miércoles, 25 de mayo de 2011

AMANTE VENGADO/CAPITULO 70 71 72

Capítulo 70


Nada. Ni una mierda.
Lash se detuvo y miró dentro de otra celda que estaba hecha de una extraña clase de vidrio. Vacía. Igual que las otras tres.
Inhalando profundamente, cerró los ojos y se mantuvo inmóvil. Ningún sonido. Ningún olor aparte del de la cera de abeja combinado con el de tierra fresca, que había estado ahí todo el tiempo.
Donde quiera que hubiera ido el grupo, no había sido aquí abajo, maldita fuera.
Volviendo sobre sus pasos, regresó al punto en el cual el camino se bifurcaba en tres direcciones, y miró hacia abajo. Alguien acababa de pasar por allí: un rastro de gotas color azul oscuro se extendía en dos direcciones, a la derecha y recto hacia adelante, lo que quería decir que alguien había venido de uno de esos puntos cardinales, e ido hacia el otro.
Agachándose, Lash pasó lentamente el índice por la gota viscosa y frotó la sustancia contra el pulgar. Sangre de symphath. Dios sabía que había derramado la suficiente de la de su hembra como para saber exactamente qué era esa mierda.
Llevándose la mano hasta la nariz, inhaló. No era de su hembra. Era de alguien más. Y no estaba claro dónde había estado y hacia dónde se dirigía.
Sin nada en qué basarse, estaba a punto de seguir hacia la derecha cuando un brillante destello rojo estalló en el más pequeño de los tres túneles, el que estaba justo frente a él. Poniéndose en pie de un salto, corrió en esa dirección, siguiendo el rastro de sangre.
Cuando el túnel cambió convirtiéndose en una suave curva, el resplandor se intensificó, no tenía ni la menor idea de qué diablos iba a interrumpir y no le importaba. Su princesa estaba aquí, y alguien iba a decirle dónde coño encontrar a esa zorra.
Sin ninguna indicación previa se encontró con un pasillo oculto, que emergía del túnel sin una jamba, ni marco de puerta. Desde el fondo del mismo, emanaba una luz roja que era lo suficientemente brillante como para hacerle escocer los ojos, y Lash se dirigió hacia la fuente.
Entró y se encontró con un montón de… ¿qué coño?
Agazapado en la entrada de una cámara estaba el Hermano Vishous, y más allá se desarrollaba un cuadro que no tenía ningún sentido:
La princesa estaba de pie vestida con lo que él le había puesto la noche anterior, el corpiño, las medias hasta el muslo y los tacones de aguja que fuera del contexto del dormitorio le hacían verse ridícula. Su cabello negro azulado era una maraña desgreñada, sus manos goteaban sangre azul y sus salvajes ojos rojos eran la fuente del resplandor que lo había guiado. Frente a ella, cautivando toda su atención, había algo parecido a una gigantesca media res, que estaba cubierta por lo que parecía ser el premio gordo de una lotería pagadera en insectos.
Mierda, esas cosas estaban por todas partes.
Y agrupados alrededor del cuerpo suspendido estaban ese Hermano marcado con cicatrices, Zsadist, Xhex la guardia de seguridad lesbiana, y una hembra vampiro con un encendedor en una mano y una lata de aerosol en la otra.
Ese grupo no iba a durar mucho en este mundo. Las arañas y los escorpiones estaban en pleno avance, a la caza del trío que había invadido su territorio, y Lash tuvo una breve y sanguinolenta premonición acerca de toscos esqueletos descarnados.
Pero ése no era su problema.
Él quería a su hembra.
La cuál, evidentemente, tenía ideas propias. La princesa levantó la mano ensangrentada, y en un instante, los bastardos rastreros que empapelaban las paredes, el techo y el suelo se retiraron como una inundación absorbida por la tierra sedienta. Tras su estela, Rehvenge quedó a la vista, su pesado cuerpo desnudo estaba colgando de unas varillas que le atravesaban los hombros. Parecía un milagro que su piel no estuviera marcada con un millón de mordeduras, pero casi parecía como si hubiera estado protegido bajo esa alfombra de monstruosidades de ocho patas y dos colmillos.
—Es mío —gritó la princesa a nadie en particular—. Y nadie excepto yo lo tendrá.
El labio superior de Lash se retrajo, sus colmillos se alargaron rápidamente. Ella no acababa de decir eso. Decididamente ella no acababa de decirlo.
Esa era su mujer.
No obstante, bastó una mirada a su rostro para saber la verdad. Esa enfermiza fijación con la que miraba a Rehvenge nunca había brillado por Lash, sin importar lo intenso que hubiera sido el sexo… No, nunca le había distinguido con esa resuelta obsesión. Ella sólo había estado pasando el rato con él, esperando liberarse… no porque no quisiera ser retenida contra su voluntad, sino porque quería volver con Rehvenge.
—Jodida cabrona —escupió él.
La princesa se dio la vuelta con brusquedad y su cabello se balanceó formando un arco.
—¿Cómo te atreves a dirigirte a mí...?
Los disparos resonaron en la caverna, uno, dos, tres, cuatro, tan alto como tablones cayendo sobre el suelo duro. La princesa se quedó rígida, horrorizándose cuando las balas se incrustaron en su pecho, atravesándole el corazón y los pulmones, haciendo que la sangre azul prorrumpiera por los orificios de salida abiertos por las balas y salpicara la pared que estaba tras ella.
—¡No! —gritó Lash, avanzando a la carrera. Atrapó a su amante mientras caía, sosteniéndola con gentileza—. ¡No!
Miró al otro lado de la cámara. Xhex estaba bajando un arma, y tenía una leve sonrisa en los labios, como si acabara de disfrutar de una buena comida.
La princesa se aferró a las solapas del abrigo chamuscado de Lash, el fuerte tirón en el tejido atrajo sus ojos de regreso a su rostro.
Ella no le estaba mirando a él. Estaba mirando a Rehvenge… extendiéndose hacia él.
—Mi amor… —Las últimas palabras de la princesa flotaron a la deriva por la habitación.
Lash gruñó y arrojó el cuerpo contra la pared más cercana, esperando que el impacto fuera lo que la matara, necesitando la satisfacción de saber que había sido él el que la había jodido al final.
—Tú —dijo señalando a Xhex— ahora me debes dos...
En un principio el cántico se oyó amortiguado, nada más que un eco reverberando en los pasadizos exteriores, pero se fue haciendo cada vez más alto e insistente, alto... e insistente, hasta que pudo oír cada sílaba pronunciada por lo que debían de ser cien bocas. No entendía nada, no era un lenguaje que él conociera, pero la mierda era una señal de reverencia, de eso estaba seguro.
