martes, 19 de junio de 2012

Amante Renacido/Capitulos 28 29 30

Capítulo 28

Cuando No’One se sentó junto a Tohrment, se escuchó a si misma diciendo una vez mas
—Sí…
Queridísima Virgen Escriba, algo había cambiado entre ellos. En lo importante, en el aire cargado que separaba sus cuerpos, algún tipo de calor se estaba esparciendo, las corrientes de electricidad le calentaban la piel de dentro afuera.
Era totalmente diferente a cuando había estado con él en la oscuridad de la despensa, forcejeando contra el eterno dominio del pasado.
Tohrment maldijo en voz baja.
—Mierda, tendría que habérmelas limpiado primero.
Como si no fuera nada más que una encimera sobre la que se había vertido algo, o un revoltijo de ropa que necesitaba ser lavado.
Ella frunció el ceño.
—No me preocupa lo que pareces. Respiras y tu corazón late… eso es todo lo que me importa.
—Tienes unas expectativas muy bajas para los machos.
—No tengo expectativas para los machos. Para ti, sin embargo, si tienes salud y seguridad ya estoy en paz.
—Maldita sea —dijo él en voz baja—. En realidad no quiero… pero te creo.
—Es la verdad.

Mirando sus manos entrelazadas, ella pensó en lo que él había dicho… sobre el pasado, sobre la familia improvisada que los tres habían formado en el Viejo País.
Sobre como ella la había hecho añicos para todos, incluyendo a su hija.
Además, siempre había visto la resurrección que se le había dado como una oportunidad para hacer penitencia por haberse quitado la vida, pero sí, se dio cuenta de nuevo, ahora había otro propósito para servir.
 Había herido a este macho, pero también se le había dado la oportunidad de ayudarlo.   
 Era el principio fundamental de la Virgen Escriba sobre el trabajo: todo trazaba un círculo completo de forma que el equilibrio pudiera ser mantenido.    
Asumiendo que ella pudiera ayudarlo, claro.
Con una sensación de propósito, bajo la mirada a su cuerpo… o lo que podía ver del mismo bajo los paños estériles. Su pecho estaba cubierto de músculos, una cicatriz en forma de estrella marcaba un pectoral y los abdominales perfectamente delineados. Por encima, había un número de cardenales de los que no quería imaginarse las causas y unos pequeños agujeros redondos que la asustaban.
Pero lo que ocurría por debajo de la cintura capturó su mirada. Estaba levantando la sábana azul en la zona sobre sus caderas como si escondiera algo, brazo y mano tensándose mientras ella miraba fijamente.
—No te preocupes por eso —dijo con una voz gutural.
Está excitado, pensó ella.
—No’One, ven… mírame a los ojos. No mires abajo.
La temperatura se disparó aún más en la habitación, hasta el punto en que ella consideró quitarse la túnica. Y bruscamente, como si él pudiera leerle la mente, su pelvis se arqueó… sensualmente.
—¡Oh, joder!... No’One, no, tienes que irte.
Una extraña anticipación se abrió paso por sus venas, haciendo que su cabeza zumbara y su estómago se sintiera vagamente enfermo. Y hasta ahora ella no tenía conocimiento de no alimentarlo, si acaso quería la boca de él sobre ella más incluso.
Con aquel pensamiento, ella llevó la muñeca hacia sus labios.
El siseo fue rápido, el mordisco veloz, el dolor dulce como el pinchazo de un centenar de pequeñas agujas. Y luego… él estaba succionando, la boca cálida y húmeda encajando, como sellada contra su piel y estirando de ella rítmicamente…
Él gimió. Desde el fondo de la garganta, gimió de placer, y mientras lo hacía, el corazón le saltó a ella en el pecho y luego latió incluso más rápido. Más de aquel calor, insidioso y doloroso, floreció en la capa interna de su piel, su mente se volvió confusa y su cuerpo lánguido.
Como si Tohr sintiera el cambio, gimió de nuevo, levantando la cabeza y estirando el cuello, hinchó el pecho y los ojos se le pusieron en blanco. Luego empezó a hacer sonidos lloriqueantes, la súplica no del todo acorde con su enorme tamaño, los sonidos lastimeros se elevaban repetidamente desde su garganta, alternando con los tragos.
 Con las luces encendidas y la posibilidad de retirar el brazo, el pánico flameó brevemente, antes de desvanecerse por completo. Solo había demasiado de Tohrment para que lo confundiese con alguien más, y la habitación bien iluminada donde estaban no tenía nada en común con aquella bodega enterrada: todo era brillante y limpio, y este macho en su vena… era un completo vampiro y nada si quiera remotamente symphath.
Cuanto más aumentaba el alivio, más consciente estaba.
Las caderas de él se movían todo el tiempo.
Abajo la sábana pronto sería arrastrada, bajo la copa que formaban sus palmas, la pelvis estaba girando. Y cada vez que lo hacía, los abdominales se tensaban… y aquellos sonidos crecían un poco más altos.
Él estaba profundamente excitado.
Incluso terriblemente herido, su cuerpo estaba listo para el acoplamiento… desesperado por él, si la forma en que se movía era una indicación…
Al principio, ella no entendía el hormigueo que la llenaba, entumeciéndola e hipersensibilizándola al mismo tiempo. Quizás era el hecho de que lo había alimentado dos veces en menos de un día… Pero no. Mientras las manos de Tohrment se tensaban de nuevo delante de sus caderas, mientras se agarraba más fuerte a través de la sábana, estaba claro que su sexo pedía atención y se estaba forzando el mismo a darle algo…
El chispear se volvió incluso más intenso cuando se dio cuenta de que se estaba frotando el mismo.
Los labios de No’One se separaron cuando la respiración empezaba a ser difícil, y bajo su túnica, el calor se intensificaba incluso más alto y se centraba en su bajo vientre.
Queridísima Virgen Escriba, ella estaba… excitada. Por primera vez en su vida.
Como si él pudiera leerle la mente, disparó los ojos hasta los suyos. La confusión estaba en ellos. Y una espeluznante oscuridad que parecía estar cerca del miedo. Pero había algo más que calor, había mucho más…
Mientras ella encontraba su brillante mirada, una de las masculinas manos se levantó y subió por su pecho. Cuando él le tocó el brazo, no fue para mantenerla quieta o sujetarla, sino para acariciarle la piel con suavidad y lentamente.
 Respirar empezó a ser imposible.
Y a ella no le preocupó.           
Los dedos masculinos corriendo ligeramente sobre su piel eran intoxicantes, arrastrándola más cerca de la llama que no podía ver. Cerrando los ojos, se permitió volar lejos de cualquier inquietud o preocupación, hasta que no sintió nada más que las sensaciones de su cuerpo.
