jueves, 26 de mayo de 2011

GUIA DE LA HERMANDAD DE LA DAGA NEGRA/PADRE MIO CAPITULO 7 8 9

Capítulo 7

Eran cerca de las cinco de la tarde siguiente cuando finalmente Zsadist se despertó del todo. Se sentía bien estar en su propia cama. Lo que no se sentía tan bien era la escayola que tenía en la parte inferior de la pierna.
Girando sobre sí mismo, abrió los ojos y miró a Bella. Estaba despierta y mirándolo fijamente.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—Bien. —Al menos físicamente hablando. El resto de él, su estado mental y emocional, ya era otra cuestión.
—¿Te gustaría comer algo?
—Sí. Un poquito. —Lo que realmente deseaba era permanecer acostado y poder perderse en la mirada de su shellan durante un rato.
Bella se tendió de espaldas y se puso a mirar el techo.
—Me alegra que habláramos —dijo él. Aunque odiaba su pasado con todas sus fuerzas, haría cualquier cosa para evitar que ella se fuera, y si eso significaba que tenía que conversar, no pararía de hablar hasta que su laringe dejara de funcionar.
—A mi también.
Frunció el ceño, sintiéndola distante.
—¿En qué piensas?
Después de un momento dijo suavemente:
—¿Aún me deseas?
Literalmente hablando, tuvo que dar una sacudida. Era imposible que estuviera preguntándole…
Buen Dios, por supuesto que te quiero como shellan. La idea de que me dejes es sencillamente…
—Me refería a sexualmente.
Parpadeó, pensando en la tremenda erección que había tenido la noche anterior…solo por observarla secarse.
—¿Cómo podría no hacerlo?
Volvió la cabeza hacia él.
—No te alimentas de mi y no has tratado de acercarte a mi… bueno, yo tampoco lo he hecho pero quiero decir…
—En este momento Nalla te necesita más.
—Pero tú también… al menos mi vena. —Hizo un gesto con la cabeza señalando el cuerpo de él—. ¿Te hubieras roto la pierna de haber estado bien alimentado? Probablemente no.
—No lo sé. Atravesé el suelo… y caí sobre cristal.
—¿Cristal?
—Una araña.
—Dios…
Se produjo un largo silencio, y él se preguntó que quería ella que hiciera. ¿Estaría abriendo la puerta para…?
Sólo ante la perspectiva de tener sexo, su cuerpo despertó igual de rápido que si ella hubiera hecho sonar un gong con un tremendo golpe, de esos para los que tomas impulso llevando los brazos hacia atrás de tu hombro para descargarlo con fuerza.
Salvo que Bella permaneció en su lugar. Y él permaneció en el suyo.
Cuando el silencio se extendió, se puso a pensar cuán cerca de un abismo sin retorno estaban. Si no tomaban medidas para volver a sintonizar…
Se estiró a través de las sábanas, tomó su mano, y la guió hacia su cuerpo.
—Te deseo —dijo mientras la ponía sobre su erección. Ante el contacto, dejó escapar un gemido e hizo ondular las caderas, presionándose contra la palma de su mano—. Oh... joder… cuanto te extrañé.
El hecho de que Bella pareciera sorprendida le hizo sentirse avergonzado y pensó en cuando la había visto en el cuarto de baño secándose con la toalla. Ahora se daba cuenta de que cuando se había detenido para observarse en el espejo, había estado inspeccionando su cuerpo… buscando defectos que antes no hubieran estado allí. Y el motivo de que se cubriera a sí misma cuando le vio, no fue porque no quisiera llamar su atención, sino porque estaba segura de que él ya no se sentía atraído hacia ella.
Le movió la mano hacia arriba y hacia abajo sobre su miembro.
—Ansío tocarte otra vez. Por todos lados.
Ella se le acercó, desplazándose entre las sábanas.
—¿En serio?
—¿Cómo podría no hacerlo? Eres la hembra más perfecta que he visto en mi vida.
—Aún incluso después de…
Se lanzó rápidamente hacia delante y presionó sus labios contra los de ella.
—Especialmente después. —Se retiró para poder ver sus ojos y leer en ellos—. Te ves igual de hermosa que la primera vez que te vi en el gimnasio hace tantas noches y tantos días. En ese momento hiciste que se me detuviera el corazón… lo inmovilizaste directamente dentro de mi pecho. Y sigues provocándome lo mismo.
Ella parpadeó rápidamente, y él le besó las lágrimas.
—Bella… si lo hubiera sabido, hubiera dicho algo… hecho algo. Simplemente asumí que sabías que para mí nada había cambiado.
—Desde que nació Nalla, todo ha sido diferente. El ritmo de mis noches y mis días. Mi cuerpo. Nuestra relación. Así que simplemente asumí…
—Tócame —gimió, arqueándose hacia ella—. Tócame y date cuenta… Oh, Dios.
Lo tocó, sí que lo tocó. Le envolvió con ambas manos y acarició de arriba, abajo recorriendo su dura longitud.
—¿Te gusta esto? —susurró.
Todo lo que él pudo hacer fue asentir y gemir. Con ella agarrándole de esa forma, rodeándole con las palmas, acariciándole, su cerebro se había fundido.
—Bella… —extendió las manos vendadas, luego se detuvo—. Malditas vendas…
—Yo te las quitaré. —Presionó los labios contra los de él—. Y entonces podrás poner las manos donde quieras…
Mierda.
Se corrió. Justo allí y en aquel momento. Pero en vez de sentirse decepcionada, Bella simplemente rió de esa forma profunda y gutural de una hembra que sabe que está a punto de tener sexo con su macho.
Reconoció el sonido. Lo amaba. Lo extrañaba. Necesitaba sentirlo…
Desde el otro lado de la habitación Nalla soltó un llantito de precalentamiento que rápidamente cobró fuerza hasta convertirse en un aullido a todo pulmón de necesito-a-mi-mahmen-AHORA.
Bella sintió como la erección de Z se desinflaba y fue bien consciente de que la causa no era que acabara de liberarse. Era capaz de continuar sin parar durante cuatro o cinco orgasmos... y eso en una noche normal, no después de un período de sequía de meses y meses de duración.
—Lo siento tanto —dijo, mirando hacia la cuna por encima de su hombro, sintiéndose desgarrada sin saber a quién atender.
Zsadist tomó su rostro entre las manos vendadas y la giró hacia él.
—Ve a ocuparte de la niña. Yo estaré bien.
No había ningún tipo de censura en su expresión ni en su tono de voz. Pero en definitiva nunca lo había habido. Nunca había estado resentido con Nalla; en todo caso se había sacrificado demasiado.
—Yo solo…
—Tómate tu tiempo.
Se bajó de la cama y fue hacia la cuna. Nalla extendió las manitos y se calmó un poco… sobre todo cuando la levantó.
Bien. Tenía el pañal mojado y estaba hambrienta.
—No tardaré mucho.
—No te preocupes. —Z se recostó contra las sábanas de satén negro, su rostro con cicatrices ya no tenía una expresión hambrienta, su cuerpo estaba relajado y no sobreexcitado.
Esperaba que fuera debido a que el orgasmo lo había relajado. Temía que fuera debido a que no pensaba que ella fuera a regresar pronto.
Bella salió disparada hacia la habitación de los niños, hizo un rápido cambio de pañales, luego fue hacia la mecedora y le dio a Nalla lo que necesitaba. Mientras sostenía a su bebé y se mecía, se dio cuenta de cuan cierto era que tener un bebé lo cambiaba todo.
Incluido el concepto del tiempo.
Lo que había tenido intenciones que fuera una rápida alimentación de quince minutos se convirtió en un ajetreo de dos horas, regurgitación, alboroto, alimentación, regurgitación, eructo, llanto, cambio de pañales, alboroto, maratón de alimentación.
Cuando finalmente Nalla se calmó, Bella dejó caer la cabeza hacia atrás contra la mecedora en un conocido estado de agotamiento y satisfacción.
El trabajo de madre era asombroso, transformador, y un poquito adictivo… y ahora podía entender por qué las hembras se centraban demasiado en sus retoños. Te sentías completa cuidándolos y haciendo lo que era adecuado para ellos. También como madre eras todopoderosa. Cuando se trataba de Nalla todo lo que ella decía se hacía.
Sin embargo el asunto era, que extrañaba ser la shellan de Z. Extrañaba despertarse con él moviéndose encima de ella, caliente y hambriento. Extrañaba la sensación de colmillos hundiéndose en su garganta. Extrañaba la forma en que ese rostro con cicatrices se veía después de que habían hecho el amor, todo sonrojado y tierno, lleno de reverencia y amor.
El hecho de que fuera tan duro con el resto del mundo, incluidos los hermanos, hacía que su dulzura para con ella fuera aún más especial. Siempre había sido así.
Dios, ese sueño que tenía. No estaba dispuesta a admitir que lo había cambiado todo entre ellos, pero había cambiado lo suficiente para que ahora no estuviera dispuesta a dejarlo. De lo que no estaba segura era de lo que seguía a continuación. Z requería más ayuda de la que ella podía proveerle. Necesitaba la intervención de un profesional, no solo el amoroso apoyo de su compañera.
Tal vez había una forma en la que Mary pudiera intervenir. Tenía experiencia como consejera y había sido la que le había enseñado a leer y escribir. De ninguna forma hablaría con un extraño, pero con Mary…
Ah, infiernos, no había manera de que fuera a hablar con la shellan de Rhage acerca de las idas y venidas de su pasado. Las experiencias habían sido demasiado terribles y el dolor había calado muy hondo. Además odiaba ponerse emocional frente a cualquier otra persona.
Bella se levantó y puso a Nalla en la cuna más pequeña que había en la habitación de los niños… por si existía una remota posibilidad de que Zsadist siguiera en la cama, desnudo y de humor.
