martes, 19 de junio de 2012

Amante Renacido/Capitulos 31 32 33

Capítulo 31

Tohr tuvo un orgasmo apenas después del primer golpe de No’One. No había pausa en las contracciones de sus pelotas o en las rítmicas sacudidas de su erección o en la explosión que estalló en la cabeza de su polla mientras se estremecía bajo las sábanas.
—Jodeeeeer… No’One…
Ella asintió contra su garganta como si supiera lo que acababa de pasar y para qué le estaba pidiendo permiso él. Llegó tan lejos como para cogerle la muñeca y meterle la mano bajo las sábanas.
No hizo falta pedirlo dos veces.
Extendiendo las piernas comenzó a acariciarse a un ritmo que se ajustaba al de las succiones en su vena. Y mientras se aliviaba de nuevo y su pene se sacudía como loco, Tohr llevó su mano más abajo, se agarró el saco y apretó con fuerza. Placer y dolor pasaron a ser un espejo de feria, el distorsionado reflejo de uno se enfrentaba al del otro amplificándolo todo desde sentir los colmillos hincados en su cuello hasta las explosiones en su bajo vientre.
Esa sensación de dejarse ir, de poner a un lado el dolor con el que lidiaba noche y día era un puto alivio. Era un lago temporalmente derretido y libre de su capa helada, se deleitó en su franqueza con ella, en la forma en que se permitía yacer debajo de su pequeño cuerpo, capturado y sujeto con su ligero peso y su poderoso mordisco.

Había pasado mucho tiempo desde que había sentido algo bueno bien adentro de su helada alma. Y porque sabía que todas sus cargas lo estarían esperando cuando este idílico amanecer desapareciera, se metió mucho más en situación y se vistió con todas las sensaciones.
Cuando No’One finalmente retrajo sus colmillos, el dibujo de su lengua sobre la herida del cuello para cerrársela lo hizo correrse una vez más: el cálido y húmedo arrastar sobre su piel se trasladó a la parte inferior de su cuerpo, a su erección, que se sacudía y lanzaba más de lo que ya cubría su vientre y empapaba las sábanas.
 La miró a los ojos mientras el orgasmo lo alcanzaba se mordió el labio inferior y echó la cabeza hacia atrás… de forma que ella supiera exactamente qué era lo que estaba haciendo.
Y entonces fue cuando supo… que ella también quería sentir lo mismo.
Su delicioso aroma se lo dijo.
—¿Me vas a dejar que te haga sentir bien? —le dijo Tohr con voz ronca.
—Yo… no sé qué hacer.
—¿Eso es un sí?
—Sí… —susurró ella.
Tohr rodó sobre un costado y la depositó sobre el colchón con delicadeza.
—Todo lo que tienes que hacer es tumbarte aquí… yo me encargaré de todo.
La facilidad con la que obedeció fue una grata sorpresa y una rápida motivación, en lo que a su libido se refería, a querer desnudarla, montarla y correrse encima de ella.
Pero no iba a ocurrir. Por muchas razones.
—Iré despacio —gruñó, preguntándose a quién de los dos se estaba dirigiendo. Y entonces pensó… joder, sí, iba a ir despacio. No estaba seguro de poder recordar qué se le hacía a una hembra…
Como de la nada, una sombra cruzó su mente, salió de su cabeza y se interpuso entre ellos, oscureciendo a su vez el momento.
Con gran dolor, Tohr se dio cuenta de que no podía recordar exactamente cuándo Wellsie y él habían estado juntos por última vez, si hubiera conocido su futuro, habría prestado muchísima más atención a muchas más cosas.
Sin duda, había sido una de esas sesiones cómodas y poco memorables, aunque profundas en el fondo, en su cama de matrimonio estando ambos medio despiertos y felices de tener cotidianamente…
—¿Tohrment?
El sonido de la voz de No’One lo trajo de vuelta a la realidad, amenazando con estropear por completo lo que estaba ocurriendo en el presente. Pero entonces pensó en Lassiter… y en su shellan, que estaba en ese inframundo gris, atrapada en ese espacio desolado y polvoriento.
Si se paraba ahora, nunca iba a volver a este momento, a esta posibilidad, a esta situación de nuevo ni con No’One… ni con nadie más. Iba a quedarse permanentemente atrapado en el camino por culpa de su dolor… y Wellsie nunca se liberaría.
Maldita sea, como con tantas cosas en la vida, uno tenía que atravesar los obstáculos y este era uno de los grandes. Tampoco iba a durar para siempre. Había pasado más de un año guardando luto y compadeciéndose de sí mismo, y aún le quedaban décadas y siglos por delante para seguir con ello. Durante los siguientes diez minutos, quince, sesenta o los que esto durara, necesitaba estar únicamente en el aquí y ahora.
Únicamente con No’One.
—Tohrment, podemos pa…
—¿Puedo aflojarte la túnica? —La voz sonó muerta para sus propios oídos—. Por favor… déjame verte.
Cuando ella asintió, él tragó saliva con fuerza y llevó su temblorosa mano al nudo de la prenda. Este se soltó apenas casi sin ayuda y entonces los pliegues se liberaron del vestido de tubo que la cubría.
Su erección se sacudió vigorosamente ante la visión de su piel apenas oculta a sus ojos, sus manos… su boca.
Y esa reacción le dijo que desafortunada… o afortunadamente… sí que podía hacerlo. Iba a hacerlo.
Deslizando la mano por su cintura, se detuvo. Wellsie había tenido un cuerpo tan exuberante, lleno de curvas y fuerza femenina que a él tanto le había encantado. Pero No’One no era así.
—Tienes que comer más —dijo con severidad.
Cuando las cejas femeninas se arquearon y ella pareció retraerse, quiso darse un puñetazo en la cabeza. Ninguna mujer necesitaba oír sus defectos en momentos como este.
