jueves, 14 de junio de 2012

Amante Renacido/Capitulos 13 14 15

Capítulo 13

¿Puta? ¿Puta?
Mientras No´One se lanzaba hacia el Otro Lado y entraba en el Santuario donde había pasado siglos, no podía entender ni la palabra ni la furia en su cabeza.
Abajo, en el centro de entrenamiento, la ropa limpia jamás fue doblada con tal saña, y cuando terminó sus deberes, permanecer en la mansión durante las horas del día no había sido posible.
Este era su otro único destino.
Y de todas maneras era el momento de venir para refrescarse.
De pie en el campo de coloridas flores, tomó grandes bocanadas de aire… y rezó para que la dejaran tranquila. Las Elegidas eran un agradable grupo de hembras sagradas y merecían algo mejor de lo que tenía que ofrecer incluso a una transeúnte casual… por fortuna la mayoría estaban en el Otro Lado con el Primale.
Levantándose la túnica, comenzó a caminar, marchando a través de los perpetuamente florecidos tulipanes con sus gordos sombreros de colores vibrantes como joyas. Siguió caminando hasta que su pierna herida comenzó a protestar. Y aun así continuó con su paseo.
El precioso territorio de la Virgen Escriba estaba limitado en sus cuatro costados por un denso bosque y salpicado con edificios y templos de estilo clásico. No’One conocía cada techo, cada pared, cada sendero, cada charca... y ahora, en su furia, hizo un amplio círculo alrededor de todo eso.
La rabia la animaba, dirigiéndola hacia… nada ni nadie. Y aun así, no obstante, explotó.
¿Cómo podía él, que la había visto sufrir, llamarla así? Había sido una virgen a quien le había sido violentamente arrebatado el regalo que tenía intención de dar al que hubiera sido emparejada.

¡Puta!
Sin embargo, Tohrment no era el macho que había conocido una vez… y cuando se le ocurrió esa idea, llegó a la conclusión de que en cierto modo eran iguales. También ella tenía que liberarse de la antigua encarnación de sí misma, pero a diferencia de él, su imagen actual era una mejoría.
Después de un tiempo la pierna le dolía tanto que tuvo que reducir la velocidad… y luego detenerse. El dolor era un gran esclarecedor, haciendo que el ambiente donde estaba actualmente reemplazara al que había dejado abajo pero que seguía con ella.
Estaba de pie frente al Templo de las Escribas Recluidas.
Estaba desocupado. Tal como estaban los otros edificios.
Mientras observaba los alrededores, la profunda verdad de la quietud le invadió. El paisaje estaba completamente desierto. Era como si, en un golpe de ironía, el vibrante color que finalmente había llegado aquí no sólo hubiera reemplazado al blanco dominante, sino espantado toda vida.
Recordando el pasado, cuando había habido mucho que hacer, se dio cuenta que en realidad, había ido al Otro Lado no sólo a buscar a su hija, sino para encontrar otro lugar donde pudiera ocuparse hasta el agotamiento para no tener que pensar demasiado.
Aquí no tenía nada que hacer.
Queridísima Virgen Escriba, se iba a volver loca.
Abruptamente, una imagen de los hombros desnudos de Tohrment, hijo de Hharm, lleno su mente hasta quedar cegada por ellos.
WELLESANDRA
El nombre estaba grabado a lo ancho de su musculatura en el Antiguo Idioma, la marca de una verdadera unión de cuerpos y almas.
Después de tener algo como eso y que le fuera arrebatado por el destino, sin duda alguna estaba tan arruinado como ella misma. Y al principio también había estado enfadada. Cuando había llegado aquí después de su muerte y le fueron mostrados sus deberes por la Directrix, su entumecimiento se había desvanecido, revelando un torrente de ira. Sin embargo no hubo nada contra lo que pudiera descargarse excepto consigo misma... y lo había hecho durante décadas.
Al menos hasta que se dio cuenta del “por qué” de su destino, el propósito detrás de su tragedia, el motivo de su salvación.
Se le había otorgado una segunda oportunidad para que pudiera nacer de nuevo en un rol de servicio y humildad, y aprender de los errores de su antigua vida.
Empujando la puerta del templo para abrirla, cojeó hasta la inmensa sala, donde estaban las filas de escritorios, rollos de pergaminos y las brillantes plumas de aves. En cada puesto, en el centro del espacio de trabajo, había un cuenco de cristal redondo lleno tres cuartos de agua tan pura que era casi invisible.
Verdaderamente, Torhment estaba sufriendo como lo hizo ella, tal vez acababa de comenzar el viaje que ella sentía como si hubiera completado hacía demasiados años como para contarlos. Y a pesar de que su furia era una emoción fácil de sentir al enfrentar su injusta acusación, el entendimiento y la compasión eran las más difíciles, las más valiosas posturas a tomar…
Había aprendido eso del ejemplo que daban las Elegidas.
Aunque entender requería conocimiento, pensó, observando fijamente uno de los cuencos.
Mientras daba un paso hacia delante, estaba intranquila por la búsqueda que iba a comenzar, y escogió un puesto alejado, alejado y al fondo, lejos de las puertas y ventanas emplomadas de tamaño catedral.
Una vez sentada, no encontró polvo en la superficie del escritorio, ni un diminuto resto dentro o sobre el agua, ninguna tinta seca en las botellas… a pesar del hecho de que había pasado mucho tiempo desde que la habitación había estado llena de hembras buscando acontecimientos sobre la raza allá abajo y registrando la historia que aparecía frente a sus amables ojos.
No´One levantó el cuenco, sosteniéndolo con sus palmas, no sus dedos. Con un movimiento apenas perceptible, comenzó a hacer girar el agua, imaginándose la espalda de Tohrment tan claramente como pudo.
Muy pronto, la historia comenzó a desarrollarse, contada en imágenes en movimiento que estaban atadas con vivos colores y animadas por el amor.
Nunca antes había pensado en buscarlo a él o a su vida con los cuencos. Las pocas veces que había venido aquí había sido para revisar el destino de su familia y el curso de la vida de su hija. Ahora, sin embargo, sabía que habría sido demasiado doloroso para ella buscar a los dos guerreros que le habían dado refugio y la habían protegido.
En su último y más cobarde acto, los había traicionado a ambos.
En la superficie del agua, observó a Torhment con una hembra pelirroja de gran estatura… estaban bailando un vals, ella usaba aquel vestido rojo, él estaba sin túnica presumiendo de la fresca cicatriz que deletreaba su nombre en la Antigua Lengua. Él estaba tan feliz, incandescente incluso, su amor y emparejamiento lo hacían brillar como la Estrella Polar.