No estaba. Estaba en el cuarto de baño, y a juzgar por el zumbido y el ruido de la ducha, se estaba cortando el cabello en la ducha. En la mesilla de noche había un par de tijeras y las vendas que había tenido en las manos, y todo lo que se le ocurrió fue que le hubiera gustado hacer eso por él. Sin duda la había esperado y esperado y esperado, y luego se había dado por vencido, no sólo acerca del sexo sino que también acerca de la ayuda. Debía haber luchado para hacer funcionar las tijeras con solo las puntas de sus dedos libres… pero dada la hora que era, o se sacaba la venda él mismo o se quedaba sin ducha antes de salir a luchar.
Bella se sentó en la cama y se encontró a si misma arreglando la abertura de su bata para que cuando cruzara las piernas permanecieran cubiertas. Se dio cuenta que ese era un ritual familiar, el esperarlo a que saliera del baño. Cuando Z terminara de ducharse y saliera con una toalla envuelta, hablarían de naderías mientras se vestía dentro de su armario. Luego después de que él bajara para la Primera Comida ella tomaría un baño y se vestiría en igual intimidad.
Dios, se sentía pequeña. Pequeña comparada con los problemas que tenían y las demandas de su hija y el hecho de que deseaba un amante como hellren, no un educado compañero de habitación.
El golpe en la puerta la sobresaltó.
—¿Sí?
—Soy la doctora Jane.
—Entra.
La doctora metió la cabeza por una rendija de la puerta.
—Hola, ¿está él aquí? Pensé en quitarle las vendas… Ok, evidentemente ya os habéis encargado de esa parte.
Aunque la doctora sacó la conclusión equivocada, Bella mantuvo la boca cerrada.
—Debería salir de la ducha pronto. ¿Puede quitarse la escayola?
—Supongo que sí. ¿Por qué no le dices que cuando esté listo se encuentre conmigo en la sala de primeros auxilios y fisioterapia? Estoy trabajando en la ampliación de las instalaciones médicas, así que estaré dando vueltas por allí con mi cinturón de herramientas.
—Así lo haré.
Hubo un largo momento en el que solo se oyó el zumbido del la máquina de afeitar y la ducha corriendo como telón de fondo.
La doctora Jane frunció el ceño.
—¿Estás bien, Bella?
Forzando una sonrisa, levantó ambas manos en modo defensivo.
—Estoy perfectamente saludable. No necesito que me examinen. Nunca más.
—Eso lo creo. —Jane sonrió, luego miró la puerta del cuarto de baño—. Escucha… tal vez deberías ir a enjabonarle la espalda, si entiendes lo que quiero decir.
—Lo esperaré.
Se hizo otro silencio.
—¿Puedo hacer una sugerencia que es absolutamente impertinente?
—Es difícil imaginar que puedas ser más impertinente de lo que ya has sido —dijo Bella haciendo un guiño.
—Hablo en serio.
—Está bien.
—Mantén la cuna de Nalla en la habitación infantil y deja la puerta casi cerrada del todo mientras duerma allí. Cómprate un monitor para bebés para que puedas escucharla. —La doctora Jane paseó la vista por la habitación—. Este es el dormitorio que compartes con tu esposo… necesitas ser algo más que una mamá, y él necesita tenerte para él solo un ratito todos los días. Nalla estará bien y es importante que se acostumbre a dormir sola.
Bella miró la cuna. La idea de sacarla de la habitación era extraña e irracionalmente aterradora. Como si estuviera arrojando su hija a los lobos. Salvo que si quería más que un compañero de habitación, necesitaban el tipo de espacio que no tenía nada que ver con metros cuadrados.
—Esa podría ser una buena idea.
—He trabajado con mucha gente que ha tenido hijos. A los médicos les gusta procrear. Que puedo decir. Después que nace el primero, siempre hay un período de adaptación. No significa que haya nada malo con el matrimonio, solo quiere decir que deben forjarse nuevos lazos.
—Gracias… en serio, te lo agradezco.
La doctora Jane asintió.
—Si me necesitas sabes que siempre puedes contar conmigo.
Cuando la puerta se cerró, Bella fue hacia la cuna y acarició las cintas de satén multicolor que colgaban de sus barrotes. Mientras los frescos trozos se deslizaban entre sus dedos, pensó en la ceremonia de compromiso y en todo el amor que le habían transmitido. Nalla siempre sería adorada en esa casa, cuidada, protegida.
Tuvo un momento de pánico cuando soltó los frenos y comenzó a hacer rodar la cunita hacia la habitación de los niños… pero iba a superarlo. Tenía que superarlo. Y compraría un monitor para bebés inmediatamente.
Puso la cuna cerca de la que había allí, en la que Nalla nunca dormía tan bien. Incluso en ese momento la pequeña tenía la frente arrugada, y estaba haciendo girar los brazos y las piernas, señal segura de que pronto se iba a despertar.
—Shhh, mahmen ya te tiene. —Bella levantó a la niña y la puso en su sitio preferido. El bebé resopló y definitivamente gorjeó mientras se acomodaba y sacaba la manito a través de los barrotes, y agarraba la cinta roja y negra de Wrath y Beth.
Esto era prometedor. Una respiración profunda y una barriga llena significaban un sueño largo y reparador.
Al menos Nalla no se sentía abandonada.
Bella volvió a su dormitorio. El cuarto de baño estaba en silencio, y cuando asomó la cabeza por la puerta, vio el vapor dejado en el aire por la ducha y captó el aroma a champú de cedro.
Se había ido.
—¿Mudaste la cuna?
Se giró. Z estaba de pie junto a las puertas dobles de su armario, con los pantalones de cuero puestos y la camisa negra colgando de la mano. Su pecho, con la marca de la Hermandad y los aros en los pezones, brillaba con el resplandor de la luz que se derramaba sobre sus hombros.
Bella miró hacia el lugar dónde siempre había dormido Nalla.
—Bueno, este es… ya sabes, nuestro espacio. Y, ah, ella estará bien en la otra habitación.
—¿Estás segura de que te sentirás a gusto con este arreglo?
¿Si eso significaba que iba a poder estar con él como su shellan?
—Nalla estará bien. Si me necesita está en la puerta contigua a la nuestra, y durante el día ha empezado a dormir durante largos intervalos así que… sí, me siento bien acerca de ello.
—¿Estás… segura?
Bella levantó la vista hacia él.
—Sí. Absolutamente segura…
Z tiró la camisa, se desmaterializó justo hasta su lado, y la tiró en la cama, prácticamente derribándola. Su aroma vinculante se volvió loco mientras su boca se apoderaba de la de ella y su duro y pesado cuerpo la presionaba contra el colchón. Sus manos fueron rudas con el camisón, desgarrándolo y tironeando de los extremos para abrirlo. Cuando sus senos estuvieron expuestos, lanzó un profundo y bajo gruñido.
—Oh, … —gimió ella, igual de desesperada que él.
Metió las manos entre sus caderas unidas y se rompió una uña al desabrochar el botón y bajarle el cierre de su bragueta…
Z dejó escapar otro sonido animal cuando su erección asomó y cayó en la mano de ella. Retrocedió y casi destroza sus pantalones de cuero al tratar de bajárselos por las piernas y hacerlos pasar por encima de la escayola. Después de luchar un momento, los dejó alrededor de sus rodillas con un «a la mierda con ellos».
Volvió a saltar sobre ella, terminó de desgarrarle el camisón, y le abrió los muslos ampliamente. Pero en ese momento se detuvo, con una mirada de preocupación en el rostro que amenazaba con superar a la pasión. Abrió la boca, con la clara intención de preguntarle si a ella le parecía bien…
—Cállate y entra —ladró ella, agarrándolo por la nuca y tirando de él hacia sus caderas.
Rugió y penetró en su centro, la intrusión fue como una bomba que estalló en su cuerpo, las chispas se dispararon a través de todo su ser, prendiendo su sangre. Le apretó con fuerza el culo mientras las caderas de él la taladraban hasta que la siguió a dónde ella ya había llegado, corriéndose con fuerza en un espasmo que hizo que se le contrajera hasta el torso.
En cuanto terminó, tiró la cabeza hacia atrás, desnudó los colmillos y siseó como un gran gato. Arqueando la espalda contra la almohada, dobló la cabeza hacia un costado, ofreciéndole la garganta para que él…
Cuando Zsadist la mordió fuerte y profundamente, tuvo otro orgasmo, y mientras tomaba de su vena el sexo continuó desarrollándose. Era aún mejor de lo que lo recordaba, sus músculos y sus huesos se agitaban encima de ella, su piel era muy suave, su aroma vinculante la rodeaba con esa singular esencia oscura y especiada.
Cuando terminó de alimentarse y correrse… solo Dios sabía cuantas veces… su cuerpo se quedó inmóvil y le lamió la garganta para cerrar la herida de la mordida. Las lentas y deliciosas caricias de su lengua hicieron que volviera a desearlo, y como si le hubiera leído el pensamiento, rodó sobre su espalda y la llevó con él, manteniéndolos unidos.
—Jódeme —demandó, con los salvajes ojos amarillos clavados en sus pechos.
Ella se agarró sus propios pechos dónde él tenía la vista fija y se pellizcó los pezones mientras lo montaba lentamente. Sus gemidos y la forma en que le apretaba las rodillas con las manos la hacían sentir más hermosa que cualquiera palabra que hubiera podido decir.
—Dios… te extrañaba —dijo él.
—Yo también. —Dejando caer las manos sobre los hombros de él, se inclinó y balanceó las caderas con más libertad.
