martes, 12 de junio de 2012

Amante Renacido/Capitulos 10 11 12



Capítulo 10

—Yo lo haré.
Cuando No’One habló, el grupo de doggen junto al que se había colado a hurtadillas se dio la vuelta como una bandada de pájaros, todos a la vez. En la modesta habitación para el personal había machos y hembras entre los reunidos, cada uno vestido apropiadamente para su papel ya fuera éste cocinera o asistente, panadero o mayordomo. Los había encontrado cuando había salido a andar sin rumbo, y ¿quién era ella para no sacar ventaja de semejante oportunidad?
El que estaba al cargo, Fritz Perlmutter, parecía que se fuera a desmayar. Por otra parte, él había sido el doggen de su padre todos aquellos años atrás y había tenido especialmente problemas cuando ella se había identificado con un papel servil.
—Mi estimada señora...
—No’One. Mi nombre ahora es No’One. Por favor, dirígete única y exclusivamente así. Y como he dicho, me encargaré de lavar los suelos en el centro de entrenamiento.
Donde quiera que estuviera eso.
De hecho, la noche anterior con aquel vestido había sido en cierto modo una bendición, la tarea de sus manos trabajando, dándole algo en qué concentrarse, haciendo que las horas pasaran rápidamente. En otro tiempo había sido igual en el Otro Lado, sus trabajos manuales eran la única cosa que la calmaba y daba estructura a su existencia.
Cuánto había añorado tener un propósito.
En verdad había ido allí para servir a Payne, pero la hembra no quería nada de eso. Había ido allí para intentar conectar con su hija, pero la hembra estaba recién emparejada, con distracciones de suma importancia. Y había ido allí para buscar algún tipo de paz, solo para volverse loca por la inactividad desde su llegada.
Y eso tenía prioridad sobre su casi-disputa con Tohrment antes, aquella mañana.
Al menos él había tomado el vestido. Había desaparecido de donde ella lo había colgado cuando él había contestado a su llamada con ese brusco...
Abruptamente, notó que el mayordomo la estaba mirando expectante, como si hubiera dicho algo que requiriera una respuesta.
—Por favor, llévame allí —dijo ella— y enséñame mis deberes.
Dado el modo en que su viejo y arrugado rostro se hundió más incluso, dedujo que aquella no era la respuesta que había estado esperando.
—Ama...
—No’One. Y tú, o uno de tu equipo, me lo podéis mostrar ya.

Todo el grupo reunido parecía preocupado, como si los posibles rumores sobre cielos derrumbándose se hubieran hecho realidad de golpe.
—Gracias —dijo al mayordomo—. Por tu ayuda.
Reconociendo claramente que no iba a ganar, la cabeza del doggen se inclinó.
—Pero por supuesto que lo haré, am... ah, No... mmm...
Cuando no pudo decir su nombre correctamente, como si el título apropiado de “ama” le hiciera arder todo el trayecto de la tráquea, se compadeció de él.
—Eres de mucha ayuda —murmuró—. Ahora, guíame.
Después de despedir a los demás, la sacó de la sala del personal, a través de la cocina y al vestíbulo a través de otra puerta que era nueva para ella. Mientras procedían, recordó su yo anterior y más joven, la altanera hija de un linaje con recursos económicos que se había negado a cortarse la carne del plato, o a cepillarse el cabello, o a vestirse sola. Qué desperdicio. Al menos ahora que no era nadie y no tenía nada, tenía claro cómo pasar las horas provechosamente: trabajando. El trabajo era la clave.
—Entramos por aquí —pronunció el mayordomo mientras sostenía la puerta abierta bajo la gran escalinata—. Permítame proveerle los códigos.
—Gracias —contestó, memorizándolos.
Mientras seguía al doggen hacia el largo y estrecho tubo de un túnel subterráneo, pensó que sí, si iba a quedarse en aquel lado, necesitaba ocuparse con trabajos, aunque eso ofendiera al doggen, a la Hermandad, a las shellans... mejor eso que la prisión de sus propios pensamientos.
Salieron del túnel por la parte trasera de un armario y pasaron a una sala cuadrada que tenía un escritorio y cajoneras metálicas y una puerta de vidrio.
El doggen se aclaró la garganta.
—Éste es el centro de entrenamiento y las instalaciones médicas. Tenemos aulas, un gimnasio, vestuario, sala de musculación, zona de terapia física y piscina, así como otras comodidades. Hay personal que se encarga de la limpieza a fondo para cada sección. —Eso fue dicho con severidad, como si no le importara que fuera la invitada del Rey, no la iba a dejar entorpecer su horario—. Pero la doggen que se encargaba de la lavandería ha ido a la cama a reposar, porque es la mitte doggen y ya no es seguro para ella estar en pie. Por favor, es por aquí.
Mientras él mantenía abierta la entrada de vidrio, entraron en un pasillo y se dirigieron a la sala con doble puerta que estaba equipada idénticamente a la que había utilizado la noche anterior en la casa principal. Durante los siguientes veinte minutos recibió un curso intensivo de cómo funcionaban las máquinas y luego el mayordomo revisó con ella un mapa de las instalaciones para que supiera cómo recoger los cestos y dónde devolver lo que había lavado.
Y entonces, después de un tenso silencio y un todavía más tenso adiós, estuvo felizmente a solas.
De pie en mitad del lavadero, rodeada por lavadoras y secadoras y mesas donde doblar la ropa, cerró los ojos y respiró profundamente.
Oh, la encantadora soledad, y el afortunado peso de los deberes cayendo sobre sus hombros. Durante las siguientes seis horas no tuvo nada en qué pensar excepto en toallas blancas y sábanas: encontrarlas, ponerlas en las máquinas, doblarlas y devolverlas a sus sitios.
No había espacio para el pasado o las lamentaciones. Solo trabajo.
Agarrando un cesto con ruedas, arrastró el receptáculo de tela azul hasta el pasillo y empezó a hacer sus rondas, comenzando por la clínica y regresando a la lavandería cuando ya no le quedaba espacio en el transporte. Después de meter la primera carga en una lavadora de tambor grande, salió de nuevo, pasando por los vestuarios y encontrando una montaña de ropa blanca. Le llevó dos viajes recoger todas aquellas toallas e hizo una pila con ellas en el centro del lavadero, junto al desagüe en el suelo de cemento gris.
Su parada final la llevó hasta el lado más alejado a la izquierda, recorriendo todo el corredor hasta la piscina. Mientras iba, las ruedas de su carrito hacían un ligero sonido silbante y sus pies se movían de manera desigual, el apoyo sobre el mango del cesto le daba algo de equilibrio y le ayudaba a ir más rápido.
Cuando escuchó música saliendo de la zona de la piscina, aflojó el paso. Luego se detuvo.
