martes, 12 de junio de 2012

Amante Renacido/Capitulos 7 8 9

Capítulo 7

Cuando Tohr asaltó el bar de la sala de billar, no se había molestado en fijarse en qué botellas se llevaba. Sin embargo arriba, en el rellano del segundo piso, se dio cuenta de que en la mano derecha llevaba una de las Herradura de Qhuinn, y en la izquierda... ¿un Drambuie?
Bueno, vamos, puede que estuviera desesperado, pero aun así tenía papilas gustativas, y esa mierda era un asco.
Cruzando a zancadas hasta el salón al final del corredor, intercambió este último por un buen y anticuado ron, tal vez haría cuenta de que el tequila era Coca Cola y se los tomaría juntos.
En su cuarto cerró la puerta, rasgó el sello hermético del Bacardi, abrió el gaznate y tragó el licor. Pausa para tragar y respirar. Repetición. Yyyy... otra vez… y una vez más desde el principio. La línea de fuego desde los labios hasta las entrañas era de algún modo agradable, como si se hubiera tragado un relámpago, y mantuvo el ritmo constante, tomando aire cuando tenía que hacerlo, como si estuviera nadando en estilo libre en la piscina.
La mitad de la botella se había terminado en unos diez minutos y aún estaba parado justo dentro de la habitación. Lo que suponía, era bastante estúpido.
Al contrario que emborracharse, lo cual era absolutamente necesario.
Dejó todo el alcohol en el suelo y manoteó las shitkickers hasta que pudo quitárselas. Pantalones de cuero, calcetines y camiseta sin mangas siguieron el mismo destino. Cuando estuvo desnudo entró al baño, abrió el agua de la ducha y se metió dentro con ambas botellas en las manos.
El ron le alcanzó mientras duró la rutina del champú y el jabón. Cuando comenzó con el ciclo de enjuague, abrió la botella de Herradura y comenzó con ella.
No fue hasta que salió de la ducha que comenzó a sentir los efectos, remodelando los bordes cortantes en su temperamento y haciendo aflorar los primeros indicios del olvido. Incluso aunque la marea llegaba para llevárselo, siguió bebiendo al mismo ritmo, mientras entraba chorreando a la habitación.
Quería bajar a la clínica y ver qué pasaba con Xhex y John, pero sabía que ella iba a estar bien, y ellos iban a tener que resolver la mierda por su cuenta. Por otro lado, estaba de un humor de perros, y sabía Dios que ya habían tenido suficiente de eso alrededor y entre ellos en el callejón.
No necesitaban que añadiera más leña al fuego.
Dejó que el edredón secara su cuerpo. Bueno, eso y el calor que se filtraba poco a poco a través de las rejillas de la ventilación en el cielo raso. El Herradura duró un poco más que el ron… probablemente porque en su estómago ya no quedaban asientos libres entre todo el alcohol y la abundancia de la cena. Cuando se acabó el tequila dejó la botella sobre la mesita de noche y estiró sus miembros cómodamente, lo cual no fue difícil. En este momento lo podrían haber empacado dentro de una caja de FedEx y se hubiera sentido igual de bien.

Cerró los ojos, la habitación comenzó a girar muy despacio, como si la cama estuviera justo sobre un desagüe y todo se fuera lentamente por el sumidero.
Vaya… considerando lo bien que estaba funcionando esto, iba a tener que recordar este medio seguro de evasión. El dolor en su pecho no era nada más que un débil eco, sofocada el ansia de sangre, sus emociones eran plácidas como una encimera de mármol. Incluso cuando dormía no llegaba a alcanzar esta clase de alivio…         
El golpe en la puerta fue tan ligero, que pensó que era solo el latido de su corazón. Pero entonces se repitió. Y se volvió a repetir.
—Maldito y jodido infierno... —Levantó la cabeza de la almohada y bramó—: ¡Qué!
Cuando no recibió respuesta, se puso de pie.
—Vaya. Sip, bueno… hola.
Sosteniéndose sobre la mesita, tiró al suelo la botella vacía de Herradura. Guau. Su centro de gravedad ahora estaba repartido entre el dedo meñique de su pie izquierdo y la parte externa de su oreja derecha. Lo que significaba que su cuerpo quería ir en dos direcciones a la vez.
Llegar a la puerta fue como ir patinando sobre hielo. Montado en un carrusel de caballitos. Con un helicóptero como casco.
Y el pomo era un blanco móvil, aunque era un misterio cómo aquella puerta estaba moviéndose de un lado al otro en su marco y sin romperse.
Dando un tirón, la abrió de par en par y ladró:
—¡Qué!
Allí no había nadie. Pero lo que vio hizo que se despejara.
Al otro lado de la galería, colgado de uno de los candelabros de latón se hallaba, la cascada roja del vestido de emparejamiento de su Wellsie.
Miró a la izquierda y no vio a nadie. Luego miró a la derecha y vio… a No’One.
Hacia el extremo más lejano del corredor, la hembra vestida con su túnica se marchaba tan rápido como le permitía la cojera, su cuerpo delicado desplazándose con torpeza bajo aquellos pliegues de áspero paño.
Probablemente podría haberla alcanzado. Pero, mierda, obviamente le había dado un susto de muerte a esa hembra, y si había sido incapaz de mantener una conversación en la mesa a la hora de la cena, ahora se encontraba aún más in-no-apto.
Vaya. Incluso se estaba inventando palabras nuevas.
Y además, estaba con el culo al aire.
Fue zigzagueando por el corredor y se quedó de pie frente al vestido. Obviamente había sido limpiado con cuidado y preparado para guardarse, las mangas estaban rellenas de papel de seda, la percha que lo sostenía era una de esas que tienen un relleno acolchado para el canesú.
Mientras miraba el vestido, el efecto del alcohol hacía parecer como si la falda se moviera con la brisa, con la tela color rojo sangre meciéndose de un lado a otro, el tejido captando la luz y reflejándola hacia él en varios ángulos.
Excepto que era él el que estaba en movimiento, ¿no?
Estirándose, descolgó la percha del candelabro donde había sido colgada y se llevó el vestido dentro de su habitación, cerrando la puerta detrás de ambos. Tendió el vestido sobre la cama, disponiéndolo en el lado que siempre había preferido Wellsie, el más alejado de la puerta, y arregló con cuidado las mangas y la falda, haciendo los mínimos ajustes hasta que estuvo en la posición perfecta.
Luego, hizo que las luces se apagaran.
Se tendió de costado, acurrucado en la cama, poniendo la cabeza en la almohada opuesta a donde se hubiera apoyado la cabeza de su Wellsie.
Con mano temblorosa, rozó el satén del canesú acolchado, sintiendo las ballenas insertadas en la tela, el diseño del vestido concebido para realzar las suaves curvas del cuerpo de una hembra.
No era tan bueno como su torso. Igual que el satén no era tan bueno como su cuerpo. Y las mangas no eran tan buenas como sus brazos.
 —Te extraño… —Acarició el pliegue del talle del vestido, donde hubiera estado su cintura, donde debería haber estado—. Te extraño tanto...
Pensar que ella había llenado una vez este vestido. Había vivido dentro de él por un breve tiempo, nada más que el disparo de una cámara de una velada en la vida de ambos.
¿Por qué no podían traerla de vuelta sus recuerdos? Se sentían lo bastante fuertes, lo bastante poderosos, un conjuro para convocarla a que rellenara mágicamente el vestido.
Excepto que solo se encontraba viva en su mente. Siempre con él, por siempre fuera de su alcance.
Eso era lo que la muerte era, se dio cuenta. La gran contadora de cuentos.