—Ah, mierda, Bella… toma mi vena…
La invitación fue aceptada antes de que terminara de emitirla y no fue más suave de lo que lo había sido él. Su sabor era espectacular, y más intenso de lo que lo había sido nunca. Desde el nacimiento, cada vez que se había alimentado había sido algo… cortés. Pero esto era algo puro, un combinado de champán de poder y sexo, no solo nutrición.
—Te amo —suspiró él mientras ella se alimentaba.
Hicieron el amor cuatro veces más.
Una vez más en la cama.
Dos veces en el suelo en medio del camino hacia el cuarto de baño.
Y otra vez más en la ducha.
Luego se envolvieron en gruesas toallas blancas y se volvieron a meter en la cama.
Zsadist la acomodó contra su costado y le besó la frente.
—¿Quédó aclarado todo el asunto acerca de si todavía me siento atraído por ti?
Ella rió, recorriendo con la mano sus abultados pectorales para luego bajar hacia su abdomen bien demarcado. Hubiera jurado que podía sentir sus músculos vigorizándose debajo de su palma, su cuerpo sirviéndose de lo que había obtenido de la alimentación. El hecho de que estuviera fortaleciéndose debido a ella la hizo sentir orgullosa… pero más que nada, la hizo sentir conectada a él.
La Virgen Escriba había sido muy inteligente al crear una raza que necesitaba alimentarse de si misma.
—¿Y bien? ¿Quédó claro? —Z rodó para ponerse sobre ella, su rostro con cicatrices esbozando una sonrisa de soy-el-mejor—. ¿O tengo que volver a demostrártelo?
Ella le recorrió los fuertes brazos con las manos.
—No, creo que quedó… ¡Z!
—¿Qué? —dijo arrastrando la palabra mientras se abría camino entre sus piernas otra vez—. Lo siento. No puedo evitarlo. Todavía estoy hambriento. —Le rozó la boca con la de él tan suavemente como si fuera un suspiro—. Mmm…
 Sus labios bajaron hacia su cuello y acarició con la nariz la marca de la mordida, como si le estuviera dando las gracias.
—Mmm… mía —gruñó.
Siempre despacio, siempre suave… su boca siguió bajando, hacia sus pechos. Se detuvo sobre el pezón.
—¿Los tienes sensibles? —preguntó, frotando la punta con la nariz, y lamiéndola luego.
—Sí… —se estremeció cuando sopló sobre el lugar donde recién había estado su lengua.
—Lo parecen. Todos enrojecidos, inflamados y hermosos. —Tuvo muchísimo cuidado con sus pechos, acariciándolos con las manos y besándolos delicadamente.
Cuando bajó por su estómago ella comenzó a acalorarse y a ponerse inquieta otra vez, y él le sonrió.
—¿Has extrañado mis besos, amada compañera? ¿Los que me gusta darte entre los muslos?
—Sí —se ahogó mientras la anticipación vibraba a través de su cuerpo. A juzgar por la erótica sonrisita que tenía en el rostro y el maligno brillo que tenía en su mirada amarilla, volvía a ser una vez más un macho con planes y una agenda muy amplia.
Se elevó sobre las rodillas.
—Abre las piernas para mi. Me gusta observarte… Oh… mierda… . —Se frotó la boca como si estuviera haciendo precalentamiento—. A eso mismo me refiero.
Junto los hombros con fuerza mientras descendía como un gato sobre un tazón de crema… mientras ella se comportaba como una ehros, brindándose a si misma, dispuesta para él y su húmeda y ardiente boca.
—Quiero tomarme las cosas con calma —murmuró contra su centro mientras ella gemía su nombre—. No quiero acabar con mi premio demasiado rápido.
Ese no iba a ser un problema, pensó ella. Para él, ella podía ser como un pozo sin fondo…
Su lengua se deslizó dentro de ella, penetrándola ansiosamente, luego nuevamente volvió a las caricias lentas y apacibles. Mirando hacia abajo a lo largo de su cuerpo, vio que estaba observándola con los ojos color citrino brillantes… y como si hubiera estado esperando que le mirara, comenzó a revolotear la lengua en la parte superior de su sexo hacia atrás y hacia delante.
Observar como la punta rosada acariciaba su piel volvió a lanzarla por encima del borde.
Zsadist… —gimió, agarrándole la cabeza e impulsando las caderas hacia arriba.

No había nada más delicioso que estar entre las piernas de tu shellan.
No era solo el sabor; eran los sonidos y los aromas y la forma en que te miraba con la cabeza inclinada hacia un costado y los labios rosados abiertos para poder respirar, Era el suave centro de tu hembra que se empapaba contra tu boca y la confianza que te tenía para dejarte acercar tanto. Era todo lo íntimo, sensual y especial…
Y la clase de cosa que podrías hacer interminablemente.
Mientras su shellan dejaba escapar el más increíble de los gemidos y comenzaba a tener un orgasmo, Zsadist trepó por su cuerpo y entró en ella para poder sentir las contracciones sobre su polla.
Cuando se corrió dentro de ella le puso la boca cerca del oído.
—Lo eres todo para mi.
Luego mientras descansaban juntos, se quedó mirando fijamente su abdomen por encima de sus pechos y pensó en lo asombroso que era su cuerpo en comparación con el de él. Sus curvas y su fuerza femenina habían creado un nuevo ser, había provisto de un lugar protegido para que ambos se unieran químicamente y originaran una vida.
Ellos dos.
—Nalla… —susurró—. Nalla tiene…
Sintió que ella se tensaba.
—¿Tiene qué?
—Nalla tiene mis ojos. ¿No es así?
La voz de su shellan se volvió suave y cautelosa, como si no quisiera ahuyentarlo.
—Sí, sí los tiene.
Z puso la mano sobre el estómago de Bella y trazó círculos sobre su tensa piel, como ella lo había hecho tantas veces durante su embarazo. Ahora se sentía avergonzado de si mismo... avergonzado de no haber tocado su vientre ni una sola vez. Había estado tan preocupado acerca del nacimiento que la descollante redondez le había parecido una amenaza para la vida de ambos, y no algo por lo cual regocijarse.
—Lo siento —dijo abruptamente.
—¿Por qué?
—Tuviste que hacer todo esto sola, ¿no es verdad? No solo estos tres meses sino que antes también. Cuando estabas embarazada.
—Siempre estuviste allí para mi…
—Pero no para Nalla, y ella era una parte de ti. Es una parte de ti.
Bella levantó la cabeza.
—También es una parte de ti.
Pensó en los grandes y brillantes ojos amarillos del bebé.
—A veces también pienso que puede ser que se parezca un poco a mi.
—Es casi idéntica a ti. Tiene tu barbilla y tus cejas. Y su cabello… —la voz de Bella comenzó a sonar excitada, como si hiciera mucho tiempo que quería hablar con él acerca de todos los detalles de las facciones del bebé—. Su cabello va a ser exactamente igual al tuyo y el de Phury. ¿Y has visto sus manos? Sus dedos índices son más largos que sus dedos anulares, igual que los tuyos.
—¿En serio? —Joder qué clase de padre era que no sabía todas esas cosas.
Bueno, eso era algo fácil de responder. Hasta ese momento no había sido ningún tipo de padre.
Bella extendió la mano.
—Tomemos una ducha, y luego ven conmigo. Deja que te presente a tu hija.
Z respiró hondo. Luego asintió.
—Eso me gustaría —dijo.

Capítulo 8

Al llegar a la puerta de la habitación de los niños, Zsadist volvió a comprobar por segunda vez si tenía la camisa apropiadamente metida dentro de sus pantalones de cuero, solo para estar seguro
Mmm, amaba el aroma de esa habitación. En su mente lo llamaba Inocencia con Esencia de Limón. Dulce como una flor, pero sin ser empalagosa. Fresca.
Bella le apretó la mano y lo guió hasta la cuna. Rodeada de cintas de satén que eran más grandes que ella, Nalla estaba acurrucada de costado, sus brazos y piernas recogidos, sus ojos cerrados con fuerza como si estuviera esforzándose mucho, mucho, mucho por permanecer dormida.
En el mismo instante en que Z miró por encima del borde de la cuna, se movió. Hizo un pequeño ruidito. Aún dormida estiró la mano, no en dirección a su madre, sino hacia él.
—¿Qué quiere? —preguntó como un idiota.
—Quiere que la toques. —Cuando no se movió, Bella murmuró—: Suele hacer este tipo de cosas cuando duerme… parece saber quién está a su alrededor y le gusta que le hagan pequeñas caricias.
A favor de su shellan, hay que decir que no lo forzó a hacer nada.
Pero Nalla no estaba contenta. Su manito y su bracito estaban estirados hacia él.
Z se limpió la mano en el frente de su camisa, luego la frotó un par de veces hacia arriba y hacia abajo sobre su cadera. Cuando la extendió hacia delante, le temblaban los dedos.
Nalla estableció la conexión. Su hija tomó su pulgar y lo sostuvo con tanta fuerza que él sintió un aguijonazo de puro y claro orgullo recorrerle el pecho.
—Es fuerte —dijo, sus palabras destilando aprobación por todas partes.
Junto a él Bella emitió un leve sonido.
—¿Nalla? —susurró él mientras se inclinaba. Su hija frunció los labios y le apretó aún más fuerte.
—No puedo creer cuanta fuerza tiene en el puño. —Dejó que su dedo índice acariciara suavemente la muñeca de su hija—. Suave… oh, Dios mío, es tan suave…
Nalla abrió los ojos. Y al enfrentar la mirada del mismo color dorado que la de él, se le detuvo el corazón.
—Hola…
Nalla parpadeó, le sacudió el dedo y lo transformó: todo se detuvo cuando movió no solo su mano, sino también su corazón.
—Eres igual a tu mahmen —susurró—. Haces que el mundo desaparezca para mi…
Nalla continuó moviendo su mano y gorjeó.
