martes, 19 de junio de 2012

Amante Renacido/Capitulos 25 26 27

Capítulo 25

La noche siguiente, Xcor permanecía de pie en el profundo hueco de la entrada de un edificio de ladrillos en el corazón del centro de la ciudad. Retranqueado casi un metro, el espacio formaba una especie de ataúd, proporcionándole tanto sombras para ocultarse, como dónde ponerse a cubierto de balas perdidas.
 Se encontraba solo y estaba total y completamente cabreado mientras hacía un estudio del área sin perder de vista el elegante coche negro que había seguido hasta aquí.
 Levantando el antebrazo, miró el reloj. Otra vez. ¿Dónde estaban sus soldados?
 Había llegado aquí después de separarse del grupo para seguir a Assail, pero antes de marcharse, le había dicho a los otros que se encontraran con él después de haber terminado su primera ronda de combate… una tarea de localización que no debería haberles sido difícil. Todo lo que tenían que hacer era un reconocimiento tejado-a-tejado en la parte de la ciudad donde era más común el tráfico de drogas.

 Para nada difícil.
 Y aun así, estaba aquí solo.
 Assail se encontraba todavía dentro del edificio de enfrente, probablemente teniendo trato con más de la misma clase que había matado la noche anterior. El establecimiento de negocios donde había entrado era en apariencia una galería de arte, pero Xcor era anticuado, no ingenuo. Toda suerte de bienes y servicios podían ser subcontratados desde cualquier tipo de establecimiento “legítimo”.
 Fue casi una hora más tarde cuando el otro vampiro finalmente reapareció y la luz sobre la entrada posterior fue captada por su denso cabello negro y sus facciones de depredador. Aquel coche de suelos bajos en el que deambulaba estaba aparcado a un lado y mientras caminaba a su alrededor, un anillo de algún tipo relució en su dedo meñique.
 Moviéndose como lo hacía, vestido como estaba de negro, parecía… exactamente un vampiro. Siniestro, sensual y peligroso.
 Haciendo una pausa ante la puerta del coche, metió la mano dentro de la chaqueta para sacar las llaves...
 Y se volvió con una pistola para enfrentarse a Xcor.
—¿Honestamente piensas que no sé que estás vigilándome?
 Aquella pronunciación era tan del viejo mundo, tan marcada, que el acento prácticamente convertía las palabras en un lenguaje extranjero… o lo que hubiera sido uno si Xcor no estuviera tan íntimamente familiarizado con el dialecto original.
 ¿Dónde estaban sus jodidos soldados?
 Cuando Xcor se adelantó, tenía una semiautomática propia, y no fue sin satisfacción que observó al otro macho retroceder ligeramente cuando cayó en la cuenta de quién era.
 —¿Esperabas a un Hermano, quizás? —dijo Xcor, arrastrando las palabras.
 Assail no bajó el arma.
 —Mis asuntos son míos. No tienes ningún derecho a seguirme.
 —Es de mi incumbencia todo lo que yo determine que lo sea.
 —Tu manera de hacer las cosas no funcionará aquí.
 —¿Y qué “maneras” son esas?
 —Aquí hay leyes.
 —He oído que así es. Y estoy bastante seguro de que has infringido varias en tus esfuerzos.
 —No me refiero a las leyes humanas. —Como si fueran del todo irrelevantes… y al menos podían coincidir en eso. —La Antigua Ley estipula que...
 —Estamos en el Nuevo Mundo, Assail. Nuevas reglas.
 —¿Según quién?
 —Yo.
 El macho entrecerró los ojos.
 —¿No nos estamos sobrepasando?
 —Llega a tus propias conclusiones.
 —Entonces mantendré mi posición. Y ahora debería despedirme, a menos que planees dispararme. En cuyo caso, te llevaré conmigo. —Levantó la otra mano. En ella llevaba un pequeño dispositivo manual negro—. Solo para asegurarme de que nos entendemos, la bomba que está conectada al chasis de mi coche explotará si se contrae mi pulgar… que es precisamente la clase de contracción automática que ocurriría si me pones una bala en el pecho o en la espalda. Ah, y acaso debería mencionar que la explosión tiene un radio que incluye de sobra el lugar donde estás parado y la detonación es tan eficaz que no serás capaz de desmaterializarte fuera del área con la suficiente rapidez.
 Xcor rió con genuino respeto.
 —Sabes lo que dicen de los suicidas ¿no es así? Que no entran al Fade.
 —No es suicidio si me disparas primero. Es defensa propia.
 —¿Y estás dispuesto a ponerlo a prueba?
 —Si tú lo estás.
 El macho parecía completamente indiferente con la elección, en paz con vivir o morir, despreocupado de la violencia y el dolor… y sin embargo tampoco desconectado el asunto.
 Habría sido un soldado excepcional, pensó Xcor. Si no hubiera sido castrado por su mami.
 —Entonces —murmuró Xcor— tu solución es recíproca autodestrucción.
 —¿Qué va a ser?
 Si Xcor hubiera tenido su respaldo en su puesto, habría tenido una mejor manera de manejar esto. Pero no, los bastardos no estaban por ningún lado. Y un principio fundamental al entrar en conflicto era que, si te enfrentabas con un enemigo que estaba a tu mismo nivel, que estaba bien provisto y armado de valor, entonces no entablabas batalla… te retirabas, reagrupabas y volvías a luchar bajo circunstancias más favorables para tu propia victoria.
 Además, tenían que mantener vivo a Assail, lo suficiente como para que el Rey pudiera ir a verlo.
 Sin embargo, nada de esto le sentó bien. Y el humor de Xcor, que en un principio ya era sombrío, se volvió absolutamente negro.
 No dijo nada más. Simplemente, se desmaterializó a otro callejón situado a un kilometro, dejando que su partida hablara por sí misma.
 Mientras retomaba forma junto a un quiosco de periódicos cerrado, estaba furioso con sus soldados, la cólera por la confrontación con Assail se transfirió y magnificó al pensar en los machos.
 Iniciando la búsqueda por su cuenta, fue de un edificio abandonado a un club, luego a un salón de tatuajes y a un bloque de apartamentos, hasta encontrarlos en el rascacielos. Cuando tomó forma, todos estaban allí, holgazaneando como si no tuvieran nada mejor que hacer.
 La violencia sustituyó la sangre de sus venas, abriéndose paso por su cuerpo, hasta el punto en que empezó a sentir el zumbido de la locura en los confines de su cráneo.
 Era la sed de sangre, por supuesto. Pero conocer el origen del problema no hacía nada para moderar sus emociones.
 —¿Dónde demonios estabais? —demandó, con el viento batiéndose a su alrededor.
 —Dijiste que te esperáramos aquí...
 —¡Os dije que vinierais a buscarme!
 Throe se llevó las manos a la cabeza.
—¡Maldita sea! Todos necesitamos teléfonos, no solo…
 Xcor se abalanzó sobre el macho, agarrándolo del abrigo y arrojándolo contra una puerta de acero.
—Cuida. Tu. Tono.
—En esto llevo la razón…
No vamos a volver a discutir sobre esto.
 Xcor se apartó de un empujón, alejándose del macho, su gabán sacudido hacia un lado por el sofocante viento huracanado que soplaba sobre la ciudad.
