jueves, 26 de mayo de 2011

GUIA DE LA HERMANDAD DE LA DAGA NEGRA/PADRE MIO EPILOGO

Epilogo

Seis meses después...
—¿Qué sucede aquí, qué es todo este ruido, preciosa?
Bella entró en la habitación de los niños y encontró a Nalla de pie en su cuna, con las manos apretadas sobre la baranda, la carita roja y apretujada por el llanto. Todo había sido arrojado al suelo: la almohada, los peluches, la manta.
—Nuevamente parece como si se te estuviera acabando el mundo —dijo Bella mientras levantaba en brazos a su llorona hija y miraba los escombros—. ¿Fue algo que dijeron?
La atención solo provocó que las lágrimas salieran más deprisa y con más fuerza.
—Vamos, vamos, respira... te dará más volumen... Vale, acabas de comer, así que sé que no tienes hambre. Y estás seca. —Más alaridos—. Tengo el presentimiento que sé de que se trata esto...
Bella comprobó el reloj.
—Mira, podemos intentarlo, pero no sé si ya es la hora.
Inclinándose, levantó la mantita rosada favorita de Nalla, envolvió a la niña en ella, y se dirigió a la puerta. Nalla se calmó un poco cuando abandonaron la habitación de los niños y avanzaron por la sala de las estatuas hacia la magnífica escalera. El viaje a través del túnel hacia el centro de entrenamiento fue relativamente tranquilo... pero cuando entraron a la oficina y el lugar estaba vacío, el llanto comenzó de nuevo.
—Espera, veremos si...
Fuera, en el pasillo, un grupo de pretrans salían del vestuario y caminaban en dirección al aparcamiento del centro. Verlos era una buena señal, y no sólo porque eso significaba que probablemente Nalla iba a conseguir lo que estaba buscando: después de los ataques a la glymera, se habían suspendido las clases para los futuros soldados. Ahora, sin embargo, la Hermandad había vuelto a la tarea con la siguiente generación... sólo que ahora no todos eran aristócratas.
Bella entró en el gimnasio a través de una puerta trasera, y se ruborizó con lo que vio. Zsadist estaba más allá, haciendo ejercicio con un saco de arena, sus poderosos puños enviaban la cosa hacia atrás hasta que pendía en un ángulo forzado. Su torso desnudo lucía impresionante bajo las lámparas, sus músculos estaban poderosamente tallados, los anillos de sus pezones brillaban, estaba en perfecta condición para luchar incluso para sus ojos no entrenados.
En uno de los lados, había un novato completamente paralizado, con una sudadera colgando flojamente de su pequeña mano. Su rostro mostraba una combinación de miedo y asombro mientras observaba a Zsadist ejercitándose, el chico tenía los ojos desorbitados, y su boca formaba una pequeña O debido a que su mandíbula colgaba laxa.
En el momento en que los gritos de Nalla hicieron eco en el amplio espacio, Z se giró de golpe.
—Siento molestarte —dijo Bella por encima del aullido—. Pero quiere a su papi.
El rostro de Z se ablandó con un brillo absoluto de amor, la intensa concentración desapareciendo de sus ojos siendo reemplazada con lo que a Bella le gustaba llamar su Visión-de-Nalla. Las encontró a medio camino de las colchonetas azules, depositando un beso en la boca de Bella mientras tomaba a la niña en brazos.
Nalla se acomodó instantáneamente en el abrazo de su padre, la niña envolvió los brazos alrededor del grueso cuello y se acurrucó contra su enorme pecho.
Z se volvió y miró al novato que estaba al otro lado del gimnasio. Con voz profunda, dijo:
—El autobús llegará pronto, hijo. Será mejor que te des prisa.
Cuando se giró de nuevo, Bella sintió el brazo de su hellren deslizándose alrededor de su cintura, y fue atraída a su lado. Mientras la besaba en la boca una vez más, murmuró:
—Necesito una ducha. ¿Quieres ayudarme?
—Oh, sí.
Los tres abandonaron el gimnasio y regresaron a la mansión. A medio camino, Nalla se quedó dormida, por lo que cuando llegaron a su dormitorio, entraron en la habitación de los niños, la pusieron en la cuna, y disfrutaron de una ducha que fue muy caliente... y no por la temperatura del agua.
Cuando acabaron, Nalla estaba nuevamente despierta, justo a tiempo para la hora del cuento.
Mientras Bella se secaba el cabello con una toalla, Z entró, recogió a la niña, y padre e hija se pusieron cómodos en la gran cama. Bella salió un momento después, se apoyó contra el marco y se quedó mirándolos fijamente. La pareja estaba acurrucada tan junta que parecían una sola persona. Z llevaba puesta la parte inferior del pijama que era de tela escocesa Black Watch, y una camiseta sin mangas. Nalla llevaba un body rosa pálido en el que se leía La Niña de Papi en letras blancas.