—No puedo creer la fuerza de su agarre… —levantó la vista hacia Bella—. Es tan…
Las lágrimas caían por el rostro de Bella, y tenía los brazos alrededor de su pecho como si estuviera tratando de no romperse en pedazos.
Su corazón volvió a conmoverse, pero por otro motivo.
—Ven aquí, nalla —dijo, alcanzando a su shellan con la mano libre y apretándola contra él—. Ven aquí con tu macho.
Bella enterró el rostro en su pecho y le encontró la palma con la de ella.
Mientras Z permanecía allí, sosteniendo a ambas, su hija y su pareja, se sentía como un gigante, más veloz que su Porsche Carrera y más fuerte que un ejército.
Su pecho se agitaba con renovado propósito. Esas dos, eran ambas suyas. De él y sólo de él, y debía cuidarlas. Una era su corazón y la otra un pedazo de sí mismo, y lo completaban, llenando vacíos que no sabía que tenía.
Nalla miró a sus padres y el más adorable de los sonidos salió de su boca, una especie de, Bueno, no es esto encantador, las forma en cómo se han solucionado las cosas.
Pero entonces su hija extendió la otra mano… y tocó la banda de esclavo de su muñeca.
Z se puso rígido. No pudo evitarlo.
—Ella no sabe lo que son —dijo suavemente Bella.
Él inspiró hondo.
—Lo sabrá. Algún día sabrá exactamente lo que son.

Antes de bajar a ver a la doctora Jane, Z pasó más tiempo con sus damas. Ordenó algo de comida para Bella, y mientras la preparaban observó por primera vez como se alimentaba su hija. Nalla se durmió inmediatamente después, con un perfecto sentido de la oportunidad, ya que Fritz justo llegaba con la comida. Z alimentó a su shellan con su propia mano, complaciéndose enormemente al elegir las mejores partes de la pechuga de pollo, los arrolladitos caseros y los tallos de brócoli para ella.
Cuando el plato estuvo limpio y el vaso de vino vacío, limpió la boca de Bella con una servilleta de damasco mientras a ella se le cerraban los párpados. Después de arroparla, la besó, recogió la bandeja, su shitkicker izquierda y salió.
Cuando cerró la puerta silenciosamente, y el picaporte emitió un chasquido, estaba resplandeciente de la alegría. Sus hembras estaban alimentadas, dormidas y a salvo. Había cumplido con su trabajo.
¿Trabajo? Más bien valía decir misión en la vida.
Miró hacia la puerta de la habitación de los niños y se preguntó si, como macho, te vinculabas con tus hijos o no. Él siempre había oído decir que era solo con tu shellan… pero estaba comenzando a sentir serios instintos protectores respecto a Nalla. Y ni siquiera la había levantado aún. ¿Después de dos semanas de convivir con ella? Era propenso a convertirse en una bomba H si algo llegaba a amenazarla.
¿Era eso lo que significaba ser padre? No lo sabía. Ninguno de sus hermanos tenía hijos y no se le ocurría a quién más podría preguntarle.
Dirigiéndose hacia las escaleras, cojeó a lo largo de la sala de las estatuas, bota, escayola, bota, escayola, bota, escayola… y mientras caminaba se miraba las muñecas.
En la planta baja llevó los platos a la cocina y le dio las gracias a Fritz, luego fue hacia el túnel que llevaba al centro de entrenamiento. Si la doctora Jane se había cansado de esperarlo, él mismo se quitaría el yeso.
Saliendo por el armario de la oficina, oyó el gemido agudo de una sierra de mesa y siguió el chirrido hasta el gimnasio. En el camino iba pensando que tenía muchas ganas de ver como estaba marchando la nueva clínica de Jane. Las tres plazas para tratamiento que estaban siendo construidas en uno de los auditorios del complejo, estaban diseñadas para funcionar tanto como salas de cirugía o reservados para pacientes, y el equipo iba a ser de última generación. La doctora Jane estaba invirtiendo en un equipo de TAC[1], radiología y tecnología de ultrasonido así como también en un sistema de registros médicos electrónico y un servidor de herramientas de cirugía de alta tecnología. Con una sala de suministros digna de un departamento de emergencias totalmente funcional, la meta era evitar que la Hermandad utilizara la clínica de Havers.
Eso era más seguro para todos. Gracias a V, el complejo de la Hermandad estaba rodeado de mhis, pero no se podía decir lo mismo del lugar dónde ejercía Havers… como había quedado demostrado el verano anterior cuando la clínica había sido saqueada. Considerando que a los hermanos podían seguirlos en cualquier momento, lo más prudente era mantener la mayor parte de las cosas que los involucrara dentro de casa.
Z abrió una de las puertas de metal del gimnasio y se detuvo. Bueno, guau. Evidentemente la doctora Jane tenía una vena de Esta casa es una ruina.
Anoche, cuando a Z lo habían ingresado en camilla, todo había estado igual que siempre. Ahora, menos de veinticuatro horas después, un hueco de unos cuatro metros por dos había sido abierto en la pared de bloques de cemento que había al otro lado de la habitación. A través de la abertura podías ver el auditorio que iba a ser remodelado, y justo frente al hueco la compañera de V estaba cortando con la sierra un tablón de madera de dos por cuatro, sus manos aparecían sólidas, el resto de ella transparente como un fantasma.
Cuando vio a Z, dejó el tablón y apagó la maquina.
—¡Hey! —gritó mientras se desvanecía el estruendo—. ¿Estás listo para que te quite esa escayola?
—Sí. Y obviamente eres buena con la sierra.
—Será mejor que lo creas. —Sonrió y le señaló el hueco—. Entonces, ¿te gusta mi decoración de interiores?
—No te andas con pequeñeces.
—¿Qué quieres que te diga? Los martillos neumáticos son lo máximo.
—Estoy listo para el siguiente tablón —gritó V desde el auditorio.
—Casi está.
V entró llevando un cinturón de herramientas con un martillo y varios cinceles. Mientras se acercaba a su hembra, dijo:
—Oye, Z ¿cómo está tu pierna?
—Va a estar mejor una vez que la doctora Jane le quite el peso muerto. —Z hizo señas con la cabeza. —Colega, habéis estado trabajando duramente aquí.
—Sí, deberíamos poder poner los marcos esta noche.
La doctora Jane le entregó el tablón a su macho y le dio un beso rápido, su rostro volviéndose sólido al tocarse.
—Vuelvo enseguida. Sólo voy a quitarle la escayola.
—No hay prisa. —V saludó a Zsadist con la cabeza—. Te ves bien. Me alegro.
—Tu hembra es una hacedora de milagros.
—Eso es cierto.
—Ok, ya basta de inflarse el ego el uno al otro chicos. —Sonrió y volvió a besar a su compañero—. Vamos, Z. Terminemos con esto.
Cuando ella se volvió, los ojos de V siguieron su cuerpo… lo que sin lugar a dudas significaba que en cuanto Zsadist se hubiera ido, la nueva clínica no iba a ser la única cosa que iba a recibir atención.
Cuando la doctora Jane y Z llegaron a la sala de primeros auxilios y fisioterapia, él entró y se subió a la camilla de un salto.
—Pensé que tal vez querrías usar esa sierra conmigo.
—Nah. En tu linaje ya hay una persona con una pierna de menos. Dos sería una exageración. —Su sonrisa era amable—. ¿Sientes dolor?
—Nop.
Hizo rodar un aparato de rayos X portátil.
—Levanta la pierna… perfecto. Gracias.
Cuando ella se le acercó con un campo quirúrgico, lo tomó de sus manos y se lo colocó encima.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo.
—Sip. Pero primero déjame terminar con esto. —Ajustó el lente de la máquina y sacó una toma, un corto zumbido se elevó dentro de la habitación. Después de mirar la pantalla del ordenador, le dijo—: De costado, por favor.
Rodó y ella le giró la pierna. Luego de otro rápido zumbido y otra mirada al monitor, dijo:
—Ok, puedes sentarte. La pierna se ve genial, así que vamos a librarte de la notable creación de yeso que hice.
Le entregó una sábana y se dio la vuelta mientras él se sacaba los pantalones de cuero. Luego trajo una sierra de acero inoxidable y cuidadosamente se puso a trabajar sobre la escayola.
—¿Qué querías preguntarme? —dijo por sobre el zumbido, mientras trabajaba.
Z se frotó la banda de esclavo de la muñeca izquierda, luego extendió el brazo hacia ella.
—¿Realmente piensas que me puedo librar de estas?
Jane hizo una pausa, con la sierra aún encendida, sin duda ordenando sus pensamientos no solo desde el punto de vista médico sino también desde el personal. Hizo un ruidito, como una especie de huh, y rápidamente terminó de serrar el yeso.
—¿Quieres limpiarte la pierna? —preguntó ofreciéndole un paño mojado.
—Sí. Gracias.
Después que terminó rápidamente de limpiarse, ella le dio algo con lo que secarse.
—¿Te importaría que mirara tu piel de cerca? —dijo, señalando su muñeca. Cuando él negó con la cabeza, se inclinó sobre su brazo.
—Quitarse tatuajes con láser es común entre los humanos. No tengo la tecnología necesaria aquí, pero si te parece bien, se me ocurre una idea de cómo podríamos hacer el intento. Y de quién podría hacerlo.
Miró fijamente hacia abajo, a la banda negra y pensó en la manito de su hija contra la densa tinta negra.
—Creo… sí, creo que me gustaría intentarlo.

Cuando Bella se despertó, y se desperezó en su cama de emparejada, se sentía como si hubiera estado de vacaciones durante un mes. Sentía el cuerpo renovado y fuerte… así como dolorido en todos los lugares adecuados. Y a pesar de la ducha que se había dado más temprano, el aroma de Z permanecía en toda su piel, y eso parecía algo absolutamente perfecto.
