martes, 12 de junio de 2012

Amante Renacido/Capitulos 4 5 6

Capítulo 4

—¿Dónde diablos han encontrado a todos esos reclutas? —preguntó Qhuinn mientras caminaba alrededor de la escena de lucha, sus botas golpearon a través de la sangre negra.
John apenas escuchó al tipo aunque sus oídos estaban funcionando bastante bien. Con la marcha de aquellos bastardos, estaba clavado al lado de Tohr. El Hermano parecía haberse recuperado de esa innecesaria patada en los huevos que Xcor acababa de clavarle, pero aún era tieeeeempo de descanso.
Tohr se limpió las hojas en los muslos. Hizo una profunda inspiración. Parecía sacado de un jodido interior de mierda.
—Ah… la única cosa que tiene sentido es Manhattan. Necesitas una gran población. Con un montón de malas semillas en la periferia.
—¿Quién diablos es este Fore-lesser?
—Una pequeña mierda, por lo último que he escuchado.
—Justo en los callejones del Omega.
—Aunque inteligente.
Justo cuando John iba a empezar con toda la cosa de Cenicienta-convertida-en-calabaza, su cabeza se disparó alrededor.
—Más —dijo Tohr con un gruñido.
Sip, pero ese no era el problema.
La shellan de John estaba en los callejones.

Inmediatamente, todo se fue de su mente, se fue por el desagüe. ¿Qué demonios estaba haciendo ella fuera? Estaba fuera de rotación. Debería estar en casa…
A medida que el dulce hedor de la fragancia de lesser entraba en su nariz, una profunda convicción interior desgarró su pecho: Ella no debería estar aquí, en absoluto.
—Tengo que coger mi abrigo —dijo Tohr—. Quédate aquí e iré contigo.
Ni. Lo. Sueñes.
En el momento en que Tohr se desmaterializó de vuelta al puente, John se largó, sus shitkickers machacando el asfalto mientras Qhuinn gritaba algo que terminaba con, “¡Tú, chupapollas!”
Lo que le faltaba, a diferencia de las diversiones salvajes, locas y maníacas de Tohr, esto era importante.
John atravesó el callejón, disparado hacia una calle lateral, cruzó de un salto dos filas de coches aparcados, tomando precipitadamente un desvío…
Y allí estaba ella, su compañera, su amante, su vida, cuadrándose contra un cuarteto de lessers frente a una pensión abandonada… flanqueada por un enorme y gritón traidor rubio.
Rhage nunca debería haberla reclutado. John había dicho refuerzos… seguro como la mierda que no había querido decir su Xhex. Y en segundo lugar, les había dicho que se quedasen en casa a petición de Tohr. Qué coño hacían ellos…
—¡Hey! —les llamó Rhage alegremente. Como si los estuviese invitando a una fiesta—. Solo pensamos que podríamos tomar el aire esta noche en el boniiiiito centro de Caldwell.
Bien. Este era uno de esos momentos en los que ser mudo jodía. Tú, gilipollas…
Xhex giró la cabeza para mirarle… y fue cuando sucedió. Uno de los lessers estaba acunando un cuchillo, y el hijo de puta tenía tanto un buen brazo como un buen objetivo: la hoja voló por el aire, golpeando sobre el blanco.
Hasta que se encontró con una parada repentina… en el pecho de Xhex.
Por segunda vez en una tarde, John gritó sin hacer un sonido.
Mientras su cuerpo avanzaba hacia delante, Xhex se volvió hacia el asesino con una expresión de rabia estrechando sus facciones. Sin perder un segundo, agarró la empuñadura y arrancó el arma de su propia carne… ¿pero cuánto tiempo le durarían sus últimas fuerzas? Había sido un golpe directo…
¡Santo Dios! Ella iba a tratar de encargarse del bastardo. Incluso herida, iba a ir a por él con uñas y dientes… y matarse a sí misma en el proceso.
El único pensamiento que se disparó a través de la mente de John era que no quería estar como Tohr. No quería recorrer ese tramo del infierno en la tierra.
No quería perder a su Xhex esta noche, mañana por la noche, ni ninguna noche. Jamás.
Abriendo la boca, rugió todo el aire de sus pulmones. No fue consciente de desmaterializarse, pero estuvo dónde ese lesser tan rápido que pareció un fantasma, y rehacerse era la única explicación. Cerrando la mano sobre la garganta de esa cosa, empujó al pedazo de mierda derribándolo y dejó que le siguiese su propio peso. Cuando golpearon el suelo, le dio un cabezazo en la cara, aplastándole la nariz y posiblemente rompiéndole el pómulo o una cuenca del ojo.
No se detuvo ahí.
Mientras la sangre negra salpicaba sobre él, desnudó sus colmillos y desgarró al enemigo con los dientes mientras lo mantenía en el suelo. El instinto de destrucción estaba afinado y enfocado con tal precisión que habría tenido que seguir hasta que estuviese masticando el suelo… pero entonces su lado racional le lanzó un hola-qué tal-nos-vemos.
Necesitaba evaluar las heridas de Xhex.
Sacando una daga, levantó el brazo en alto y le cerró los ojos al asesino. O lo que quedaba del par de globos saltones del lesser.
John enterró la hoja tan fuerte y profundamente, que después de que se apagase el destello y la explosión, necesitó sujetarlo con las dos manos y tirar con todo el cuerpo entero para sacar el arma del asfalto. Gateando alrededor, rezó por ver a Xhex…
Ella estaba más que sobre los pies. Estaba atacando a otro más del cuarteto… incluso aunque había una creciente mancha roja en su pecho, y su brazo derecho colgaba flojo.
John casi perdió la cabeza.
Dando un salto, lanzó su cuerpo entre su compañera y el enemigo, y mientras la empujaba fuera del camino, recibió un golpe destinado a ella… un sólido swing con un bate de béisbol que hizo que le sonasen campanas en la cabeza y por un momento le hizo perder el equilibrio.
Exactamente el tipo de cosa que la habría golpeado de pleno y habría puesto “pagado” a su ataúd.
Con un movimiento rápido, restableció el equilibrio, y luego capturó con ambas manos el segundo intento de convertirlo en un homer.
Dio un puñetazo rápido hacia delante y golpeó al lesser en la cara con su propio bateador de Louisville, dándole al muerto viviente en una fracción de segundo una demostración de melodías en la cabeza. Era el momento de la dominación.
—¡Qué demonios! —le gritó Xhex cuando obligó al asesino a tirarse sobre el suelo.
No había una buena manera de comunicarse, teniendo en cuenta que sus manos estaban cerradas sobre la garganta del lesser. Por otra parte, no les iba a ayudar que ella supiese lo que tenía en mente.
Con una rápida puñalada, John envió al asesino de vuelta al Omega y se levantó. Su ojo izquierdo, el que había sido golpeado con el bate, estaba empezando a hincharse y podía sentir su latido en la cara. Mientras tanto, Xhex todavía estaba sangrando.