Los retazos de notas y voces no tenían sentido porque todos los miembros de la Hermandad y sus shellans habían salido esa noche. ¿A menos que alguien hubiera dejado la música después de que hubieran acabado su rato en el agua?
Entrando en una antesala diminuta y redondeada alicatada con mosaicos de machos atléticos, se golpeó con una pared de calor y humedad tan pesada que fue como si diera un paso hacia una cortina de terciopelo. Y todo alrededor, ese olor extraño y químico en el aire que la hacía preguntarse con qué trataban el agua: en el Otro Lado todo había estado siempre permanentemente fresco y limpio, pero sabía que no era el caso de la Tierra.
Dejando el cesto esperando en la entrada, caminó hacia un espacio grande y parecido a una cueva. Alargando la mano tocó los azulejos calientes de la pared, recorriendo con los dedos el cielo azul y los campos verdes, pero pasando por alto todos los machos con taparrabos, con sus arcos de lazo, sus equipos de esgrima y sus poses de correr.
Le encantaba el agua. La flotabilidad, el alivio del dolor en la pierna mala, la sensación de breve libertad...
—Oh… mi... —jadeó al girar la esquina.
La piscina era cuatro veces el tamaño del baño más grande del Otro Lado y su agua brillaba en pálido azul, probablemente por las baldosas que recubrían su profundo fondo. Líneas negras la recorrían a lo largo, denotando calles, y había números por el borde de piedra, marcando claramente la profundidad. Arriba el techo estaba abovedado y cubierto con más mosaicos, y había bancos contra las paredes, proveyendo sitios para sentarse. Haciendo eco la música sonaba más alto, pero no demasiado, y la melancólica tonada poseía una agradable resonancia.
Dado que estaba sola, no pudo resistirse a ir hacia allí y probar la temperatura con su pie desnudo.
Tentador. Tan tentador.
Pero en vez de ceder, se concentró de nuevo en sus deberes, regresando a su cesto y arrastrándolo junto a un gran cesto de mimbre para luego transferir ropas húmedas que pesaban tanto como su cuerpo.
Después se giró para continuar, se detuvo y miró fijamente al agua de nuevo.
No había manera de que el primer turno de lavado hubiera acabado su ciclo. Le quedaban por lo menos otros cuarenta y cinco minutos según lo que informaba la lavadora.
Comprobó el reloj que colgaba de la pared.
Tal vez solo unos minutos en la piscina, decidió. Le iría bien aliviar el dolor de la parte inferior de su cuerpo y no había nada que pudiera hacer en lo que tenía que ver con su trabajo en el ratito siguiente.
Agarrando una de las toallas limpias y dobladas, volvió a revisar la antesala. Fue más allá y miró al corredor.
No había nadie. Y ahora era el momento de hacer esto: el personal estaría concentrado en limpiar la segunda planta de la mansión, como debían hacer entre la Primera y la Segunda Comida. Y no había nadie recibiendo tratamiento en la clínica, al menos por el momento.
Tenía que hacerlo rápido.
Cojeando de vuelta al extremo poco profundo, se desató la túnica y bajó la capucha, desnudándose hasta quedar en ropa interior. Después de una breve duda, se quitó también la camisola de lino… tendría que recordar traerse un recambio consigo si quería volver a hacer esto otra vez. Mejor mantener la modestia.
Mientras doblaba sus cosas, deliberadamente miró su pantorrilla retorcida, recorriendo las cicatrices como cuerdas que formaban un feo mapa en relieve de montañas y valles en su piel. En otro tiempo su pierna izquierda había funcionado perfectamente y había sido tan bonita como las muchas que un artista podía haber dibujado. Ahora era un símbolo de quién y qué era, un recordatorio de su caída en desgracia que la había hecho menos persona... y con el tiempo, una mejor.
Por fortuna había una barandilla cromada en las escaleras, y se agarró para tener equilibro mientras entraba lentamente en el agua cálida. Bajando, se acordó de la trenza y le dio vueltas y más vueltas a la gran longitud en lo alto de su cabeza, metiendo el extremo suelto para que el moño se quedara en su sitio.
Y luego... se deslizó.
Cerrando los ojos de felicidad, se dejó ir sobre la ingravidez, como si el agua fuera una templada brisa moviéndose por su piel, el cuerpo sujeto amablemente sobre las apacibles manos de la piscina. Mientras nadaba hacia el centro, descartó su resolución de no mojarse el cabello y se giró sobre su espalda, moviendo las manos en círculos para mantenerse a flote.
Por un breve momento se permitió sentir algo, abrir la puerta a sus sentidos.
Y fue... bueno.
*  *
Dejado en la mansión aquella noche, Tohr estaba fuera de la lista, confinado en casa y con resaca: un triple acierto de mal humor si alguna vez había visto uno.
Las buenas noticias era que con casi todos fuera o encargándose de sus propios asuntos, no tenía que imponer su toxicidad a nadie más.
Con eso en cuenta, se dirigió al centro de entrenamiento vestido con nada más que su bermuda-bañador. Como había oído que la mayoría de las resacas estaban causadas por la deshidratación, decidió no solo ir a la piscina y sumergirse en ella, sino llevarse algo de líquido de repuesto consigo. Y qué sano era.
¿Qué había agarrado? Ah, bien, vodka…. le gustaba justo así y, hey, parecía agua.
Deteniéndose en el túnel, bebió un poco del Goose de V y tragó...
Joder. El sonido de las shitkickers de John resonando en el suelo, como si de algún tipo de campana celestial se tratara, era algo que jamás olvidaría. Igual que el dedo del niño señalándolo.
Hora de otro trago... y, hey, de otro más.
Mientras reanudaba su camino hacia lo que probablemente iba a ser una fiesta del ahogado, reconoció que era un cliché andante: había visto a sus hermanos en este plan de tanto en tanto, vagando por ahí con cara agria y confusa, con mala actitud y una botella de algo noqueador pegada a las palmas. Antes de que Wellsie le hubiera sido arrancada él nunca había comprendido de verdad los por qué.
¿Y ahora? ¡Uff!
Hacías lo que tenías que hacer para que pasaran las horas. Y las noches cuando no podías salir y luchar eran las peores... a menos, por supuesto, que estuvieras enfrentándote a un brillante y feliz día de no hacer nada. Que era incluso más espantoso.
Mientras salía de la oficina y se dirigía de cabeza a la piscina, se sintió feliz de no tener que fingir la expresión de su cara, o vigilar su lenguaje, o calmar su humor.
Empujando la puerta de la antesala, su presión sanguínea bajó cuando la cálida y bienvenida oleada de humedad cayó sobre él. La música también ayudaba: desde el sistema de altavoces U2 llenaba el ambiente, la antigua The Joshua Tree resonaba alrededor.