Por lo que decía el reloj de la mesilla de noche, había dormido unas dos horas, así que se levantó, se puso la bata y se lavó los dientes pensando que sería una buena idea que comprobara como estaba Nalla y luego tomara un pequeño aperitivo. Estaba de camino hacia la habitación de los niños cuando entró Z.
No pudo evitar sonreír radiantemente.
—Te quitaron la escayola.
—Mmm-hmmm… ven aquí, hembra. —Se acercó a ella, la envolvió en sus brazos, y la inclinó hacia atrás de forma que ella tuvo que aferrarse a sus brazos para mantenerse erguida. La besó lenta y largamente, frotando la parte inferior de su cuerpo y la enorme erección contra la unión de sus muslos.
—Te extrañé —ronroneó contra su garganta.
—Acabas de tenerme, hace sólo dos horas…
La silenció introduciendo la lengua dentro de su boca, y también moviendo sus manos que fueron a terminar sobre su trasero. La llevó hacia el alféizar de una de las ventanas, la subió a la moldura, se abrió el cierre, y…
—Oh… Dios —gimió con una sonrisa.
Sí, este… este era el macho al que conocía y amaba. Siempre hambriento de ella. Siempre queriendo estar cerca. Cuando empezó a moverse lentamente dentro de ella, recordó cómo había sido al principio, después de que por fin se abriera a ella. Le había sorprendido cuánto deseaba su cercanía, ya fuera durante las comidas, o cuando estaban con los hermanos o durante el día cuando dormían. Era como si estuviera tratando de compensar siglos de no tener un contacto cálido y afectuoso.
Bella le rodeó el cuello con los brazos y apoyó la mejilla contra su oreja, la suavidad de bebé del cabello rapado le acariciaba el rostro cuando se movía.
 —Voy a… necesitar tu ayuda —dijo mientras empujaba hacia delante y luego se retiraba.
—Lo que quieras… pero no te detengas…
—Ni… se me ocurriría… hacerlo… —el resto de lo que dijo se perdió cuando el sexo tomó el control—. Oh, Dios… ¡Bella!
Después de que hubieron terminado, su macho se retiró un poquito, con los ojos color citrino brillando como el champaña.
—A propósito… hola. Olvidé saludarte cuando entré.
—Oh, pienso que tu forma de saludarme estuvo muy bien, muchísimas gracias. —Lo besó en la boca—. Ahora… ¿ayuda?
—Vamos a arreglarte un poco —dijo arrastrando las palabras, la luz de su mirada amarilla indicándole que ese arreglo bien podía llevar a más enredo.
Lo que ciertamente ocurrió.
Cuando ambos estuvieron saciados y ella hubo tomado una tercera ducha, se envolvió en la bata y comenzó a secarse el cabello con una toalla.
—Ahora, ¿para qué necesitas mi ayuda?
Z se apoyó contra la encimera de mármol que estaba junto a los lavabos, se pasó la palma de la mano por el cráneo rapado, y se puso mortalmente serio.
Bella dejó lo que estaba haciendo. Como seguía callado, retrocedió y se sentó sobre el borde del jacuzzi para darle algo de espacio. Aguardó, con las manos abriéndose y cerrándose sobre su regazo.
Por alguna razón, mientras él permanecía allí ordenando sus ideas, se dio cuenta de que habían hecho muchas cosas en ese baño. Fue aquí dónde lo había encontrado vomitando luego de que la excitara por primera vez en aquella fiesta. Y después… después de que la rescató de los lessers, la había bañado en esa bañera. Y en la ducha que estaba al otro lado se había alimentado de él por primera vez.
Pensó en ese difícil período de sus vidas, en que ella recién acabada de salir de un secuestro y él luchaba contra la atracción que sentía por ella. Mirando hacia la derecha, recordó cuando lo había encontrado de pie sobre las baldosas debajo de una ducha helada, frotándose las muñecas, porque se creía impuro e incapaz de alimentarla.
Había demostrado ser muy valiente. Se necesitaba mucho valor para superar lo que le habían hecho lo suficiente como para confiar en ella.
Los ojos de Bella regresaron a él, y cuando se dio cuenta que se estaba mirando las muñecas, dijo:
—Intentarás quitártelas, ¿verdad?
Su boca se curvó formando una media sonrisa, elevando el lado deformado por el final de su cicatriz.
—Me conoces muy bien.
—¿Cómo lo harás? —Cuando terminó de explicárselo, ella asintió—. Es un plan excelente. Y te acompañaré.
La miró.
—Bien. Gracias. No creo que pudiera hacerlo sin ti.
Se puso de pie y se acercó a él.
—Eso es algo por lo que no tienes que preocuparte.

Capítulo 9

El doctor Thomas Wolcott Franklin III tenía el segundo mejor despacho del Hospital St. Francis.
Cuando se trataba de la calidad administrativa en cuanto a bienes inmuebles, el orden jerárquico lo determinaban los ingresos, y como jefe de Dermatología, T.W. estaba solo por debajo de otro jefe de departamento.
Por supuesto que el hecho de que su departamento tuviera tan buenas ganancias era debido a que él «lo vendía» como sostenían los acérrimos académicos. Bajo su liderazgo, dermatología no sólo se encargaba de lesiones, cáncer, quemaduras y enfermedades crónicas de la piel tales como soriasis, eczemas y acné sino que también tenía una subdivisión entera dedicada solamente a intervenciones cosméticas.
Liftings faciales. Liftings de cejas. Aumentos de pecho. Liposucciones. Bótox. Restylane. Y otras cien cirugías reparadoras. El modelado por razones de salud era un servicio privado practicado en un entorno académico, y los clientes adinerados amaban el concepto. El grueso de ellos provenía de la Gran Manzana… al principio hacían el viaje por el anonimato, obtenían tratamientos de primera clase fuera del estrecho círculo de la comunidad de cirujanos plásticos de Manhattan, pero además, perversamente, por el estatus. Hacerse un «trabajo» en Caldwell estaba de moda, y gracias a esa tendencia, solo el jefe de Cirugía, Manny Manello, tenía una oficina con mejores vistas.
Bueno, el cuarto de baño privado de Manello también tenía mármol en la ducha no solo en las encimeras y las paredes, pero, realmente ¿quién iba a notarlo?
A T.W. le gustaban sus vistas. Le gustaba su oficina. Amaba su trabajo.
Lo cual era algo bueno, ya que sus días comenzaban a las siete y terminaban (consultó el reloj), casi a las siete.
No obstante, esa noche, ya debería haberse ido. T.W. tenía programado un juego de raquetbol para todos los lunes a las siete de la tarde en el Caldwell Country Club… así que le confundía un poco el hecho de haber consentido a ver a un paciente a esa hora. De alguna forma había accedido y había hecho que su secretaria encontrara a alguien que le supliera en la cancha, pero ni aunque le fuera la vida en ello podría recordar los porqués y los quiénes que habían intervenido en todo el asunto.
Tomó la hoja impresa con su agenda, del bolsillo del pecho de su bata blanca y sacudió la cabeza. Justo al lado de las siete en punto estaba el nombre de B. Nalla y las palabras cirugía correctiva con láser. Joder, no tenía ningún recuerdo de cómo se había concertado esa cita o de quién era la persona o quién le había dado las referencias… pero nada entraba en esa tabla horaria sin su consentimiento.
Así que debía ser algo importante. O el paciente una persona importante.
Era evidente que estaba trabajando demasiado.
T.W. ingresó su clave en el sistema informático de registros médicos e hizo una nueva búsqueda de B. Nalla. La coincidencia más cercana era Belinda Nalda. ¿Error de tipografía? Podría ser. Pero su secretaria se había ido a las seis, y le parecía de mala educación interrumpirla mientras estaba cenando con su familia solamente por un ¿qué-demonios-es-esto?
Se puso de pie, comprobó su corbata y se abrochó la bata blanca, luego tomó unos documentos para revisar mientras esperaba que llegara B. Nalla o Nalda.
Mientras salía del último piso del departamento en el que había una serie de oficinas y áreas de tratamiento, pensaba en la diferencia que había entre allí arriba y la clínica privada que estaba en el piso de abajo. Eran como el día y la noche. Aquí la decoración era poco elegante, típica de un hospital, con alfombras oscuras de pelo corto, paredes color crema y muchas puertas color crema. Las láminas que estaban colgadas tenían marcos de acero inoxidable, y las plantas eran pocas y estaban bien dispersas.
¿En la parte de abajo? Era la tierra de los prestigiosos spa con servicio de conserjería y el tipo de lujos que la gente muy adinerada esperaba: las salas de tratamiento tenían ordenadores con pantalla plana, TV, DVD, sillones, sillas, pequeños refrigeradores Sub-Zero con zumos de frutas exóticas, servicio de pedido de comida a restaurantes, e Internet inalámbrico para los portátiles. La clínica incluso tenía un acuerdo recíproco con el Hotel Stillwell de Caldwell, la gran dama del alojamiento cinco estrellas de la parte norte del estado de Nueva York, para que los pacientes pudieran pasar la noche allí después de ser atendidos.
¿Excesivo? Sí. ¿Y se cobraba más por ello? Absolutamente. Pero la realidad era, que los reembolsos que daba el gobierno federal eran bajos, las aseguradoras estaban negándose a aceptar sus servicios como procedimientos médicos necesarios a diestro y siniestro, y T.W. necesitaba fondos para cumplir su misión.
Proveer a los ricos era la forma de hacerlo.
El asunto era que, T.W. imponía dos reglas a sus médicos y enfermeras. Uno, ofrecer el mejor tratamiento del maldito planeta con mano compasiva. Y dos, nunca rechazar a un paciente. Jamás. Especialmente a las víctimas de quemaduras.
Sin importar cuan costoso o largo fuera el curso de tratamiento para un quemado, nunca decía que no. Especialmente a los niños.