Hubo otras escenas que le siguieron, moviéndose a través de los años, desde cuando todo había sido nuevo para ellos hasta la comodidad que viene con la familiaridad, desde pequeñas residencias a otras más grandes, desde los buenos momentos donde reían juntos hasta los momentos difíciles cuando discutían.
Era lo mejor que la vida tenía para ofrecer a cualquiera: una persona para amar y ser amado, con quien tallas tus propósitos en el roble del eterno paso del tiempo.
Y entonces otra escena.
La hembra estaba en una cocina, una adorable y brillante cocina, de pie frente a un fogón. Había una sartén en el fuego, algún tipo de carne cocinándose, y tenía una espátula en su mano. Sin embargo no estaba mirando hacia abajo. Observaba fijamente al espacio delante de ella, sus ojos desenfocados mientras el humo comenzaba a elevarse.
Tohrment apareció, apresurándose por la entrada, gritó su nombre y tomó una pequeña toalla y aproximándose a una lámpara en el techo restregó la tela una y otra vez vigorosamente mientras parpadeaba como si le dolieran los oídos.
En la cocina, Wellesandra regresó su atención y apartó la sartén ardiendo de la espiral caliente. Comenzó a hablar, y a pesar de que no había sonido incluido con las imágenes, estaba claro que estaba disculpándose.
Después de que todo estuviera ordenado, calmado y nada en llamas, Tohrment se apoyó sobre la encimera, se cruzó de brazos y habló por un momento. Luego guardó silencio.
Pasó mucho tiempo antes de que Wellesandra contestara. En las anteriores imágenes sobre su vida ella siempre parecía ser fuerte y directa… ahora su expresión era insegura.
Cuando terminó su réplica, apretó los labios y sus ojos se mantuvieron sobre su compañero.
Los brazos de Tohrment se desdoblaron gradualmente hasta que colgaron laxos a sus costados, su boca se volvió laxa también, su mandíbula desenganchándose hasta caer abierta. Sus ojos parpadearon repetidamente, abriendo y cerrando, abriendo y cerrando, abriendo y cerrando...
Cuando se movió finalmente, fue con la gracia de alguien que se ha roto todos los huesos del cuerpo: se tambaleó a través de la distancia que los separaba y cayó de rodillas ante su shellan. Levantando sus manos temblorosas, le tocó el vientre mientras las lágrimas llenaban sus ojos.
No dijo ni una palabra. Sólo acercó a su compañera hacia él, sus grandes y poderosos brazos envolvieron su cintura y su mejilla mojada terminó descansando en su útero.
Sobre él, Wellesandra comenzó a sonreír… radiante, en realidad.
Debajo de su felicidad, sin embargo, el rostro de Tohr estaba moldeado con líneas de terror. Como si supiera, incluso entonces, que el embarazo del que ella se regocijaba era la muerte para los tres…
—Pensé que te encontraría de este lado.
No’One giró de repente, el agua dentro del cuenco le salpicó la túnica y echó a perder la visión
Tohrment permanecía en la entrada como si su invasión a la privacidad de él lo hubiera llamado para proteger lo que era suyo por derecho. Su mal humor se había disipado, pero aun con la ausencia de la ira, su rostro demacrado no se acercaba a lo que acaba de ver de él.
—He venido a disculparme —dijo.
Ella bajó el cuenco muy cuidadosamente, observando cómo la superficie agitada del agua se calmaba y el nivel se elevaba a como había estado, reponiéndose de una reserva desconocida e invisible.
—Me imaginé que debía esperar a que me tranquilizara un poco…
—He estado observándote —dijo ella—, en el cuenco. Con tu shellan.
Eso le cerró la boca.
Poniéndose de pie, No’One alisó su túnica aunque se sentía como siempre lo hacía, piezas de tela recta sin formas.
—Entiendo por qué estas de pésimo humor y te enfadas rápidamente. Está en la naturaleza de un animal herido atacar incluso a una mano amigable.
Cuando alzó la mirada, él estaba frunciendo el ceño tan profundamente que sus cejas formaban una sola línea. No era exactamente una bienvenida para una conversación. Pero era el momento de aclarar el ambiente entre ellos, y al igual que al desbridar una herida infectada, cabía esperar que doliera.
A pesar de eso, la infección tenía que ser eliminada de la carne.
—¿Hace cuanto tiempo que falleció?
—Asesinada —dijo después de un momento—. Ella fue asesinada.
—¿Cuánto tiempo?
—Quince meses, veintiséis días, siete horas. Tendría que mirar un reloj para los minutos.
No’One caminó hacia las ventanas y observó hacia el brillante césped verde.
—¿Cómo te enteraste de que te había sido arrebatada?
—Mi Rey. Mis hermanos. Vinieron a mí… y me dijeron que le habían disparado.
—¿Qué pasó después de eso?
—Grité. Me desmaterialicé hacia algún lado, cualquier otro lado. Lloré durante semanas solo en el desierto.
—¿No realizaste una ceremonia de Fade?
—No regresé durante casi un año —maldijo y se restregó el rostro—. No puedo creer que me estés preguntando esta mierda, y no puedo creer que te esté respondiendo.
Ella se encogió de hombros.
—Es porque fuiste cruel conmigo en la piscina. Te sientes culpable, y yo siento que me debes algo. Lo último me hace audaz, lo primero afloja tus labios.
Él abrió la boca. La cerró. La abrió de nuevo.
—Eres muy inteligente.
—En realidad, no. Es obvio.
—¿Qué viste en el cuenco?
—¿Estás seguro de que quieres que te lo diga?
—Todo eso ronda mi cabeza en un interminable círculo. No habrá ninguna noticia nueva, sea lo que sea.
—Te dijo que estaba embarazada en tu cocina. Caíste al suelo frente a ella… estaba feliz, y tú no lo estabas.
Mientras él palidecía, deseó haber compartido otra de las escenas.
Y luego la sorprendió.
—Es raro… pero supe que eran malas noticias. Demasiada buena fortuna. Ella deseaba uno con tanta desesperación. Cada diez años discutíamos sobre eso cuando tenía su necesidad. Finalmente, llegó al punto en el que iba a dejarme si no estaba de acuerdo con intentarlo. Fue como escoger entre recibir una bala o una hoja… de cualquier manera, supe… de alguna forma que la iba a perder.