Y justo como si estuviera releyendo un pasaje en un libro, recordó el día de su ceremonia de unión, el modo en que estaba de pie, tan nervioso, a un lado de sus hermanos, jugueteando con la túnica de raso y el cinto enjoyado que llevaba. Su padre de sangre, Hharm, aún debía recapacitar, la reconciliación que había llegado al final de sus días todavía a un siglo de hacerse realidad. Pero Darius había estado allí, el macho le echaba un vistazo cada uno o dos segundos, sin duda porque había estado preocupado de que Tohr fuera a desmayarse como un imbécil.
Lo que también lo preocupaba a él.
Y entonces había aparecido Wellsie.…
Tohr deslizó la palma de la mano por la falda de satén. Cerrando los ojos se imaginó el calor dentro de ella, su carne viviente ocupando el vestido una vez más, su aliento expandiendo y contrayendo los confines del canesú, sus largas, largas piernas sosteniendo la falda por encima del suelo, su cabello rojo cayendo en rizos hasta el encaje negro de las mangas.
En su visión, ella era real y estaba entre sus brazos, alzando la mirada hacia él bajo sus pestañas mientras bailaban el minué con los demás. Ambos habían sido vírgenes esa noche. Él se había portado como un torpe. Ella había sabido exactamente qué hacer. Y fue prácticamente así como habían continuado las cosas a lo largo de su vida en pareja.
Aunque se había vuelto condenadamente bueno en el sexo, condenadamente rápido.
Habían sido ying y yang, y sin embargo exactamente los mismos: él había sido un sargento con la Hermandad, ella el general en casa, y juntos, lo habían tenido todo…
Tal vez por eso era por lo que había sucedido, pensó. Había sido demasiado afortunado y la había tenido a ella, y la Virgen Escriba había tenido que igualar el marcador.
Y ahora estaba aquí, vacío, exactamente como el vestido, porque lo que los había llenado a ambos, a él y a este vestido, se había ido.
Las lágrimas brotaban de sus ojos en silencio, del tipo que se escurre hasta empapar la almohada, viajando por encima del puente de la nariz y cayendo libres para gotear una tras otra como la lluvia desde el borde de un tejado.
Su pulgar se deslizó yendo y viniendo sobre el satén, como si estuviera acariciando su cadera, como había hecho cuando habían estado juntos, y cambió la pierna de posición de modo que quedara por encima de la falda.
Sin embargo, no era lo mismo. No había un cuerpo debajo, y la tela olía a limón, no como su piel. Y después de todo, estaba solo en esta habitación, que no era la de ellos.
—Dios, cómo te echo de menos… —dijo con voz quebrada—. Cada noche. Cada día…
Desde el otro lado del oscuro dormitorio, Lassiter permanecía de pie en el rincón, al lado de la cómoda alta, sintiéndose como la mierda mientras Tohr le susurraba al vestido.
Restregándose la cara, se preguntó por qué… por qué demonios, de todas las formas en las que podía haberse liberado del Between, tenía que ser de éste modo.
Esta mierda estaba empezando a afectarle.
A él. Al ángel a quien le importaba una mierda lo que le pasara a los demás, el que debería haber sido perito de seguros o abogado especialista en casos de daños personales, o cualquier otra cosa en este mundo donde joder la vida de los otros fuera un recurso valioso en el cumplimiento de su trabajo.
Nunca debería haber sido un ángel. Eso requería un conjunto de aptitudes y destrezas que no tenía, y que no podía fingir.
Tiempo atrás, cuando el Creador se le acercó con una oportunidad para redimirse, había estado demasiado enfocado en la idea de liberarse como para pensar en los pormenores de la tarea. Todo lo que había escuchado era algo por el estilo de: “Ve a la Tierra, vuelve a encarrilar a este vampiro, libera a esa shellan, bla, bla, bla” Después de lo cual, sería puesto en libertad para ocuparse de sus asuntos en vez de quedarse atascado en la tierra de ni-aquí-ni-allí. Parecía ser un buen trato. Y en el principio lo fue. Era cuestión de aparecer en el bosque con una Big Mac, alimentar al pobre bastardo, arrastrarlo de vuelta aquí… y luego, esperar hasta que Tohr estuviera lo bastante fuerte físicamente como para comenzar el proceso de seguir adelante.
Buen plan. Solo que entonces se encontró en un callejón sin salida.
Al parecer, “seguir adelante” significaba más que solo luchar contra el enemigo.
Había empezado a perder las esperanzas, a punto de tirar la toalla… cuando de pronto esa hembra No’One apareció en la mansión, y por primera vez, Tohr enfocó su atención de verdad en algo.
Que fue cuando se hizo la luz en su Cabeza de Mármol: “seguir adelante” iba a requerir otro nivel de participación en el universo.
Seguro. Estupendo. Excelente. Conseguir que follaran al tipo, genial. Entonces todos ganaban… muy especialmente, el mismo Lassiter. Y, mierda, al instante en que había visto a No’One sin aquella capucha, había sabido que iba en la dirección correcta. Era increíblemente hermosa, la clase de hembra que hacía que incluso un macho que no estaba interesado en nada de eso, se pusiera un poco más derecho y metiera la tripa. Tenía la piel blanca como el papel y un cabello rubio que le llegaría hasta las caderas si no lo llevara trenzado. Los labios rosados, los ojos de un adorable color gris, el tinte se sus mejillas era como el del interior de una fresa, era demasiado espléndida para ser real.
Y claramente, era perfecta por otras razones: ella quería reparar sus faltas, y Lassiter había asumido que con algo de suerte, la naturaleza seguiría su curso y todo iría acomodándose como para que… ella terminara cayendo en la cama del Hermano.
Seguro. Estupendo. Excelente.
Excepto que, lo que fuera que fuese este… ¿despliegue… a medio camino? No era ni excelente, ni estupendo, ni seguro.
Esta clase de sufrimiento era como un profundo desfiladero, un purgatorio en sí mismo para alguien que no había muerto. Y una mierda tenía el ángel idea alguna de cómo sacar al Hermano fuera de allí.
Francamente, ya estaba teniendo suficientes problemas solo haciendo de testigo.
Y a propósito de eso, no había planeado que el tipo se ganara su respeto. Después de todo, se trataba de una misión, no estaba aquí para volverse el compinche del factor clave de su liberación.
El problema era que, cuando la esencia amarga de la agonía del macho se elevaba a través de la habitación, era imposible no compadecerse por él.
Hombre, es que no podía soportarlo.
Esfumándose hacia el corredor, caminó solo por la galería de las estatuas hacia donde comenzaba la gran escalera. Plantando el culo en el primer escalón, se quedó escuchando los sonidos de la mansión. Abajo, los doggen estaban haciendo la limpieza después de la Última Comida, sus alegres comentarios sonaban como música de cámara en un segundo plano, Bibbidi-Bobbidi-Boo. Detrás de él, en el estudio, el Rey y la Reina estaban… “trabajando”, por así decirlo, la esencia de vinculación de Wrath saturaba el aire mientras la respiración entrecortada de Beth era apenas audible. El resto de la casa se encontraba en un relativo silencio, los otros Hermanos, sus shellans y los demás huéspedes se habían retirado a descansar… o a hacer otras cosas, en la misma línea de la pareja real.
Alzando la mirada, se concentró en el techo pintado, que se encontraba muy por encima del suelo de mosaicos del vestíbulo. Por encima de las cabezas de los guerreros, representados sobre sus temibles corceles iracundos, el cielo azul y las nubes blancas eran algo ridículo… después de todo, los vampiros no podían luchar durante el día. Pero, sea como fuera, ésa era la belleza de representar la realidad en vez de vivirla: Cuando tenías el pincel en la mano, eras el dios que querrías que rigiera tu vida, capaz de seleccionar y elegir de entre el catálogo de bienes de la fortuna y el mazo de cartas del destino, para tu prolongado y sostenido beneficio.
