jueves, 28 de junio de 2012

Amante Renacido/Capitulos 46 47 48

Capítulo 46

Tohr se quedó congelado donde estaba, suspendido sobre No’One, con la erección todavía sepultada en su cuerpo, y su sexo contrayéndose por seguir adelante incluso cuando él apostaba un bloqueo a su lujuria.
Esperó a que su conciencia comenzara a gritar.
Se preparó para una desolación aplastante por haber estado con otra hembra.
Él estaba… preparado para algo, cualquier cosa que saliera de su pecho: desesperación, cólera, frustración.
Todo lo que recibió fue la sensación de que lo que acababa de pasar era el principio, no un final.
Desplazando sus ojos a la cara de No'One, exploró sus rasgos, buscando cualquier indicación de que él la había intercambiado por su shellan, sondeo sus conexiones internas en busca de señales de alarma… preparándose para alguna gran explosión.
Todo lo que sintió fue una sensación de corrección.
Alzando la mano, le apartó de la cara un mechón de pelo rubio echándolo hacia atrás.
—¿Seguro que estás bien?
—¿Y tú?
—Sí. Estoy como… quiero decir, realmente estoy… bien. Me imagino, que estaba preparado para todo menos para esto, ¿acaso tiene algún sentido?
La sonrisa que floreció en la cara de ella fue similar al brillo del sol, la expresión, transformó sus rasgos en una belleza tan resplandeciente, que le robó completamente el aliento.
Tan amable. Tan compasiva. Tan acogedora.
Él no habría sido capaz de hacer esto con nadie más.
—¿Te importaría si lo intentamos otra vez? —dijo él con voz suave.
Las mejillas femeninas se ruborizaron de un rosa intenso.
—Por favor…

El tono de su voz hizo que su polla saltara dentro de ella, su calor resbaladizo y apretado lo acariciaba, haciéndole estar listo para rugir y comenzar el martilleo de nuevo.
Salvo que no era justo pedirla que yaciera sobre ese banco duro.
Metiendo los brazos por debajo de ella, la sostuvo cerca de su pecho y dejó que sus fuertes muslos hicieran el trabajo de levantarles a ambos. Cuando estuvieron de pie, la besó otra vez, inclinando la cabeza y empleando la boca sobre la suya mientras la agarraba del culo y se preparaba para comenzar a moverse. Usando sus brazos, la levantó arriba y abajo sobre su excitación, besando lo que podía de su garganta y sus clavículas mientras la penetraba desde un ángulo diferente, más profundo.
Ella era increíble, envolviéndole, abrazándole estrechamente, la fricción hacía que deseara morderla sólo por saborearla.
Más rápido. Aun más rápido.
La túnica oscilaba salvajemente, y No’One debía odiar el aleteo tanto como él, porque de improviso se deshizo de ella, liberándola de sus hombros y dejándola caer en las baldosas. Cuando los brazos volvieron alrededor de su cuello, ciñó su abrazo, lo cual a él le pareció estupendo.
Hincándole los dedos, Tohr se acercó más y más hasta el tope… y lo mismo que No’One. Los sonidos que ella hacía, esos gemidos increíbles, su maravilloso olor aflorando, su trenza golpeando…
Abruptamente, redujo la velocidad y enganchó el lazo que aseguraba el trenzado de su pelo, arrancándolo y liberando la melena. Sacudiendo las ondas gruesas de su confinamiento, las atrajo sobre sus hombros y los de ella, cubriéndoles a ambos.
Algo de aquella perdición le condujo a su propia perdición: dos bombeos más tarde su cuerpo se lanzó al vacío, la liberación tomó el control de todo hasta que él maldijo en una exhalación explosiva.
Mientras se precipitaba a través del placer, la apretó con fuerza y metió la cara dentro de todo ese pelo rubio, aspirando, oliendo el delicado champú que ella usaba. Mierda, el olor de ella lo avivó aún más, hasta que su orgasmo repentinamente se volvió del tipo «juego brusco», atormentando su cuerpo, lanzando su equilibrio por los suelos, dejándole temporalmente ciego.
Debió haber sido lo mismo para ella porque desde la distancia, la oyó gritar su nombre mientras cerraba las piernas alrededor de sus caderas, fusionándolos a ambos.
Increíble. Absolutamente increíble. Y él cabalgó el placer mientras duró, por ambas partes. Cuando finalmente se sosegó, la cabeza de No'One cayó sobre su hombro y su cuerpo se derrumbó contra su pecho con su adorable cuerpo tan flojo como su adorable cabello.
Sin invitación, una de sus manos encontró la espina dorsal de la hembra y la siguió hacia arriba hasta la base del cuello. Mientras su respiración se tranquilizaba, él sólo… la sostuvo.
Antes de darse cuenta, los estaba meciendo a ambos de un lado a otro. Ella no pesaba casi nada en sus fuertes brazos, y Tohr tuvo la sensación de que podría haberlos mantenido enlazados el uno contra el otro… para siempre.
Finalmente, ella susurró:
—Debo ser pesada.
—En absoluto.
—Eres muy fuerte.
Vaya, eso era bueno para su ego. De hecho, si ella le golpeaba con algo así otra vez, se iba a sentir como si pudiera hacer pesas con un autobús urbano. Con un avión a reacción aparcado en su tejado.
—Debería limpiarte —dijo él.
—¿Para qué?
Okay, era sexy. Y eso le hacía desear hacerle… otras cosas. Todo tipo de cosas.
Por encima de su hombro, divisó la piscina, y creyó que la eficiencia era realmente la madre de la invención.
—¿Y si nos damos un chapuzón?
No’One levantó la cabeza.
—Podría quedarme así...
—¿Para siempre?
—Sí. —Sus ojos estaban medio cerrados y resplandecían con una luz azul verdosa—. Para siempre.
Mientras la miraba, pensó… que ella estaba tan viva. Las mejillas arreboladas, los labios hinchados a los que había prestado atención, el pelo exuberante y un poco salvaje. Ella era vital y caliente y…
Tohr comenzó a reírse.
Ah, por todos los demonios, no tenía ni idea de por qué… no había nada de gracioso, pero de repente se estaba riendo como un lunático.
—Lo siento —se las arregló para decir—. No sé cuál es el problema.
—No importa. —Ella le sonrió radiante, mostrando sus delicados colmillos y sus parejos dientes blancos—. Es el sonido más hermoso que he oído nunca.
Alcanzado en un impulso que no entendía, soltó un grito de alegría y arrancó en dirección a la piscina, echando una zancada larga, después otra y, luego, una tercera. Con un salto formidable, los envió a ambos volando dentro de la tranquila fuente de luz aguamarina.
Aterrizaron en el agua caliente como uno, suaves e invisibles brazos los acogieron en un cojín templado, aislándolos del tirón opresivo de la gravedad, evitándoles cualquier clase de duro aterrizaje.