—No me vuelvas a hacer eso otra vez, nunca —siseó ella.
Él quería darle un golpecito en la cara con el dedo, pero si lo hacía, no podría hablar. ¡Entonces no luches cuando estás lesionada-herida-dolida!
Cristo, ni siquiera podía comunicarse, sus dedos se atascaban sobre las palabras.
—¡Estaba perfectamente bien!
Joder, estás sangrando…
—Es una herida superficial…
¡Entonces por qué no puedes levantar el brazo!
Ambos se estaban acercando el uno al otro, pero no de buena manera, adelantando las mandíbulas, sus cuerpos se encorvaron agresivamente. Y cuando ella no le respondió al último disparo, supo que había supuesto correctamente… supo, también, que estaba sufriendo.
—Puedo cuidar de mí misma, John Matthew —bufó ella—. No te necesito vigilando sobre mi hombro porque soy una hembra.
Habría hecho lo mismo por cualquiera de los Hermanos. Bueno, en general lo habría hecho. Así que no pongas esa mierda feminista en mí…
—¡¿Mierda feminista?!
Tú eres la única que está hablando sobre tu sexo, no yo.
Los ojos de ella se estrecharon.
—Oh, de verdad. Aunque parezca extraño no estoy convencida. Y si crees que defenderme por mi misma es una maldita declaración política, entonces te has vinculado con la maldita hembra equivocada.
¡Esto no tiene nada que ver con que seas una hembra!
—¡Y una mierda si no lo es!
Con aquel comentario, ella inhaló profundamente, como si le recordara que su aroma de emparejamiento era tan fuerte que destruía incluso el hedor de toda la sangre de lesser esparcida alrededor.
John desnudó sus colmillos e hizo señas, Es sobre tu estupidez causando un riesgo en el campo de batalla.
La boca de Xhex cayó abierta… pero entonces, en lugar de contraatacar, sólo permaneció de pie frente a él.
Abruptamente, cruzó su brazo sano sobre el pecho y se centró sobre el hombro izquierdo de él, sacudiendo la cabeza lentamente adelante y atrás.
Como si estuviese arrepentida no solo de lo que había pasado hacía un minuto, sino de haberse unido a él en primer lugar.
John maldijo y fue a rodearla, sólo para encontrarse que todo el mundo en los callejones —y eso sería Tohr, Qhuinn, Rhage, Blaylock, Zsadist y Phury—, estaba contemplando el show. Y que lo sepas, cada uno de los machos tenía una expresión que sugería que hubiesen estado realmente, verdaderamente, por completo y absolutamente contentos de que la última declaración de John no hubiese salido de su bocaza.
¿Os importa? Señaló John echando fuego por los ojos.
En ese momento, el grupo empezó a dar vueltas alrededor, mirando hacia el cielo oscuro, hacia el pavimento, al otro lado de las paredes de ladrillo del callejón. Un murmullo masculino flotaba sobre la brisa maloliente, como si fuese una convención de críticos de cine discutiendo sobre lo que acababan de proyectar.
A él no le importaban sus opiniones.
Y en este momento de rabia, tampoco le importaba la de Xhex.
*  *
De vuelta en la mansión de la Hermandad, No’One tenía el vestido de emparejamiento de su hija en los brazos… y un doggen plantado frente a ella frustrando su búsqueda de indicaciones para llegar a la lavandería del segundo piso. El primero era bienvenido, lo último no.
—No —dijo ella otra vez—. Yo cuidaré de esto.
—Señora, por favor, esto es una cosa fácil de…
—Por lo tanto dejarme atender el vestido no será un problema para ti.
Entonces el doggen inclinó un poco más la cara y se rindió hasta cierto punto, era una maravilla que no tuviera que levantar los ojos para encontrar los suyos.
—Quizá… Yo tan sólo debería consultarlo con el Jefe Perlmutter…
—Y quizá yo debería decirle lo servicial que has sido mostrándome los suministros de limpieza… y lo mucho que aprecio tu buen servicio hacia mí.
Aunque su capucha estaba levantada y le protegía la cara, el doggen pareció captar su intención con suficiente claridad: no iba a ceder. Ni ante este miembro de la plantilla ni ante ningún otro. Su única opción era lanzarla sobre su hombro y llevársela… pero eso nunca ocurriría.
—Yo estoy…
—A punto de mostrar el camino, ¿no?
—Ah… sí, señora.
Ella hizo una inclinación con la cabeza.
—Gracias.
—Podría coger la…
—¿Delantera? Sí, por favor. Gracias.
Él no tenía que sostener el vestido por ella. O limpiarlo. O colgarlo. O reentregarlo.
Esto era entre su hija y ella.
Con un abatimiento digno de un náufrago, el sirviente giró y empezó a caminar, llevándola a lo largo del corredor que estaba marcado por hermosas estatuas de mármol de machos en varias posiciones. Luego pasó a través de unas puertas batientes al final, giró a la izquierda, y atravesó otro conjunto de puertas.
En este punto, todo cambió. La alfombra sobre el suelo de madera noble ya no era una Oriental, sino una de un sencillo y bien aspirado crema. No había arte sobre estas prístinas paredes cremosas y las ventanas no estaban cubiertas con grandes caídas de color con flecos y borlas, sino con pesadas piezas del algodón del mismo color pálido.
Habían entrado en la parte de los criados de la mansión.
La yuxtaposición había sido la misma en la mansión de padre: Un criterio para la familia. Un criterio para el servicio.
Por lo menos había oído que era así. Nunca había ido a la parte de atrás de la casa cuando había vivido en ella.
—Esto debería ser… —el doggen abrió un par de puertas—… todo lo que ha solicitado.
La habitación era del tamaño de la suite que había tenido en la propiedad de su padre, grande y espaciosa. Excepto que no había ventanas. No había una magnífica cama con un juego de muebles hechos a mano. Ni alfombras bordadas en colores melocotón, amarillo y rojo. Ni armarios llenos de diseños de París o cajones de joyas o cestos con cintas de pelo.
Aquí era donde pertenecía ahora. Especialmente cuando el doggen describió los diversos artilugios blancos como lavadoras y secadoras, y luego detalló el funcionamiento de las tablas de planchar y las planchas.
Sí, las habitaciones de los sirvientes eran su hogar más que las de los invitados, y lo habían sido desde que se había… encontrado a sí misma en un lugar diferente.
De hecho, si pudiese convencer a alguien, cualquiera, de que le diesen una habitación en esta parte de la mansión, sería preferible. Sin embargo, desgraciadamente, como la madre de una de las shellans emparejada con uno de los principales guerreros de la casa, se le concedía un privilegio que no merecía.
El doggen empezó a abrir alacenas y armarios, mostrándole toda clase de equipamientos y mejunjes descritos de diversas formas como vapores y quitamanchas y planchadores…
Después de acabar el tour, ella examinó alrededor y se levantó torpemente sobre su pie bueno para dejar la parte superior de la percha del vestido sobre un pomo.
