domingo, 22 de julio de 2012

Amante Renacido/Capitulos 58 59 60

Capítulo 58

Cuando Qhuinn y John la contemplaron con expresión estudiadamente en blanco, Layla se enderezó en la dura silla en la que estaba sentada.
Mirando a su alrededor en el restaurante, sólo vio humanos disfrutando tranquilamente de pequeños dulces similares a los que estaban en sus platos... así que era difícil entender qué estaba mal.
—¿Hay algo fuera? —susurró, inclinándose hacia adelante. En términos generales, encontraba que los humanos eran muy similares a los vampiros... sólo trataban de vivir sus vidas sin interferencias. Pero estos dos machos también lo sabrían.
Qhuinn la miró y sonrió de un modo que no alcanzó a sus ojos.
—Después de alimentar al macho, ¿qué hiciste? ¿Qué hicieron ellos?
Ella frunció el ceño, deseando que ellos le dijeran lo que estaba mal.
—Ah... bueno, traté de hablar con ellos sobre llevarlo de regreso al centro de entrenamiento. Pensé que ya que su compañero había sido tratado allí, él también podría serlo.
—¿Crees que sus heridas podrían haber sido mortales?
—¿Si yo no hubiera llegado a tiempo? Sí, lo creo. Pero él tenía mejor aspecto cuando me fui. Su respiración había mejorado mucho.
—Te alimentaste de él.

Ahora el tono en la voz de Qhuinn era grave. Hasta el punto de que, si los límites de su relación no hubieran sido bien establecidos, podría haber pensado que estaba celoso.
—No, no lo hice. Tú eres la única persona con la cual he hecho eso.
El silencio que siguió le dijo más de lo que hicieron las preguntas. El problema no eran los humanos a su alrededor en el restaurante o fuera en las calles.
—No lo entiendo —dijo enfadada—. Él estaba en necesidad y yo cuidé de él. Tú entre todas las personas no debería discriminarle simplemente porque es un soldado y no de noble nacimiento.
—¿Le has dicho a alguien dónde estuviste esa noche? ¿Lo que hiciste allí?
—El Primale nos da rienda suelta. He estado alimentando y cuidando a los combatientes durante largo tiempo... es lo que hago. Es mi propósito. No entiendo...
—¿Has tenido algún contacto con ellos desde entonces?
—Tenía la esperanza... en verdad, esperaba que uno o los dos aparecieran en la mansión en calidad de algo oficial para que pudiera ver a los heridos una vez más. Pero no, no los he visto. —Ella apartó sus platos—. ¿Qué está pasando aquí?
Qhuinn se puso de pie y sacó su fajo de billetes. Sacando dos de veinte, arrojó los billetes sobre la mesa.
—Tenemos que volver al complejo.
—Por qué estás siendo... —ella bajó la voz cuando varias personas miraron en su dirección—. ¿Por qué eres así?
—Vamos.
John Matthew también se levantó, con una expresión furiosa, los puños apretados, la mandíbula tensa.
—Layla, vuelves con nosotros. Ahora.
Para evitar una escena, ella se levantó y les siguió fuera al aire frío. Pero no tenía ninguna intención de aceptar órdenes y desmaterializarse como una niña buena. Si ellos dos iban a comportarse de esa manera, maldición, iban a decirle por qué.
Plantando los pies en la nieve, fulminó con la mirada a los dos machos.
—¿Qué pasa con vosotros?
Su tono de voz era uno que hasta hacía un año, ella misma, se habría sorprendido de escuchar saliendo de su boca. Pero no era la misma hembra que había sido una vez.
Cuando ninguno de ellos contestó, negó con la cabeza.
—No me moveré de este trozo de acera hasta que me lo digáis.
—No vamos a hacerlo, Layla —mordió Qhuinn—. Tengo que...
—A menos que me digáis lo que está pasando aquí, la próxima vez que cualquiera de esos soldados contacte conmigo, será mejor que creáis que voy a verlos...
—Entonces serías una traidora, también.
Layla parpadeó.
—Lo siento... ¿traidora?