Usando la muleta, cojeó hacia una silla, la sacó y se sentó. Mientras maniobraba incómodamente su pie herido, ella se dio cuenta que tenían otra cosa en común.
Se acercó a él lentamente y de manera dispareja y se sentó en el escritorio a su lado.
—Lo siento mucho. —Cuando él pareció un poco sorprendido, se encogió de hombros de nuevo—. ¿Cómo puedo no ofrecer condolencias frente a tu pérdida? La verdad, después de veros juntos, no creo que alguna vez pueda olvidar lo mucho que la amaste.
Después de un momento, murmuró con voz quebrada.
—Pues ya somos dos.
Mientras percibían el silencio, Tohr observó fijamente a la pequeña y encapuchada figura sentada tan tranquila a su lado. Estaban separados por un metro y medio, cada uno sentado en uno de los escritorios de las Escribas. Pero parecía que estuvieran más cerca que eso.
—Quítate la capucha para mí. —Como No’One dudó, él insistió—. Has visto lo mejor de mi vida. Quiero ver tus ojos.
Sus pálidas manos se levantaron y temblaron ligeramente mientras retiraba lo que le cubría su rostro.
No lo miró. Probablemente no podía.
Con un enfoque imparcial, él valoró los espectaculares rasgos de sus facciones.
—¿Por qué usas eso todo el tiempo?
Ella respiró profundo, la túnica se elevó y cayó de tal manera que fue obligado a recordar que probablemente seguía desnuda debajo de ella.
—Dímelo —exigió.
Mientras ella cuadraba sus hombros, pensó que a cualquiera que creyera que esa hembra era débil le esperaba una sorpresa.
—Este rostro —señaló su mandíbula perfectamente angulada y sus altas y sonrojadas mejillas— no es lo que soy. Si las personas lo vieran, me tratarían con una deferencia que sería inapropiada. Incluso las Elegidas lo hicieron. Lo cubro porque si no lo hago, estaría propagando una mentira, e incluso si solo me pesa a mí, eso es suficiente.
—Tienes una manera tranquila de poner las cosas.
—¿La explicación no es suficiente?
—Lo es. —Cuando fue a colocársela de nuevo, él estiró el brazo y puso la mano sobre su brazo —. Si prometo olvidar tu aspecto, ¿la mantendrías bajada? No puedo juzgar tu humor muy bien si te escondes, y en caso de que no lo hayas notado, no estamos hablando del clima exactamente.
Mantuvo una mano sobre la mitad de la capucha, como si no pudiera dejarla ir. Y luego lo miró a los ojos, tan directamente que él retrocedió.
Era la primera vez que realmente lo miraba, se dio cuenta. Nunca antes.
Hablando con la misma franqueza, dijo:
—Sólo para que seamos completamente claros el uno con el otro, no tengo ningún interés en ningún macho. Estoy sexualmente asqueada de tu clase, y eso te incluye a ti.
Él se aclaró la garganta. Tiró de su camiseta sin mangas. Se removió en la silla.
Entonces respiró profundo y aliviado.
No’One continuó.
—Si te he ofendido…
—No, para nada. Sé que no es personal.
—Realmente no lo es.
—Para ser honesto, hace las cosas… más fáciles. Porque yo me siento de la misma manera.
Ante esto, ella realmente sonrió un poco.
—Vaya par que estamos hechos ¿no?
Estuvieron en silencio por un tiempo. Hasta que él habló de repente.
—Sigo enamorado de mi shellan.
—¿Por qué no lo estarías? Era adorable.
Se sintió sonreír por primera vez desde… hacía mucho tiempo.
—No era solo su apariencia. Era toda ella.
—Puedo decirlo por el modo en que la mirabas. Estabas embelesado.
Él levantó una de las plumas y observó la fina y afilada punta.
—Dios… Estaba tan nervioso esa noche en la que nos emparejamos. La quería demasiado, y no podía creer que fuera a ser mía.
—¿Fue arreglado?
—Sí, por mi mahmen. Mi padre no se interesaba por ese tipo de cosas... o por mí, para el caso. Pero mi madre se encargó de todo de la mejor manera que pudo, y era inteligente. Sabía que si tenía a una buena hembra, estaría establecido de por vida. O al menos… ese era el plan.
—¿Tu mahmen sigue viva?
—No, y me alegro que no le esté. No le habría gustado… nada de esto.
—¿Y tu padre?
—También está muerto. Me repudió hasta que se acercó a la tumba. Unos seis meses antes de que muriera me mandó a llamar… y yo no habría ido si no fuera por Wellsie. Me obligó, y estuvo en lo correcto. Me reclamó formalmente en su lecho de muerte. No entiendo por qué era tan importante para él, pero ahí lo tienes.
—¿Y Darius? No lo he visto por los alrededores.
—Fue asesinado por el enemigo. Justo antes de Wellsie —cuando ella jadeó y se llevó la mano a la boca, él asintió—. Ha sido un infierno, en realidad.
—Estas completamente solo —dijo en un susurro.
—Tengo a mis hermanos.
—¿Los dejas entrar?
Con una risa corta, sacudió su cabeza.
—Estás hecha un hacha con la retórica, ¿lo sabías?
—Lo siento, yo…
—No, no te disculpes —colocó la pluma en su lugar —. Me gusta hablar contigo.
Al escuchar la sorpresa en su propia voz, rió con aspereza.
—Vaya, estoy ganando muchos puntos contigo hoy, ¿verdad? —Golpeando sus piernas para dar por finalizada la conversación, se levantó con ayuda de la muleta—. Escucha, también vine aquí para hacer una investigación. ¿Sabes dónde está la biblioteca? Maldita sea si puedo encontrarla.
—Sí, por supuesto —mientras se levantaba, se deslizó de nuevo la capucha sobre la cabeza—. Te llevaré.
Cuando pasó por delante de él, frunció el ceño.
—Estas cojeando más de lo normal. ¿Te has hecho daño?
—No. Cuando me muevo mucho, duele.
—Podemos encargarnos de eso abajo, Manello es…
—Gracias, pero no.
Tohr levantó la mano y la detuvo antes de que saliera por la puerta.
—La capucha. Déjatela quitada, por favor. —Cuando no respondió, él dijo—: No hay nadie aquí excepto nosotros. Estás a salvo.



Capítulo 14

Cuando John Matthew se paró a orillas del río Hudson, a unos quince minutos al norte del centro de Caldwell, se sintió como si estuviera a miles de kilómetros de todo el mundo.