Lash se giró enfrentando la dirección desde dónde venía el canto, teniendo cuidado de conservar la espalda contra la pared. Tuvo la vaga sensación de que los demás también se estaban preparando para lo que venía.
Los symphaths llegaron en una formación de dos en dos, vistiendo túnicas blancas y largas, sus cuerpos delgados, no parecían andar, sino más bien, tambalearse hacia adelante. Cada uno llevaba una máscara facial perfilada en blanco, del tipo que deja dos agujeros negros para ver y el mentón y la mandíbula despejados. Cuando entraron en la cámara y comenzaron a rodear a Rehvenge, no parecían preocupados en lo más mínimo por los vampiros, ni por el cuerpo de la princesa, ni tampoco por el propio Lash.
Entraron en fila y fueron ocupando gradualmente la habitación, forzando a los otros a retroceder hasta que todos los intrusos estuvieron apretados contra las paredes, como ya lo estaban Lash y el cadáver de la princesa.
Hora de salir por patas. Fuera cual fuera el motivo de tal despliegue, no era algo en lo que debiera verse implicado. Por una parte, la ira debilitaba sus poderes. Por otra, esta situación podía dispararse en cualquier momento, saliéndose de control, y sólo una parte de ella era su guerra.
Sin embargo, no iba a marcharse solo. Había venido en busca de una hembra e iba a marcharse con una.
En un arranque repentino y rápido, se intercaló entre uno de los marcados huecos que dejaban las filas de symphaths en su andar hacia–adelante–hacia–atrás y fue hacia donde estaba Xhex. La hembra estaba mirando hacia arriba, a Rehvenge absolutamente sobrecogida, como si la asamblea significara algo para ella. Que era exactamente la clase de distracción que un tipo necesitaba en un momento así.
Extendiendo ambas manos, Lash convocó una sombra de la nada y la esparció hasta que cubrió el suelo como una capa.
Con un rápido barrido de las manos, la lanzó hacia arriba, por encima de la cabeza de Xhex, haciéndola desaparecer aunque de hecho todavía estaba en la habitación. Como era de esperar, ella luchó, pero un fuerte puñetazo en la cabeza hizo que se quedara quieta, haciendo que el éxodo resultara mucho más sencillo.
Lash simplemente la arrastró fuera de la cueva, justo bajo las narices de todo el mundo.


Cánticos... cánticos que se elevaban y llenaban el aire con un rítmico golpeteo.
Pero en un principio, también había habido disparos.
Rehvenge luchó por abrir los ojos y tuvo que parpadear para aclarar su visión teñida de rojo. Sobre su cuerpo ya no había arañas, tampoco en la habitación... habían sido reemplazadas por gran cantidad de sus hermanos symphath que se estaban congregando, con sus máscaras y vestiduras ceremoniales, que mantenían sus rasgos en el anonimato para que el poder de sus mentes pudiera brillar atravesándolo todo con más claridad.
Vio sangre fresca.
Sus ojos se dispararon hacia... Ah, gracias, Virgen Escriba, Ehlena aún estaba de pie, y Zsadist estaba tan cerca de ella como un Kevlar. Esas eran las buenas noticias. ¿Las malas? Ese par estaba exactamente junto a la pared opuesta a la puerta, con, ah, quizá cien comedores de pecados entre ellos y la salida hacia la seguridad.
Aunque dada la forma en que ella le sostenía la mirada, no se iría sin él.
—Ehlena… —susurró con voz ronca—. No.
Ella le hizo un gesto afirmativo con la cabeza y articuló: Te liberaremos.
Frustrado, apartó la mirada, y se puso a observar el vaivén de las vestiduras, comprendiendo mejor de lo que Ehlena podía saber el significado exacto de esta procesión y este cántico.
Santa... mierda. Pero, ¿cómo?
La pregunta quedó contestada cuando vio el cadáver de la princesa contra la pared. Sus manos estaban manchadas de azul, y él sabía el motivo: había matado a su tío, que era su compañero... y el rey.
Despabilándose, se preguntó cómo lo habría hecho. No debió haber sido fácil… conseguir evitar a la guardia real debía haber sido prácticamente imposible y su tío había sido una persona problemática, astuta y desconfiada.
Sin embargo, la venganza es mala consejera. Aunque no había encontrado la muerte a la manera de los symphaths, que preferían hacer a sus víctimas cometer suicidio involuntario. Le habían disparado en el pecho cuatro veces, y a juzgar por la precisión con que se arracimaban las heridas, imaginó que Xhex había hecho los disparos.
Ella siempre marcaba a sus víctimas, y el N, S, E y O de la brújula eran una de sus marcas favoritas cuando usaba una pistola.
Volvió a centrarse en Ehlena. Ella todavía seguía mirándolo fijamente, con una mirada increíblemente cálida. Por un momento, se permitió perderse en esa compasión, pero luego su lado vampiro tomó el control. Como macho vinculado, la seguridad de su compañera era su primera y mayor prioridad, y a pesar de lo débil que estaba, su cuerpo tiró de las cadenas que lo retenían en alto.
¡Vete! —articuló. Cuándo ella negó con la cabeza, él la fulminó con la mirada—. ¿Por qué no?
Ella se puso la mano sobre el corazón y le respondió articulando: Porque no.
Él dejó caer la cabeza flojamente a pesar de la rigidez de su cuello. ¿Qué la habría hecho cambiar de opinión?, se preguntó. ¿Cómo era posible que hubiera venido a buscarle después de todo lo que le había hecho? Y, ¿quién se había quebrado y le había dicho la verdad?
Iba a matarlos.
Asumiendo que alguno de ellos saliera vivo de esto.
Los symphaths dejaron de cantar y se quedaron quietos. Después de un momento de silencio, se giraron para enfrentarlo con precisión militar y le hicieron una profunda reverencia.
Registró un torrente de patrones emocionales cuando cada uno de ellos se presentó a sí mismo o a sí misma ante Rehvenge... a todos los recordaba de hacía mucho tiempo, su familia por extensión.
Ellos lo querían como rey. A pesar de lo que dijera el testamento de su tío, lo estaban escogiendo.
Las cadenas que lo mantenían colgado dieron una sacudida y empezaron a descender, sus hombros rugieron de dolor y tenía el estómago revuelto por la agonía. Pero no podía dejar traslucir lo débil que se sentía. Rodeado de sus hermanos sociópatas, sabía que este momento de respetuosa postración no iba a durar mucho, y si daba la impresión de tener cualquier tipo de vulnerabilidad, estaba jodido.
Así que hizo lo único que tenía sentido.