Además, mientras ella lo alimentaba, se estaba alimentando ella misma, la parte más secreta de su alma se nutría por primera vez…
Finalmente lo escuchó lamer y se dio cuenta de que él había acabado.
Quería pedirle que continuara.
Suplicárselo, era más adecuado.
Levantando los pesados parpados, ella no pudo enfocar los ojos y aquello parecía solo apropiado. El mundo estaba confuso y así estaba ella… débil y confusa, con miel en las venas y algodón llenándole la cabeza.
Sin embargo Tohrment estaba al revés.
Parecía agudo como una hoja, sus músculos tensándose ahora, no solo en las caderas sino en todo su cuerpo, desde los bíceps a los abdominales… incluso los pies bajo la sábana de veían rectos.
Su otra mano, la que había estado acariciándola, volvió a bajar a su cintura.
—Creo que sería mejor que te fueras.
Su voz era tan profunda, que ella frunció el ceño mientras intentaba descifrar las palabras.
—¿He hecho algo mal?
—No, pero yo voy a… —apretó los blancos dientes mientras las caderas se movían arriba y abajo bajo la sábana—. Tengo que…¡joder!
Y entonces fue cuando lo que quería decir empezó a estar claro.          
 —No’One por favor… tengo que… no puedo aguantar mucho más…
Su enorme cuerpo estaba tan hermoso en esta particular agonía. Incluso aunque estaba ensangrentado, herido y lleno de hematomas, había algo innegablemente sexual sobre la forma en que apretaba los dientes y se arqueaba sobre la mesa.
Por un momento, su pesadilla con el symphath amenazó con volver, el terror trató de agarrarse al borde de su consciencia. Pero cuando Tohrment se quejó y se mordió el labio inferior, aquellos largos y blancos caninos desgarraron la suave piel rosada.
—No quiero irme —dijo ella con aspereza.
La cara de él se retorció, otra maldición salió de sus labios.
—Quédate y vas a tener un show endiablado.
—De…demuéstramelo.
 Eso atrajo su atención, sus ojos le hablaron, su cuerpo se congeló. Mientras parpadeaba, no hubo otro movimiento.
En un tono áspero, él soltó:
—Voy a hacerme llegar. ¿Sabes lo que eso significa? ¿Orgasmo?
Gracias a la Virgen Escriba por la silla, pensó No’One. Porque entre aquella voz grave, su embriagadora voz y la erótica manera en que se estaba sujetando, ni siquiera su pierna buena tenía fuerza para soportar el poco peso que ella tenía.
—No’One ¿entiendes?
La parte de ella que había despertado dio respuesta.
—Sí, lo entiendo. Y quiero observarte.
Él sacudió la cabeza como si intentara discutir. Excepto que luego no dijo nada más.
—Alíviate a ti mismo, guerrero —le dijo.
—Oh Jesús.
—Ahora.
Cuando ella se lo ordenó, la esclavitud pareció descender sobre él: bajo su cintura, bajo la sábana, una de sus rodillas subió hacia el cuerpo, sus piernas se abrieron ampliamente mientras su puño aseguraba aquel lugar vital que definía a tan excepcional macho.
Lo que ocurrió a continuación desafiaba la descripción. Él se trabajó contra la ahuecada sábana, girando las caderas, apretando, su cuerpo cobró velocidad…
Oh, los sonidos: desde la aspereza de su respiración a los gemidos y el chirrido desde debajo de la mesa.
Este era el animal macho en las garras de la pasión.
Y no había retorno.
Para ninguno de ellos.
Más rápido. Mayor presión con las manos, hasta que su pecho resaltó, la anatomía parecía esculpida, más que hecha de carne, Y luego maldijo en una explosión de respiraciones y sacudidas contra el apretón que mantenía sobre su sexo. Sus espasmos la hicieron agarrarse su propio pecho y respirar jadeando, como si lo que le estaba ocurriendo a él fuera replicado bajo su propia forma. Además ¿Qué milagro era este? Tohrment parecía tener dolor, y aun así no mostraba evidencia de querer que aquello que lo atormentaba acabara… si cabe, él lo reanudó, moviendo sus caderas incluso más.
Hasta que estuvo hecho.
 En el tiempo que siguió, el único sonido en la habitación eran sus respiraciones, al principio bastante altas, luego tranquilizándose más y más, hasta que fueron relajadas.
Cuando los acrecentados sentidos de No’One retrocedieron, su mente llegó más lejos y lo mismo pareció suceder con él. Relajando las manos desde debajo de sus caderas, reveló una humedad sobre la sábana que no había estado allí antes.
—¿Estás bien? —dijo él con voz áspera.
Ella abrió la boca. Había perdido la voz, todo lo que pudo hacer fue asentir con la cabeza.
—¿Estás segura?
Era tan difícil poner en palabras lo que estaba sintiendo. Ella no estaba amenazada, estaba segura. Pero tampoco estaba… bien.       
Estaba dando vueltas e inquieta. Dentro de su cabeza. Fuera de ella.
—Estoy tan… confusa.
—¿Sobre?
Las heridas de balas en su carne le habían zarandeado la cabeza. Este no era el momento de hablar.
—Déjame llamar a los sanadores. Necesitas que te atiendan.
—Tú eres más importante que eso. ¿Estás bien?
Dada la línea obstinada de su mandíbula, estaba claro que no iba a ceder. Y sin duda si ella se iba a buscar al cirujano, él la seguiría y dejaría un rastro de sangre que no tenía para desperdiciar.
Se encogió de hombros.
—Es solo que nunca había esperado…
Cuando no fue más lejos, la realidad de su situación volvió a ella. Aquella excitación, aquella satisfacción que él había encontrado… había sido por su shellan, ¿no? Ella le había dicho que Wellesandra era bienvenida entre ellos y él había dejado bien claro que no quería a nadie salvo aquella hembra: mientras él parecía estar centrado en ella, con toda probabilidad solamente había proyectado la imagen de alguien más.
No tenía nada que ver con ella.
Lo que realmente no debería haberla molestado. Era, después de todo, exactamente lo que le había dicho que quería.
 Así que ¿por qué se sentía tan curiosamente desanimada?
—Estoy bien —enfrentó su mirada—. Te lo juro. Ahora ¿puedo por favor traer a los sanadores? No podré respirar de verdad hasta que ellos se ocupen de ti.
Él entrecerró los ojos. Pero luego asintió.
—Vale.
Ella sonrió con frialdad y se dio la vuelta.