 Throe, sin embargo, no iba a dejarlo estar.
—Podríamos haber estado donde querías que estuviéramos. La Hermandad tiene tel…
 Se dio media vuelta.
—¡Que se joda la Hermandad!
—¡Habrías tenido más suerte haciendo eso si tuviéramos medios de comunicación!
—¡La debilidad de la Hermandad está en sus muletas tecnológicas!
 Throe negó con la cabeza, todo aristócrata-que-sabía-lo-que-convenía-hacer.
—No, ellos miran hacia el futuro. Y no podemos competir con ellos si vivimos en el pasado.
 Xcor cerró las manos. Su padre, más bien el Bloodletter, directamente hubiera arrojado al hijo de puta desde la azotea del edificio, por su insolencia e insubordinación. Y Xcor incluso se adelantó dando un paso hacia el macho.
 Salvo que, pensó con fría lógica. Había un modo más provechoso de manejar esto.
 —Salimos al campo de batalla. Ahora.
 Mientras sostenía la mirada directa de Throe, había una y solo una respuesta aceptable y los demás lo sabían, a juzgar por el modo en que desenfundaron sus armas y se dispusieron para dar batalla al enemigo.
 Y, ah sí, Throe, siempre el dandi que apreciaba el orden social, incluso en situaciones militares, naturalmente hizo lo mismo.
 Aunque, había otras razones por las cuales acataba las órdenes por encima y más allá de afinidades y consensos: era por aquella deuda que creía estaría pagando por siempre. Era por su compromiso con los otros bastardos, que había crecido con el paso del tiempo y era mutuo, hasta cierto punto.
 Y, por supuesto, era por su queridísima hermana difunta, quien, de algún modo, estaba todavía con él.
 Bueno, en sentido práctico, ella más bien estaba con Xcor.
 Cuando asintió con la cabeza, sus soldados y él viajaron en una espuma de moléculas, lanzándose hacia la red de callejones de la ciudad. Mientras lo hacían, Xcor recordó aquella noche hacía tanto tiempo, cuando un refinado gentilmacho se le aproximó en una sórdida parte de Londres con un propósito letal.
El convenio para arreglar esa solicitud había sido bastante más complejo de lo que Throe había contemplado.
 Conseguir que Xcor matara a aquel que había deshonrado a su hermana había requerido mucho más que solo los chelines que llevaba en los bolsillos. Había requerido de su vida entera. El ir pagando esa deuda lo había convertido en alguien que era mucho más que un miembro de la glymera que de casualidad llevaba un nombre de Hermano: Throe había vivido a la altura del legado de su sangre, superando ampliamente cualquier expectativa.
 Superando ampliamente toda expectativa. En verdad, Xcor había cerrado el trato para usar al macho como un ejemplo de debilidad ante los demás. Se suponía que Throe iba a ser un humillante fracaso en contraste con los verdaderos soldados, un subyugado, un mariquita llorón que iba a terminar roto con el tiempo y luego moldeado para servirlos.
 No era así como habían terminado.
 Abajo al nivel del suelo, el callejón en el que tomaron forma era repugnante y pegajoso por el calor del verano y mientras sus soldados se desplegaban en abanico detrás de él, abarcaban los confines de una pared de ladrillo a la otra.
 Ellos siempre cazaban juntos como una manada, a diferencia de la Hermandad, permanecían juntos.
 De modo que todos vieron lo que pasó después.
 Desenvainando una de sus dagas de acero, Xcor empuñó el mango con fuerza. Se dio la vuelta hacia Throe.
 Y le abrió al macho las tripas de un tajo.
 Alguien gritó. Varios maldijeron. Throe se encorvó sobre la herida...
 Xcor tomó al macho del hombro, retiró el arma y volvió a apuñalarlo.
 El olor a sangre fresca de vampiro era inconfundible.
 Sin embargo, era necesario que hubiera dos fuentes de sangre, no una sola.
 Envainando su daga, empujó a Throe hacia atrás, haciendo que el macho cayera cuan largo era en el suelo. Luego tomó de la vaina una de las navajas de Throe y pasó el borde afilado por la cara interna de su propio antebrazo.
 Pasando la herida sobre toda la parte superior del cuerpo de Throe, forzó luego la daga ensangrentada en la mano del soldado. Entonces, se puso de cuclillas y sostuvo la mirada del macho con ojos despiadados.
 —Cuando la Hermandad te encuentre, te recogerán y atenderán tus heridas y vas a averiguar dónde viven. Vas a decirles que te he traicionado y quieres luchar de su lado. Vas a congraciarte con ellos y a encontrar un modo de infiltrarte en su domicilio. —Agitó un dedo frente al rostro del macho—. Y debido a que estás tan jodidamente comprometido con el intercambio de información, vas a decírmelo todo a mí. Tienes veinticuatro horas y luego tú y yo nos vamos a reunir… o los restos de tu dulce hermana van a alcanzar un deshonroso final.
 Los ojos de Throe saltaron de sus órbitas en su rostro pálido.
 —Sí, yo la tengo. —Xcor se inclinó aun más, hasta que estuvieron cara a cara—. La he tenido todo el tiempo con nosotros. Así que escucha lo que te digo: no olvides con quién yace tu lealtad.
 —Tú… bastardo…
 —En eso tienes razón. Tienes hasta mañana. En la Cima del Mundo, a las cuatro a.m. No faltes.
 Los ojos del macho se encendieron al encontrar su mirada y el odio que vio en ellos era suficiente respuesta: Xcor tenía las cenizas de la fallecida del macho y ambos sabían que si él era capaz de enviar a su segundo al mando a las entrañas de la bestia, tirar aquellos restos hechos polvo dentro de un contenedor de basura, en un retrete inmundo o en la canasta freidora del McDonald, no sería nada especial para él.
 La amenaza de todo aquello era, sin embargo, más que suficiente para encadenar a Throe.
 Y justo como hiciera en otra época, así también se sacrificaría ahora por quien había perdido.
 Xcor se levantó de un salto dándose la vuelta.
 Sus soldados estaban de pie hombro con hombro, un muro amenazante que se enfrentaba a él directamente. Pero no le preocupaba una insurrección. Cada uno de ellos había sido criado, si uno podía llamarlo así, por el Bloodletter… enseñado por aquel sádico macho en el arte del combate y del castigo. Si estaban sorprendidos, solo debería ser de que Xcor no hubiera hecho esto antes.
 —Regresad al campamento por el resto de la noche. Tengo una reunión a la que acudir, si vuelvo para encontrar que alguno de vosotros se ha marchado, le daré caza y no lo dejaré herido. Acabaré la faena.
 Se marcharon sin mirar a Throe, o en realidad, tampoco a él.
 Prudente elección.
 Su furia era más cortante que el filo de las dagas que acababa de usar.
            *  *
 Cuando dejaron a Throe abandonado, solo en el callejón, este apoyó la mano abierta contra sus abdominales, ejerciendo presión para reducir la pérdida de sangre.