Cuando sus pies tocaron el fresco suelo de piedra, permitió que sus rodillas se doblaran suavemente y forzó a la parte superior de su cuerpo a permanecer erguida… como si la clásica postura contemplativa de un rey fuera exactamente la que había decidido asumir, en vez de ser lo mejor que podía hacer, considerando que había estado suspendido de las clavículas durante…
¿Cuánto tiempo había sido? No tenía la menor idea.
Rehv bajó la mirada hacia su cuerpo. Estaba más delgado. Mucho. Pero su piel estaba intacta, lo que era un jodido milagro, dada toda esa mierda de bichos repelentes que habían caminado sobre ella.
Respiró hondo... y sacó fuerzas de su lado vampiro para abastecer su mente de symphath. Con la vida de su shellan en juego, tenía reservas a las que no hubiera sido capaz de recurrir por nadie más.
Rehvenge levantó la cabeza, iluminó la cámara con sus ojos de amatista, y aceptó la adulación.
Cuando las velas que estaban fuera, en el pasadizo, flamearon brillantemente, el poder se agitó en él, se alzó como una gran ola de autoridad y dominación, su visión, cambió, pasando del rojo al púrpura. En la base de sus entrañas, encontró el fundamento y marcó a todos y cada uno de los symphath de la colonia con el conocimiento de que les podría obligar a hacer cualquier cosa. Cortar sus propias gargantas. Joder uno al compañero del otro. Cazar y matar animales o humanos o cualquier cosa que tuviera un ritmo cardíaco.
El rey era la CPU de la colonia. El cerebro principal. Y estos ciudadanos de la raza habían aprendido bien la lección de su tío y de su padre: Los symphaths eran sociópatas con un profundo instinto de supervivencia… y la razón de que escogieran a Rehvenge, un mestizo, era que querían mantener a los vampiros apartados. Con él al timón, podían continuar viviendo entre ellos, recluidos en la colonia.
En una de las esquinas, hubo una serie de movimientos torpes y un gruñido.
A pesar de sus heridas, la princesa se puso en pie, con el cabello formando una maraña alrededor de su rostro demencial y la ropa interior satinada con su propia sangre azul.
Son míos para gobernarlos. —Su voz sonó aguda, pero llena de determinación, su obsesión era suficiente para reanimar lo que estaba o debería haber estado muerto—. Es mi gobierno, y tú eres mío.
La muchedumbre reunida, levantó las cabezas que tenían inclinadas para observarla. Luego volvieron a mirar a Rehv.
Joder, el hechizo mental se había roto.
Rehv lanzó rápidos pensamientos hacia Ehlena y Zsadist indicándoles que bloquearan sus cortezas cerebrales pensando en algo, en cualquier cosa, cuanto más claramente mejor. Inmediatamente, sintió cómo cambiaban sus patrones, Ehlena imaginando… ¿el óleo del estudio de Montrag?
Rehv volvió a centrar su atención en la princesa.
La cual había reparado en Ehlena y estaba avanzando hacia ella dando tumbos con un puñal en la mano.
—¡Es mío! —barbotó, con la sangre azul goteándole de la boca.
Rehvenge descubrió sus colmillos y siseó como una gran serpiente. Con su voluntad, irrumpió en la mente de la princesa, haciendo surcos incluso a través de las defensas que ella había sido capaz de levantar, tomando el control, destapando sus ansias de gobernar y de tenerlo a él como compañero. Sus anhelos hicieron que se detuviera y se volviera hacia él, con sus dementes ojos llenos de amor. Dominada por sus deseos, temblando con extasiadas visiones, a merced de su debilidad...
Él esperó hasta que ella estuvo bien convencida.
Luego la azotó con un solo mensaje: Ehlena es mi reverenciada reina.
Las cinco palabras la destrozaron. La quebraron más certeramente que si hubiera sacado una pistola y le hubiera disparado otra brújula en el pecho.
Él era lo que ella quería ser.
Él era lo que ella quería tener.
Y la estaban estafando.
La princesa se puso las manos sobre las orejas, como si estuviera intentando detener el zumbido que había en su cabeza, pero él simplemente hizo girar su mente más y más y más deprisa.
Con un agudo grito, alzó el cuchillo que tenía en la mano y se lo clavó en los intestinos, completamente, hasta el mango. No dispuesto a permitir que terminara ahí, Rehv hizo que girara el arma con un rápido tirón hacia la derecha.
Y luego requirió un poco de ayuda de sus amigos.
Como una marea negra, saliendo de las pequeñas grietas de las paredes, la multitud de arañas y escorpiones regresó. Las hordas que una vez habían sido controladas por su tío, estaban ahora bajo el dominio de Rehvenge, y avanzaron embravecidas para rodearla.
Les ordenó que picaran y eso hicieron.
La princesa chilló, arañó y terminó por sucumbir, cayendo sobre un colchón de lo que la destruiría.
Los symphaths lo observaron todo.
Mientras Ehlena giraba la cabeza hacia el hombro de Zsadist, Rehv cerró los ojos y permaneció quieto como una estatua en el centro de la habitación, prometiendo a todos y cada uno de los ciudadanos que estaban ante él algo peor si no le obedecían. Lo que, en el retorcido sistema de valores de los symphaths, sólo venía a confirmar su elección de gobernante.
Cuando la princesa dejó de sollozar y se quedó quieta, Rehv levantó los párpados y ordenó la retirada de la guardia de insectos. Al retroceder, dejaron a la vista su cuerpo hinchado y picado, y quedó claro que no iba a levantarse otra vez… el veneno que había ingresado en sus venas le había parado el corazón, obstruido los pulmones y apagado su sistema nervioso central.
Sin importar cuan grandes fueran sus deseos, no había forma de reanimar ese cadáver.
Con mucha calma, Rehv les dijo a sus ataviados y enmascarados súbditos que se retiraran a sus habitaciones y meditaran sobre su demostración. Como respuesta, recibió la versión symphath del amor: les inspiraba un absoluto temor y por lo tanto lo respetaban.
Al menos por ahora.
Como si fueran uno, los symphaths se irguieron e hicieron fila para salir, y Rehv sacudió la cabeza en dirección a Ehlena y a Z, rezando para que hicieran lo que necesitaba que hicieran… que era quedarse justo donde estaban.
Con algo de suerte, sus hermanos enmascarados asumirían que mataría a los intrusos en su tiempo libre.
Rehv esperó hasta que el último comedor de pecados se hubo marchado no sólo de la cámara sino también de los pasadizos que había más allá. Y entonces aflojó la tensión de su columna.
Cuando su cuerpo se estrelló contra el suelo, Ehlena fue corriendo hacia él, moviendo la boca como si estuviera hablándole. Sin embargo, no podía oírla, y sus ojos color caramelo le parecieron muy raros vistos a través de la lente rosada de sus ojos symphath.
Lo siento, articuló, lo siento.