El primer indicio de que algo iba mal fue la pila de cestos en el extremo menos profundo. Y tal vez si no le hubiera estado dando al alcohol, habría sumado dos más dos antes de...
Flotando en el centro de la piscina, una hembra estaba bocarriba sobre el agua, sus pechos desnudos brillaban, sus pezones tiesos en el aire cálido, la cabeza echada hacia atrás.
Joder.
Difícil saber qué hizo más ruido: su bomba con J o la botella de Goose golpeando el suelo de baldosas... o el chasquido de agua en el medio cuando No’One se levantó de golpe y balbuceó, cubriéndose a sí misma mientras intentaba mantener la cabeza por encima del agua.
Tohr dio media vuelta y se puso las manos sobre los ojos...
Con el giro se cortó el talón de su pié desnudo con los cristales rotos y el dolor le hizo perder el equilibro... no es que necesitara mucha ayuda para eso, gracias a su fiestecita del besuqueo con el vodka. Estiró una mano con fuerza para no estamparse sobre el suelo de baldosas, y acabó cortándose también la palma derecha.
—Puta mierda —gritó, apartándose de los fragmentos rotos.
Mientras él rodaba sobre la espalda, No’One se salió del agua y se puso rápidamente la túnica sobre su piel desnuda, aquella larga trenza oscilando suelta mientras se colocaba la capucha en su sitio.
Con otra maldición, Tohr levantó la mano para comprobar la herida. Genial. Justo en el centro de la mano de la daga, de cinco centímetros de largo, y la cabrona tenía un par de milímetros de profundidad.
Solo Dios sabía lo que se había hecho en el pie.
—No sabía que estabas aquí —dijo sin levantar la vista hacia ella—. Lo siento.
Con el rabillo del ojo captó a No’One acercándose, sus pies descalzos aparecían y desaparecían bajo el dobladillo de su túnica.
—No te acerques más —bramó—. Hay cristales por todas partes.
—Ahora mismo vuelvo.
—Vale —murmuró mientras levantaba el pie para echarle un vistazo.
Fantástico… más larga. Más profunda. Sangrando más. Y todavía quedaba un trozo de botella dentro.
Con un gruñido agarró el pequeño triángulo de cristal y tiró para sacarlo fuera. La sangre en la esquirla era roja como el colorete, y giró la pieza de lado a lado observando la luz jugando sobre ella.
—¿Pensando en encargarse de la cirugía?
Tohr echó un vistazo a Manny Manello, DM, cirujano humano, hellren emparejado de la gemela de V. El tipo había ido con un maletín de primeros auxilios así como su actitud de yo-gobierno-al-mundo, firma de la casa.
¿Qué pasaba con los cirujanos? Eran casi tan malos como los guerreros. O los reyes.
El humano se arrodilló junto a él.
—Estás goteando.
—No me digas.
Justo cuando se estaba preguntando dónde andaba No’One, la hembra llegó con una escoba, un cubo de basura con ruedas y un recogedor. Sin mirarlo a él o al humano, empezó a barrer con mucho cuidado.
Al menos se había puesto zapatos.
Jesucristo... había estado condenadamente desnuda de verdad.
Mientras Manello le hurgaba y pinchaba la mano herida y luego se la dormía y la cosía, Tohr observó a la hembra por el rabillo del ojo… no la miraba directamente. Especialmente no después de...
Jesús... condenadamente desnuda de verdad.
De acuerdo, hora de dejar de pensar en eso.
Concentrándose en su cojera, notó que era mucho más pronunciada y se preguntó si se habría hecho daño con las grandes prisas de salir de la piscina y vestirse.
La había visto frenética en otra ocasión. Pero solo en una...
Había sido la noche que la habían rescatado de aquel symphath.
Él había matado al bastardo. Le había disparado a su captor directamente a la cabeza, haciéndole caer como una piedra. Luego Darius y él la habían metido en un carruaje y se habían dirigido a la casa de su familia. El plan había sido devolvérsela a ellos. Devolverla a su sangre. Dársela a aquellos que por toda la obligación deberían haberla ayudado a curar.
Excepto que cuando habían llegado cerca de aquella imponente mansión, ella había saltado del carruaje aunque los caballos estaban yendo a toda prisa. Y jamás olvidaría su aspecto con aquel camisón blanco, cruzando un campo velozmente, corriendo como si estuviera siendo perseguida aunque la parte de la captura había acabado.
Ella había sabido que estaba embarazada. Por eso había huido.
En aquel entonces también tenía la cojera.
Aquel había sido su único intento de escapar. Bueno, hasta el de después del parto, el que había funcionado.
Dios... él había estado nervioso cerca de ella durante los meses que permanecieron juntos en casa de Darius. Tenía cero experiencia con hembras de valor: seh, claro, había crecido rodeado de ellas mientras había estado con su madre, pero aquello había sido de niño, cuando era pretrans. En el momento en que pasó por su transición había sido arrancado de su hogar y lanzado al pozo flotas-o-te-ahogas del campo de entrenamiento del Bloodletter… donde había estado demasiado ocupado intentando mantenerse vivo como para preocuparse por las putas.
Ni siquiera había conocido a Wellsie en persona en aquel momento. Su promesa hacia ella había sido una obligación que su madre había asumido por él cuando tenía veinticinco años, antes de que ella incluso hubiera nacido...
Dando un tirón, siseó, y Manello miró hacia arriba apartando la mirada de su aguja e hilo.
—Lo siento. ¿Quieres más lidocaína?
—Estoy bien.
La capucha de No’One cambió de posición bruscamente mientras echaba un vistazo. Después de un momento, regresó a su trabajo de escoba.
Tal vez fue el alcohol asentándose, pero de repente no le importó una mierda seguir fingiendo. Se permitió mirar abiertamente a la hembra mientras el buen doctor acababa con la palma.
—Sabes, voy a tener que traerte una muleta —murmuró Manello.
—Si me dices lo que necesitas —dijo suavemente No’One—, lo traeré para ti.
—Perfecto. Ve a la sala de equipamiento al final del todo del gimnasio. En la habitación de Terapia Física, encontrarás la...
Mientras el tipo le daba instrucciones, No’One asentía, con aquella capucha suya moviéndose arriba y abajo. Por alguna razón, Tohr intentó dibujar su rostro, pero era borroso. No la había visto en condiciones desde hacía centurias… aquel breve vistazo justo antes no contaba porque había sido desde la distancia. Y cuando había hecho su revelación ante Xhex y él antes de la ceremonia de emparejamiento, había estado demasiado sorprendido para prestarle plena atención.