Cuando su cabeza se hundió, encontró la boca femenina y la reclamó, besándola bajo la superficie mientras plantaba los pies y se impulsaba hacia arriba para conseguir aire…
En el proceso, su polla encontró su centro otra vez.
Ella estaba justo allí con él, enlazando aquellas piernas suyas alrededor de sus caderas una vez más, haciendo eco de su ritmo, devolviéndole los besos. Y eso estaba bien. Era… correcto.
Un rato más tarde, No’One se encontró desnuda, mojada y estirada en el lateral de la piscina sobre una cama de toallas que Tohrment había arreglado para ella.
Él estaba arrodillado a su lado, su ropa mojada se adhería a sus músculos, tenía el pelo reluciente y los ojos intensos mientras contemplaba su cuerpo.
Una inseguridad repentina la sobrevino, enfriándola.
Sentándose, se cubrió.
Tohrment capturó sus manos y suavemente se las colocó a los costados.
 —Estás arruinándome la vista.
—¿Te gusta… ?
—Oh, sí. Me gusta. —Se inclinó y la besó profundamente, deslizando la lengua en su interior, haciendo descender su espalda con cuidado de modo que estuviera recostada una vez más—. Mmmm, esto es de lo que hablo.
Cuando él se retiró un poco, No’One le sonrió.
—Me haces sentir…
—¿Qué? —Descendió la cabeza y rozó con los labios su garganta, su clavícula… la punta de su seno—. ¿Hermosa?
—Sí.
—Eso es lo que eres. —Le besó el otro pezón y lo succionó dentro de la boca—. Hermosa. Y creo que deberías deshacerte de esa maldita túnica para siempre.
—¿Qué llevaré?
—Te conseguiré ropa. Toda la ropa que quieras. O podrías sencillamente ir desnuda.
—Delante de los demás… —El siseo encrespado que salió de él fue con mucho el mejor elogio que le habían dado jamás—. ¿No?
—No.
—Entonces a lo mejor en tu dormitorio.
—Bien, a eso puedo darle mi apoyo.
Sus labios vagaron hacia abajo y hacia el costado, hasta recorrer sus costillas con un colmillo. Entonces atravesó su vientre con besos suaves y perezosos. No fue hasta que llegó aún más lejos, demorándose en su cadera para luego pasar rozando muy cerca su sexo, cuando se dio cuenta de que él tenía un objetivo.
—Abre las piernas para mí —la incitó con voz profunda—. Déjame ver la parte más hermosa de ti. Déjame besarte donde quiero estar.
Ella no estaba segura del todo de lo que le estaba sugiriendo, pero se encontraba impotente para negarle cualquier cosa cuando él usaba aquel tono con ella. Como en una bruma, subió una rodilla, separando los muslos… y supo cuándo la miró, porque él gruñó de satisfacción.
Tohrment se trasladó entre sus piernas y las extendió, separándolas a cada lado con las manos y abriéndola aún más. Y luego sus labios estaban sobre ella, calientes, sedosos y mojados. La sensación de suave sobre suave fue el saque inicial a otro orgasmo, y él lo aprovechó, entrando en ella con su lengua, chupándola, encontrando su ritmo y tomándola más profundo.
Las manos femeninas se enterraron en su oscuro pelo mientras ondulaba las caderas.
Y pensar que no le había gustado el sexo…
Qué poco había sabido todo lo que había por descubrir.
Él era demoledoramente atento y minuciosamente detallista en sus exploraciones, tomándose su tiempo a menos que la llevara a las alturas del placer. Y cuando él finalmente alzó su boca, sus labios estaban resbaladizos y enrojecidos, y se pasó la lengua sobre ellos mientras la miraba con ojos entornados.
Entonces se levantó y la agarró de las caderas, inclinándolas hacia arriba.
Su erección era imposiblemente gruesa y larga, pero ya sabía que encajaba perfectamente en ella.
Y él lo hizo otra vez.
Esta vez No’One prestó más atención a mirarle que a sentirle. Alzándose sobre ella, él se movió de aquella manera poderosa y potente tan suya, dándoles placer a ambos cuando curvaba las caderas arriba y abajo, moviéndose dentro y fuera de ella.
Su sonrisa era oscura. Erótica.
—¿Te gusta mirarme?
—Sí. Oh, sí…
Eso fue todo lo lejos que llegó cuando otra ola de liberación coronó la cima y asumió el control de sus pensamientos, su charla, su cuerpo… su alma, dejándola en blanco.
Cuando finalmente se calmó y de nuevo fue capaz de concentrarse, reconoció la tensión en la cara de Tohrment, la tirantez alrededor de su mandíbula y sus ojos, el bombeo de su pecho. Él no había encontrado su liberación aún.
—¿Quieres mirar? —preguntó él con los dientes apretados.
—Oh, sí…
Se retiró de su cuerpo, su excitación estaba como habían estado antes sus labios, brillante e hinchada.
Con una gran mano él se agarró y con la otra apoyó su peso contra el suelo de modo que pudo estirarse sobre el laxo y abierto cuerpo femenino. Girando los hombros, la proveyó de toda una visión mientras se movía arriba y abajo, con aquella cabeza roma apareciendo y desapareciendo dentro y fuera de su puño.
Su respiración se volvió más fuerte y más áspera mientras le mostraba cómo era para él.
Cuando llegó el momento, su grito resonó en los oídos de No’One y la cabeza del macho se disparó hacia atrás, adelantando la barbilla mientras exponía sus colmillos y siseaba. Entonces con pulsos rítmicos, él roció chorros que golpearon el sexo de No’One y su bajo vientre, haciendo que se arquease como si la satisfacción hubiera sido suya.
Cuando él finalmente se aflojó, ella extendió sus brazos.
—Ven aquí.
No hubo vacilación alguna cuando él obedeció, acercando su pecho al de ella antes de girar de lado para amortiguar su peso.
—¿Tienes calor suficiente? —murmuró él—. Tu pelo está mojado.
—No me importa. —Se acurrucó contra su cuerpo—. Estoy… perfecta.
Un ruido de aprobación surgió de la garganta de Tohr.
—Eso eres… Rosalhynda.
Ante el sonido de su antiguo nombre, se echó hacia atrás con brusquedad, pero él la abrazó estrechamente.
—No puedo seguir llamándote No’One. No después de… esto.
—No me gusta ese nombre.
—Entonces otro.
Al mirarle fijamente a la cara, ella tuvo la clara noción de que él no iba a ceder en esto. Y que tampoco iba a referirse a ella tal como había elegido hacía mucho, mucho tiempo… cuando esa palabra representaba lo que sentía ser.
Sin embargo, tal vez él tenía razón. De repente ella ya no se sentía nadie.
—Necesitas un nombre.
—No puedo elegir —contestó consciente de un fuerte dolor en su corazón.
Tohr miró al techo. Enrollando un mechón del pelo femenino alrededor de uno de sus dedos. Hizo un chasquido con la lengua.