Algo muy jodido le ocurrió a su vista en ese momento, y repentinamente Ehlena estaba revolviendo una mochila que le había alcanzado... Cristo, ¿Vishous también estaba aquí?
Rehv perdía y recuperaba el conocimiento alternativamente mientras le hacían cosas y le daban inyecciones. Un poco más tarde, el zumbido volvió a comenzar.
¿Dónde estaba Xhex?, se preguntó confusamente. Probablemente después de matar a la princesa habría ido a despejar la salida. Ella era así, siempre preocupada por la estrategia de salida. Dios sabía que la práctica había marcado su vida.
Mientras pensaba en su jefa de seguridad... su camarada... su amiga... le cabreó el hecho de que hubiera roto la promesa que le hizo, pero tampoco es que le sorprendiera del todo. La verdadera pregunta era cómo se las había arreglado para llegar hasta aquí sin los Moros. A menos que, ¿habían venido también ellos?
El zumbido se detuvo, y Zsadist se sentó sobre los talones, sacudiendo la cabeza.
Como en cámara lenta, Rehv bajó la mirada hacia su cuerpo.
Ah, todavía tenía las ataduras de los hombros, y no estaban teniendo suerte en su intento de cortar las cadenas. Conociendo a su tío, esos eslabones debían estar hechos de algo más fuerte de lo que cualquier sierra pudiera atravesar.
—Dejadme… —dijo entre dientes—. Sólo dejadme. Id…
El rostro de Ehlena volvió a aparecer frente al suyo, y sus labios se movieron con deliberación, como si tratara de explicarle algo...
El tenerla tan cerca despertó, de súbito, al macho vinculado que había en su sangre y provocó que regresara algo de su percepción de profundidad… y se sintió aliviado al ver que su rostro comenzaba a adoptar su contorno habitual… y su colorido.
Rehv levantó una mano temblorosa, preguntándose si ella le permitiría tocarla.
Ella hizo más que eso. Agarró la palma de su mano con fuerza y se la llevó a los labios para besarla. Todavía continuaba hablándole, pero él seguía sin oír lo que decía, así que intentó concentrarse. Quédate conmigo. Eso era lo que parecía querer comunicarle. O quizás era que recogía ese pensamiento por la forma en que le sostenía la mano.
Ehlena extendió la mano y le acarició el cabello peinándolo hacia atrás, y tuvo la impresión de que articulaba: Respira hondo para mí.
Rehv inhaló para hacerla feliz, y cuando lo hizo, ella miró a alguien o algo que había tras él. E hizo un rápido gesto afirmativo en dirección a quien quiera que fuera.
Y entonces el dolor estalló en su hombro derecho, todo su cuerpo se retorció y su boca se abrió ampliamente para dejar salir un grito.
Él no se oyó gritar. Ni vio nada más. La agonía hizo que se desmayara.


Capítulo 71


Ehlena regresó a casa en el asiento trasero de un Escalade negro, con Rehv acurrucado en su regazo. Los dos estaban apretujados en la parte trasera, pero a ella no le importaba que apenas hubiera suficiente espacio sólo para su enorme cuerpo. Lo quería así de cerca.
Necesitaba poner las manos sobre él y mantenerlas allí.
Tan pronto como le hubieron arrancado los ganchos de los hombros, hizo todo lo que pudo con las horribles heridas que le dejaron, vendándolas rápidamente con gasa estéril que fijó en el lugar con esparadrapo. En cuanto hubo terminado, Zsadist lo levantó y lo sacó de aquella cámara olvidada de la mano de Dios, y ella junto con Vishous le proporcionó escolta.
En su camino hacia la salida no habían visto a Xhex por ninguna parte.
Ehlena intentó asegurarse a si misma que la hembra había ido a unirse a la lucha que se libraba sobre el terreno contra los asesinos, pero ese raciocinio no encajaba. Xhex nunca hubiera dejado a Rehvenge hasta que hubiera sido liberado de modo seguro de la colonia.
Mientras el temor aleteaba dentro del pecho de Ehlena, intentó calmarse acariciando la franja de tupido cabello oscuro que recorría la cabeza de Rehvenge. En respuesta, él volvió el rostro hacia ella, como si necesitara el consuelo.
Dios, podría tener parte symphath en él, pero había probado dónde estaba su corazón: había destruido a la princesa y los había protegido a todos de aquellas criaturas terroríficas que usaban mascaras y túnicas. Lo que lo decía todo acerca de dónde estaban sus lealtades, ¿verdad? Si él no se las hubiera apañado para tomar el control de la colonia, no habría habido forma de que ninguno de ellos, incluyendo a los hermanos que habían estado luchando en el césped contra los lessers, hubiera podido salir de allí sanos y salvos.
Les lanzó una mirada a los otros ocupantes del SUV. Rhage estaba envuelto en chaquetas de cuero, desnudo y tiritando, y tenía el color de la avena cuajada. Habían tenido que parar un par de veces para que pudiera vomitar, y dada la forma en que estaba tragando con tanta fuerza, pronto iban a tener que hacerlo de nuevo. Vishous estaba a su lado y no tenía mucho mejor aspecto. Las fuertes piernas del tipo estaban estiradas sobre el regazo de Rhage... y tenía la cabeza girada a un lado y los ojos fuertemente cerrados, resultaba evidente que tenía una contusión debida al golpe que le había dado la princesa. Delante, Butch ocupaba el asiento del pasajero, y de él se desprendía un asqueroso olor dulzón que sin duda hacía que el estómago de Rhage se pusiera peor.
Tohrment estaba tras el volante, conduciendo firme y suavemente.
Al menos no tenía que preocuparse por cómo volver a casa.
Rehvenge se agitó e inmediatamente se concentró en él. Cuando sus ojos de amatista lucharon por abrirse, ella sacudió la cabeza:
—Shhh… sólo quédate ahí. —Le acarició el rostro—. Shh…
Él cambió de posición los hombros y se encogió tan abruptamente que le crujió el cuello. Deseando poder hacer algo más por él, remetió la manta con que le habían envuelto. Le había dado tantos analgésicos como se había atrevido, así como antibióticos para las heridas de los hombros, pero había guardado el antídoto, ya que parecía que no había sido picado.
Vista la masacre que habían hecho con la princesa, daba la impresión que esas arañas y escorpiones picaban sólo por mandato, y por alguna razón a Rehv se lo habían ahorrado.
De repente, él gruñó, se tensó, y comenzó a empujar con las manos el suelo que tenía debajo.
—No, no intentes incorporarte —dijo tirando gentilmente de su pecho hacia abajo—. Sólo quédate tendido aquí conmigo.
