Spice.
Quién. Lo. Hubiera. Imaginado. Con la forma en que olían esos imbéciles, como si fueras a querer añadirle algo a la mezcla…
Mierda.
Wrath inhaló profundamente, e hizo que su cerebro filtrara cualquier cosa remotamente dulce.
Pólvora.
Siguiendo el picante olor metálico que había en el aire, fue hacia un armario que tenía el tipo de puertas endebles que esperarías encontrar en una casa de muñecas. Al abrirlas el eau d’ammo floreció, mientras se agachaba y tanteaba con las manos a su alrededor.
Cajas de madera. Cuatro. Todas cerradas con clavos.
Saco en conclusión que las armas que había dentro definitivamente habían sido disparadas, pero no recientemente. Lo que indicaba que ésta bien podría ser una compra SMC[7].
No obstante al ser de segunda mano restaba por saber quién había sido el dueño anterior.
Fuera como fuera, no iba a dejarlas allí. El escondite iba a ser usado por el enemigo contra sus civiles y sus hermanos, por lo que de ser necesario haría volar todo el apartamento antes de permitir que esas armas fueran utilizadas en la guerra.
¿Pero si informaba de esto a la Hermandad? Su secreto sería revelado. El problema era, que llevarse esas cajas a cuestas por si solo era una situación de sí–seguro–¿Cómo–no? No tenía coche, y no había forma de desmaterializarse con ese tipo de peso en la espalda aunque lo separara en cargas más pequeñas.
Wrath se apartó del armario e hizo un inventario de la habitación usando el tacto tanto como la vista. Oh, bien. A la izquierda había una ventana.
Profiriendo una maldición sacó su móvil y lo abrió…
Alguien estaba subiendo por la escalera.
Se quedó inmóvil y cerrando los ojos se concentró aún más. ¿Humano o lesser?
Sólo uno le preocupaba.
Wrath se inclinó hacia un lado y dejó las dos jarras de las que se había apropiado en un cajón, encontrando, naturalmente, la tercera y un frasco de Old Spice. Sosteniendo en la mano la calibre cuarenta, se afirmó sobre sus shitkickers y apuntó el arma hacia el corto pasillo, directamente hacia la puerta de entrada.
Hubo un tintineo de llaves, luego un «clang» como si se le hubieran caído de la mano.
El juramento fue de una mujer.
Mientras su cuerpo se aflojaba, dejó que su arma cayera sobre su muslo. La Sociedad, al igual que la Hermandad, aceptaba sólo machos en sus filas, así que ese no era ningún asesino jugando a los palitos chinos con las llaves.
Oyó como se cerraba la puerta del apartamento que estaba en frente, y el repentino sonido surround de la TV que alcanzó un volumen tan alto que pudo escuchar la repetición de la serie The Office.
Le había gustado este episodio. Era en el que se perdía el bate…
Unos cuantos gritos ondearon hasta él, generados por la comedia de situación.
Sip. Ahora estaba volando el bate.
Con la mujer seguramente ocupada, volvió a enfocarse pero permaneció donde estaba, rezando para que el sonido de bienvenida–a–casa fuera un tema que el enemigo oyera y siguiera su camino. No obstante, quedarse como una estatua respirando superficialmente no mejoró la proporción de lessers que había en el lugar. Unos quince, tal vez veinte minutos después, todavía seguía rodeado de absolutamente ningún asesino.
Pero no había sido una pérdida total. Estaba captando el agradable murmullo de una pequeña parte de la comedia, era la escena de Dwight y el bate en la cocina de The Office.
Era hora de moverse.
Llamó a Butch, le dio al Hermano la dirección, y le dijo al poli que condujera como si su pie estuviera hecho de piedra. Cierto que, Wrath quería sacar las armas de allí antes de que llegara alguien. Pero además si él y su hermano podían sacar las cajas rápidamente, Butch podía llevarse las cosas, y así tal vez Wrath podría quedarse en las inmediaciones por el lapso de otra hora más o menos.
Para pasar el tiempo, registró el apartamento, tanteando las superficies con las palmas de las manos en un intento de encontrar ordenadores, teléfonos, o más condenadas armas.
Acababa de regresar al segundo dormitorio cuando algo rebotó contra la ventana.
Wrath volvió a desenfundar su cuarenta y pegó la espalda a la pared cercana a la ventana. Con la mano, quitó el cerrojo y abrió la hoja de cristal apenas una rendija.
