domingo, 22 de julio de 2012

Amante Renacido/Capitulos 55 56 57

Capítulo 55

Dos noches más tarde, Xhex se despertó envuelta en una extraña convicción. Como si se hubiera tragado el despertador durante el día y el cacharro hubiera empezado a sonar dentro de su estómago.
Intuición. Ansiedad. Terror.
Y esta mierda no tenía botón de repetición de alarma.
Fue a darse una ducha sin dejar de sentirse acosada por la sensación de que había fuerzas, invisibles y desconocidas, que se estaban uniendo entre sí, que el escenario iba a cambiar, de que las piezas de ajedrez de varias personas se iban a mover por manos distintas a las suyas y a posiciones que no eran parte de sus propias estrategias.
La preocupación siguió con ella durante el corto trayecto al centro de Caldwell; persistió mientras empezaba la jornada en el Iron Mask.
Incapaz de soportarlo por más tiempo, se quitó los cilicios y salió a la ciudad horas antes de lo normal. Y mientras se desmaterializaba de azotea en azotea, buscando a los Bastardos, tuvo la sensación… de que esta noche era la noche.
¿Pero de qué?
Con esa pregunta a la espalda, tuvo especial cuidado de mantenerse lejos del lugar donde los Hermanos estaban luchando.
El hecho de que se hubiera comprometido a evitar encontrarse con ellos era probablemente el factor que más había influido en su retraso en encontrar ese rifle. La Banda de Bastardos salía al exterior todas las noches, pero como las escaramuzas con la Sociedad Lessening tendían a ocurrir únicamente en las zonas más desoladas de la ciudad, era difícil acercarse lo suficiente, manteniendo a la vez las distancias con John y la Hermandad.
Sí que percibía algunas rejillas mentales que eran nuevas en su repertorio, pero era difícil aislar quien era Xcor… Y aunque eso ya era para nota, porque solo necesitaba que uno de aquellos soldados metiera la pata, resultara herido y hubiera que llevarlo de vuelta a la guarida en un coche que ella pudiera rastrear, ella quería conocer íntimamente a su objetivo principal.
Conocer sus secretos desde dentro.

El hecho de no haber conseguido nada hasta el momento la estaba volviendo loca. Y a los Hermanos tampoco les tenía precisamente encantados, aunque por un motivo diferente: ellos solamente querían cargarse a los otros guerreros, pero Wrath se lo había fastidiado: primero necesitaban el rifle, así que el Rey había declarado intocable al grupo de traidores renegados, hasta que consiguiera la prueba que necesitaba. En buena lógica, la proclama tenía sentido: no iba a salir nada bueno si les asesinaban a todos y luego intentaban tranquilizar a la glymera con algo en plan “pero es que ellos dispararon antes”. Pero aguantarlo una noche tras otra era duro.
Al menos tenían algo a su favor: no era probable que el rifle hubiera sido destruido.
A la BdB le gustaría conservar esa mierda como un trofeo, sin duda.
Sin embargo, ya era hora de acabar con esto. Y a lo mejor esta historia de la premonición que tenía en la cabeza significaba que por fin lo iba a hacer.
En ese punto, y siguiendo la teoría de que hacer lo mismo una y otra vez esperando un resultado distinto era de locos, decidió dejar de buscar a Xcor.
No, esa noche iba a perseguir a Assail… y, qué te parece, localizó su huella en el distrito de los teatros… en la Galería de Arte Benloise, naturalmente.
Se trasladó rápidamente al nivel de la calle, donde tuvo una panorámica completa del cóctel que se estaba celebrando en las instalaciones.
Como la gente del artisteo era perfectamente capaz de vestir de cuero y considerarlo ropa de trabajo, se coló dentro.
Calor. Gente apiñada. Una cacofonía de voces egocéntricas.
Jesús, en un lugar como este no había quien distinguiera los sexos. Todo el mundo era amanerado y llevaba las uñas pintadas.
A dos pasos de la puerta le ofrecieron rápidamente una copa de champán, como si los creídos con ínfulas de Warhol funcionaran a base de Veuve Clicquot.
—No, gracias.
Cuando el camarero, un chico guapo vestido de negro, le hizo una leve inclinación de cabeza y se dispuso a marcharse, Xhex estuvo a punto de impedírselo, solo por la compañía.
Sí, guau, había tanta ceja arqueada y tanta nariz apuntando hacia arriba que llegabas a preguntarte si estos tipos se aprobaban siquiera a sí mismos. Y con una rápida mirada al “arte” de alrededor, supo que su madre y ella iban a tener que venir aquí… solo para que Autumn llegara a captar lo tremendamente horribles y excesivos que podían llegar a ser algunos tipos de formas de expresión personal.
Estúpidos humanos.
Con completa determinación se abrió camino a través de los presentes, girando aquí y allá mientras evitaba a otros camareros. No se molestó en ocultar su rostro. Rehv había llevado todos sus negocios por sí mismo o con Trez y iAm, así que nadie iba a reconocerla.
Y encontró el camino a la oficina de Benloise bastante rápido. Era tan jodidamente obvio: dos gorilas vestidos como los camareros, pero sin bandejas, permanecían a cada lado de una puerta semi-oculta practicada en la tapicería que cubría la pared.
Assail se encontraba en la segunda planta. Podía percibirle con claridad…
Pero llegar hasta él iba a llevarle lo suyo: era complicado intentar desmaterializarse en espacios desconocidos. Probablemente había una escalera en el extremo más lejano de la zona vigilada, pero a ella no le apetecía aparecer agujereada como un queso suizo tomando forma allí en medio.
Además, siempre podía atrapar al tipo a la salida. Lo más probable era que hubiera entrado por la parte de atrás y que se marchara de la misma manera: era cauteloso y su visita no estaba relacionada con el alucinante arte.