¿Se le veía cómo un vendido ante la demanda comercial? De acuerdo. Ningún problema. Él no se jactaba acerca de lo que hacía en la parte en la que ofrecía cuidado gratuito, y si sus colegas de otras ciudades querían retratarlo como codicioso, aguantaría el golpe.
Cuando llegó a los ascensores, extendió la mano izquierda, en la que tenía una cicatriz, en la que le faltaba el meñique y tenía la piel veteada, y presionó el botón para descender.
Iba a hacer lo que fuera necesario para asegurarse de que los que estuvieran en la misma situación que él había vivido tuvieran la ayuda que necesitaban. Alguien lo había hecho por él, y eso había marcado toda la diferencia en su vida.
Abajo en el primer piso, giró a la derecha y caminó por un estrecho pasillo hasta que salió a la entrada con paneles de caoba de la clínica de estética. Su nombre estaba grabado con letras discretas sobre el vidrio, junto al de siete de sus colegas. No se mencionaba a qué especialidad médica se dedicaba la clínica.
Los pacientes le habían comentado que les encantaba el aire de exclusividad, de sólo-para-miembros que tenía.
Entró utilizando una tarjeta magnética. La recepción estaba en penumbra, y no debido a que hubieran disminuido la iluminación después de que hubiera terminado el horario de atención al público; las luces brillantes no eran favorecedoras para la gente de cierta edad, ya fuera pre o post operatorio, y además, la atmósfera confortante y tranquilizadora era parte del ambiente de spa que estaban intentando recrear. El suelo era de un suave color arena, las paredes eran de un alentador rojo oscuro, y en medio del área chispeaba una fuente en color blanco y crema con algunas rocas tostadas.
—Marcia —gritó, pronunciando el nombre MAR-si-uh, al estilo europeo.
—Aló, doctor Franklin —se escuchó una suave voz desde la parte trasera, dónde estaba la oficina.
Cuando Marcia apareció doblando la esquina, T.W. se puso la mano izquierda en el bolsillo. Como siempre, ella se veía como salida de Vogue con el cabello negro peinado hacia atrás y vistiendo un traje sastre negro.
—Su paciente no ha llegado todavía —dijo con una sonrisa serena—. Pero dispuse el segundo reservado de aplicación láser para que lo recibiera allí.
 Marcia era una mujer de cuarenta años perfectamente retocada casada con uno de los cirujanos plásticos y era, por lo que sabía T.W. la única mujer del planeta aparte de Ava Gardner que podía usar lápiz labial color rojo sangre y aún así parecer fina. Su guardarropa era de Chanel, y la habían contratado por un buen sueldo para que fuera el testimonio viviente del excelente trabajo que realizaba el equipo.
Y el hecho de que tuviera un aristocrático acento francés era un beneficio extra. Particularmente cuando se trataba de los nuevos ricos.
—Gracias —dijo T.W.—. Si tenemos suerte el paciente llegará enseguida y así te podrás ir.
—¿Entonces no necesitará una asistente?
Ese era otro aspecto bueno de Marcia: No sólo era decorativa; también era útil, una enfermera perfectamente entrenada que siempre estaba dispuesta a ayudar.
—Aprecio el ofrecimiento, pero solo haz pasar al paciente y yo me ocuparé de todo lo demás.
—¿Incluso del registro?
Él sonrió.
—Estoy seguro que deseas irte a casa con Phillippe.
—Ah, oui. Es nuestro aniversario.
Le hizo un guiño.
—Escuché algo de eso.
Sus mejillas se sonrojaron un poco, que era uno de sus encantos. Podía ser elegante pero también era sincera.
—Mi esposo dice que debo reunirme con él en la puerta de entrada. Dice que tiene una sorpresa para su esposa.
—Yo sé lo que es. Te va a encantar. —¿Pero a qué mujer no le gustarían un par de piedras de Harry Winston[2]?
Marcia se llevó la mano a la boca, escondiendo una sonrisa y su súbita agitación.
—Es demasiado bueno conmigo.
T.W. sintió una momentánea punzada, y se preguntó cuando había sido la última vez que le había comprado algo frívolo y elegante a su esposa. Había sido… bueno, el año pasado le había comprado un Volvo.
Guau.
—Te lo mereces —dijo bruscamente, pensando sin ninguna razón aparente en la cantidad de noches en que su esposa cenaba sola—. Así que por favor ve a casa a celebrar.
—Lo haré, doctor. Merci mille fois.[3] —Marcia hizo una reverencia y se dirigió al escritorio de la recepción… que en realidad era solamente una mesa antigua con un teléfono escondido en el cajón y una portátil a la que accedías abriendo un panel de caoba—. Entonces me daré de baja en el sistema y recibiré a su paciente.
—Que tengas una estupenda noche.
Mientras T.W. se daba la vuelta y la dejaba radiante de felicidad, volvió a sacar la mano arruinada del bolsillo. Siempre la escondía cuando estaba con ella, era parte de las reminiscencias de haber sido un adolescente con la maldita cosa. Era tan ridículo. Estaba felizmente casado y ni siquiera se sentía atraído por Marcia, así que no debería haberle molestado para nada. Sin embargo, las cicatrices dejaban heridas en tu interior, y al igual que ocurría con la piel, esas no curaban bien. De vez en cuando aún podías percibir los pliegues ásperos.
Los tres lásers que había en las instalaciones de la clínica eran usados para tratar várices en las piernas, marcas de nacimiento del tipo hemangioma plano, e imperfecciones dérmicas enrojecidas, así como también para proveer tratamientos de abrasión para el cutis, y la remoción de marcas guía tatuadas en los pacientes de cáncer que habían recibido radiación.
Era probable que B. Nalla necesitara que se le aplicara cualquiera de esos tratamientos… pero si fuera un tahúr se hubiera sentido tentado a apostar a que se trataba de un tratamiento de abrasión cosmética. Simplemente parecía ser lo lógico… después de horas, en la clínica de la planta baja, con un nombre misterioso. Sin duda era otro de los muy adinerados, con una paralizante necesidad de reserva.
Aún así, debías respetar los deseos de las gallinas de los huevos de oro.
Entrando en la segunda sala de láser, que era su preferida sin mediar una buena razón para ello, se sentó detrás del escritorio de caoba y se identificó en el ordenador, revisando la lista de pacientes que acudiría a la mañana siguiente y luego centrándose en los informes de sus colegas dermatólogos que había traído con él.
Cuando comenzaron a pasar los minutos empezó a sentirse molesto con la gente rica, sus exigencias, y su sentido egoísta del lugar que ocupaban en el mundo. Seguro… algunos de ellos estaban bien, y todos ellos ayudaban a financiar sus esfuerzos, pero joder, a veces deseaba estrangularlos hasta sacarles los aires de grandeza…
Se quedó congelado cuando una mujer de uno ochenta de estatura apareció en el vano de la puerta de la sala. Estaba vestida con sencillez, con una almidonada camisa blanca metida dentro de un par de jeans ultra finos, pero en los pies tenía unos zapatos de suela roja con tacón aguja de Christian Louboutin y de su hombro colgaba un Prada.
Era exactamente su clase de clientela privada, y no sólo debido a que usaba accesorios que valían al menos tres mil dólares. Era… indescriptiblemente hermosa, con cabello de un profundo color castaño, ojos color zafiro y un rostro por el cual otras mujeres estarían dispuestas a someterse a una intervención quirúrgica para lograr tenerlo.
T.W. se puso de pie lentamente, metiendo su mano izquierda profundamente en el bolsillo.
—¿Belinda? ¿Belinda Nalda?
A diferencia de otras mujeres de su clase, de la claramente estratosférica, no entró en la habitación danzando como si fuera dueña del lugar. Simplemente dio un solo paso.
—En realidad, es Bella. —El sonido de su voz le dio ganas de poner los ojos en blanco. Profunda, ronca… pero amable.
—Yo, ah… —T.W. se aclaró la garganta—. Soy el doctor Franklin.
Extendió la mano sana y ella se la estrechó. Mientras se daban la mano era consciente de que estaba mirándola fijamente, y no de una forma profesional, pero no podía evitarlo. Había visto muchas mujeres hermosas, pero nada como ella. Era casi como si fuera de otro planeta.
—Por favor… por favor, entre y tome asiento. —Le indicó una silla tapizada de seda que estaba cerca del escritorio—. Conseguiremos su historial médico y…
—No soy yo la que recibirá el tratamiento. Es mi hell… esposo. —Respiró hondo y miró por encima de su hombro—. ¿Quérido?
T.W. trastabilló hacia atrás y golpeó la pared con tanta fuerza que el marco de la acuarela que había junto a él rebotó. Su primer pensamiento mientras miraba lo que había entrado, fue que tal vez debería acercarse al teléfono para poder llamar a seguridad.
El hombre tenía cicatrices en el rostro y unos ojos negros de asesino en serie, y cuando entró, llenó toda la habitación: Era lo suficientemente grande y lo suficientemente ancho como para clasificar como boxeador de peso pesado, o tal vez dos de ellos juntos, pero Cristo, cuando te miraba ese era el menor de tus problemas. Estaba muerto por dentro. No tenía absolutamente ningún tipo de sentimientos. Lo que lo convertía en capaz de cualquier cosa.
 Y T.W. hubiera podido jurar que la temperatura de la habitación realmente bajó cuando el hombre se puso junto a su esposa.
La mujer habló en voz baja y calmada.
—Acudimos aquí para ver si se le podían quitar los tatuajes.