El acento bostoniano del poli fue casi tan sutil como un altavoz.
—Eh, Rapunzel, ¿vas a dejar caer tu jodido cabello?
—Shh, ¿quieres despertar a los vecinos?
—¿Cómo si fueran a oír algo con el sonido de esa TV? Hey, ese es el episodio del bate…
Wrath dejó a Butch hablando consigo mismo, y volvió a guardar la pistola en su cadera, abrió la ventana de par en par, y luego se dirigió al armario. La única advertencia que le dio al poli mientras hacía volar la caja de noventa kilos de peso fue:
—Prepárate, Effie.
—Jesús bendi… —Un gruñido interrumpió el juramento.
Wrath asomó la cabeza por la ventana y susurró:
—Se supone que eres un buen católico. ¿Eso no fue una blasfemia?
El tono de Butch fue como si alguien hubiera orinado en su cama.
—Acabas de tirarme medio coche, sin más advertencia que una cita de la puñetera Señora Doubtfire[8].
—Madura y acéptalo.
Wrath se encaminó hacia el armario, mientras el poli maldecía todo el camino de ida hacia el Escalade, el cual se las había ingeniado para aparcar debajo de unos pinos.
Cuando Butch regresó, Wrath le lanzó otra.
—Quedan dos.
Se oyó otro gruñido y un parloteo.
—Jódeme.
—No en esta vida.
—Muy bien. Jódete.
Cuando la última caja estuvo acunada como un bebé dormido en los brazos de Butch, Wrath se asomó.
—Adiosito.
—¿No quieres que te lleve de regreso a la mansión?
—No.
Se produjo una pausa, como si Butch estuviera esperando que Wrath le informara cómo tenía intenciones de ocupar las pocas horas que quedaban de la noche.
—Ve a casa —le indicó al poli.
—¿Qué le digo a los demás?
—Que eres un puñetero genio y que encontraste las cajas con armas cuando estabas de caza.
—Estás sangrando.
—Me está empezando a hartar que la gente me diga eso.
—De acuerdo entonces, deja de comportarte como un imbécil y ve a ver a la Doc Jane.
—¿Acaso no me despedí de ti ya?
—Wrath…
Wrath cerró la ventana, fue hacia el cajón, y se metió las tres jarras en la chaqueta.
La Sociedad Lessening quería reclamar los corazones de sus muertos tanto como los Hermanos, por lo que ni bien un asesino se enteraba de que uno de sus hombres había caído, averiguaban la dirección del lesser y se dirigían allí. Seguramente alguno de los bastardos que había matado esa noche había pedido refuerzos durante el proceso. Tenían que estar enterados.
Tenían que venir.
Wrath eligió la mejor posición defensiva, que era en el dormitorio del fondo, y apuntó su clic–clic–bang–bang hacia la puerta delantera.
No se iría de allí hasta que fuera absolutamente necesario.



Capítulo 9


En las afueras de la ciudad de Caldwell podías encontrar granjas o bosques, y además había dos variedades de granjas, las lecheras y las que cultivaban trigo… predominando las lecheras, dada la corta temporada de cultivo. Los bosques eran también de dos tipos, y tenías para elegir entre los de pinos que precedían a los flancos de las montañas, y los de robles que llevaban a los pantanos del Río Hudson.
Sin importar el paisaje, campestre o industrializado, te encontrabas con carreteras que eran poco transitadas, casas que distaban kilómetros unas de otras y, vecinos que eran tan solitarios y de gatillo fácil como cualquier solitario y de gatillo fácil pudiera desear.
Lash, hijo del Omega, estaba sentado a una mesa plegable de cocina en una cabaña de una sola habitación situada en una de las áreas cubiertas con bosques. Frente a él sobre la gastada superficie de pino había extendido todos los registros financieros de la Sociedad Lessening que había sido capaz de encontrar, imprimir o descargar a su portátil.
Esto era una puta mierda.
Se estiró y cogió un extracto del Banco Evergreen que había leído una docena de veces. La cuenta más grande de la Sociedad tenía ciento veintisiete mil quinientos cuarenta y dos dólares con quince centavos. Las demás, que estaban alojadas en otros seis bancos, incluyendo el Glens Falls National y el Farrel Bank & Trust, tenían saldos de entre veinte pavos y veinte mil.
Si esto era todo lo que tenía la Sociedad, estaban balanceándose sobre el borde a punto de desmoronarse de la bancarrota.