 Aunque su cuerpo estaba incapacitado por el dolor, su visión y oído preternaturalmente agudos se enfocaron en el entorno: los edificios que se inclinaban sobre él eran altos y sin luces. Las ventanas eran angostas y tenían cristales gruesos ondulados. El aire olía a carne asada, como si no se encontrara lejos de un restaurante especializado en el asado a la parrilla. Y allá en la distancia, escuchó las bocinas de los coches, el sonido de los frenos de un autobús y la risa estridente de una mujer.
 Todavía era temprano en la noche.
 Cualquiera podía encontrarlo. Amigo. Enemigo. Lesser. Hermano.
 Al menos, Xcor le había dejado con la daga en la mano.
 Con una maldición, se dio vuelta girando sobre el costado e intentó incorporarse...
 Y vaya si aquello no resolvió el problema de que todo se registrara con tanta intensidad y volumen. Con un nuevo y violento embate de agónico tormento, el mundo se retiró, la bomba que estalló en sus entrañas fue de tal magnitud que se preguntó si algo no se le habría roto.
 Moviéndose con cuidado, regresó a donde había estado, pensando que Xcor bien podría haberse equivocado. Quizás este callejón sería su ataúd, en vez de encontrarse servido en bandeja a la Hermandad.
 En efecto, mientras yacía tendido en su sufrimiento, se dio cuenta de que debería habérselo esperado. Se había acostumbrado a encontrarse a gusto en presencia de aquel macho, del mismo modo que un entrenador de tigres podía volverse descuidado. Había dado por sentado ciertos patrones de comportamiento, encontrando en ellos un equivocado sentido de seguridad y previsibilidad.
 En realidad, el peligro no se había disipado, sino que había aumentado.
 Y tal como había sido desde el primer instante con Xcor, él permanecía atrapado por las circunstancias que los habían reunido.
 Su hermana. Su pura y hermosa hermana.
 La he tenido todo el tiempo con nosotros.
 Throe gimió, pero no debido a sus heridas. ¿Cómo había conseguido Xcor hacerse con las cenizas?
 Había asumido que su familia había realizado una ceremonia apropiada, encargándose de ella como correspondía. ¿Y cómo podría haber sabido que no era así? No se le había permitido ver a su madre o a su hermano una vez que había cerrado el trato, y su padre había fallecido diez años antes.
 Era una injusticia sin nombre: uno hubiera esperado, que aunque fuera en la muerte, ella tuviera la paz que se merecía. Después de todo, el Fade había sido creado para almas tan luminosas y encantadoras como ella había sido. Pero sin haber tenido la ceremonia...
 Queridísima Virgen Escriba, podía habérsele negado la entrada.
 Esta era una nueva maldición que pesaba sobre él. Y sobre ella.
 Contemplando el cielo, del cual no podía ver casi nada, se quedó pensando en la Hermandad. Si lo encontraban antes de que muriera, y si lo acogían, como Xcor había asumido, haría lo que se requería de él. A diferencia de los otros en la Banda de los Bastardos, él vivía según su propio juramento de lealtad, que no era ni para el Rey, ni para Xcor, ni para sus camaradas soldados, aunque, en realidad, había comenzado a volverse hacia aquellos machos.
 No, su lealtad era para alguien más… y Xcor lo sabía. Que era por lo cual ese déspota había hecho tiempo atrás el esfuerzo de reunir alguna garantía adicional para evitar que Throe lograra desvincularse de...
 Al principio asumió que el hedor en la brisa cálida venía del contenedor de basura, resultado del cambio de dirección del viento, que llevaba el olor de algún desecho de comida abandonado. Pero no, el horrible bouquet tenía ese revelador dulzor.
 Levantando la cabeza, miró a lo largo de su cuerpo y a través de metros y metros de pavimento. Al final del callejón, aparecieron tres lessers.
 Sus risas anunciaban su sentencia de muerte, y aun así se encontró sonriendo, incluso cuando unos destellos apagados indicaron que habían desenvainado unos cuchillos.
 La idea de que el destino hubiera frustrado el plan de Xcor parecía ser una nota perfectamente aceptable con la que partir. Excepto por su hermana… ¿cómo podría ayudarla si estaba muerto?
 Mientras los asesinos se aproximaban, supo que lo que iban a hacerle haría que el dolor en su estómago pareciera nada más que un golpe en el dedo del pie.
 Pero tenía que pelear y lo haría.
 Hasta el último latido de su corazón y el éxodo final de su aliento, lucharía con todas sus fuerzas por la única cosa por la que valía la pena vivir.



Capítulo 26

Maldita fuera, pero Tohr notaba una diferencia en sí mismo. Por mucho que odiara admitirlo, mientras John, Qhuinn y él se dirigían a sus cuadrantes en el centro de la ciudad, se sentía más fuerte, más ágil... lúcido como un hijo de puta. Y sus sentidos estaban de vuelta: se acabaron los problemas de equilibrio. Su visión era perfecta. Y su audición era tan buena que podía captar el roce de las patas de las ratas mientras trataban de refugiarse en los callejones.
Nunca te dabas cuenta de lo espesa que era la niebla hasta que se levantaba.
La alimentación era sin lugar a dudas poderosa, especialmente teniendo en cuenta su tipo de trabajo, y sí, claramente necesitaba una nueva profesión. Contable. Recogedor de pelusas. Psiquiatra de perros. Cualquier cosa donde sentaras tu culo toda la noche.
Por otra parte, no podría ahvenge a su Wellsie haciendo nada de eso. Y después de todo lo que había sucedido la noche anterior, desde lo que había pasado en la despensa, hasta lo que se había hecho a sí mismo después de irse por fin a la cama, se sentía como si tuviera cosas por las que compensarla.
Cristo, el hecho de que No'One le hubiera dado tanta fuerza le hizo pensar que el recuerdo de Wellsie de alguna manera había sido violado. Manchado. Erosionado.
Cuando se alimentó de la Elegida Selena, no le había molestado tanto, tal vez porque todavía había estado en el modo neurosis de guerra... probablemente debido a que no se había excitado en lo más mínimo, antes, durante o después.
Joder, estaba tan preparado para luchar esta noche.
Y menos de tres manzanas más adelante encontró lo que buscaba: el olor de lessers.
Mientras él y los muchachos empezaban a correr silenciosamente no sacó ninguna de sus armas. Con el humor que le dominaba, el mano a mano era lo que buscaba y si tenía suerte…
El grito que cortó a través de los sonidos apagados del tráfico distante no fue hecho por una hembra. Bajo y entrecortado, sólo podía haber salido de una garganta masculina.
A la mierda el acercamiento silencioso.
Echando a correr, se disparó girando la esquina de un callejón y chocó contra un muro de olores que no tuvo problemas en procesar: sangre de vampiro, dos tipos, masculinas. Sangre de asesino, un tipo, fétida y desagradable.
Efectivamente, más adelante, había un vampiro sobre el asfalto, dos asesinos de pie y un lesser dando tumbos alrededor, después de obviamente haber sido golpeado en la cara. Lo que explicaba el grito.
Esa era toda la información que necesitaba para continuar.
Saltando hacia delante, se envió a sí mismo volando y bloqueó a uno de los lessers, atrapando al hijo de puta rodeando su cuello con el brazo y lanzándolo como una tarta por el aire. Mientras la gravedad se encargaba del asunto y estrellaba la cara del enemigo contra el pavimento, la tentación fue matarle de una paliza… pero con alguien herido en el centro del callejón se trataba de una situación de emergencia. Sacó una de sus dagas, se la clavó al cabrón en el pecho y restableció su posición de combate antes de que el flash se desvaneciera.