Rehvenge volvió a derrumbarse sobre su regazo y llevó una de sus manos hacia delante. Cuando encontró la palma de la de ella, murmuró:
—¿Por qué...?
Ella no pudo evitar sonreír
—Haces esa pregunta muy frecuentemente, ¿sabes?
—¿Por qué viniste?
Después de un momento, le dijo en voz baja:
—Seguí a mi corazón.
Evidentemente, eso no lo hizo muy feliz. Por el contrario, hizo una mueca, como si le doliera.
—No... te... merezco...
Cuando empezaron a sangrarle los ojos, Ehlena se puso tensa y se alarmó.
—Rehvenge estate quieto por mi.
Intentando que no la venciera el pánico, se estiró para alcanzar la mochila llena de suministros, preguntándose qué clase de crisis médica estaba teniendo.
Rehv capturó sus manos.
—Son sólo... lágrimas.
Ella contempló lo que rodaba por sus mejillas y parecía ser sangre.
—¿Estás seguro? —Cuando él asintió, sacó un kleenex de su parka y cuidadosamente frotó su rostro—. No llores. Por favor, no llores.
—No deberías... haber venido a buscarme. Deberías haberme... dejado allí.
—Te lo dije —susurró, secando más lágrimas—. Todo el mundo merece ser salvado. Esa es la forma en que yo veo el mundo. —Cuando encontró sus hermosos ojos iridiscentes, le parecieron incluso más mágicos ya que brillaban a través de la capa de lágrimas rojas —. Es la forma en que te veo a ti.
Él cerró los párpados con fuerza, como si no pudiera soportar su compasión.
—Intentabas protegerme de todo esto, ¿verdad? —le preguntó—. Ese fue el motivo del enfrentamiento en el ZeroSum. —Cuando él asintió, ella se encogió de hombros—. Entonces, ¿por qué no entiendes mi necesidad de salvarte, si tú hiciste lo mismo por mí?
—Es diferente... yo soy un... symphath.
—Sin embargo, no eres del todo symphath. —Pensó en su aroma vinculante—. ¿Verdad?
Rehvenge negó con la cabeza de mala gana.
—Pero no lo bastante... vampiro... para ti.
La tristeza en él se acentuó formando una nube oscura que se condensó sobre ambos, y mientras ella luchaba por encontrar las palabras, le tocó el rostro otra vez... y descubrió que su piel estaba demasiado fría para su gusto. Mierda... iba a perderlo mientras lo sostenía entre sus brazos. Cada kilómetro les acercaba más a la seguridad pero el cuerpo de él les estaba fallando a ambos, su respiración se estaba volviendo letárgica, la frecuencia de su ritmo cardíaco estaba bajando.
—¿Puedes hacer algo por mi? —dijo ella.
—Por favor... sí —replicó él agitado, a pesar de que sus ojos aletearon hasta cerrarse y empezó a temblar. Cuando se acurrucó formando una pelota aún más compacta, pudo ver su columna vertebral sobresalir a través de la piel de su espalda incluso a través de la manta.
—¿Rehvenge? Despierta. —Cuando la miró, el color púrpura de sus ojos era parecido al de una magulladura, opaco y apenado—. Rehvenge, ¿por favor, podrías tomar de mi vena?
Despegó los párpados a toda prisa como si estuvieran diciendo algo en la línea de ¿Vamos a Disneylandia? y ¿Qué os parece tomar algo de cenar de pasada?, lo que había dicho era lo último que él esperaba que saliera de su boca.
Cuando él abrió los labios, ella lo detuvo antes de que hablara.
—Si me preguntas por qué, me veré obligada a darte un tiempo muerto.
Una pequeña sonrisa torció la comisura de su boca, pero enseguida desapareció. Y a pesar de que sus colmillos habían bajado y que inesperadamente sus agudas puntas habían quedado al descubierto, negó con la cabeza.
—No soy como tú —murmuró, tocándose el pecho tatuado con una mano débil—. No soy lo suficientemente bueno... para tu sangre.
Ella encogió los hombros para quitarse un lado de la parka y tiró de la manga de su suéter de cuello alto.
—Seré yo la que juzgue eso, muchas gracias.
Cuando le puso la muñeca sobre la boca, él se relamió los labios, su hambre aumentó tanto y tan rápido, que le devolvió el color a sus pálidas mejillas. Pero aún así seguía dudando.
—¿Estás ... segura?
Ella tuvo un extraño recuerdo de cuando ambos estaban en la clínica, hacía una eternidad, contendiendo, dando vueltas el uno alrededor del otro, deseando algo sin atreverse a tomarlo. Sonrió.
—Absolutamente. Segura.
Ella bajó la vena hasta ponerla entre sus labios sabiendo que no sería capaz de resistírsele... ciertamente, intentó luchar contra ello... y perdió. Rehvenge mordió con habilidad, succionó profundamente y dejó escapar un burbujeante gemido mientras ponía los ojos en blanco extasiado.
Ehlena le acarició el cabello que había crecido a cada lado de su cresta mohawk y se regocijó en silencio mientras él se alimentaba.
Esto iba a salvarlo.


Ella iba a salvarlo.
No su sangre sino su corazón, iba a salvarlo.
Mientras Rehvenge se alimentaba de la muñeca de su amada, se sentía abrumado y alterado, a merced de emociones que eran más poderosas que su mente. Ella había ido a buscarle. Lo había liberado. E incluso sabiendo todo lo que sabía acerca de él, dejaba que se alimentara y le contemplaba bondadosamente.
¿Pero no sería aquello más una medida que tomaba por la forma de ser de ella como persona en vez de por los sentimientos que le inspiraba él como macho? ¿No sería esto motivado por el sentido del deber y la compasión en lugar de por amor?
Estaba demasiado débil para leerle la mente. Al menos al principio.
Sin embargo, cuando su cuerpo comenzó a revivir, también lo hizo su mente, y pudo distinguir sus sentimientos...
Deber. Compasión.
Y amor.
Una compleja alegría floreció en su pecho. Parte de él se sentía como si hubiera ganado la lotería contra todo pronóstico. Pero en su corazón sabía que lo que él era los separaría incluso si el resto de la población de vampiros nunca llegaba a enterarse de que tenía mezcla de sangres: se suponía que él era el jefe de aquella colonia.
La cual no era lugar para Ehlena.
Él liberó la vena de ella y se lamió los labios. Dios... sabía bien.
—¿Quieres más? —preguntó ella.
Sí.
—No. He bebido lo suficiente.
Ella siguió acariciándole el cabello, rascándole el cuero cabelludo con las uñas. Cerrando los ojos, sintió como se fortalecían sus músculos y sus huesos mientras lo que ella le había proporcionado tan gentilmente revivía su cuerpo
Sí, no sólo sus brazos y piernas volvían a la vida. A pesar de estar medio muerto y que sus hombros estaban martirizándole, su polla creció y sus caderas emergieron hacia delante. Pero los machos vampiros se empalmaban cuando se alimentaban de la vena de sus compañeras.