—Eres muy hermosa —dijo mientras los ojos exploraban la fina tela que cubría sus pechos y sus caderas—. Solo me preocupo por ti. Eso es todo.
Cuando ella se relajó de nuevo, se tomó su tiempo acariciándola a través de la sencilla cobertura de lino que llevaba puesta y colocándose encima de su vientre. Esa imagen de ella flotando en la cristalina agua de la piscina, con los brazos abiertos, la cabeza echada hacia atrás y sus pezones duros, lo hizo gemir.
Y le dio una dirección específica.
Pasando la punta de los dedos por su cuerpo, de abajo a arriba, Tohr rozó la parte inferior de su pecho.
El siseo que No’One soltó y el repentino arco que formó su espalda le dijeron que el contacto era más que bienvenido. Pero no había ninguna prisa. Ya la había tenido en la despensa y aquello no iba a volver a ocurrir otra vez.
Con lánguida facilidad, Tohr siguió subiendo hasta que su dedo índice le pasó por encima del pezón. Más siseos. Más arqueamiento.
Más exploración.
Su cuerpo estaba rugiendo, su polla presionando contra el cubrecama, contra su autocontrol, contra el tempo. Pero estaba manteniendo las cosas bajo control allí abajo… y mierda iba a seguir de esa forma. Esto era para ella, no para él, y la forma más rápida para cambiar las tornas sería su propio cuerpo desnudo en cualquier lugar cerca del de ella.
Dios, tenía que ser la sangre de No’One en su cuerpo. Sí, eso era. Esa era la causa de su loca urgencia por aparearse…
Cuando No’One estuvo sacudiendo las piernas encima del edredón y hubo agarrado el antebrazo de Tohrment con sus uñas, fue cuando él acunó el pecho entero con su mano, cambiando el índice por el pulgar mientras la acariciaba.
—¿Te gusta? —dijo arrastrando las palabras mientras ella jadeaba.
La respuesta que al fin le dio no fue más que un puñado de sonidos, pero bueno, toda esa tensión erótica era lo que le daba la verdadera respuesta.
A ella le encantaba cómo se sentía.
Rodeándole la pequeña espalda con el brazo, la levantó delicadamente hasta su boca. Tuvo un momento de indecisión antes de aferrarse a ella, pero solo porque no podía creer todavía que estuviera de verdad haciéndole esto a alguien: nunca se le hubiera ocurrido que tendría cualquier clase de vida sexual fuera de los recuerdos, pero aquí estaba, cercana y personal, por así decirlo, con esa conexión eléctrica chispeando, con su cuerpo desnudo y excitado, con su boca a punto de saborear a alguien diferente.
—Tohrment… —ella gimió—. No sé qué estoy…
—No pasa nada. Te tengo… te tengo.
Dejó caer la cabeza hacia delante y, abriendo los labios, rozó su pezón sobre el vestido, yendo arriba y abajo, arriba y abajo. A modo de respuesta, No’One enredó los dedos en su pelo, sintiéndose bien contra su cuero cabelludo arañándolo y pegándole tirones.
Joder, ella olía fantásticamente bien, su aroma era más suave y cítrico que el de Wellsie… pero aún así era gasolina en sus venas.
Un lametón le hizo sentir la raspadura de su prenda y el comienzo del paraíso, así que la lamió otra vez. Y otra vez. Y otra vez.
Succionándolo dentro de su boca, tiraba ligeramente de su pezón hacia arriba, y establecía un ritmo. Y mientras que ella se agarraba a él con más fuerza, Tohr movía las manos por todo su cuerpo, estudiando sus caderas y la parte exterior de sus muslos, su vientre y su pequeña caja torácica.
La cama crujió sutilmente, el colchón cedió debajo de él a la vez que se acercaba más a ella… y juntaba las partes inferiores de ambos cuerpos.
Ya era hora de subir las cosas de nivel.
*  *
Esto era por lo que las hembras ponían esa mirada en los ojos cuando pensaban en sus parejas.
No’One finalmente entendió porqué, cuando un hellren entraba en una habitación, su shellan se enderezaba ligeramente y ponía esa sonrisa secreta en sus labios. Esta era la causa de las miradas compartidas entre dos medias naranja de la especie. Este era el porqué de la urgencia de celebrar la ceremonia de emparejamiento; los invitados comían y bailaban y la casa se cerraba durante todo el día.
Esto era porqué las parejas felizmente casadas a veces no bajaban a la Primera Comida. O a la Última Comida. O a cualquier comida entre esas dos.
Este festín de sensaciones era la máxima sustentación para la especie.
Y algo que ella nunca había pensado que llegaría a conocer.
¿La razón por la que podía disfrutarlo? A pesar de la frenética urgencia en ambos cuerpos, Tohr estaba siendo muy cuidadoso con ella. Incluso aunque estaba obviamente excitado, y ella también, no se precipitaba: su autocontrol era un conjunto de barras de acero sobre sus instintos colectivos de apareamiento, su degustación y su tempo tan pausado y tan inofensivo como la graciosa caída de una pluma en el aire.
Más bien la estaba volviendo loca, en realidad.
Pero sabía que era por su bien. Tan frustrada como estaba, sabía que esta era la única forma correcta por la que no había posibilidad alguna de confundir con quién estaba o si quería esto…
La sensación de su boca húmeda contra el pecho la hizo gritar y arañarle el cuero cabelludo. Y eso era antes de que empezara a succionarla.
—¿Abrirás las piernas para mí? —dijo alrededor de su pezón.
Los muslos le obedecieron antes de que sus labios pudieran formular una respuesta, y la risotada que ella obtuvo como réplica fue un profundo ruido de satisfacción dentro de su pecho. Tampoco desperdició nada de tiempo. Al mismo tiempo que volvía a cerrar su boca sobre su seno, Tohr le deslizó la palma de la mano hacia la parte superior de los muslos y la deslizó hacia el interior.