—¿Hay alguna mancha de la cual sea consciente? —preguntó el doggen mientras ella repasaba la cenefa.
No’One procedió a revisar cada centímetro cuadrado de los extensos bajos, el corpiño y las mangas ranglan.
—Sólo hay esto que yo pueda ver. —Ella se agachó cuidadosamente vigilando no poner demasiado peso en su pierna débil—. Aquí, donde el dobladillo roza el suelo.
El doggen hizo lo mismo y examinó el ligero oscurecimiento de la tela, sus pálidas manos tan seguras, el ceño fruncido por la concentración en lugar de confuso.
—Sí, lavado en seco manual, creo.
Él la llevó al lugar más alejado de la habitación y le describió un proceso que fácilmente iba a llevarle horas. Perfecto. Y antes de que ella le dejase marchar, insistió en que se quedase para el primer par de tratamientos. Como eso le hizo sentir más útil, funcionó para ambos.
—Creo que estoy preparada para continuar sola —dijo finalmente.
—Muy bien, señora. —Él hizo una reverencia y sonrió—. Bajaré y procuraré tener preparada la Última Comida. Si necesita algo, por favor llámeme.
Por lo que había aprendido desde su llegada, eso requería un teléfono…
—Aquí —dijo él, sobre los números—. Marque “asterisco” y “uno” y pregunte por mí, Geenley.
—Has sido de gran ayuda.
Ella apartó la mirada con rapidez, no queriendo ver como se inclinaba ante ella. Y no intentó respirar profundamente hasta que la puerta se cerró tras él.
Ahora sola, puso las manos en sus caderas y dejó la cabeza inclinada durante un momento, la presión en el pecho hacía difícil llenar sus pulmones.
Cuando había venido aquí esperaba luchar… y lo hacía, pero no con las cosas que había previsto.
No había considerado qué difícil sería existir en una casa aristocrática. De hecho, la casa de la Primera Familia. Al menos cuando había subido con las Elegidas, habían sido otros ritmos y reglas, sin nadie por debajo de ella. ¿Aquí? La gente de elevada posición le había privado de oxígeno durante mucho tiempo.
Querida Virgen Escriba, tal vez debería haberle pedido al sirviente que se quedara. Al menos la necesidad innata de serenidad le había dado un golpe en la autoestima. Sin nadie de quien esconderse, no obstante, luchó por respirar.
La túnica iba a tener que irse.
Cojeando hacia las puertas, fue a cerrarlas pero se encontró con que no tenían cerrojo. No era lo que había esperado.
Abriéndola un poco, asomó la cabeza y verificó dos veces el largo pasillo.
Todos los sirvientes debían estar abajo preparando comida para la gente de la casa. Aún más importante, no había manera de que nadie salvo un doggen estuviese en esta parte de la mansión.
Estaba a salvo de otros ojos.
Agachándose, aflojó el lazo de su cintura, retiró la capucha de encima de su cabeza y luego se despojó del peso que soportaba cada vez que estaba en público. Ah, glorioso alivio. Extendiendo los brazos hacia arriba, estiró los hombros y la espalda, luego movió el cuello de un lado a otro. Su última pretensión fue levantar la pesada trenza de su cabeza y colocársela sobre el hombro, aliviando un poco la tensión de la nuca.
Salvo por la primera noche que había venido a la casa y se había enfrentado a su hija —así como al Hermano que había tratado de salvarla tanto tiempo atrás— nadie había visto sus facciones. Y nadie lo haría a partir de ahora. Desde esa breve revelación, siempre había estado cubierta y seguiría de esa manera.
Una prueba de identidad había sido un mal necesario.
Como siempre, bajo la ropa llevaba un simple vestido de tubo de lino que había hecho ella misma. Tenía unos cuantos, y cuando se volvían demasiado delgados, los reciclaba como toallas para secarse. No estaba segura de donde encontraría aquí la tela para reemplazarlos, pero ese no era un problema. Con el fin de refrescarse para no tener la necesidad de alimentarse, iba con regularidad al Otro Lado, y entonces podría obtener lo que necesitase.
Los dos lugares eran tan diferentes. Y sin embargo, en cualquiera de los dos, sus horas eran iguales: infinitas, solitarias…
No, no totalmente solitarias. Ella había venido a este lado para encontrar a su hija, y ahora que lo había hecho, iba a…
Bien, esta noche iba a limpiar este vestido.
Acariciando el fino tejido, no pudo detener los recuerdos que estallaban, como un géiser, sin ser bienvenidos.
Ella había tenido vestidos como este. Docenas de ellos. Habían llenado el armario de sus alojamientos nocturnos, esas habitaciones maravillosamente equipadas que habían tenido puertas francesas.
Las cuales habían demostrado ser menos que seguras.
Mientras sus ojos se empañaban, luchó para detener el pasado. Había estado de paso por ese agujero negro demasiadas veces para contarlas…
—Deberías quemar esa túnica.
No’One giró alrededor tan rápido, que estuvo a punto de arrancar el vestido de la mesa de trabajo.
En la puerta había un macho enorme con el pelo rubio-y-negro. Verdaderamente, era tan grande que llenaba las jambas dobles, pero esa no era la cosa más increíble.
Él había aparecido con un destello.
Por otra parte, estaba cubierto de oro, aros y clavos marcando sus orejas, sus cejas, sus labios, su garganta.
No’One se lanzó a por lo que normalmente la cubría y él permaneció de pie tranquilamente mientras ella se rodeaba con la túnica.
—¿Mejor? —dijo él suavemente.
—¿Quién eres tú?
Su corazón latía tan deprisa que las tres palabras salieron con rapidez. Ella no estaba bien con machos en espacios cerrados, y él era muy macho.
—Soy un amigo tuyo.
—¿Entonces por qué no nos han presentado todavía?
—Algunas personas dirían que eres afortunada por haberlo estado evitando —murmuró—. Y me has visto en las comidas.
Ella supuso que lo había hecho. Como de costumbre, mantenía la cabeza gacha y los ojos en el plato, pero sí, en la periferia, había estado allí.
—Eres muy hermosa —dijo él.
Había dos cosas que le impedían por completo entrar en pánico: primera, no había especulación en su profunda voz, ni pasión masculina, nada que le hiciese angustiarse; y la segunda, él había cambiado de posición, recostándose contra la jamba… dejándole espacio para salir corriendo si tenía que hacerlo.
Como si supiera lo que la ponía nerviosa.
—Te he estado dando algo de tiempo para instalarte y orientarte —murmuró él.
—¿Por qué harías algo así?
—Porque estás aquí por una razón muy importante, y voy a ayudarte.
El brillo del macho era pálido, sus ojos sin pupilas se mantenían sobre los de ella, aunque su cara estaba en la sombra… como si no estuvieran solo mirándola por fuera, sino por dentro.
Ella dio un paso atrás.
—No me conoces.
Al menos esa era una verdad tan sólida que podía plantar sus pies en ella: incluso si quien quiera que fuera hubiera sido conocido de sus padres, su familia, su linaje, no la conocía. Ella no era quien había sido una vez: el secuestro, el parto, su muerte había dejado la pizarra limpia.