—El otoño es mi estación favorita del año —dijo él al cabo de un rato—. No es que yo esté tonteando o algo así… pero me gustan las hojas cuando se tornan rojas y anaranjadas. Son hermosas a la luz de la luna, pero más concretamente, se trata de una transformación imposible. El verde de la primavera y el verano son sólo una sombra de la identidad auténtica de los árboles, y todo ese color cuando las noches se vuelven frías es un milagro cada vez que pasa. Es como si compensaran la pérdida del calor con todo su fuego. Me gusta el Otoño… —La miró fijamente a los ojos—. Tú eres así. Eres hermosa y ardes llena de colorido, y ya es hora de que salgas a la luz. Así que digo… Autumn.
En el silencio que siguió, ella fue consciente de una quemazón en los rabillos de los ojos.
—¿Qué pasa? —preguntó él con urgencia—. Mierda… ¿No te gusta? Podría escoger otro. ¿Lihllith? ¿Qué tal Suhannah? ¿Y Joe… ? ¿Fred? ¿El jodido Howard?
Ella le puso la mano en la cara.
—Me encanta. Es perfecto. Seré conocida de aquí en adelante por el nombre que me has dado y la estación del año cuando las hojas arden… Autumn.
Levantándose, presionó sus labios contra los de él.
—Gracias. Gracias…
Cuando él asintió con la cabeza solemnemente, ella le envolvió en sus brazos y le abrazó con fuerza. Ser nombrada era ser reclamada, y la hizo sentir… renacida.



Capítulo 47

Pasó un buen rato antes de que Tohr y Autumn emergieran de nuevo de los confines calientes y húmedos de su piscina. Joder, él nunca iba a volver a entrar en aquel lugar sin pensar que era «de ellos».
Mientras mantenía abierta para ella la puerta del corredor, respiró profundamente, relajado. Autumn… el nombre perfecto para una mujer perfectamente encantadora.
Andando uno al lado del otro, siguieron juntos, camino de la oficina, sus pies dejaban huellas mojadas, porque los pantalones húmedos que había estrujado volvían a estar goteando por los dobladillos. Ella, por su parte, no dejaba rastro alguno, ya que su túnica estaba seca.
La última vez que ella iba a llevar esa maldita cosa.
Mierda, su pelo se veía bien, todo suelto en torno a sus hombros. Tal vez podría conseguir que perdiera también la trenza.
Cuando salieron al túnel, le pasó el brazo alrededor, atrayéndola contra él. Ella encajaba bien. Era más pequeña que… Bueno, Wellsie había sido mucho más alta. La cabeza de Autumn quedaba más baja a nivel de sus pectorales, sus hombros no eran tan anchos y su paso era desacompasado, mientras que el de su compañera había sido suave como la seda.
Pero ella encajaba. De manera diferente, sí, pero la cerradura y la llave de sus cuerpos encajaban, eso era innegable.
Al aproximarse a la puerta que conducía a la mansión, se quedó atrás y la dejó subir primero las escaleras. Arriba, la alcanzó y pasó por delante, introdujo el código y abrió paso al vestíbulo, manteniendo abiertos los pesados paneles para que ella pasara.
Cuando pasó, él preguntó:
—¿Hambrienta?
—Famélica.
—Entonces ve arriba y déjame servirte.
—Oh, puedo conseguir algo en la coci…
—¡No! Ni lo pienses. Yo te sirvo. —La acompañó hasta la base de la magnífica escalera—. Sube y métete en la cama. Yo llevaré la comida.
Ella vaciló en el primer escalón.
—Realmente no es necesario.
Él negó con la cabeza al pensar en todo el ejercicio que habían realizado junto a la piscina.
—Es muy necesario. Y me vas a dar el gusto de hacer desaparecer esa túnica y de encontrarte metida desnuda entre las sábanas.
Su sonrisa se inició tímida… terminó espectacular.
Y luego giró sobre sí misma y le mostró su espalda.
La visión del contoneo de sus caderas mientras ascendía le puso duro. Otra vez.
Apoyando una mano en el pasamanos tallado, tuvo que mirar hacia abajo, a la alfombra, y serenarse…
Una grosera maldición le hizo volver en sí.
Mala palabra, momento oportuno…
Atravesó a zancadas el mosaico de un manzano en flor, fue hacia la sala del billar. Lassiter estaba en el sofá, concentrado en la gran pantalla sobre la chimenea.
Aunque Tohr estaba medio desnudo y medio mojado, caminó decidido, poniéndose entre el ángel y la TV.
—Escucha, yo…
—¡Qué coño! —Lassiter comenzó a hacer gestos como si sus manos estuvieran en llamas y tratara de apagarlas agitándolas—. ¡Quítate de en medio!
—¿Funciona? —exigió Tohr.
Más maldiciones, luego el ángel se levantó por un lado en un intento de llegar a la pantalla.
—Sólo dame un minuto…
—¿Ella está libre? —siseó—. Sólo dímelo.
—¡Ajá! —Lassiter señaló la caja tonta—. ¡Cabronazo! ¡Ya sabía yo que eras el padre!
Tohr luchó contra el impulso de meterle a tortazos algo de sentido común al hijo de puta. ¿El futuro de su Wellsie estaba en juego y este mamón estaba preocupado por las pruebas de paternidad de Maury?
 —Me estás vacilando.
—No, va totalmente en serio. El muy bastardo tiene tres niños de tres hermanas… ¿qué clase de hombre es?
Tohr se dio un tortazo en su propia cabeza en lugar de la del ángel.
—Lassiter… venga, tío…
—Mira, todavía estoy aquí, ¿no? —masculló el tipo mientras silenciaba el sonido y saltaba arriba y abajo ante la escena de Maury—. Mientras esté todavía aquí, hay trabajo que hacer.
Tohr se dejó caer en una silla. Apoyo la cabeza en su mano, apretando las muelas.
 —Joder, no lo comprendo. El destino quiere sangre, sudor y lágrimas… bien, me he alimentado de ella, hemos… eh, sudado, seguro. Y te aseguro que he llorado bastante.
—Las lágrimas no cuentan —dijo el ángel.
—¿Cómo es posible?
—Sólo lo es, amigo.
Estupendo. Fantástico.
—¿Cuánto tiempo más tengo para conseguir liberar a mi Wellsie?
—Tus sueños son la respuesta a eso. Mientras tanto, te sugiero que vayas a alimentar a tu hembra. Entiendo por tu pantalón mojado que le diste a ella un estupendo entrenamiento.
Las palabras, Ella no es mía, se alzaron automáticamente por su garganta, pero las refrenó en la esperanza de que el mantenerlas dentro ayudaría de alguna manera.
El ángel sólo sacudió la cabeza de un lado a otro, como si fuera perfectamente consciente tanto del sentimiento que había quedado sin expresar… como del futuro que era aún desconocido.