—Levanta las caderas para mí —dijo antes de lamerle el pezón un poco más.
Obedeció inmediatamente, tan abandonada por la anticipación que no pudo comprender por qué se lo había pedido. Pero entonces sintió una suave caricia alrededor de las piernas.
Su vestido tubo. Tohr estaba levantando el vestido….
El tacto de su mano volvió, acariciando la parte superior de su muslo y yendo hacia abajo… antes de volver hacia el interior una vez más.
Oh, la falta de barreras. Como si no hubiera sido lo bastante bueno ya.
A modo de respuesta, su pelvis se arqueó y se tensó, pero no llegó a ninguna parte en lo que a urgirle a Tohr para que se moviera hacia el calor que finalmente reclamaría. En verdad, bajo sus maniobras de distracción, la anticipación en su sexo cambió a algo más tenso, la penetrante sensación en una afilada necesidad, el dolor del cual se parecía mucho más a las succiones que él le había dado a su vena.
El primer contacto con su vagina no fue nada más que una entrega que la tuvo gritando y pidiendo más. El segundo fue un lento cambio. El tercero…
Ella lanzó su mano hacia abajo y cubrió la de él, empujándola contra su calor.
El gemido que Tohr dejó escapar fue inesperado y sugirió que el tacto de ella lo haría llegar al orgasmo también… sí, No’One podría decir por la forma en que su cuerpo se estaba sacudiendo que se había vaciado otra vez, sus caderas agitándose bajo las mantas de una forma que la hizo pensar en la penetración.
Penetración repetida y vigorosa.
—Tohrment… —su voz salía entrecortada, su cerebro estaba en blanco, su cuerpo era el único que tenía algo claro.
Fue un rato después cuando pudo contestarle con algo más que el sonido de su respiración irregular.
—¿Estás bien?
—Ayúdame. Necesito…
Él le rozó el pecho con los labios y apartó la mano.
—Me ocuparé de ello. Te lo prometo. Solo aguanta un poquito más.
No’One no sabía cuánto «más» podría aguantar antes de que su cuerpo explotara.
Pero entonces, Tohr le enseñó que había grados mucho más altos de frustración.
Al final, la fricción empezó justo como todo lo que había hecho: lenta y ligera, una provocación más que un roce en condiciones. Pero gracias a la Virgen Escriba, eso no se quedó ahí. Mientras él sutilmente aumentaba la presión sobre la parte superior de su sexo, ella recordó el modo en que se había dado placer a sí mismo en la clínica, sus manos se habían movido de arriba a abajo, su cuerpo había creado una fricción hasta que algo se sacudió y el placer llegó al máximo…
El orgasmo fue más poderoso que nada que ella hubiera sentido nunca: ni siquiera el dolor que había sentido a manos del symphath se acercaba al placer que se movía a través de la parte inferior de su cuerpo, reverberando hacia su torso, y llegando como ecos a las puntas de los dedos de los pies y de las manos.
Ella conocía la tierra. También el Santuario.
Pero esto… era el cielo.










 

 

 




Capítulo 32

Mientras No’One tenía un orgasmo, la polla de Tohr se liberó de nuevo, la sensación de su sexo resbaladizo, las caderas sacudiéndose y su voz gritando lo puso como una motoooo: estaba húmeda, estaba abierta, estaba lista para él.
Era exquisita.
Y mientras se frotaba contra la mano masculina, quiso su boca sobre ella y la lengua en su interior para así poderse tragar lo que él le había dado.
De hecho, si no hubiera estado tan estrechamente aferrada a él, se habría movido a la posición de inmediato, bajando por su cuerpo y encontrándola con los labios. Pero de momento no iba a ir a ninguna parte. No hasta que sus cabalgadas se acabaran y sus músculos hubieran desbloqueado sus huesos.
Excepto que… ella no lo dejaba ir.
Incluso después de que su liberación hubiera pasado, los brazos femeninos se quedaron de un modo increíble sujetos al cuello de Tohr.
Cuando ella empezó a temblar, él sintió cada estremecimiento.
Al principio se preguntó si era la pasión resurgiendo pero rápidamente fue obvio que no era el caso.
No’One estaba llorando sin hacer ruido.
Cuando intentó apartarse, simplemente lo agarró con más fuerza, metiendo la cabeza contra su pecho y enterrándose en él. A todas luces, no tenía miedo de él, ni le había hecho daño. Pero, Dios, aún así…
—Shh… —le susurró mientras le ponía su gran mano en la espalda y empezaba a moverla en círculos con tiernas caricias—. Está bien…
En realidad, era una mentira. No estaba seguro si todo estaba bien. Especialmente cuando empezó a sollozar con ganas.
Dado que no había nada que pudiera hacer excepto permanecer con ella, dejó caer la cabeza cerca de la suya y sacó de un tirón el edredón de sus piernas para taparla y mantenerla caliente.
Ella lloró una eternidad.
Él la habría sostenido incluso más tiempo que aquel.
Era extraño… proporcionarle a No’One un lugar estable lo estabilizaba a él, dándole un propósito y una concentración que eran tan fuertes como habían sido las sexuales solo momentos antes. Y en retrospectiva, debería haber sabido que esto iba a suceder. Lo que acababa de pasar era probablemente la primera y única experiencia sexual que ella jamás había consentido. ¿Una hembra de valía proveniente de una familia de alto linaje? De ninguna manera le habría sido permitido ni siquiera sostener la mano de un macho.
La violencia de aquel symphath era todo lo que ella había conocido.
¡Maldito fuera! Quería matar de nuevo a aquel cabrón.