Más a la izquierda, John se estaba encargando del lesser con la fuga en la mejilla, clavándole de nuevo de vuelta a su impío creador. Y Qhuinn se había encargado del número tres, balanceándolo y lanzándolo de cabeza contra una pared.
Con ningún enemigo más con quien participar, al menos por el momento, Tohr corrió hacia el macho caído.
—Throe —suspiró mientras se fijaba en el tipo.
El soldado estaba de espaldas, agarrándose el estómago con la mano que no estaba sobre su daga. Mucha sangre. Mucho dolor, dada la expresión torturada.
—¡John! ¡Qhuinn! —gritó Tohr—. Mantened los ojos bien abiertos en busca de compañía de la variedad de los Bastardos.
Mientras conseguía un silbido y un "Recibido" en respuesta, se puso en cuclillas y le buscó el pulso. La oscilación que encontró no era una buena señal.
Tumbándole con cuidado, se encontró con un par de ojos azul cielo.
—¿Me vas a decir quién te ha hecho esto? O déjame jugar al preguntas y respuestas por mí mismo.
Throe abrió la boca, tosió un poco de sangre y cerró los ojos.
—Vaaaale, voy a adivinar que tu jefe. ¿Cómo voy? —Tohr levantó la mano del tipo y echó un vistazo a la herida intestinal. Y sobre las heridas—. Sabes, nunca perteneciste a ese cabrón.
No hubo respuesta, pero el chico no estaba frío, su respiración era demasiado rápida. El jadeo indicaba la clase de dolor que no solo llegaba con la conciencia. Aunque fuera lo que fuera Xcor era la única explicación. La Banda de Bastardos siempre luchaba en escuadrón y nunca dejarían a un soldado atrás… a menos que Xcor se lo hubiera ordenado.
Por otra parte, ¿dos tipos de sangre de vampiro? Tenía que haber sido un conflicto de daga contra daga.
—¿Qué ha pasado? ¿Vosotros dos os pusisteis a discutir que tomar para la Última Comida? ¿Código de vestir? ¿O fue algo más serio? ¿Homer contra Pedro Picapiedra?
Hizo un rápido trabajo desarmando al soldado, quitándole dos armas buenas y útiles, un montón de munición, varios cuchillos, un trozo de cable de asfixiar y…
—Ten cuidado —ladró cuando Throe levantó el brazo. Agarrándolo con facilidad, le forzó a bajarlo sin apenas esfuerzo—. Los movimientos rápidos van a hacerme terminar el trabajo que Xcor comenzó.
—Hoja en la espinilla… —fue la respuesta con voz ronca.
Tohr registró el pantalón y, hola, más metal.
—Por lo menos te mantenía bien abastecido —murmuró Tohr mientras sacaba el móvil y marcaba el número del complejo.
—Tengo una situación —dijo cuando V respondió.
Después de un rápido intercambio con su Hermano, él y Vishous decidieron llevar al hijo de puta al centro de entrenamiento. Después de todo, el enemigo de tu enemigo puede ser tu amigo... bajo las circunstancias adecuadas. Además, el mhis que rodeaba el complejo podría emborronar cualquier cosa, desde los GPS a Santa Claus. No había manera que la Banda de Bastardos pudiera encontrar al tipo si eso resultaba ser una trampa.
Diez minutos más tarde, Butch llegó con el Escalade.
Throe no tenía mucho que decir sobre que le levantaran, le transportaran y le tumbaran en el asiento de atrás: el hijo de puta por fin estaba fuera de combate. La buena noticia era que eso significaba que no era una amenaza inmediata… pero sería un beneficio devolverle a la vida.
¿Moneda de cambio? ¿Fuente de información? Una base...
Las opciones de uso eran interminables.
—Justo la clase de pasajeros que me gustan —dijo Butch mientras se volvía a sentar detrás del volante otra vez—. Ninguna posibilidad de que vaya a tratar de dar órdenes desde el asiento de atrás.
Tohr asintió con la cabeza.
—Voy contigo…
El primer disparo que se escuchó salió del cuarenta de John, y Tohr volvió a entrar de inmediato en el modo de lucha cerrando de golpe la puerta del Escalade, al mismo tiempo que iba por su propia arma.
El segundo disparo vino del enemigo, quienquiera que fuese.
Se lanzó para cubrirse detrás del SUV a prueba de balas, pero aún así Tohr golpeó el panel lateral para avisar al poli que se largara echando leches. Throe era demasiado valioso como para perderlo por algo tan aburrido como un escuadrón de lessers. Peor aún, podrían ser los Bastardos.
Mientras el Hermano pisaba el acelerador, Tohr se quedó con el culo al aire, pero se encargó de eso rápido, se agachó y rodó para convertirse en un objetivo en movimiento al que sería difícil acertar.
Las balas le siguieron, excepto que el tipo con el dedo en el gatillo no sabía cómo guiar a la presa… el repiqueteo sobre la acera se acercaba a él, pero no lo suficientemente rápido. Y cuando se acercó al Dumpster, se tiró detrás de la cosa y se dispuso a devolver el fuego, tan pronto como supiera dónde estaban sus chicos.
Silencio en el callejón…
No, eso no estaba bien.
Algo chorreando, como si se filtrara del vientre de hierro de la enorme papelera de reciclaje le hizo fruncir el ceño y echar un vistazo hacia abajo.
No era el contenedor de basura.
Mierda. Le habían dado.
Como un ordenador ejecutando un análisis, miró en su cuerpo e identificó las fuentes de los daños. Torso, lado izquierdo, en las costillas. Parte superior del brazo, parte inferior, diez centímetros bajo el estómago. Y... eso era todo.
Ni siquiera había sentido los disparos y no estaba drenado por ellos, ni por el dolor ni por la pérdida de sangre. Maldita fuera la alimentación… era como echar combustible para aviones en tu tanque. Y, por supuesto, ayudaba que las balas no hubieran acertado nada importante, solo rasguños superficiales.
Sacó la cabeza por el lateral del Dumpster pero no pudo ver a nadie en el callejón, aunque podía sentir asesinos por todas partes, cubriéndose. Al menos no olía nada de sangre fresca que no fuera la suya. Así que John y Qhuinn estaban bien, gracias a Dios.
La calma que siguió le puso de los nervios.
Especialmente mientras seguía.
Joder, alguien tenía que poner esta lucha de nuevo a toda velocidad. Butch se dirigía de vuelta con una bomba de tiempo en su bodega de carga, y Tohr quería estar allí cuando el hermano llegara al complejo.
Más del tema de ¡Jeopardy!
De la nada, esa espantosa escena de la despensa le golpeó de nuevo, el hambre, la lucha de No'One y la reacción que atravesó su cuerpo.
La gran garra de la ira le mordió en el trasero, arruinando su concentración, sacándole de la lucha y poniéndole exactamente donde no quería estar.
Mientras su cerebro se revolvía y su pecho ardía, tenía ganas de gritar.