—Maldita sea —dijo entre dientes Tohr mientras se ponía de pie y se dirigía a la cocina—. Maldito sea yo.
*  *
Aproximadamente a cincuenta kilómetros de distancia, en la granja de la Banda de Bastardos, el sonido de resuello vagaba por el aire del sótano, rítmico, desigual, lastimero.
Mientras Throe miraba ensimismado la luz de la vela, no se sentía bien respecto a dónde estaba su líder.
Xcor había estado en un infierno de combate cuerpo a cuerpo hacia el final de la confrontación en la casa de Assail. Se había negado a decir con quien, pero debía de haber sido un Hermano. Y naturalmente, no había tenido ninguna asistencia médica desde entonces, no es que ellos tuvieran mucho que ofrecer en tal sentido.
Maldiciéndose a sí mismo, Throe cruzó los brazos sobre el pecho y trató de recordar la última vez que el macho se había alimentado. Queridísima Virgen Escriba… ¿Había sido allá en la primavera con aquellas tres prostitutas? No era de extrañar que no se curara… y no lo haría hasta que fuera mejor alimentado…
El resuello cambió a una tos severa… entonces empezó de nuevo a un ritmo más lento, más doloroso.
Xcor iba a morir.
Aquella espantosa conclusión había estado alboreando con un vigor implacable desde que aquel patrón de respiración había cambiado hacía unas horas. Para sobrevivir, el macho necesitaba una de dos cosas, preferentemente ambas: el acceso a servicios médicos, suministros y personal del tipo que disfrutaban los de la Hermandad, y la sangre de una hembra vampiro.
No había manera de conseguirle lo primero, y lo último había resultado ser un desafío durante los últimos meses. La población de vampiros en Caldwell aumentaba despacio, pero desde los asaltos, las hembras se habían vuelto incluso aún más escasas. A pesar de eso, tenía que encontrar una que quisiera servirlos aun cuando él era capaz de pagar magníficamente.
Aunque… considerando la condición de Xcor, a lo mejor ni siquiera eso podría ser suficiente. Lo que necesitaban era un milagro…
De manera espontánea, una imagen de esa espectacular Elegida de la cual se había alimentado en las instalaciones de la Hermandad le vino a la mente. Su sangre, ahora mismo, sería un salvavidas para Xcor. Literalmente. Salvo que, obviamente, esto no era factible en muchos sentidos. En primer lugar, ¿cómo iba a ser capaz de llegar a ella? Y aun si pudiera contactar, ella sabría indudablemente que él era… el enemigo
¿O no? Ella le había llamado a la cara soldado de valía… tal vez la Hermandad le había ocultado su identidad para resguardar su delicada sensibilidad…
No más sonidos. Nada.
—¿Xcor? —llamó en voz alta mientras se sentaba derecho con premura—. Xcor…
En ese momento, hubo otra ronda de toses y luego la respiración trabajosa se reanudó.
Queridísima Virgen Escriba, no tenía ni idea de cómo los demás dormían con todo esto. Pero bueno, habían estado luchando durante tanto tiempo sin otra cosa que la sangre humana que el sueño era su única posibilidad para cualquier clase de recarga. Sin embargo, la adrenalina de Throe había anulado ese imperativo desde las dos de la tarde, después de lo cual había comenzado su vigilia sobre el proceso respiratorio de Xcor.
Cuando alcanzó su teléfono móvil para comprobar la hora, se esforzó por concentrarse en los números en la pantalla, su mente estaba frenética.
Desde aquel incidente entre ellos en el verano, Xcor había sido un macho diferente. Todavía autocrático, exigente, y lleno de cálculos que podrían sobresaltar y abrumar…, pero su mirada era diferente cuando contemplaba a sus soldados. Estaba más conectado con todos ellos, sus ojos abiertos a algún nuevo nivel de relación, de la cual no parecía haber sido consciente antes.
Una lástima perder al bastardo ahora.
Frotándose los ojos, Throe finalmente consiguió leer la hora: cinco treinta y ocho. El sol estaba probablemente descendiendo el horizonte, el crepúsculo sin duda apareciendo en el cielo al este. Sería mejor esperar a que la oscuridad llegara realmente, pero no tenía más tiempo que perder, sobre todo porque no estaba seguro de lo que estaba haciendo.
Cambiando de postura en su litera, se levantó en toda su estatura, cruzó el lugar y sacudió el montón de mantas bajo las cuales estaba Zypher.
—Lárgate —masculló el soldado—. Todavía tengo treinta minutos…
—Necesito que saques de aquí a los demás —susurró Throe.
—¿Sí?
—Y debes quedarte atrás.
—¿Debo?
—Voy a tratar de encontrar una hembra para alimentar a Xcor.
Eso atrajo la atención del soldado: la cabeza de Zypher se alzó, en el otro extremo.
—¿De verdad?
Throe se movió hasta los pies de la litera para poder quedar cara a cara.
 —Asegúrate de que él se queda aquí, y estate preparado para conducirle a mis coordenadas.
—Throe, ¿Qué hay de ti?
Sin responder, se alejó y comenzó a ponerse el cuero sobre su persona, le temblaban las manos a consecuencia del peligroso estado de Xcor… y por el hecho de que si su plegaria era contestada, estaría en la compañía de aquella mujer otra vez.
Echando un vistazo abajo a sus prendas de combate, vaciló… Querida Virgen Escriba, desearía tener algo con lo que vestirse además del cuero. Un bonito traje de lana con una corbata. Zapatos apropiados con cordones. Ropa interior.
—¿Dónde coño vas? —preguntó Zypher bruscamente.
—Eso no importa. Lo que encuentre es lo único importante.
—Dime que llevas armas.
Throe hizo nuevamente una pausa. Si por la razón que fuera le salía el tiro por la culata, bien podría necesitar armamento. Pero no quería asustarla… esto asumiendo que pudiera llegar a ella de alguna manera y conseguir que viniera a él. Una hembra tan delicada como era…
Algunas cosas camufladas, decidió. Un arma o dos. Algunos cuchillos. Nada que ella pudiera ver.
—Muy bien —murmuró Zypher mientras comenzaba a comprobar sus armas.
Escasos minutos más tarde, Throe subió del sótano y abrió con ímpetu la puerta exterior de la cocina…
Siseando y levantando los antebrazos, se vio obligado a retroceder de un salto al oscuro interior de la casa. Con los ojos escocidos y lagrimosos, maldijo y fue hacia el fregadero, haciendo correr el agua fría y se salpicó con ella la cara.
Se le hizo eterno hasta que la pantalla de su teléfono le informó que el intento de salida era más seguro, y esta vez, abrió la puerta con mucha menos bravuconería.
Ah, el alivio de la noche.