Pero era rubia, eso lo sabía. Y siempre le habían gustado las sombras… o al menos así había sido en la cabaña de Darius. Tampoco entonces había querido ser contemplada.
—De acuerdo, va bien —dijo Manello mientras inspeccionaba su trabajo de reparación—. Vamos a vendar esto y a por el siguiente.
No’One regresó justo cuando el cirujano estaba fijando el extremo de la venda.
—Puedes mirar si quieres.
Tohr frunció el ceño hasta que comprendió que Manello se estaba dirigiendo a No’One. La hembra estaba quedándose detrás, y tan seguro como si aquella capucha suya fuera un rostro con expresiones, podía decir que estaba preocupada.
—Aunque solo una advertencia. —Manello se movió hacia abajo—. Esta es peor que la de la mano… pero la palma es más importante porque es con lo que pelea.
Mientras No’One dudaba, Tohr se encogió de hombros.
—Puedes ver lo que quieras, asumiendo que tu estómago lo soporte.
Ella dio un rodeo y se quedó tras el doctor, cruzando los brazos dentro de las mangas de su túnica así que parecía algún tipo de estatua religiosa. Solo que estaba muy viva: cuando él parpadeó mientras estaba la aguja con la anestesia, pareció encogerse sobre sí misma.
Como si el que él tuviera dolor la afectara.
Tohr apartó los ojos durante todo el tiempo.
—De acuerdo, ya estás —dijo Manello un tiempo después—. Y antes de que preguntes, te daré un “pch, probablemente”. Dado lo rápido que os curáis, deberías estar bien para mañana por la noche. Por el amor de dios, sois como los coches: os dan una paliza, os vais al mecánico, y lo siguiente es que estáis de vuelta a la carretera. Los humanos necesitan un tiempo malditamente largo para superar las cosas.
Hum-hum, vale. En realidad Tohr no estaba listo para incluirse en territorio Dodge Ram[i]. El agotamiento que estaba arrastrando consigo significaba que tenía que alimentarse... y aquellas heridas relativamente menores podían tardar un poco en repararse.
Aparte de aquella única sesión con Selena, no había tomado de la vena desde...
Nop. No iba a ir ahí. No necesitaba abrir aquella puerta.
—Nada de caminar con este pie —ordenó el cirujano mientras se quitaba los guantes—. Al menos hasta el amanecer. Y nada de nadar.
—Sin problemas. —Especialmente con lo último. Después de lo que acababa de ver flotando en medio de la maldita piscina, puede que no volviera a la piscina nunca más. A cualquier piscina, ya puestos.
Lo único que salvaba aquel encontronazo con ella de ser un total desastre era que no había habido nada sexual de su parte. Sí, había estado sorprendido, pero eso no significaba que quisiera... ya sabes, ligársela o alguna mierda de esas.
—Una pregunta —dijo el doctor mientras se levantaba y le tendía la mano.
Tohr aceptó la palma y se sorprendió un poco al encontrarse puesto sólidamente sobre sus pies.
—¿Qué?
—¿Cómo ha sucedido?
Tohr miró hacia No’One… quien rápidamente apartó la mirada, girando su cuerpo entero en dirección contraria.
—Se me resbaló la botella de la mano —murmuró Tohr.
—Ah, bueno… los accidentes suceden. —El tono de si-claro sugería que el tipo no se lo creyó ni durante un momento—. Llámame si me necesitas. Estaré en la clínica el resto de la noche.
—Gracias, tío.
—Sí.
Y entonces... No’One y él se quedaron solos del todo.

Capítulo 11

Mientras No’One observaba irse al sanador, se encontró queriendo alejarse de Tohrment. Parecía como si, en ausencia de cualquier otro implicado, de repente él estuviera más cerca. Y fuera mucho, mucho más grande.
En el silencio que resultó, ella tuvo la sensación de que deberían estar hablando, pero su mente estaba nublada. Mortificada ni siquiera se aproximaba, y ella tenía la intuición de que si solo pudiera explicarse, quizás si pudiera hacer que ese sentimiento desapareciera.
Mientras tanto, demasiada de la forma física de él se mostraba para su comodidad. Él era tan alto... centímetros y centímetros, treinta centímetros más alto que ella. Y su cuerpo no era esbelto como el suyo. A pesar de que estaba más delgado de lo que recordaba de antes y mucho más ligero que sus Hermanos, todavía era más ancho y más musculoso de lo que cualquier macho miembro de la glymera jamás había sido...
¿Dónde estaba su lengua? pensó ella.
Y, sin embargo, incluso mientras se preguntaba eso, lo único que podía hacer era medir la brutal anchura de sus hombros y los imponentes contornos de su amplio pecho, y aquellos largos y brutalmente musculosos brazos. No obstante, no era porque le considerara atractivo. Se sintió abruptamente asustada de todo ese poder físico...
Tohrment fue el que dio un paso atrás con una mueca de repugnancia en el rostro.
—No me mires así.
Sacudiéndose, recordó que éste era el macho que la había liberado. No alguien que le hubiera hecho daño alguna vez. O que lo haría.
—Lo siento...
—Escucha, y quiero dejar esto claro. No estoy interesado en nada de ti. No sé qué clase de juego estás jugando...
—¿Juego?
Su poderoso brazo salió disparado cuando señaló a la piscina.
—Yacer esperando a que yo bajara aquí...
No’One retrocedió.
—¿Qué? Yo no le estaba esperando ni a usted ni a nadie más...
—Tonterías...
—Lo comprobé primero para asegurarme de que estaba sola...
—Estabas desnuda, allí flotando como una especie de puta...
—¿Puta?
Sus voces rebotaban alrededor como balas, cruzando sus caminos cuando se interrumpían el uno al otro.
Tohrment inclinó el torso hacia delante.
—¿Por qué viniste aquí?
—Trabajo como lavandera...
—No al centro de entrenamiento... a este maldito complejo.
—Quería ver a mi hija...
—Entonces, ¿por qué no has pasado algo de tiempo con ella?
—¡Está recién emparejada! He tratado de ponerme a disposición...
—Sí, lo sé. Pero no para ella.
La falta de respeto en aquella voz profunda le hizo desear encogerse, pero su injusticia le dio agallas.
—Yo no tenía ningún modo de saber que iba a entrar aquí. Pensé que todos se habían ido para la noche...
Tohrment acortó la distancia entre ellos.
—Voy a decir esto sólo una vez. Aquí no hay nada para ti. Los machos emparejados de esta casa están vinculados a sus shellans, Qhuinn no está interesado, y yo tampoco. Si has venido buscando un hellren o un amante, no estás de suerte...
—¡No quiero un macho! —Su grito lo silenció pero eso no era apenas suficiente—. Diré esto sólo una vez. Me mataría a mí misma antes de aceptar nunca a otro macho en mi cuerpo. Sé por qué me odia, y respeto sus razones, pero no le quiero a usted o a cualquier otro de su opinión. Jamás.