Solo cuando llegó a la puerta, le habló.
—No’One.
—¿Si?
—Quiero devolverte el favor.
Vaya si aquello no hizo que la hembra se detuviera sobre sus huellas.
También hizo que el corazón de Tohr se helara.
Mientras No’One seguía de pie en la puerta dándole la espalda, él no pudo creer que aquello hubiera salido de su boca… pero era la condenada verdad, y, estaba determinado a continuar con eso.
—Sé que vas a Santuario a ocuparte de tus necesidades de sangre —dijo— pero eso no puede ser suficiente. No esta noche. He tomado demasiado de ti en las últimas veinticuatro horas.        
 Cuando ella no replicó, él capturó su aroma y tuvo que contener un gruñido de respuesta en la garganta. Él no estaba seguro de si ella lo sabía en su cabeza, pero su cuerpo lo tenía claro: quería que él pudiera proveerla.
Mal            .
Excepto… Dios ¿En que se estaba metiendo? ¿Iba a alimentar a otra que no era su Wellsie?
Que Dios te ayude si alguna vez ella quiere que se lo devuelvas.
No, no, noooooo, esto no era sobre el sexo. Era sobre preocuparse por ella después de que ella le había permitido su vena. Era solo sangre… lo cual era bastante perturbador, y lo jodía mucho.
Asegúrate de eso, le disparo una vocecita.
Exactamente como lo estaba sobre joderse solo otra vez, el fakakta sermón de Lassiter volvió a él: tú estás vivo. Ella no. Y tú dependencia del pasado os está dejando en Between.
Tohr se aclaró la garganta.
—Quiero decir. Quiero estar ahí para ti ahora. Es simple biología…
 ¿De verdad? Exigió la voz.
A la mierda…
—¿Perdón? —dijo ella, disparando una mirada sobre el hombro y las cejas hacia el techo.
Genial, así que ni estaba hablando solo consigo mismo.
—Mira —dijo él— ven después de que me hayan parcheado un poco. Estaré en mi habitación justo después.
—Podrías estar más herido de lo que piensas.
—Bah, he estado aquí antes. Montones de veces.
Ella se recolocó la capucha.
—Necesitaras tu fuerza para recobrarte.      
 —Me has dado más que suficiente para dos de nosotros. Ven conmigo… quiero decir… —mierda. Joder—. Ven a mí.  
Hubo una larga pausa.
—Traeré al sanador.
Cuando No’One salió, dejó caer la cabeza…y cuando golpeó la dura almohada de la camilla, el sordo golpe reverberó en su cráneo. La punzada se sintió bien. De manera que lo hizo de nuevo.
Manello entró a grandes pasos en la sala de exploración.
—¿Vosotros dos habéis terminado?
 El tono del tipo estaba libre de todo sarcasmo, algo que Tohr hubiera apreciado más si no hubiera caído en la cuenta de que él había eyaculado en la sábana.
—Vale, déjame trabajar, gran hombre —el cirujano chasqueó un par de guantes especiales de látex.
—Hice una radiografía mientras estabas frito, y, estoy contento de informarte que solo tienes dos balas dentro. Pecho y hombro. De manera que voy a atacar, voy a hacer una plomo-ectomia y luego te suturaré las otras heridas de entrada y salida. Un caramelo.
—Necesito limpiarme primero.
—Ese es mi trabajo, y confía en mí, tengo suficiente agua destilada para arrastrar toda esa sangre seca y aun podría lavar un coche después.
—Ya... um… no estoy hablando de esa clase de porquería.
Freno en las ruedas chirriantes. La expresión de Manello fue de relajada a resueltamente profesional, era obvio que el mensaje había sido recibido.
—Suena bien. ¿Qué te parece otra sábana?  
—Sí. Gracias —condenada mierda. Estaba sonrojado. Eso o también le habían disparado en la cara y solo ahora se estaba dando cuenta.
Cuando una sábana limpia cambió embarazosamente de manos, no se miraron el uno al otro... y luego Manello estuvo estudiadamente ocupado sobre un carro de material quirúrgico, comprobando las agujas e hilo, tijeras y paquetes estériles que habían sido puestos allí.
Asombroso como el sexo podía convertir a dos machos completamente crecidos en adolescentes.
Tohr se arregló y le dijo a su erección lo que podía hacer. Desafortunadamente, su polla parecía estar hablando otro idioma, porque la cosa seguía tan dura como una palanca. ¿Quizás era sorda?
Estaría encantado de tener una sesión de calentamiento de puños con ella.
Tirando la sábana sucia en el suelo, se cubrió con la limpia.
—Yo, eehh, estoy listo.
Las buenas noticias era que al menos no había sido golpeado en la pierna, así que Manello iba a estar por encima de la cintura.
—Bien —dijo el doc mientras volvía—. Ahora creo que vamos a manejar esto localmente, y, cuantas menos drogas mejor. De manera que preferiría darte una dosis y no dejarte completamente frito, ¿vale?
—No te preocupes Doc. Solo hazlo.
—Me gusta tu actitud. Y vamos a empezar con el de la parte alta del pecho. Esto podría picar mientras te duermo…
—Joooooooooooooooder
—Lo siento.
—No puedes hacer nada —bueno, otro que le clavaba una estaca y lo sujetaba a la mesa.
 Cuando Manello continuó con su trabajo, Tohr cerró los ojos y pensó en No’One.
—No tengo que quedarme aquí abajo después de esto, ¿verdad?
—¿Si fueras un humano? Absolutamente. Pero esta mierda ya se está curando. Maldita sea, sois asombrosos.
 —Entonces puedo volver a la mansión.
—Bueno, si… al final —hubo un resonante ¡bonk!.. Como si el tipo hubiera dejado caer una de las balas de plomo en la batea—. Creo que Mary quería charlar contigo primero.
—¿Por qué?
—Solo quiere, sabes, revisarte
Tohr centró la mirada en el tipo.
—¿Por qué?
—¿Te das cuenta de lo afortunado que eres al no terminar…?
—No necesito “hablar” con ella, si eso es lo que estás insinuando.
—Mira, no voy a meterme en medio de esto.
—Estoy bien…
—Conseguiste que te dispararan esta noche            .
—Gajes del oficio…
—Gilipolleces. Tú no estás “bien” y necesitas “hablar” con alguien. Tonto del culo.
Con el “bien y el “hablar”, el humano gesticuló con las manos, marcando comillas en el aire a pesar del hecho de que sus dedos estaban ocupados sujetando instrumental.
Tohr cerró los ojos frustrado.
—Mira, iré con Mary cuando pueda… pero justo después de esto voy a estar ocupado.