Bueno, mejor, es difícil mirar unos bastoncillos de algodón pegados a un bol de Tupperware montado sobre la taza de un wáter y ver algo distinto a basura.
Se dirigió más hacia el interior del edificio, se coló por una puerta de acceso exclusivo para el personal y se encontró en un almacén, con el suelo y las paredes de cemento, que olía a polvo de tiza y pinturas de cera. En lo alto había luces fluorescentes colocadas en el techo sin cubrir y el cableado y las instalaciones eléctricas atravesaban las vigas como túneles de topos en un prado. Los escritorios habían sido movidos hacia atrás y los archivadores retirados a un lado. El centro de la sala quedaba libre, como si introdujeran con regularidad grandes instalaciones desde el callejón trasero.
Las puertas dobles que había enfrente eran de acero y tenían un sistema de alarma de seguridad.
—¿Puedo ayudarle?
No era una pregunta.
Se dio la vuelta.
Uno de los gorilas la había seguido y estaba allí de pie con los pies separados y la americana abierta, como si llevara una pistola.
Xhex puso los ojos en blanco y agitando la mano lo puso en trance temporal. Luego, le insertó en la mente la idea de que no ocurría nada inusual y lo envió de vuelta a su puesto… donde le contaría al culo gordo de su compañero que, de hecho, no ocurría nada inusual.
Con estos homo sapiens no hacía falta física cuántica. Pero, solo para asegurarse, se cargó las cámaras de seguridad mientras avanzaba hacia las puertas traseras. Mierda. Una mirada al cableado de los paneles de acero bastó para que decidiera no ir más allá y arriesgarse a un incidente en el que tuviera que intervenir la policía.
Si quería salir al callejón se lo iba a tener que ganar.
Soltó un juramento y volvió hacia la fiesta. Le llevó unos buenos diez minutos abrirse camino a través de todos los presentes, de gusto cuestionable y ego innegable, y tan pronto como salió al aire nocturno, se desmaterializó al tejado y caminó hasta el lado opuesto.
El coche de Assail estaba aparcado en el callejón de abajo, mirando hacia fuera.
Y ella no era la única que estaba mirándolo.
Santa… mierda…
Xcor estaba entre las sombras, también esperando al macho.
Tenía que ser él… quienquiera que fuera tenía el núcleo cerrado hasta tal punto que quedaba poca superestructura que leer: por hábito o trauma, o probablemente por algo de ambos, las tres dimensiones se habían encogido sobre sí mismas hasta formar una masa tan nudosa y apretada que a Xhex le resultaba imposible llegar a captar el más leve resquicio de emoción.
Mierda, se había encontrado con huellas como esta de cuando en cuando. Normalmente significaban problemas serios, porque el individuo era capaz de cualquier cosa.
Por ejemplo, se habría necesitado exactamente esta clase de núcleo amarrado para tener las pelotas de ir por el Rey.
Este era su objetivo. Lo sabía.
Y ahora que lo había localizado en esa enmarañada rejilla, retrocedió, desmaterializándose hasta la azotea de un edificio alto a una manzana de allí. No quería que, por acercarse demasiado, el hijo de puta se asustara, y desde esta situación aún tenía una línea de visión clara del Jag.
Mierda, si su radar tuviera un mayor alcance… con su lado symphath conseguía un alcance de más o menos dos kilómetros, pero eso si lo forzaba. Solo podía encontrarse a corta distancia si quería que sus instintos fueran fuertes. ¿Y si Xcor se desmaterializaba a mucha distancia? Lo iba a perder…
Mientras esperaba se preguntó sobre la conexión entre Xcor y Assail. Desafortunadamente para ese aristócrata, si estaba poniendo en marcha la insurrección, aunque fuera indirectamente, se iba a encontrar en el punto de mira.
No era un buen lugar.
Una media hora más tarde, Assail emergió de la parte trasera de la galería y miró a su alrededor.
Sabía que el otro macho estaba allí… e hizo algún tipo de comentario justamente hacia el punto donde se encontraba Xcor.
La fría brisa y el ruido de fondo de la ciudad cubrieron el sonido de cualquier intercambio entre los dos, pero ella no necesitaba doblaje para captar lo esencial: las emociones giraban alrededor hasta que tuvo que aprobar el disgusto y desconfianza que él sentía hacia quien quiera que fuera la persona con la estaba hablando. Naturalmente, el macho encerrado en sí mismo no reflejaba nada.
Y entonces Assail se marchó. Y lo mismo hizo la otra rejilla.
Ella rastreó a la segunda.
*  *
Como tantas cosas en la vida cuando las miras en retrospectiva, lo que le ocurrió a Autumn sobre las once de esa noche tenía sentido. Hacía meses que los síntomas estaban allí, pero como ocurre frecuentemente, cuando se trata de la propia vida uno malinterpreta las señales, la posición de la aguja de la brújula, confundes una cosa con la otra.
Hasta que te encuentras con un destino que no tiene nada que ver con el que tú hubieras elegido y del que no puedes huir.
Estaba abajo, en el centro de entrenamiento, sacando un montón de sábanas calientes de la secadora, cuando la tormenta estalló.
Después, mucho después, toda una vida después, recordaría con claridad la sensación de suave calor en el pecho, la calidez que se abrió camino desde sus entrañas e hizo que la frente le rompiera a sudar.
Siempre recordaría como se volvió a un lado y dejó las esponjosas y blandas sábanas sobre el mostrador.
Porque cuando dio un paso atrás, la necesidad la golpeó por segunda vez en su vida.
En principio, solo notó como si aun llevara las sábanas encima, el calor permaneció, junto con una sensación de pesadez en el vientre, como si aun fuera cargada con ellas.
Cuando el sudor comenzó a resbalarle por el rostro echó una mirada al termostato de la pared, pensando que no estaría funcionando bien o que lo habían programado demasiado alto. Pero no, decía 21 grados.