O la había roto en pedazos, más exactamente.
—Sé que puedes ayudarme —dijo él—. ¿Qué hay sobre eso?
—¿Estás buscando una sirvienta?
Difícil de imaginar, dada la cantidad de personal de esta casa… pero eso era irrelevante. No quería servir a un macho de ninguna forma íntima.
—No. —Ahora sonrió, y ella tuvo que admitir que él parecía un poco… amable—. Sabes que tu falta no tiene porque hacer que seas servil.
Ella levantó la cabeza un poco más alta.
—Todo trabajo es honorable.
Ese era un hecho que ella había eludido antes de que todo cambiase. Querida Virgen Escriba, había sido una mocosa mimada, sobreprotegida y sin conocimientos. Y desprenderse de aquellas feas ropas ceremoniales adornadas de autoestima fue la única cosa buena que había salido de todo esto.
—No sostengo lo contrario. —Él ladeó la cabeza, como si la estuviese imaginando en un sitio diferente, con ropas diferentes. O quizá solo era un cuello estirado, quien lo sabía—. Tengo entendido que eres la madre de Xhex.
—Soy la hembra que la trajo al mundo, sí.
—He escuchado que Darius y Tohr la dieron en adopción después de que naciese.
—Lo hicieron. Ellos me dieron refugio durante mi convalecencia. —Se saltó la parte en la que cogía aquella daga y la usaba sobre su propia carne: ya había hablado demasiado con este macho.
—Sabes, Tohrment, hijo de Hharm, ha pasado mucho tiempo mirando en tu dirección durante las comidas.
No’One retrocedió.
—Estoy segura de que estás equivocado.
—Mis ojos funcionan muy bien. Como los de él, aparentemente.
Ahora ella rió, el fuerte y corto arranque saliendo de su garganta.
—Puedo asegurarte que no es porque yo le guste.
El macho se encogió de hombros.
—Bien, los amigos pueden no estar de acuerdo.
—Con el debido respeto, no somos amigos. No te conozco…
De repente, la habitación se inundó de un brillo dorado, la luz tan suave como la mantequilla y deliciosa, y ella sintió que su piel picaba por el calor.
No’One dio un paso más atrás cuando se dio cuenta de que no era una ilusión óptica cortesía de toda la joyería que llevaba. El macho era la fuente de iluminación, su cuerpo, su cara, su aura era como un montón de fuego.
Cuando él le sonrió, su expresión fue como la de un hombre santo.
—Mi nombre es Lassiter, y te diré todo lo que necesites saber sobre mí. Soy primero un ángel y segundo un pecador, y no llevo aquí mucho tiempo. Nunca te haré daño, pero estoy preparado para hacerte sentir bastante jodidamente incómoda si tengo que hacerlo para llevar a cabo mi trabajo. Me gustan las puestas de sol y los largos paseos por la playa, pero mi hembra perfecta ya no existe. Ah, y mi pasatiempo favorito es molestar a la gente de mierda. Supongo que he sido criado para sacar a la gente de sus casillas… probablemente por todo lo de la resurrección.
La mano de No’One se movió sigilosamente y mantuvo su túnica junta con una fuerte presión.
—¿Por qué estás aquí?
—Si te lo digo ahora, sólo lucharías contra ello con uñas y dientes, pero déjame decirte que creo en los círculos completos… simplemente no he podido ver en el que estamos hasta que has venido. —Él le hizo una pequeña reverencia—. Cuida de ti misma… y de ese hermoso vestido.
Con eso, se fue, alejándose, llevándose el calor y la luz con él.
Desplomándose hacia atrás contra el mostrador, le llevó un momento darse cuenta de que le dolía la mano. Mirando hacia abajo, la observó desde la distancia, viendo los nudillos blancos y la rígida carne contra las solapas de la túnica como si fuese la extremidad de otra persona.
Siempre era así cuando miraba alguna parte de su cuerpo.
Pero al menos podía mandar sobre su carne: Su cerebro le ordenó a la mano que estaba unida al brazo que se aferraba al torso, que se soltase y relajase.
Cuando obedeció, miró hacia atrás, hacía donde el macho había estado. Las puertas estaban cerradas. Excepto… que él no las había cerrado, ¿no?
¿Todavía estaba aquí?
Ella se precipitó y miró fuera, en el pasillo. En todas direcciones… allí no había nadie.


Capítulo 5

Después de casi doscientos años de haber estado emparejado, Tohr estaba bastante familiarizado con la forma de argumentar entre los luchadores tercos y las mujeres de mal genio. Y qué ridículo era tener un ataque de nostalgia por la forma en que John y Xhex estaban lanzándose miradas airadas el uno al otro.
Dios, su Wellsie y él habían tenido unos cuantos buenos asaltos durante su tiempo juntos.
Solo una cosa más que lamentar.
Después de reactivar su exhausto cerebro, dio un paso entre aquel par, imaginándose que la situación necesitaba una inyección de realidad. Si hubiera sido entre otros dos, no hubiera desperdiciado su aliento. El romance no era asunto suyo, tanto si iba bien como mal, pero era John. Era… el hijo que una vez había esperado tener.
—Tiempo de volver al complejo —dijo—. Vosotros dos necesitáis tratamiento.
—¡No te metas!
¡No te metas!
Tohr estiró la mano y pellizcó a John por la nuca, retorciendo aquellos tendones hasta que el macho se vio obligado a mirarlo.
—No seas un gilipollas con esto.
Oh, vamos, está bien para ti ser un gilipollas…
—Déjalo, chaval. Eso es un privilegio de la edad. Ahora cállate y súbete al condenado coche.
John frunció el ceño como si acabara de notar que Butch había llegado con el Escalade.
—Y tú —dijo Tohr en un tono más suave—. Haznos a todos un favor y deja que atiendan ese hombro. Después, puedes llamarlo jodido imbécil, caraculo o cualquier otra cosa que se te ocurra… pero ahora mismo, esa herida tuya está volviendo a cerrarse de tres o cuatro malas formas. Necesitas ver a nuestros cirujanos rápidamente, y eres una hembra razonable, sé que veras las ventajas de lo que te estoy diciendo…
Tohr levantó su índice y se lo clavó a John en la cara.
—Sube. Arriba. Y no, ella se va a trasladar solita al complejo. ¿Verdad, Xhex? No va a subir en ese SUV contigo.
Las manos de John empezaron a moverse, pero se detuvieron cuando Xhex habló.
—Vale, iré ahora al norte.
—Bien. Vamos, hijo —Tohr empujó a John en dirección al SUV, listo para agarrarlo por el corto cabello si tenía que hacerlo—. Tiempo para un pequeño paseo.
Tío, John estaba tan cabreado que se podía freír un huevo en su cabeza.
Te.Jo.Des. Tohr abrió la puerta del pasajero y empaquetó al luchador en el asiento de delante como si fuera un saco de dormir o una bolsa de palos de golf, o quizás una bolsa de alimentos.