Escudriñando entre las nubes, aguardó a que la figura que buscaba apareciera, y pronto lo hizo.
Wellesandra se hallaba sentada en una vasta y desolada planicie, un interminable páramo gris salpicado de grandes peñascos, donde un viento inclemente soplaba sobre ella desde todas direcciones. No le estaba yendo tan bien como cuando la vio por primera vez. Bajo la manta gris que tenía sujeta sobre el pequeño y sobre sí, había empalidecido, su cabello pelirrojo se había vuelto de un tinte opaco, su piel se tornaba macilenta, sus ojos ya no eran de ningún tono discernible de castaño jerez. Y el bebé en sus brazos, arropado en su diminuto envoltorio, ya no se movía tanto como antes.
Esta era la tragedia del Between. A diferencia del Fade, no se suponía que fuera para siempre. Era una estación de paso hacia un destino final, y para cada uno era un poco diferente. Lo único igual era que si te quedabas demasiado tiempo, no podías salir. No habría gracia eterna para ti.
Solo te deslizabas a una transición hacia la inexistencia eterna, como en el Dhund, sin ninguna otra oportunidad de librarte alguna vez del vacío.
Y estos dos estaban llegando el límite de sus fuerzas.
—Lo estoy haciendo lo mejor que puedo —les dijo—. Solo resistid… condenado infierno, solo resistid un poco más.





Capítulo 8

Lo primero que hizo Xhex cuando recuperó la conciencia fue buscar a John en la sala de recuperación.
No estaba en la silla al otro lado del lugar. Ni estaba en el suelo, apoyado en la esquina. Ni en la cama junto a ella.
Estaba sola.
¿Dónde diablos estaba?
Oh, sip, seguro. ¿Él se había abalanzado sobre ella en el campo, pero luego la había dejado aquí? ¿Ni siquiera había vuelto para la operación?
Con un gruñido, consideró rodar sobre su costado, pero con todas las vías intravenosas en el brazo y los cables en el pecho, decidió no luchar contra los enchufes. Bien, y luego estaba el feliz acontecimiento de que alguien había hecho una gran perforación en su hombro. Unas cuantas veces.
Acostada allí con una expresión de enfado en la cara, todo en la habitación le molestaba. El soplo de calor desde el techo, el zumbido de las máquinas detrás de su cabeza, las sábanas que parecían papel de lija, la almohada dura como una roca y el colchón demasiado blando…
¿Dónde coño estaba John?
Por el amor de Dios, podría haber cometido un error emparejándose con él. Lo de amarle era lo que era… no cambiaba eso, y ella no querría que lo hiciese. Pero debería haber sido más lista que hacer las cosas oficiales. Aunque los roles de género tradicionales de los vampiros estaban cambiando, gracias en gran medida a Wrath aflojando las Antiguas Leyes, aún había una cantidad de mierda patriarcal rodeando a las shellans. Podías ser una amiga, una novia, una amante, una compañera de trabajo, un mecánico de coches, y esperar que tu vida fuera tuya, joder.
Pero ella se temía que una vez que tu nombre estaba en la espalda del macho —y peor, de un macho guerrero de pura raza— las cosas cambiaban. Las expectativas variaban.
Tu compañero empezaba a plantarse frente a tu cara y a pensar que no podías cuidarte por ti misma.
¿Dónde estaba John?
Harta, se levantó de un empujón desde las almohadas, se quitó las vías y bloqueó el extremo para que el suero, o lo que quiera que fuese eso, no goteara por todo el suelo. Después silenció el monitor cardíaco detrás de ella, y entonces arrancó las pegatinas de su pecho con la mano libre.
Mantuvo su brazo derecho inmovilizado contra las costillas… sólo necesitaba caminar, no ondear una bandera.
Al menos no llevaba un catéter.
Poniendo los pies sobre el linóleo, se levantó con cuidado y se dio a sí misma un reconocimiento por ser una pequeña paciente tan buena. En el baño se lavó la cara, se cepilló los dientes y utilizó el retrete.
Cuando volvió afuera, esperaba ver a John en una de las dos entradas.
Nop.
Yendo alrededor del extremo de la cama, se tomó las cosas con calma porque su cuerpo estaba torpe por las drogas, la operación y el hecho de que necesitaba alimentarse… aunque, vaya mierda, eso de conseguir la vena de John era la última cosa en la que estaba interesada. Cuanto más tiempo se mantuviese alejado, menos querría ella ver su culo peludo.
Maldita sea.
En el armario, abrió los paneles de las puertas, se deshizo de su bata y se puso un pijama médico… el cual, por supuesto, no era de su talla sino de tamaño-macho. Y eso no era una metáfora. Mientras se vestía con dificultad con una mano, maldijo a John, a la Hermandad y al rol de las shellans, de las hembras en general… y especialmente a la camisa y los pantalones, mientras luchaba con una sola mano por enrollar los bajos que se amontonaban alrededor de sus pies.
Mientras caminaba hacia la puerta, ignoró aplicadamente el hecho de que estaba buscando a su compañero, y en cambio se centró en las canciones que iban a través de su cabeza, pedazos de versiones a capela tales como los felices éxitos de los Top 40, como “Qué le Daba Derecho A Él Para Sacarla del Campo”, “Como Diablos Podía Haberla Dejado Sola Aquí” y la siempre-popular “Todos los Hombres son Idiotas”.
Lalalala.
Abriendo la puerta de un tirón, ella…
Al otro lado del pasillo, John estaba sentado en el duro suelo, las rodillas levantadas como palos de una tienda de campaña, los brazos cruzados alrededor del pecho. Los ojos de él encontraron los suyos en el momento en que apareció… no porque mirase en su dirección, sino porque había estado enfocado en el espacio que ella ocuparía mucho tiempo antes de que apareciese realmente.
La perorata en su cerebro se silenció: parecía que hubiese estado a través del infierno y hubiese traído las llamas del salón del diablo con las manos desnudas.
Descruzando los brazos, dijo por señas, Pensé que te gustaría tu privacidad.
Bien, mierda. Allí iba él, arruinando su mal carácter.
Arrastrando los pies, se dejó caer a su lado. Él no la ayudó, y ella supo que lo estaba haciendo con un propósito… una forma de honrar su independencia.
—Supongo que esta es nuestra primera pelea —dijo ella.
Él asintió. Lo odio. Toda esta cosa. Y lo siento… Yo sólo… No puedo explicar qué me pasó, pero cuando te vi herida, me rompí.
Ella exhaló larga y lentamente.
—Estabas de acuerdo con que luchase. Justo antes de que nos emparejáramos dijiste que estarías bien con esto.
Lo sé. Y aún lo estoy.
—Estás seguro de eso.
Después de un momento, él asintió otra vez. Te amo.
—Yo también. Quiero decir, a ti. Ya sabes.
Pero realmente él no le había respondido, ¿no? Y ella no tenía la energía para seguir más allá. Ambos estuvieron simplemente sentados en el suelo, en silencio, hasta que finalmente ella estiró el brazo y tomó su mano.
—Necesito alimentarme —dijo toscamente—. Tú…
Sus ojos se dispararon hacia los de ella y su cabeza se inclinó. Siempre, vocalizó.
Ella se levantó sobre sus pies sin ayuda de él y le tendió la mano libre. Cuando tomó su palma, ella convocó su fuerza y lo levantó. Luego lo guió a la sala de recuperación y cerró las puertas con su mente cuando él se sentó en la cama.