 Se miró a sí misma con el ceño fruncido. Aunque no llevaba más que una camiseta y un par de lo que llamaban “pantalones de yoga”, era como si llevara puesta la parca que usaba para salir con Xhex…
Sintió un calambre que le atenazó el bajo vientre y se cerró como un puño alrededor de su útero, dejándole las piernas fláccidas, hasta que no tuvo más remedio que dejarse caer al suelo. Eso estuvo bien, por lo menos temporalmente. El cemento estaba frío y ella se estiró sobre él… hasta que la siguiente crisis la atrapó.
Apretándose la pelvis con las manos se hizo una bola y se tensó, echando la cabeza atrás, intentando escapar de lo que fuera que había tomado control de su cuerpo.
Y entonces comenzó.
Su sexo, que había estado latiendo un poco desde que Tohr y ella habían estado juntos para esos apareamientos violentos e intensos antes de que él se marchara, estableció su propio latido, su interior estaba rogando por lo único que le proporcionaría alivio.
Un macho…
El ansia sexual la azotó con tanta fuerza que no hubiera podido mantenerse en pie aunque hubiera tenido que hacerlo, no podría haber pensado en nada más aunque hubiera elegido hacerlo, no podría haber dicho nada inteligible aunque hubiera querido.
Era muchísimo peor que cuando había ocurrido con el symphath.
Y era por su culpa… completamente por su culpa…
No había estado yendo al Santuario. Habían pasado… Queridísima Virgen Escriba, habían pasado meses desde que se había quedado en el Otro Lado para regular su ciclo. De hecho, no había necesitado procurarse sangre porque Tohr la había estado alimentando y ella no quería renunciar a un solo momento junto a él.
Tenía que haber sabido que esto iba a pasar…
Rechinando los dientes, jadeó a través de otra crisis. Entonces, justo cuando cedió y estaba a punto de gritar pidiendo ayuda, la puerta se abrió de par en par.
El Doctor Manello se detuvo en seco, su rostro en una máscara de confusión.
—¿Qué coj…?
Se encorvó contra la jamba de la puerta, cubriéndose repentinamente la parte delantera de sus caderas con las manos.
—¿Estás bien…?
Mientras la ansiedad se incrementaba de nuevo, captó una fugaz imagen de él perdiendo el control donde se encontraba, pero entonces cerró los párpados y apretó los dientes y, por un momento, se perdió.
A cierta distancia, le oyó decir:
—Déjame que vaya a por Jane.
Buscando el frescor del suelo, Autumn se puso boca arriba, pero como no podía estirar las rodillas, no conseguía suficiente contacto con la superficie. Volvió a tumbarse de lado. Luego boca abajo, aunque hubiera querido recoger las piernas contra el pecho.
Empujó el suelo con las manos, intentando recuperar el control sobre sus sensaciones y cambiar de postura. Intentó arquearse, respirar, estirar los brazos, o los muslos, para buscar alivio.
No había nada que hacer. Estaba en el centro de la jaula de un león, los inmensos dientes de la necesidad se clavaban en ella, le arrancaban la carne, sacudían sus huesos. Era la culminación de esos cálidos destellos que había confundido por picos de calor, de esos escalofríos que había achacado a la premonición, de esos leves accesos de náusea por los que había culpado a la comida. Esto era el agotamiento. El hambre. Probablemente el ardiente sexo que había estado teniendo con Tohrment al final.
Mientras gemía, oyó su nombre y pensó que alguien debía estar diciéndole algo. Pero hasta que el anhelo cedió, no pudo abrir los ojos y ver que sí, que de hecho no estaba sola.
Doc Jane estaba arrodillada junto a ella.
—Autumn, ¿puedes oírme?
—Yo…
La pálida mano de la sanadora le retiró algunos rubios mechones de la cara.
—Autumn, creo que es tu necesidad… ¿estoy en lo cierto?
Autumn asintió hasta que llegó una nueva oleada de hormonas, aislándola de cualquier cosa distinta a la arrolladora necesidad de liberación sexual.
Que su cuerpo sabía que solo podía provenir de un macho.
Su macho. El macho que amaba.
Tohrment…
—Vale, vale, lo llamaremos…
Autumn estiró una mano y aferró el brazo de la otra hembra. Obligó a sus ojos a ver y exigió ásperamente a la sanadora:
No lo llames. No le pongas en esa situación.
Le mataría. ¿Servirle en su necesidad? Nunca lo haría… el sexo era una cosa, pero él ya había perdido un hijo…
—Autumn, cariño… eso es elección suya, ¿no crees?
—No lo llames… no te atrevas a llamarlo…





















 

Capítulo 56

Qhuinn odiaba las noches libres. Las aborrecía por completo.
Mientras se recostaba en la cama mirando un televisor que no estaba encendido, se le hizo evidente que no había estado viendo nada desde hacía cerca de una hora. De todas formas, agarró el control remoto y escogió un canal que solo parecía emitir un montón de puñeteros rollos para no cambiar mucho.
Maldita sea, solo había unos cuantos kilómetros que podías correr en el gimnasio. Solo una cierta cantidad de páginas que podías visitar en Internet. Un número limitado de viajes que podías subir y bajar a la cocina…
Sí, y eso último era especialmente verdadero, dado que Saxton todavía estaba usando la biblioteca como su oficina personal. Esa “cosa supersecreta del Rey” siempre lo estaba jodiendo.
Eso o se estaba distrayendo mucho. Junto a cierto pelirrojo…
Bueno, no vayas por ahí. No.
Qhuinn volvió a echar una mirada a su reloj. Once en punto.
—Jodida mierda.
Siete horas y media para la noche de mañana eran una eternidad.
Volviendo los ojos a la plana pared de enfrente, estaba dispuesto a apostar que John Matthew estaba al lado, encerrado en la misma rutina. Tal vez ellos deberían salir y tomar una copa en algún lado.