—¿Puedes ponerte el cinturón de seguridad como un chico grande… o tengo que hacerlo por ti?
Los labios de John se elevaron, los colmillos al descubierto.
Tohr solo sacudió la cabeza y apoyó un brazo sobre la pintura negra de la carrocería del SUV. Joder, estaba mortalmente cansado.
—Escúchame… como macho que ha estado en tus botas con esta clase de cosas como un millón de veces, ahora mismo vosotros dos necesitáis algo de espacio. Esquinas separadas, un poco de tranquilidad… luego podéis explicaros toda la mierda y… —su voz enronqueció—. Bueno, el sexo de reconciliación es fantástico, si los recuerdos sirven.
La boca de John formó un par de variaciones de joder. Luego golpeó la cabeza contra el respaldo. Dos veces.
Nota mental: Fritz tenía que revisar los daños en el asiento.
—Confía en mí, hijo. Vosotros dos vais a hacer esto de vez en cuando, y tú también deberías empezar a manejar esto con racionalidad ahora. Me llevó unos cincuenta años jodiéndola peor aún y descubrí una forma mejor de manejar las discusiones. Aprende de mis errores.
La cabeza de John se levantó y empezó a vocalizar.
La amo tanto, moriría si le ocurriera algo a e…
Cuando se paró de golpe, Tohr respiró profundamente a través del dolor de su pecho.
—Lo sé. Confía en mí… lo sé.
Cerrando la puerta de un golpe, dio la vuelta por el lado de Butch. Cuando la ventanilla bajó, habló en voz baja.
—Conduce despacio y toma la ruta larga. Vamos a intentar que ella entre y salga de cirugía antes de que él llegue. Lo último que necesitamos es tenerlo encima del culo de Manny en el sala de cirugía.
El poli asintió.
—Oye, ¿quieres un paseo de vuelta? No pareces muy caliente.
—Estoy bien.
—¿Estás seguro de lo que significan esas dos palabras?
—Ajá. Te veré más tarde.
Cuando se apartó, vio que Xhex se había ido, y supo que había una buena probabilidad de que hubiera hecho lo que se le había dicho que hiciera. Aunque estaba tan cabreada como John, era dudoso que fuera estúpida con su salud, o su futuro.
Las hembras, después de todo, no eran solo el sexo más bello, sino el más razonable. Que era la única razón por la que la raza había sobrevivido este tiempo.
Mientras el Escalade se deslizaba como una serpiente, Tohr anticipó toda la diversión que Butch iba a tener de camino a casa. Difícil no sentir pena por el pobre bastardo.
Yyyyyyyyyyyyyyyy luego él se encaró con su galería de tontos. Parecía que el poli de Boston no sería el único en echarle la bronca, y bastante seguro, cada uno de los machos le lanzaría una frase.
—Tiempo de volver al centro de entrenamiento.
—Necesitas tratamiento.
—Eres un macho razonable, y sé que apreciaras las ventajas de lo que te estoy diciendo.
—No seas un idiota.
Rhage se apuntó a la regurgitación con cuatro palabras.
—Apártate.Que.Me.Tiznas.
Jodido infierno.
—¿Habéis planeado esto?
—Sí, y si tú luchas contra nosotros —Hollywood mordió su Tootsie Pop de uva— lo haremos otra vez… solo que esta vez con los pasos del baile.
—Ahórramelo.
—Bien. A menos que accedas volver a casa conmigo, nosotros bailaremos los pasos —para probar su intención, el imbécil unió las palmas tras la cabeza y empezó a hacer algo obsceno con sus caderas. Lo que iba apoyado sobre una serie de sonidos—. Uh-huh, uh-huh, ohhhh, yeeeeeeeaaaah quién es tu papaíto…
Los otros miraron a Rhage como si le hubiera crecido un cuerno en medio de la frente. Nada raro. Y Tohr sabía que, a pesar de su ridícula diversión, si no cedía, todos ellos patearían tan rápido su culo, que estaría escupiendo shitkickers.
Algo nada raro.
Rhage giró en redondo, sacó el culo para atrás, y empezó a dar palmadas en su contoneante culo-de-oro como si fuera masa de pan.
¿La única ventaja? Cualquier mierda que estuviera declamando era amortiguada.
—Por el amor de la Virgen Escriba —murmuró Z— sácanos de esta miseria, y vamos a la condenada casa.
Alguien más metió baza.
—Sabes, nunca pensé que hubiera ventajas en ser ciego…
—O sordo
—O mudo —añadió alguien.
Tohr miró alrededor a la periferia, esperando que algo que oliera como un sándwich de carne de tres días saltara de las sombras.
No hubo suerte.
Y lo siguiente que supo fue Rhage en modo robot. O breakdance. O un “Twist and Shout”[i] sobre sus traseros.
Sus hermanos nunca lo olvidarían.
*  *
Una hora y media…
Costó una hora y treinta puñeteros minutos volver a casa.
Por lo que John pudo calcular, la única manera de que el viaje costara tanto era si Butch había dado un rodeo alrededor de Connecticut. O quizás Maryland.
Cuando finalmente pararon delante de la gran mansión, no pudo esperar a que el Escalade estuviera aparcado… o siquiera redujera la velocidad. Abrió la puerta y saltó mientras el SUV todavía estaba en marcha. Aterrizando con una carrera deslizante, subió los escalones de piedra llegando hasta la entrada principal de un solo salto, y después irrumpió en el vestíbulo, metiendo su cara con tanta fuerza en la cámara de seguridad, que casi rompió la lente con la nariz.
La enorme puerta de bronce se abrió con bastante rapidez, pero una mierda si podía decir quién hizo los honores. Ni el increíble vestíbulo con los colores del arco iris con sus columnas de mármol y malaquita y su elevado techo pintado lo impresionaron. Ni lo hizo el mosaico de azulejos sobre el suelo mientras cruzaba en una carrera desesperada, o las voces de quién-demonios-sabía que gritaban su nombre.
Golpeando la puerta que se ocultaba bajo la gran escalera, se abrió camino por el túnel subterráneo que conectaba con el centro de entrenamiento, estampando los códigos de paso tan brutalmente que se preguntó si no rompería los teclados. Entrando a través del fondo del armario de la oficina, giró alrededor del escritorio, disparándose a través de las puertas de cristal, y…
—La están operando ahora —anunció V desde unos cincuenta metros. El Hermano estaba esperando fuera de la puerta de la sala de exploración principal, un clavo-de-ataúd entre los dientes, un encendedor en la mano enfundada en un guante.
—Serán otros veinte minutos más o menos.
Mientras el shhhh-ch se elevaba, una pequeña llama hizo su aparición y V llevó el fuego hasta la punta de su cigarrillo. Cuando exhaló, el aroma del tabaco turco flotó despacio por el pasillo.
Frotándose la dolorida cabeza, John se sintió como si estuviera metido en un metafórico tiempo muerto.
—Va a estar bien —dijo V con un chorro de humo.