—Yo no… sé por qué… lloro —dijo al final, las palabras se escabullían entre sus fuertes exhalaciones.
—Te tengo —susurró—. Tanto tiempo como haga falta, te tengo.
Pero las emociones fueron pasando, su respiración se calmó y el lloriqueo no tan frecuente.
Todo se acabó después de una última inhalación temblorosa. Luego se quedó quieta igual que él.
—Háblame. —Él siguió acariciándole la espalda—. Cuéntame cómo estás.
Ella abrió la boca como si tuviera la intención de contestar pero entonces solo negó con la cabeza.
—Bueno, pienso que eres muy valiente.
—¿Valiente? —se rió—. Que poco me conoces.
—Muy valiente. Esto no debe haber sido fácil para ti y es un honor para mí que me dejaras… hacer lo que te hice.
El rostro femenino adoptó una imagen de confusión.
—¿Y por qué?
—Conlleva una gran confianza, No’One, en especial para alguien a quien le ha pasado lo que a ti en su pasado.
Con el ceño fruncido pareció replegarse en sí misma.
—Hey —le dijo, poniéndole el índice bajo la barbilla—. Mírame. —Cuando lo hizo él resiguió su rostro suavemente—. Desearía tener algo filosófico o conmovedor o… cualquier cosa… para ayudarte a poner esta mierda en perspectiva. No la tengo y lo siento. Aunque sé esto. Hace falta verdadero valor para romper con el pasado y tú lo has hecho esta noche.
—Entonces supongo que ambos tenemos valor.
Los ojos de él se apartaron.
—Sí.
Hubo un período de silencio como si el pasado les hubiera succionado a ambos toda la energía.
De pronto ella preguntó:
—¿Por qué las secuelas son tan incómodas? Me siento tan… alejada de ti.
Él asintió, pensando. Sí, el sexo puede ser así de raro, aún si no había complicaciones de la manera en que ellos lo hacían: aunque no llegaras al final, la terrible cercanía compartida parecía convertir la vuelta a la normalidad en distancia a pesar del hecho de estar acostados uno al lado del otro.
—Ahora debería volver a mi habitación —dijo ella.
Se la imaginó yendo por el pasillo y pensó que parecía demasiado lejos.
—No. Quédate aquí.
Bajo la luz tenue pudo verla frunciendo el ceño de nuevo.
—¿Estás seguro?
Alargó la mano y le apartó un rubio mechón fugitivo de la trenza.
—Sí. Lo estoy.
Se miraron el uno al otro durante muchísimo rato, y de algún modo… quizás fue la mirada vulnerable en los ojos femeninos, tal vez la línea de su boca o tal vez que le estaba leyendo la mente… supo exactamente lo que ella se estaba preguntando.
—Sabía que eras tú —le dijo en voz baja—. Todo el rato… Sabía que eras tú.
—¿Y eso está… bien, por usar tu expresión?
Recordó a su compañera.
—No te pareces en nada a Wellsie.
Cuando oyó que ella se aclaraba la garganta se dio cuenta de que había hablado en voz alta.
—No, lo que quiero decir es…
—No tienes que dar explicaciones. —La sonrisa triste de ella estaba tan llena de compasión—. De verdad no tienes.
—No’One…
Ella levantó la mano.
—Las explicaciones no son necesarias… por cierto, las flores aquí dentro son magníficas. Nunca he olido un ramo igual.
—En realidad están en el pasillo. Fritz los cambia cada dos días. Oye, ¿puedo hacer algo por ti?
—¿No has hecho bastante? —respondió ella.
—Me gustaría traerte algo de comer.
Las elegantes cejas femeninas se arquearon.
—No desearía que te molestaras…
—Pero tienes hambre ¿no?
—Bueno… sí…
—Estaré de vuelta en un minuto.
Salió del colchón con rapidez, e inconscientemente se preparó para que el mundo se inclinara como un loco. Pero no hubo mareos, ni necesidad de recuperar el equilibrio, ni mierda de giros. Su cuerpo estaba pletórico mientras rodeaba los pies de la cama.
Los ojos de No’One cayeron sobre él y la expresión de su rostro lo paró en seco.
Aquella especulación había vuelto a sus ojos. El hambre también.
No había considerado que jamás iba a haber una repetición cuando sucedió. Pero dado el modo en que ella lo miraba… la respuesta parecía ser un gran “sí”, por lo menos desde el punto de vista de ella.
—¿Te gusta lo que ves? —le preguntó con una voz muy grave.
—Sí…
Buueenoo, si eso no lo había puesto duro: por debajo de la cintura su polla se volvió a lanzar en posición de firmes… y maldita sea si ella no clavó los ojos y observó el espectáculo.
—Hay otras cosas que quiero hacerte —le gruñó—. Esto podría ser solo el principio. Si tú quieres.
Ella abrió los labios y bajó los párpados lentamente.
—¿Tú lo quieres?
—Sí, lo quiero.
—Entonces diría… sí, por favor.
Asintió una vez hacia ella como si hubieran llegado a alguna clase de acuerdo. Entonces tuvo que obligarse a alejarse de la cama.
Yendo hacia el armario, sacó unos vaqueros y fue hacia la puerta.
—¿Algo en concreto? —le preguntó antes de irse.
No’One negó lentamente con la cabeza, con los párpados todavía bajos, la boca todavía abierta y las mejillas todavía ruborizadas. Joder… ella no tenía ni idea de lo tentadora que parecía en aquella enorme y arrugada cama, su túnica tendida a un lado del colchón, su peinado de punta en blanco trastocado por los mechones rubios, su aroma tan fuerte y seductor como siempre.
Tal vez la comida podía esperar. Especialmente cuando él se dio cuenta de que se le veían las piernas en medio del edredón enmarañado.