En respuesta, el cirujano revisó todos los tipos de territorio de salud mental, muchos de los cuales fueron interrumpidos por repetidos “joder”.
No era problema de Tohr, pensó.

      



Capítulo 29

Hacia el este, en plena zona rural de Caldwell, Zypher estaba sentado en silencio, sobre su cama, en la litera de arriba. Lejos de estar solo, en los alojamientos del sótano de la Banda de Bastardos también estaban los tres primos, cada uno tan hábil en la conversación como él, pero asimismo no inclinados a permitírselo.
No había un movimiento verdadero entre ellos. Ni sonidos, a excepción de los susurros de su cuchillo de tallar, mientras lo hundía en la madera blanda una y otra vez.
Nadie dormía.
Mientras el amanecer despuntaba sobre la tierra y reclamaba su iluminado dominio, el pensamiento colectivo era igualmente asimilado, el peso de las acciones de su líder recaían pesadamente sobre ellos.
No era del todo incomprensible que Xcor hubiera apuñalado tan brutalmente a Throe por su insubordinación. No era increíble que después les hubiera ordenado al resto alejarse y que su compañero soldado fuera abandonado para que lo matara el enemigo.
Y aun así, de algún modo no podía entenderlo. Y sin duda ninguno de los demás podía.
Throe siempre había sido el pegamento que unía, un macho de valía con más honor que todo el resto juntos... además de un dominio de la lógica, por lo que le habían encajado el rol de mediador con Xcor: Throe estaba generalmente en primera línea con su frío y calculador líder, la única voz que podía comunicarse con el macho... bueno, normalmente. También fue el traductor entre todos ellos y el resto del mundo, el único con acceso a internet, el que había encontrado esta casa e intentaba conseguirles hembras de la raza para alimentarles, el único que coordinaba los gastos y los sirvientes.
También era bueno con la tecnología.
Excepto que Xcor había chasqueado el látigo, y ahora... si los asesinos no habían atrapado a Throe en aquel callejón, los Hermanos bien podrían haberle matado por principios.
Aunque, pronto iba a haber un precio sobre todas sus cabezas. Era solo cuestión de tiempo...
Examinando su talla, pensó que era una mierda, no se parecía más a un pájaro que cuando había sido una gruesa rama de arce. Además él no tenía arte en las manos, los ojos o el corazón. Esto solo era una manera de pasar el rato, mientras no estaba ocupado durmiendo.
Además, deseaba que hubiera una hembra por allí. Follar era su mejor talento y había sido famoso por pasarse horas entre las piernas de una criada con gran resultado.
Desde luego que podría utilizar la distracción.
Lanzando el trozo de madera a los pies de su litera, examinó la hoja. Tan pura y afilada, capaz de mucho más que malinterpretar a una horrible golondrina.
Al principio no le había gustado Throe. El macho había llegado a la Banda de Bastardos en una noche lluviosa y con aspecto de estar fuera de lugar: un pobre chico entre asesinos a sueldo, en el exterior de una casucha en la que sin duda no habría guardado ni un caballo.
Desde su sombrero de copa a sus zapatos perfectamente pulidos, todos ellos habían despreciado cada centímetro de él.
Y entonces Xcor les había hecho sacar pajitas a ver quién tenía la más corta para darle una paliza el primero. Zypher había ganado, sonreía mientras hacía crujir los nudillos y se preparaba para darle la masculinidad del macho a su ego real en una bandeja de plata.
Throe se había revuelto con el primer par de puñetazos que le llegaron, sin armarse con la defensa adecuada y absorbiendo los golpes en su cabeza y estómago. Pero antes de lo que todos esperaban, algo hizo clic en él, su postura cambió y sin ninguna razón aparente, alzó los puños rellenando con su cuerpo aquellas extravagantes ropas de un modo totalmente distinto.
El giro había sido... nada menos que extraordinario.
Zypher había seguido peleando con el macho, lanzando combinaciones de puñetazos que eran abruptamente parados... y, poco después, devueltos, hasta que él mismo tuvo que incrementar sus esfuerzos.
Aquel señorito había estado aprendiendo, allí y en aquel mismo momento, a pesar de que sus ropas elegantes quedaron hechas trizas, a pesar de quedar empapado por la lluvia y su propia sangre.
Durante la mismísima primera pelea, y en cada una de las sucesivas, había demostrado una asombrosa habilidad para asimilar. Entre el puñetazo inicial que le había sido lanzado, al momento cuando al final había aterrizado sobre su culo por el agotamiento, había evolucionado más como luchador que los soldados que habían pasado años en el campamento de guerra del Bloodletter.
Todos permanecieron en pie rodeando a Throe mientras estaba sentado en el fango, con el pecho subiendo y bajando, con su bonito rostro magullado y el sombrero de copa perdido hacía mucho.
De pie sobre el macho, Zypher escupió la sangre de su boca... y entonces se inclinó para ofrecerle la mano. Al señorito todavía le quedaba mucho por demostrar, pero no había sido ningún lacayo durante aquella pelea.
De hecho, siempre había probado no ser un lacayo.
Era extraño sentir lealtad alguna hacia alguien de la aristocracia. Pero Throe se había ganado el respeto en repetidas ocasiones. Y hacía mucho que era uno de ellos, aunque aquello hubiera acabado en cierta medida esta noche.
Zypher giró su cuchillo una y otra vez, la luz de la vela sobre la hoja era hermosa, tan bonita como cuando caía sobre la piel del interior del muslo de una hembra.
Xcor había utilizado una de estas para lo que estaba destinado: cortar, herir y matar, ¿pero su blanco? Considerando todo lo que Throe hacía por ellos, en su rabia, su líder había hecho más mal que bien. Es más, el hambre de sangre de Xcor lo estaba haciendo voluble. Y con una mente como la suya y planes como los que tenía, no era una buena combinación…
A Zypher le cosquilleó la parte posterior del cuello, una de las arañas que vivía con ellos le cruzó la nuca con sus ocho patas. Estirando la mano con una imprecación, se restregó la piel destruyendo al bicho.
Seguramente debería intentar dormir algo. En verdad, había estado esperando el regreso de Xcor, pero el amanecer hacía rato que había llegado y el macho no había vuelto. Tal vez estaba muerto, la Hermandad lo había atrapado estando solo en el exterior. O quizás uno de aquellos encuentros clandestinos que tenía con ese miembro de la glymera se había ido al traste.
Zypher se sorprendió al ver que no le importaba. De hecho, prefería esperar que Xcor no regresara jamás a casa de nuevo.