Él estaba restregándose las palmas contra los pantalones de cuero como si estuviese nervioso, y antes de que ella pudiera cruzar hacia él, John saltó. Necesito una ducha. No puedo estar cerca de ti así… cubierto de sangre.
Dios, ella ni siquiera se había dado cuenta de que aún llevaba la ropa de lucha.
—Está bien.
Intercambiaron sitios, ella dirigiéndose al borde del colchón y él yendo al baño para abrir el agua caliente. Dejó la puerta abierta… así que cuando él se quitó la camiseta sin mangas, vio sus hombros encogerse y girar.
Su nombre, Xhexania, no sólo estaba tatuado, sino tallado con hermosos símbolos que le cruzaban la espalda.
Cuando se agachó para quitarse los pantalones de cuero, su culo hizo una estupenda aparición, sus fuertes muslos flexionándose mientras plantaba una pierna y luego la otra. Cuando entró en la ducha salió de su campo de visión, pero volvió apenas un poco después.
Él no estaba excitado, se dio cuenta.
Primera vez que ocurría. Especialmente cuando ella estaba a punto de alimentarse.
John se envolvió una toalla alrededor de las caderas y metió el extremo en su cintura. Cuando se giró hacia ella, sus ojos solemnes hicieron que ella se pusiera triste. ¿Te gustaría que me pusiese un albornoz?
¿Qué diablos les había pasado?, pensó. Y por el maldito amor de Dios, habían atravesado demasiado sólo para conseguir lo que debería ser de lo bueno lo mejor, como para cagarla.
—No. —Ella sacudió la cabeza y se secó los ojos—. Por favor… no…
Mientras él se le acercaba, mantuvo la toalla justo donde estaba.
Cuando estuvo frente a ella, se arrodilló y levantó la muñeca. Toma de mí. Por favor, déjame cuidar de ti.
Xhex se inclinó y le apretó la mano. Pasando el pulgar una y otra vez sobre su vena, sintió que la conexión crecía entre ellos una vez más, ese lazo que había sido cortado en el callejón se anudaba, una herida se cerraba.
Extendiendo el brazo, agarró con firmeza su nuca y llevó su boca hacia la de ella. Besándolo lentamente, a conciencia, ella separó las piernas, haciendo sitio para que él avanzara, sus caderas encontraron el lugar que era suyo y sólo suyo.
Cuando la toalla chocó contra el suelo, su mano fue al sexo de él… y se encontró con que se había endurecido.
Justo como lo quería.
Acariciándolo, ella curvó su labio superior, exponiendo los colmillos. Luego, inclinando la cabeza hacia un lado, pasó una punta afilada por su cuello.
Su enorme cuerpo se estremeció… por lo que ella repitió el movimiento, esta vez con la lengua.
—Sube a la cama conmigo.
John no perdió el tiempo, llenando el espacio que ella había dejado libre cuando se echó hacia atrás para hacerle sitio a él.
Mucho contacto visual. Como si ambos estuviesen familiarizándose de nuevo el uno con el otro.
Tomando su mano, ella la puso en su cadera mientras rodaba sobre él, y cuando sus cuerpos entraron en contacto, él la sujetó más cerca y su esencia de vinculación llameó.
Ella había intentado mantener las cosas lentas y suaves. Pero sus cuerpos tenían un plan diferente. La necesidad tomó las riendas y se hizo cargo, y ella golpeó su garganta con una poderosa estocada, tomando lo que necesitaba tener para sobrevivir y ser más fuerte… y también marcarlo a su manera. En respuesta el cuerpo masculino corcoveó contra el suyo, la erección quería ir dentro de ella.
Mientras ella tomaba grandes sorbos de su vena, luchó para quitarse el pijama… pero él se ocupó de eso por ella, agarrando la cintura y tirando de los pantalones con tanta fuerza que la tela se rasgó limpiamente, sonando al rasgarse. Y entonces su mano estuvo donde ella deseaba que estuviera, moviéndose contra su centro, deslizándose y resbalando, atormentando y luego entrando en ella. Moviéndose ella misma contra sus largos y penetrantes dedos, encontró un ritmo que le garantizaba que ambos se correrían, sus gemidos compitiendo en su garganta con la sangre que estaba bebiendo con alarmante velocidad.
Después de su primer orgasmo, se movió —con ayuda de él— y se sentó a horcajadas sobre sus caderas. Necesitaba estar relativamente quieta para mantenerse trabada en su garganta, pero él se encargó de la parte del funcionamiento de las cosas, bombeando contra ella, acercándose y retirándose, creando la fricción que ambos querían.
Cuando se corrió por segunda vez, tuvo que retirar la boca de su carne y gritó su nombre. Mientras él palpitaba profundamente dentro de ella, Xhex dejó de moverse y absorbió la sensación del golpeteo y las sacudidas, tan familiar y a la vez tan nuevo.
Jesús… qué expresión tenía él… sus ojos firmemente cerrados, sus dientes al descubierto, los músculos de su cuello tensándose, todo mientras una veta de delicioso color rojo salía de las marcas de pinchazos que ella aún tenía que lamer para cerrar.
Cuando sus párpados finalmente se abrieron, ella se quedó mirando fijamente la extática neblina en aquellos ojos azules suyos. Su amor por ella no era sólo emocional, había un componente físico innegable en ello. Esa era la forma cómo funcionaban los machos vinculados.
Quizás no había podido detenerse a sí mismo en ese callejón, pensó. Tal vez era la bestia dentro del caparazón civilizado, el animal que formaba parte de los vampiros, que separaba a la especie de esos humanos aguados.
Bajando lentamente ella le besó el cuello, lamiendo las heridas cerradas, saboreando el gusto que se adhería al interior de su boca y a la autopista de su garganta. Ya podía sentir el poder corriendo desde su estómago, y esto era sólo el principio. Cuando su cuerpo absorbiese lo que él le había dado, se sentiría simplemente más y más fuerte.
—Te amo —dijo ella.
Con esto lo empujó contra las almohadas de forma que estuviera sentada en su regazo, su excitación empujando incluso más profundamente dentro de ella. Empujando su nuca con la mano libre, lo llevó hacia su vena y lo mantuvo en el sitio.
Él no necesitó más impulso que ese… y el dolor que vino con el mordisco fue una dulce punzada que la llevó directamente de vuelta sobre el borde de la liberación, su sexo empujándolo dentro de otro orgasmo, moviéndose contra su eje, apretándolo, tirando de él.
Los brazos de John se cerraron alrededor de ella, y verlos por el rabillo del ojo le hizo fruncir el ceño. Eran enormes extremidades musculadas que, a pesar de lo fuerte que era ella, podían levantar más, golpear más fuerte y dar un puñetazo más rápido. Eran más grandes que sus muslos, más gruesos que su cintura.
De hecho, sus cuerpos no estaban creados igual, ¿no? Él siempre iba a ser más poderoso que ella.
Una realidad, por supuesto. Por mucho que alguien pudiera hacer una presa de banco no era un factor determinante cuando se trataba de las aptitudes en el campo, no era la única manera de juzgar a un luchador. Ella era tan precisa como tiradora, tan buena con una daga e igual de feroz y tenaz cuando se enfrentaba a la presa.
Simplemente tenía que hacer que él lo viese.
La biología era una cosa. Pero hasta los machos tenían cerebro.
Cuando el sexo finalmente terminó, John se tendió al lado de su compañera, absolutamente saciado y soñoliento. Posiblemente sería buena idea gorronear un poco de comida, pero no tenía la energía ni la inclinación.