En su lugar, optó por otra forma de forzar su mente a otra parte.
Poniendo ambas armas delante de él, saltó de detrás del contenedor de basura.
Hablando de pararrayos. Los gatillos fueron disparados. El plomo salió volando. Y él era el objetivo.
Cuando su hombro golpeó hacia atrás supo que le habían dado de nuevo, pero no le prestó ninguna atención. Se concentró en la fuente, descargó ambas semis en la esquina oscura, disparando ronda tras ronda mientras caminaba hacia adelante.
Alguien estaba gritando pero no podía oírlo, no lo oía.
Estaba en piloto automático.
Era... invencible.
*  *
Cuando entró la llamada para el personal médico, No'One estaba en la sala de exploración del centro de entrenamiento, entregando un montón de ropa recién doblada que venía directamente de la secadora y todavía estaban un poco caliente.
En el escritorio, Doc Jane se inclinó hacia el teléfono.
—¿Él está qué? ¿Puedes repetir eso? ¿Quién? ¿Y lo traes aquí?
En ese momento, la puerta del pasillo se abrió de golpe y No'One dio un involuntario paso atrás. Los Hermanos Vishous y Rhage llenaron la habitación… mientras irrumpían, los luchadores estaban serios, sus ojos oscurecidos, las cejas bajas y los cuerpos tensos.
Tenían dagas en la mano derecha.
—Espera, sí, están aquí. ¿Cuál es tu TELL? Bueno, si, estaremos listos para él. —Jane colgó y miró a los hombres—. Supongo que vosotros estáis al cargo de la seguridad.
—Malditamente cierto. —Vishous asintió con la cabeza hacia la mesa de operaciones—. Así que no puedo ayudarte.
—Porque vas a tener un cuchillo en la garganta de mi paciente.
—Cierto. ¿Dónde está Ehlena?
La conversación floreció mientras Doc Jane comenzaba a reunir material y personal, y en el caos que siguió, No'One rezó porque nadie la viera. A quien iban a traer…
Como si Vishous le leyera la mente, miró en su dirección.
—Todo el personal no esencial tiene que salir del centro de entrenamiento…
El teléfono de escritorio sonó de nuevo con un toque estridente y la sanadora Jane se lo llevó al oído una vez más.
—¿Hola? ¿Qhuinn? ¿Qué…? ¿Qué? ¿Ha hecho qué? —Los ojos de la mujer se dispararon a su compañero, sus mejillas pálidas—. Dime la gravedad ¿Y necesita transporte? ¿Tienes…? Gracias a Dios. Sí, me ocuparé de ello.
Colgó el teléfono y habló con voz hueca.
—Tohr está herido. Varias veces. ¡Manny! —gritó—. ¡Tenemos otro en camino!
¿Tohrment?
Vishous maldijo.
—Si Throe le ha metido una sola bala…
—Se puso en la línea de fuego —cortó Jane.
Todo el mundo se congeló.
Mientras No'One apoyaba una mano en la pared para no caerse, Rhage dijo suavemente:
—¿Perdona?
—No sé mucho más. Qhuinn solo ha dicho que salió a descubierto, levantó las dos cuarenta y… caminó hacia la lluvia de disparos.
El otro médico, Manuel, llegó volando por la otra puerta.
—¿A quién tenemos ahora?
Hubo más conversación en ese punto, las voces profundas se mezclaban con el tono más alto de la hembra. Llegó Ehlena, la enfermera. Dos Hermanos más.
No'One se hundió en la esquina del armario de suministros, quedando fuera del camino mientras miraba al suelo y rezaba. Cuando un par de enormes botas negras interrumpieron su línea de visión sacudió la cabeza sabiendo lo que le diría.
—Tienes que irte.
La voz de Vishous era firme y segura. Casi amable, lo que era algo nuevo.
Levantando la barbilla, miró a esos ojos diamantinos fríos.
—En verdad, tendrás que matarme y arrastrar mi cuerpo fuera de aquí si quieres que me vaya.
El Hermano frunció el ceño.
—Mira, estamos trayendo algo peligroso…
Un sutil y repentino gruñido pareció sorprender al macho. Tonto, pensó ella, teniendo en cuenta que él estaba haciendo…
No, él no lo hacía.
Lo hacía ella. Esa advertencia salía de su propio pecho, irrumpiendo de sus propios labios.
Cortando el sonido, pronunció:
—Me quedaré. ¿En qué sala vas a tratarle?
V parpadeó, como si estuviera atónito y no conociera la sensación. Después de un momento, miró por encima del hombro a su compañera.
—Ah, Jane… ¿dónde vas a ocuparte de Tohr?
—Justo aquí. Throe está pasando a nuestra segunda sala de urgencias… menos puertas, así que menos riesgo de fuga.
El Hermano se dio la vuelta y se alejó, pero fue sólo para conseguir un taburete y llevárselo a ella.
—Esto es en caso de que te canses de estar de pie.
Luego, la dejaba quedarse.
Querida Virgen Escriba, quién caminaba hacia el fuego enemigo sin protección, se preguntó.
La respuesta, en lo que se refería a ella, hizo que se le agarrotaran las tripas: alguien que quería morir en el cumplimiento del deber. Eso era.
Quizá sería mejor si Layla le alimentaba. Menos complicado… no. No menos. La Elegida era increíblemente hermosa, sin ninguna deformidad. Sí, él había indicado que no quería a nadie de manera sexual, pero la determinación de un macho podía ser puesta a prueba por una hembra que tenía ese aspecto. Y esa respuesta le mataría.
No'One era mejor para él.
Sí, eso era cierto. Ella se ocuparía de sus necesidades.
Mientras continuaba justificando las cosas para sí misma, el hecho de que la idea de él en la garganta de la Elegida rubia la pusiera curiosamente violenta no era nada que quisiera examinar muy cerca.

Capítulo 27

Throe se despertó en un vacío. No veía, tampoco oía, no tenía ninguna sensación en su cuerpo, como si la oscuridad circundante lo hubiera reclamado por completo.
Ah, entonces esto era Dhund, pensó él. Lo contrario del luminoso Fade. El tenebroso lugar donde aquellos que habían pecado en la tierra eran encerrados para la eternidad.
Este era el infierno del Omega, y por cierto, hacía calor.
Su estómago estaba en llamas… 
—No, estás equivocado. Ese lesser también recibió un disparo desde lo alto. Alguien más estaba en la escena.
Los sentidos de Throe volvieron con rapidez, sacándole del vacío con la misma certeza con que el sol sale sobre el paisaje… sin embargo, tuvo mucho cuidado de no alterar la respiración, ni moverse. Ese macho no era uno de sus compañeros soldados.
Y tampoco lo era el segundo que habló.
—¿De qué hablas?
—Cuando me acerqué para apuñalarlo de vuelta al Omega, él estaba acribillado a balazos, algunos de los cuales solo podrían haber sido disparados desde una posición ventajosa encima de él. Te estoy hablando de la parte superior de su cráneo, de sus hombros, esa mierda era un desastre.  
—¿Alguno de nuestros muchachos allá arriba?
—No que yo sepa.
Una tercera voz dijo.
—No. Todos estábamos a ras del suelo.