La biología. No era algo que se pudiera evitar.
Cuando la temperatura de su cuerpo comenzó a estabilizarse, aflojó la posición encorvada que había asumido para conservar el calor, y en el proceso apartó parte de la manta en que estaba envuelto. Preocupado por estar exhibiendo su polla, extendió la mano para volver a poner la cosa en su sitio.
Ehlena la alcanzó primero.
Y cuando tiró de la manta, arrastrándola para ponerla en su lugar, sus ojos brillaron en la oscuridad.
Rehvenge tragó un par de veces, todavía tenía su sabor en la lengua y en la parte posterior de la garganta.
—Lamento eso.
—No lo hagas. —Sonrió y lo miró fijamente a los ojos—. No puedes evitarlo. Además, es probable que signifique que estás fuera de la zona de peligro.
Y dentro de la zona erótica. Genial. Nada como los extremos para darle sabor a la vida.
—Ehlena... —dijo soltando un largo, largo suspiro—. Las cosas no pueden volver a ser lo que eran.
—Si con eso quieres decir que no volverás a ser un señor de la droga y un proxeneta, en cierto modo, no me siento defraudada.
—Oh, de todas formas habría terminado con esa mierda. Pero no, no puedo regresar a Caldwell
—¿Por qué no? —Cuando no respondió de inmediato, continuó—: Tengo esperanzas de que lo hagas. Quiero que lo hagas.
El macho vampiro vinculado que había en él lanzó un, Yiija, cuenta con ello. Pero tenía que ser práctico.
—Soy diferente a ti —repitió, como si fuera el tema central de su vida.
—No, no lo eres.
Debido a que necesitaba convencerla y no se le ocurría una forma mejor de probar que tenía razón, tomó su mano, la metió bajo la manta y la puso sobre su polla. El contacto hizo que se estremeciera de placer, sus caderas corcovearon, pero le recordó a su libido que estaba haciendo esto para mostrarle a ella exactamente lo diferente que era.
Él la guió hasta su lengüeta, al lugar en la base que era ligeramente desigual.
—¿Sientes eso?
Durante un momento dio la impresión de que ella estaba tratando de controlarse, como si estuviera luchando contra la misma corriente erótica que él.
—Sí…
El tono ronco que le imprimió a la palabra provocó que su columna vertebral se elevara y retrocediera, haciendo que su erección se deslizara dentro de la palma de ella. Su respiración se hizo más rápida, el corazón comenzó a martillearle en el pecho y su voz se hizo más profunda.
—Esto se fija en el sitio, cuando yo... cuando yo me corro. No soy como nada que hayas tenido antes.
Mientras lo exploraba, Rehv intentó mantenerse quieto, pero el poder que circulaba por su cuerpo debido a la alimentación, agregado al lugar donde se encontraba la mano de ella, demostró ser demasiado excitante. Se movió contra su mano, arqueándose en su regazo, sintiéndose extrañamente a su merced.
Lo cual constituyó otra enorme fuente de excitación.
—¿Es por eso que te retiraste de mi interior? —preguntó ella.
Rehv se lamió los labios de nuevo, recordando la sensación de su centro rodeándole...
El Escalade pasó por encima de un bache de la carretera y repentinamente él recordó que el oscuro refugio de la parte trasera del SUV era sólo semi–privado: de hecho no estaban, realmente, solos.
Pero Ehlena no quitó la mano.
—¿Fue ese el motivo?
—No quería que supieras nada de esto. Yo quería… ser normal para ti. Quería que te sintieras segura cuando estabas en mi compañía... y quería estar contigo. Ahí tienes el motivo de las mentiras. No tenía intención de enamorarme de ti. No quería esto para ti...
—¿Qué has dicho?
—Yo… yo estoy enamorado de ti. Lo lamento, pero es lo que siento.
Ehlena se quedó tan callada, que le preocupó que en su delirio hubiera malinterpretado seriamente todo lo que había ocurrido entre ellos. ¿Acaso habría proyectado en su rejilla emocional aquello que la parte débil de su ser necesitaba encontrar?
Pero entonces ella bajo la boca hasta la de él y susurró:
—Nunca más te escondas de mí. Te amo tal y como eres.
Un torrente de gratitud y santa mierda y Oh Dios mío y gracias, maná caído del cielo anuló toda lógica, y Rehv subió la mano en su busca y sujetándole la cabeza con cuidado la besó. En ese momento, no le importó una mierda que hubiera complicaciones muy por encima y más allá de su control, cosas que sabía que los separarían otra vez con la misma certeza con que sabía que el ardiente sol se elevaría al final de la noche.
No obstante, ser aceptado… ser aceptado y amado, siendo simplemente él, por la persona que él amaba a su vez, era una alegría demasiado grande como para que la fría realidad pudiera hacerla zozobrar.
Mientras se besaban, Ehlena comenzó a mover la mano bajo la manta, subiendo y bajando la palma a lo largo de su duro pene.
Cuando intentó apartarse, ella le volvió a capturar la boca con la suya.
—Sshh... confía en mí.
Rehvenge sucumbió a la pasión, montando la ola que ella convocó en su cuerpo, dejando que hiciera lo que quisiera con él. Intentó mantenerse quieto, no queriendo que los demás se enteraran, y rogó que al menos los dos que estaban sentados en los asientos que había justo delante de los suyos se hubieran dormido.
No pasó mucho tiempo antes de que sus pelotas se tensaran y sus manos se afianzaran sobre el cabello de ella. Jadeando contra su boca, él empujó con fuerza una última vez y se corrió abundantemente, empapando la mano de ella, su estómago y la manta.
Cuando el contacto de su mano se desplazó hacia abajo, hasta su lengüeta y tanteó la extensión, él se quedó inmóvil, rogando para que no sintiera repugnancia por la forma en que estaba constituido.
—Quiero sentir esto dentro de mi —gimió ella contra sus labios.
Cuando logró comprender sus palabras, el cuerpo de Rehvenge explotó en un nuevo orgasmo.
Joder...  no podía esperar a llegar a donde quiera que fueran.


Capítulo 72


A la mañana siguiente, Ehlena se despertó desnuda en la cama en la que había dormido antes de que todos se fueran a la colonia. Junto a ella, el inmenso y tibio cuerpo de Rehvenge estaba tan cerca como podía, y estaba despierto.
Al menos en cierto sentido de la palabra.