Las incursiones hechas durante el verano habían producido algunos buenos beneficios en forma de un botín de antigüedades y plata, pero acceder a esos fondos era complicado porque implicaba un montón de contacto humano. Y se habían apropiado de algunas cuentas financieras, pero una vez más, extraer dinero de los bancos humanos era un lío complicado. Como había aprendido del modo más duro.
—¿Quiere un poco más de café?
Lash levantó la mirada hasta su número dos y pensó que era un milagro que el señor D aún permaneciera con él. Cuando Lash había entrado por primera vez en este mundo, tras haber renacido por obra de su verdadero padre, el Omega, se había sentido perdido, el enemigo ahora era su familia. El señor D había sido su guía, aunque como todos los mapas de turistas, Lash había asumido que el bastardo dejaría de tener utilidad cuando el nuevo terreno hubiera sido comprendido por el conductor.
No fue así. El pequeño tejano que había sido el instructor de Lash era ahora su discípulo.
—Sí —dijo Lash—, ¿y qué tal algo de comida?
—Sí, señor. Le conseguiré algo de beicon graso ahora mismo, y ese queso que le gusta.
El café fue servido generosa y lentamente en la taza de Lash. En seguida le puso azúcar, y la cuchara utilizada para remover produjo un suave tintineo. El señor D hubiera limpiado alegremente  el culo de Lash si se lo hubiera pedido, pero él no era un mariquita. El pequeño cabrón podía matar como nadie en el negocio, era el muñeco Chucky de los asesinos. Gran cocinero de comida rápida, además. Hacía panqueques de un kilómetro de alto, esponjosos como una almohada.
Lash comprobó su reloj. El Jacob & Co. estaba cubierto de diamantes, y a la luz tenue de la pantalla del ordenador parecían como mil puntos de luz. Pero era un falso sustituto que había conseguido en eBay. Quería otro auténtico salvo que... Jesucristo... no podía permitírselo. Claro, que había conservado todas las cuentas de sus «padres» después de matar a la pareja de vampiros que le habían criado como si fuera su hijo, pero aunque había una buena cantidad de verdes en esos sacos, era reticente a gastar algo de eso en puñeteras frivolidades.
Tenía facturas que pagar. Como las hipotecas, armas, municiones, ropas, alquiler y alquiler de coches. Los lessers no comían, pero consumían un montón de recursos, y el Omega no se preocupaba por el efectivo. Pero claro, él vivía en el infierno y tenía la habilidad de conjurar cualquier cosa del aire mismo. Desde una comida caliente a las capas Liberace con las que le gustaba embutir su negro y sombrío cuerpo.
Lash odiaba admitirlo, pero tenía la sensación de que su verdadero padre era un poco holgazán. Ningún auténtico hombre estaría totalmente atrapado en esa mierda centelleante.
Al alzar su taza de café, su reloj brilló y él frunció el ceño.
Sea como sea, era un símbolo de estatus.
—Tus chicos llegan tarde —se quejó.
—Están de camino. —El señor D se levantó y abrió el frigorífico de los años setenta. Que no sólo tenía una puerta chirriante y era del color de una aceituna podrida, sino que babeaba como un perro.
Esto era jodidamente ridículo. Necesitaban modernizar sus guaridas. Y si no todas, al menos su cuartel general.
Al menos el café era perfecto, aunque se guardó eso para sí mismo.
—No me gusta esperar.
—Están de camino, no se preocupe. ¿Tres huevos en la tortilla?
—Cuatro.
Mientras una serie de crujidos y chasquidos se difundían a través de la cabaña, Lash golpeó ligeramente la punta de su pluma Waterman sobre el resumen del Evergreen. Los gastos de la Sociedad, incluyendo las facturas de móviles, conexiones a internet, alquileres/hipotecas, armas, ropa y coches giraban fácilmente en torno a unos cincuenta de los grandes al mes.
Cuando por primera vez se había metido en su nuevo papel, había estado endemoniadamente seguro de que alguien en sus filas estaba pelando la manzana. Pero durante meses había estado estudiando las cosas cuidadosamente, y no había ningún Kenneth Lay[9] que él pudiera encontrar. Era una simple cuestión de contabilidad, no de amaño de libros o malversación: Los costos eran más altos que las ganancias. Y punto.