—Alguien más liquidó al hijo de puta. Seguro que Tohr metió algo de plomo en él, pero eso no fue todo…
—Cállate. Nuestro invitado está volviendo en sí.
Con la treta acabada, Throe abrió los ojos. Ah, sí. Esto no era el Dhund… pero estaba puñeteramente cerca. La totalidad de la Hermandad de la Daga Negra forraba las paredes de la habitación en la que estaba, los machos le clavaban la mirada agresivos hasta la médula. Y eso no era todo. Había algunos otros con ellos, a todas luces, soldados… además de esa hembra, la que había matado al Blodletter.
Además el gran Rey Ciego.
Throe enfocó la atención en Wrath. El macho llevaba puestas gafas oscuras, pero aún así, la mirada arrolladora detrás de esas lentes se sentía muy evidente. Por cierto, el vampiro más importante del planeta estaba como había sido siempre, un luchador enorme con la astucia de un maestro estratega, la expresión de un verdugo y un cuerpo lo suficientemente fuerte como para rematar ambas consideraciones.
Tenía un nombre apropiado.
Y Xcor había elegido un adversario muy, muy peligroso.
El Rey dio un paso al lado de la cama.
—Mis cirujanos salvaron tu vida.
—No lo dudo —dijo Throe con voz áspera. Adorada Virgen Escriba, tenía la garganta lastimada.
—Así que del modo en que yo lo veo, en condiciones normales, un macho de valía tendría una deuda conmigo. Pero teniendo en cuenta con quien compartes la cama, las reglas normales no se aplican.
Throe tragó un par de veces.
—Mi primera lealtad, mi única… lealtad… es para mi familia…
—Una puñetera familia —masculló el Hermano Vishous.
—Mis relaciones de sangre, lo son. Mi… amada hermana…
—Pensé que estaba muerta.
Throe fulminó con la mirada al luchador.
—Lo está.
El Rey se interpuso entre los dos.
—Basta, basta, basta… éste es el trato. Cuando estés bastante bien, vas a ser puesto en libertad, serás libre para salir y decirle al mundo que mis muchachos y yo somos tan compasivos y justos como la jodida Madre Teresa, a pesar de que tu jefe es…
Era.
—Lo que sea. En pocas palabras, eres bienvenido a permanecer de una sola pieza…
—A menos que hagas estallar la mierda —intervino Vishous.
El Rey miró de manera furiosa al Hermano.
—… siempre y cuando actúes como un caballero. Incluso te traeremos a alguien para alimentarte. Cuanto antes salgas de aquí, mejor.
—¿Y si quisiera pelear a vuestro lado?
Vishous escupió en el suelo.
—Nosotros no aceptamos traidores…
Wrath volvió los ojos de repente.
—V. Cierra tu puta boca. O te vas al pasillo.
Vishous, hijo del Blodletter, no era el tipo de macho al que alguien le hablaba de ese modo. Excepto, al parecer, Wrath. En este caso, el Hermano con los tatuajes en el rostro, pervertida reputación y la mano de la muerte, hizo exactamente lo que se le había dicho. Cerró la puta boca.
Lo que decía mucho acerca de Wrath. ¿Verdad?
El Rey volvió la cabeza.
—Pero yo pondría atención en enterarme quién te hirió.   
—Xcor.
Las fosas nasales de Wrath se ensancharon.
—¿Y te dejó por muerto?
—Aye. —En algún nivel, él todavía no podía creerlo. Lo cual lo señalaba como un estúpido—. Aye… lo hizo.  
—¿Esa es la razón por la que ahora eres leal a tu propia sangre?
—No. Eso siempre ha sido cierto.
Wrath asintió con la cabeza y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Tú dices la verdad.
—Siempre.
—Bien, buena cosa que les abandonaras ahora, hijo. La Banda de los Bastardos está pateando un nido de avispas del tipo de las que no se marcharan sin más.
—En verdad… no hay nada que pueda decir que tú ya no sepas.
Wrath se rió con suavidad.
—Un diplomático.
Vishous interrumpió con:
—Intenta animal muerto…
La mano de Wrath se disparó hacia arriba en el aire, el diamante negro del anillo del Rey brilló.
—Que alguien saque esta boca de este cuarto. O lo haré yo.
—Me voy.
Después de que el Hermano se marchara, el Rey se frotó la frente.
—Bien. Basta de hablar. Te ves como la mierda… ¿dónde está Layla?
Throe comenzó a negar con la cabeza.
—No tengo ninguna necesidad de sangre…
—Gilipolleces. Y no vas a morir bajo nuestra vigilancia de manera que Xcor pueda acusarnos de asesinarte. No voy a darle ese tipo de arma. —Cuando el Rey echó a andar hacia la puerta, Throe por primera vez notó que había un perro junto al macho… llevando un arnés que Wrath aferraba. ¿Era realmente ciego?—. Huelga decir que esto va a ser presenciado… Oh, hola, Elegida.
El cerebro de Throe dejó de funcionar cuando una visión entró en el cuarto. Una completa… visión. Alta, de cabellos y ojos hermosos, vestida con una túnica blanca, era sin duda una Elegida.
Era bellísima, pensó. Un amanecer que vivía y respiraba… un milagro.
Y ella no estaba sola, como era apropiado para una joya semejante. A su lado, Phury, hijo de Ahgony, era un muro de protección, su rostro tenso con tanta fuerza, que parecía como si tal vez ¿ella fuese suya? Incluso tenía una daga negra en la mano… aunque estaba discretamente sostenida junto al muslo, sin duda para que la hembra no lo viera y se alarmase.
—Te voy a dejar para esto —dijo Wrath—. Pero si yo fuera tú, me cuidaría. Aquí mis chicos, están un poco nerviosos.
Después de que el gran Rey Ciego se marchase con su perro rubio, Throe se quedó a solas con los Hermanos, los soldados… y esa hembra.
A medida que avanzaba por la habitación, su sonrisa era una fuente de paz y femineidad en medio de la parafernalia vil de guerra y muerte, y si él no hubiese estado acostado, se habría hincado de rodillas de admiración.
Había pasado tanto tiempo desde que había estado alrededor de una hembra de valía. En verdad, se había acostumbrado demasiado a las mujeres de la calle y a las prostitutas, a quienes trataba como damas por costumbre, no por corresponder.
Los ojos de Throe se llenaron de lágrimas.  
Ella le recordaba lo que su hermana debería haber sido.
Phury dio un paso delante de ella, bloqueando la vista cuando se inclinó y puso los labios justo en el oído de Throe. A la vez que le apretaba el bíceps hasta que este gritó de dolor, el Hermano gruñó en voz baja.
—Te pones duro y te castraré tan pronto como ella salga.
Bien… si eso no era claro como el cristal. Y una mirada rápida en torno a la habitación sugirió que Phury no sería el único que vendría detrás de él. Los otros Hermanos se disputarían trozos de su esqueleto muerto si él se excitaba.
Enderezándose en toda su altura, Phury sonrió a la hembra como si no estuviera sucediendo nada de qué preocuparse.
—Este soldado está muy agradecido por el regalo de tu vena, Elegida. ¿Verdad?
El “gilipollas” no fue dicho. Y el apretón de nuevo presionando en el brazo de Throe era encubierto y enfático.