Sentía su erección cálida y dura contra la parte trasera de su muslo, frotándose contra ella. Sabía lo que venía a continuación y cuando él rodó para situarse encima de ella, la montó y se abrió camino entre sus piernas, le dio la bienvenida. Cuando se enterró profundamente y comenzó a moverse con adormilado instinto, su cuerpo se adaptó a su ritmo y le rodeó el cuello con los brazos.
Había marcas de mordiscos en su cuello. Un montón.
También las había en el de ella.
Cerró los ojos, perdiéndose nuevamente en Rehvenge… en ellos.
Durante el día que habían pasado juntos en esta habitación de invitados de la mansión de la Hermandad no se habían dedicado sólo al sexo. Habían hablado mucho. Ella le había explicado todo lo que había sucedido, incluyendo el asunto de la herencia, cómo se había dado cuenta de todo, y cómo fue que Xhex a pesar de haber ido a la colonia, técnicamente no había roto la promesa que le había hecho.
Dios…Xhex.
Nadie había oído nada sobre ella. Y toda la alegría, el alivio y el triunfo que deberían haber sentido todos los Hermanos y Rehvenge al haber vuelto a casa sin graves heridas quedó empañada hasta convertirse en pesar.
Cuando anocheciera Rehvenge iba a ir hasta la colonia a buscarla, pero Ehlena pudo leer en su rostro que no creía que estuviera allí.
Simplemente era demasiado extraño y aterrador. Nadie había visto su cuerpo, pero tampoco la habían visto marcharse. Ni la habían visto fuera de esa habitación. Era como si simplemente hubiera desaparecido.
—Oh, Dios, Ehlena… voy a correrme…
Mientras el cuerpo de Rehv se movía como un martillo neumático contra ella, se aferró a su macho y dejó que el sexo tomara el control, sabiendo que los pensamientos tristes y la cruda ansiedad estarían esperándola al otro lado del orgasmo. Oyó a Rehv gritar su nombre cuando culminó y después sintió ese excitante y apremiante apretón cuando se ancló profundamente dentro de ella.
Todo lo que tuvo que hacer fue pensar en ello y desencadenó su propio orgasmo, lanzándola al otro lado del abismo.
Cuando ambos quedaron saciados, Rehvenge rodó hacia un lado, procurando no separarse demasiado rápido. Cuando sus ojos color amatista pudieron enfocar adecuadamente, le apartó el cabello de la cara.
—Una forma perfecta de despertarse —murmuró.
—Estoy de acuerdo.
Sus miradas se encontraron y se sostuvieron, y después de un rato, él dijo:
—¿Puedo preguntarte algo? Y no es un porqué, es un qué.
—Dispara. –Se inclinó y lo besó rápidamente.
—¿Qué vas a hacer el resto de tu vida?
Ehlena contuvo la respiración.
—Pensé… que habías dicho que no podías quedarte en Caldwell.
Él encogió sus enormes hombros, que todavía estaban vendados.
—El asunto es que no puedo dejarte. Simplemente no va a ocurrir. Cada hora que paso a tu lado sólo me hace ver esa realidad más claramente. Yo literalmente… no puedo irme a menos que me obligues.
—Lo cual no va a suceder.
—¿No?
Ehlena le enmarcó el rostro con sus manos, y en el instante en que lo hizo, él se quedó quieto. Lo que sucedía cada vez que lo tocaba. Era como si siempre estuviera esperando algún tipo de orden por su parte… pero en definitiva, eso era lo que hacían los vampiros machos vinculados, ¿o no? Sí, eran más fuertes y físicamente más poderosos que sus compañeras, pero las shellans llevaban la voz cantante.
—Parece ser que voy a pasar mi futuro contigo —dijo ella contra su boca.
Él se encogió de hombros, como si estuviera apartando sus últimas dudas.
—No te merezco.
, lo haces.
—Voy a cuidarte.
—Lo sé.
—Y como dije, no voy a volver a lo que hacía antes en la ciudad.
—Bien. —Él se detuvo, como si quisiera tranquilizarla aún más y estuviera buscando las palabras—. Deja de hablar y bésame de nuevo. Mi corazón se ha decidido y mi mente también, y no necesitas decirme nada más. Sé quién eres. Eres mi hellren.
Cuando sus bocas se encontraron, ella fue bien consciente de que había mucho que decidir. Si vivían entre vampiros, iban a tener que seguir ocultando la parte symphath de su identidad. Y no sabía qué iba a hacer él con la colonia del norte… tenía el presentimiento de que todo ese asunto de que le rodearan y le veneraran significaba que él ejercía algún papel de liderazgo allí.
Pero iban a enfrentar todo eso y mucho más juntos.
Y eso era lo único que importaba.
Finalmente, él se apartó.
—Me voy a duchar e iré a ver a Bella, ¿okay?
—Bien, me alegra. —Él y su hermana se habían dado sólo un breve y torpe abrazo antes de que todos se fueran a la cama—. Hazme saber si hay algo que pueda hacer.
—Lo haré.


Rehvenge dejó el dormitorio media hora después, vestido con unos pantalones de chándal y un suéter grueso que uno de los Hermanos le había dado. Sin tener idea de hacia dónde dirigirse, se acercó a un doggen que estaba pasando la aspiradora en el pasillo y le pidió que le indicara cómo llegar al dormitorio de Bella y Z.
No estaba lejos. Sólo un par de puertas más allá.
Rehv fue hasta el final del pasillo lleno de esculturas grecorromanas y llamó a la puerta que le habían indicado. Como no hubo respuesta, probó en la siguiente puerta, a través de la cual se podía oír el suave llanto de Nalla.
—Adelante —respondió Bella.
Rehv abrió lentamente la puerta de la habitación de los niños, inseguro del recibimiento que iba a encontrar.
Al otro lado de la habitación que tenía conejitos estampados en las paredes, estaba Bella sentada en una mecedora, empujando la alfombra con el pie, y con la niña acunada entre sus brazos. No obstante, a pesar de la ternura de su trato, Nalla no estaba contenta, y su bullicioso y lloriqueante descontento con el mundo era dolorosamente evidente.
—Hey —dijo Rehv antes de que su hermana alzara la mirada—. Soy yo.
Los ojos azules de Bella se alzaron hasta encontrar los suyos, y él observó como toda clase de emociones atravesaban su rostro.
—Hola.
—¿Puedo entrar?
—Hazlo, por favor.
Cerró la puerta tras de sí y entonces se preguntó si ella se sentiría a salvo encerrada con él. Se volvió para volver a abrirla, pero ella lo detuvo.
—Está bien.
Él no estaba tan seguro de eso, así que permaneció al otro lado de la habitación, observando como Nalla reparaba en su presencia. Y extendía los brazos hacia él.
Un mes atrás, hacía una vida, se hubiera acercado y hubiera tomado a la niña en sus brazos. Ahora no. Probablemente nunca más.