Estaba haciendo lo que podía para armar a sus tropas, incluso había llegado tan bajo como para comprar cuatro cajas de armas a moteros a los que había conocido en la cárcel durante el verano. Pero no era suficiente. Sus hombres necesitaban algo mejor que Red Ryders[10] rehabilitados para acabar con la Hermandad.
Y ya que estaba con la lista de deseos, necesitaba más hombres. Había creído que los moteros serían un buen pozo de reclutamiento, pero habían probado ser demasiado cohesivos. Basándose en sus tratos con ellos, su intuición le decía que tenía que atraerlos a todos o a ninguno... porque estaba claro como la mierda que si escogía, los escogidos volverían a su casa–club y contarían a sus colegas lo de su nuevo entretenimiento matando vampiros. Y si los reclutaba a todos, después correría el riesgo de que se revelaran contra su autoridad.
El reclutamiento uno por uno iba a ser la mejor estrategia, pero no era como si tuviera tiempo para hacer nada de eso. Entre las sesiones de entrenamiento con su padre —las cuales, a pesar de sus críticas al vestuario de papi, estaban probando ser monstruosamente útiles—, su seguimiento de los campamentos de persuasión, saqueo de almacenes, e intentar conseguir que sus hombres se concentraran en el trabajo que tenían entre manos, no le quedaba ni siquiera una hora libre al día.
Así que la mierda se estaba poniendo crítica: Para ser un exitoso líder militar se requerían tres cosas, los recursos y los reclutas eran dos de ellas. Y aunque ser el hijo del Omega le proporcionaba muchas ventajas, el tiempo era el tiempo, no se detenía por ningún hombre ni vampiro, y tampoco por ningún vástago del mal.
Considerando el estado de las cuentas, sabía que tenía que empezar primero con los recursos. Después podría ocuparse de los otros dos.
El sonido de un coche aparcando junto a la cabaña le hizo poner la palma sobre una cuarenta y el señor D fue a por su Magnum 357. Lash mantuvo su hierro bajo la mesa, pero el señor D se puso todo chulo con el suyo, sujetando la pieza en alto con el brazo extendido en una línea recta desde su hombro.
Cuando se produjo una llamada, Lash dijo afiladamente:
—Será mejor que seas quien creo que eres.
El lesser respondió del modo correcto.
—Soy yo, y el señor A y su encargo.
—Entra —dijo el señor D, siempre tan buen anfitrión, a pesar de que conservó su 357 levantada y lista para la acción.
Los dos asesinos que atravesaron la puerta eran los últimos de los paliduchos, la pareja final de veteranos que habían estado en la Sociedad lo suficiente como para haber perdido su coloración de cabello y ojos original.
El humano que fue arrastrado dentro era un tipo esmirriado de un metro ochenta de alto sin nada particularmente interesante, un chico blanco de veintitantos con un rostro común y entradas que serían un problema en otro par de años. El aspecto de blanquito, y la actitud de «¿a quién le importa?» explicaba más allá de toda duda por qué vestía como lo hacía: con una chaqueta de cuero con un águila bordada a la espalda, una camisa Fender Rock & Roll Religion, cadenas colgando de los vaqueros y zapatillas Ed Hardy.
Triste. Realmente triste. Como ponerle llantas de veinticuatro pulgadas a un Toyota Camry. ¿Y si el chico estaba armado? Sin duda lo estaba con una navaja suiza que usaba principalmente como mondadientes.
Pero no necesariamente tenía que ser un luchador para ser de utilidad. Lash tenía de esos. De este PDM necesitaba algo más.
El tipo miró a la bienvenida ofrecida por la Magnum del señor D y miró hacia atrás, en dirección a la puerta, como si se estuviera preguntando si podría correr más rápido que una bala. El señor A resolvió la cuestión cerrando la puerta con todos ellos dentro y poniéndose justo delante de la salida.
El humano miró a Lash y frunció el ceño.
—Hey... te conozco. De la cárcel.
—Sí, claro. —Lash permaneció sentado y sonrió un poco—. Entonces, ¿quieres saber los pros y contras de esta reunión?
El humano tragó y volvió a concentrarse en el cañón del señor D.
—Sí. Claro.
—Fuiste fácil de encontrar. Todo lo que mis hombres tuvieron que hacer fue ir al Screamer's y esperar un rato y... aquí estás. —Lash se recostó en su silla y el asiento de mimbre crujió. Cuando la mirada del humano se movió inquieta, tuvo la tentación de decirle al tipo que se olvidara del sonido y se preocupara por la cuarenta que tenía debajo de la mesa apuntando a las joyas de su familia—. ¿Te has mantenido fuera de problemas desde que te vi en la cárcel?