Era un gran cambio en su manera de pensar. De vuelta a cuando la Banda de Bastardos se había juntado por primera vez en el Viejo País, habían sido un grupo de mercenarios, cada uno por su lado. El Bloodletter había sido el único capaz de unirlos: aquella máquina de matar, que no había tenido humanidad para atemperar ninguno de sus impulsos, había sido el macho más despiadado que jamás caminara en las botas de un soldado, y ellos lo habían seguido individualmente como símbolo de libertad y fuerza en la guerra.
Después de todo, no había modo que la Hermandad de la Daga Negra apresara jamás a cualquiera de ellos.
Con el paso del tiempo, los vínculos habían crecido. A pesar de cómo pensaba Xcor, los soldados que habían luchado bajo su mando habían desarrollado lealtades... y se habían extendido incluso al antiguo aristócrata, Throe.
—¿Vasablar con él? —preguntó Syphon, en voz baja desde abajo.
Syphon y él habían compartido literas durante eones, con Zypher siempre en la de arriba. Era lo mismo con las hembras y las mujeres, y formaban una buena pareja. Syphon podía mantener el ritmo: en la cama, en el suelo, contra una pared... igual que en el campo de batalla.
—Aye. Si vuelve a casa.
—Nome matarési no vuelve. —El acento irlandés era marcado en aquella voz profunda, poniendo un giro distinto en las sílabas. Y era igual en los primos del macho—. No deberíaber hecho eso.
—Aye.
—No tienesque hacerle frente tú solo.
—No, me ocuparé de esto.
El gruñido que llegó en respuesta sugería que tenía apoyo disponible al instante y quizás lo necesitara. Xcor era un luchador tan feo como lo era como amante.
—Malditas arañas —farfulló Zypher mientras se golpeaba de nuevo la nuca.
—Deberíamos haber hecho algo —dijo alguien en la oscuridad.
Fue Balthazar.
Y un estruendo de ayes ondeó a través de la luz de las velas.
—No nos sentaremos ociosamente de nuevo —anunció Zypher—. Y no lo haremos desde ahora.
Suponiendo que el cabrón volviera. Lo cual, si no lo hacía no sería por repensárselo o por lamentar lo que había hecho. Xcor no. Era tan tajante como sus hojas.
Sin embargo una cosa estaba clara: Si Throe estaba muerto, Xcor iba a tener un motín entre manos. Mierda, también podría ser cierto sin importar que el soldado viviera. Nadie iba a poner las cabezas en el tajo en la búsqueda del trono por alguien que no honraba los vínculos de...
Zypher se dio un manotazo en la nuca tan fuerte que alguien comentó:
—Si prefieres un flogger, los tenemos.
La humedad en la palma de su mano hizo que la sacara hacia el frente.
Sangre. Sangre roja. Un montón.
Maldición, la cabrona debía haberle mordido. Levantando la otra mano, investigó la zona, explorando con la yema de los dedos.
Una gota le dio en el dorso de la muñeca.
Alzando la vista hacia las vigas del piso sobre él, su mejilla atrapó la siguiente que cayó a través de una pequeña rendija en el suelo de madera.
Estaba fuera de su litera con los cuchillos en ambas manos antes de que cayera otra.
Los demás se pusieron en alerta en el acto, ni siquiera hicieron una pregunta… simplemente verle listo para luchar los sacó de sus camas y llamó su atención.
—Estás sangrando —susurró Syphon.
—No soy yo. Alguien está arriba.
Zypher inhaló en un intento de captar un olor, pero todo lo que pudo oler fue la fetidez del moho adherido al húmedo subterráneo.
—¿Podría la Hermandad habernos entregado de vuelta a Xcor? —susurró alguien.
En cuestión de segundos, las pistolas fueron comprobadas y los blindajes de las armaduras atados a los torsos.
—Yo voy primero —anunció Zypher.
No se lo discutieron… aunque, ya estaba al pie de las robustas escaleras y empezando a ascender. Los otros le siguieron, y aunque todos juntos pesaban tranquilamente un total de media tonelada, subieron sin hacer ni un ruido, ni chirridos ni crujidos en la madera vieja revelando lo que se traían entre manos. O mejor dicho, entre pies.
Al menos hasta que llegaron arriba. Las tres últimas tablas estaban mal colocadas a propósito para delatar cualquier infiltración. Se las saltó desmaterializándose directamente en la puerta reforzada con acero que estaba trabada en una estructura de acero metida entre cuatro paredes que tenían una malla de acero incrustada en el yeso.
No había manera de que nadie pudiera entrar o salir con facilidad.
Con cuidado, tiró suavemente del cerrojo de acero y giró el tirador. Luego abrió lentamente medio centímetro.
El olor a sangre fresca se precipitó en su nariz y senos nasales, tan denso que saboreó el dulce metal en el fondo de su garganta. Y reconoció la fuente.
Era Xcor. Y no había nada ni nadie más con él: ni la fetidez lesser, ni la oscura especia de un vampiro macho, ni la patética colonia de un humano.
Zypher hizo una señal para que los demás permanecieran atrás. Iba a necesitarles para salvar el culo si su nariz le había informado mal.
Abriendo la puerta con un rápido y silencioso empujón, salió a la oscuridad artificial creada por los tablones y cortinas que cubrían todas las ventanas…
Al otro lado de las baldosas desportilladas de la cocina y el polvoriento parqué de la entrada, en el extremo más alejado del salón, bajo el círculo de luz color miel de una vela... Xcor estaba sentado en un charco de sangre.
El soldado todavía iba vestido con sus ropas de lucha, su guadaña y pistolas a su lado en el suelo, las piernas extendidas, los brazos desnudos y ensangrentados descansando en sus muslos.
Tenía una daga de acero en la mano.
Se estaba haciendo cortes a sí mismo. Una y otra vez con la hoja de su cuchillo de matar, se estaba cortando sus fibrosos y fuertes brazos de tal modo que goteaban en demasiados tajos para contarlos. Pero eso no era lo más chocante. Había lágrimas en el rostro del macho. Bajándole por las mejillas, cayendo de su mandíbula y barbilla, mezclándose con lo que goteaba desde su carne.
Las palabras, roncas y bajas, fluían.
—...maldito mariquita... llorando, despreciable mariquita... para... para... hiciste lo que tenías que hacer con él... maldito mariquita...
Parecía que alguien más había desarrollado un vínculo con Throe.
Es más, su líder era abyecto en su miseria y arrepentimiento.
Zypher lentamente salió marcha atrás por la puerta y la cerró de nuevo.
—¿Qué? —exigió Syphon en la oscuridad.
—Tenemos que dejarle solo.