Ahora no había razón para apresurarse, y no solo porque ella estaba sobre la mesa. Era bastante condenadamente obvio que a V lo habían dejado fuera en el pasillo como un tope viviente y respirando: John no iba a entrar en aquella habitación hasta que el Hermano le dejara.
Probablemente inteligente. Dado su humor, él habría sido perfectamente capaz de derribar la puerta al estilo de los dibujos animados, no dejando nada más que la silueta de su cuerpo en el panel… y naturalmente, eso era lo último que todo el mundo quería en mitad de una fiesta-de-escalpelo.
Despojado de un objetivo, John arrastró su arrepentido culo hasta el Hermano.
Te dejaron aquí, ¿no?
—Nah. Solo el tiempo para un cigarrillo.
Ya. Vale
Acomodándose contra la pared más cercana al macho, John estuvo tentado de golpear la parte posterior de su cabeza contra el cemento, pero no quiso arriesgarse a hacer ningún ruido.
Era demasiado pronto, pensó. Demasiado pronto para ser expulsado fuera de otro más de sus procedimientos. Demasiado pronto para que ellos dos estuvieran peleándose. Demasiado pronto para la tensión y la ira.
¿Puedo intentar con uno de esos? dijo por señas.
V elevó una ceja, pero no intentó convencerlo de que fuera sensato. El Hermano solo sacó una petaca y algunos papeles de cigarrillo.
—¿Quieres hacer los honores tú mismo?
John negó con la cabeza. Por una parte, aunque había observado el proceso de enrollado de V incontables veces, nunca había intentado nada parecido antes. Por otra, no creía que sus manos estuvieran lo bastante firmes.
V se hizo cargo de las cosas por el momento, mientras le daba el clavo-de-ataúd, le dio un golpecito a su encendedor.
Ambos se inclinaron. Justo antes de que John conectara el cigarrillo con la llama, V le advirtió.
—Una advertencia. Eso pega fuerte, no aspires demasiado…
Santa hipoxia, Batman.
Los pulmones de John no solo rechazaron la arremetida: sufrieron un ataque. Y mientras escupía sus bronquios, V le quitó el artefacto atacante. Atento… lo que quería decir que pudo apoyar las palmas sobre los muslos mientras se inclinaba sobre ellos y tenía arcadas.
Cuando las estrellas desaparecieron de sus ojos llenos de lágrimas, miró a V… y sintió que sus pelotas se marchitaban e hibernaban en su bajo vientre. El Hermano había tomado el enrollado-a-mano de John y lo había añadido al suyo, aspirando de ambos al mismo tiempo.
Genial. Como si no se sintiera ya como un marica.
V sostenía ambos entre el índice y el dedo medio.
—¿A menos que quieras dar otro viaje?
Cuando John sacudió la cabeza, él hizo un gesto de aprobación.
—Buena opción. Una segunda calada y tu siguiente parada sería la papelera… y no para lanzar tu Kleenex, verdad.
John dejó que su culo se deslizara por la pared hasta que el suelo de linóleo subió y capturó su rabadilla.
¿Dónde está Tohr? ¿Ya ha llegado a casa?
—Sip. Lo envié a comer. Le dije que no le estaba permitido bajar hasta que tuviera una declaración jurada de que se había tragado una comida completa con postre —V dio otra calada y habló sobre el fragante humo—. Casi tuve que llevarlo allí arriba yo mismo. Está allí por ti, de verdad.
Casi consiguió matarse esta noche.
—Lo mismo se podría decir de todos nosotros. Es la naturaleza de nuestro trabajo.
Sabes que con él es diferente.
Todo lo que consiguió de vuelta fue un gruñido.
Mientras el tiempo pasaba y V fumaba como un tío grande, John se encontró queriendo preguntar la impreguntable.
Tambaleándose en el borde del decoro, la desesperación finalmente lo envió por encima. Silbando con suavidad para que V lo mirara, utilizó las manos con cuidado.
Como muere ella, V —mientras el Hermano se tensaba, John habló por señas—. He escuchado que algunas veces ves esas cosas. Si supiera que será a una edad avanzada, podría manejar esta mierda de ella en el campo de batalla mucho mejor.
V sacudió la cabeza, sus cejas oscuras bajaron sobre los ojos diamantinos, el tatuaje de su sien cambió de forma.
—No deberías hacer ningún cambio en tu vida basado en mis visiones. Son solo destellos de un momento en el tiempo… podría ser la próxima semana, el próximo año o tres centurias desde ahora. Ocurren sin contexto, no cuándo y dónde.
Con la garganta cerrada, John se echó atrás
 Así que muere violentamente.
—No he dicho eso.
¿Qué le ocurrirá? Por favor.
Los ojos de V se alejaron de forma que estuvo mirando fijamente a través del pasillo de cemento. Y en el silencio, John estaba a la vez aterrorizado y hambriento por saber cualquier cosa que el Hermano estuviera viendo.
—Lo siento John. Una vez cometí el error de contarle a alguien esta información. Lo tranquilizó a corto plazo, de verdad que lo hizo, pero… al final, fue una maldición. Así que, sí, sé de primera mano que abrir esa lata de gusanos no lleva a nadie a ningún lugar —echó un vistazo sobre el hombro—. Divertido, mucha gente no quiere saber, ¿cierto? Y creo que es bueno y la forma en que se supone que debe ser. Por eso no puedo ver mi propia muerte. O la de Butch. O la de Payne. Demasiado cercanos. Se supone que debemos vivir la vida a ciegas… que es como no se da la mierda por supuesta. La porquería que veo no es natural… y no es cierta, chico.
John sintió que un gran zumbido se establecía en su cabeza. Sabía que lo que el tipo decía tenía sentido pero estaba estremeciéndose con la necesidad de saber. Una mirada a la mandíbula de V, no obstante, le dijo que estaría ladrándole al árbol equivocado si persistía en el asunto.
No iba a responderle nada.
Excepto, quizá, un puñetazo.
Aún así, era horrible permanecer al borde de tal conocimiento, sabiendo que estaba ahí fuera en el mundo, un libro que no podría, no debería ser leído… que sin embargo él se estaba muriendo por tenerlo en sus manos.
Solo era… toda su vida estaba allí dentro con la Doc Jane y Manny. Todo lo que era, y sería siempre, estaba sobre aquella tabla, apagada como una luz, siendo reparada porque el enemigo la había herido.
Cuando cerraba los ojos, veía la locura en la cara de Tohr mientras el Hermano atacaba a aquel lesser.
Sí, pensó, ahora sabía desde su médula cómo se sentía exactamente el macho.
El tormento te obligaba a hacer alguna bonita cabronada.




Capítulo 6

Arriba, en el comedor principal, los alimentos que Tohr estaba comiendo con los demás eran únicamente textura, no tenían sabor. De igual forma, la conversación que tenía lugar alrededor de la mesa era únicamente sonido insignificante. Y las personas sentadas a ambos lados eran como bosquejos en dos dimensiones, nada más.