A su espalda, tenía la brisa imperante además de una pequeña cabaña de caza, que si no se supiera lo que era, lo descartarías como algo que no valía ni el esfuerzo de llamar a la puerta. Sin embargo el lugar era una fortaleza: paredes reforzadas con acero, un tejado impenetrable, ventanas a prueba de balas… y suficiente armamento en el garaje para que la mitad de la población de la ciudad viera a Dios de cerca y en persona.
Había asumido que Xhex vendría aquí. Había estado tan convencido que ni se había molestado en rastrearla.
Pero no estaba…
Un destello de faros a la derecha le hizo girar la cabeza. Un coche bajaba por el camino y lentamente se acercaba a la cabaña.
John frunció el ceño cuando escuchó el motor: quedo, profundo, un ronquido formidable.
No era ni un Hyundai ni un Honda. No podía ser una Harley, demasiado suave.
Lo que coño fuera estaba serpenteando y no se detuvo hasta llegar al final, donde había sido construida aquella pedazo de casa. Unos momentos después, las luces empezaron a encenderse en la mansión, la iluminación se vertió desde sus terrazas curvas y enseguida de sus tres buenas plantas.
La puñetera cosa parecía una nave espacial a punto de despegar.
No era asunto suyo y de todos modos era hora de irse.
Con una imprecación muda, dispersó sus moléculas y apuntó directamente al sobaco de Caldie, aquel trecho de bares, clubs de striptease y tiendas de tatuajes alrededor de la calle Trade.
El Iron Mask había sido el segundo club de Rehvenge, unas instalaciones de baile, sexo y drogas creadas para satisfacer la demografía gótica a la que no daba servicio su primer establecimiento, el ZeroSum, que había estado más en la onda de la chusma Euro-pija.
Había cola para entrar, siempre la había, pero los dos gorilas, Big Rob y Silent Tom, le reconocieron y le hicieron pasar por delante de todos los demás.
Cortinas de terciopelo, sofás profundos, luces negras… mujeres vestidas de cuero negro con maquillaje blanco y extensiones de cabello que les llegaban al culo… hombres apiñados en grupos planeando estrategias sobre cómo echar un polvo… música depresiva con letras que te hacían pensar con cariño en tragarte una bala.
Pero quizás era solo su estado anímico.
Y ella estaba allí. Podía sentir su sangre en Xhex y se dirigió a través de la multitud, apuntando a la señal.
Cuando llegó a la puerta sin cartel que conducía a la parte solo para el personal del club, Trez salió de las sombras. ¡Cómo no!
—¿Cómo vamos? —dijo la Sombra ofreciendo la palma de la mano.
Los dos se dieron una palmada y apretón de manos, chocaron los hombros y se dieron golpecitos en la espalda.
—¿Estás aquí para hablar con ella? —Cuando John asintió, el tipo abrió la puerta—. Le di la oficina junto al vestuario a mi lado. Regresó… solo está comprobando los informes del personal…
La Sombra se detuvo de golpe, pero había dicho suficiente.
Jesucristo…
—Esto, sí, ha vuelto —farfulló el tipo, como manteniéndose muyyy al margen de esto.
John lo eludió y echó a andar a grandes pasos por el pasillo. Cuando llegó a una puerta cerrada, no vio un cartel con su nombre, pero se preguntó cuánto tiempo tardaría.
Y llamó a la puerta, aunque ella tenía que saber que estaba allí.
Cuando ella lo invitó a entrar, él se coló…
Xhex estaba en el extremo más alejado, inclinada y tirando de algo en el suelo. Cuando alzó la vista con una mirada feroz, se congeló, lo cual le dijo que, de hecho, no se había dado cuenta de que él había llegado.
Fantástico. Estaba tan metida en un su nuevo antiguo trabajo, que ya se había olvidado de él.
—Eh… hola. —Mirando hacia abajo de nuevo reanudó lo que estaba haciendo, tirando de…
Sacó de repente un alargador de debajo del archivador y el extremo de dientes afilados salió volando.
Antes de que rasgara algo y le diera a ella de pleno, él saltó hacia delante y lo agarró, llevándose el golpe, el aguijón de dolor prendió en su caja torácica.
—Gracias —dijo ella mientras John se lo tendía y daba un paso atrás—. Estaba atascado allí atrás.
Así que… ¿ahora estás trabajando aquí?
—Sí. Lo estoy, no creo que sea razonable otra opción. Y —sus ojos se endurecieron—, si intentas decirme que no puedo…
Dios, Xhex, esto no es lo que somos. Gesticuló una y otra vez sobre el escritorio que los separaba. Esto no es nuestro.
—En realidad, supongo que sí, porque estamos aquí ¿no?
No quiero impedir que luches…
—Pero lo haces. Y no finjas otra cosa. —Xhex se sentó en la silla de oficina, se reclinó y un chirrido se elevó—. Ahora que tú y yo estamos vinculados, los Hermanos, incluso tu Rey, siguen tu ejemplo… no, espera. No he acabado. —Cerró los ojos como si estuviera exhausta—. Déjame decir esto. Sé que me respetan, pero respetan el privilegio de un macho vinculado sobre su shellan. Esto no es específico de la Hermandad… es la auténtica estructura de la sociedad vampírica, y sin duda es porque un macho vinculado es un animal peligroso. No puedes cambiar eso y yo no puedo vivir de este modo, así que sí, aquí estamos.
Puedo hablar con ellos, hacerles…
—No son la raíz del problema.
John sintió el repentino impulso de dar un puñetazo a la pared.
Puedo cambiar.
Bruscamente, los hombros femeninos cayeron y sus ojos, aquellos ojos grises, del color metálico de un arma, se hicieron más duros.
—No creo que puedas, John. Y yo tampoco, pero no voy a sentarme en casa cada noche y esperar que vuelvas al amanecer.
No te estoy pidiendo que lo hagas.
—Bien, porque no voy a volver a la mansión. —Mientras John notaba que se le iba la sangre de la cabeza, ella se aclaró la garganta—. Sabes, todo este asunto de la vinculación… sé que no puedes evitarlo. Estaba cabreada cuando me fui, pero he estado pensando en ello desde entonces y… Mierda, sé que si pudieras sentir diferente, ser diferente, lo harías. Aunque la realidad es que podemos desperdiciar otro miserable par de meses averiguándolo y aprendiendo a odiarnos el uno al otro en el proceso… yo no quiero eso. Tú no quieres eso.
Así que has terminado conmigo, dijo con señas. ¿Es así?
—¡No! No lo sé, quiero decir, ¡joder! —Levantó las manos—. ¿Qué más voy a hacer? Estoy tan frustrada contigo, conmigo, con todo… ni siquiera estoy segura de que lo que digo tenga sentido.