—Siempre estoy agradecido, su Gracia —exhaló él.
En ese momento, la Elegida sonrió a Throe, robándole el aliento.
—Si puedo ser útil, incluso en una pequeña medida, a un macho de valía como usted, soy dichosa. No hay mayor servicio para la raza que luchar contra el enemigo.
—Yo puedo pensar en al menos uno más —dijo alguien en voz baja.
Cuando Phury le hizo señas para acercarse a la cama, Throe solo pudo quedarse con la mirada clavada en el rostro de la hembra, su corazón luchaba por decidir si latir acelerado o detenerse por completo. Y mientras se imaginaba qué sabor podría tener ella, trató de no lamerse los labios… de seguro eso estaría incluido en la lista de actividades prohibidas. También recordó con severidad a su sexo que permaneciera flácido o perdería a sus dos estúpidas mejores compañeras.   
—No soy digno —le dijo en voz baja a ella.
—Puñeteramente cierto —gruñó alguien.
La Elegida miró con el ceño fruncido por encima de su hombro.
—Oh, pero sin duda lo es. Alguien que esgrime un puñal con honor contra los lessers es digno. —Ella volvió la mirada hacia él—. Señor, ¿puedo servirle ahora?
Oh… maldita sea.
Sus palabras fueron directamente a su polla. Poniendo el tronco erecto de inmediato, el cual se engrosó instantáneamente hasta la punta que no tardó en escocer de necesidad.
Throe cerró los ojos y rogó por fuerza. Y mala puntería para los Hermanos. Ninguna de las cuales era probable le fuese concedida…  
La muñeca de ella estaba cerca de sus labios… él podía olerla.
Los ojos llameantes se abrieron de repente y vio la vena frágil a corta distancia… y, que la misericordia de la Virgen Escriba lo salvase, en lo único que podía pensar era en extender la mano hacia ella, acariciar la mejilla suave…
Una daga negra le obligó a bajar el brazo.
—Sin tocar —dijo Phury de manera tenebrosa.
Bien... si eso era todo por lo que el Hermano estaba preocupado, obviamente no se había percatado del asunto debajo de la cintura. Y lejos de estar de acuerdo en hacerse castrar, Throe no haría nada para que eso sucediera… por lo que no era bueno tocar.
Sin tocar estaba bien para él…
*  *
Mientras Tohr yacía en la cama, se despertó con el pensamiento de que era un poco temprano para dormir. ¿No debería estar peleando? ¿Por qué estaba…
—Trae a Layla aquí tan pronto como sea posible —ladró una voz masculina—. No podremos operar hasta que su presión sanguínea suba…
¿Qué decía?, se preguntaba Tohr. ¿Quién tenía la presión arterial mal…?
—Ella estará aquí TPCSP —llegó una respuesta muy lejana.
¿Estaban hablando de él? Nah, no podía estar…
Cuando abrió los ojos de repente, la lámpara industrial colgando directamente sobre su cara, aclaró las cosas con rapidez. Este no era su dormitorio, esto era la clínica en el centro de entrenamiento. Y ellos estaban hablando de él.
Todo volvió en un instante. Él saliendo de detrás de aquel contenedor de basura. Su cuerpo siendo acribillado, mientras avanzaba, abriendo fuego. Él disparando hasta quedar encima de la forma apestosa y caída de aquel asesino.
Después de eso, se había tambaleado de un lado a otro, como un palo apenas clavado en el suelo.
Luego las luces se habían apagado.
Con un gemido, se empujó hacia arriba, pero su palma resbaló sobre el acolchado de la camilla. Supuso que estaba sangrando…
La cara bien parecida de Manello apareció de pronto en su línea de visión, reemplazando a lo brillante y reluciente de la lámpara. Vaya… mira esa expresión. El bastardo lucía como alguien que acababa de conseguir entrada para Disneylandia. ¡Sorpresa!
—No deberías estar consciente.
—Esto está mal, eh.
—Tal vez un poco peor. Sin ánimo de ofender, pero ¿en qué coño estabas pensando? —El buen cirujano se volvió y corrió hacia la puerta, asomando la cabeza hacia el pasillo—. ¡Necesitamos a Layla aquí! ¡Ya!
En ese momento, hubo alguna conversación pero él no podía seguir nada de eso y no porque estuviera herido. A pesar de todas sus pupa-pupa, su cuerpo tenía una monumental opinión acerca de quién iba a alimentarse… y en lo que al se refería, tan preciosa como la Elegida era, no iba a ser de ella.
Y fue una sorpresa darse cuenta por qué.
Quería a No’One. Si bien no era justo…
—Yo lo haré. Cuidaré de él.
Ante el sonido de la voz de No’One, Tohr apretó los dientes y sintió que una oleada lo atravesaba. Al volver la cabeza, miró por entre las mesas rodantes con el instrumental quirúrgico… y allí estaba en el rincón más alejado, la capucha en su sitio, el cuerpo quieto, las manos agitándose bajo las mangas de la túnica.
En el instante en que la vio, sus colmillos se alargaron, y su cuerpo llenó su propia piel, el entumecimiento residual se alejó y dejó al descubierto todo tipo de sensaciones: el dolor a un lado del cuello y debajo del brazo, el hormigueo en la punta de los caninos nítido como si él ya hubiera atacado, el hambre en sus entrañas… por ella.
La inanición en su polla… por ella.
Mierda.
Rápidamente disimuló la excitación tirándose la cortina quirúrgica alrededor y sosteniéndola delante de sus caderas. 
—Vale. No deberías ser capaz de levantarla —masculló Manny.
¿Lo era? Oh, bueno, míralo… ¿Y en cuanto a la segunda dosis de sorpresa del doctor? Estupendo tipo, pero él estaba siendo un humano tonto del culo cuando se trataba de la cosa de la alimentación. ¿Con este tipo de hambre por esta hembra en particular? Mierda, Tohr era Superman, capaz de levantar un Hummer mientras, con la mano libre hacía malabares en el aire con un Smart.
Sin embargo, él estaba preocupado por No’One. La última vez había sido una falla épica.
Excepto que al otro lado del cuarto, ella le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, como si supiera con exactitud lo que a él le preocupaba y de todos modos, estuviera lista para llegar hasta el final.
Por alguna razón, el coraje de la hembra le hizo picar los ojos.
—Déjanos —le dijo al cirujano sin mirar al hombre—. Y no dejes entrar a nadie hasta que te llame.
 Maldijo y masculló. Todo lo cual ignoró. Y cuando por fin oyó la puerta cerrarse, tomó control firme de sus instintos, el saber que estaba a solas con ella atemperaba todos los impulsos para alimentarse. No iba a lastimarla o a volver a asustarla. Y punto.  
La voz aflautada de No’One cortó a través del silencio.
—Estás sangrando tanto.
Oh, joder, ellos no deberían haberle limpiado aún.
—Se ve peor de lo que es.
—Entonces deberías estar muerto.
Él se rió un poco. Luego un poco más… y culpó de semejante estupidez a la pérdida de sangre. Porque nada de esta mierda era gracioso.
Cuando se frotó la cara, golpeó una parte en carne viva y tuvo que recostarse… lo que le hizo preguntarse si podría estar en problemas… y no del tipo sexual. ¿Cuántas balas tenía adentro? ¿Qué tan cerca había estado de morir?