No quería dejarla. Ni en este momento. Ni diez minutos después. Ni mañana, la próxima semana, el mes siguiente…
Cuando ella se acurrucó contra él, John agarró una manta de la mesa de al lado y los cubrió a ambos con ella, a pesar de que la combinación del calor de sus cuerpos los mantenía bastante calentitos.
Él fue bien consciente de cuando se quedó dormida… su respiración cambió y su pierna se sacudía de vez en cuando.
Se preguntó si ella, en sus sueños, le estaba pateando el trasero.
Él tenía mierda en la que trabajar, eso seguro.
Y nadie con quién hablar de ello… no era como si pudiese pedirle a Tohr nada más que los consejos que le había dado esta noche sobre la marcha. Y las relaciones de todos los demás eran perfectas. Todo lo que veía siempre en la mesa del comedor era felicidad, parejas sonrientes… difícilmente el grupo de referencia que estaba buscando.
Sólo podía imaginarse la respuesta: ¿Estáis teniendo problemas? ¿De verdad? Eh, eso es extraño… ¿tal vez podrías llamar a la radio o alguna mierda?
Lo único que cambiaría sería que esto fuera pronunciado por alguien con perilla, un par de gafas envolventes, un abrigo largo de visón, un Tootsie Roll en su bocaza…
Aunque tenía este momento de paz. Y él y Xhex podrían construir sobre eso.
Iban a tener que hacerlo.
“Estabas de acuerdo con que luchase. Justo antes de que nos emparejáramos dijiste que estarías bien con esto”.
Y realmente lo había estado. Pero eso fue antes de ver cómo le hacían un corte justo en frente de él.
El punto era… por mucho que le doliera admitirlo… que lo último que quería ser, era el Hermano que había admirado más. Ahora que tenía a Xhex completamente, la idea de perderla y ponerse en los zapatos de Tohr era lo más aterrador a lo que se había enfrentado nunca.
No tenía ni idea de cómo el Hermano se levantaba de la cama cada noche. Y francamente, si no hubiera perdonado ya al tipo por alzar el vuelo y desaparecer justo después, lo haría ahora.
Pensó en aquel momento cuando Wrath y la Hermandad vinieron a ellos en grupo. Él y Tohr estaban aquí en la oficina, en el centro de entrenamiento, con el Hermano llamando a casa una y otra vez, esperando, rogando por algo más que la voz del contestador…
En el pasillo fuera de la oficina, había grietas en los enormes muros de hormigón… a pesar de que las malditas cosas eran de cemento de medio metro de grosor: La liberación de la energía de Tohr a través de su ira y su dolor fue tan grande que literalmente se había volado a sí mismo a sólo Dios sabía dónde, sacudiendo los cimientos subterráneos hasta que se agrietaron.
John todavía no sabía a dónde fue. Pero Lassiter lo había traído de vuelta en mal estado.
Todavía estaba en mala forma.
Tan egoísta como era, John no quería eso para sí mismo. Tohr era la mitad del macho que había sido una vez, y no sólo porque hubiera perdido peso, y aunque nadie había mostrado lástima delante de la cara del tipo, todos y cada uno de los guerreros la sentía tras las puertas cerradas.
Era difícil saber cuánto tiempo más iba a aguantar el Hermano por ahí con el enemigo. Se negaba a alimentarse, por lo que se estaba debilitando, a pesar de todo cada noche que iba al campo de batalla, su necesidad de venganza se fortalecía y lo consumía más.
Iba a conseguir matarse. Fin.
Era como triangular el impacto de un coche contra un roble: un simple asunto de geometría. Sólo seguías todos los ángulos y trayectorias y ¡boom! Ese era Tohr, muerto en el asfalto.
Aunque, mierda, él probablemente respiraría por última vez con una sonrisa, sabiendo que finalmente iba a estar con su shellan.
Quizá por eso John estaba tan estresado sobre el tema de Xhex. Él era cercano a otra gente en la casa, a su medio hermana, Beth, a Qhuinn y Blay, a los otros Hermanos. Pero Tohr y Xhex eran sus pilares… ¿y la idea de perderlos a ambos?
Jooooooder.
Pensando sobre Xhex en el campo de batalla, sabía que si ella estaba allí fuera, en aquellos callejones, luchando con el enemigo, sería herida de nuevo. Todos ellos lo eran de vez en cuando. De la mayoría de heridas se libraban por los pelos, pero nunca sabías cuando la línea iba a ser cruzada, cuando un simple combate mano-a-mano se te escaparía y te encontrarías rodeado.
No era que dudara de ella o de sus capacidades… a pesar de ese disparo que había salido de su boca esta noche. Eran las posibilidades lo que no le gustaba. Más pronto que tarde, si tirabas los dados una y otra vez, te acercarías a sacar dos unos en la jugada. Y en el gran esquema de las cosas, su vida era más importante que un guerrero más en el campo.
Tendría que haber pensado sobre esto un poco más antes de soltar el, Sip, seguro, estoy firme contigo luchando…
—¿En qué estás pensando? —preguntó ella en la oscuridad.
Como si lo que estaba golpeando su cerebro la hubiese despertado.
Cambiando de lugar, puso su cabeza cerca de la de ella y la sacudió una y otra vez. Pero estaba mintiendo. Y ella probablemente lo sabía.


Capítulo 9

La noche siguiente, Qhuinn estaba en el rincón más alejado del estudio de Wrath, apoyado en la confluencia de dos paredes de color azul pálido. La habitación era enorme, de unos doce metros de largo por doce de ancho, tenía un techo lo suficiente alto para provocarle una hemorragia nasal. Pero el espacio se estaba estrechando.
Por otra parte, había una docena o así de personas grandes metidas entre el remilgado mobiliario francés.
Qhuinn conocía esa mierda francesa. A su madre muerta y desaparecida le había gustado ese estilo, y antes de haber sido repudiado por su familia, le había dado la paliza hasta la náusea sobre no sentarse en su cosa-de-mierda de Luis.
Al menos era un área en la que no había sido objeto de discriminación en su propia casa… ella solo había querido que se aparcaran en esos delicados asientos ella y su hermana. A su hermano y él no se les había permitido. Nunca. Y su padre había sido tolerado con una mueca, probablemente solo porque había pagado por las cosas un par de cientos de años antes.
Como fuera.
Al menos el puesto de mando central de Wrath tenía sentido. La silla del Rey era tan grande como un coche, y probablemente pesaba tanto como uno, sus tallas toscas y elegantes lo designaban como el trono de la raza. Y el enorme escritorio frente a él tampoco encajaba exactamente para una chica.
Esta noche, y como de costumbre, Wrath parecía el asesino que era: silencioso, intenso, mortal. El básico anti-vendedora-Avon. A su lado, Beth, su reina y shellan, estaba compuesta y seria. Y al otro lado, George, su perro lazarillo, tenía el aspecto de… bien, como de postal. Pero claro, los golden retriever eran así: pintorescos, bonitos y acariciables.
Más Donny Osmond que un oscuro señor.
Por otra parte, Wrath más que compensaba por eso.
De repente, Qhuinn bajó sus ojos disparejos a la alfombra Aubusson. No tenía necesidad de ver quien estaba de pie en el lado lejano de la reina.
¡Oh, joder!
Su visión periférica estaba trabajando demasiado bien esta noche.
El puto de su primo, su soplapollas trajeado Montblanc-por-el-culo primo Saxton el Magnífico estaba de pie junto a la reina. Parecía una combinación de Cary Grant y algún modelo de un maldito anuncio de colonia.
No es que Qhuinn estuviera amargado.
Porque el chico estaba compartiendo la cama de Blay.
Nah.