T.W. tragó con fuerza y se dijo a si mismo que debía controlarse. Ok, tal vez este matón era simplemente una variedad común de estrella de punk-rock. El gusto de T.W. en música corría más bien hacia el lado del jazz, así que no había razón para que reconociera a este tipo con los pantalones de cuero, el jersey negro de cuello alto y el aro en la oreja, pero eso explicaría las cosas. Incluyendo el hecho de que su esposa fuera magnífica como una modelo. La mayoría de los cantantes tenía mujeres hermosas, ¿verdad?
Sí… el único problema con esa teoría era la mirada negra. Esa no era una apariencia elaborada, comercialmente viable de un tipo duro. Allí había violencia real. Verdadera depravación.
—¿Doctor? —dijo la mujer—. ¿Hay algún problema?
Volvió a tragar con fuerza, deseando no haberle dicho a Marcia que se fuera. Por otra parte, volviendo al tema de las mujeres y los niños y todo eso. Probablemente era más seguro que ella no estuviera allí.
—¿Doctor?
Seguía simplemente mirando al tipo… que no se movía salvo para respirar.
Demonios, si el bastardo grandote lo hubiera deseado, a esa altura ya podría haber destrozado el lugar unas doce veces. ¿En vez de eso? Simplemente permanecía allí de pie.
Y permanecía allí.
Y… permanecía allí.
Finalmente, T.W. se aclaró la garganta y decidió que si iba a haber problemas, ya deberían haber ocurrido.
—No, no hay problema. Voy a sentarme. Ahora.
Se sentó en la silla frente al escritorio, se inclinó hacia un costado y abrió un cajón refrigerado que tenía una variedad de botellas de agua con gas dentro.
—¿Puedo ofrecerles algo para tomar?
Cuando ambos dijeron que no, abrió una Perrier con limón y se bajó la mitad de un trago como si fuera whisky.
—Bien. Necesito ir a buscar la historia clínica.
La esposa se sentó y el esposo permaneció erguido junto a ella, con los ojos fijos en T.W. No obstante era algo extraño. Tenían las manos unidas y a T.W. le dio la impresión que de cierta forma la esposa era el puntal del esposo.
Apoyándose en su experiencia, sacó su bolígrafo Waterman e hizo las preguntas acostumbradas. La esposa fue la que respondió. No tenía alergias conocidas. Ninguna cirugía. Ningún problema de salud.
—Ah… ¿Dónde tiene los tatuajes? —Por favor, Dios, que no los tenga por debajo de la cintura.
—En sus muñecas y en el cuello. —Levantó la vista hacia su esposo, con una expresión luminosa—. Enséñaselas, cariño.
El hombre extendió una de las manos y se levantó las mangas. T. W. frunció el ceño, cuando la curiosidad médica se apoderó de él. La banda negra era increíblemente densa, y aunque ni de lejos era un experto en tatuajes, podía asegurar cabalmente que nunca antes había visto una coloración tan profunda.
—Eso es muy oscuro —dijo, inclinándose hacia delante. Algo le dijo que no debía tocar al hombre a menos que fuera indispensable, y siguió sus instintos, manteniendo las manos apartadas—. Esto es muy, muy oscuro.
Eran casi como esposas, pensó.
T.W. se reclinó en la silla.
—No estoy seguro de que sea un buen candidato para la remoción con láser. La tinta parece ser tan densa que como mínimo requerirá múltiples sesiones para hacer aunque sea algo de mella en la pigmentación.
—De todos modos, ¿lo intentará? —preguntó la esposa—. Por favor.
T.W. enarcó las cejas. Por favor no era una palabra que formara parte del vocabulario de la mayoría de los pacientes de ese lugar. Y su tono de voz también fue de lo más extraño para ese local, su callada desesperación era más del tipo que podías encontrar en los familiares de pacientes que eran tratados en el piso de arriba… aquellos con problemas médicos que afectaban sus vidas, no solo las patas de gallo y las arrugas provocadas por la risa.
—Puedo intentarlo —dijo, bien consciente de que si ella usaba ese tono de voz otra vez, podría conseguir que se comiera sus propias piernas solo para complacerla.
Miró a su esposo.
—¿Quiere quitarse la camisa y subirse a la mesa?
La esposa apretó la gran mano entre las de ella.
—Está bien.
El rostro de mejillas hundidas, y mandíbula firme del esposo se giró hacia ella, y pareció extraer una fuerza tangible de sus ojos. Después de un momento fue hacia la mesa, subió su enorme cuerpo encima y se quitó el jersey.
T.W. se levantó de la silla y dio la vuelta…
Se quedó congelado. La espalda del hombre estaba cubierta de cicatrices. Cicatrices… que parecían haber sido dejadas por latigazos.
En toda su carrera médica no había visto nada ni siquiera parecido a eso… y sabía que habían sido hechas durante algún tipo de tortura.
—Mis tatuajes, Doc —dijo el esposo en un tono desagradable—. Se supone que debe mirar mis tatuajes si me hace el favor.
Cuando T.W. parpadeó, el esposo sacudió la cabeza.
—Esto no va a funcionar…
La esposa se levantó apresuradamente.
—No, sí lo hará. Sí…
—Busquemos a otra persona…
T.W. dio la vuelta para enfrentar al hombre, bloqueando el camino hacia la puerta. Y entonces sacó deliberadamente la mano izquierda del bolsillo. La mirada negra bajó y se fijó en la piel veteada y el estropeado dedo meñique.
El paciente levantó la vista sorprendido; luego entrecerró los ojos como si se preguntara hasta dónde llegaba la quemadura.
—Sigue todo el camino hasta mi hombro y luego baja por mi espalda —dijo T.W.— Un incendio en la casa cuando tenía diez años. Quedé atrapado en mi habitación. Estuve consciente mientras me quemaba… todo el tiempo. Después pasé ocho semanas en el hospital. Me hicieron diecisiete operaciones.
Se hizo un silencio, como si el esposo estuviera dándole vueltas a las implicaciones en su mente: si estuviste consciente, debiste haber sentido el olor de la piel mientras se quemaba y sentido cada ramalazo de dolor. Y el tiempo en el hospital… y las operaciones…
Abruptamente todo el cuerpo del hombre se aflojó, la tensión le abandonó como si se hubiera abierto una válvula y la hubiera liberado.
T.W. lo había visto ocurrir una y otra vez con sus pacientes quemados. Si tu médico sabía lo que se sentía estar del lado en el que tú estabas, no porque se lo hubieran enseñado en la escuela de medicina, sino debido a que lo había vivido, te sentías más a salvo con él: Ambos eran miembros del club exclusivo de tipos duros.
—¿Entonces, puede hacer algo respecto a esto, Doc? —preguntó el hombre, apoyando el antebrazo sobre el muslo.
—¿Puedo tocarlo?
El labio cicatrizado del hombre se elevó levemente, como si acabara de adjudicarle otro punto a favor a T.W.
—Sip.
T.W. usó deliberadamente ambas manos para examinar las muñecas del paciente para darle al tipo bastante tiempo para observar sus cicatrices y relajarse aún más.
Cuando terminó dio un paso atrás.
—Bueno, no estoy seguro de cómo va a salir esto, pero hagamos el intento… —T.W. levantó la vista y se detuvo. Los iris del hombre… ahora eran amarillos. Ya no eran negros.
—No se preocupe por mis ojos, Doc.
La sensación de que todo lo que había visto estaba bien inundó su cerebro como salida de ninguna parte. Correcto. Todo. Estaba. Bien.
—¿En qué estaba yo…? Ah sí. Bueno intentémoslo con el láser. —Se volvió hacia la esposa—. ¿Tal vez le gustaría acercar una silla para sostenerle la mano? Pienso que de esa forma se sentirá más cómodo. Empezaré con una muñeca y veremos que logramos.
—¿Debo tumbarme? —dijo el paciente sombríamente—. Porque no creo… sí, lo más probable es que no me sienta cómodo si debo hacerlo.
—No es necesario. Puede permanecer sentado, hasta cuando hagamos la parte del cuello, y para esa parte le traeré un espejo para que pueda observarme. En todo momento le dejaré saber lo que estoy haciendo, lo que probablemente sentirá, y siempre podemos detenernos. Usted simplemente me lo dice y terminamos. Este es su cuerpo. Usted tiene el control. ¿De acuerdo?
Hubo un momento de silencio durante el cual ambos se quedaron mirándolo fijamente. Y luego la esposa dijo con la voz quebrada:
—Usted, doctor Franklin, es absolutamente adorable.

El paciente tenía una tolerancia al dolor increíble, pensó T.W. una hora después mientras pisaba la palanca del suelo y el láser emitía otro delgado rayo rojo sobre la piel tatuada de la gruesa muñeca. Una increíble tolerancia al dolor. Cada radiación era como ser golpeado por una gomita, que no era la gran cosa si te lo hacían una o dos veces. Pero después de un par de minutos de recibir esos golpes, la mayoría de los pacientes necesitaba descansar. ¿Este tipo? Nunca vaciló, ni siquiera una vez. Así que T.W siguió y siguió…
Por supuesto que con los pezones perforados de esa forma y el aro de la oreja y todas las cicatrices, obviamente estaba íntimamente familiarizado con la agonía, ya fuera por elección o no.
Desafortunadamente sus tatuajes eran absolutamente resistentes al láser.
T.W. dejó salir el aliento con una maldición y sacudió la mano derecha que se le estaba cansando.
—Está bien, Doc —dijo el paciente suavemente—. Hizo su mejor intento.
—Es que no lo entiendo. —Se sacó el protector de los ojos y miró la máquina. Por un momento se preguntó si la cosa estaba funcionando bien. Pero había visto el láser—. No hay ningún cambio en la coloración.
—Doc, en serio, está todo bien. —El paciente se quitó las gafas protectoras y le sonrió un poco—. Aprecio que se lo tomara tan seriamente como lo hizo.
—Maldita sea. —T.W. se sentó derecho en el banco y miró furioso la tinta.