John frunció el ceño, encontrándose en el mismo lugar peliagudo que ella. ¿Dónde estaba el término medio?
Hay más para nosotros que esto, gesticuló.
—Quiero creerlo —dijo ella con tristeza—. En serio que quiero.
En un impulso, él rodeó la mesa y se cernió sobre ella. Agarrando el reposabrazos giró la silla hacia él y le tendió ambas manos, ofreciéndoselas.
Sin exigencias. Sin agresividad. Ella lo elegiría o no.
Tras unos instantes, Xhex puso las manos en las suyas y cuando tiró de ella hacia arriba no luchó contra él.
Deslizando los brazos alrededor de ella, la acercó… y luego moviéndose con poder, la inclinó desequilibrándola, sujetándola en sus poderosos brazos para que no cayera al suelo.
Taladrándola con los ojos, juntó sus labios una vez, brevemente. Cuando no lo abofeteó ni le pateó en los huevos o le mordió, bajó la cabeza y se apoderó de su boca como es debido, asediándola para que se abriera a él.
Cuando Xhex lo hizo, unió su cuerpo al de ella y la besó para sacarle toda esa mierda. Una de las manos masculinas acabó en su culo y lo apretó, la otra se cerró sobre la nuca. Cuando salió un gemido de la garganta femenina, supo que había demostrado tener razón.
Aunque no tenía una solución inmediata a la situación del macho vinculado, supo que esta conexión entre ellos era algo seguro, en un mundo que de pronto parecía lleno con quizá-no.
Detuvo el beso, la volvió a dejar donde había estado sentada y fue hacia la puerta.
Envíame un mensaje cuando quieras verme otra vez, dijo por señas. Te estoy dando tu espacio, pero que lo sepas: Esperaré eternamente por ti.
*  *
Suerte de la silla, pensó Xhex mientras la puerta se cerraba tras John.
Sí, ¡guau! Aunque la cabeza estaba embotada, su cuerpo estaba tan fluido y relajado como el aire cálido.
Ella todavía lo deseaba, como él había demostrado. Encajaban juntos… al menos de ese modo.
Santo infierno, y como encajaban.
Mierda. ¿Y ahora qué?
Bueno, una idea… sería mandarle un mensaje para que volviera, se encerraran juntos y se soltaran indebidamente en su nueva oficina.
Hasta echó mano del teléfono.
Sin embargo, al final, escribió algo totalmente distinto.
Lo resolveremos. Lo prometo.
Al dejar el teléfono, supo que era decisión de John y ella encontrar su futuro… resolviéndolo desde los bajíos rocosos e implacables del transcurso del tiempo de un modo que encajara con las necesidades de ambos.
Había asumido que sería luchar hombro a hombro con él y la Hermandad, lo mismo que él.
Tal vez aquel era todavía el modo. Tal vez no.
Mientras miraba su oficina, no estaba segura de cuánto tiempo estaría allí…
El golpe en la puerta que la interrumpió fue uno solo, pero fuerte.
—Sí —gritó.
Big Rob y Silent Tom entraron, con el mismo aspecto de siempre… como si estuvieran a punto de dejar caer de cabeza a algún figura por mal comportamiento. Y por mucho que estuviera concentrada todavía en John, era bueno tener que enfrentarse a los asuntos habituales. Se había pasado muchas noches asegurándose de que el club funcionara como la seda.
Esto podía hacerlo.
—Cuéntame —dijo ella.
Con naturalidad, Big Rob se mostró servicial.
—Hay un nuevo fulano en la ciudad.
—¿En qué línea de negocio?
El tipo se dio golpecitos en un lado de la nariz.
Drogas. Maravilloso… pero apenas una sorpresa. Rehv había sido el rey durante una década y ahora que había salido de escena… La oportunidad como la naturaleza, odiaba el vacío, y el dinero era un gran motivador.
Grandioso. Los bajos fondos de Caldwell ya eran como una mesa de tres patas en el infierno; no necesitaban más inestabilidad.
—¿Quién es?
—Nadie lo sabe. Ha venido de fuera, como de ninguna parte, y le acaba de comprar en polvo medio millón a Benlois, en efectivo.
Ella frunció el ceño. No era que dudara de las fuentes de su gorila, pero eso era mucha mercancía.
—Eso no significa que lo vayan a vender en Caldwell.
—Acabamos de recoger esto de un altercado en el lavabo de hombres.
Big Tom le arrojó un paquete de celofán sobre la mesa. La cosa estaba presentada en el formato habitual de seis gramos, excepto por un pequeño detalle. Llevaba estampado un sello en tinta roja.
Joder…
—No tengo ni idea de lo que es eso escrito.
Por supuesto que no. Era un carácter en la Antigua Lengua, uno que no tenía equivalente en inglés. Normalmente estaba estampado en documentos oficiales y representaba la muerte.
La pregunta era… ¿quién estaba intentado ocupar el lugar de Rehv que resultaba ser de la raza?
—El tipo del que obtuviste esto, ¿lo dejaste marchar? —le preguntó.
—Está esperándote en mi oficina.
Xhex se levantó y rodeó el escritorio. Clavándole la uña a Big Tom en el brazo con un rápido puñetazo, le dijo:
—Siempre me gustaste.


Capítulo 15

Arriba en el Santuario, No'One condujo a Tohrment a la biblioteca y esperaba dejarle con sus investigaciones, fueran estas cuales fueran. Sin embargo, cuando llegaron a su destino, él le abrió la puerta y le indicó que pasara delante.
Por supuesto, atravesó el umbral.
El templo de libros era largo, estrecho y alto, construido casi con las dimensiones de un folio de pie sobre su extremo. Por todas partes, los volúmenes encuadernados en piel, llenos con la cuidadosa caligrafía de generaciones de Elegidas, estaban colocados en estantes de mármol blanco por orden cronológico, las historias que allí había eran relatos no ficticios de vidas vividas hacía mucho, y presenciadas tras la pantalla trasparente del agua.
Tohrment se quedó de pie un momento, sosteniéndose con la muleta mientras mantenía en alto el pie vendado.
—¿Qué estás buscando? —preguntó ella mientras miraba los estantes más cercanos. La visión de los volúmenes la hacía preguntarse por el futuro de recordar el pasado. Con las Elegidas explorando el mundo real, no estaban registrando mucho, si acaso algo. Esta larga tradición bien podría perderse.