Aunque, meh. ¿De verdad quería hacer el esfuerzo de vestirse sólo para beber una cerveza rodeado de un montón de humanos borrachos y calientes? En otro momento, eso lo habría puesto cachondo. Ahora, la perspectiva de todo ese patético deseo inducido por el alcohol lo deprimía muchísimo.
No quería estar en la casa. No quería estar afuera.
Cristo, para el caso, ni siquiera estaba seguro de que quisiera estar peleando. La batalla solo parecía un trozo un poco más interesante de vacío.
¡Ah, coño, por el amor de Dios!, ¿Cuál era su problema…?
El teléfono sonó a su lado y él lo agarró sin ningún interés. El texto no tenía sentido: Todos los machos permanezcan en la casa principal. No entrar en las instalaciones de entrenamiento. Gracias, Doc Jane.
¿Eh?
Él se levantó, agarró una bata y se acercó a lo de John. El golpe fue inmediatamente contestado con un chiflido.
Asomando la cabeza, encontró a su amigo en la misma posición en la que él había estado… excepto que la pantalla del plasma estaba encendida. 1000 Ways to Die en el canal Spike TV. Bonito.
—¿Has pillado el texto?
¿Cuál?
—El de la Doc Jane. —Qhuinn sacó su móvil—. ¿Alguna idea?
John lo leyó y se encogió de hombros. Ni idea. Pero yo ya me he ejercitado. ¿Tú?
—Sí. —Él se paseó por el cuarto—. Tío, soy yo o el tiempo avanza lentamente.
El chiflido que le llegó en respuesta era un inmenso.
—¿Quieres salir? —preguntó con todo el entusiasmo de alguien que ofrece un viaje a un salón de manicura.
El movimiento en la cama atrajo sus ojos: John estaba de pie y se dirigía a su armario.
Atravesando su espalda, profundo en la piel, el nombre de su shellan estaba tallado en la Antigua Lengua:
XHEXANIA
Pobre bastardo…
Mientras el macho se ponía una camisa negra con botones en el cuello y cubría su culo desnudo con cuero, Qhuinn se encogió de hombros. Supuso que iban a tomar una cerveza.
—Iré a vestirme y enseguida vuelo.
Al salir al pasillo él frunció el ceño… y siguió un impulso apremiante hasta el rellano abierto que daba al vestíbulo.
Inclinado sobre la baranda bañada en oro, llamó:
—¿Layla?
Mientras el nombre hacía eco, la hembra salió del comedor.
—Oh, hola. —Su sonrisa era automática y vacía, el equivalente expresivo de una pared en blanco—. ¿Cómo te encuentras?
Él se echó a reír.
—Me estás dejando pasmado con toda esa feliz alegría, alegría.
—Lo siento. —Ella pareció recobrarse de su distracción—. No quise ser grosera.
—No te preocupes por eso. ¿Qué estás haciendo aquí? —Él negó con la cabeza—. Lo que quiero decir es, ¿fuiste convocada?
¿Alguien había vuelto a casa herido? Blay, por ejemplo…
—No, no tengo nada que hacer. Estoy enrollándome como tú dirías.
Ahora que lo pensaba, desde la caída, ella había estado haciéndolo bastante, solo dando vueltas en la periferia, merodeando como si estuviera esperando algo.
Estaba distinta, pensó de repente. Él no podría explicarlo pero últimamente ella había cambiado. Solemne. Menos rápida para sonreír. Seria.
Para ponerlo en términos humanos, supuso que había sido una niña desde que la había conocido. Ahora estaba empezando a parecerse a una mujer. No más ojos abiertos de par en par de asombro ante todo lo que este lado tenía para ofrecer. No más brillante entusiasmo. No más…
Mierda, ella se veía muy parecida a John y a él. Agotados por el mundo.
—Oye, ¿quieres venir con nosotros? —le preguntó.
—¿Fuera? Al igual que en…
—John y yo vamos a tomar un trago. Tal vez dos. Tal vez más. Creo que deberías venir con nosotros. Después de todo, la miseria ama la compañía.
Ella se cruzó de brazos.
—¿Es tan obvio?
—Sigues siendo hermosa.
Layla se echó a reír.
—Estás siendo encantador.
—Damisela en apuros, ya sabes cómo es. Ven con nosotros… vamos a matar el tiempo.
Ella miró a su alrededor. Luego se levantó el vestido y subió por las escaleras. Cuando llegó arriba, lo miró a los ojos.
—Qhuinn… ¿puedo preguntarte algo?
—Siempre y cuando no sean las tablas de multiplicar. Soy malísimo en matemáticas.
Ella se rió un poco, pero rápidamente perdió la frivolidad.
—¿Alguna vez pensaste que la vida sería tan… vacía? Algunas noches siento como si pudiera ahogarme en el vacío.
Jesús, pensó él. Sí, lo hacía.
—Ven aquí —le dijo. Cuando ella dio un paso hacia él, él la acercó de un tirón aún más, encerrándola contra su pecho y apoyando la barbilla sobre su coronilla. —Eres una buena hembra, ¿lo sabías?
—Estás siendo encantador de nuevo.
—Y tú todavía estás en apuros.
Ella se relajó en sus brazos.
 —Eres muy bueno para mí.
—Tú para mí, más.
—Sabes que no eres tú. Ya no suspiro por ti.
—Lo sé. —Él le frotaba la espalda como lo haría un hermano—. Así que dime que vienes... pero estás advertida. Podría tener que conseguir que me digas a quién estás añorando.
La forma en que ella se echó hacia atrás y evadió sus ojos le dijo que, sí, había un macho involucrado y no, ella no diría nada voluntariamente.
—Voy a necesitar algo de ropa.