Lanzándose fuera de sus confines, aterrizó sobre la buena tierra y se llenó los pulmones con el aire frío y húmedo del otoño. Cerrando los ojos todavía palpitantes, se concentró en su interior y se hizo desaparecer desde la casa, fundiendo sus componentes moleculares al norte y este hasta que tomó forma de nuevo en un prado señalado en el centro con un arce voluminoso con las hojas en llamas.
De pie ante el gran tronco, bajo el amparo de las hojas rojas y doradas, contempló el paisaje con sus agudos sentidos. Este sitio bucólico estaba lejos, lejos del campo de batalla del centro de la cuidad y ni siquiera cerca de cualquier complejo de los Hermanos o puesto avanzado de la Sociedad Lessening, al menos que él supiera.
No obstante, para estar seguro de su lectura respecto a este sitio, esperó, tan inmóvil como el gran árbol detrás de él, pero ni mucho menos tan sereno, estaba preparado para entablar batalla con cualquiera o con lo que fuera.
Sin embargo, nadie ni nada se topó con él.
Aproximadamente treinta minutos más tarde, se agachó para sentarse con las piernas cruzadas sobre la tierra, entrelazó las manos y se acomodó.
Era perfectamente consciente del peligro de la empresa en la que se había embarcado. Pero en algunas batallas, tenías que hacer tus propias armas, aunque corrieras el riesgo de que te estallaran en la cara: había un grave peligro en esto, pero si había una cosa con la que podías contar, en lo referente a la Hermandad, era con una anticuada protección de sus hembras.
Él había tenido la mandíbula para demostrarlo.
De manera que confiaba en el hecho de que, si realmente contactaba con la Elegida, ella no sabría su auténtica identidad.
Además estaba obligándose a desterrar cualquier culpa ante la posición en la cual la estaba poniendo.
Antes de cerrar los ojos, miró alrededor otra vez. Había ciervos en la alejada linde del prado por el bosque entre los árboles, sus delicadas pezuñas rozaban las hojas caídas, sus cabezas se balanceaban mientras vagaban sin rumbo fijo. Un búho se quejó a la derecha, el ulular se transportó por encima de la luz y la fría brisa hasta sus oídos despiertos. A lo lejos delante de él, en un camino que no podía distinguir, un par de faros se desplazaban lentamente, probablemente un camión de granja.
Nada de lessers.
Ni Hermanos.
Nadie salvo él.
Bajando los párpados, visualizó a la Elegida y recuperó aquellos momentos cuando su sangre entró en él, reviviéndolo, llamándole de vuelta desde el umbral sobre el que su vida había temblado. La vio con total claridad y se concentró en su sabor y su olor, la auténtica esencia de quien era ella.
Y entonces imploró, imploró como nunca antes, ni cuando había vivido una vida civilizada. Imploró con tanta fuerza, con sus cejas apretadas y su corazón palpitando que no podía respirar. Imploró con una desesperación que dejó una parte de él preguntándose si esto era para salvar a Xcor… o simplemente para poder verla de nuevo.
Imploró hasta que perdió el hilo de sus palabras y todo lo que quedó era un sentimiento en su pecho, una aullante necesidad que sólo podía esperar que fuera una señal lo suficientemente fuerte para que ella respondiera, si es que ella en efecto la captaba.
Throe continuó así mientras pudo, hasta que quedó entumecido y frío, y entonces, exhausta, su cabeza colgó ya no como reverencia, sino por cansancio.
Se mantuvo hasta que el persistente silencio a su alrededor invadió su búsqueda… y le dijo que tenía que aceptar el fracaso.
Cuando finalmente volvió a abrir los ojos, se encontró con que la luz de la luna se había colado por debajo del dosel bajo el que estaba sentado, la opuesta al sol había llegado para su turno nocturno de vigilancia sobre la tierra…
Su grito resonó fuerte mientras se ponía de pie de un salto.
Esta luna no era la causa de la luz.
Su Elegida estaba ahí ante él, su ropa era de un blanco tan brillante que parecía irradiar su propia iluminación.
Las manos de ella se extendieron hacia adelante como para calmarle.
—Siento asustarte.
—¡No! No, no, es estupendo… T-tú estás aquí.
—¿No me convocaste? —Pareció confusa—. No estaba segura de que mi presencia fuera requerida. Yo… simplemente tuve el impulso de venir aquí. Y aquí estás tú.
—No sabía si funcionaría.
—Bien, lo hizo. —En eso, ella le sonrió.
Ay, dulce Virgen Escriba en el gran cielo, ella era hermosa, su pelo enrollado en lo alto de su cabeza, su figura tan esbelta y elegante, su olor… ambrosía.
Ella frunció el ceño y miró hacia abajo, a sí misma.
—¿No estoy correctamente cubierta?
—¿Perdón?
—Me miras fijamente.
—Ah, en efecto, estoy… Por favor perdóname. He olvidado mis modales, porque eres demasiado encantadora para que mis ojos te abarquen.
Esto la hizo retroceder muy ligeramente. Como si no estuviera acostumbrada a elogios, o tal vez él la había ofendido.
—Lo siento —dijo él, antes quiso maldecirse. Su vocabulario iba a tener que ampliarse más allá de las disculpas. Rápido. Y ayudaría si no se comportara como un colegial en su presencia—. No quiero decir ninguna descortesía.
Ahora ella sonrió otra vez, un despampanante despliegue de felicidad.
—Te creo en eso, soldado. Supongo que simplemente estoy sorprendida.
¿De que él la encontrara atractiva? ¡Madre mía…!
Recuperando su pasado como miembro bien educado de la glymera, Throe se inclinó respetuosamente.
—Me honras por tu presencia, Elegida.
—¿Qué te trae aquí fuera?
—Quería… bien, no deseaba arriesgarme a herirte mientras te convenzo para un favor de gran peso.
—¿Un favor? ¿De verdad?
Throe hizo una pausa. Ella era tan ingenua, tan gozosa de haber sido convocada, que su culpabilidad se multiplicó por diez. Pero era la única salvadora que Xcor tenía, y esto era la guerra…
Mientras luchaba con su conciencia, se le ocurrió que había una manera de compensarla sin embargo, un voto que él podría tomar a cambio del regalo, si ella decidía concederlo.
—Te pediría… —Se aclaró la garganta—. Tengo un camarada que está gravemente herido. Va a morir si no…
—Debo ir a él. Ahora. Muéstrame dónde está y seré de ayuda para él.
Throe cerró los ojos y no pudo ni respirar. De hecho, hasta sintió la amenaza de las lágrimas. Con voz enronquecida dijo:
—Eres un ángel. No eres de esta tierra en tu compasión y bondad.
—No malgastes bonitas palabras. ¿Dónde está tu compañero combatiente?
Throe sacó su teléfono y envió un mensaje de texto a Zypher. La respuesta que recibió fue inmediata, y el plazo para la llegada ridículamente corto. A menos que, por supuesto, el soldado hubiera metido ya a Xcor en el vehículo y estuviera preparado para arrancar.
Era un macho de tal valía.