No. No, en absoluto.
El mamón…
Con una mueca de dolor, pensó que tal vez debería cambiar ese insulto por algo un poco más lejano a lo que ellos dos…
Dios, ni siquiera podía ir por allí. No si quería respirar.
Blay también estaba en la habitación, pero el chico permanecía lejos de su amante. Siempre lo hacía. Ya sea en estas reuniones, o fuera de ellas, nunca estaban más cerca de un metro.
Lo cuál era la única gracia salvadora de vivir en la misma casa que la pareja. Nadie les veía jamás con los labios juntos o ni siquiera tomados de la mano.
Aunque... no era como si Qhuinn no se encontrara despierto durante el día de todos modos, torturándose a sí mismo con todo tipo de Kama Sutra de mierda…
La puerta del estudio se abrió y Tohrment entró arrastrando los pies. Tío, parecía como si lo hubieran arrojado de un coche en marcha en la autopista, sus ojos eran como dos agujeros de meadas en la nieve, su cuerpo se movía con rigidez mientras se acercaba para detenerse al lado de John y Xhex.
Con su llegada, la voz de Wrath cortó la reunión, callando a todo el mundo.
—Ahora que todos estamos aquí, voy a enlatar la mierda y lanzársela a Rehvenge. No tengo nada bueno que decir sobre todo esto, así que él será más eficiente en resumirlo.
Mientras los hermanos empezaban a murmurar, el enorme cabrón con su peinado mohawk apoyó el bastón en el suelo y se puso de pie. Como de costumbre, el mestizo estaba vestido con un traje negro a rayas, Dios, Qhuinn estaba empezando a despreciar todo lo que tuviera solapas, y un abrigo de visón para mantenerle caliente. Con sus tendencias symphath bajo control, gracias a los chutes regulares de dopamina, sus ojos eran de color violeta y en su mayor parte, malvados.
En su mayor parte. En realidad no era alguien a quien quisieras de enemigo, y no solo porque, como Wrath, fuera el líder de su pueblo: su trabajo diario era ser el Rey de la colonia symphath al norte. Las noches las pasaba aquí con su shellan, Ehlena, viviendo la vida vampira. Y nunca se encontraban las dos.
Huelga decir que era un activo de gran valor para la Hermandad.
—Hace varios días, se envió una carta a todos los jefes de los linajes restantes. —Buscó en su visón y sacó una hoja doblada de lo que parecía ser antiguo pergamino—. Correo lento. Escrito a mano. En el antiguo idioma. La mía tardó un tiempo en llegar porque fue al gran campamento del norte, en primer lugar. No, no tengo ni idea de cómo consiguieron la dirección, y sí, me han confirmado que todo el mundo tiene una.
Equilibrando el bastón contra el delicado sofá donde había estado sentado, abrió el pergamino con las puntas de sus dedos, como si no disfrutara de la sensación de la cosa. Luego, en voz baja y profunda, leyó cada frase en el antiguo idioma con el que había sido escrita.

Mi viejo y querido amigo:
Le escribo para informarle de mi llegada a la ciudad de Caldwell con mis soldados. A pesar de que hace tiempo coincidimos en el Viejo País, los graves acontecimientos de los años anteriores en esta jurisdicción nos han hecho imposible permanecer, con toda la buena conciencia, donde habíamos establecido nuestro domicilio.
Como tal vez haya oído hablar de las relaciones en el extranjero, nuestros grandes esfuerzos han erradicado a la Sociedad Lessening de la patria, haciéndola segura para que nuestra raza justa prospere en paz y seguridad allí. Claramente, es ahora cuando traigo el brazo fuerte de protección a este lado del océano, la raza de estos lares ha sufrido pérdidas insostenibles, pérdidas que quizá podrían haberse evitado si hubiéramos estado aquí antes.
No pido nada a cambio de nuestro servicio a la raza, aunque me gustaría tener la oportunidad de reunirme con usted y el Consejo. Aunque solo sea para expresar mis más sinceras condolencias a todos los que han resistido desde los ataques. Es una lástima que las cosas hayan llegado a esto, el comentario es triste sobre ciertos segmentos de nuestra sociedad.
Con mis mejores respetos,
Xcor

Cuando Rehv acabó, dobló el papel y lo desapareció. Nadie dijo nada.
—Esa fue mi reacción, también —murmuró con sequedad.
Esto abrió las puertas, todo el mundo habló a la vez, las maldiciones fluyeron ricas y pesadas.
 Wrath cerró el puño y lo golpeó sobre la mesa hasta que la lámpara saltó y George fue a esconderse bajo el trono de su amo. Cuando por fin se restableció el orden, fue como controlar a un semental, una tregua endeble, más como una pausa en el corcoveo y el encabritamiento que una verdadera calma.
—Entiendo que el hijo de puta estaba anoche —dijo Wrath.
Tohrment habló.
—Nos enfrentamos a Xcor, sí.
—Así que esto no es una falsificación.
—No, pero fue escrito por otra persona. Él es analfabeto.
—Yo le enseñaré a leer al hijo de puta —murmuró V—. Recopilando la Biblioteca del Congreso en su culo.
Cuando los gruñidos de aprobación amenazaron con convertirse en más arrebatos, Wrath golpeó su escritorio de nuevo.
—¿Qué sabemos acerca de su equipo?
Tohr se encogió de hombros.
—Suponiendo que ha mantenido a los mismos, son un total de cinco. Tres primos. Esa estrella porno de Zypher…
Rhage carraspeó a eso. Claramente, incluso a pesar de que estaba muy felizmente emparejado, se sentía como que la leyenda sexual de la raza era él, y solo él.
—Y Throe estaba con él en el callejón —restó importancia Tohr—. Mirad, no voy a mentir, está claro que Xcor está haciendo teatro contra…
Cuando no terminó la declaración, Wrath asintió.
—Mí.
—Eso nos implicaría a nosotros.
—Nosotros…
—Nosotros…
Más voces de las que podías contar pronunciaron la simple palabra, viniendo de cada rincón de la sala, de cada sofá, de cada plano liso de la pared contra la que alguien estaba apoyado. Y ahí estaba el asunto. A diferencia del padre de Wrath, este Rey había sido primero un luchador y un Hermano, por lo que los vínculos que se habían formado no eran los de algún artefacto o deber prescrito, sino por el hecho de que Wrath se había mantenido al lado de ellos en el campo y había salvado sus culos personalmente en un momento u otro.
El Rey sonrió un poco.
—Agradezco el apoyo.
—Él tiene que morir. —Cuando todo el mundo miró a Rehvenge, este se encogió de hombros—. Simple y llanamente. Dejémonos de mierda sobre protocolo y reuniones. Vamos a quitarlo de en medio.
—¿No crees que eso es un poco sediento de sangre, comedor de pecados? —preguntó Wrath arrastrando las palabras.
—De un Rey a otro, que sepas que te estoy enseñando el dedo medio en estos momentos. —Y lo hacía, con una sonrisa—. Los symphaths son conocidos por la eficiencia.
—Sí, y puedo sentir de dónde vienes. Desafortunadamente, la ley establece que tienes que cometer un atentado contra mi vida antes de que pueda enterrarte.
—Ahí es hacia dónde va esto.
—De acuerdo, pero nuestras manos están atadas. Mi orden de asesinar a lo que parece un hombre inocente no va a ayudarnos ante los ojos de la glymera.
—¿Por qué debes tú estar asociado con la muerte?
—Y si ese hijo de puta es inocente —dijo Rhage—, yo soy el puto conejo de Pascua.
—Oh, qué bien —bromeó alguien—. Te llamaré Saltitos Hollywood a partir de ahora.