Sí, tenía planes para ellas. Planes de la clase “sobre los hombros”…
De pronto, ella tiró de las mantas sobre la pierna lisiada, escondiéndola de él.
Tohr avanzó enseguida hacia No’One y con resolución volvió a poner el edredón donde había estado. Resiguiendo las mal curadas heridas con las yemas de los dedos y encontrándose de pleno con su mirada.
—Eres preciosa. Cada centímetro de ti. No pienses ni por un instante que hay algo mal en ti. ¿Nos entendemos?
—Pero…
—Nope. No voy a escucharlo. —Inclinándose posó los labios sobre la espinilla, pantorrilla y tobillo, resiguió las cicatrices y las acarició—. Preciosa. Toda tú.
—¿Cómo puedes decir eso? —susurró, parpadeando para contener las lágrimas.
—Porque es la verdad. —Enderezándose, le dio un último apretón—. No te ocultes de mi, ¿vale? Y después de alimentarte, creo que voy a tener que demostrarte lo serio que soy.
Aquello la hizo sonreír… y después reír un poco.
—Esa es mi chica —dijo en voz baja. Excepto… mierda, ella no era suya. ¿Qué puñetas había salido de su boca?
Obligándose a volver hacia la puerta, salió al pasillo, la cerró dentro y…
—¿Qué coño? —Levantando la parte inferior de la pierna inspeccionó la planta de su pie desnudo. Había pintura plateada en él.
Echando un vistazo a la alfombra, encontró un rastro de… pintura plateada dirigiéndose por el pasillo hacia la galería de la segunda planta.
Con una imprecación se preguntó cuál de los doggen estaba trabajando en aquella parte de la casa. Lo bueno es que las manchas ponían contentos a los pobres bastardos, por lo demás Fritz iba a enfadarse.
Siguiendo la hilera de gotas hasta la parte superior de la enorme escalera, bajó hasta el recibidor con ellas.
El desastre iba directamente al vestíbulo.
—Sire, buenos días. ¿Necesita algo?
Tohr se giró hacia Fritz, que venía del comedor con el abrillantador de suelos.
—Hey, sí. Necesito algo de comida. Pero ¿qué ha pasado con la pintura? ¿Tus chicos han hecho algo obsceno en la fuente de fuera?
El mayordomo se acercó arrastrando los pies y frunció el ceño.
—Nadie está pintando en ninguna parte del complejo.
—Bueno, alguien está emulando a Miguel Ángel. —Tohr se puso en cuclillas y pasó un dedo por uno de los charquitos.
Espera un minuto… no es pintura.
Y la mierda olía a flores.
¿Flores frescas?
De hecho, era el olor que había en su habitación.
Cuando sus ojos salieron disparados hacia la puerta del vestíbulo, pensó en la lluvia de balas en la que se había metido. Y se preocupó que después de todo un milagro no hubiera sido la razón por la que no estaba muerto.
—Ve a por Doc Jane, inmediatamente —le ladró al doggen.
*  *
Ah, síiiiiiiiii, pensó Lassiter mientras se rodaba sobre la piedra caliente y empezaba a tomar el sol con el culo al aire. Esto es lo que pasa…
Considerándolo todo, había sido un buen día para que le dispararan
Bueno, más bien, noche.
Pon la estación.
Gracias al Hacedor era verano: Acostado en los peldaños de la parte frontal de la mansión, los brillantes megavatios de julio le pegaban fuerte encima, los rayos sanaban su cuerpo lleno de balas. ¿Sin él? Seguramente habría muerto de nuevo, el cual no era el modo en que quería reunirse con su jefe. En efecto, la luz del sol era para él lo que la sangre era para los vampiros, una necesidad de la que él realmente disfrutaba. Y mientras se bañaba en ella el dolor se desvanecía, su fuerza volvía… y pensó en Tohr.
Qué tonto del culo, hacer un movimiento como ese en el callejón. ¿En nombre de todo lo que era sagrado en qué había estado pensando el cabronazo?
Daba igual. De ningún modo iba a dejar a ese capullo meterse en todo aquel tiroteo sin protección. Los dos habían llegado demasiado lejos para cagarla justo cuando estaban haciendo progresos.
Y ahora, gracias a él convirtiéndose en un alfiletero Tohr y No’One estaban teniendo sexo.
Así que todo no estaba perdido. Sin embargo, estaba pensando seriamente en darle un puñetazo a ese Hermano en las pelotas como venganza. Por una parte, aquella mierda escocía como una hijaputa. Por otra parte, ¿y si hubiera sido diciembre? Tal vez no lo habría hecho…
El sonido de la pesada puerta principal abriéndose hizo que levantara y girara la cabeza. Doc Jane, esa fantástica sanadora suya, salió disparada como si hubiera planeado tener que correr cierta distancia.
Se detuvo derrapando para no tropezar y caerse sobre él.
—¡Estás aquí!
Oh, mira, traía su caja de diversión con ella, la pequeña cruz roja significaba suministros de emergencia.
—Mal momento para ponerse moreno —murmuró ella.
Él descansó la cabeza volviéndola a bajar, con la mejilla posada sobre toda aquella piedra cálida.
—Solo estoy tomando mi medicina como un buen paciente.
—¿Te importa si te examino?
—¿Me matará tu compañero si me ves desnudo?
—Estás desnudo.
—No estás mirando mi lado comercial. —Cuando ella justo se cernió sobre él sin más comentarios, Lassiter farfulló—: Bueno. Vale… pero no me tapes el sol. Lo necesito más de lo que te necesito a ti.
Ella puso la caja al lado de su oreja y se puso de rodillas.
—Sí, V me contó un poco sobre como funcionas.
—Apuesto a que sí. Sabes que él y yo hemos tenido nuestros más y nuestros menos. —El HDP incluso le había salvado la vida una vez, lo cual había sido un milagro dado lo mucho que se odiaban el uno al otro—. Tenemos nuestra historia.