Cuando Throe se metió el móvil en el bolsillo, se concentró en la Elegida una vez más.
—Está viniendo en este mismo momento. Debe ser transportado en un vehículo, ya que no está bien.
—¿Y luego le llevaremos al centro de entrenamiento?
No. Difícilmente. Jamás.
—Debes ser suficiente para él. Está más debilitado a causa de la poca alimentación que por estar herido.
—¿Esperaremos aquí, entonces?
—Sí. Esperamos aquí. —Hubo una larga pausa y ella comenzó a agitarse como si estuviera incómoda—. Discúlpame, Elegida, si sigo mirándote fijamente.
—Oh, no hay necesidad de pedir perdón. Estoy sólo abochornada porque es raro que retenga la atención absorta de alguien.
Ahora fue él quien retrocedió. Sin embargo, los Hermanos sin duda atendían a cualquier macho en su presencia como hicieron con él.
—Bien, permíteme persistir —murmuró él suavemente—. Puesto que eres todo lo que puedo ver.























Capítulo 48

Qhuinn apareció por la puerta oculta bajo la imponente escalera aquella noche alrededor de las seis de la tarde. Su cabeza todavía estaba un poco aturullada, andaba arrastrando los pies y le dolía el cuerpo por todas partes. Pero, vaya, estaba en pie, tenía movilidad, y estaba vivo.
Las cosas podrían ser peores.
Además tenía un objetivo. Cuando Doc Jane había entrado para examinarle ahora mismo, le había dicho que Wrath había convocado una reunión de la Hermandad. Por supuesto, también le había informado de que él estaba fuera de la rotación y que tenía que quedarse en cama, en la clínica, pero, ¿cómo iba a perderse el resumen de lo que había ido mal en donde Assail? Ni hablar.
Ella había hecho todo lo posible por persuadirle de lo contrario, naturalmente, pero al final, había llamado y le había dicho al Rey que esperara a uno más.
Cuando llegó al tallado pilar del pasamanos, pudo oír a los Hermanos hablando en el primer piso, aquellas voces fuertes y profundas, se tapaban las unas a las otras. Claramente, Wrath no había llamado al orden todavía… lo que significaba que tenía tiempo para agarrar una bebida del surtido de alcohol antes de subir.
Porque, obviamente, eso era exactamente lo que necesitabas cuando, para empezar, te estabas tambaleando sobre las patas.
Después de una concienzuda valoración, decidió que la distancia hasta la biblioteca era más corta que hasta la sala de billar. Las viejas costumbres le llevaron hacia las puertas de roble, se quedó helado tan pronto como llegó al arco de entrada.
—Santa mi…
Había al menos cincuenta libros de la Antigua Ley atestando el suelo, y eso, no era ni la mitad. Sobre la mesa de caballete bajo las ventanas de cristal emplomado, más volúmenes encuadernados en cuero habían sido resquebrajados al abrirlos y estaban con sus tripas expuestas como soldados muertos a tiros en un campo de batalla.
Dos ordenadores. Un portátil. Papeles legales.
Un crujido desde arriba le hizo alzar los ojos. Saxton estaba en la escalera corredera de teca, alcanzando un libro del estante superior cerca de la moldura del techo.
—Buenas noches, primo —dijo el tipo desde su percha elevada.
Justo el macho que necesitaba ver.
—¿Qué estás haciendo con todo esto?
—Pareces bastante recuperado. —La escalera crujió otra vez mientras el macho descendía con su premio—. Todos sin excepción han estado preocupados.
—Na, estoy bien. —Qhuinn se acercó a las botellas de licor alineadas sobre la tapa de mármol de la cómoda abombada—. Entonces, ¿en qué estás trabajando?
No pienses en él con Blay. No pienses en él con Blay. No pienses en él…
—No sabía que eras un hombre de jerez.
—¿Eh? —Qhuinn miró hacia abajo a lo que se había servido. Joder. En medio del sermoneo, había cogido la botella que no era—. Oh, ya sabes… me arreglo bien con esto.
Para demostrar el argumento, se sacudió el licor… y casi se ahogó cuando el dulzor le pegó en la garganta.
Se sirvió otro, sólo para no parecer la clase de idiota que no sabía ni lo que se estaba sirviendo en su propio vaso.
Okey, vomitivo. El segundo fue peor que el primero.
Por el rabillo del ojo, vio instalarse a Saxton en la mesa, la lámpara de cobre delante de él moldeaba el más que perfecto brillo de su cara. Mieeerda, era como salido de un anuncio de Ralph Lauren, con su chaqueta de tweed color crema y su pañuelo plegado y ese conjunto de camisa con cuello de botones y chaleco de punto que mantenía su jodido hígado calentito.
Mientras tanto, Qhuinn hacía gala de: pijama de quirófano del hospital, pies descalzos. Y jerez.
—Así que, ¿se trata del gran proyecto? —preguntó otra vez.
Saxton le echó una mirada con una luz extraña en los ojos.
—Se podría decir que es un asunto de cambios.
—Ohhhh, materia supersecreta del Rey.
—En efecto.
—Bien, buena suerte con ello. Parece que tienes bastante para mantenerte ocupado un rato.
—Estaré con esto durante un mes, tal vez más.
—¿Qué haces, reescribir entera la maldita ley?
—Sólo una parte.
—Tío, me haces amar mi trabajo. Preferiría pegarme un tiro antes que hacer papeleo. —Se sirvió un tercer puto jerez y luego trató de no parecer demasiado zombi mientras se dirigía hacia la puerta—. Que te diviertas.
—Y tú con tus esfuerzos, querido primo. Estaría arriba también, pero no me han dado demasiado tiempo para realizarlo.
—Lo conseguirás.
—En efecto. Lo haré.
Mientras Qhuinn saludaba con la cabeza y luego subía la escalera, pensaba… Bien, al menos aquel intercambio no había sido demasiado malo. No había imaginado nada de tipo pornográfico. O entretenidas visiones de estar golpeando al hijo de puta hasta que sangrara por todas y cada una de sus preciosas fibras.
Progreso. Yupi.
En la segunda planta, las puertas dobles del estudio estaban abiertas de par en par y él hizo un alto mientras echaba un vistazo a la extensión de la congregación. Puta mierda… todo el mundo estaba allí. No sólo los Hermanos y los luchadores, sino que también ¿las shellans… y el personal?
Había literalmente cuarenta personas en el estudio, empaquetadas como sardinas en torno al mobiliario amariconado.
Aunque, tal vez tenía sentido. Después del ataque de aquel puñetero francotirador, el Rey estaba de vuelta detrás de su escritorio, sentado en su trono, prácticamente resucitado. Algo que garantizaba una celebración, supuso.