El humano sacudió la cabeza y dijo:
—Sí.
Lash rió.
—¿Quieres intentarlo de nuevo? No estás en onda.
—Quiero decir, todavía me mantengo en mi negocio, pero no me han pillado.
—Bueno, bien. —Cuando los ojos del tipo volvieron a saltar hacia el señor D, Lash rió—. Si yo fuera tú, querría saber por qué me han traído aquí.
—Ah... sí. Eso sería genial.
—Mis tropas te han estado observando.
—¿Tropas?
—Tienes un negocio sólido en la ciudad.
—Gano buen dinero.
—¿Te gustaría hacer más?
Ahora el humano miró a Lash, con una mirada ávida y zalamera en los ojos.
—¿Cuánto más?
El dinero era realmente un gran motivador, ¿no?
—Lo haces bien para un vendedor al por menor, pero en este momento eres de poca monta. Afortunadamente para ti, estoy de humor para hacer una inversión en alguien como tú, alguien que necesite un empujón para pasar al siguiente nivel. Quiero que seas algo más que un vendedor al por menor, quiero convertirte en un intermediario con los tipos importantes.
El humano se llevó una mano a la barbilla y la bajó por su cuello como si tuviera que despertar a su cerebro masajeándose la garganta. En el silencio, Lash frunció el ceño. Los nudillos del tipo estaban desollados y al anillo barato del Instituto de Secundaria de Caldwell le faltaba la piedra.
—Eso suena interesante —murmuró el humano—. Pero... tengo que rumiarlo un poco.
—Como no. —Hombre, si esta era una táctica negociadora, Lash estaba más que listo para señalar que había otros cien distribuidores menores que saltarían ante este tipo de trato.
Luego le haría una seña con la cabeza al señor D y el asesino procedería a meterle una bala a Chaqueta de Águila justo bajo las exageradas entradas.
—Yo, ah, no puedo volver a Caldie. Durante un tiempo.
—¿Por qué?
—No está relacionado con la distribución de drogas.
—¿Tiene algo que ver con tus nudillos despellejados? —El humano escondió rápidamente el brazo tras la espalda—. Eso fue lo que pensé. Pregunta. Si tienes que mantenerte en la clandestinidad, ¿qué demonios hacías en el Screamer's esta noche?
—Digamos que quería hacer una compra para mí mismo.
—Eres idiota si tomas lo que vendes. —Y no un buen candidato para lo que Lash tenía en mente. No quería hacer negocios con un yonkie.
—No se trataba de drogas.
—¿Una nueva ID?
—Tal vez.
—¿Conseguiste lo que buscabas? ¿En el club?
—No.
—Puedo ayudarte con eso. —La Sociedad tenía su propia plastificadora, por amor de dios—. Y ahí va mi propuesta. Mis hombres, los que tienes a tu izquierda y detrás de ti, trabajarán contigo. Si no puedes ser el hombre que dé la cara en la calle, puedes conseguir la mercancía y ellos pueden moverla después de que les muestres como funciona todo. —Lash miró al Señor D—. ¿Mi desayuno?
El Señor D dejó el arma junto al sombrero de cowboy que se quitaba sólo cuando estaba dentro de casa y después avivó la llama bajo una cacerola que había sobre el pequeño fogón.
—¿De qué clase de dinero estamos hablando? —preguntó el hombre.
—Cien de los grandes como primera inversión.
Los ojos del tipo parecían máquinas tragaperras, todo ding–ding–ding de excitación.
—Bueno... mierda, eso es suficiente para comenzar el juego. Pero, ¿cuánto hay para mí?
—Repartiremos las ganancias. Setenta para mí. Treinta para ti. De todas las ventas.
—¿Cómo sé que puedo confiar en ti?
—No lo sabes.
Cuando el Señor D puso algo de bacón al fuego, el chisporroteo y siseo llenó la habitación y Lash sonrió ante el sonido.
El humano miró a su alrededor, y prácticamente se podían leer sus pensamientos: cabaña en medio de ninguna parte, cuatro tipos contra él, al menos uno de los cuales tenía un arma capaz de convertir a una vaca en pastelillos de hamburguesa.
—Bien. Sí. De acuerdo.
La cual era, por supuesto, la única respuesta.