—Entonces empieza por conservar tu maldita ropa puesta.
Ella lo habría abofeteado si hubiera podido alcanzar tan alto. La palma de su mano incluso comenzó a hormiguear.
Pero no saltó para borrar la terrible expresión de su rostro por la fuerza. Levantando la barbilla, dijo con tanta dignidad como pudo:
—En el caso de que haya olvidado lo que el último macho me hizo, le puedo asegurar que yo no lo hice. Si decide creerme o prefiere engañarse, ése no es mi problema... o mi preocupación.
Cuando pasó cojeando por delante de él, ella lamentó por una vez que su pierna no fuera la que había sido antes: el orgullo estaba mucho mejor servido con un paso uniforme.
Cuando llegó a la antesala, se volvió a mirarle. Él no se había girado del todo, así que ella se dirigió a sus hombros... y al nombre de su shellan, que estaba grabado en su piel.
—Nunca me acercaré a esa agua otra vez. Vestida o desnuda.
A medida que se tambaleaba hacia la puerta, temblaba de pies a cabeza, y no fue hasta que sintió el golpe frío del aire en el pasillo que se dio cuenta que había dejado el cubo de basura con ruedas, la escoba eléctrica y su vestido detrás.
No iba a volver a por ellos, eso era seguro.
En la lavandería se abrazó a sí misma y se apoyó contra la pared tras las puertas.
De repente, sintió que se asfixiaba y se arrancó la capucha de la cabeza. De hecho, su cuerpo estaba caliente y no era debido a la capa pesada que llevaba. Un fuego interno había arraigado y utilizaba su intestino para encenderlo, y el humo caliente de ese fuego llenaba sus pulmones desplazando el oxígeno.
Era imposible conciliar al macho que había conocido en el Viejo País con el que ahora veía. El antiguo había sido torpe, pero nunca, jamás, irrespetuoso, un alma amable y gentil que de alguna manera se destacó en sus esfuerzos brutales en la guerra... mientras conservaba su compasión.
Esta copia actual no era más que una cáscara amarga.
¿Y pensar que había asumido que preparar ese vestido sería de algún beneficio?
Ella habría tenido mejor suerte moviendo la mansión con la mente.
*  *
Tras la cabreada salida de No'One, Tohr decidió que, salvo por el hecho de que John Matthew no se las había apañado para cortarse en la mano y el pie hasta ahora esta noche, parecía que Tohr y el chico tenían mucho en común: por cortesía de sus temperamentos ahora los dos estaban vestidos con el uniforme de Capitán Idiota... que incluía, sin coste adicional, la capa de la desgracia, los botines de la vergüenza y las llaves del Joderlamóvil.
Cristo, ¿qué había salido de su boca?
En el caso de que haya olvidado lo que el último macho me hizo, le puedo asegurar que yo no lo hice.
Con un gemido, se pellizcó el puente de la nariz. ¿Por qué demonios pensaría, durante un segundo siquiera, que la hembra tendría algún interés sexual en un macho?
—Porque asumiste que se siente atraída por ti y eso te dejó helado.
Tohr cerró los ojos.
—Ahora no, Lassiter.
Como era natural, el ángel caído no prestó ninguna atención a la cinta verbal de LÍNEA POLICIAL - NO PASAR. El idiota de pelo rubio-y-negro se acercó y se sentó en uno de los bancos, poniendo los codos sobre las rodillas de sus pantalones de cuero, con sus extraños ojos blancos fijos y serios.
—Es hora de que tú y yo tengamos una pequeña charla.
—¿Sobre mis habilidades sociales? —Tohr negó con la cabeza—. No te ofendas, pero prefiero seguir el consejo de Rhage... y eso es mucho decir.
—Alguna vez has oído hablar del Between.
Tohr giró con torpeza sobre su pie bueno.
—No estoy interesado en una clase de fracciones. Gracias.
—Es un lugar muy real.
—Como lo es Cleveland. Detroit. El hermoso centro de la ciudad de Burbank. —Había sido fan de Laugh-In en los años sesenta. Para matarlo—. Pero tampoco necesito saber acerca de ellos.
—Es el lugar donde está Wellsie.
El corazón de Tohr se detuvo en su pecho.
—¿De qué demonios estás hablando?
—Ella no está en el Fade.
Vale. Muy bien. Probablemente debería contestar a eso con “¿De qué coño estás hablando?”. En cambio, todo lo que podía hacer era contemplar al tipo.
—No está donde piensas que está —murmuró el ángel.
A través de la boca seca, se las arregló para decir:
—¿Estás diciendo que está en el infierno? Porque esa es la única otra opción.
—No, no lo es.
Tohr respiró hondo.
—Mi shellan era una hembra de valía y está en el Fade... no hay ninguna razón para pensar que estaría en el Dhund. En cuanto a mí, por esta noche he terminado de saltar a la garganta de la gente. Así que voy a salir por esa puerta de ahí —señaló en dirección a la antesala sólo para ser práctico— y vas a dejar que me vaya. Porque no estoy de humor para esto.
Apartándose, comenzó a andar cojeando, usando la muleta que No’One había traído.
—Estás bastante condenadamente seguro de algo sobre lo que no sabes una mierda.
Tohr se detuvo. Cerró los ojos otra vez. Rezó una oración por una emoción, cualquier emoción, aparte del impulso de matar.
No hubo suerte.
Miró por encima del hombro.
—Eres un ángel, muy bien. Así que se supone que debes ser compasivo. Acabo de acusar a una hembra que fue violada hasta ser fecundada de ser una puta. ¿De verdad crees que ahora mismo puedo estar dándole vueltas a todo lo de mi shellan?
—Hay tres lugares en el más allá. El Fade, donde los amados se reúnen. El Dhund, donde van los injustos. Y el Between...
—¿Has oído lo que acabo de decir?
—... que es donde las almas se quedan atrapadas. No se parece a los otros dos...
—¿Te importa?
—... porque el Between es diferente para cada uno. En este momento, tu shellan y tu hijo están atrapados por tu culpa. Por eso he venido... estoy aquí para ayudarte y ayudarles a llegar a donde pertenecen.
Mierda, éste era un buen momento para tener un pie jodido, pensó Tohr, porque de repente no tenía sentido del equilibrio en absoluto. Eso o el centro de entrenamiento estaba girando sobre el eje de la casa.
—No lo entiendo —susurró.
—Tienes que seguir adelante, amigo mío. Deja de aferrarte a ella para que pueda irse...
—No existe el purgatorio, si eso es lo que sugieres...
—¿De dónde coño te crees que vengo?
Tohr enarcó una ceja.