Sentado junto a sus hermanos, sus shellans y los invitados de la mansión, todo lo que le rodeaba era como un vago y distante borrón.
Bueno, casi todo.
Solo una cosa en la vasta habitación le causaba alguna impresión.
Más allá de la porcelana y la plata en el extremo más lejano, tras los ramos de flores y los curvos candelabros, una figura envuelta en una túnica estaba sentada, inmóvil y en actitud autosuficiente, precisamente en el asiento opuesto a él. Llevaba la capucha puesta y lo único que asomaba desde debajo de los ropajes de la mujer eran un par de delicadas manos que, de cuando en cuando, cortaban un pedazo de carne o tomaban un poco de arroz con el tenedor.
Comía como un pájaro. Era silenciosa como una sombra.
Y no tenía ni idea de por qué estaba aquí.
La había enterrado en el Antiguo País. Bajo un manzano, porque tenía la esperanza de que las fragantes flores la aliviaran en la muerte.
Dios sabía que en el final de su vida no lo había tenido fácil.
Y, sin embargo, estaba viva de nuevo. Había venido del Otro Lado con Payne, la demostración de que cuando se trataba de la Virgen Escriba y la concesión de bendiciones, todo era posible.
—¿Más cordero, señor? —preguntó un doggen desde detrás de su codo.
Tohr tenía el estómago cerrado como un puño, pero aún sentía las articulaciones débiles y la cabeza ida. Decidió que comer era mejor que pasar por la tortura de alimentarse, así que asintió.
—Gracias.
Mientras le rellenaban el plato con carne y aceptaba más arroz pilaf, miró a su alrededor, a los demás, tan solo para tener algo que hacer.
Wrath estaba sentado a la cabecera de la mesa, el Rey presidiendo sobre todo y todos. Se suponía que Beth debía sentarse en el sillón de la cabecera opuesta, pero en vez de ello, y como de costumbre, estaba sentada en el regazo de su hellren. También como de costumbre, Wrath se preocupaba más de hacer los honores a su hembra que de comer: aunque en la actualidad estaba ya completamente ciego, alimentaba a su shellan desde su plato, levantando el tenedor y manteniéndolo en alto para que ella inclinara la cabeza y aceptara lo que él le ofrecía.
Lo orgulloso que se mostraba de ella, el placer que encontraba en cuidar de ella, la maldita calidez que existía entre ellos, transformaba su áspero y aristocrático rostro en algo casi tierno. Y, de vez en cuando, descubría sus largos colmillos, como si estuviera deseando que se quedaran a solas para hundirse en ella… de varias formas.
No era el tipo de cosa que a Tohr le venía bien ver.
Miró a otro lado y pilló a Rehv y Ehlena sentados uno junto al otro, haciéndose arrumacos. Y Phury y Cormia. Y Z y Bella.
Rhage y Mary…
Frunciendo el ceño, recordó como la Virgen Escriba salvó a la hembra de Hollywood. Había estado al borde de la muerte, cuando fue salvada para concedérsele una larga vida.
Abajo, en el hospital, ocurría lo mismo con Doc Jane. Muerta, pero devuelta a la vida, con solo buenos años por delante para ella y su hellren.
Los ojos de Tohr se concentraron en la figura con la túnica frente a él.
La ira hervía en su tenso estómago, aumentando la presión: esa aristócrata caída en desgracia, que ahora se hacía llamar No’One, también estaba de vuelta, habiendo recibido el don de una nueva vida por la jodida madre de la raza.
¿Pero su Wellsie?
Muerta y desaparecida. Nada más que recuerdos y cenizas.
Para siempre jamás.
Empezando a cabrearse en serio, se preguntó a quién tenías que chupársela o sobornar para conseguir ese tipo de dispensa. Su Wellsie había sido una hembra de valía, igual que estas otras tres… ¿por qué a ella no? ¿Por qué cojones él no podía ser como esos otros machos, esperando con alegría el resto de su vida?
¿Por qué no había tenido piedad con él y su shellan cuando más la necesitaban…?

Estaba mirándola.
No… estaba mirándola fijamente.
Desde el otro lado de la mesa, Tohrment, hijo de Hharm, miraba fijamente a No’One con ojos duros y furiosos, como si lo molestara no solo su presencia en la casa, sino también el mismísimo aire que respiraba y hasta el latido de su corazón.
La expresión que tenía no favorecía sus rasgos. De hecho, había envejecido tanto desde la última vez que le vio, incluso aunque los vampiros, especialmente los de linaje fuerte, aparentaban encontrarse a mediados o finales de los veinte hasta justo antes de morir. Y ese no era el único cambio que se había operado en él. Sufría de una persistente pérdida de peso: no importaba la cantidad de comida que ingiriera en la mesa, no tenía suficiente carne sobre los huesos, tenía el rostro marcado por los pómulos hundidos, la mandíbula demasiado afilada y los ojos hundidos y rodeados de sombras por encima y por debajo.
Sin embargo, cualquiera que fuera su enfermedad física, no le impedía luchar. No se había cambiado para la comida y sus húmedas ropas estaban manchadas de sangre roja y aceite negro, los recordatorios viscerales de en qué ocupaban sus noches todos los machos.
Por lo menos, se había lavado las manos.
Se preguntó dónde estaría su compañera. No había visto evidencias de una shellan… ¿quizás había permanecido solo todos estos años? Si hubiera tenido una hembra, con toda seguridad hubiera estado aquí para apoyarle.
Ocultó aún más la cabeza bajo la capucha y colocó el cuchillo y el tenedor a un lado de su plato. No tenía más apetito de comida.
Tampoco estaba hambrienta de ecos del pasado. Sin embargo, estos últimos no eran algo que pudiera rechazar educadamente…
Tohrment era tan joven como ella cuando pasaron todos esos meses juntos en aquella cabaña fortificada del Antiguo País, refugiándose del frío del invierno, la humedad de la primavera, el calor del verano y los vientos del otoño. Habían pasado cuatro estaciones contemplando como su vientre se hinchaba con una vida, todo un ciclo de calendario en el que él y su mentor, Darius, la habían alimentado, dado cobijo y cuidado.
No se trataba de cómo tenía que haber transcurrido su primer embarazo. Ni de cómo se suponía que tenía que haber vivido una hembra de su procedencia. No se trataba de nada que el destino que ella esperaba tener le hubiera proporcionado jamás.
En cualquier caso, fue muy arrogante por su parte dar nada por hecho. Y no hubo vuelta atrás, seguía sin haberla. Desde el instante en que fue capturada y arrancada de su familia, fue marcada para siempre, igual que si le hubieran tirado ácido a la cara o quemado su cuerpo hasta dejarla irreconocible o perdido miembros o la vista o el oído.
 Pero eso no era lo peor de todo. Ya era suficientemente malo que hubiera sido mancillada sin más, ¿pero por un symphath? ¿Y que el estrés hubiera desatado su primera necesidad?