—Lo mencionó. —Sus palabras fueron dichas como distracción, como si estuviera revisando sus agujeros—. Tal vez te haya quedado algo de plomo, ¿te importa si te doy la vuelta?
—El plomo no importa. Mi cuerpo lo asimilará… siempre que obtenga la luz solar suficiente en mis hombros.
—Todavía estás sangrando mucho.
—Va a estar bien.
Y él estaba empezando a pensar que no era una mentira. Después de todo lo que había pasado: se había mantenido invisible y escondido en el asiento del pasajero del Mercedes que había llevado a Tohr a la clínica. En el instante en que llegó al centro médico, robó algunas vendas y sacó su culo hecho una momia así no se desangraría por todo el lugar. No había existido razón para apresurarse al exterior, no había sol disponible en aquellas horas, o al menos no lo bastante para marcar la diferencia. Además, pensó que simplemente se iría andando.
Nope. Fue poco después de subir a aquella habitación con Tohr cuando reconoció que estaba en problemas. Respirar se hacía difícil. El dolor se intensificaba más. La visión empezó a emborronarse. Afortunadamente, el sol ya se había levantado completamente para entonces.
Y de todos modos él tendría que haberse ido para cuando No’One apareciera…
—Lassiter. Quiero verte por delante.
—Eso es todo lo que las chicas dicen.
—¿Esperas que yo te dé la vuelta? Porque lo haré.
—A tu compañero no le va a gustar.
—¡Cómo si eso fuera a preocuparte!
—Cierto. En realidad merece la pena el esfuerzo.
Con un gemido él metió las manos dentro del brillante charco plateado de sangre debajo de él y se desplomó como la media res que era.
—¡Guau! —soltó ella.
—Lo sé, ¿vale? Dotado como un caballo.
—Si te portas bien de verdad, y sobrevives a esto, te prometo que no se lo contaré a V.
—Lo de mi tamaño
Ella se rió un poco.
—No, que pensaste que te miraría de manera no profesional. ¿Puedo vendarte estas? —Lo tocó levemente en los pectorales—. Aunque deje las balas dentro tal vez reducirían el sangrado.
—Mala idea. El sol y una superficie es de lo que se trata. Y voy a estar bien. Siempre y cuando no se nuble.
—¿Deberíamos conseguirte una tumbona?
Ahora se rió, lo cual le hizo toser.
—No, no… tiene que ser auténtico.
—No me gusta el sonido de esa tos.
—¿Qué hora es?
—La una y veintiséis.
—Ven en otros treinta minutos y mira como estamos.
Hubo un período de silencio.
—Vale. Lo haré. Tohr querrá un… —le sonó el teléfono y contestó con—, justo estaba hablando de ti. Ajá, estoy con él, y está… mal, pero dice que se está encargando él mismo. Por supuesto me quedaré con él, no, estoy bien de suministros, y llamaré en otros veinte minutos. Bueno, diez. —Hubo una larga pausa y entonces ella respiró profundamente—. Es, esto, es un montón de disparos. En su pecho. —Otra pausa—. ¿Hola? Hola, Tohr… Oh, bien, pensaba que te había perdido. Sí… no, escucha, tienes que confiar en mí. Si pienso que está en peligro, lo entraré a rastras en el vestíbulo pateando y gritando. Pero para ser franca, estoy viéndole sanar mientras hablamos… Puedo ver sus hematomas internos desvaneciéndose ante mis ojos. Vale. Si. Adiós.
Lassiter no hizo ningún comentario de todo aquello, solo permaneció donde estaba con los ojos cerrados y el panel solar de su cuerpo camino a la curación.
—Así que tú eres la razón por la que Tohr salió de ese callejón con vida —murmuró la buena doctora tras un rato.
—No sé de lo que estás hablando.






Capítulo 33

—Lo siento, amigo, pero sólo conseguiste una comida. Eso es lo que me han dicho.
Mientras Throe permanecía acostado en la cama a la que había sido atado, sin sorprenderse por la respuesta del doctor humano a su pregunta. La fortaleza en un prisionero no funcionaría a favor de la Hermandad. El problema era que no se estaba recuperando demasiado bien y más sangre ayudaría.
Por supuesto… si iba a alimentarse, no sería una encantadora coincidencia que consiguiera ver a esa Elegida una vez más antes de irse.
Ella estaba cerca. Podía sentirla…
—De hecho, creo que se han hecho planes para tu partida inminente. La noche caerá muy pronto.
¿Qué pasaría si simplemente se negara a moverse?
No, eso seguramente no retrasaría la caída de la Hermandad. Solo lo tratarían como cualquier otra variedad de desperdicios.
El cirujano humano salió poco después, por cierto ¿cómo era que utilizaban a un humano?, y entonces estuvo solo de nuevo.
Cuando se volvió a abrir la puerta, ni se molestó en abrir una rendija los párpados. No era la Elegida…
El clic de metal con metal cerca de su oído captó su atención. Abriendo de golpe los ojos bien abiertos, clavó la mirada en el cañón de una magnum 357.
El dedo enguantado de Vishous estaba pegado al gatillo.
—Arriba, arriba.
—Si me expulsas ahora —dijo con voz débil—, no voy a conseguirlo.
En esto decía la verdad. Habiendo sobrevivido con el débil sustento de las hembras humanas durante tanto tiempo como había hecho, no estaba en posición de curarse de heridas así de serias por sí mismo tan rápido.
Vishous se encogió de hombros.
—Entonces te entregaré a Xcor en una caja de pino.