—De verdad quieres que responda a eso.
—No es gracioso. Y lo digo en serio.
—No, estás mintiendo...
—¿Alguna vez te has preguntado cómo te encontré en aquellos bosques? ¿Por qué me he quedado por aquí? ¿Te has preguntado por un momento por qué pierdo el tiempo contigo? Tu shellan y tu hijo están atrapados y me enviaron aquí para liberarlos.
—¿Hijo? —Tohr respiró.
—Sí, ella llevaba un niñito.
Las piernas de Tohr se aflojaron debajo de él en ese momento... por suerte, el ángel saltó hacia adelante y le agarró antes de que rompiera algo.
—Ven aquí. —Lassiter lo llevó hasta el banco—. Aparca y pon la cabeza entre las rodillas... tu color se ha ido al diablo.
Por una vez, Tohr no presentó batalla, dejó que su culo bajara y se dejó ser pretzelado[1] por el ángel. Cuando abrió la boca y trató de respirar, se fijó por ninguna razón en especial que las baldosas en el suelo no eran de un azul agua liso, sino tenían motas multicolores de blanco y gris y azul marino.
Cuando una mano grande comenzó a hacer círculos en su espalda, se sintió extrañamente consolado.
—Un hijo... —Tohr levantó un poco la cabeza y se pasó la palma por la cara—. Yo quería un hijo.
—Ella también.
Él miró bruscamente.
—Nunca me lo dijo.
—Guardó silencio porque no quería que se te hinchara demasiado el pecho por tener dos machos en la casa.
Tohr se echó a reír. O tal vez fue un sollozo.
—Ella haría eso.
—Sí.
—Así que la has visto.
—Sí. No lo lleva bien, Tohr.
De repente, se sintió como...
—Voy a vomitar. —Que era mejor que llorar—. ¿El purgatorio?
—El Between. Y hay una razón por la que nadie sabe sobre eso. Si sales, entras en el Fade... o el Dhund, y tu experiencia de dónde has estado es olvidada, un mal recuerdo que se desvanece. Y si tu ventana se cierra, estás allí atrapado para siempre, así que no es como si presentaras algún informe sobre el paisaje.
—No entiendo... ella vivió una buena vida. Era una hembra de valía que fue llevada demasiado pronto. ¿Por qué no entraría en el Fade?
—¿Has oído lo que he dicho? Por ti.
—¿Por mí? —Levantó las manos—. ¿Qué coño hice mal? Vivo y respiro... No me suicidé y no voy a...
—No la has dejado marchar. No lo niegues. Venga, mira lo que acabas de hacer a No'One. La interrumpiste desnuda, sin falta alguna de su parte, y le arrancaste la cabeza porque pensaste que te quería seducir con un caso de caliente-y-mojada.
—¿Y de alguna manera está mal que no quiera ser comido con los ojos? —Tohr frunció el ceño—. Además, cómo diablos sabes exactamente qué ha pasado.
— Sinceramente no pensarás que estás siempre solo, ¿verdad? Y el problema no es No’One. Eres tú... no quieres sentirte atraído por ella.
—Yo no me siento atraído por ella. No lo hago.
—Pero está bien si te sientes así. Ese es el asunto...
Tohr se le acercó, agarró la parte delantera de la camisa del ángel, y acercó sus cabezas.
—Tengo dos cosas que decirte. No creo una palabra de lo que me estás diciendo, y si sabes lo que es bueno para ti, no dirás una puta palabra más sobre mi compañera.
Cuando Tohr lo soltó con un empujón y se puso de pie, Lassiter maldijo.
—No tendrás un para siempre con esto, compañero.
—Mantente alejado de mi habitación.
—¿Estás dispuesto a apostar su eternidad contra tu cólera? ¿De verdad eres tan arrogante?
Tohr lanzó una mirada feroz por encima del hombro... pero el hijo de puta se había ido: No había nada más que aire en el banco donde el ángel había estado. Y era difícil discutir con eso.
—Lo que sea. Jodido paranoico.



Capítulo 12

Cuando Xhex entró en el Iron Mask, sintió que estaba dando un paso atrás en el tiempo. Durante años había trabajado en clubes como este, arrancando las malas hierbas en medio de personas desesperadas como estas, con los ojos bien abiertos en busca de problemas… como ese pequeño nudo de tensión que se había formado adelante.
Justo enfrente de ella, dos tíos se pusieron en guardia para pelear, un par de gilipollas Góticos haciendo de todo menos escarbar en el suelo con sus New Rocks. Justo al lado, una calientabraguetas con el cabello blanco y negro, escote con purpurina y un puñetero atuendo con correas de cuero negro con hebillas se veía bastante satisfecha de sí misma.
Xhex quería darle una colleja y mandarla a su casa solo por esa actitud.
Sin embargo, el verdadero problema no era esta cabeza hueca con tetas, sino los dos trozos de carne que estaban a punto de saltar el uno sobre el otro, a lo Dana White. La preocupación no era tanto lo que hicieran a sus respectivas narices o mandíbulas, eran las otras doscientas personas que básicamente estaban comportándose. Cuerpos masculinos volando hacia atrás en una docena de direcciones diferentes podrían sentar de culo a un montón de espectadores y, ¿quién necesitaba eso?
Ella estaba a punto de intervenir cuando se recordó que éste ya no era más su trabajo. Ya no era responsable de estos tontos del culo, de sus libidos y celos, de sus tráficos y actividades con drogas, de sus hazañas sexuales…
Yyyyyyyyyyyy de todos modos, aquí estaba Trez “Latimer”, cuidando de eso.
Los humanos del gentío veían al moro, simplemente como uno de ellos, solo que más grande y agresivo. Sin embargo, ella conocía la verdad. Ese Sombra era mucho más peligroso de lo que cualquiera de los homo sapiens pudiera haber imaginado. Si él hubiese querido, podía haber rajado sus gargantas en un abrir y cerrar de ojos… y luego arrojado los cadáveres encima de un asador sobre el fuego, cocinarlos durante un par de horas y cenárselos con una mazorca de maíz y una bolsa de patatas fritas.
Los sombras tenía una única manera de deshacerse de sus enemigos.
Un antiácido, ¿el siguiente?
Cuando la mole de Trez les llamó la atención, la dinámica del escenario cambió al instante: la putita barata le echó una mirada y pareció olvidar los nombres de los dos tíos a los que había provocado hasta aturullarlos. Mientras tanto el par de idiotas borrachos se enfriaron un poco, dieron un paso atrás y revaluaron la situación.
Buen plan… estaban a un segundo de distancia de tenerla revaluada a la fuerza por cuenta de ellos.