—¿Entonces Xcor está vivo?
—Aye. Y sufriendo por su propia mano, por la razón correcta... derramando su sangre por quien ofendió tan mortalmente.
Hubo un gruñido de aprobación y entonces todo el mundo se giró y descendió.
Era un comienzo. Pero quedaba un largo trecho todavía por recorrer para recuperar su lealtad. Y tenían que enterarse de lo que le había pasado a Throe.
*  *
Sentado sobre el duro suelo, en un charco de su propia sangre, Xcor se debatía entre su entrenamiento a manos del Bloodletter y su... corazón, suponía.
Curioso que a esta edad descubriera que de hecho tenía uno de esos, y era difícil considerar este descubrimiento como una bendición.
Parecía más una medalla de fracaso. El Bloodletter le había enseñado bien los requisitos de un buen soldado, y los sentimientos, excepto la cólera, la venganza y la avidez, no formaban parte de aquel léxico: Lealtad era algo que exigías a tus subordinados y si no te la ofrecían a ti y solo a ti, te deshacías de ellos como armas en mal funcionamiento. El respeto era dado exclusivamente en respuesta a la fuerza de tu enemigo y simplemente porque no querías ser derrotado por una infravaloración del contrario. El amor estaba asociado solo con la adquisición y la defensa satisfactoria de tu poder.
Clavando de nuevo la hoja del cuchillo teñida de rojo en su piel, siseó cuando el dolor ardió por sus brazos y piernas, haciendo que su cabeza zumbara y el latido de su corazón oscilara.
Cuando la sangre fresca manó, rezó para que se llevara de su cuerpo el confuso embrollo de arrepentimiento que lo había reclamado poco después de abandonar a Throe sobre aquel asfalto.
¿Cómo podía haberse torcido tanto todo esto…?
El caos, de hecho, había empezado cuando no se fue de aquel callejón.
Después de haber enviado a sus hombres lejos de Throe, tenía la intención de hacer lo mismo... pero había acabado escondiéndose en el tejado de uno de los edificios, permaneciendo oculto mientras vigilaba a su soldado. Ostensiblemente, se dijo a sí mismo que había sido porque quería asegurarse de que los Hermanos encontraran a su segundo al mando, no la Sociedad Lessening, porque la información que necesitaba era sobre el antiguo enemigo no el último.
Excepto que mientras observaba a Throe retorciéndose de dolor sobre el asfalto, con los miembros levantados en ángulos extraños mientras buscaba el alivio reposicionándose, la realidad de un orgulloso guerrero incapacitado e indefenso le había calado.
¿Por qué razón había provocado tal agonía?
Cuando las ráfagas de viento dieron contra Xcor, despejándole la cabeza y enfriando su cólera se había dado cuenta que sus acciones le sentaban de un modo incómodo. Insoportable.
Cuando llegaron los asesinos, había sacado su arma, listo para defender al mismo macho del que se había deshecho. Pero Throe dio un formidable primer golpe... y luego habían llegado los Hermanos y actuado como era previsible, despachando a los lesser con facilidad, recogiendo a Throe y poniéndole en la parte trasera de un vehículo negro.
En ese instante, Xcor decidió no seguir al SUV. Y la razón de tal elección fue un anatema comparado con sus acciones previas.
Throe sería tratado con gran competencia en la guarida de la Hermandad.
Se dijera lo que se dijera sobre cómo los cabrones preferían el lujo, sabía que tenían acceso a una atención médica superior. Eran la guardia privada del Rey, Wrath no los proveería con nada menos. Si él los seguía, con la idea de infiltrarse en el complejo, seguramente lo descubrirían y lucharían con él a lo largo del camino, en vez de darle a Throe la ayuda que necesitaba.
Además, Xcor permanecía alejado por la razón equivocada, una mala razón, una razón inaceptable… a pesar de todo su entrenamiento, se encontraba a sí mismo eligiendo la vida de Throe por encima de la ambición: su ira le había llevado en una dirección, pero su arrepentimiento lo había dirigido en otra. Y el último fue el que salió victorioso.
El Bloodletter sin duda se revolvería en su tumba.
Tomada la decisión, él y sus intenciones habían languidecido en los restos de la noche cuando el tiroteo iluminó el callejón incluso antes de que el vehículo en el que estaba Throe tuviera la oportunidad de irse.
Mientras recuperaba el sentido, hubo una breve tregua... y entonces Tohrment, hijo de Hharm, salió al centro del callejón, evitando ponerse a cubierto, transformándose en un blanco para los lessers recién llegados mientras descargaba sus armas en ellos.
Era imposible no respetar aquello.
Xcor había ido directamente a por el asesino que había comenzado el contraataque sobre el Hermano… y aun así mientras las balas del enemigo habían dado en el macho, Tohrment seguía avanzando con los dos cañones, sin inmutarse, inquebrantable.
Un disparo a la cabeza y lo liquidarían para siempre.
Motivado por algo que se había negado a nombrar, Xcor se dejó caer sobre el vientre, serpenteó sobre el borde del edificio y extendido su propia arma, vaciando el cargador sobre el lesser que estaba a cubierto, poniendo fin a cualquier posibilidad de muerte del Hermano. Había parecido un premio apropiado para tal clase de coraje.
Entonces se había desmaterializado fuera de la zona y caminado por las calles de Caldwell durante horas, las enseñanzas del Bloodletter golpeando en su puerta interior, exigiendo entrar y así poder extinguir la sensación de que lo que le había hecho a Throe estaba mal.
Sin embargo el arrepentimiento se había intensificado, ampollándose bajo la piel, redefiniendo su relación con su soldado... tanto como el macho que una vez había llamado Padre.
La noción que tal vez no estuviera cortado por el mismo patrón que el Bloodletter le había dolido. Especialmente dado que lo había mandado a él y a sus bastardos a una carrera de confrontaciones con el Rey Ciego… y la ejecución de aquel plan iba a requerir la clase de fuerza que solo provenía de la crueldad.
De hecho, era demasiado tarde para retirarse de aquella carrera, incluso si quisiera… lo cual no hacía. Todavía tenía la intención de derrocar a Wrath, por la simple razón que el trono era para el que lo consiguiera, sin importar lo que las Antiguas Leyes o la tradición ciega dictaba.
Pero cuando se trataba de sus soldados y su segundo al mando...
Volviéndose a concentrar en sus brazos, la costumbre y una búsqueda ciega de sí mismo le tuvo una vez más aplicando la hoja en su carne, arrastrando la punta hacia arriba contra su lado cortante y así el daño sería desigual, no limpio, y adecuadamente doloroso.