Como salidas de ninguna parte las palabras saltaron a su boca, aunque eran indiscutiblemente poco profesionales.
—No se hizo eso voluntariamente, ¿verdad?
La esposa se agitó, como si le preocupara la respuesta que podría dar. Pero el esposo simplemente sacudió la cabeza.
—No, Doc. No lo hice.
—Maldita sea. —Cruzó los brazos y recorrió el conocimiento enciclopédico que poseía sobre la piel humana—. No puedo entender por qué… y estoy tratando de pensar en otras opciones. No creo que un procedimiento químico pudiera ser más eficaz. Me refiero a que intentamos todo lo que ese láser podía ofrecer.
El esposo se pasó los dedos singularmente elegantes sobre su muñeca.
—¿Es posible cortarlas?
La esposa sacudió la cabeza.
—No creo que esa sea una buena idea.
—Ella tiene razón —murmuró T.W. Se inclinó hacia delante y hundió un dedo en la piel—. Tiene una excelente elasticidad, pero de todas formas, como está en los veintitantos, eso era de esperarse. Lo que quiero decir es que debería hacerse en tiras y luego coser la piel para cerrarla. Eso le dejaría cicatrices. Y no lo recomiendo alrededor del cuello. Se correría demasiado riesgo con todas las arterias que hay allí.
—¿Y si las cicatrices no representaran un problema?
No iba a discutir esa cuestión. Obviamente las cicatrices eran un problema, si se tenía en consideración la espalda del hombre.
—No puedo recomendarlo.
Se hizo un largo silencio mientras continuaba pensando en el asunto y ellos le daban espacio para que lo hiciera. Cuando llegó al final de todas las opciones posibles, simplemente se los quedó mirando fijamente a ambos. La hermosa esposa estaba sentada junto al esposo de aspecto atemorizador, con la mano apoyada en su brazo libre, y la otra acariciándole la espalda mutilada.
Era obvio que a sus ojos las cicatrices no le quitaban mérito. Para ella él estaba entero y era hermoso a pesar de la condición de su piel.
T.W. pensó en su propia esposa. Qué era exactamente de esa forma.
—¿Se quedó sin ideas, Doc? —preguntó el esposo.
—Lo siento mucho. —Paseó la mirada por la habitación, odiando la impotencia que sentía. Como médico estaba entrenado para hacer algo. Como ser humano con corazón, necesitaba hacer algo—. Lo siento muchísimo.
El esposo sonrió, con esa pequeña sonrisita suya.
—Trata a muchas personas con quemaduras, ¿no es así?
—Es mi especialidad. Niños en su mayoría. Ya sabe, debido a que…
—Sí, lo sé. Apuesto a que es bueno con ellos.
—¿Cómo podría dejar de serlo?
El paciente se inclinó hacia delante y puso la enorme mano sobre el hombro de T.W.
—Ahora nos vamos a ir, Doc. Pero mi shellan va a dejar su dinero sobre el escritorio que está allí.
T.W. miró a la esposa, que estaba inclinada sobre una libreta de cheques, luego sacudió la cabeza.
—¿Por qué no lo dejamos así? En realidad esto no le sirvió de nada.
—Nah, ocupamos su tiempo. Pagaremos.
T.W. maldijo en voz baja un par de veces. Luego directamente escupió:
Maldita sea.
—¿Doc? Míreme.
T.W. levantó la vista hacia el tipo. Joder, esa mirada amarilla era definitivamente hipnótica.
—Guau. Tiene unos ojos increíbles.
El paciente sonrió más ampliamente, enseñando unos dientes que… no eran normales.
—Gracias, Doc. Ahora escuche. Probablemente soñará con esto, y quiero que recuerde que cuando me fui de aquí estaba bien, ¿Ok?
T.W. frunció el ceño.
—¿Por qué habría de soñar…?
—Solo recuerde, que lo que ocurrió no me afectó. Conociéndole, sé que eso es lo que más le va a preocupar.
—Todavía sigo sin entender por qué debería…

T.W. parpadeó y paseó la vista por la sala. Estaba sentado en el pequeño banco con ruedas que usaba cuando trataba a los pacientes, había una silla arrimada a la mesa de los pacientes, y tenía las gafas protectoras en la mano… pero en la habitación no había nadie más que él.
Raro. Podría haber jurado que hacía un minuto estaba hablando con el más increíble…
Cuando sintió que tenía una jaqueca se frotó las sienes y repentinamente se sintió exhausto… exhausto y curiosamente deprimido como si hubiera fallado en algo que había sido importante para él.
Y preocupado. Estaba preocupado por un hom…
La jaqueca empeoró, y con un gemido se puso de pie y fue hacia el escritorio. Allí había un sobre, un sobre liso color crema que decía en una fluida letra cursiva: En agradecimiento a T.W. Franklin M.D., para ser utilizado a su discreción a favor de las buenas obras de su departamento.
Lo dio vuelta, abrió la solapa, y sacó el cheque.
Su mandíbula cayó hasta el suelo.
Cien mil dólares. A nombre del Departamento de Dermatología del Hospital St. Francis.
El nombre de la persona era Fritz Perlmutter, y no había dirección en la esquina izquierda, solo una discreta anotación. Banco Nacional de Caldwell, Grupo de Clientes Privados.
Cien mil dólares.
La imagen de un esposo con cicatrices y una esposa hermosísima titiló en su mente, luego quedó enterrada por la jaqueca.
T.W. tomó el cheque y lo deslizó dentro del bolsillo de su camisa, luego apagó la máquina de láser y el ordenador y comenzó a caminar hacia la salida trasera de la clínica, apagando las luces al pasar.
En su camino a casa se encontró a si mismo pensando en su esposa, en la forma en que se había comportado la primera vez que lo vio después del incendio que había ocurrido todas esas décadas atrás. Ella tenía once años y había ido a visitarlo con sus padres. Cuando la había visto cruzar la puerta se había sentido absolutamente mortificado porque ya en esa época estaba medio enamorado de ella, y allí estaba él, atrapado en una cama de hospital, y con uno de sus lados cubierto de vendas.
Le había sonreído, le había agarrado la mano sana y le había dicho que sin importar el aspecto que tuviera su brazo, todavía quería ser su amiga.
Y lo había dicho de corazón. Y luego lo había probado una y otra vez.
Hasta lo había querido como algo más que un amigo.
A veces, pensó T. W., el hecho de que la persona por la cual sentías cariño no se preocupara por el aspecto que tenías era la mejor cura posible.
Mientras conducía, pasó frente a una joyería que estaba cerrada ya que era de noche, y luego por una florería y luego por una tienda de antigüedades en la cual sabía que a su esposa le gustaba husmear.
Ella le había dado tres hijos. Casi veinte años de matrimonio. Y espacio para que trabajara en la carrera que había elegido.
Él le había dado un montón de noches solitarias. Cenas acompañada solo por los niños. Vacaciones que se limitaban a uno o dos días hilvanados entre conferencias de dermatología.
Y un Volvo.
Le llevó a T.W. veinte minutos encontrar un Hannaford que estuviera abierto toda la noche, y corrió hacia el supermercado aunque no era necesario preocuparse porque fuera a cerrar.
La sección de floristería estaba a la izquierda, enseguida después de las puertas automáticas por dónde entrabas. Cuando vio las rosas, los crisantemos y las lilas pensó en entrar marcha atrás con el Lexus y llenar el maletero de ramos. Y el asiento trasero.
Sin embargo al final, escogió una sola flor, y la sostuvo cuidadosamente entre el pulgar y el dedo índice todo el camino hasta llegar a su casa.
Aparcó en el garaje, pero no entró por la puerta de la cocina. En vez de ello fue hacia la puerta principal e hizo sonar el timbre.
El rostro adorable y familiar de su esposa se asomó por la larga y delgada ventana que enmarcaba la entrada colonial de su casa. Cuando abrió la puerta parecía desconcertada.
—Te olvidaste de la lla…
T.W. sostuvo la flor con la mano quemada.
Era una humilde margarita. Exactamente igual a la que ella le había llevado una vez por semana cuando estaba en el hospital. Durante dos meses sin interrupción.
—Nunca te dije la cantidad suficiente de gracias —murmuró T.W.—. Ni los te amo. Ni que sigo pensando que eres tan hermosa como el día que me casé contigo.
La mano de su esposa estaba temblando cuando tomó la flor.
—T.W… ¿estás bien?
—Dios… el hecho de que tengas que preguntar eso solo porque te traje una flor… —sacudió la cabeza y la abrazó, sosteniéndola firmemente—. Lo siento.
Su hija adolescente se acercó a ellos y antes de dirigirse hacia las escaleras, puso los ojos en blanco.
—Conseguid una habitación.
T.W. se apartó y le metió el cabello de un tono salpimentado detrás de las orejas.
—Creo que debemos aceptar su consejo, ¿qué te parece? Y ya que estamos, iremos a algún lugar para nuestro aniversario… y no me refiero a una conferencia.
Su esposa sonrió y luego definitivamente se puso a brillar de alegría.
—¿Qué se te ha metido en el cuerpo?
—Esta noche vi a este paciente y a su esposa… —vaciló y se frotó las sienes—. Me refiero a que… ¿Qué estaba diciendo?
—¿Quieres cenar? —dijo su esposa, acomodándose a su lado—. Y luego vemos si podemos conseguir esa habitación.
T.W. se inclinó sobre su esposa mientras cerraba la puerta. Mientras caminaban juntos por el pasillo hacia la cocina, la besó.
—Eso suena perfecto. Simplemente perfecto.



[1] TAC: Tomografía Axial Computarizada.
[2] Harry Winston: Joyero conocido como el Rey de los Diamantes.
[3] Merci mille fois: Mil gracias. En francés en el original.

No hay comentarios: