jueves, 28 de junio de 2012

Amante Renacido/Capitulos 37 38 39

Capítulo 37

Tohr volvió al final de la noche con dos dagas sucias, sin munición y una fisura en su pantorrilla derecha que le hacía renquear como un zombi.
Putas llaves de tuerca. Así y todo, devolvérsela a ese lesser en concreto había sido bastante divertido. Nada como lijar la cara de tu enemigo para animarte.
El asfalto era su amigo.
Había sido una dura noche de lucha para todos ellos, hasta bien tarde también… ambas cosas eran buenas. Las horas habían pasado volando y aunque apestaba como carne estropeada por toda la sangre negra y su nuevo par de pantalones iba a tener que ser cosido por un lado, se sentía mejor que cuando había salido.
Pelear y follar, como siempre decía Rhage. Eran los dos mejores estabilizadores de humor que existían.
Qué lástima que el hecho de que estuviera más relajado no significaba que algo fuera diferente. La misma mierda estaría esperándolo cuando volviera a casa.
Atravesando el vestíbulo, empezó el ritual de desarmarse, desabrochando su pistolera del pecho, la del hombro y su canana. El olor a cordero asado con romero recién hecho inundaba el vestíbulo y un rápido vistazo al comedor le mostró que el doggen había puesto la mesa adecuadamente, la plata relucía, el cristal brillaba, la gente ya había empezado a reunirse para la Última Comida.
No’One no estaba entre ellos como normalmente era el caso.

Subiendo las escaleras a la carrera, no podía negar la excitación que se endurecía más y más cuanto más subía. Pero la erección no le hacía exactamente feliz.
Sabes tan bien como yo cuánto no has hecho.
Cuando llegó a su puerta, agarró el pomo y cerró los ojos. Entonces, obligando a los paneles a abrirse, dijo:
—¿No’One?
Su turno debería haber terminado hacía una hora… Fritz había insistido en que necesitaba algo de tiempo para preparase para la cena, algo a lo que se había opuesto al principio, pero parecía que últimamente le había sacado provecho, ya que el Jacuzzi estaba siempre mojado cuando él volvía después de luchar.
Esperaba no pillarla en la bañera. Quería una ducha y no sabía cómo manejar a los dos desnudos en el baño.
Sabes tan bien como yo...
—Cierra. El. Pico. —Dejó caer las armas y empezó a quitarse la camiseta sin magas y las shitkickers—. ¿No’One? ¿Estás aquí?
Frunciendo el ceño, se asomó al baño y se encontró con un conjunto de nadie.
Ninguna fragancia en el aire. Ni gotas de agua en la bañera. Ni toallas fuera de sitio.
Qué raro.
Con la mente distraída, volvió al pasillo, llegó a la gran escalera e hizo buen uso de la puerta oculta de debajo. Mientras atravesaba el túnel subterráneo se preguntaba si ella estaría en la piscina.
Esperaba que no. Su polla rezaba que sí.
Por el amor de Dios, ya no sabía en qué coño pensar.
Excepto... que ella no estaba flotando, ni desnuda ni de ninguna otra manera, en la superficie. Y no estaba con las lavadoras y secadoras. Ni en la sala de pesas, ni en el vestuario o en el gimnasio apilando las toallas. Ni tampoco en la zona de la clínica colocando las batas limpias en la estantería.
No estaba... allí.
Tardó la mitad de tiempo en su viaje de vuelta a la mansión saliendo al trote y cuando llegó a la cocina, todo lo que encontró fue un maldito montón de doggen preparando la cena a toda marcha.
Extendiendo sus sentidos por primera vez, descubrió que... no estaba en ninguna parte de la mansión.
Un sorprendente pánico lo atravesó, haciendo que su cabeza zumbara…
No, espera, eso era el sonido de... ¿una moto?
El estruendo del sonido grave no tenía sentido. A menos que Xhex hubiera vuelto a casa por alguna razón… lo cual eran buenas noticias para John…
No’One estaba fuera, frente a la casa. Ahora mismo.
Rastreando su sangre en las venas de ella, atravesó corriendo el vestíbulo, salió disparado por el recibidor y... se detuvo de golpe en el primer escalón de la entrada.
Xhex estaba en su Ducati, la chupa negra de cuero encajaba perfectamente con la moto. ¿Y justo detrás de ella? No’One estaba compartiendo el asiento con la capucha bajada, su cabello un lío encrespado y su sonrisa tan brillante como el sol.
La expresión le cambió cuando ella lo vio, tensándose.
—Hey —dijo él, sintiendo que el ritmo cardíaco empezaba a normalizarse.
Tras él, notó a alguien que salía del vestíbulo. John.
Xhex echó un vistazo a su compañero y asintió, pero no apagó el motor. Mirando por encima del hombro, dijo:
—¿Estás bien, mamá?
—Sí, muy bien. —No’One bajó con torpeza, la túnica le bajó hasta los pies como si estuviera aliviada de haber acabado la vuelta—. ¿Te veré mañana por la noche?
—Claro. Te recogeré a las tres.
—Perfecto.
Las dos mujeres compartían una sonrisa que era tan agradable y él casi la jode: algo, de alguna manera, había pasado entre ambas... y si no podía tener a su Welsie y a su hijo de vuelta... bien, querría que No’One encontrara a su verdadera familia.
Parecía que se había dado un paso en la buena dirección.
Mientras No’One subía los escalones, John cambió el puesto con ella, yendo hacia la moto. Tohr quería preguntarle dónde habían ido, qué había hecho, qué habían dicho. Pero se recordó que a pesar de los arreglos de cama, no tenía derecho a nada de aquello.
Lo que le decía exactamente lo lejos que no habían llegado, ¿verdad?
—¿Te has divertido? —le dijo mientras retrocedía y le sujetaba la puerta abierta.
—Sí, me divertí. —Se recogió el dobladillo de la túnica y entró cojeando en el vestíbulo—. Xhex me llevó en moto... ¿o es motocicleta?
—Cualquiera va bien. —Trampa mortal. Moto donante. Cualquier cosa—. Aunque la próxima vez ponte un casco.
—¿Un casco? ¿Cómo uno de hípica?
—No exactamente. Estamos hablando de algo un poco más resistente que terciopelo con una tira en la barbilla. Te conseguiré uno.
—Oh, gracias. —Se alisó los mechones de cabello rubio que flotaban por toda la parte superior de su cabeza—. Fue tan…excitante. Como volar. Al principio estaba asustada, pero ella fue más lenta. Aunque después, aprendí a amarlo. Íbamos muy deprisa.
Bueno, aquello no le haría querer la mierda en una bolsa el resto de su vida.
Y por una vez, se encontró deseando que ella tuviera miedo. Aquella Ducati no era nada más que un motor con un puto asiento atornillado encima. Una caída de espaldas y aquella delicada piel suya no sería sino pintura roja para la carretera.
—Sí… es genial. —Mentalmente, empezó a darle una charla sobre seguridad que giraba en torno los fundamentos de la energía cinética y términos médicos como hematoma y amputación—. ¿Lista para comer?
—Estoy hambrienta. Con todo ese aire fresco.
En la distancia, oyó el rugido de aquella moto saliendo disparada y entonces John se acercó con el aspecto de un muerto.
El chico fue directamente a la sala de billar, y diez a uno, que no iba a por un puñado de asado-a-la-miel, sin embargo no hablaría con él. Ya lo había dejado malditamente claro al principio de la noche.
—Venga —dijo Tohr—. Vamos a sentarnos.
El barullo habitual de conversaciones en torno a la mesa se silenció cuando ellos traspasaron los arcos, pero estaba demasiado concentrado en la hembra caminado delante de él para importarle. La idea de que ella hubiera estado en el mundo exterior y sola, rugiendo en la noche con Xhex, la hacía parecer… distinta.
La No’One que conocía nunca habría hecho algo así.
Y, mierda… por alguna razón, su cuerpo se animó ante el pensamiento de ella con otra ropa que no fuera esa túnica, a horcajadas en esa moto, con el cabello libre de aquella trenza y adentrándose en la noche.
¿Qué aspecto tendría en vaqueros? Uno bueno… de la clase que se pegaba al culo de una hembra y hacía que un macho quisiera montar pero no precisamente una moto.
De pronto, se la imaginó desnuda y de pie contra la pared, con las piernas abiertas, el cabello suelto y las manos acunando sus pechos. Como un buen chico, él estaba de rodillas con la boca en su sexo, lamiendo con la lengua aquel lugar que conocía tan bien con sus dedos.
La estaba chupando. Sintiéndola contra su rostro mientras ella se arqueaba y tensaba…
El gruñido que provino de él fue lo bastante alto para hacer eco en la sala silenciosa. Lo bastante fuerte para atraer la cara sorprendida de No’One por encima del hombro. Lo bastante fuerte para hacerle sentir como un idiota integral.
Para cubrir sus huellas, realizó un trabajo elaborado al sacarle la silla de la mesa. Como si la mierda fuera neurocirugía.
Cuando No’One se sentó, la excitación femenina se deslizó hacia su nariz y casi tuvo que estrangularse a sí mismo para evitar que otro gruñido saliera vibrando de su pecho.
Se aparcó en su silla con la erección extremadamente ceñida detrás de la cremallera, y aquello estaba bien. Tal vez se cortaría el suministro de sangre y la zorra se desinflaría, excepto… bueno, basándonos en la teoría del anillo de pene, lo contrario seguramente sería cierto.
Fantástico.
Cogió su servilleta, la sacudió de su pliegue elaborado y…
Todo el mundo estaba mirándolos, a él y a No’One. La Hermandad. Sus shellans. Incluso los doggen que ya habían empezado a servir.
—¿Qué? —farfulló, mientras posaba el damasco sobre su regazo.
Yyyyy allí fue cuando se dio cuenta de que no llevaba camisa. Y No’One no se había subido la capucha.
Era difícil saber quién estaba obteniendo más atención. Seguramente ella, ya que la mayoría de la gente no la había visto sin el rostro cubierto…
Antes de darse cuenta, su labio superior se curvó sobre sus colmillos alargados y miró a los ojos a cada uno de los machos, siseándoles bajo y de modo desagradable. A pesar del hecho de que todos ellos estaban felizmente vinculados. Eran sus Hermanos y no tenía derecho a ser territorial.
Muchas cejas se arquearon. Un par de ellos pidieron otro trago de lo que estuvieran bebiendo. Alguien empezó a silbar como el que no quiere la cosa.
Cuando No’One rápidamente se puso la capucha, torpes conversaciones sobre el tiempo y los deportes brotaron.
Tohr simplemente se frotó las sienes. Era difícil saber que le estaba provocando el dolor de cabeza.
Había tanto para elegir.
Al final, la comida pasó sin ningún incidente más. Bien pensado, fuera de una pelea de comida o un fuego en la cocina, era difícil imaginar cual habría sido un digno segundo acto a su representación de serpiente de cascabel ante la Hermandad.
Cuando terminaron, No’One y él salieron casi corriendo del comedor, pero no por la misma razón, evidentemente.
—Ahora tengo que ir a trabajar —dijo ella mientras se acercaban a las escaleras—. Estuve fuera toda la noche.
—Puedes ponerte al día al anochecer.
—No estaría bien.
Cuando se encontró a punto de decirle que debería ir a la cama, se dio cuenta de que en los últimos meses No’One solo había pasado tiempo con él: Sí, claro, ella trabajaba, pero lo hacía sola y en las comidas permanecía callada.
Pensándolo bien, cuando estaban arriba, estaban casi-follando o durmiendo. Así que ella en realidad no interactuaba tampoco con él.
—¿A dónde fuisteis Xhex y tú?
—A todas partes. Al río, a la ciudad.
Él cerró los ojos brevemente ante el trozo de “a la ciudad”. Y luego tuvo que preguntarse porque nunca la había llevado a ninguna parte. Cuando estaba fuera de la rotación, estaba abajo en el gimnasio o leyendo en la cama, esperando a que ella acabara. Nunca cayó en la cuenta de hacer algo con ella en el mundo exterior.
Eso es porque la has estado escondiendo lo mejor que has podido, le señaló su conciencia.
En fin, ella siempre estaba trabajando.
—Eh, espera un minuto, ¿por qué no libras una noche? —le exigió frunciendo el ceño mientras sacaba las conclusiones. Mierda, qué coño estaba haciendo aquel mayordomo, haciendo trabajar a esta hembra como una esclava.
—Oh, las tengo pero nunca las hago. No me gusta quedarme sentada sin hacer nada.
Tohr se frotó la ceja con el pulgar.
—Si me perdonas —susurró ella—, bajaré al centro de entrenamiento y empezaré ahora.
—¿Cuándo terminarás?
—Seguramente hacia las cuatro de la tarde.
—De acuerdo. —Cuando ella se apartó, él le puso una mano en el brazo—. Ah, escucha, si entras en el vestuario durante el día, siempre llama y anúnciate, ¿vale?
Lo último que alguien necesitaba era a ella echándole un vistazo a uno de sus Hermanos desnudos.
—Por supuesto. Siempre lo hago.
Mientras desaparecía doblando la esquina la observó marchar, su forma renqueante tenía una dignidad innata que él de repente sintió que no la había honrado.
—Tenemos una cita, ¿recuerdas?
Echando un vistazo a la derecha, él negó con la cabeza hacia Lassiter.
—No estoy de humor.
—Y una mierda. Vamos, lo tengo todo preparado.
—Mira, no te ofendas, pero ahora no soy una buena compañía…
—¿Y cuándo lo eres?
—En serio no…
—Bla, bla, bla. Cierra el pico y pon el culo en marcha.
Cuando el ángel lo agarró y tiró de él, Tohr cedió en la pelea y se dejó subir a rastras por la escalera, por el pasillo de las estatuas y salieron por el otro lado. Pasaron de largo su habitación, la de los chicos y la suite de Z, Bella y Nalla. Pasaron por los aposentos del personal. Frente a la entrada del cine.
Tohr paró de golpe.
—Si es otro de tus maratones de Beaches, voy a Bette-arte el culo hasta que no puedas sentarte.
—¡Ah, mírate! Intentando hacerte el gracioso.
—En serio, si te quedara algo de compasión, me dejarías ir a la cama.
—Tengo cacahuetes y M&M.
—No son lo mío.
—Pasas cubiertas de chocolate.
—Noo.
—Cerveza Sam Adams.
Tohr entrecerró los ojos.
—¿Fría?
—Heladísima.
Tohr cruzó los brazos sobre el pecho y se dijo a sí mismo que no estaba haciendo pucheros como un niño de cinco años.
—Quiero Milk Duds.
—Los tengo. Y palomitas.
Con una maldición, Tohr abrió la puerta de un tirón y subió por la cueva tenuemente iluminada de rojo. El ángel lo hizo todo perfecto una vez subieron allí: el prometido surtido palaciego en platos hondos. Sam Adams con otras de reserva en el suelo en un cubo con hielo. Un despliegue vergonzoso de calorías con, siii, una caja amarilla de Milk Duds y las malditas palomitas.
Se sentaron uno junto al otro y sacaron los reposapiés.
—Dime que no es una película de los cincuenta de educación sexual —refunfuñó Tohr.
—Noo. ¿Palomitas? —dijo el ángel mientras le daba al play y le ofrecía un cuenco—. Con extra de mantequilla… de las buenas, de plástico. No esa porquería auténtica de caca de la vaca.
—Estoy bien ahora mismo.
En la pantalla, empezó una película de estudio con un montón de créditos. Y luego dos viejos sentados en un sofá. Hablando.
Tohr tomó un trago de su cerveza.
—¿Qué coño es esto?
Cuando Harry encontró a Sally.
Tohr bajó la botella de cerveza de su boca.
—¿Qué?
—¡Cállate! Después de ésta, vamos a ver un episodio de Luz de luna. Después Algo para recordar, la antigua, no esa estupidez con Warren Beatty. Luego La princesa prometida
Tohr le dio al botón con la cadera y enderezó la silla.
—Vale. De acuerdo. Que te diviertas…
Lassiter le dio a la pausa y le sujetó el hombro con una mano dura.
—Siéntate de una puta vez. Observa y aprende.
—¿El qué? ¿Lo mucho que odio las comedias románticas? Por qué simplemente no lo estipulamos y me dejas marchar.
—Vas a necesitarlo.
—¿Para mi segunda carrera como mariquita?
—Porque tienes que recordar cómo ser romántico.
Tohr negó con la cabeza.
—No. Nope. No va a pasar…
Mientras tomaba el tren de “por encima de mi cadáver”, Lassiter seguía negando con la cabeza.
—Compañero, tienes que recordarlo si es posible.
—Y una mierda lo haré…
—Estás estancado, Tohr. Y mientras tú puedes tener mucho tiempo para desperdiciar, Wellsie no tiene este lujo.
Tohr se calló. Se volvió a sentar. Empezó a arrancar la etiqueta de su cerveza.
—No puedo hacerlo, tío. No puedo fingir sentir… de esa manera.
—¿No te gustaría en cierto sentido tener sexo con No’One? ¿Cuánto tiempo planeas seguir cómo estás?
—Hasta que desaparezcas. Hasta que Wellsie esté libre y tú te vayas.
—¿Y de momento como te va? ¿Te gustó el sueño con el que despertaste hoy?
—Las películas no van a ayudar —le dijo después de un momento.
—¿Qué más vas a hacer? ¿Pajas en tu habitación hasta que No’One vuelva del trabajo y luego masturbarte a su lado? Oh, espera, déjame adivinar, caminar sin norte. Porque no es como si no lo hubieras hecho antes. —Lassiter empujó el cuenco que le había ofrecido a la cara de Tohr—. ¿Qué mierda te cuesta quedarte aquí conmigo? Cierra el pico y cómete tu mitad de las palomitas, gilipollas.
Tohr aceptó lo que estaba en su parrilla solo porque era eso o acabar con Orville por todo su regazo.
Una hora y treinta y seis minutos después, tuvo que aclararse la garganta cuando Meg Ryan le dijo a Billy Crystal que lo odiaba en medio de una fiesta de Fin de Año.
—“Y la salsa a un lado…” [i]—dijo Lassiter mientras se levantaba—. La respuesta a todo.
Un minuto después, un joven Bruce Willis apareció en pantalla y Tohr envió una oración de gracias.
—Esto es mucho mejor. Aunque necesitamos más cerveza.
—Lo pillo.
Una caja de cervezas después y habían volado dos episodios de Luz de Luna, incluyendo el de Navidad donde los actores y el equipo cantaban con los protagonistas en la última escena.
Lo cual no le hizo aclararse la garganta de nuevo.
En serio. No.
Luego intentaron pasar a Algo que recordar. Por lo menos hasta que Lassiter tuvo compasión de ambos y empezó a darle al botón de avance rápido.
—Las chicas dicen que esto es lo mejor —refunfuñó el ángel, mientras le daba de nuevo al botón y lo que estaba en pantalla empezó la actuación rápida—. Tal vez esta fue un error.
—Amén a eso.
Vale, la peli de la princesa no apestaba, esa mierda era divertida a trozos. Y, sí, estuvo… fenomenal cuando la pareja se juntaba al final. Además le gustó Colombo en el papel del abuelo. Pero en realidad no podía decir que algo de esto le fuera a convertir en un Casanova.
Lassiter le echó un vistazo.
—Todavía no hemos acabado.
—Sólo sigue dándome cerveza.
—Pide y recibirás.
El ángel le tendió una fría y desapareció en la sala de control para cambiar los DVD’s. Cuando volvió donde estaban sentados la pantalla se iluminó con…
Tohr salió disparado de su asiento.
—¡Qué coño!
Cuando el corpachón de Lassiter se interpuso en la proyección de la pantalla, un gigantesco par de pechos sacudiéndose cubrieron su rostro y torso.
Aventuras en el MILFy Way. Un verdadero clásico.
—¡Es porno!
—¡Bah!
—Vale, no voy a aguantar hasta el final contigo.
El ángel, todavía levantado, se encogió de hombros.
—Solo quería asegurarme de que sabes lo que te estás perdiendo.
Los gemidos sonaron a través del sistema de sonido mientras aquellas tetas… aquellas monstruosas tetas parecían estar pegándole a Lassiter en la bocaza…
Tohr se tapó los ojos ante el horror.
—¡No! ¡No lo hagas!
Lassiter paró la película y los sonidos desaparecieron. Una rápida comprobación entre los dedos le indicó que estaba parada, no en pausa, afortunadamente.
—Solo intento hacerte comprender. —Lassiter se sentó y abrió una cerveza, parecía cansado—. Tío, esta mierda de ángel… joder, es tan difícil influir en algo. Nunca tuve problemas antes con el libre albedrío, pero por la mierda del amor, desearía poder el Yo sueño con Jeannie para que llegaras donde necesitas estar. —Cuando Tohr hizo una mueca, el ángel farfulló—. Aunque está bien. Te llevaremos allí de algún modo.
—De hecho, estoy encogiéndome ante una visión de ti con un disfraz rosa de harén.
—Hey, que tengo un culo fantástico, te lo haré saber.
Bebieron cerveza durante un rato hasta que el logo de Sony empezó a aparecer en puntos aleatorios en la pantalla.
—¿Has estado alguna vez enamorado? —preguntó Tohr.
—Una vez. Nunca más.
—¿Qué pasó? —Cuando el ángel no contestó, Tohr lanzó un vistazo—. ¿Oh, así que está bien para ti hurgar en mis trapos sucios, pero no puedes devolver el favor?
Lassiter se encogió de hombros y abrió otra cerveza.
—¿Sabes lo que pienso?
—No a menos que me lo digas.
—Creo que deberíamos intentar con otro episodio de Luz de Luna.
Tohr soltó una larga y lenta exhalación y tuvo que estar de acuerdo. No era una mierda ver películas con el tipo, hablar sobre el diálogo mientras bebían Sam Adams e ingerir comida basura. De hecho, no podía recordar la última vez que simplemente… había pasado el rato.
Por supuesto, debía haber sido con Wellsie. Si tenía un respiro, siempre lo pasaba con ella.
Dios, cuantos días habían desperdiciado, toqueteándose tontamente frente al televisor, viendo reposiciones, películas malísimas del cable y telediarios aburridos. Se cogían de las manos o ella se tendía sobre su pecho o él jugaba con su pelo.
Qué pérdida de tiempo, pensó. Pero cuando habían estado en aquella absorbente zona de minutos y horas, había sido… una especie de sencilla y tranquila felicidad absoluta.
Una cosa más que lamentar.
—¿Y algo posterior en la carrera de Willis? —dijo abruptamente.
—¿Jungla de cristal?
—Ponla y yo iré a por otra tanda a la máquina de palomitas.
—Trato hecho.
Cuando los dos se levantaron y fueron hacia la parte trasera, él hacia las chucherías y la barra de bebidas, Lassiter hacia la cabina de control, Tohr detuvo al tipo.
—Gracias, tío.
El ángel le dio un golpe en el hombro y luego estaban más o menos en la sección Yipi-ka- yei hijo de puta.
—Solo hago mi trabajo.
Tohr observó la cabeza rubia y negra del ángel atravesar la puerta entrecerrada.
El puto libre albedrío estaba bien. ¿Y en cuanto a No’One y él?
Era duro pensar en lo que vendría después. Mierda, la primera vez que había conectado con ella, directamente se había despellejado al recorrer por todas esas emociones solo para poder aceptar su vena, ofrecerle la suya y estar con ella en la medida que estaba.
¿Y si llevaba esto más lejos?
El siguiente nivel iba a hacer que esa mierda pareciera un paseo por el parque.
















Capítulo 38

Eran las doce del mediodía cuando el dispositivo móvil de Xcor sonó, y el suave repiqueteo lo despertó de su ligero sueño. Con un movimiento poco mañoso, cazó y pescó alrededor buscando el botón verde, y después de golpearlo, se puso la cosa en la oreja.
En la práctica, odiaba las malditas cosas. En términos prácticos, eran un adelanto increíble, uno que le hacía preguntarse porque había sido siempre tan reacio.
—Aye —exigió. Cuando una voz áspera le contestó, sonrió bajo la leve luz de las velas del sótano—. Gracias gentilmacho. ¿Qué precio tienes este día, Elan?
—¿Qué… que…?—el aristócrata tuvo que ordenarse respirar mas—. ¿Qué me has enviado?
Su fuente en el Consejo tenía una voz un poco alta normalmente, el cuidadoso paquete que obviamente acababa de ser abierto elevó el tono del macho a la estratosfera.
—Prueba de nuestro trabajo —mientras respondía, las cabezas empezaron a levantarse de los camastros, su Banda de Bastardos despiertos, escuchando—. No quiero que pienses que hemos sobreestimado nuestra eficacia… o, la Virgen Escriba nos proteja, siendo mentirosos con respecto a nuestras actividades.
—Yo…yo… ¿Qué se supone que voy a hacer con… esto?
Xcor puso los ojos en blanco.
—Quizás alguno de tus sirvientes pueda empaquetarlo y compartirlo con tus compañeros del Consejo. Y luego imagino que tu alfombra deberá ser limpiada.
Dentro de la caja de envíos de noventa por noventa que había enviado, Xcor había puesto algunos de los recuerdos de sus asesinatos, todo tipo de trozos y pedazos de lessers: brazos, manos, esa columna vertebral, una cabeza, parte de una pierna. Los había estado guardando, preparándolos para el momento adecuado para sorprender al Consejo… y probar que el trabajo se estaba haciendo.
El riesgo era que la naturaleza grotesca de su “regalo” fuera un tiro por la culata y ellos fueran vistos como salvajes. La recompensa potencial era que él y sus soldados serían vistos como efectivos.
Elan se aclaró la garganta.
—De hecho, habéis debido estar… bastante ocupados.
—Me doy cuenta de que es horripilante. Pero la guerra es un asunto horripilante de la que vosotros sois los meros beneficiarios, no participantes. Debemos salvaros —“Hasta que no seáis útiles”­— de esos disgustos. Me gustaría señalarte, sin embargo, que eso no es más que una pequeña muestra de los muchos que hemos matado.
—¿De verdad?
 El toque de temor reverencial era gratificante.
—Aye. Debíais estar seguros de que luchamos cada noche por la raza, y somos altamente eficaces.
—Sí, claramente, lo sois… y estipularía que no necesito más “pruebas”, de cualquier forma. Diría, sin embargo, que voy a llamarte más tarde esta noche. La cita final con el Rey ha sido programada.
—¿Oh?
—Llamé a los miembros del Consejo porque he convocado una reunión para esta tarde… manteniéndolo informal, por supuesto, así que no hay requerimientos del proceso para incluir a Rehvenge. Assail ha indicado que no puede asistir. Obviamente debe tener una audiencia con el Rey… o vendría a mi casa.
—Obviamente —dijo Xcor alargando las palabras. O tal vez, obviamente no. Dados los pasatiempos nocturnos de Assail, los cuales se habían intensificado desde el verano, él estaba bastante ocupado—. Te agradezco la información
—Cuando lleguen los otros, mostraré esta… exhibición —dijo el aristócrata.
—Hazlo. Y diles que estoy listo para reunirme con ellos en cualquier momento. Solo llámame… soy tu sirviente en esto como en todas las cosas. De hecho —se detuvo para conseguir un efecto—, será un honor asociarme con ellos bajo tu presentación… y juntos, tú y yo podemos asegurarnos de que entiendan adecuadamente el estado vulnerable en que están bajo las reglas del Rey Ciego, y la seguridad que tú y yo podemos proporcionarles.
—Oh sí, por supuesto… sí —el gentilmacho mejoró con toda aquella verborrea… lo cual era precisamente por lo que estaba siendo utilizado—. Y estoy muy agradecido por tu franqueza.
Asombroso cuan equivocado estaba el cálculo.
—Y gracias por tu apoyo, Elan. —Cuando Xcor colgó el teléfono, echó un vistazo a sus soldados y luego se centró en Throe—. Después del atardecer, nos fundiremos sobre la propiedad de Assail otra vez. Quizás lleguemos a algo esta vez.
Mientras los otros gruñían su disposición para ayudarlos, él levantó su teléfono en silencio… y le hizo una inclinación con la cabeza a su segundo al mando.
*  *
—Señor, hemos llegado. La puerta está cerrándose tras nuestro vehículo.
Cuando la voz de Fritz llegó a través del intercomunicador del monovolumen, el informe del mayordomo no fue una noticia nueva, aunque Tohr no podía ver nada de donde estaban desde su aventajado puesto en la parte trasera.
—Gracias, Fritz.
 Tamborileando con los dedos sobre el suelo del Duraliner, aún estaba zumbando por todas aquellas cervezas que había tomado con Lassiter, y su estómago era un abismo agrio gracias a aquella maratón de mantequilla de plástico y Milk Duds.
Otra vez, quizás las náuseas fueran más por donde habían estado.
—Señor, es libre de soltarse usted mismo.
Tohr se movió como un cangrejo por las dobles puertas y se preguntó por qué demonios se estaba haciendo esto a sí mismo. Después que Lassiter y él hubieran finalizado su homenaje a John McClane, el ángel había despegado para ir a caer con estrépito y Tohr había… encontrado esta gran idea, sin razón aparente.
Abriendo la puerta… dio un paso en su oscurecido garaje y la cerró detrás de él.
Fritz bajó su ventanilla.
—Sire, quizás deba esperar aquí.
—No, vete. No voy a exponerme hasta la puesta del sol.
—Asegúrese que las cortinas están cerradas dentro.
—Sí. Ese es el protocolo y confío en mi doggen.
—¿Quizás podría entrar y hacer una doble comprobación?
—En realidad eso no es…
—Por favor sire. No me envíe a casa para enfrentar a su Rey y sus Hermanos sin que yo sepa que está seguro.
 Difícil discutir con eso.
—Esperaré aquí.
El doggen se apresuró a sacar sus viejos huesos desde detrás del volante y se encaminó a través del camino con notable velocidad… probablemente porque estaba temiendo que Tohr cambiara de idea.
Cuando el mayordomo se deslizó en la casa, Tohr deambuló por allí, inspeccionado su viejo cortacésped, los rastrillos, la sal para el camino de salida. El Stingray convertible había sido alojado en el garaje de la mansión… tras la noche en que había ido a buscar el vestido de ceremonia de Wellsie para Xhex.
No había querido volver aquí para dejar el vestido después que fuera limpiado y planchado.
No estaba seguro de querer estar aquí ahora.         
—Todo está seguro, sire.
Tohr dio la vuelta desde el espacio vacío donde había estado aparcado el Corvette.
—Gracias Fritz.
No tenía que esperar a que el mayordomo se fuera antes de entrar… había demasiada luz de sol al otro lado de las puertas del garaje. De manera que con un gesto final, se tranquilizó y entró en el recibidor trasero.
Cuando las puertas se cerraron de golpe tras él, lo primero que vio en el lavadero fue sus abrigos de invierno. Las malditas parkas estaban todavía colgando de sus perchas, la suya, la de Wellsie y la de John.
La de John era pequeña, porque solo había sido un pretrans por entonces.
Parecía que las malditas cosas estuvieran esperando que ellos volvieran a casa otra vez.
—Pues buena suerte —murmuró.
Preparándose, siguió andando y entró en la cocina que había sido el sueño de Wellsie.
Respetuosamente, Fritz había encendido las luces y el choque de verlo todo por primera vez desde las muertes hizo que Tohr se preguntara si no habría sido mejor entrar en la oscuridad: las encimeras que habían elegido juntos, la inmensa nevera Sub—Zero que ella había amado tanto, y aquella mesa que habían comprado online en 1stdibs.com y el juego de anaqueles que le había puesto para sus libros de cocina… todo aquello era como una exposición, brillante y limpia como el día que había sido instalado-entregado-montado.
 Mierda, no había cambiado nada. Todo estaba exactamente como la noche que ella había sido asesinada, el doggen mantenía a raya el polvo y poco más.  
 Caminando hacia el escritorio empotrado, se obligó a levantar un post-it con su letra manuscrita sobre él.
Martes: Havers—revisión 11.30.
Dejó caer el cuaderno y retrocedió, cuestionándose seriamente su salud mental. ¿Por qué había venido aquí? ¿Podía sacar algo bueno de esto?          
 Deambulando, atravesó el salón, la biblioteca y el comedor haciendo un circuito por las habitaciones comunes de la planta baja… hasta que sintió que no podía respirar, hasta que el zumbido alcohólico iba más allá de su visión y sentido del olfato y que su audición era insoportablemente aguda. Por qué estaba…
Tohr parpadeó cuando se encontró frente a una puerta.
Había trazado un círculo completo, volviendo a la cocina.
Y ahora permanecía de pie ante la bajada al sótano.
Ah, mierda. Esto no… no estaba preparado para esto.
La verdad era que Lassiter y sus películas tontorronas habían hecho más mal que bien. Todas aquellas parejas en la pantalla… aunque estaban ideadas como instrumentos de ficción, algunas se habían filtrado en su cabeza, y disparado toda clase de cosas.
Ninguna de las cuales había sido sobre Wellsie.
En lugar de eso, había estado pensando en aquellos días con No’One, los dos tensos con todas aquellas sábanas entre sus cuerpos, ella mirándolo como si quisiera mucho más de lo que le estaba dando, él conteniéndose por respeto a su fallecida… y quizás porque era un jodido cobarde en su corazón.
 Probablemente trozos de ambos.
Dado lo que estaba organizando ruido en su cabeza, había tenido que venir aquí. Necesitaba los recuerdos de su amada, imágenes de su Wellsie que quizás había olvidado, una poderosa sacudida del pasado para competir con lo que sentía como una traición en el presente.
Desde una vasta distancia, observó su mano estirándose y sujetando el pomo de la puerta. Girándolo a la derecha, empujó el pesado y amplio panel de acero pintado. Cuando el movimiento activó las luces que recorrían la escalera, fue golpeado con un montón de crema: los escalones descendentes estaban enmoquetados en un suave color ante y las paredes pintadas igual, todo relajante y sereno.
Esto había sido su santuario.
 El primer escalón fue el equivalente a saltar desde el borde del Gran Cañón. Y el número dos no fue mucho mejor.
Todavía se sentía así cuando llegó al último y no quedaba nada más que bajar.
El sótano de la casa seguía la distribución de la planta alta, aunque solo dos tercios del espacio estaba acabado con una suite principal, un gimnasio, una lavandería y una mini cocina completa, y el resto del espacio como almacén.
Tohr no tenía idea del tiempo que permaneció allí de pie.         
Al final, sin embargo, caminó hacia delante, hacia la puerta cerrada donde se dirigía…
El hecho de que la abriera a un negro agujero parecía absolutamente correcto…
Miiiieeeeerdaaaa, todavía olía como ella. Su perfume. Su aroma.
Dio un paso dentro, se encerró y se preparó mientras golpeaba el interruptor de la pared, subiendo gradualmente las luces del techo.
La cama estaba hecha.
Como por sus manos. Aunque ellos tenían sirvientes, era la clase de hembra a la que le gustaba hacer las cosas por sí misma. Cocinar. Limpiar. Doblar la ropa limpia.
Hacer su cama al final de cada día.
No había una mota de polvo en ninguna de las superficies, ni en los tocadores, el de él y el de ella, ni en las mesitas de noche, el suyo con el despertador, el de ella con el teléfono… ni en el escritorio con el ordenador que habían compartido.
Maldita sea, no podía respirar.
Para tomarse un pequeño respiro de su crisol, fue al baño con la idea de normalizar los requerimientos de oxigeno de su cuerpo.
Debería haber sido más listo. Ella también estaba en todo el espacio alicatado, exactamente como estaba en toda la casa.       
Abriendo uno de los armaritos, sacó un dosificador de su crema de manos y leyó la etiqueta, detrás y delante, algo que nunca había hecho cuando ella había estado viva. Hizo lo mismo con una de sus botellas de champú de reserva, así como un bote de sales de baño que… si, olía exactamente como lo recordaba, limón verbena.
De vuelta al dormitorio.
Hacia el armario…
No estuvo seguro de cuando ocurrió el cambio. Quizás fue mientras repasaba sus suéters clasificados en sus espacios. Quizás fue mientras contemplaba sus zapatos en orden, marchando ordenados sobre los estantes inclinados. Quizás fue mientras repasaba sus blusas en las perchas, o no, sus pantalones… o quizás las faldas de sus vestidos.
Pero al final, en el silencio, en su dolorosa soledad, en su perenne dolor… se dio cuenta de que todo era basura.
Su vestuario, su maquillaje, sus artículos de tocador…. La cama que había hecho, la cocina en la que había cocinado, la casa que había convertido en su hogar.
 Era solo basura.
 Y al igual que no iba a llevar su vestido de emparejamiento de nuevo, nunca iba a regresar para reclamar nada de esto. Había sido suyo y lo había llevado, usado y necesitado cada parte… pero no era ella.
Dilo… di que ha muerto.
No puedo.
Tú eres el problema.
Nada de lo que había hecho en su proceso de duelo la había traído de vuelta. Ni la agonía de rememorar, ni beber sin sentido, ni las lágrimas débiles e inútiles de resistirse a otra hembra… ni evitar este lugar, ni las horas sentado a solas con un agujero vacío en el pecho.
Ella se había ido.
Y eso quería decir que esto era solo basura en una casa vacía.   
Dios… nada de esto era lo que había esperado sentir. Había venido aquí a emparedar a No’One. ¿En lugar de eso? Todo lo que había encontrado era una colección de objetos inanimados sin más poder para transformar donde estaba él que el que podían tener de andar y hablar por sí mismos.           
Además, considerando donde estaba Wellsie, la idea de que había estado buscando una forma de parar la conexión con No’One era una locura. Debería estar regocijándose por la idea de estar pensando en otra hembra.
En lugar de eso, se sentía como si fuera una maldición.  
                  

      






Capítulo 39

De vuelta a la mansión de la Hermandad, No'One se sentó sobre la cama que compartía con Tohrment, la túnica estaba tirada sobre el edredón junto a ella, la enagua le cubría la piel.
Silencio. Esta habitación estaba silenciosa sin él.
¿Dónde estaba?
Cuando había regresado aquí de su trabajo en el centro de entrenamiento, había imaginado que lo encontraría esperándola, caliente y quién sabe si durmiendo sobre el edredón. En cambio, las sábanas estaban colocadas, las almohadas ordenadas en la cabecera, el edredón extra, el que él usaba para calentarse, todavía doblado a los pies del colchón.
No había estado en la sala de pesas, la piscina o el gimnasio. Tampoco había estado en la cocina cuando ella se detuvo brevemente para recoger un refresco. O en la sala de billar o en la biblioteca.
Y tampoco había aparecido para la Primera Comida.
El picaporte giró y ella saltó… sólo para lanzar un profundo suspiro de alivio. Su sangre en el cuerpo del guerrero anunciaba su llegada, incluso antes de que su aroma alcanzara su nariz o su cuerpo llenara el umbral.
Seguía sin camisa. Y sin botas.
Y su mirada era oscura y desolada como los pasillos del Dhund.
—¿Dónde has estado? —susurró.
Él la miró a los ojos y sin contestar fue al baño.
—Llego tarde. Wrath convocó una reunión.
Mientras caía el agua, recogió su túnica y se la pasó por los hombros, sabiendo que él no se sentía cómodo si ella estaba desnuda fuera de la cama, en cualquier forma de desnudez. Pero ésa no era la causa de su estado de ánimo, ya había estado así antes incluso de mirar en su dirección.
Su amada, pensó ella. Tenía algo que ver con su amada.
Y ella probablemente debería dejarlo en paz.
Pero no lo hizo.
Cuando salió, tenía una toalla envuelta alrededor de las caderas y se fue directamente al armario sin echarle ni una mirada. Apoyando una palma en la jamba de la puerta, abrió y se inclinó, el nombre sobre sus hombros quedó iluminado bajo la lámpara de techo sobre él.
Excepto que él no sacó ninguna ropa. Bajó la cabeza y se quedó quieto.
—Hoy fui a casa —dijo de repente.
—¿Hoy? Como… ¿durante las horas de luz?
—Fritz me llevó.
El corazón de No’One latía con fuerza ante el pensamiento de él expuesto a la luz del sol, espera, ¿no habían vivido juntos aquí?
—Teníamos nuestro propio lugar —dijo—. No nos quedábamos aquí con todos los demás.
Así que esta no era la habitación de compañeros. O su cama.
Cuando él no dijo nada más, ella añadió:
—¿Qué... encontraste allí?
—Nada. Absolutamente y jodidamente nada.
—¿Había sido vaciado de tus cosas?
—No, lo dejé todo tal como estaba la noche que murió. Abajo los platos que están limpios en el lavavajillas, el correo en el mostrador, el rímel que dejó fuera antes de quitárselo por última vez.
Oh, qué agonía para él, pensó ella.
—Fui allí en busca de ella, y todo lo que conseguí fue una exhibición del pasado.
—Pero tú nunca estás lejos de ella, tu Wellesandra siempre está contigo. Respira en tu corazón.
Tohrment se dio la vuelta, los ojos entrecerrados, intensos.
—No como solía ser.
De repente, ella se enderezó bajo su mirada. Jugueteó con el borde de su túnica. Cruzó las piernas. Las descruzó.
—¿Por qué me miras de esa manera?
—Quiero follarte. Es por eso que volví a casa.
Mientras la cara de No'One registraba una descarga de alto voltaje, Tohr no se molestó en templar la verdad con palabras bonitas ni disculpas o cualquier tipo de fanfarria. Estaba demasiado harto de todo: luchar contra su cuerpo, discutir con el destino, pelear con una inevitabilidad a la que se había estado negando a ceder durante demasiado tiempo.
De pie frente a ella, estaba desnudo de una forma que no tenía nada que ver con la falta de ropa. Desnudo y cansado... y hambriento por ella…
—Entonces puedes tenerme —dijo ella en voz baja.
Mientras esas palabras se hundían, él se sintió palidecer.
—¿Entiendes lo que digo?
—Has sido bastante contundente.
—Se supone que tienes que decirme que me vaya al infierno.
Hubo una breve pausa.
—Bueno, no tenemos que seguir adelante.
Sin rencor. Sin rogar. Sin decepción, era todo acerca de él y dónde él estaba.
¿Cómo podía ser ella tan... amable?, se preguntó.
—No quiero hacerte daño —dijo, sintiéndose como si quisiera devolverle el favor.
—No lo harás. Sé que todavía estás enamorado de tu compañera y no te culpo. Lo que tuviste con ella es el amor de una-vez-en-la-vida.
—¿Y tú?
—No tengo ninguna necesidad o deseo de ocupar su lugar. Te acepto tal como eres, de cualquier manera que elijas venir a mí. O no, si ese es el modo en que debe ser.
Tohr maldijo cuando parte de su dolor se calmó de forma inesperada.
—Eso no es justo para ti.
—Sí, lo es. Estoy feliz simplemente con pasar tiempo contigo. Eso es suficiente… y más de lo que jamás podría haber esperado de mi destino. Estos últimos meses han sido una alegría complicada que no hubiera cambiado por nada. Si tiene que terminar, por lo menos he tenido lo que hice. Y si va más lejos entonces soy más afortunada de lo que merezco. Y... si te pone de alguna manera en paz, entonces he servido a mi único propósito.
Cuando se quedó en silencio, esa dignidad tranquila le mató, realmente lo hizo. Y fue con una sensación de irrealidad absoluta que se acercó a ella, se agachó y le tomó la cara entre las palmas de las manos.
 Frotándole la mejilla con el pulgar, la miró a los ojos.
—Eres… —su voz se quebró—. Eres una hembra de valía.
No'One puso las manos sobre las gruesas muñecas, su tacto suave y ligero.
—Escucha mis palabras y cree en ellas. No te preocupes por mí. Cuida tu corazón y tu alma primero… eso es lo que más importa.
De rodillas frente a ella, se abrió paso entre sus piernas, llenando el espacio que creaba con su cuerpo. Como siempre con ella, se sentía torpe y a gusto estando tan cerca.
Con los ojos, trazó su rostro, ese rostro bello y amable. Y luego se concentró en los labios.
Moviéndose lentamente, se inclinó hacia delante, no muy seguro de qué demonios estaba haciendo. Nunca la había besado. Ni una sola vez. Aunque sabía todo sobre su cuerpo, no sabía nada sobre su boca, y mientras sus ojos se encendían, era obvio que ella nunca había esperado esa intimidad.
Inclinando la cabeza hacia un lado, cerró los párpados... y acortó la distancia hasta que se encontró todo un mundo de terciopelo.
Suavemente, castamente, apretó y retrocedió.
No era suficiente.
Bajando de nuevo, se unió a su boca, rozando y recorriéndola. Luego rompió abruptamente el contacto y se empujó para ponerse de pie. Si no paraba ahora, no lo haría y ya llegaba tarde a la reunión con Wrath y sus Hermanos. Además, no se trataba de una sesión de sexo rápido.
Era más importante que eso.
—Tengo que vestirme —le dijo—. Me tengo que ir.
—Y yo estaré aquí cuando vuelvas. Si quieres que esté.
—Sí quiero.
Girándose, no perdió tiempo en ponerse la ropa o recoger sus armas, tan pronto como atrapó su chaqueta de cuero, tuvo toda la intención de salir por la puerta. En su lugar, se detuvo y la miró. Ella tenía los dedos sobre los labios, los ojos muy abiertos y llenos de asombro... como si nunca hubiera sentido nada ni siquiera tan cerca de lo que acaba de tener.
Regresó a la cama.
—¿Fue tu primer beso?
Ella se ruborizó del rosa más hermoso, bajó los ojos tímidamente a la alfombra.
—Sí.
Por un momento, lo único que pudo hacer fue mover la cabeza ante todo por lo que ella había pasado.
Luego se inclinó.
—¿Vas a dejar que te dé otro?
—Sí, por favor... —suspiró.
La besó más tiempo esta vez, demorándose en su labio inferior, incluso lo cortó suavemente con uno de sus colmillos. Ante el contacto, el calor estalló entre ellos, especialmente cuando la atrajo contra su cuerpo, abrazándola con más fuerza de la que debería dado cuántas armas colgaban de su torso.
Antes de que la tomara de pie, se obligó a devolverla a la cama.
—Gracias —susurró él.
—¿Por qué?
Todo lo que pudo hacer fue encogerse de hombros, porque gran parte de su gratitud era demasiado complicada para darle voz.
—Supongo que por no tratar de cambiarme.
—Nunca —dijo—. Ahora mantente a salvo.
—Lo haré.
En el pasillo, cerró la puerta en silencio y respiró hondo...
—¿Estás bien, Hermano?
Se sacudió y miró a Z. El hombre iba vestido para luchar, pero venía por el pasillo desde la dirección opuesta de su suite.
—Ah, sí, seguro. ¿Y tú?
—Fui enviado a buscarte.
Vale. Pillado. Y se alegraba de que fuera Z. Sin duda, el tipo era bien consciente de su jodido estado de ánimo, pero a diferencia de algunos de los otros, *tos*Rhage*tos*, nunca se entrometería.
Juntos, bajaron por el pasillo y entraron en el despacho del Rey, llegando justo cuando V decía:
—No me gusta esto. ¿El vampiro que nos ha jodido durante meses de repente llama de la nada y dice que está listo para vernos?
Assail, pensó Tohr, mientras se acomodaba contra las estanterías.
Mientras sus hermanos murmuraban diferentes variaciones sobre el no-tan-caliente tema, metió baza en el juego y estuvo completamente de acuerdo. Demasiado para ser una coincidencia.
 Desde detrás del gran escritorio, la expresión de Wrath era fría como la piedra y sólo con esa mirada en su cara calmó la habitación: él iba, con o sin el resto de ellos.
—Joder —se quejó Rhage—. No puedes decirlo en serio.
Maldiciendo en voz baja, Tohr pensó que bien podría cortar la etapa de discusiones: dado el empuje de la mandíbula de Wrath, los Hermanos iban a perder cualquier concurso de voluntad.
—Usarás chaleco antibalas —dijo al Rey.
Wrath le enseñó los colmillos.
—Cuándo no lo hago.
—Sólo tenía que aclararlo. ¿A qué hora quieres salir?
—Ahora.
Vishous encendió un cigarrillo enrollado a mano y sopló el humo.
—Joder, es correcto.
Wrath se levantó, agarró la correa de George, y dio la vuelta al trono.
—Quiero solamente un escuadrón regular de cuatro. Vamos allí con demasiadas armas y va a parecer que estamos nerviosos. Tohr, V, John y Qhuinn estarán en primera línea.
Tenía sentido. Rhage con su bestia era una incógnita. Z y Phury técnicamente estaban esta noche fuera de la rotación. Butch necesitaba estar en modo de espera con el Escalade. Y Rehv no estaba en la habitación, lo que significaba que su trabajo diario como Rey de los symphaths le había llevado al norte de nuevo.
Oh, ¿y Payne? Dado su aspecto, fácilmente podía freír los circuitos de Assail, convirtiéndole en demasiado estúpido como para hablar. Como su gemelo, tendía a causar una gran impresión en el sexo opuesto.
 Todo el mundo estaría a un mensaje de distancia, y sin embargo, Wrath tenía razón: si llevaban a toda la jodida familia iban a enviar el mensaje equivocado.
Mientras todos salían y golpeaban la gran escalera, había todo tipo de quejas, y abajo, las armas fueron examinadas y las fundas apretadas una muesca más.
Tohr lanzó una mirada a John. Qhuinn estaba más pegado al culo del chico que un par de pantalones y eso era bueno ya que era obvio que todo no estaba aún bien en el mundo de John: olía a su aroma de vinculación pero parecía como muerto.
El Rey se inclinó y habló con George un momento. Luego agarró a su reina y la besó a fondo.
—Estaré en casa antes de que te des cuenta, leelan.
Mientras Wrath caminaba entre la multitud y desaparecía en el patio sin ayuda, Tohr se acercó a Beth, le tomó la mano y le dio un apretón.
—No te preocupes por nada. Voy a traerlo de vuelta tan pronto como termine… de una sola pieza.
—Gracias… Dios, gracias. —Lo rodeó con los brazos y lo abrazó fuerte—. Sé que está a salvo contigo.
Mientras ella se agachaba para consolar al ansioso retriever, Tohr se dirigió a la puerta, frenando cuando se unió al atasco de tráfico de los Hermanos en el vestíbulo. A la espera de pasar, miró hacia el balcón del segundo piso. No'One estaba al inicio de las escaleras, de pie, con la capucha bajada.
La trenza tenía que irse, pensó para sí mismo. Un pelo tan hermoso como el suyo estaba destinado a captar la luz y el brillo.
Levantó la mano para saludar y después de que ella hiciera eco de la despedida, se escabulló y salió a la fría noche.
Permaneciendo cerca, pero no demasiado de John, esperó a que Wrath diera el visto bueno, y luego se desmaterializó con el Rey y los chicos a una península sobre el río Hudson, al norte de la cabaña de Xhex.
Mientras Tohr volvía a tomar forma en medio del borde del bosque, el aire era refrescantemente frío y olía a hojas caídas y a las rocas húmedas de la costa.
Más adelante, la mansión de época de Assail era una verdadera obra maestra, incluso desde la parte trasera de los garajes. La estructura palaciega tenía dos plantas principales, con un porche que la rodeaba, todo lleno de ángulos y ventanas para proporcionar la mayor cantidad de vistas del agua posible.
Un lugar idiota para que viviera un vampiro. ¿Todo ese cristal a la luz del día?
Aunque, qué se podía esperar de un miembro de la glymera.
La casa había sido investigada antes, como cada uno de los otros lugares para las reuniones, por lo que estaban familiarizados con el diseño del exterior y V había irrumpido e inspeccionado el interior también. Informe: no había mucho allí dentro y era evidente que no había cambiado. Bajo las luces que brillaban en los techos, había un montón de nada en el departamento de muebles.
Era como si Assail viviera en una vitrina ofreciéndose él mismo.
Y, sin embargo, al parecer el hombre había hecho un par de cosas inteligentes. De acuerdo con V, todos esos paneles de cristal estaban enhebrados con finos alambres de acero, de la manera del sistema desempañador de las ventanillas de un coche, de modo que no había manera de desmaterializarse dentro o hacia fuera. También había limpiado el césped que rodeaba el lugar, de modo que si algo o alguien se acercaba, sería como cazar patos.
Sabiendo aquello, Tohr dejó que sus instintos y sentidos vagaran... y hubo un total de nada golpeando la pantalla de su radar. Nada que no se suponía que tuviera que moverse lo hacía: solo ramas de árboles y hojas en la brisa, un ciervo a unos trescientos metros de distancia, su Hermano y los chicos detrás de él.
Al menos hasta que un coche se acercó por el estrecho camino pavimentado.
Jaguar, adivinó Tohr por el sonido del motor.
Sí, tenía razón. Un XKR negro. Con ventanas laterales tintadas.
El convertible de morro largo pasó, se detuvo en la puerta del garaje más cercano a la mansión, y luego entró suavemente cuando los paneles se elevaron. Assail, o quienquiera que fuese al volante, no apagó el motor ni salió del coche inmediatamente. Esperó a que la puerta se cerrara de nuevo detrás de él, y mientras lo hacía, Tohr notó que no había cristales allí. La mierda también era una sombra que apenas sobresalía por el borde del resto de la casa. Lo mismo en las otras cinco plazas.
Había añadido esas puertas después de mudarse, pensó Tohr.
Tal vez el hijo de puta no era un idiota total.
—Bueno, iré a la puerta delantera. —Los ojos de diamante de V brillaron—. Os haré una señal… u oiréis ese grito ligero como el de una niña. De cualquier manera, sabéis que hacer.
Yyyyyy se marchó, se desmaterializó alrededor de la esquina de la casa. Sería mejor tener los ojos puestos en él, pero Wrath era la parte más importante de esto, y la línea de árboles a la espalda era la única cobertura que iba a tener.
Mientras esperaban, Tohr sacó su arma, y también lo hicieron John Matthew y Qhuinn. El Rey tenía sus cuarenta, pero su conjunto se quedó donde estaba. Demasiado defensivo para tenerlo con una pipa en la mano.
Sin embargo, ¿su guardia personal? Parte de la descripción del trabajo soplapollas.
Deseó una vez más, que pudieran dejar al Rey en casa durante el proceso previo al partido, pero Wrath había tirado esa idea por la ventana hacía meses. Muy irritante, sin duda, teniendo en cuenta que, a diferencia de su padre, había sido un luchador antes de tomar posición del trono, eran momentos jodidos como este los que te hacían querer arrancarte la piel.
El teléfono móvil de Tohr sonó tres tensos minutos después: puertas de la cocina por el garaje.
—Nos quiere en la puerta de atrás —dijo Tohr, guardándolo—. Wrath, a unos cuarenta y cinco metros en línea recta.
—Roger a eso.
 Los cuatro se desmaterializaron y reaparecieron en el porche trasero en formación de flanqueo que proporcionaba la mayor protección posible a Wrath: Tohr estaba justo delante del Rey, John a su derecha y Qhuinn a su izquierda. V asumió de inmediato la parte trasera.
Y justo en ese momento, Assail abrió la puerta.




[i] Frase de la película “Cuando Harry encontró a Sally”.

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