Lash puso el seguro a su arma, y cuando posó su automática sobre la mesa, los ojos del humano se desorbitaron.
—Vamos, ¿cómo no has pensado que te tenía cubierto? Por favor.
—Sí. Okay. Claro.
Lash se levantó y rodeó la mesa en dirección al tipo. Mientras extendía la mano, dijo:
—¿Cómo te llamas, Chaqueta de Águila?
—Nick Carter.
Lash rió con fuerza.
—Inténtalo de nuevo, capullo. Quiero el auténtico.
—Bob Grady. Me llaman Bobby G.
Se estrecharon las manos y Lash apretó fuerte, aplastando sus nudillos magullados.
—Me alegro de hacer negocios contigo, Bobby. Yo soy Lash. Pero puedes llamarme Dios.


John Matthew examinó a la gente de la sección VIP del ZeroSum no porque estuviera buscando ligue, como hacía Qhuinn, ni porque se estuviera preguntando con quien iba a querer liarse Qhuinn, como hacía Blay.
No, John tenía sus propias fijaciones.
Normalmente Xhex aparecía cada media hora, pero hacía un rato su gorila se le había acercado y ella se había marchado con prisas, y desde ese momento había estado desaparecida.
Cuando una pelirroja pasó suavemente junto a ellos, Qhuinn se movió en el banco, su bota de combate golpeteando bajo la mesa. La mujer humana medía alrededor de un metro setenta y tenía las piernas de una gacela, largas, frágiles y encantadoras. Y no era una profesional... iba del brazo de un tipo con aspecto de hombre de negocios.
Eso no significaba que no se entregara por dinero, pero lo hacía en una modalidad más legal llamada relación.
—Mierda —masculló Qhuinn, sus ojos desparejos eran los de un depredador.
John palmeó a su colega en la pierna y en el Lenguaje de Signos Americano dijo:
Mira, ¿por qué no vas atrás con alguien? Me estás volviendo loco con ese traqueteo.
Qhuinn señaló la lágrima que llevaba tatuada bajo el ojo.
—Se supone que no debo dejarte. Nunca. Ese es el punto de tener un ahstrux nohstrum.
Y si no tienes sexo pronto, vas a resultar inútil.
Qhuinn observó como la pelirroja se arreglaba la faldita corta para poder sentarse sin desplegar lo que sin duda era nada menos que una depilación brsileña con cera.
La mujer paseó la vista por el lugar sin demostrar interés... hasta que llegó a Qhuinn. En el momento en que le vio, sus ojos se iluminaron como si hubiera encontrado una ganga en Neiman Marcus. No le sorprendió. La mayoría de las mujeres y hembras hacía lo mismo, y era comprensible. Qhuinn vestía sencillamente, pero su estilo era el de un tipo duro: camisa negra metida en Z–Brands azules oscuro. Las botas negras de combate. Piercings de metal negro recorriendo toda la longitud de una de sus orejas. El cabello peinado formando picos negros. Y recientemente se había agujereado el labio inferior en el centro colocándose un aro negro.
Qhuinn parecía el tipo de individuo que mantenía su chaqueta de cuero en el regazo porque llevaba armas en ella.
Lo cual hacía.
—No, estoy genial —masculló Qhuinn antes de terminar su Corona—. Las pelirrojas no me van.
Blay apartó la mirada bruscamente, asumiendo un repentino y fingido interés por una morena. La verdad era, que estaba interesado en una sola persona, y esa persona le había rechazado tan sólida y amablemente como sólo un mejor amigo podía.
Era evidente, clarísimo y bien cierto que a Qhuinn no le iban las pelirrojas.
¿Cuándo fue la última vez que estuviste con alguien? gesticuló John.
—No sé— Qhuinn pidió por señas otra ronda de cervezas—. Un tiempo.
John intentó recordar y se dio cuenta que no había sido desde... Cristo, desde el verano, con esa chica de Abercrombie & Fitch. Considerando que Qhuinn acostumbraba a hacerlo al menos con tres personas en una noche, eso era un infierno de sequía, y era difícil imaginar que una dieta estricta a base de clímax conseguidos mediante masturbación fuera a contentar al tipo. Mierda, incluso cuando se alimentaba de las Elegidas, había estado manteniendo las manos para sí mismo, a pesar del hecho de que sus erecciones crecían hasta llegar a provocarle sudores fríos. Por otro lado, los tres se alimentaban de la misma hembra al mismo tiempo, y por mucho que Qhuinn no tuviera problema alguno en tener audiencia, conservaba los pantalones en su sitio por deferencia a Blay y John.