—Probemos en el cuarto de huéspedes. Creo que allí encontraremos algo. —Él le rodeó los hombros con un brazo y la guió por el pasillo—. En cuanto a ese Juan Nadie tuyo, prometo no golpearle… a menos que te rompa el corazón. De ser así podría tener que hacer algún trabajo dental en el hijo de puta.
¿Quién mierda podría ser? se preguntaba. Todo el mundo en la casa estaba emparejado.
¿Tal vez era alguien que había conocido en el norte, en el gran campamento de Phury? ¿Pero quién dejaría entrar al tío?
¿Podría ser uno de las Sombras? Hmm… esos bastardos eran machos de valía, sin duda, el tipo de cosa que sí podría hacer dar vueltas a la cabeza de una hembra.
Joder, él deseaba que fuera otra cosa, por su bien. El amor era difícil, incluso si estaban involucradas buenas personas.
En la habitación de huéspedes, le encontró unos vaqueros y un polar negros. A él no le gustaba la idea de Layla en alguna minifalda de pesadilla… no solo porque ofendería su delicada sensibilidad, sino porque no necesitaba al Primale haciendo cualquier cosmética odontológica en él.
Cuando salieron, John esperaba en el pasillo, y si él estaba sorprendido por la compañía de la Elegida, no mostró ninguna reacción. En lugar de eso, fue amable con Layla, vocalizando una pequeña charla con ella mientras Qhuinn se ponía algo de ropa.
Unos diez minutos más tarde, los tres se desmaterializaron hacia el centro de la ciudad… no a los bares, ni él ni John estaban interesados en escoltar a una Elegida al interior del Screamer o del Iron Mask. En lugar de eso, fueron a parar al distrito de los teatros, a un lugar de postres que estaba abierto hasta la una de la mañana y servía licor junto con cositas de chocolate recubiertas con lo que sea, coronadas con bla, bla, bla sobre un lecho de ajá escalfado, sí. Las mesas eran pequeñas, al igual que las sillas y ellos se sentaron delante de la salida de emergencia en la parte trasera, acomodándose mientras la camarera continuaba parloteando sobre las especialidades, ninguna de las cuales era apetitosa.
Gracias a Dios, la elección de la cerveza fue breve y precisa.
—Dos Black and Tans para nosotros —dijo él— ¿Y para la dama?
Cuando miró a Layla, ella negó con la cabeza.
—No puedo decidirme.
—Pide lo que te apetezca.
—Está bien… comeré crème brûlée y un moon pie. Y un capuchino, por favor.
La camarera sonrió mientras escribía en su libreta.
—Me encanta tu acento.
Layla inclinó la cabeza graciosamente.
—Gracias.
—No puedo ubicarlo… ¿francés y alemán? ¿O… húngaro?
—En este instante esas cervezas serían geniales —dijo Qhuinn con firmeza—. Tenemos sed.
Cuando la mujer se marchó, él miró de arriba a abajo a los otros comensales, captando marcas en sus rostros y olores, escuchando la conversación, preguntándose si se avecinaba un ataque. Enfrente, John estaba haciendo lo mismo. Pues, sí, era tan relajante sacar a una Elegida al mundo.
—No somos muy buena compañía —le dijo a Layla después de un rato—. Lo siento.
—No estoy bien tampoco. —Ella le sonrió a él y luego a John—. Pero estoy disfrutando de salir de la casa.
La camarera regresó con la orden y todos se apartaron de la mesa mientras vasos, platos, tazas y platillos eran acomodados.
Qhuinn atrapó su gran vaso tan pronto como reinó la calma.
—Así que cuéntanos sobre él. Puedes confiar en nosotros.
A través de la mesa, John se veía como si le hubieran metido una mano en el culo, especialmente cuando Layla se sonrojó.
—Vamos. —Qhuinn tomó un largo trago de Black and Tan—. Es obvio que se trata de un macho y John no dirá nada.
John la miró y habló por señas, luego le enseñó el dedo medio a Qhuinn.
—Él dice, obvio, que es mudo —tradujo Qhuinn—. Y si tú no sabes lo que fue ese gesto final, entonces no voy a ser yo el que te lo diga.
Layla se echó a reír y agarró el tenedor, agrietando la dura cubierta de la crème brûlée.
—Bien, de hecho he estado esperando para volver a verle.
—¿Así que por eso estabas dando vueltas?
—¿Está mal por mi parte?
—Dios, no. Eres bienvenida siempre, ya lo sabes. ¿Quién es el afortunado tío?
O el tío muerto, según…
Layla respiró de manera profunda y vigorizante y comió dos bocados de su primer postre… como si la cosa fuera un refresco V&T.
—¿Me prometéis que no se lo diréis a nadie?
—Con la mano en el corazón, prefiero morir y toda esa mierda.
—Él es… uno de vuestros soldados.
Qhuinn bajó su vaso a la mesa.
—¿Perdón?
Ella levantó su taza y bebió del borde.
—¿Recordáis cuando ese combatiente entró en el centro de entrenamiento allá por el otoño… el que había luchado con vosotros contra los lessers? ¿El que estaba malherido y lo estabais cuidando?
Mientras John se enderezaba alarmado, Qhuinn se tragaba su bagaje de puñeteros infiernos y sonrió con suavidad.
—Oh, sí. Lo recordamos.
Throe. El subteniente de la Banda de Bastardos.
Santa mierda, si ella creía que estaba enganchada con él, ellos tenían un problema enorme.
—Yyyyyyyyyyyy —urgió él, obligando a su voz a permanecer ecuánime. Buena cosa que él se hubiera bajado la Guinness… estaba tan tenso como para estrujar el vaso.
Además, asumía que la mierda podría empeorar. Throe no iba a ser capaz de acercarse a ella…
—Él me llamó.
Layla comenzó a picar un poco de su moon pie y puñetera buena cosa: él y John habían desnudado sus colmillos.