—La otra vida —replicó Tohrment—. ¿Alguna idea de si hay una sección al respecto?
—Creo que las crónicas están ordenadas por año, no por tema.
—¿Alguna vez has oído hablar del Between?
—¿De qué?
Él rió con un filo duro mientras se adelantaba cojeando y empezaba a inspeccionar los estantes.
—Exactamente. Tenemos el Fade. Tenemos el Dhund. Dos extremos opuestos que asumía que eran las únicas opciones cuando mueres. Estoy buscando alguna evidencia de que hay otra opción. Maldita sea... sí... están por orden cronológico, no por tema. ¿Es diferente en algún otro lado?
—No que yo sepa.
—¿Algún sistema de índice?
—Sólo por década, creo. Sin embargo, no soy experta.
—Mierda, podría llevar años revisar todo esto.
—Tal vez debas hablar con una de las Elegidas. Sé que Selena era escriba...
—Nadie tiene que saber esto. Es sobre mi Wellsie.
La ironía de esa frase pareció pasársele por alto.
—Espera... hay otra habitación.
Conduciéndole por el pasillo central, le llevó a la izquierda, a lo que era esencialmente una bóveda.
—Este es el lugar más sagrado... donde las vidas de los Hermanos son guardadas.
Las pesadas puertas resistieron la invasión, al menos cuando ella intentó abrirlas. Sin embargo, ante la fuerza de Tohrment, se avinieron a revelar una habitación alta y estrecha.
—Así que se nos guarda aparte —dijo él secamente mientras inspeccionaba los nombres de los lomos—. Mira esto...
Sacó uno de los volúmenes y abrió el lomo.
—Ah, Throe... padre del actual Throe. Me pregunto lo que pensaría el viejo de con quién se acuesta su hijo.
Mientras volvía a colocar el volumen, ella no hizo ningún intento de mirarle directamente, el ceño de Tohr estaba fruncido en concentración, sus dedos fuertes aunque refinados manejaban los libros con cuidado, con el cuerpo inclinado sobre los estantes.
Su pelo oscuro era espeso y lustroso, y cortado muy corto. Y esa veta blanca de delante parecía destacar... hasta que pensó en sus ojos cansados y obsesionados.
Oh, esos ojos suyos. Azules como los zafiros del Tesoro... e igual de preciosos, suponía.
Se dio cuenta de que era muy guapo.
Curioso, el hecho de que estuviera enamorado de otra le hacía posible evaluarle a ese nivel: sintiendo lo que sentía por su shellan, él era... seguro. Hasta el punto de que ya no se sentía avergonzada de que la hubiera visto desvestida. Nunca la tendría en cuenta en el plano sexual. Sería una violación de su amor por Wellesandra.
—¿Hay algo más aquí? —dijo, inclinándose mientras se balanceaba sobre la muleta—. Sólo veo... biografías de Hermanos...
—Aquí, permíteme ayudarte.
Juntos lo revisaron todo y no encontraron referencia a ningún volumen relacionado con cielo o infierno. Sólo Hermano tras Hermano tras Hermano...
—Nada —masculló él—. ¿De qué coño sirve una biblioteca si no puedes encontrar nada en ella?
—Tal vez... —Agarrando el borde de un estante, ella se inclinó torpemente hacia abajo, repasando los nombres. Finalmente, encontró lo que estaba buscando—. Podríamos buscar el tuyo propio.
Cruzando los brazos sobre el pecho, Tohr pareció prepararse
—Ella estaría ahí, ¿no?
—Era parte de tu vida y tú eres el tema.
—Sácalo.
Había varios que trataban de él y No'One sacó el más actual. Abriéndolo, pasó de largo la declaración de linaje del principio y revisó las varias páginas que se centraban en su pericia en el campo de batalla. Cuando llegó a lo que se había escrito por último, frunció el ceño.
—¿Qué dice?
En el Antiguo Idioma, leyó en voz alta la fecha y luego la anotación:
En esta víspera, perdió a su shellan emparejada, Wellesandra, que estaba embarazada, en la Tierra. Subsiguientemente, se desligó de la sociedad comunal de la Daga Negra.
—¿Es eso?
—Sí.
Giró el libro para que pudiera leerlo él mismo, pero él golpeó el aire con la mano.
—Jesús, yo quedo en ruinas y eso es todo lo que escriben.
—Tal vez estuvieran siendo respetuosas con tu pena. —Apartó el libro—. Seguramente sea mejor mantenerlo en privado.
Él no dijo nada más, sólo se quedó allí, apoyado en la muleta que lo mantenía en pie, sus ojos enfadados se fijaron en la puerta.
—Háblame —dijo ella suavemente.
—Puta mierda —mientras se frotaba los ojos, el cansancio irradiaba de él—. La única paz que tengo en medio de toda esta pesadilla es que mi Wellsie está en el Fade con mi hijo. Eso es lo único que me mantiene en pie. Cuando me pongo como loco, me digo a mí mismo que ella está segura y mejor ser yo el que atraviese la pena que ella... mejor ser yo el que la echa de menos aquí en la tierra. Porque, oye, se supone que el Fade es todo paz y amor, ¿no? Solo que entonces viene ese ángel y empieza a hablar de una especie de Between... y ahora, de repente, mi único consuelo se... ¡puf! ¿Y lo mejor de todo? Nunca he oído hablar del lugar y no puedo verificarlo...
—Tengo una idea. Ven conmigo. —Cuando él solo clavó su mirada en ella, vio que no estaba dispuesta a aceptar un no por respuesta—. Ven.
Tirándole del brazo, le arrastró fuera de la bóveda y de vuelta al edificio principal de la biblioteca. Luego se internó entre los estantes, tocando las fechas de los volúmenes, localizando los más recientes.
—¿En qué día ella...? —Cuando Tohrment le dio de nuevo el mes y el día, extrajo el volumen apropiado.
Mientras lo ojeaba, sentía la presencia de él irguiéndose sobre ella... y no era amenazadora.
—Aquí... aquí está.
—Oh... Dios. Qué.
—Sólo dice... sí, lo mismo que estaba anotado en tu volumen. Se perdió desde la tierra... espera un momento.
Volviendo atrás, luego adelante, trazó la historia de otras hembras y machos que habían muerto en esa fecha. Fulano de tal pasó al Fade... pasó al Fade... pasó al Fade...
Cuando No'One volvió a levantar la mirada hacia él, sintió un momento de auténtico terror.
—De hecho, esto no dice que esté allí. Es decir, en el Fade.
—¿Qué quieres decir...?