Los ojos de Trez se encontraron con los de Xhex durante un instante y luego él se concentró en sus tres clientes. Cuando la hembra trató de acercársele de manera furtiva, parpadeando y ostentado sus tetas, le causó el mismo efecto que un bistec a un vegetariano. Trez estaba vagamente asqueado.
Sobre el fragor de la música, Xhex solo atrapó unas palabras aquí y allá, pero podría haber adivinado el libreto bastante bien. No seas imbécil. Déjalo así. Primera y única advertencia antes de que seas considerado persona non grata.
Al final de eso, Trez prácticamente tuvo que despegarse la arpía con una palanca… de alguna manera, ella se había injertado en su brazo.
Quitándosela de encima con un:
—No puedes hablar en serio —él se acercó—. Hola.
Por supuesto que esa sonrisa lenta y sexy de él era el problema. Y la voz profunda no ayudaba. Ni ese cuerpo.
—Hola. —Ella le devolvió la sonrisa—. ¿Problemas femeninos otra vez?
—Siempre. —Él echó un vistazo a su alrededor—. ¿Dónde está tu hombre?
—No está aquí.
—Ahhhh. —Pausa—. ¿Qué tal tú?
—No sé, Trez. No sé por qué estoy aquí. Yo solo…
Estirando el brazo pesado, le rodeó los hombros y la atrajo contra él. Dios mío, él olía igual, una combinación de Gucci Pour Homme y algo que era totalmente suyo.
—Vamos, nena—murmuró—. Pasemos a mi oficina.
—No me llames “nena”.
—Perfecto. ¿Qué tal Buttercup[ii]?
Ella deslizó un brazo alrededor de su cintura, recostó la cabeza sobre su pectoral y comenzaron a caminar juntos.
—¿Te gustan tus bolas dónde están?
—Sí. Sin embargo, no me gusta el aspecto que tienes. Te prefiero llena de energía y cabreada.
—Yo también, Trez. Yo también…
—¿Entonces estamos bien con Buttercup? ¿O tengo que ponerme más duro contigo? Sacaré mi “parte Sombra” si tengo que hacerlo.
En la trastienda del club, cerca de los vestuarios donde los “bailarines” se ponían y cambiaban sus ropas de calle, la oficina de Trez tenía una puerta como un refrigerador de carne. Dentro había un sofá de cuero negro, un escritorio grande de metal y un baúl con cantos de plomo cubierto con una manta que estaba atornillado al suelo. Eso era todo. Bueno, además de las órdenes de compra, recibos, mensajes de teléfono, ordenadores portátiles…
Parecía que hacía un millón de años desde que había estado rodeada de todo esto.
—Supongo que iAm no ha estado aún aquí —dijo señalando el desorden sobre el escritorio. El gemelo de Trez nunca lo habría tolerado.
—Él está en la cocina de Sal hasta la medianoche.
—El mismo programa, entonces.
—Si no se estropea…
Mientras se acomodaban, él en su silla tipo trono, ella en el sofá, a Xhex le dolía el pecho.
—Habla conmigo —dijo Trez, con el rostro oscuro serio.
Apoyando la cabeza sobre la mano y cruzando el tobillo sobre la rodilla, ella jugaba con los cordones de su shitkicker.
—¿Qué pasaría si te dijera que quiero recuperar mi antiguo trabajo?
En su visión periférica, lo vio echarse un poco atrás.
—Pensé que estabas peleando con los Hermanos.
—Yo también.
—¿Wrath no está precisamente cómodo con una hembra en el campo de batalla?
—John no lo está. —Mientras Trez maldecía, ella resopló con fuerza—. Y como yo soy su shellan, lo que él dice es lo que vale.
—Él en verdad te miró a los ojos y…
—Oh, él hizo más que eso. —Cuando un gruñido amenazador se filtró en el aire, ella hizo un gesto con la mano—. No, nada violento. Sin embargo, la discusión… las discusiones no fueron una fiesta.
Trez se recostó. Tamborileó los dedos en el desorden delante de él. Le clavó la mirada.
—Por supuesto que puedes volver… me conoces. No estoy obligado por ninguna noción vampírica de propiedad… y la nuestra es una sociedad matriarcal, así es que nunca he entendido la misoginia de las Viejas Costumbres. Sin embargo, estoy preocupado por ti y John.
—Lo resolveremos. —¿Cómo? No tenía ni idea. Pero ella no iba a permitirse el miedo de que no fuesen capaces de una mayor credibilidad por decirlo de algún modo—. No puedo sentarme en esa casa sin hacer nada y no quiero poner los ojos encima de esa pandilla. Mierda, Trez, debería haber sabido que esta cosa del emparejamiento era una mala idea. No estoy hecha para eso.
—Parece que tú no eres la que crea el problema. A pesar de que entiendo lo que le está pasando. Si algo le sucediera a iAm, me volvería puñeteramente loco… así que no es una buena idea que él y yo luchemos uno al lado del otro.
—Lo haces de todos modos.
—Sí, pero somos estúpidos. Y no es que salgamos buscando cuerpo a cuerpo cada noche… tenemos trabajos de oficina que nos mantienen ocupados y solo si algo nos encuentra nos encargamos de ello. —Él abrió una gaveta del escritorio y le arrojó un juego de llaves—. Hay una última oficina vacía por el pasillo. Si ese detective de homicidios del DPC viene de nuevo por Chrissy y ese novio suyo muerto, nos encargaremos de ello si tenemos que hacerlo. Entretanto, te repondré en la nómina. Es buen momento… podría necesitar algo de ayuda organizando a los gorilas. Pero y quiero decir esto… no hay obligación a largo plazo. Puedes dejarlo cuando quieras.
—Gracias, Trez.
Ambos se miraron a través del escritorio.
—Va a salir bien —dijo la Sombra.
—¿Estás seguro?
—Positivo.
*  *
Como a una manzana y media de distancia del Iron Mask, Xcor estaba parado al abrigo de una sala de tatuajes, el resplandor rojo, amarillo y azul de su cartel de neón se le metía en ojos y en nervios.
Throe y Zypher habían entrado en el establecimiento hacía aproximadamente diez minutos.
Pero no por tinta.
Por todo lo que era sagrado, Xcor habría preferido que sus soldados estuvieran en cualquier otro lugar en una misión de cualquier otro tipo. Desgraciadamente, uno no podía negociar con la necesidad de sangre… y ellos todavía no habían encontrado una fuente confiable para eso. En el apuro en que se encontraban, las hembras humanas servirían, pero la fuerza no duraba mucho tiempo y eso significaba que la búsqueda de víctimas era casi tan frecuente como la de alimentos.
Es más, apenas habían estado aquí durante una semana, y ya podía sentir la histéresis en su carne, allá en el Viejo Mundo, habían tenido a las hembras vampiros apropiadas a las que habían pagado por el servicio. Aquí, en la actualidad no tenían ese lujo y él temía que pasaría un tiempo antes de que lo tuvieran.