Humanos, se recordó. Estaban en público con humanos… ahora no era momento para el despliegue canino. Pero mierda
—¿Cómo? —siseó él… solo para retractarse—. Quiero decir, tú no tienes un móvil. ¿Cómo te ubicaría?
—Él me convocó. —Mientras ella agitaba la mano libre como si no fuera gran cosa, Qhuinn dijo a su cavernícola, cállate, hijo. Habría tiempo para tipificar los cómos más tarde—. Fui y había otro soldado… malherido. Oh, Dios, él estaba tan golpeado.
Zarcillos de puro pánico se movieron por su nuca y se fijaron con estacas en su pecho, elevando su ritmo cardíaco. No… oh, mierda… no…
—No entiendo por qué los machos son tan testarudos. Les dije que lo trajeran a la clínica, pero ellos me dijeron que solo necesitaba alimentarse. Él tenía problemas para respirar y… —Layla miraba fijamente el moon pie como si fuera una pantalla, como si estuviera recordando cada cosa que había sucedido—. Lo alimenté. Yo quería cuidar de él aún más, pero el otro soldado parecía tener prisa por llevárselo. Él era… poderoso, tan poderoso, a pesar de que estaba herido. Y cuando me miró… sentí como si me estuviera tocando. Y no era parecido a nada que hubiera conocido antes.
Qhuinn disparó una mirada a John sin mover la cabeza.
—¿Cómo era?
Tal vez había sido uno de los otros. Tal vez no había sido…
—Es difícil de decir. Su rostro había sido tan mal herido… esos lessers son crueles. —Ella se tocó la boca—. Sus ojos eran azules y su cabello oscuro… su labio superior estaba torcido…
Mientras ella seguía hablando, la audición de Qhuinn casi tuvo una tremenda sobredosis.
Extendiendo la mano, la apoyó sobre su brazo, deteniéndola.
—Nenita, detente. ¿A dónde te convocó ese primer soldado?
—Era un prado. Un campo en las tierras de cultivo.
Mientras la última gota de sangre se drenaba de su cabeza, John empezó a articular diferentes palabrotas, puñeteramente adecuadas para la ocasión. El pensamiento de que Layla hubiera estado afuera en la noche, sola e indefensa, no solo con Throe, sino con ¿el corazón de la bestia?
Además… santa mierda, ella había alimentado al enemigo.
—¿Qué pasa? —la oyó preguntar—. ¿Qhuinn…? ¿John…? ¿Cuál es el problema?



















Capítulo 57

Al otro lado de la ciudad, en el distrito del antiguo matadero, Tohr desenfundó sus dagas negras, preparándose para golpear. Z y Phury estaban a sólo un bloque de él, pero no había ninguna razón para llamarlos... y no porque él estuviera sacudiendo toda esa mierda de deseo mortal de nuevo.
Esos dos lessers de allí arriba sufrían de un caso excepcional de meandros, sólo estaban deambulando como si no tuvieran nada mejor que hacer que desgastar las suelas de sus botas.
La Sociedad estaba alistando demasiados reclutas, pensó, excavando demasiado profundo en el pozo de los malvados antisociales. Y luego, una vez que eran inducidos, los HDPs no recibían suficiente entrenamiento o apoyo...
En su costado, el teléfono vibró cuando llegó un mensaje, pero lo ignoró cuando echó a correr. La capa de nieve ayudó a amortiguar el sonido de sus shitkickers, y gracias al aire frío que soplaba en su dirección, no tenía olor que le delatara... tampoco es que esos HDP lo fueran a notar.
En el último momento, sin embargo, algo les avisó y se dieron la vuelta.
No podía haber pedido una mejor respuesta.
Agarró a los dos justo por el cuello, desgarrando sus carótidas, abriendo una segunda boca debajo de sus barbillas. Mientras levantaba las manos, atravesó como un rayo el espacio entre ellos y dio media vuelta, dispuesto a escoltarlos hasta el suelo si era necesario...
Ah, pero no. Los cobardes ya estaban cayendo de rodillas.
Silbando entre los dientes, hizo señas a los demás mientras sacaba el teléfono para llamar a Butch, para la limpieza...
Se quedó paralizado. El mensaje de texto que había llegado era de la doctora Jane: Necesito que vengas a casa ahora mismo.
—¿Autumn...? —Cuando sus hermanos llegaron derrapando por la vuelta de la esquina, levantó la mirada—. Tengo que volver.
Phury frunció el ceño.
—¿Qué sucede?
—No sé.
Se desmaterializó en el acto, desapareciendo hacia el norte. ¿Se habría hecho daño? ¿Tal vez abajo, trabajando en la clínica? O... por todos los demonios. ¿Y si había ido a la ciudad con Xhex y alguien la había agredido?
Cuando volvió a tomar forma en las escaleras frente a la mansión, casi echó abajo las puertas del vestíbulo. Lo bueno es que Fritz redujo la necesidad de un carpintero, respondiendo deprisa desde el interior.
Tohr pasó volando junto al mayordomo en una carrera mortal. Estaba malditamente seguro de que el tipo le estaba hablando, pero no iba a seguir esa o cualquier otra conversación. Golpeando la puerta oculta debajo de las escaleras, cayó en un retumbante galope cuando salió disparado por el túnel subterráneo.
Su primera pista sobre lo que estaba mal llegó cuando salió de repente del armario de suministro y entró en la oficina.
Su cuerpo había perdido la razón, las señales de su cerebro cortadas por una interferencia y un cambio de enfoque que no tenía sentido: Una erección, gruesa y larga, empujaba su ropa de cuero, su cabeza flotaba con una repentina y aplastante necesidad de llegar hasta Autumn y...
—Oh, joder... no... —el sonido irregular de su voz se cortó cuando un grito atronador salió de algún cuarto del pasillo. Agudo y horrible, era el de una hembra sufriendo un dolor increíble.