Qhuinn miró a John. Cuando el macho se encogió de hombros y levantó las dos manos, hubo un largo chorro de maldiciones.
Y entonces la tierra desapareció bajo sus pies.
—Yo creo que el macho al que alimentaste es un soldado llamado Xcor. Es el líder de un escuadrón rebelde de combatientes llamado familiarmente Banda de Bastardos. Y al final del otoño, en la época que lo alimentaste, atentó contra la vida de Wrath.
—Lo... lo siento. Qué... —Cuando sus piernas oscilaron aflojándose, John intervino y la agarró—. Pero, cómo puedes estar seguro...
—Yo fui el que puso los moretones en su rostro, Layla. Le golpeé hasta sacarle la mierda... de manera que Wrath pudiera llegar a casa sin peligro y que su herida de bala fuera tratada. Ese es nuestro enemigo, Layla... tan cierto como lo es la Sociedad Lessening.
—El otro... —Ella tuvo que aclararse la garganta—. El otro soldado, sin embargo, el que me llevó a él. Estuvo en el centro de entrenamiento. Phury me llevó para alimentarle... con Vishous. Me dijeron que era un soldado de valía.
—¿Dijeron eso? O te permitiste creer eso.
—Pero... si él era el enemigo, ¿por qué darle refugio?
—Ese era Throe, el segundo al mando de Xcor. Fue dado por muerto por su jefe... y nos iban a condenar si se moría en nuestra guardia.
John sacó su teléfono móvil con la mano libre y envió un mensaje de texto rápido, pero Layla no estaba siguiendo nada. Sus pulmones estaban ardiendo, la cabeza le daba vueltas, su tripa se retorcía.
—¿Layla?
Alguien la estaba llamando, pero el pánico que la reclamaba era lo único con lo que podía conectar. Mientras su corazón martilleaba, y su boca se abría buscando aire, una oscuridad descendió sobre ella...
—¡Joder, Layla!
*  *
Moviéndose por los tejados de Caldwell, Xhex mantuvo a Xcor a distancia, siguiéndole de callejón en callejón y de distrito en distrito mientras él se enfrentaba contra asesinos. Por lo poco que vio, el macho era un luchador increíblemente eficiente, aquella guadaña suya hacía un jodido trabajo serio.
Lástima que fuera un megalómano con delirios de la variedad “tronal”.
En todo momento, se quedó a un mínimo de un bloque de distancia. No había ninguna razón para forzar su suerte y correr el riesgo de llamarle la atención sobre el hecho de que lo estaban siguiendo. Sin embargo, tenía la sensación de que él lo sabía. Si la forma en que él manejaba al enemigo era una indicación, sería lo bastante inteligente como para suponer que Wrath y la Hermandad enviarían emisarios tras él, y no parecía que estuviera en la clandestinidad. Él era un individuo con un patrón dentro de un espacio geográfico limitado: luchaba en Caldwell. Cada jodida noche.
Hola.
Cuando los copos de nieve comenzaron a arremolinarse en el aire, el macho en cuestión se movió de posición, corriendo en un trote con su mano derecha, Throe, a su lado. Permaneciendo con ellos, se desmaterializó a otro edificio. Y a otro. Y a un tercero. ¿Adónde iban? pensó, cuando ellos dejaron el sector de los enfrentamientos...
A un kilómetro o así más tarde, Xcor se detuvo abajo, al nivel de calle, claramente tratando de decidir entre izquierda y derecha. Cuando Throe se acercó a su lado, intercambiaron palabras irritadas. ¿Tal vez porque Throe reconoció que se dirigían en la dirección equivocada?
Mientras discutían, ella miró al cielo. Comprobó el reloj. Mierda. Xcor iba a desmaterializarse al final de la noche, y así era cómo le iba a perder. Sólo con sus instintos vagando hasta aquí, él escaparía rápidamente de su alcance en cuanto se alejara como un fantasma.