En serio, Qhuinn, ¿qué demonios va a pasarme? Blay está aquí.
—Wrath dijo que siempre contigo. Así que debo estar. Siempre. Contigo.
Creo que te lo estás tomando demasiado en serio. Como que, demasiado en serio.
Al otro lado de la sección VIP, la gacela pelirroja se acomodó en su asiento de forma que los atributos que tenía más abajo de la cintura se desplegaran completamente, sus suaves piernas emergieron de debajo de la mesa y quedaron a plena vista de Qhuinn.
Esta vez cuando el tipo se movió, fue bastante obvio que estaba reacomodando algo duro en su regazo. Y no era una de sus armas.
Por amor de Dios, Qhuinn, no digo que tenga que ser ella. Pero tenemos que conseguir a alguien que se ocupe de...
—Dijo que estaba bien —intervino Blay—. Déjale en paz.
—Hay un modo. —Los ojos desparejos de Qhuinn se volvieron hacia John—. Podrías venir conmigo. No es que vayamos a hacer nada, sé que no te va eso. Pero tú también podrías conseguir a alguien. Si quieres. Podríamos hacerlo en uno de los baños privados, y tú podrías quedarte con el reservado y de esa forma podría verte. Tú tienes la palabra, ¿okay? No volveré a sacar el tema.
Mientras Qhuinn apartaba la mirada con actitud despreocupada y casual, se te hacía difícil no simpatizar con el tipo. Tanto la consideración, como la rudeza, venía en un montón de variedades diferentes, y la gentil oferta de tener una agradable sesión de sexo por partida doble era una especie de amabilidad: Qhuinn y Blay sabían ambos el motivo por el cual a pesar de haber pasado ocho meses desde la transición de John, no había estado con una hembra. Sabían el motivo y aún así seguían saliendo con él.
Dejar caer la bomba que John había estado ocultando había sido la putada final de Lash antes de morir.
Había sido la razón por la que Qhuinn había matado al tipo.
Cuando la camarera trajo una nueva ronda de cervezas, John miró a la pelirroja y, para su sorpresa, ella le sonrió a él cuando le pilló mirando.
Qhuinn rió quedamente.
—Quizás no soy el único que le gusta.
John se llevó la Corona a la boca y tomó un trago para ocultar su rubor. La cuestión era, que deseaba tener sexo y, como Blay, lo deseaba con alguien en particular. Pero habiendo perdido ya una erección delante de una hembra desnuda y dispuesta, no tenía ningún apuro en intentarlo de nuevo, especialmente no con la persona que le interesaba.
Demonios. No. Xhex no era el tipo de hembra delante de la cual quisieras ni siquiera ahogarte con un ala de pollo. ¿Desinflarte porque eras demasiado cobarde para entrar en acción? Su ego nunca volvería a ser el mismo...
Una oleada de inquietud en la multitud hizo que dejara de lado todos los «pobrecito de mí» y se enderezara en el asiento.
Un tipo de ojos salvajes estaba siendo escoltado a través de la sección VIP por dos enormes Moros, cada uno con una mano sobre la parte superior de su brazo. Estaba zapateando sobre sus zapatos caros, con sus pies apenas tocando el suelo, y su boca bailaba de igual modo, pareciendo una imitación de Fred Astaire, aunque John no podía oír lo que estaba diciendo por encima de la música.
El trío entró en la oficina privada de la parte de atrás.
John acabó su Corona y miró fijamente la puerta mientras se cerraba. A la gente que era llevada allí, le ocurrían cosas malas. Especialmente si eran arrastrados por un par de guardias privados.
Repentinamente, un silencio atenuó toda la charla de la sección VIP, haciendo que la música pareciera estar muy alta.
John supo quien era antes de volver la cabeza.
Rehvenge había entrado por la puerta lateral, su entrada fue silenciosa pero tan obvia como el estallido de una granada. En medio de sus clientes bien vestidos con sus muñecas del brazo, las chicas con sus encantos expuestos para ser comprados y las camareras corriendo con las bandejas, el tipo disminuía el tamaño del espacio, y no sólo porque era un macho enorme vestido con un abrigo de marta, sino por la forma en que miraba a su alrededor.
Sus brillantes ojos color amatista veían a todos y no se preocupaban por nadie.