—Que tengas suerte con eso, tío. No te diré dónde encontrarle. —Aunque no por Xcor. No quería que sus amigos soldados, o para ser más exactos, sus antiguos camaradas, fueran atacados de improvisto—. Puedes torturarme si lo deseas. Pero no escapará nada de mis labios.
—Si decido torturarte, saldréis tú y el lote completo, confía en mí.
—Sigue…
El cirujano se interpuso entre ellos.
—Vaaaale, vamos a relajarnos antes de que tenga que ir a por mí aguja y coser de nuevo. Tú —señaló con la cabeza a Throe—, cállate de una puta vez, a este chico no hace falta que lo alienten cuando se trata de derramar sangre. ¿Y en cuanto a soltarlo? —Se centró en el Hermano—. Mi paciente tiene razón. Mira sus constantes vitales… está colgando por un hilo. Pensaba que todo el asunto era asegurarnos de que viviría. Conclusión: va a necesitar otro chute en la vena. Eso o una semana o dos de recuperación.
Los helados ojos del Hermano cambiaron hacia las máquinas que pitaban y destellaban detrás de la cama.
Cuando el soldado maldijo en voz baja, Throe sonrió para sí mismo.
El Hermano se fue sin decir ni una palabra.
—Gracias —le dijo Throe al sanador.
El hombre frunció el ceño.
—Solo es mi opinión clínica, créeme, estoy deseando de que te vayas de una puta vez de mi territorio.
—Me parece justo.
Una vez más dejado a solas, esperó con anticipación. Y ya que nadie entró durante un rato le dijo que los Hermanos estaban discutiendo sobre su destino.
Seguramente una discusión de lo más animada.
Cuando al fin la puerta fue abierta de un tirón, hinchó las fosas nasales y agitó la cabeza hacia un lado… allí estaba ella.
Tan bonita como un sueño. Tal celestial como la luna. Tan real como podía ser.
Flanqueada por los Hermanos Phury y Vishous, la Elegida le sonrió dulcemente… como si fuera completamente inconsciente de que aquellos machos estaban preparados para desmembrarle si hacía mucho más que estornudar en su dirección.
—Sire, ¿me dijeron que necesitaba más?
Lo necesito todo de ti, pensó mientras asentía con la cabeza.
Acercándose a la cama, ella fue a sentarse a su lado, pero Phury enseñó los colmillos por encima de la cabeza de la mujer y Vishous le apuntó sutilmente a la ingle con aquella pistola.
—Aquí —dijo Phury, desviándola hacia una silla con delicadeza—. Estarás mucho más cómoda aquí.
No era del todo cierto, ya que ahora tenía que levantar el brazo hacia él. Aún así la voz del Hermano era tan relajada y encantadora que hizo que la afirmación pareciera ser verídica.
Mientras levantaba el brazo, Throe quiso decirle que era hermosa, que la había echado de menos y que la veneraría si le daba la oportunidad. Pero quería la lengua en la boca, no cortada y machacada en el suelo.
—¿Por qué siempre me miras de esta manera? —dijo ella.
—Eres tan hermosa…
Por encima del hombro de la mujer, Phury enseñó de nuevo los colmillos, su rostro transformándose en ni más ni menos que en violencia total.
A Throe no le importó. Estaba obteniendo otro sorbo de ambrosia y aquellos dos machos no harían nada verdaderamente horrible delante de la bella Elegida.
La cual ahora mismo se ruborizó intensamente… y eso no la hizo más que mucho más deslumbrante.
Cuando la Elegida se estiró hacia delante y puso la muñeca en la boca de él, los brazos de Throe tiraron de las cadenas que lo ataban y ella tuvo un momento de confusión cuando oyó el ruido. Sin embargo, no se veía nada por encima de las mantas, todo estaba disimulado debajo de lo que lo mantenía caliente.
—Es el somier —dijo en voz baja.
Ella sonrió de nuevo y recolocó la muñeca sobre su boca.
Abrazándola con los ojos, clavó con tanto cuidado como pudo, no quería hacerle ni el más mínimo daño y mientras bebía, le miraba el rostro, memorizándolo para así guardarlo cerca de su corazón.
Porque esta era seguramente la última vez que la vería.
Es más, estaba dividido entre agradecerle a la Virgen Escriba porque hubiera entrado en su vida esta hembra aunque fuera por un instante, y aún así ver aquellos dos encuentros fortuitos como alguna clase de maldición.
Ella iba a quedarse con él, se temía. Persiguiéndole tan seguro como un fantasma…
Se acabó demasiado pronto y estaba retirando sus colmillos de su carne fragante. La lamió una vez, dos, acariciándola con la lengua…
—Vale, ya basta —Phury la recogió de la silla sonriéndole con calidez verdadera—. Ahora vete a buscar a Qhuinn, vas a necesitar algo de fuerza.
Esto era cierto, pensó Throe con una punzada de culpa. De hecho ella tenía un aspecto pálido y parecía ligeramente mareada. Bien pensado, ella le había alimentado dos veces en otras tantas horas.
Deseó que su nombre fuera Qhuinn.
Phury la escoltó hasta la puerta y la hizo salir con palabras amables en la Vieja Lengua. Luego se giró… y se aseguró de que la cerradura estuviera en su sitio.
El puño le vino volando desde el lateral y dada su breve impresión de cuero negro, sin duda era del Hermano Vishous.
Y el crujido resultante sonó tan alto que fue como si un leño se hubiera partido por la mitad.
Bien pensado, él siempre tuvo una mandíbula sólida.
Mientras las campanas de la catedral sonaban en la cabeza de Throe y escupía sangre, Vishous dijo en tono grave:
—Eso es por mirarla como si te la estuvieras follando con la mente.
Al otro lado de la habitación, el Hermano Phury hizo otro tanto cerrando el puño y empezó a golpearlo en la mano abierta de su mano libre. Mientras se acercaba le dijo en un tono muy peligroso:
—Y este es para asegurar que no prosigues con esa brillante idea.