—Bestia saltitos —lanzó otro.
—Podríamos ponerte en un anuncio en el Cadbury y ganar un poco de dinero.
—Tíos —ladró Rhage—, el punto es que él no es inocente y que yo no soy el conejo de Pascua…
—¿Dónde está tu cesta?
—¿Puedo jugar con tus huevos?
—Salta, tío grande.
—Iros a tomar por culo. ¡En serio!
Mientras varios comentarios eran lanzados como gelatina en una guerra de comida, Wrath tuvo que golpear el escritorio otra vez o dos. Era obvio de donde venía su humor: la tensión era tan alta que si no soltaban un poco de vapor, la mierda iba a ser seria rápidamente. Eso no quería decir que la Hermandad no estuviera centrada, en todo caso, todos se sentían igual que Qhuinn, como si les hubieran dado un puñetazo en el estómago.
Wrath era la estructura de la vida, la base de todo, la estructura viviente y que respiraba de la raza. Después de los brutales ataques de la Sociedad Lessening, lo que quedaba de la aristocracia había huido de Caldwell a sus hogares seguros fuera de la ciudad. Lo último que necesitaban los vampiros era una mayor fragmentación, especialmente en la forma de un derrocamiento violento del gobernante legítimo.
Y Rehv tenía razón: ahí era a dónde iban. Joder, incluso Qhuinn podía ver la ruta: primer paso, crear dudas en las mentes de la glymera sobre la capacidad de la Hermandad para proteger a la raza. Segundo paso, llenar el "vacío" en el campo con los soldados de Xcor. Tercer paso, crear aliados en el Consejo y agitar la ira y la falta de confianza contra el Rey. Cuarto paso, destronar a Wrath y capear la tormenta. Paso cinco, emerger como el nuevo líder.
Cuando el orden en el estudio se restableció finalmente, Wrath parecía categóricamente peligroso.
—Al próximo bocazas gilipollas que me haga golpear mi escritorio otra vez, le arrojaré a la mierda. —Con eso, se agachó, recogió al encogido retriever de cuarenta kilos, e instaló a George en su regazo—. Estáis asustando a mi perro y me está cabreando.
Cuando el animal apoyó la gran cabeza cuadrada en el hueco del brazo del Rey, Wrath le acarició todo ese pelaje sedoso y rubio. Era absolutamente incongruente, el enorme vampiro de aspecto cruel calmando a ese hermoso y tranquilo perro, pero los dos tenían una relación simbiótica, confianza y el amor tan espeso como la sangre en ambos lados.
—Ahora, si estáis listos para ser razonables os diré lo que vamos a hacer —dijo el Rey—. Rehv va a frenar al tipo durante tanto tiempo como le sea posible.
—Sigo pensando que deberíamos clavarle un cuchillo en el ojo izquierdo —murmuró Rehv—, pero ante la alternativa, tenemos que contenerlo. Quiere ver y ser visto, y como leahdyre del Consejo, puedo darle evasivas, hasta cierto punto. Su voz en los oídos de la glymera no es lo que necesitamos.
—Mientras tanto —anunció Wrath—, voy a salir y reunirme personalmente con los jefes de las familias, en su propio terreno.
Ante esto, hubo una explosión en la sala, con independencia de su advertencia. La gente saltó de sus asientos, levantando las manos de la daga.
Mala idea, pensó Qhuinn, de acuerdo con los demás.
Wrath les dejó hablar durante un minuto, como si hubiera esperado esto. Luego retomó el control de la reunión.
—No puedo esperar apoyo si no lo gano, y no he visto personalmente a algunas de esas personas en décadas, si no en siglos. Mi padre se reunía con gente todos los meses, si no todas las semanas, para resolver disputas.
—¡Tú eres el Rey! —ladró alguien—. No tienes que hacer una mierda…
—¿Veis esa carta? Es el nuevo orden mundial, si no respondo de forma proactiva, me estoy socavando a mí mismo. Mirad, hermanos, si estuvierais en el campo, a punto de enfrentar al enemigo, ¿os engañaríais con el paisaje? ¿Os mentiríais a vosotros mismos sobre el trazado de las calles, los edificios, los coches, o si hace calor o frío, llueve o está seco? No. Entonces, ¿por qué debería mentirme sobre que la tradición es algo que puede darme protección en un tiroteo? En tiempos de mi padre... esa mierda era un chaleco antibalas. ¿Ahora? Es una hoja de papel, chicos. Tenéis que saberlo.
Hubo un largo período de silencio, y entonces todo el mundo miró a Tohr. Como si estuvieran acostumbrados a recurrir a él cuando la mierda se volvía pegajosa.
—Tiene razón —dijo el Hermano con brusquedad. A continuación, se centró en Wrath—. Pero tienes que saber que no vas a hacer esto solo. Necesitas tener a dos o tres de nosotros contigo. Y los encuentros y saludos tienen que escalonarse en período de meses, atibórrales demasiado y parecerás desesperado, pero además, no quiero que nadie se organice para dar un golpe. Los sitios deben ser preseleccionados por nosotros y... —Se calló para echar una mirada alrededor—. Tienes que ser consciente de que vamos a ser de gatillo fácil. Dispararemos para matar cuando tu vida esté en la línea, tanto si se trata de una hembra como de un macho, un doggen o el cabeza de familia. No vamos a pedir permiso, o herir solamente. Si puedes vivir con esos términos, te dejaremos hacer esto.
Nadie más podría haber establecido esas reglas y salir sin cojear después: el Rey daba las órdenes a la Hermandad, no a la inversa. Pero este era el nuevo mundo, como Wrath había dicho.
El macho en cuestión apretó las muelas durante un momento. Luego soltó un gruñido.
—De acuerdo.
Cuando una exhalación colectiva golpeó las ondas, Qhuinn se encontró mirando a Blay. Oh, demonios, hablando de la zona de vórtice, por esto evitaba al tipo como a la peste. Solo una mirada y estaba bloqueado, todo tipo de reacciones le pasaron por encima, hasta que la habitación giró un poco.
Sin ninguna razón, los ojos de Blay se elevaron y encontraron los suyos.
Fue como ser golpeado en el culo con un cable de alta tensión, su cuerpo sufría espasmos hasta el punto que tuvo que esconder la reacción tosiendo mientras miraba hacia otro lado.
Eso para ser tan sutil como un cráter. Sí. Fantástico.
—... y mientras tanto —estaba diciendo Wrath—, quiero averiguar dónde se alojan esos soldados.
—Yo puedo encargarme de eso —habló Xhex—. Sobre todo si les golpeo durante el día.
Todas las cabezas se giraron hacia ella. A su lado, John se puso rígido de pies a cabeza, y Qhuinn maldijo entre dientes.
Hablando de enfrentamientos... excepto que ¿ese par no acababa de tener uno de esos?
Tío, a veces estaba realmente contento de no tener relaciones.
No de nuevo, pensó John para sí mismo. Por la gran puta, ¿acababan de llegar a un acuerdo y ahora esto?
Si había pensado que luchar codo con codo con Xhex era un problema, la idea de que tratara de infiltrarse en la Banda de Bastardos en su propio terreno le puso al borde de un ataque.
Mientras dejaba caer la cabeza contra la pared, se dio cuenta de que todo el mundo y el perro le miraban fijamente. Literalmente, incluso los ojos marrones de George estaban fijos en su dirección.
—Me estáis tomando el pelo —dijo Xhex—. ¿Me estáis tomando el puto pelo?
Incluso después de que hablara, nadie la miró. Se trataba de John: era evidente que, como era su hellren, buscaban su aprobación, o no, acerca de lo que había lanzado.