Su cuerpo respondió al instante, temblando cuando una imperiosa necesidad le golpeó. Tenía que llegar hasta Autumn... a menos que él la atendiera, ella iba a pasar las próximas diez o doce horas en el infierno. Necesitaba un macho... a él... dentro de ella, que cuidara de ella...
Tohr se abalanzó sobre la puerta de cristal, con el brazo extendido, la mano lista para apartar la barrera transparente y frágil.
Se contuvo justo cuando abría el camino.
¿Qué coño estaba haciendo? ¿Qué coño estaba haciendo?
Otro grito hizo eco en él, y se combó cuando una oleada de impulso sexual casi le hizo caer de rodillas. Mientras su razonamiento superior sufría un cortocircuito otra vez, sus patrones de pensamientos se detuvieron por completo y lo único en que podía pensar era en montar a Autumn y aliviar su tormento.
Pero a medida que las hormonas disminuían, su cerebro comenzaba a funcionar otra vez.
—No —gritó—. No, de ninguna puta manera.
Apartándose de la puerta, se arrojó hacia atrás hasta que golpeó el escritorio y se agarró a él preparándose para el siguiente impacto.
Imágenes de la necesidad de Wellsie, en la que habían concebido a su hijo, pasaron rápidamente por su mente, el ataque tan implacable e indiscutible como los impulsos de su cuerpo. Su Wellsie había sufrido tanto dolor, un dolor paralizante...
Había llegado a casa justo antes del amanecer, hambriento, cansado, pensando que iba a disfrutar de una buena comida y un poco de televisión basura antes de que se quedaran dormidos uno junto el otro... pero tan pronto como había entrado por el garaje, había tenido la misma respuesta contra la cual luchaba ahora: la imperiosa necesidad de aparearse.
Sólo había una cosa que causaba ese tipo de reacción.
Seis meses antes de aquello, Wellsie le había hecho jurar, sobre la base misma de su santificado emparejamiento, que cuando entrara en su siguiente necesidad no la drogaría. Joder, tuvieron una pelea por eso. Él no quería perderla en la cama de parto, al igual que un montón de machos vinculados, hubiera preferido no tener hijos durante el resto de su larga vida juntos antes que quedarse sin nada.
¿Y qué hay de que tú pelees? le había gritado ella. ¡Te enfrentas a tu maldita cama de parto todas las noches!
Ahora no podía recordar lo que le había dicho entonces. Sin duda había tratado de calmarla, pero no había funcionado.
Si algo te sucede, había dicho ella, yo tampoco tendré nada. ¿Crees que no atravieso ese crisol cada maldita noche?
¿Qué le había dicho él? Que le jodieran, no lo sabía. Pero podía ver su rostro claro como el día cuando ella le había mirado fijamente.
Quiero un hijo, Tohr. Quiero una parte de ti y de mí juntos. Quiero una razón para seguir viviendo si tú no lo haces... porque eso es lo que voy a tener que hacer. Voy a tener que seguir viviendo.
Poco habían pensado que él sería el que quedara atrás. Que el hijo no sería el por qué de su muerte. Que todas las cosas contra las que habían peleado esa noche no habían sido las preocupaciones correctas.
Pero la vida era así. Y tan pronto como había entrado en casa, había querido llamar a Havers, incluso había ido hasta el teléfono. Pero al final, y como de costumbre, no había sido capaz de negarle algo.
Y en vez de sangrar después de que la necesidad había pasado, se había quedado embarazada. Incandescente apenas describía su alegría...
El siguiente grito fue tan fuerte que era un milagro que no hubiera roto la puerta de cristal.
Jane irrumpió en la oficina.
—¡Tohr! Escucha, necesito tu ayuda...
Cuando sus manos se agarraron al borde del escritorio para mantenerse en el lugar, negó con la cabeza como un loco.
—No lo haré. No voy a atenderla... de ningún condenado modo. No lo haré, no lo haré, no lo haré...
Parloteando, joder, estaba parloteando. Ni siquiera oyó sus propias palabras, ya que empezó a levantar el escritorio y a dejarlo caer de golpe una y otra vez, hasta que algo duro y pesado golpeó en el suelo.
En algún lugar de la parte posterior de su mente, vagamente pensó que era demasiado jodidamente irónico que otra vez estuviera perdiendo el control en esta sala.
Aquí se había enterado de que Wellsie estaba muerta.
Jane levantó las manos.
—No, espera, necesito tu ayuda, pero no de esa manera...
Otra oleada del instinto le hizo apretar los dientes y tuvo que doblar la parte superior del cuerpo mientras maldecía.
—Ella me dijo que no te llamara...
Entonces, ¿por qué estaba aquí? Oh, maldito infierno, el impulso...
—¡Entonces por qué me has enviado un mensaje de texto!
—No tomará ninguna droga.
Tohr negó con la cabeza... sólo que esta vez fue en un intento de mejorar su audición.
—¿Qué?
—Está rehusando las drogas. No puedo conseguir que consienta, y no sabía a quién más llamar. No puedo ponerme en contacto con Xhex... y nadie más está unido a ella. Está sufriendo...
—Drógala de todos modos...
—Es más fuerte que yo. Ni siquiera puedo llevarla de vuelta a la cama sin que reparta golpes a diestro y siniestro. Pero esa no es la cuestión... éticamente, no puedo tratar a alguien que no me deja. No voy a hacerlo. ¿Tal vez puedas hablar con ella?
En ese momento, los ojos de Tohr se pusieron con el programa y se concentró de verdad en la hembra. Su bata blanca estaba rota, una solapa colgaba suelta como un jirón de piel blanca. Era evidente que había sido maltratada.
Tohr pensó en Wellsie, en su necesidad. Cuando él había bajado a su habitación, parecía que el lugar había sido saqueado. La mesita de noche y todo en ella estaba tirado y roto. La radio despertador en el suelo. Las almohadas fuera del colchón y las sábanas rajadas.