Throe les sonrió a ambos. Cuanto más le golpearan más seguro era que tuviera que alimentarse de nuevo.
También estaban en lo cierto: él quería estar con ella… aunque “hacer el amor” era un término muchísimo mejor.
Y aquellos momentos con la hembra eran muy valiosos le hicieran lo que le hicieran…
*  *
Arriba en la mansión, Tohr estaba sentado en el último escalón de la gran escalera, con los codos en sus rodillas dobladas, la mejilla en un puño y el móvil al lado mirando hacia arriba.
Tenía el culo dormido.
De hecho, después de estar sentado donde estaba durante… ¿cuánto tiempo? ¿cinco horas?, seguramente tendría que ir a lo de Doc Jane para extraer quirúrgicamente las fibras de la alfombra de su trasero…
El emisor del control de seguridad soltó un bip, y se levantó de golpe, acercándose a zancadas al panel y verificando dos veces la pantalla, abrió el cerrojo de la puerta.
Lassiter entró solo, seguramente porque Doc Jane había vuelto al Pit. El ángel estaba en cueros… y puñeteramente bien. Sin agujeros de bala, ni cicatrices, sin contusiones.
—Sigue mirándome así y después mejor me invitas a cenar.
Tohr fulminó con la mirada al ángel.
—¿En qué coño estabas pensando?
Lassiter negó con el dedo.
—Tú, de todo el mundo, no necesitas preguntarme eso. No sobre anoche.
Con aquella declaración, y totalmente despreocupado sobre la desnudez, Lassiter entró paseando tranquilamente en la sala del billar y se dirigió al bar. Las buenas noticias eran que por lo menos mientras estaba detrás de aquello sirviéndose el licor, su estibador y aquellas dos boyas no estaban a plena vista.
—¿Escocés? ¿Ginebra? ¿Burbon? —preguntó el ángel—. Yo me preparo un Orgasmo.
Tohr se frotó el rostro.
—¡No puedes estar diciendo esa palabra delante de mí cuando estás meneando el trasero en cueros!
Aquello desencadenó una retahíla de:
—Orgaaaaaasmoo, orgaaaaasmoo, orgaaaaasmoo —con la melodía de la Quinta de Beethoven. Afortunadamente, la gilipollez afrutada que el jodido puso en su vaso cortó el coro cuando se la tragó de golpe.
—Ahhhh… —sonrió el ángel—. Creo que me preparé otro. ¿Te apetece uno? O ya has tenido bastante esta noche.
Una rápida imagen mental del pecho de No’One en su mano hizo que su polla brincara de pleno por el plan.
—Lassiter, sé lo que hiciste.
—¿Afuera? Sí, el sol y yo nos llevamos bien. Es el mejor médico y sin copago. ¡Yuju!
Más bebida. Lo cual sugería que la bravata había sido un poco forzada.
Tohr se aparcó en uno de los taburetes.
—¿Por qué coño te pusiste delante de mí?
El ángel estaba a punto de prepararse el número tres.
—Te diré lo mismo que a Doc Jane, no tengo ni idea de lo que estás hablando.
—Tenías heridas de bala por todas partes.
—¿A sí?
—Sí.
—¿Puedes demostrarlo? —Lassiter dio una vueltecita con los brazos arriba—. ¿Puedes demostrar que estuve herido alguna vez?
—¿Por qué lo niegas?
—No es una negativa si no tengo ni puta idea de por qué me estás dando la tabarra.
Con otra encantadora sonrisa, le volvió el trasero. Y entonces inmediatamente empezó a prepararse el número cuatro.
Tohr sacudió la cabeza.
—Si vas a ponerte como una cuba, por qué no lo haces como un hombre de verdad.
—Me gusta el sabor de la fruta.
—Eres lo que bebes.
El ángel levantó la mirada hacia el reloj.
—Mierda. Me he perdido Maury. Pero he grabado Ellen.
Lassiter fue y se estiró sobre el sofá de piel, Tohr se consideró afortunado que el cabrón al menos tuviera la decencia de cubrirse con una manta el paquete. Cuando encendió la televisión y Ellen DeGeneres apareció bailando con una fila de amas de casa, fue evidente que la conversación no estaba en la lista de quehaceres del ángel.
—Sencillamente no entiendo por qué lo hiciste —farfulló Tohr.
Era tan raro en él, siempre pensando en sí mismo.
En ese instante, No’One apareció en los arcos de la sala. Vestida con la túnica y la capucha puesta, pero Tohr la vio desbrochada y desnuda, y su cuerpo se insufló de vida.
Mientras se deslizaba del taburete e iba hacia la hembra, juraría que Lassiter murmuró:
—Ese es el por qué.
Acercándose a la hembra dijo:
—Ey, ¿recibiste la comida?
—Sí —susurró ella—. Pero me preocupé cuando no volviste. ¿Qué pasó?
Él le echó un vistazo atrás a Lassiter. El ángel parecía haberse desmayado, con la respiración acompasada y el mando a distancia descansando sobre su pecho en una mano laxa, la bebida goteando gotas de condensación sobre el suelo a su lado.
Pero Tohr no confió en el aspecto inconsciente.
—Nada —dijo bruscamente—. No pasa… nada. Vamos arriba y descansemos.
—¿Estás seguro? —dijo ella mientras él la guiaba con un sutil contacto en los hombros.
—Sí —Y en serio que iban a descansar. De pronto estaba agotado.
Lanzó un último vistazo sobre el hombro mientras se dirigía al vestíbulo. Lassiter estaba exactamente donde había estado… excepto que había un atisbo minúsculo de sonrisa en su rostro.
Como si todo hubiera valido la pena, en tanto Tohr y No’One estuvieran juntos.

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