Y John no podía moverse, atrapado en el cenagal frío entre lo que ella quería y donde no quería él que terminaran.
Wrath carraspeó.
—Bueno, eso es una amable oferta…
—¿Amable oferta? —escupió ella—. ¿Como si te invitara a cenar?
Di algo, se dijo él. Levanta las manos y dile… ¿Qué? ¿Que él estaba a bordo con ella para encontrar seis machos sin conciencia? ¿Después de lo que Lash le había hecho? Y si era capturada y...
Oh, Jesús, se estaba viniendo abajo. Sí, ella era dura, fuerte y capaz. Pero era tan mortal como cualquiera. Y sin Xhex, él no querría estar en el planeta en absoluto.
Rehvenge enganchó el bastón y se levantó.
—Tú y yo vamos a hablar…
—¿Perdóname? —ladró Xhex—, ¿Hablar? ¿Como si fuera la única que necesita un reajuste mental? Sin ánimo de ofender, pero muérdeme, Rehv. Este grupo necesita que yo haga lo que pueda para ayudar.
Cuando todos los otros machos en la habitación comenzaron a mirarse sus shitkickers y mocasines, el Rey symphath sacudió la cabeza.
—Las cosas son diferentes ahora.
—Cómo.
—Vamos, Xhex…
—¿Estás loco? ¿El hecho de que mi nombre esté en su espalda, me convierte de pronto en una prisionera o alguna mierda?
—Xhex…
—Oh, no, no, puedes mandar a la mierda ese tono de ser razonable. —Fulminó con la mirada a los hombres, y luego se centró en Beth y Payne—. No sé cómo vosotras soportáis esto… yo no lo hago.
John estaba tratando de pensar en qué podía decir para evitar la colisión, pero era una pérdida de tiempo. Los trenes ya habían entrado en contacto por las locomotoras y había metal retorcido y piezas humeantes por todas partes.
Sobre todo porque Xhex marchaba hacia la puerta como si estuviera preparada para clavar las garras solo para demostrar su punto.
Cuando iba a seguirla, ella le clavó con una dura mirada.
—Si vas a venir detrás de mí por cualquier otra razón que dejarme ir tras Xcor, mejor que te quedes donde estás. Porque perteneces a este grupo anacrónico de misóginos. No a mi lado.
Levantando sus manos, gesticuló, no es malo el deseo de mantenerte a salvo.
—Esto no es sobre seguridad, se trata de control.
¡Gilipolleces! Fuiste herida hace menos de veinticuatro horas…
—Bien. Tengo una idea. Yo quiero mantenerte a ti a salvo, así que ¿por qué no dejas de luchar? —Miró a Wrath por encima del hombro—. ¿Me vas a respaldar, mi señor? ¿Y vosotros, grupo de tontos? Vamos a ponerle la falda y las medias a John, ¿de acuerdo? Vamos, respaldad mi culo. ¿No? ¿No creéis que sería "justo"?
El temperamento de John se encendió y... no tuvo la intención de hacer lo que hizo. Simplemente sucedió.
Estampó la bota, creando un ruido atronador, y señaló directamente a... Tohr.
Silencio. Incómodo. Horrible.
Del tipo que él y Xhex no solo habían sacado su ropa sucia delante de todos, sino que él se las había apañado para cubrir la cabeza de Tohr con todos sus calcetines sudorosos y camisas sucias.
¿En respuesta? El Hermano simplemente cruzó los brazos sobre el pecho y asintió con la cabeza, una vez.
Xhex sacudió.
—Tengo que salir de aquí. Tengo que aclarar mis ideas. John, si sabes lo que te conviene, no me sigas.
Y exactamente así, se fue.
Entonces, John se frotó la cara, empujando las palmas tan fuerte que sintió como si estuviera reorganizando sus rasgos.
—¿Qué tal si todos os marcháis por esta noche? —dijo Wrath en voz baja—. Quiero hablar con John. Tohr, quédate.
No hubo necesidad de pedirlo dos veces. La Hermandad y los otros salieron como si alguien estuviera en el patio robándoles los coches.
Beth se quedó atrás. Lo mismo hizo George.
Mientras las puertas se cerraban, John miró a Tohr. Lo siento mucho…
No, hijo. —El macho dio un paso hacia delante—. Yo tampoco quiero que estés donde yo estoy.
El Hermano abrazó a John, y John fue con él, derrumbándose en el cuerpo una vez grande… que no obstante logró sostenerlo.
La voz de Tohr fue firme en su oído:
—Está bien. Te tengo. Todo está bien...
John ladeó la cabeza y contempló fijamente la puerta por donde había salido su shellan. Quería ir tras ella con cada fibra de su ser, pero esas fibras también eran las que les estaban destrozando. En su mente entendía todo lo que ella decía, pero su corazón y su cuerpo se regían por algo separado de todo aquello, algo más grande y primordial. Y lo estaba reemplazando todo.
Era un error. Una falta de respeto. Pasado de moda de una manera que nunca pensó que podría ser. No creía que las mujeres debieran ser confinadas, creía en su compañera, y quería que...
Estuviera a salvo.
Punto.
—Dale tiempo —murmuró Tohr—, iremos tras ella, ¿de acuerdo? Tú y yo iremos juntos.
—Buena idea —dijo Wrath—, porque ninguno de los dos va a salir esta noche al campo. —El Rey levantó las palmas para cortar la discusión—. ¿Está claro?
Eso calló a ambos.
—Entonces, ¿estás bien? —preguntó el Rey a Tohr.
La sonrisa del hermano no fue cálida en lo más mínimo.
—Ya estoy en el infierno, la mierda no se va a poner más caliente solo porque él me esté usando como ejemplo de donde no quiere estar.
—¿Estás seguro de eso?
—No te preocupes por mí.
—Es más fácil decirlo que hacerlo. —Wrath movió la mano, como si no quisiera ir más allá—. ¿Hemos terminado?
Mientras Tohr asentía y se volvía hacia la puerta, John hizo a la Primera Familia una reverencia y fue tras el macho.
No tenía que apresurarse. Tohr le estaba esperando en el pasillo.
—Escúchame… es importante. Lo digo en serio…
Yo solo... lo siento, gesticuló John. Todo. Y… mierda, echo de menos a Wellsie. Realmente la echo de menos.
Tohr parpadeó por un momento. Luego, en voz baja, dijo:
—Lo sé, hijo. Sé que tú también la perdiste.
¿Cree que Xhex le hubiera gustado?
—Sí. —La sombra de una sonrisa golpeó su dura cara—. Solo la conoció una vez, y fue hace mucho tiempo, pero estaban bien, y si hubiera habido tiempo... se habrían llevado bien. Y joder, en una noche como esta podríamos haber utilizado el respaldo femenino.
Muy bien, gesticuló John, mientras trataba de imaginar cómo acercarse a Xhex.
Al menos podía adivinar a dónde iría: de vuelta a su propia casa en el río Hudson. Ese era su refugio, su espacio privado. Y cuando se presentara en la puerta de su casa, solo podía rezar para no le echara a patadas.
Pero tenían que resolver esto de alguna manera.
Creo que será mejor que vaya solo, dijo John. Esto, probablemente, va a ponerse feo.
Ponerse más feo, pensó.
—Bien. Solo que sepas que estoy aquí si me necesitas.
No era ese siempre el camino, pensó John cuando se separaron. Casi como si tuviesen siglos conociéndose el uno al otro, en lugar de simplemente unos años. Por otra parte supuso que eso era lo que sucedía cuando te cruzabas con alguien que era realmente compatible contigo.
Te sentías como si hubieras estado con ellos desde siempre.

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