Había encontrado a su hembra en el lado más alejado, en la alfombra, en una bola de agonía. Había estado desnuda, pero enrojecida y sudando a pesar de que hacía frío.
Nunca olvidaría la forma en que ella había alzado la vista hacia él y, a través de sus lágrimas, le suplicó lo que él podía darle.
Tohr la había montado totalmente vestido.
—¿Tohr...? ¿Tohr?
—¿Has puesto en cuarentena a los otros machos? —masculló.
—Sí. Incluso tuve que despedir a Manny. Él estaba...
—Sí. —Probablemente el tío estaba llamando a Payne en el campo. O eso, o pasando un montón de tiempo significativo con su mano izquierda: una vez que un macho quedaba expuesto, estaba permanentemente duro por un tiempo, aunque dejara las cercanías.
—También se lo dije a Ehlena... y me dijo que tenía que mantenerse alejada. ¿Supongo que a veces el ciclo de una hembra puede afectar a las demás? Y nadie quiere quedarse embarazada por aquí.
Tohr se puso las manos sobre las caderas y bajó la cabeza, reuniendo su mierda. Se dijo que no era un animal para tomar a Autumn en cualquier cama en la que estuviera acostada. Él no era...
Mierda, ¿cuánto estaba dispuesto a confiar en esa resolución? ¿Y en qué demonios pensaba ella? ¿Por qué coño no se tomaba las drogas?
Tal vez se trataba de una estratagema. Para llevarlo, para atenderla.
¿Podría ser tan calculadora?
El siguiente grito fue desgarrador... y le cabreó. En su estela, se dijo a sí mismo que se diera la vuelta hacia el armario de suministros y que hiciera buen uso de él… salvo que no podía abandonar a la doctora Jane. Era bastante seguro que ella intentaría otra vez ayudar a Autumn y conseguiría que la golpeara de nuevo.
Miró a la sanadora.
—Bajemos juntos... y no me importa si ella consiente o no. Vas a sacarla de su sufrimiento, aunque tenga que sujetarla en el condenado suelo.
Tohr respiró un par de veces para prepararse, ajustándose los pantalones.
Jane estaba hablando con él, sin duda soltando todo tipo de la ética esto y la ética aquello, pero no la estaba escuchando.
Ese paseo por el pasillo duró una eternidad: con cada paso, las necesidades de su cuerpo se intensificaban, transformándolo en una bomba de instinto. Cuando llegó a la puerta de la sala de recuperación en la que ella se encontraba, estaba inclinado, agarrándose en la ingle, incluso delante de la doctora Jane. Su pene palpitaba, sus caderas se tensaban...
Abrió la puerta.
—Jooooder...
Sus huesos casi se rompieron en dos cuando una mitad de él fue a impulsarse hacia adelante y la otra mitad tuvo que contenerse junto a la jamba de acero.
Autumn estaba en la cama, boca abajo, con una rodilla subida hasta el pecho, la otra pierna extendida hacia fuera en un torturado ángulo. Su vestido estaba retorcido y tirante en su cintura, y mojado por el sudor, su pelo era un enmarañado desorden enredado en la parte superior de su cuerpo. Y había manchas de sangre cerca de su boca... probablemente se había mordido a través del labio.
—Tohrment... —Su voz rota se alzó—. No... vete...
Él se tambaleó hasta la cama y puso su cara delante de ella.
—Es hora de poner fin a esto...
—Ve... te... —Sus ojos inyectados en sangre se encontraron con los de él sin concentrarse mientras las lágrimas corrían por su rostro espectacularmente ruborizado, las hormonas inundaban su piel con un tinte rosado como si fuera una fotografía anticuada, pintada a mano—. Ve... aho...
El gruñido que cortó la palabra subió el volumen hasta otro grito.
—Ve a buscar las drogas —le espetó a la sanadora.
—Ella no las tomará...
—¡Ve a buscarlas! Es posible que tú necesites su consentimiento, pero estoy bien seguro de que yo no...
—Habla con ella primero...
—¡No! —gritó Autumn.
Todo el infierno se desató en ese momento, todo el mundo se gritaba el uno al otro hasta que la siguiente oleada vino e hizo callar a él y a Autumn, los dos cediendo una vez más bajo la presión.
La aparición de Lassiter se manifestó en un latido de corazón entre el repentino alivio y la siguiente ronda de discusión: El ángel se acercó a la cama y extendió la mano.
Autumn se calmó al instante, con los ojos en blanco y las extremidades relajadas. El alivio de Tohr, tanto como tuvo algo, consistió en que al menos el sufrimiento de ella se había aliviado. Él todavía estaba paralizado por la necesidad, pero ella ya no se estaba matando a sí misma.
—¿Qué le has hecho? —preguntó Doc Jane.
—Sólo un estado de trance. Y no va a durar.
Sin embargo, esa mierda era impresionante. La mente de los vampiros era más fuerte que la de los humanos, y el hecho de que el ángel pudiera sacar este tipo de reacción de ella en su condición, sugería que tenía algunos trucos especiales bajo la manga.
Los ojos de Lassiter encontraron los de Tohr.
—¿Estás seguro?
—Sobre qué —le espetó. Joder, estaba a punto de perder el juicio aquí...
—Servirla.
Tohr se echó a reír en un arranque en frío.
—No es probable. Jamás.
Para demostrar el punto, se abalanzó hacia la derecha, donde una bandeja de jeringas estaba preparada, en clara intención para Autumn. Agarrando dos, se las clavó en los muslos y se inyectó a sí mismo con lo que estaba en ellas.
Un montón de gritos se escucharon en ese momento, pero no duró mucho. El cóctel de fármacos, fuera lo que fuera, tuvo un efecto inmediato y lo derribó al suelo.
Su última imagen antes de perder el conocimiento de una maldita vez fue la de los ojos borrosos de Autumn observándole caer.

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