Había pasado esas cuatro largas estaciones bajo ese tejado de paja sabiendo que tenía un monstruo creciendo en las entrañas. Ciertamente, ya hubiera perdido su respetabilidad social si la hubiera raptado un vampiro y hubiera privado a su familia de lo más valioso de ella: su virginidad. Antes de su secuestro, como la hija del leahdyre del Consejo, era un artículo de gran valor, del tipo que se mantiene a buen recaudo y se muestra solo en ocasiones especiales, para ser admirado como una joya de importancia.
De hecho, su padre había estado negociando su apareamiento con alguien que le hubiera proporcionado un nivel de vida más alto aun que en el que había nacido…
Con terrible claridad, recordó como estaba arreglándose el cabello cuando se oyó el suave clic de la puerta francesa.
Dejó el cepillo sobre el tocador.
Y entonces, alguien que no fue ella, abrió el cerrojo…
Desde entonces, en los momentos de tranquilidad, a veces imaginaba que esa noche había bajado a sus aposentos subterráneos con su familia. No se encontraba bien, probablemente era un síntoma previo de su período de necesidad… y se había quedado arriba porque allí había más distracciones para su inquietud.
Sí… a veces fingía que les había acompañado al sótano y, una vez allí, finalmente le había hablado a su padre sobre la extraña figura que aparecía frecuentemente en la terraza de su habitación.
Se hubiese salvado a sí misma.
Hubiera salvado de su ira al guerrero que tenía enfrente…
Había usado la daga de Tohrment. Justo después del parto, le quitó repentinamente el arma. Incapaz de tolerar la realidad de lo que había traído al mundo, incapaz de seguir viviendo con el destino al que había sido condenada, había apuntado la hoja a su propio estómago.
Lo último que oyó antes de que la luz la reclamara fue a él gritando…
El chirrido de la silla de Tohr al retirarse la sobresaltó, y todos se quedaron en silencio alrededor de la mesa, todos pararon de comer, todos se detuvieron y todas las conversaciones se interrumpieron mientras él abandonaba la habitación.
 No’One tomó su servilleta y se limpió la boca por debajo de la capucha. Nadie la miró, como si a todos ellos les hubiera pasado inadvertida su fijación con ella. Pero desde el lado opuesto, el ángel de cabello negro y rubio estaba mirándola fijamente.
Desviando la mirada de la suya, vio a Tohrment saliendo de la sala de billar al otro lado del recibidor. En cada mano llevaba una botella de algún líquido oscuro y su rostro serio era lo más parecido a una máscara mortuoria.
Cerró los párpados y buscó en lo más profundo de su interior, intentando encontrar la fuerza que iba a necesitar para abordar al macho que acababa de marcharse tan bruscamente. Había venido a este lado, a esta casa, a arreglar las cosas con la hija que había abandonado.
Sin embargo, alguien más merecía una disculpa.
 Y a pesar de que las palabras de arrepentimiento eran su objetivo final, iba a comenzar por el vestido: se lo devolvería tan pronto como terminara de limpiarlo y plancharlo, con sus propias manos. Era algo tan insignificante en comparación. Pero una debía comenzar por algún lado y el vestido era claramente una antigüedad de generaciones, perteneciente a su línea de sangre, que le había prestado a su hija para que lo llevara, ya que no tenía otra familia.
Seguía ocupándose de Xhexania después de todos estos años.
Era un macho de valía.
No’One hizo una salida más discreta, pero la sala se quedó en silencio una vez más cuando se levantó de su asiento. Manteniendo la cabeza baja se marchó, pero no a través de la arcada como él, sino por la puerta del mayordomo que conducía a la cocina.
Cojeó por delante de los hornos, los mostradores y los ocupados y desaprobadores doggen y subió por la escalera de atrás, la que tenía simples paredes blancas y escalones de pino.
—Era de su shellan.
La suave suela de cuero de su zapatilla chirrió cuando se dio la vuelta. Abajo del todo, el ángel estaba de pie en el primer escalón.
—El vestido —dijo—. Era el que Wellesandra llevaba la noche de su emparejamiento hace casi doscientos años.
—Ah, entonces se lo devolveré a su compañera…
—Está muerta.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Muerta…
—Un lesser le disparó en la cara —sus ojos blancos no parpadearon ante el jadeo de No’One—. Estaba embarazada.
No’One se apoyó en el pasamanos al tambalearse.
—Lo siento —dijo el ángel—. No se me da bien lo de endulzar la mierda y necesitas saber en lo que te estás metiendo si vas a devolverle eso. Xhex tendría que habértelo dicho… me sorprende que no lo hiciera.
 Ciertamente. Aunque no es que hubieran pasado mucho tiempo juntas… y tenían muchos asuntos propios sobre los que discutir para andar dando rodeos.
—No lo sabía —dijo por fin—. Los recipientes de ver del Otro Lado… nunca…
Claro que no estaba pensando en Tohrment cuando acudió a ellos, estaba preocupada y concentrada en Xhexania.
—Las tragedias, como el amor, ciegan a las personas —dijo él, como si pudiera leer su arrepentimiento.
—No se lo voy a llevar —negó con la cabeza—. Ya he hecho suficiente daño. Obsequiarle con el… vestido de su mujer…
—Es un gesto bonito. Creo que deberías devolvérselo. Puede que ayude.
—¿De qué manera? —dijo aturdida.
—Recordándole que ella se ha ido.
No’One frunció el ceño.
—Como si lo hubiera olvidado.
—Te sorprenderías, rubia. La cadena de los recuerdos debe ser interrumpida… Yo digo que le lleves el vestido y permitas que lo acepte.
No’One intentó imaginarse la escena.
—Qué cruel… No, si estás tan interesado en torturarlo, puedes hacerlo tú mismo.
El ángel levantó una ceja.
—No es tortura. Es la realidad. El tiempo pasa y necesita continuar. Rápido. Llévale el vestido.
—¿Por qué estás tan interesado en sus asuntos?
—Su destino es el mío.
—¿Cómo es eso posible?
—Confía en mí, yo no lo decidí.
El ángel se quedó mirándola, como retándola a descubrir alguna falsedad en su afirmación.
—Discúlpame —dijo ella con brusquedad—. Pero ya he hecho suficiente daño a ese buen macho. No tomaré parte en nada que lo dañe.
El ángel se frotó los ojos como si le doliera la cabeza.
—Maldita sea. No necesita mimos. Necesita una buena patada en el culo… y si no consigue una pronto va a rezar por volver al agujero de mierda en el que está ahora.
—No entiendo nada de esto…
—El infierno es un lugar con muchos niveles. Y el lugar a donde se dirige va a hacer que este período de agonía parezcan simples pinchos bajo las uñas.
No’One se echó atrás y tuvo que aclararse la garganta.
—Desde luego, no tienes el don de la palabra, ángel.
—En serio. No me digas.
—No puedo… No puedo hacer lo que deseas.
—Sí que puedes. Tienes que hacerlo.




[i] Cancion de los beatles del album “Please please me”. 

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