—Hoy está muy inquieta —dijo Bella—. Y una vez más tengo los pies cansados. Ya no puedo pasearla en brazos ni un minuto más.
Ya.
Se hizo un largo silencio mientras ambos permanecían con la atención puesta en la niña.
—Nunca supe lo tuyo —dijo Bella finalmente—. Nunca lo hubiera imaginado.
—No quería que lo supieras. Ni tampoco Mahmen. —Cuando las palabras salieron de sus labios, elevó una rápida y silenciosa oración por su madre, esperando que lo perdonara por el hecho de que su oscuro y horrible secreto hubiera salido a la luz. Sin embargo, el asunto era, que la vida había jugado sus cartas de esa forma y no había estado en su mano el poder controlar la revelación.
Dios sabía que había hecho todo lo posible por mantener el velo de mentiras en su lugar.
—¿Estuvo ella…? ¿Cómo sucedió? —preguntó Bella con un hilo de voz—. ¿Cómo… ocurriste…tú?
Rehvenge pensó en la mejor forma de expresarlo, probó algunas líneas en su mente, cambió palabras y añadió nuevas. Sin embargo, la imagen del rostro de su madre no dejaba de interponerse, y al final simplemente miró a su hermana y sacudió lentamente la cabeza de un lado a otro. Cuando Bella palideció, supo que había adivinado el quid de la cuestión. Era sabido que antes los symphaths solían raptar hembras de la población civil. Especialmente las hermosas y bien educadas.
Ese fue parte del motivo por el cual los comedores de pecados habían acabado en aquella colonia.
—Oh, Dios… —Bella cerró los ojos.
—Lo siento. —Cómo deseaba ir hacia ella. Muchísimo.
Cuando ella volvió a abrir los párpados, se secó las lágrimas y luego enderezó los hombros como si reuniera fuerzas.
—Mi padre… —Se aclaró la garganta—. ¿Se unió a ella sabiendo la verdad sobre ti?
—Sí.
—Ella nunca lo amó. Por lo menos, yo no lo vi. —Cuándo Rehv permaneció en silencio, porque no iba a entrar en detalles acerca de esa unión si podía evitarlo, ella frunció el ceño—. Si sabía de ti… ¿amenazó con exponerla a ella y a ti a menos que se sometiera a él?
El silencio de Rehv pareció ser suficiente respuesta, porque su hermana asintió tensa.
—Eso tiene más sentido para mí. Me cabrea mucho…pero ahora puedo entender por qué permaneció con él. —Hubo una dura pausa—. ¿Qué más me estás ocultando, Rehvenge?
—Escucha, lo que ocurrió en el pasado…
—¡Es mi vida! —Como la niña gritó, Bella bajó la voz—. Es mi vida, maldita sea. Una vida de la que todos los que me rodean saben más que yo. Así que mejor me lo dices todo de una puta vez, Rehvenge. Si quieres que mantengamos algún tipo de relación, será mejor que me lo cuentes todo.
Rehv exhaló con fuerza.
—¿Qué es lo primero que quieres saber?
Su hermana suspiró pesadamente
—La noche en que mi padre murió…Llevé a Mahmen a la clínica. La llevé porque se había caído.
—Lo recuerdo.
—No se había caído, ¿cierto?
—No.
—Ninguna de las veces.
—No.
A Bella le brillaron los ojos, y como para distraerse, trató de capturar uno de los agitados puños de Nalla.
—Tú…esa noche, tú…
No quería responder la inacabada pregunta, pero ya no le mentiría más a su gente más cercana y querida.
—Sí. Tarde o temprano la hubiera matado. Era él o Mahmen.
Una lágrima tembló en las pestañas de Bella y cayó, aterrizando en la mejilla de Nalla.
—Oh… Dios…
Cuando vio que su hermana encorvaba los hombros, como si tuviera frío y necesitara consuelo, quiso señalarle que todavía podía recurrir a él. Que todavía estaba ahí para ella si así lo quería. Que todavía era su Gallo, su hermano y su protector. Pero no era el mismo para ella y no volvería a serlo nunca más: aunque no había cambiado, la forma en que ella lo veía se había alterado completamente, y eso significaba que era una persona diferente.
Un extraño con un rostro terriblemente familiar.
Bella se enjugó los ojos.
—Me siento como si no conociera mi propia vida.
—¿Puedo acercarme un poco más? No te haré daño ni a ti ni a la niña.
Esperó una eternidad.
Y todavía un poco más.
Bella apretó los labios formando una delgada línea, como si quisiera mantener dentro los sollozos que atormentaban su alma. Luego se abrió a él, sacando la mano con la que se había secado las lágrimas la extendió hacia él.
Rehv se desmaterializó a través de la habitación. Porque correr le hubiera llevado demasiado tiempo.
Agachándose a su lado, tomó la palma de su mano entre las suyas y se llevó los fríos dedos hasta la mejilla.
—Lo siento mucho, Bella. Lo siento mucho por ti y por Mahmen. Traté de disculparme con ella por mi nacimiento… te juro que lo hice. Es sólo… que hablar de ello era demasiado duro para ella y para mí.
Los luminosos ojos azules de Bella se alzaron hasta los suyos, las lágrimas que había en ellos aumentaban la belleza de su mirada.
—Pero, ¿por qué deberías disculparte? Nada de esto fue culpa tuya. Eras inocente… totalmente inocente. Esto no fue culpa tuya, Rehvenge. No. Fue. Culpa. Tuya.
Se le detuvo el corazón cuando se dio cuenta… que eso era precisamente lo que había necesitado oír. Toda su vida se había culpado por nacer y había deseado reparar el daño por el crimen cometido contra su madre, cuyo resultado había sido… él.
—No fue obra tuya, Rehvenge. Y ella te amaba. Con todo su ser, Mahmen te adoraba.
No supo cómo sucedió, pero de repente su hermana estaba entre sus brazos, apretada estrechamente contra su pecho, ella y su pequeña estaban dentro del refugio de fuerza y amor que les ofrecía.
La nana que salió de sus labios era poco más que un suspiro… no había palabras en la apacible melodía porque su garganta se rehusaba a dejarlas pasar. Lo único que salía de él era el ritmo de la antigua rima.
No obstante, eso era todo lo que necesitaban… aquello que no se escuchaba fue suficiente para traer el pasado al presente y unir a hermano y hermana una vez más.
Cuando Rehvenge no pudo continuar más, ni siquiera con lo poco que estaba haciendo, apoyó la cabeza en el hombro de su hermana y entonó con la garganta para que la melodía continuara fluyendo…
Y durante todo ese tiempo la próxima generación durmió profundamente, rodeada de su familia.

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