—Sólo dice que se perdió. No dice que esté en el Fade.
*  *
Profundamente en el frío y arenoso corazón de Caldwell, Xcor perseguía a un lesser solitario.
Atravesando la hierba muerta e irregular de un parque, se movía silenciosamente tras el no muerto, guadaña en mano, el cuerpo envenenado listo para atacar. Era un extraviado, uno que se había separado de la manada a la que él y su Banda de Bastardos habían atacado antes.
La cosa estaba obviamente herida, su sangre negra dejaba un rastro que era, como se había demostrado, eminentemente obvio.
Él y sus soldados habían matado a todos sus colegas allá en el callejón, luego se habían llevado algunos recuerdos por orden de Xcor, y él se había separado para buscar a este desertor solitario. Throe y Zypher, entretanto, habían vuelto a la tienda de tatuajes para organizar a las hembras para la alimentación y los primos habían vuelto al campamento base para atender sus heridas de guerra.
Tal vez, si las mujeres eran despachadas con la adecuada celeridad, podrían encontrar otro escuadrón de enemigos antes del amanecer... aunque escuadrón no era la palabra adecuada. Demasiado profesional. Los actuales reclutas no se parecían en nada a los del Antiguo País allá en el apogeo de la guerra, frescos tras sus inducciones, estos ni siquiera habían palidecido, y no parecían bien organizados o capaces de trabajar en equipo durante un combate. Más aún, sus armas eran mayormente de la variedad callejera: cúters, navajas de resorte, bates... si tenían armas, las pistolas eran imprecisas y con frecuencia fallaban.
Era un ejército de pacotilla cuya fuerza parecía descansar principalmente en el número. ¿Y la Hermandad no podía con ellos? Menuda deshonra.
Volviendo a concentrarse en su presa, Xcor empezó a acortar distancias.
Hora de acabar este trabajo. Alimentarse. Volver a salir.
El parque en el que habían entrado estaba río abajo, y más bien demasiado iluminado para el gusto de Xcor. Demasiado a campo abierto también: punteado de mesas de picnic y grandes bidones de doscientos litros para recoger la basura, no ofrecía gran refugio ante ojos curiosos, pero al menos la noche era lo bastante fría para llevar a los humanos con algún sentido a quedarse en casa. Siempre podía haber transeúntes por ahí, por supuesto. Afortunadamente, tendían a quedarse en sus propios mundos, y si no, nadie les prestaría atención.
Adelante en el camino, el lesser estaba en una senda pavimentada que, en vez de conducirle a la seguridad, acababa de llevarle a su final... y él estaba listo para ese acto final. Estaba empezando a escorar de lado a lado, un brazo estirado inútilmente para mantener el equilibrio que seguía siendo elusivo, el otro cerrado sobre su sección media. A este paso, iba a caer al suelo pronto y donde estaba la gracia de eso...
Un sollozo penetró a través de los sonidos amortiguados de la noche.
Luego otro.
Estaba llorando. La maldita cosa estaba llorando como una hembra.
La oleada de rabia de Xcor se elevó tan rápido que casi se ahogó. Bruscamente, volvió a enfundar su guadaña y sacó su daga de acero.
Antes había sido una cuestión de negocios, ahora era personal.
A su voluntad, las luces de la acera en los palos de cuellos largos comenzaron a apagarse una por una delante y detrás del asesino, la oscuridad se cerró hasta que finalmente, a pesar de su debilidad y dolor, notó que había llegado su hora.
—Oh, joder... no... —La cosa giró en medio de la iluminación de la última farola—. Cristo, no...
Su cara estaba rematadamente blanca, como si estuviera maquillado, pero no era porque hubiera sido un asesino el tiempo suficiente para volverse pálido. Joven, sólo dieciocho o veinte, tenía tatuajes alrededor del cuello y hacia abajo por los brazos, si la memoria no le fallaba, había sido bastante competente con un cuchillo... aunque durante el mano a mano había resultado obvio que era más instinto que entrenamiento.
Estaba claro que había sido un agresor en su encarnación previa, su muestra de fuerza inicial había probado que estaba acostumbrado a oponentes que retrocedían después de un primer golpe. Sin embargo, la hora de su fuerza y ego había pasado y esas patéticas lágrimas probaban lo que era en el fondo.
Cuando la última luz, la que estaba sobre él, se apagó, gritó.
Xcor atacó con fuerza brutal, lanzando su enorme peso al aire y aterrizando sobre la cosa mientras la empujaba hacia atrás sobre la hierba.
Apretándole una palma contra la cara, enterró el cuchillo en el hombro y se apartó, desgarrando tendón y músculo, rompiendo a través del hueso. Un golpe de aire caliente explotó cuando el lesser gritó de nuevo... probando nuevamente que incluso el no-muerto tenía receptores de dolor.
Xcor se inclinó y puso su boca contra el oído del macho.
—Llora para mí. Llora... llora fuerte hasta que no puedas respirar.
El bastardo aceptó las indicaciones y se lanzó a ello, llorando abiertamente con grandes sollozos roncos de aire y exhalaciones temblorosas. Reinando sobre la función, Xcor absorbió la debilidad a través de sus poros, refrenándola, sosteniéndola con fuerza en sus propios pulmones.
El odio que sentía iba más allá de la guerra, más allá de esta noche y este momento. En lo más profundo de su alma y médula, su disgusto le hacía desear desgarrar y trocear al antiguo humano.
Pero había un fin más apropiado para esto.
Dándole la vuelta a la cosa para ponerlo sobre el estómago, introdujo ambas rodillas entre sus muslos apretados, y le separó las piernas como si fuera una hembra a punto de ser follada. Alzado sobre el cuerpo postrado, le empujó la cara contra la hierba.
Y luego se puso a trabajar. No más alzar el cuchillo en alto y apuñalar. Ahora era momento para la precisión y el movimiento meticuloso de su daga.
Mientras el lesser luchaba patéticamente, Xcor le cortó el cuello de la camiseta sin mangas, luego se puso la hoja entre los dientes y desgarró la tela en dos, exponiendo los hombros y la espalda de la cosa. Había allí un tatuaje de una especie de escena urbana realizado con respetable competencia, la tinta hacía alarde de un gran efecto sobre la superficie lisa de la piel... al menos donde la sangre negra y aceitosa no nublaba la imagen.
Los jadeos llorosos y ásperos hacían que la imagen se distorsionara y reasumiera su forma, deformándose y recobrándose, como si fuera una imagen en movimiento pobremente ocultada.