Sin intención de ofender, pero ¿en qué coño estás pensando?
Quitándose de encima todo, él extendió la mano y le hizo señas. A medida que ella se acercaba, su cojera se hacía más pronunciada y cuando llegó a la mesa, apoyó la cadera contra el borde como si su pierna estuviera molestándola.
—Deja que te traiga una silla —dijo él haciendo ademán de levantarse.
Su mano delicada lo echó para atrás.
—Yo lo haré.
Al verla cojear a lo largo del recorrido, fue obvio que ella estaba dolorida.
—¿Cuánto tiempo has estado de pie?
—Un rato.
—No deberías haberte quedado.
Ella acercó el taburete y gimió cuando cargó su peso sobre los pies.
—No hasta que supiera que estabas en casa a salvo. Ellos dijeron… que entraste en la línea de fuego.
Dios, deseaba poder verle los ojos.
—No es la primera vez que he hecho algo estúpido.
¿Como si de alguna manera eso hiciera las cosas mejor? Idiota.
—No quiero que mueras —susurró ella.
Dios. Maldita sea. La sincera emoción en esas palabras lo dejó perplejo.
Cuando el silencio volvió a gobernar, él se quedó con la mirada clavada en la sombra formada por la capucha, pensando en ese momento cuando había salido caminando de detrás de ese Dumpster. Luego volvió más hacia atrás en su memoria…
—¿Sabes qué? He estado cabreado contigo durante años. —Cuando ella pareció respingar, él moderó el tono—. Simplemente no podía creer lo que te hiciste. Habíamos llegado tan lejos, tú, yo y Darius. Éramos una especie de familia y creo que en cierto modo siempre he sentido como que tú nos traicionaste. Pero ahora… después de haber perdido todo lo que tengo… entiendo el por qué. Realmente lo entiendo.
Ella bajó bruscamente la cabeza.
—Oh, Tohrment.
Él extendió la mano y cubrió la de ella. Salvo que entonces él se dio cuenta que la suya estaba ensangrentada y manchada, una horrible parodia contra la pureza de su piel.
Cuando comenzó a apartarse, ella se la agarró y las mantuvo unidas.
Él carraspeó.
—Sí, supongo que entiendo por qué lo hiciste. En aquel momento, no podías ver a nadie excepto a ti misma. No estabas lastimando a las personas a tu alrededor… estabas poniendo fin a tu propio sufrimiento porque simplemente no podías soportarlo un minuto más.
Se hizo un largo silencio y luego ella dijo en voz baja.
—Cuando avanzaste hacia esas balas anoche, estabas tratando de…
—Eso tuvo que ver exclusivamente con la lucha.
—¿En serio?
—Sí. Solo estaba cumpliendo con mi trabajo.
—Teniendo en cuenta las reacciones de tus Hermanos, ellos parecen pensar que esto no está en la descripción de tus obligaciones.
Levantando la mirada, él captó el reflejo de ambos en los contornos de acero de la lámpara de cirugía, él tendido y sangrando, ella acurrucada y encapuchada. Sus rasgos y siluetas estaba distorsionados, torcidos, las siluetas retorcidas por la superficie despareja donde se reflejaban, pero la imagen era precisa en más de un sentido: sus destinos habían sido tales como para hacerlos grotescos.
Curiosamente, sus dos manos entrelazadas era lo más nítido de todo, esa imagen estaba siendo captada sin distorsiones.  
—Odié lo que te hice anoche —barbotó él.
—Lo sé. Pero eso no es motivo para suicidarte.
Cierto. Tenía motivos de sobra para eso en alguna otra parte.
De repente, No’One se bajó la capucha e instantáneamente él se concentró en su garganta.
Mierda, él deseaba esa vena, la que corría tan cerca de la superficie.
El tiempo de hablar se había terminado. El hambre estaba de regreso y no se trataba solo de biología. Él quería volver a estar en su carne, bebiendo no solo para curar sus heridas, sino porque le encantaba el sabor de ella, la sensación de esa piel delicada en su boca y el modo en que sus colmillos la perforaban profundo y le permitían tomar una parte de ella en él.
Bueno, tal vez había mentido un poquito acerca de aquella lluvia de balas. Absolutamente había odiado lastimarla… pero esa no era la única razón por la que había avanzado hacia todo ese plomo. La verdad era que ella estaba invocando a gritos algo de él, cierto tipo de emoción y esos sentimientos estaban empezando a poner en marcha engranajes dentro de él que estaban oxidados y gruñones por falta de uso.
Eso lo aterrorizaba. Ella lo aterrorizaba.
Y sin embargo, mirando su rostro tenso en este momento, se alegraba de haber regresado vivo de ese callejón.
—Estoy feliz de estar aún aquí.
El suspiro que ella exhaló fue manifiesto alivio.
—Tu presencia ayuda mucho y eres importante en este mundo. Eres muy importante.
Él se echó a reír de manera torpe.
—Me sobreestimas.
—Tú te subestimas.
—Ídem —murmuró él.
—¿Perdón?
—Sabes exactamente lo que quiero decir. —Él puntualizó eso con un apretón en su mano y cuando ella no contestó dijo—: Me alegro de que estés aquí.
—Yo me alegro de que estés aquí. Es un milagro.
Sí, probablemente ella tenía razón. Él no tenía idea de cómo había salido de esta con vida. No había llevado un chaleco.
Tal vez su suerte estaba cambiando.
Un poco tarde en el juego, por desgracia.
Clavándole la mirada, se sintió atraído por sus preciosas facciones, desde sus ojos color gris paloma a sus labios rosados… a la elegante columna de la garganta y al pulso que latía debajo de su preciosa piel. 
Bruscamente, la mirada de ella se dirigió a su boca.
—Sí —dijo—. Te alimentaré ahora.
La excitación y la fuerza bruta resurgieron en su cuerpo, haciéndole subir las caderas bruscamente y resolviendo ese problema de presión arterial del cirujano. Pero todo el desenfreno salvaje era aún una operación cancelada. La parte de él que quería cosas de ella, cosas que ella no iba a estar cómoda dando a nadie… cosas que eran todo sobre lo que había estado haciendo en la ducha y en su cama a solas durante el día… no estaba consiguiendo una oportunidad aquí.  
Además, su mente y su corazón no estaban interesados en nada de esa mierda, y esto era otro de los motivos por los que ella era perfecta para él. Layla bien podría excitar su cuerpo, No’One nunca lo haría. Y existían peores traiciones para su shellan que desear lo inalcanzable. Al menos con No’One y gracias a su alto control, esos impulsos siempre serían solo una fantasía, una fantasía inofensiva e inalcanzable de masturbación que no tenía más sustancia en su verdadera vida que la pornografía en Internet…
Que Dios te ayude, señaló una vocecita, si alguna vez ella quiere que se lo devuelvas.
Muy bien. Pero mientras ella parecía dudar, él estaba seguro de que eso nunca iba a suceder.
Con voz gutural, él le dijo:
—No tengo prisa. Y conoces esto, las luces se quedarán esta vez… y tomaré de tu muñeca solo lo que tú quieras darme.

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