Rehv... o el Reverendo, como le llamaba la clientela humana... era un señor de la droga y un proxeneta que no daba una mierda por la vasta mayoría de la gente. Lo que significaba que era capaz de —y frecuentemente hacía— cualquier cosa que le diera la real gana.
Especialmente a tipos del estilo del bailarín.
Joder, la noche iba a terminar mal para ese tipo.
Cuando Rehv pasó a su lado, saludó con la cabeza a John y los chicos, y ellos le devolvieron el saludo, alzando sus Coronas en deferencia. La cuestión era, que Rehv era una especie de aliado de la Hermandad, habiendo sido nombrado leahdyre del Consejo de la glymera tras los asaltos... porque era el único de esos aristócratas con huevos para permanecer en Caldwell.
Así que el tipo al que le importaban muy pocas cosas estaba a cargo de un endemoniado montón de cosas.
John se giró hacia la cuerda de terciopelo, sin ni siquiera molestarse en disimular. Seguramente esto significaba que Xhex tenía que estar...
Apareció en la punta de la sección VIP, con el aspecto de un billón de dólares, al menos en su opinión: Cuando se inclinó hacia uno de los gorilas para que el tipo pudiera susurrarle al oído, su cuerpo estaba tan tenso que los músculos de su estómago se insinuaban a través de la camiseta sin mangas que le ajustaba como una segunda piel.
Hablando de removerse en el asiento. Ahora era él el que tenía problemas de posición.
Sin embargo, mientras ella marchaba hacia la oficina privada de Rehv, su libido se heló. Nunca había sido del tipo que sonreía mucho, pero cuando pasó a su lado, estaba sombría. Igual que como había estado Rehv.
Evidentemente, estaba pasando algo, y John no pudo evitar el impulso al estilo caballero–de–brillante–armadura que encendió su pecho. Pero vamos, Xhex no necesitaba un salvador. Si acaso, era del tipo de persona que estaría en el caballo, luchando contra el dragón.
—Pareces un poco apretado ahí —dijo Qhuinn quedamente cuando Xhex entró en la oficina—. Mantén mi oferta en mente, John. No soy el único que sufre, ¿verdad?
—Si me disculpáis —dijo Blay, poniéndose en pie y tomando su cajetilla de Red Dunhills y su encendedor dorado—. Necesito algo de aire fresco.
El macho había empezado a fumar recientemente, un hábito que Qhuinn despreciaba a pesar del hecho de que los vampiros no podían desarrollar cáncer. Sin embargo, John lo entendía. La frustración debía resolverse de algún modo, y sólo hasta cierto punto podías liberarla a solas en tu dormitorio o con tus amigos en la sala de pesas.
Demonios, todos ellos habían ganado músculo en los últimos tres meses, sus hombros, brazos y muslos habían sobrepasado a su ropa. Hacía que un tipo pensara en darles la razón a los luchadores acerca de no tener nada de sexo antes de los torneos. Si seguían ganando músculos así, iban a acabar pareciendo una pandilla de luchadores profesionales.
Qhuinn bajó la mirada a su Corona.
—¿Quieres salir de aquí? Por favor, dime qué quieres salir de aquí.
John desvió la mirada hacia la puerta de la oficina de Rehv.
—Nos quedamos —masculló Qhuinn mientras hacía señas a la camarera, que se acercó al momento—. Voy a necesitar otra de estas. O tal vez una caja.







[1] Amedeo Clemente Modigliani (1884 – 1920) pintor y escultor italiano, perteneciente a la denominada Escuela de París. (N. de la T.)
[2] Es la nave espacial del personaje Han Solo en la película Star Wars. (N. de la T.)
[3] TEA: Tiempo Estimado de Arribo. (N. de la T.)
[4] TEM: Técnico en Emergencias Médicas (N. de la T.)
[5] Nombre que no tiene traducción exacta pero que vendría a significar «Ciudad de Mínima Expansión» (N. de la T.)
[6] El nombre hace referencia a una granja criadora de una supuesta raza de caballos de caza, que en realidad  no existe. (N. de la T.)
[7] SMC: De Segunda Mano Certificada. (N. de la T.)
[8] Personaje interpretado por Robin Williams en la película Papá de por vida. (N. de la T.)
[9] Hombre de negocios americano acusado de fraude en una gran compañía. (N. de la T.)
[10] Se refiere a las armas de un personaje de cómics. (N. de la T.)

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