Aunque si se convertía en rey, el problema estaría resuelto.
Mientras esperaba, se balanceaba sobre las botas, su chaqueta de cuero hacía un sutil chirrido. En la espalda, oculta en su funda, pero lista para usarse, su guadaña estaba tan impaciente como él.
Algunas veces podría jurar que la cosa le hablaba: Por ejemplo, de vez en cuando, un ser humano pasaría por el agujero del callejón en el que él estaba, tal vez fuera un solitario caminando rápidamente a grandes pasos o una mujer holgazaneando mientras trataba de encender un cigarrillo en el viento, o un grupito de juerguistas. Cualquiera que fuera la variante, sus ojos los seguían como presas, observando la manera en que sus cuerpos se movían y donde podrían estar ocultando las armas y cuantos saltos le llevaría interponerse en su camino.  
Y durante todo el rato, su guadaña le murmuraba al oído, urgiéndolo a pasar a la acción.
Allá en el tiempo del Bloodletter, los humanos habían sido más escasos y menos robustos, buenos para la práctica de tiro y como fuente de sustento… lo cual era el motivo de como esa raza de ratas sin cola había acabado con tantos mitos de vampiros. Sin embargo, ahora los roedores se habían apoderado del palacio de la tierra, convirtiéndose en una amenaza.  
Era una lástima que no pudiera trabajar en Caldwell apropiadamente. Asumir el control no solo del gran Rey Ciego y de la Hermandad, sino también de los homo sapiens.
Su guadaña estaba lista, eso era seguro. Casi la sentía hormiguear en su espalda, implorando ser usada con esa voz que era más sexy que cualquier cosa que sus oídos hubieran escuchado de una hembra.
Throe salió de la tienda y entró en el callejón. Inmediatamente, los colmillos de Xcor se alargaron y su polla se endureció, no porque estuviera interesado en tener sexo, sino porque eso era lo que su cuerpo hacía.
—Zypher está terminando con ellos en este momento —dijo su teniente.
—Bien.
Cuando una puerta de metal se abrió en el callejón, ambos metieron las manos en sus guardapolvos de cuero y agarraron sus armas. Pero solo era Zypher… con un trío de damas, todas las cuales eran tan atractivas como basura junto a un plato de comida.
Ya sabes mendigos, elegir y todo eso[iii]. Además, cada una tenía el requisito más importante: un cuello.
Al acercarse, Zypher estaba sonriendo abiertamente, pero teniendo cuidado para no mostrar los colmillos. Con su acento, arrastrando las palabras dijo:
—Estas son Carla, Beth y Linda…
—Lindsay —gritó la que estaba más lejos.
—Lindsay —se corrigió él, estirando la mano y acercándola—. Chicas, os presento a mi amigo… y este es mi jefe.
El soldado no se molestó con los nombres… ¿por qué derrochar aliento? Sin embargo, a pesar de la presentación inadecuada, parecían excitadas: Carla, Beth y Lin-no importa-que-coño sonreía a Throe, toda luz verde en los ojos… hasta que miraron a Xcor.
Si bien él estaba prácticamente en las sombras, un luz de seguridad había sido accionada por el movimiento sobre la puerta por la que ellas habían salido y claramente no les gustaba lo que veían. Dos de ellas bajaron los ojos al suelo. La otra estaba atareada jugando nerviosamente con la chaqueta de cuero de Zypher.  
El intrínseco rechazo no era una reacción inaudita. De hecho, ninguna hembra le había mirado jamás con aprobación o atracción.
Por fortuna, a él no podría importarle menos.
Antes de que el silencio pudiera resultar incómodo, Zypher dijo:
—De todos modos, estas bellas damas están a punto de ir a trabajar…
—Al Iron Mask —dijo en voz alta Lin-lo que sea.  
—… pero ellas han acordado reunirse aquí con nosotros a las tres.
—Cuando salgamos —agregó una de ellas.
Cuando el trío cayó en una serie de risitas nerviosas y pícaras, Xcor no estaba más interesado en ellas de lo que ellas estaban en él. De hecho, sus aspiraciones eran mucho más elevadas que los gustos de Zypher. El sexo, como beber sangre, era una función biológica inconveniente, y él era demasiado inteligente para caer alguna vez en esa mierda del romance.
Si uno estaba decidió a ir por ese camino, la castración era más fácil, menos dolorosa e igual de permanente.    
—Entonces, ¿tenemos una cita? —dijo Zypher a la mujer.
La que prácticamente se había metido en sus ropas murmuró algo que le hizo bajar la cabeza. Cuando Zypher frunció el ceño, no fue difícil imaginar el quid del asunto, y la mujer no se veía demasiado infeliz por su repuesta.
Ella ronroneó.
No obstante, eso era lo que hacían las gatas callejeras no esterilizadas, supuso Xcor.
—Es una cita —dijo el vampiro, echando una mirada a Throe—. He prometido que vamos a cuidar de estas tres muy bien.
—Tengo lo que necesitamos.
—Está bien. Bueno. —Él dio un manotazo al culo de una, luego al de la otra. A la tercera, la mujer tratando de meterse en su abrigo, se inclinó y la besó con fuerza.
Más risitas nerviosas. Más miradas tímidas que no eran del todo por el hecho que se trataba de prostitutas rumbo a ser pagadas.
Justo cuando estaban yéndose, cada una de las mujeres se volvió para mirar a Xcor, sus expresiones sugerían que él era como una enfermedad a la que pronto estarían expuestas. Se preguntó quién iba a conseguir la pajita más corta cuando todos ellos volvieran a reunirse… porque seguro como que el día era largo y las noches siempre demasiado cortas, iba a tener una de ellas.
Simplemente costos extras en este tipo de situaciones.
—Delicados especímenes de virtud —dijo Xcor secamente, cuando estuvo a solas con sus soldados.
Zypher se encogió de hombros.
—Ellas son lo que son. Y serán lo bastante buenas.
—Procuro encontraros hembras adecuadas —dijo Throe—. Sin embargo, no es fácil.
—Quizás necesitas intentarlo con más fuerza. —Xcor levantó la mirada al cielo—. Ahora pongámonos a trabajar. Estamos perdiendo el tiempo.   



[1] Un pretzel es un tipo de galleta o bocadillo horneado, y retorcido en forma de lazo.


[i] Marca de camioneta pickup del estadounidense Chrysler Group LLC
[ii] Una de las supernenas (España)
[iii] Beggars can´t be chooser. Es algo asi como el que mendiga no puede elegir o traducido al nuestro a caballo regalado no le mires el diente.

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