Antes de entrar en el fregado, fue a tomarse otro pelotazo de jerez, pero un tufillo a mierda en su nariz y su bocio lo canceló. Inclinándose de lado, tiró la cosa en el tiesto de una planta, dejó el vaso en la mesa de pasillo y…
En el instante en que le vieron atravesar la puerta, se callaron. Tan cierto como si hubiera un mando a distancia para el cuarto y alguien hubiera silenciado la escena.
Qhuinn se quedó inmóvil. Se miró por si estaba enseñando algo indecente. Miró a su espalda por si acaso había subido las escaleras alguien importante.
Luego miró en torno al cuarto, preguntándose qué se había perdido…
En la ausencia enorme y tremenda de sonido y movimiento, Wrath se agarró al brazo de su reina y gruñó mientras se levantaba. Él tenía una venda alrededor del cuello y parecía un poco pálido, pero estaba… vivo y lucía una expresión tan intensa que Qhuinn sintió que estaba siendo físicamente rodeado.
Y entonces el Rey se puso la mano en la que llevaba el anillo de diamante negro de la raza en su propio pecho, justo en el centro, directamente sobre su corazón… y despacio, con mucho cuidado, con la ayuda de su shellan, se dobló por la cintura.
Para inclinarse ante Qhuinn.
Mientras toda la sangre abandonaba la cabeza de Qhuinn y se preguntaba qué coño estaba haciendo el vampiro más importante del planeta, alguien comenzó a aplaudir despacio.
Plas. Plas. ¡Plas!
Otros se unieron, hasta la totalidad de la congregación, desde Phury y Cormia, hasta Z y Bella y el bebé Nalla, Fritz y su personal… Vishous y Payne y sus compañeros, Butch y Marissa y Rehv y Ehlena… le aplaudían con lágrimas contenidas en sus ojos.
Qhuinn se abrazó a sí mismo mientras su mirada dispar rebotaba de un lado para otro.
Hasta que se posó en Blaylock.
El pelirrojo estaba a mano derecha, aplaudiendo como el resto, sus ojos azules brillaban de emoción.
Aunque, él sabría lo mucho que esto significaba para un jodido chico con un defecto congénito cuya familia no había querido tenerle cerca por la vergüenza y la desgracia social.
Él sabría lo duro que era aceptar la gratitud.
Sabría lo mucho que Qhuinn quería escapar de la atención… aun cuando estaba conmovido, más allá de toda medida, por este honor que no merecía.
En medio de todo lo que no podía manejar, él sólo miró a su viejo y querido amigo.
Como siempre, Blay era el ancla que le impedía ser arrastrado.
*  *
Mientras Xhex se preparaba a través del mhis en su moto, encontró difícil de creer que estaba viajando a la mansión bajo orden real: Wrath mismo había extendido la «invitación», y pese a lo iconoclasta que era, ni se le ocurrió hacer oídos sordos de una orden directa del Rey.
Mierda, sentía náuseas.
En principio, cuando vio el mensaje de voz, supuso que John estaba muerto, que lo habían matado en el campo. En cambio, un rápido AveMaría para él había sido contestado inmediatamente. Corto y dulce. Sólo ¿Vienes @ anochecer?
Eso fue todo lo que ella recuperó, incluso después de decir que sí y haber esperado algo más de él.
Así que sí, tenía ganas de vomitar porque, probablemente, esto iba de John poniendo fin oficialmente a lo de ellos. El equivalente vampírico del divorcio era raro, pero las Antiguas Leyes posibilitaban una salida legalmente. Y como era natural, para gente del nivel social de John -a saber, eso del hijo de sangre de un Hermano de la Daga Negra-, el Rey era el único que podría darles la dispensa para separarse.
Esto tenía que ser el final.
Mierda, efectivamente iba a vomitar.
Dando la vuelta delante de la mansión, no aparcó la Ducati al final de la fila ordenada de coches chupagasolinas, SUVs, y furgonetas. No… dejó la moto directamente al pie de la escalera. Si esto iba de decreto de divorcio real, iba a ayudar a John a acabar con la miseria de ambos, y luego ella…
Bien, iba a llamar Trez y decirle que no podía ir al trabajo. Luego se iba a encerrar a cal y canto en su cabaña y llorar como una chica. Durante una semana o dos…
Qué estúpido. Todo esto entre ellos era tan jodidamente estúpido. Pero ella no podía cambiarle a él, y él, no podía cambiarla a ella, así que, ¿qué coño les quedaba? Habían pasado meses desde que habían tenido algo que no fuera distancia e incómodo silencio entre ellos. Y la tendencia no revertía, el agujero negro se hacía sencillamente más profundo y más oscuro…
Mientras subía los escalones hasta las magníficas puertas dobles, se estaba rompiendo por la mitad, haciéndose pedazos como si sus huesos se hubieran vuelto frágiles y colapsaran bajo el peso de sus músculos. Pero siguió avanzando, porque eso era lo que hacían los luchadores. Seguían adelante más allá del dolor y eliminaban su objetivo… y segurísimo que ella y John mataban algo esta noche, algo que había sido tan precioso y raro que estaba avergonzada de ambos por no encontrar una manera de nutrirlo en medio del mundo frío y duro.
Dentro del vestíbulo, no se acercó inmediatamente al ojo de la cámara. Nunca había sido una hembra de clase alta, sin embargo se encontró pasándose las yemas de los dedos por debajo de los ojos y revolviendo con la mano su pelo corto. Un reajuste rápido de su chaqueta de cuero -y de su columna- y se dijo que a por ello.
Había pasado por legiones de cosas peores que esto.
Por puro orgullo, podría ordenarse algún autocontrol durante los diez o quince minutos siguientes.
Tenía el resto de su vida natural para perder su maldita calma en privado.
Con una maldición, apretó el botón de llamada y retrocedió, obligándose a mirar a la cámara. Mientras esperaba, se colocó de nuevo la chaqueta. Sus botas pisotearon con decisión. Verificó dos veces que sus armas estaban bien enfundadas.
Jugó con su pelo.
Bien, qué coño.
Inclinándose de lado, le dio a aquel botón otra puñalada. Los doggen aquí eran de alto nivel. Tocabas el timbre y te contestaban en unos momentos.
Al tercer intento, dudó sobre cuántas veces más iba a tener que pedir…
La puerta interior del vestíbulo se abrió de improviso de par en par, Fritz parecía mortificado.
—¡Mi señora! Siento tanto…
Una fuerte cacofonía acalló lo que fuera que el mayordomo dijo y ella frunció el ceño al mirar más allá del anciano. Sobre la cabeza blanca del doggen, en lo alto de la magnífica escalera, había una tremenda muchedumbre enorme arremolinada yendo sin rumbo aparente, como si una fiesta acabara de arruinarse.
Tal vez alguien acababa de decirles a todos que se había emparejado.
Buena suerte con eso, pensó.
—¿Un gran anuncio? —preguntó caminando por el vestíbulo y se preparó para las noticias felices de otro.