Cada vez se hacía más difícil encontrar piel sana.
Siseando entre los dientes apretados, rezó para que el dolor llegara a su núcleo. Necesitaba hurgar en sus emociones del modo en que la recordada voz del Bloodletter nunca había fallado al hacerlo, fortaleciéndole, ofreciéndole una mente despejada y un corazón frío.
Sin embargo no estaba funcionando. El dolor solo se intensificó en su corazón, amplificando la traición que él había hecho a un buen macho, con un alma buena y que le había servido tan bien.
Resbalando en su propia sangre, nadando en su propia tortura, volvió a aplicar la hoja una y otra vez, esperando que llegara la vieja y familiar claridad…
Y cuando no lo hizo, se encontró a sí mismo llegando a la conclusión de que si alguna vez tenía la oportunidad, dejaría libre a Throe, por fin y para siempre jamás.


Capítulo 30

Mientras Tohr yacía solo en su cama, no tenía conciencia de nada más que del latido de su miembro. Bueno, de eso y del olor a flores recién cortadas que provenía del pasillo, ya que Fritz estaba en su ronda floral del mediodía.
—¿Esto es lo que quieres de mí, ángel? —preguntó en voz alta—. Vamos, sé que estás aquí. ¿Es esto lo que quieres?
Para enfatizar la pregunta, metió la mano por debajo de las sábanas y la deslizó por su pecho y su abdomen hasta que llegó a la parte delantera de sus caderas. Mientras se agarraba con los dedos, no pudo dominar el atroz arqueamiento de la espalda o el gemido que nacía en su garganta.
—¿Dónde coño estás? —gruñó, sin saber exactamente a quién le estaba hablando en la oscura habitación. A Lassiter. A No’One. A las misericordiosas Parcas… si es que había alguna, claro.
En el fondo, no se podía creer que estuviera esperando a otra hembra y el hecho de que la inestable balanza que existía entre la urgencia y la culpabilidad se estuviera inclinando rápidamente hacia esta última era un…
—Si dices mi nombre mientras estás haciendo eso, voy a vomitar en mi propia boca.
La voz de Lassiter era ronca e incorpórea y venía del rincón más alejado de la habitación donde estaba la chaise-longue.
—¿Es esto a lo que te referías? —Dios, ¿era de verdad él?, se preguntó Tohr. Hambriento, impaciente. Malhumorado porque estaba a punto de explotar.
—Es una dirección mejor que cuando te metiste en una ducha de balas. —Se escuchó un sonido como de arrastrar los pies—. Eh, sin ofender, ¿pero te importa poner las manos donde pueda verlas?
—¿Puedes hacer que ella venga a mí?
—El libre albedrío es lo que es. ¿Y las manos, cabrón? Si no te importa.
Tohr sacó los dos brazos y se sintió obligado a decir:
—Quiero alimentarla, no follármela. No pondría a No’One en esa situación.
—Te sugiero que la dejes pensar a ella y hacer lo que quiera con el sexo —el tío tosió un poco. No era nada nuevo, hablar de «follar» era raro entre machos si estos se estaban refiriendo a hembras de valía—. Podría tener sus propias ideas.
Tohr recordó la forma con la que ella le había mirado en la clínica, cuando estaba hecho una mierda. No había tenido miedo. Había parecido cautivada.
Y él no estaba seguro de cómo manejar eso…
Su cuerpo se arqueó por sí solo, como diciendo: Y una polla, colega.
Cuando se escuchó otra tos, Tohr se río ligeramente.
—¿Tienes alergia a las flores?
—Sí. Eso es. Voy a dejarte ahora, ¿vale? —Hubo una pausa—. Estoy orgulloso de ti.
Tohr frunció el ceño.
—¿Por qué?
Cuando no hubo ninguna respuesta, quedó claro que el ángel ya se había ido.
Una suave llamada a la puerta hizo que Tohr se irguiera, y apenas sintió el dolor de sus heridas. Sabía exactamente quién era.
—Pasa.
Ven a mí.
La puerta se abrió con un crujido y No’One se adentró en la habitación, encerrándolos dentro a uno con el otro.
Cuando escuchó el clic del pestillo de la cerradura, su cuerpo encerró a su mente: iba a alimentarla… y, que Dios los ayudara, a follársela si ella lo dejaba.
Por un breve instante de lucidez, pensó que debería decirle que se fuera y así evitarles a los dos las repercusiones que pudieran traer sus acciones una vez que el sexo se hubiera enfriado, sus cabezas aclarado… y dos personas aprendido que los cócteles Molotov que habían parecido ser una idea tan divertida y emocionante para preparar y lanzar en realidad habían diezmado sus paisajes.
En cambio Tohr extendió una mano hacia ella.
Después de un momento, ella alzó las suyas y se quitó la capucha. Mientras él memorizaba de nuevo su rostro y su figura, vio que no se parecía en nada a su Wellsie. Era más pequeña y su cuerpo más delicado. Sus colores agradables en vez de vibrantes. Correcta en vez de tajante.
No obstante, le gustaba. Y era mucho más fácil, de un modo extraño, que fuera tan diferente. Menos probabilidades de que alguna vez remplazara en su corazón a su amada con esta hembra. Aunque su cuerpo estuviera excitado, era el marcador de conexión menos importante. Machos con la clase de linaje que él tenía y cuando gozaban de buena salud y estaban bien alimentados, tal y como él estaba ahora, podían ponerse duros incluso con un saco de patatas.
Y No’One, a pesar de la definición que ella tuviera de sí misma, era muchísimo más atractiva que unos tubérculos…
Dios, el romanticismo se palpaba increíblemente bien aquí, ¿eh?
Ella se acercó lentamente, su cojera apenas se notaba, y cuando llegó al borde del colchón bajó la mirada hacia su pecho desnudo, sus brazos, su abdomen… e incluso fue más abajo con los ojos.
—Estoy excitado otra vez —dijo él con voz gutural. Y a la mierda con él, pero se pensaría que se lo había mencionado para advertirla. ¿La verdad? Tohr estaba deseando que esa mirada volviera, la que había ocupado su semblante cuando él se había dado placer hasta correrse...
Y, que casualidad… ahí estaba: calor y curiosidad. Nada de miedo.
—¿Debería beber de tu muñeca desde aquí? —preguntó ella.
—Súbete a la cama —gruñó.
Ella puso una rodilla encima del alto colchón y entonces de una forma rara intentó hacerlo con la otra. Sin embargo, su pierna mala la hizo desestabilizarse y se cayó hacia delante.
Tohr la cogió fácilmente, sujetándola por los hombros y evitando que se cayera de cara.