Oh, cuán lejos llegarás —leyó Zsadist del libro que tenía en el regazo—. Por el Doctor Seuss.
Z leía y de vez en cuando Nalla toqueteaba las páginas con la palma de la mano.
Esta era la nueva rutina. Al final de cada noche, cuando Z regresaba a casa de patrullar o impartir clases, era habitual que tomara una ducha mientras Bella alimentaba a Nalla, luego él y su hija iban a la cama juntos y le leía hasta que se quedaba dormida.
Y entonces la llevaba con cuidado a la habitación de los niños... y regresaba para, lo que él llamaba, la hora de mahmen-y-papá.
Tanto la lectura como la forma en que se había ido acostumbrando a sostener a Nalla eran milagros, y Mary había tomado parte en ambos. Z y la hembra se reunían una vez por semana en el sótano junto a la caldera. Los dos le habían informado a Bella acerca de las sesiones y a veces Z le contaba un poco de lo que hablaban, pero la mayor parte de lo que discutían permanecía en el sótano... aunque Bella era consciente de que parte de lo que compartían era espantoso: lo sabía porque, luego, era frecuente que Mary entrara a su dormitorio con Rhage y no salía en largo, largo rato. Pero estaba funcionando. Z estaba tranquilo de un modo distinto, de una nueva forma.
Se notaba con Nalla. Cuando la niña se agarraba a sus muñecas no se apartaba, sino que la dejaba darle palmaditas o besar las bandas. La dejaba gatear sobre su espalda destrozada y también la dejaba frotar la cara contra la de él. Y se había añadido el nombre de su hija en la piel, sus hermanos lo habían tatuado amorosamente bajo el de Bella.
También se notaba porque las pesadillas habían disminuido. De hecho, habían pasado meses desde la última vez que se había despertado de golpe, saltando en la cama sudando de miedo.
Y también se notaba en su sonrisa. Que era más amplia y más frecuente que nunca.
De repente, la visión que tenía de él sujetando a su hija se tornó borrosa, y como si hubiera percibido las lágrimas, Z volvió los ojos hacia ella. Continuó leyendo pero frunció el ceño con preocupación.
Bella le sopló un beso, y en respuesta él palmeó el colchón a su lado.
—«Así que... ¡ponte en camino!» —terminó mientras Bella se acurrucaba cerca de él.
Nalla soltó un feliz gorjeo y palmeó la tapa del libro que él había cerrado.
—¿Estás bien? —le susurró a Bella al oído.
Ella le puso la mano en la mejilla y acercó la boca a la suya.
—Sí. Muy bien.
Mientras se besaban, Nalla palmeó el libro otra vez.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó Z.
—Oh, sí.
Nalla agarró el libro y Z sonrió, tirando de él suavemente.
—Hey, ¿qué estas haciendo, pequeña? ¿Quieres más? Eres demasiado... tú... oh, no... el labio tembloroso no... oh, no. —Nalla soltó una risita—. ¡Intolerable! Quieres más, y sabes que vas a conseguir lo que deseas gracias a El Labio. Jesús, tienes a tu padre en la palma de tu manita, ¿no es verdad?
Nalla gorjeó mientras su padre volvía a abrir el libro y la historia empezaba a salir nuevamente de la boca de Z, su voz resonante.
—«¡Felicidades! Hoy es tu día...»
Bella cerró los ojos, puso la cabeza en el hombro de su hellren, y escuchó el cuento.
De todos los lugares en los que había estado alguna vez, este era el mejor. Justo aquí. Con ellos dos.
Y sabía que Zsadist sentía lo mismo. Se podía decir por todas las horas que pasaba con Nalla y por todos los días en que se extendía a través de las sábanas para buscar a Bella cuando estaban solos. Se podía ver en el hecho de que había comenzado a cantar otra vez, y porque había empezado a armar alboroto con sus hermanos, no para entrenar, si no para divertirse. Se notaba en su nueva sonrisa, la que no había visto nunca antes y no podía esperar para ver de nuevo.
Estaba en la luz de sus ojos y en su corazón.
Era... feliz con su vida. Y cada vez era más feliz.
Como si le leyera la mente, Z le tomó la mano en la suya más grande y le dio un apretón.
Sí, él sentía exactamente lo mismo. Este también era su lugar favorito.
Bella escuchó el cuento y se permitió ir a la deriva, igual que hacía su hija, convencida de que todo era como debería ser.
Su macho había regresado a ellas… e iba a permanecer allí.

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