—Más bien un reconocimiento. —El mayordomo aplicó su peso, tal como estaba, en el cierre de la puerta—. Permitiré que los demás le informen.
El dedicado mayordomo de siempre… discreto hasta la médula.
—Estoy aquí para ver…
—A la Hermandad. Sí, lo sé.
Xhex frunció el ceño.
—Pensaba que era a Wrath.
—Bueno, sí, por supuesto al Rey también. Por favor suba al estudio real.
Cuando ella cruzó el suelo de mosaico y comenzó su ascenso, saludó con la cabeza a la gente que bajaba… las shellans, el personal que ella conocía, la gente con la cual había vivido unas pocas semanas, pero que se habían convertido, en tan breve tiempo, en una especie de familia para ella.
Iba a perderlos casi tanto como a John.
—¿Señora? —preguntó el mayordomo—: ¿Está bien?
Xhex forzó una sonrisa y supuso que ella había soltado probablemente una especie de maldición.
—Bien, perfectamente.
Cuando llegó al estudio de Wrath, había tal beneplácito en el aire, que prácticamente tuvo que apartar la mierda para entrar en el cuarto: Los Hermanos estaban hinchados como pavos por el orgullo, todos… excepto Qhuinn, que estaba tan ruborizado que se había convertido en un fuego artificial como una candela romana.
John, sin embargo, parecía reservado… no la miró en absoluto, sino a algún punto intermedio justo frente a él.
Desde detrás del escritorio, Wrath se concentró en ella.
—Y ahora a los negocios —anunció el Rey.
Mientras las puertas se cerraban detrás de ella, no tenía ninguna puta pista de lo que estaba haciendo. John seguía negándose incluso a mirarla… y, mierda, el Rey tenía una herida en el cuello, asumiendo que él no hubiera decidido que la gasa blanca en la garganta era una especie de última moda.
Todo el mundo se quedó callado, se calmaron y se pusieron serios.
Oh, joder, ¿Es que tenían que hacer esto delante de toda la Hermandad?
Aunque, ¿qué más podría haber esperado? El pensamiento grupal era tan dominante en esta piña de machos que, por supuesto, todos querrían estar presentes cuando las cosas llegaran a su fin.
Ella permaneció decidida.
—Acabemos con esto. ¿Dónde firmo?
Wrath frunció el ceño.
—¿Disculpa?
—Los papeles.
El Rey echó una mirada a John. Volvió la vista.
—Esto no es la clase de cosa que reduciré a un papel. Nunca.
Xhex miró a su alrededor y luego reenfocó en John, leyendo su rejilla emocional. Él estaba… nervioso. Afligido. Y resuelto de un modo tan potente, que por un momento se sintió estúpida.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —exigió ella.
La voz del Rey era fuerte y clara.
—Tengo una asignación para ti… si estás interesada. Si tengo algo bien claro es que puedes disparar con una notable habilidad. Asumiendo que estés abierta a ayudarnos.
Xhex se quedó mirando a John pasmada.
Él era el responsable de esto, pensó. Fueran las que fueran las ruedas que estaban girando en esta habitación, él las había puesto en movimiento.
—¿Qué has hecho? —le dijo directamente.
Eso consiguió que él la mirara directamente. Levantando las manos, gesticuló: hay límites de lo que podemos hacer. Te necesitamos para esto.
Al mirar a Rehv, recibió un montón de solemnidad dirigida a ella… y nada más. Ninguna censura, nada de «no se permiten chicas». Y lo mismo del resto de los machos en el estudio: allí no había nada más que la tranquila aceptación de su presencia… y de sus capacidades.
—¿Qué es exactamente lo que quieres de mí? —le preguntó lentamente al Rey.
Mientras el macho hablaba, ella siguió mirando a John oyendo cosas como la Banda de Bastardos… un intento de asesinato… su guarida… un rifle.
Con cada frase dicha, sus cejas se alzaban más y más alto.
Vale, entonces no iba de venta de pastelitos o alguna mierda parecida. Iba de localizar el corazón del enemigo, infiltrándose en su esfera segura y sustraer cualquier armamento de largo alcance que pudiera haber sido usado para tratar de matar a Wrath la noche anterior.
Así proporcionaría a la Hermandad, si todo salía según lo esperado, la prueba que necesitaban para condenar a Xcor y sus soldados a muerte.
Xhex se puso las manos en las caderas… para no empezar a frotárselas con regocijo. Esto le venía como anillo al dedo. Una proposición imposible respaldada por un principio que ella podría apoyar: la venganza sobre alguien que te había jodido.
—Entonces, ¿Qué piensas? —preguntó Wrath.
Xhex miró fijamente a John, deseando que la mirara otra vez. Cuando él no lo hizo, releyó su rejilla emocional: Él estaba aterrorizado, pero decidido.
Quería que ella lo hiciera. Pero, ¿por qué? ¿Qué demonios había cambiado?
—Sí, es algo en lo que estoy interesada —se oyó decir a sí misma.
Cuando las profundas voces masculinas gruñeron con aprobación, el Rey cerró un puño y dio un golpe en el escritorio.
—¡Bueno! Bien hecho. Sólo hay una cosa.
Una pega. Naturalmente.
—Trabajo mejor sola. No quiero cuatrocientos kilos de niñera sigilosa a mi alrededor y siguiéndome.
—No. Vas por tu cuenta… sabiendo que tienes todos nuestros recursos como respaldo si los necesitas o quieres. La única restricción es que no puedes matar a Xcor.
—Ningún problema, le dejaré vivo para el interrogatorio.
—No. No puedes tocarle. Nadie puede hasta que analicemos la bala. Y luego si encontramos lo que creo que encontraremos, le corresponde a Tohr matarlo. Por proclamación oficial.
Xhex echó un vistazo al Hermano. Jesucristo, parecía totalmente diferente, como si fuera un pariente más joven y sano del tipo que ella había conocido desde que mataran a Wellsie. Y considerando cómo estaba ahora… Xcor tenía una tumba ya cavada con su nombre.
—¿Qué pasa si tengo que defenderme?
—Tienes permiso para hacer todo lo que sea a fin de garantizar tu seguridad. De hecho, en ese caso… —El Rey giró sus ojos ciegos en la dirección de John—. Te animo a que te lleves cada arma que tengas para tu propia defensa.
Lectura: Usa ese lado tuyo symphath, compañera.
—Pero de ser posible —añadió Wrath—, retírate con tanta tranquilidad como sea viable y con Xcor todavía en este mundo.
—No debería ser un problema —dijo Xhex—. No tengo que tocarle a él ni a ninguno de los otros. Puedo dedicarme sólo al rifle.
—Bien. —Mientras el Rey sonreía mostrando sus colmillos, los demás comenzaron a hablar precipitadamente—. Perfecto…
—Espera, no me he comprometido a nada todavía —dijo ella, cerrándoles la boca a todos al tiempo que echaba un vistazo a John—. Todavía… no.

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