—Qué pena arruinar esta pieza —dijo Xcor con un hablar arrastrado—. Debe haber llevado mucho tiempo hacerlo. También debe haber dolido.
Xcor puso la punta de la hoja en la nuca de la cosa. Atravesando la piel, profundizó incluso más, hasta llegar al hueso.
Más llanto.
Volvió a poner la boca en la oreja del cabrón.
—Sólo estoy revelando lo que todo el mundo puede ver.
Con un golpe seguro y firme, condujo el cuchillo más abajo, trazando la ordenada pila de vértebras mientras su presa chillaba como un cerdo. Y luego movió la rodilla a la parte de atrás de las piernas del asesino, le plantó una palma en la parte carnosa del hombro... y extendió el brazo para sujetar la parte alta de la espina dorsal.
Lo que ocurrió cuando aplicó toda su fuerza en su meta no fue nada que un humano pudiera soportar. El lesser, sin embargo, permaneció animado, aunque después la respiración ya no era posible para él y no sería capaz de volver a tenerse en pie: su infraestructura interna, lo que había definido su postura y su movilidad, su altura y contorno, ahora colgaba en la mano de Xcor.
El asesino todavía estaba llorando, rezumaban lágrimas en sus ojos.
Xcor se recostó hacia atrás, y respiró pesadamente por el esfuerzo. Estaría bien dejar a esta criatura débil aquí en su estado actual, su destino sería ser un desperdicio invertebrado para siempre, y se tomó un momento para disfrutar del sufrimiento e imprimir esta visión de castigo en su mente.
Rememorando a través de los años, recordó estar en una posición similar. Reducido a pura emoción, caído en tierra, desnudo y degradado.
Tienes tan poco valor como tu cara. Lárgate.
El Bloodletter había sido fríamente despectivo, sus subordinados eficientes y despiadados: Habían aferrado los brazos y piernas de Xcor y le habían llevado a la boca de la caverna del campamento de guerra... donde había sido desechado como si estuvieran retirando excremento de caballo.
Sólo y en la fría nieve blanca de invierno, Xcor había yacido allí donde había aterrizado de forma muy parecida a este asesino, incapacitado, a merced de otros. Sin embargo, él había estado boca arriba.
Desde luego, esa no había sido la primera vez que había sido expulsado. Empezando por la hembra que le había dado a luz, luego pasando por el último orfanato en el que había estado, tenía una larga lista de rechazos. El campamento de guerra había sido su última oportunidad de encontrar alguna comunidad y se había negado a ser expulsado de sus confines.
Había tenido que ganarse su vuelta soportando el dolor. E incluso el Bloodletter había quedado impresionado con lo que había probado poder resistir.
Las lágrimas eran para los jóvenes, las hembras y los machos castrados. Lástima que la lección se hubiera malgastado en este pedazo de...
—Has estado ocupado.
Xcor levantó la vista. Throe había salido de la nada, sin duda materializándose en la escena.
—Las mujeres están listas —exigió Xcor bruscamente.
—Es la hora.
Xcor se esforzó por reunir su fuerza. Tenía que ocuparse de este lío... no iba a dejar ningún cadáver retorcido atrás para que los humanos lo encontraran y extrapolaran sobre esto hasta que les explotara la cabeza.
—Hay un lavabo allí. —Throe señaló al otro lado del césped—. Termina con esto y vamos a lavarte.
—¿Como si fuera un bebé? —Xcor fulminó a su lugarteniente con la mirada—. Creo que no. Vuelve con las putas. Estaré allí pronto.
—No puedes traer tus trofeos.
—¿Y donde sugieres que los deje? —Su tono sugería "en tu culo" como opción, al menos desde su punto de vista—. Ve.
Throe lo desaprobaba y disentía, pero no obstante... y por protocolo... asintió y desapareció.
Dejado a su aire, Xcor dedicó a la profanada carcasa una última mirada.
—Oh, arréglatelas sólo.
La urgencia de castigar la debilidad le dio energías para apuñalar a la cosa a través del pecho. En el instante en que la punta de acero penetró, hubo un pop, una llama.... y luego nada excepto una mancha en la hierba donde el lesser había yacido.
Poniéndose en pie, tomó la columna vertebral de su presa y la metió en la mochila del hombro con sus otros trofeos.
No cabía, un extremo sobresalía por la parte superior del cierre.
Throe tenía razón sobre el grotesco saco de recuerdos. Maldita sea.
Materializándose en lo alto del cobertizo del baño, dejó sus trofeos bajo los conductos del sistema de ventilación y se dispuso a entrar dentro, donde estaban los lavabos y retretes. Estaba bastante seguro de que el lugar olía a falso aire aromatizado, pero nada era capaz de penetrar el hedor empalagoso a la carne podrida de su presa.
Las luces activadas por movimiento se encendieron cuando se movió por ahí, creando una neblina fluorescente. Los lavabos eran de acero inoxidable y rudimentarios, pero el agua estaba fría y limpia, e, inclinándose, hizo cuenco con las manos y se salpicó la cara una vez. Dos. Otra vez.
Que estúpido malgastar tiempo en limpiarse, pensó. Esas prostitutas no recordarían nada. Y no era como si lavarse fuera a mejorar la belleza de sus rasgos.
Por otro lado, mejor no asustarlas de entrada: arrastrarlas de vuelta era tan aburrido.
Cuando alzó la cabeza, se vio a sí mismo en las crudas sábanas de metal que se suponía eran espejos. Aunque el reflejo era apagado, tomó nota de su fealdad y al instante pensó en Throe. A pesar de que el soldado salía a luchar cada noche, su hermosa faz parecía fresca como una margarita, su aspecto educado ensombrecía la realidad de que había salpicaduras de sangre en su ropa y había resultado arañado y magullado.
Xcor, sin embargo, podía descansar dos semanas seguidas, comer bien y alimentarse de cada puta Elegida, y todavía parecería igual de repulsivo.
Se enjuagó la cara una vez más. Luego buscó alrededor algo que usar como toalla. Todo lo que parecía haber eran máquinas de aire caliente para secarse las manos fijadas a la pared.
Su guardapolvo de cuero estaba asqueroso. La camiseta negra suelta de debajo igual.
Dejó las instalaciones con el agua fría goteándole por la barbilla, reapareciendo en lo alto del tejado. Su bolsa no estaba lo bastante segura aquí, e iba a tener que dejar su guadaña y su abrigo en alguna parte muy segura.
Mientras el agotamiento le acosaba, pensó... que puñetera molestia sangrienta, todo esto.

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