—Te tengo.
Y no había ahí doble sentido.
Deliberadamente, él la puso sobre sí de manera que estuviera suspendida encima de sus pectorales. Joder, no pesaba nada. Pero bueno, tampoco es que ella comiera mucho.
Él no era el único que necesitaba alimentarse apropiadamente.
Entonces dejó de moverse para darle tiempo a ajustarse. Él era grande y estaba jodidamente excitado, y ya la había asustado más que suficiente. En lo que a él concernía, ella podía tomarse todo el tiempo del mundo para asegurarse de que sabía quién estaba con ella...
De forma abrupta, su aroma cambió, transformándose en una embriagadora fragancia de despertar femenino. En respuesta, sus caderas se balancearon bajo las mantas y ella inclinó la cabeza por encima del hombro para ver cómo su cuerpo reaccionaba.
Si hubiera sido un caballero, habría escondido la reacción y se habría asegurado de que esto solamente se tratara de devolverle a ella el servicio que le había ofrecido a él. Pero se sentía ahora mismo mucho más macho que caballero.
Con esto último, la bajó y apoyó sobre su pecho, colocándola de manera que su boca estuviera pegada a la yugular.
*  *
Piel.
Piel cálida y masculina contra sus labios.
Piel de vampiro cálida y limpia que era bronceada y no pálida. Que olía a especias, a fuerza y a… algo tan erótico que su cuerpo había vuelto a ponerse en ese estado volcánico.
Mientras respiraba, su olor —aquel olor a macho— le produjo una reacción sin precedentes. Al instante todo se volvió instinto, los colmillos le salieron de la mandíbula superior, los labios se abrieron y la lengua salió como si tuviera la intención de saborearlo.
—Bebe, No’One… Sabes que quieres. Muérdeme…
Tragó saliva con fuerza a la vez que se retiraba de encima de él y se encontraba con sus ojos abrasadores. Había demasiadas emociones que descifrar en ellos, y lo mismo pasaba con su voz y su expresión. Esto no era fácil para él, al fin y al cabo, esta era su habitación marital, donde no cabía duda de que había estado con su pareja cientos de veces.
Y aun así él la deseaba. Era obvio por la tensión de su cuerpo, por la erección que ella podía ver incluso debajo de las mantas.
Conocía la complicada encrucijada en la que él se encontraba, dividido entre contradicciones, a ella le pasaba igual. No’One quería esto, pero si se alimentaba de él ahora las cosas progresarían y no estaba segura de si estaba preparada para ver dónde los llevaría eso a ambos.
Pero ella no iba a retroceder, ni él tampoco.
—¿No quieres que beba de tu muñeca? —le preguntó con una voz que no se parecía nada a la suya propia.
—No.
—Entonces, dónde me quieres —no era una pregunta. Y, queridísima Virgen Escriba, ella no tenía ni idea de quién era la que le estaba hablando de esa forma: en voz baja, seductora, exigente.
—En la garganta —sus palabras sonaron incluso más bajas y Tohr gimió cuando sus ojos volvieron a fijarse en el punto donde él deliberadamente la había colocado antes.
El poderoso guerrero quería que ella lo usara. Mientras yacía contra las almohadas, su inmenso cuerpo parecía estar en aquel extraño cautiverio que ella había visto antes, prisionero de unos amarres invisibles que eran, no obstante, imposibles de romper para él.
Sus ojos permanecieron en los de ella al mismo tiempo que ladeaba la cabeza a un lado y exponía su vena… por el lado contrario al que ella estaba. De esa forma tendría que estirarse por encima de su pecho una vez más. Sí, pensó, ella también quería eso… pero antes de que hiciera alguna clase de movimiento, le dio a su fuero interno la posibilidad de alarmarse. Lo último que quería era alterarse y perder el control en medio de esto.
Nada salió de su interior. Por una vez, el presente estaba tan vivo y era tan cautivador que el pasado no era siquiera un eco o una sombra en su mente… en estos momentos estaba totalmente limpia de recuerdos.
Y tenía muy claro lo que quería.
No’One estiró el brazo y su propia barbilla mientras atravesaba la imposible extensión de su torso. Su tamaño era casi una broma, la yuxtaposición de sus cuerpos absurda… y aun así no estaba asustada. Los abultados músculos de su pecho y sus anchos hombros no eran nada por lo que sentirse amenazada.
Apenas servían para aumentar el hambre que tenía por beber de su vena.
Su cuerpo se arqueó hacia arriba cuando ella se tumbó encima de él y oh, el calor. El calor ardía a través de su piel y magnificaba la necesidad de su cuerpo como un fuego lento que se convertía en un descontrolado fervor.
Había pasado mucho tiempo desde que había mordido a un macho. Y antes en su pasado más antiguo lo había hecho solo bajo la estricta supervisión no solo de su padre, sino también de otros machos de su estirpe: además, detrás de todo ello, había habido un sentimiento ceremonial y biológico atemperados por la sociedad y las expectativas sociales.
Ella nunca había estado excitada. Y si el buen caballero que ella había usado lo había estado, sabiamente no había mostrado ninguna muestra de ello.
Esto estaba siendo todo lo que las antiguas experiencias no habían sido.
Esta era cruda y salvaje… y muy sexual.
—Bebe de mí.
Él se lo ordenó al mismo tiempo que apretaba la mandíbula, alzaba el mentón y exponía mucho más su garganta.
Cuando ella bajó la cabeza, se sacudió de cabeza a los pies y mordió sin gracia alguna.
Esta vez, el gemido salió de ella.
Su sabor era como nada que pudiera recordar: un bramido arrollador en la boca, en la lengua, en la garganta. Su sangre era mucho más pura y fuerte de las que ella había tenido, y oh, ese poder suyo. Era como si la potencia de su cuerpo de guerrero se vertiera dentro de ella, transformándola en mucho más de lo que nunca había sido antes.
—Bebe más —él le urgió con voz ronca—. Bébetelo todo…
Ella hizo como él ordenaba, reajustó el ángulo de su cabeza de manera que su boca estuviera colocada incluso más perfectamente. Y mientras bebía con un gusto renovado, se encontró extremadamente consciente del peso de sus pechos mientras se aplastaban contra su torso. Y del dolor en su vientre que sin importar lo mucho que bebiera parecía solamente volverse más agudo. Y de la lánguida naturaleza de sus piernas… que parecía que todo lo que querían hacer era abrirse.
Para él.
El cambio total de su tensa rigidez fue tan completo que pareció irreversible, ¿y qué importaba? Estaba tan consumida que no le importaba nada más que lo que estaba ahora obteniendo.

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