Pero al menos ahora tenía la rejilla de él. Y tarde o temprano, ya fuera él o uno de sus soldados iba a resultar herido y tendría que ser conducido fuera ​​de la ciudad. Era inevitable... y así era como iba a cogerles: no podía rastrear una dispersión de moléculas. Sin embargo, un coche, una furgoneta, una camioneta, un SUV... esa sería su manera de entrar. Y la mierda era que sabía que pasarían meses para una maldita herida.
De repente, Xcor se puso en marcha otra vez, rodeando el edificio sobre el que ella estaba, llamándola para volver a la acción. Con una intensidad sombría, caminó haciendo crujir la capa de nieve de la azotea, dando la vuelta con él, corriendo por los respiraderos HVAC y otros mecánicos. Cuando ella llegó al otro lado, ella...
John Matthew.
Mierda, su John no estaba lejos. Qué demonios...
Le había dicho que se quedaba en casa esta noche porque estaba fuera de la rotación.
¿Con quién estaba? Qhuinn había renunciado a sus maneras de putero... parte equivocada de la ciudad para eso, de todos modos. Este era el distrito de los teatros.
Desmaterializándose al borde del edificio, miró hacia abajo. Al otro lado de la calle, a la entrada de un callejón, John estaba de pie en las sombras, con Qhuinn y... Layla. Quien era levantada del suelo en los brazos del primero, ¿como si se hubiera desmayado?
Miiiiierda. Un montón de drama allí abajo. Un drama enorme... del tipo que era amenazador hasta descomponer la rejilla emocional de la Elegida por completo.
Dispersando sus moléculas, Xhex volvió a tomar forma delante de John, sorprendiendo al grupo.
—¿Está bien?
Estamos esperando a Butch, dijo John.
—¿Está en camino?
Está ocupado al otro lado de la ciudad con la limpieza. Pero le necesitamos ahora.
Eso estaba claro. Lo que había ocurrido allí era grave.
—Ahora puedes soltarme —dijo Layla con brusquedad.
Qhuinn se limitó a negar con la cabeza y siguió sosteniéndola sobre la nieve.
—Mirad, iAm no está lejos. —Xhex sacó el móvil y lo mostró—. ¿Me permitís que lo llame?
—Sí, eso estaría bien —respondió Qhuinn.
Cuando llamó a la Sombra, ella contempló a John mientras sonaba el teléfono.
—Oye, iAm, ¿cómo estás? Sí. Uh huh... ¿cómo lo sabes? Sí, necesito un juego de ruedas en el distrito de los teatros, estad... Eres mi tipo, iAm. —Ella terminó la llamada—. Hecho. TELL en menos de cinco minutos.
Gracias, dijo John por señas.
—¿Qué pasa? —dijo Qhuinn cuando Layla empezó a ponerse rígida.
Xhex entrecerró los ojos y miró el rostro de la Elegida cuando la rejilla de la mujer se iluminó... con excitación. Y vergüenza. Y dolor.
—Él está aquí —susurró la Elegida—. No está muy lejos.
John y Qhuinn fueron al instante por sus armas... lo que fue un buen truco por parte de éste, teniendo en cuenta que aún tenía a Layla en sus brazos.
De quién diablos estaba hablando...
—Xcor. —Xhex aspiró mientras miraba en la misma dirección que se concentraba la Elegida. Y luego uniendo los puntos, pensó en voz alta—. Jesucristo... ¿Xcor?
iAm escogió ese momento para detenerse con un BMW X5, y una fracción de segundo más tarde, estaba fuera y manteniendo la puerta abierta.
Qhuinn se abalanzó sobre el SUV, y Layla no opuso resistencia cuando la metió allí como una inválida.
—Llevaos el vehículo —dijo iAm a los machos—. Usadlo como si fuera vuestro.
Después de un brusco agradecimiento por parte de Qhuinn, hubo un breve momento de ahora-qué cuando John miró a Xhex.
Preparándose para algunos golpes en el pecho masculino, ella quiso maldecir...
La llevaremos de vuelta, dijo John. Tú quédate aquí y haz lo que tengas que hacer. Tan rápido como entraron de un salto en el SUV de iAm, se fueron.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó iAm.
—Gracias, pero no —murmuró mientras contemplaba el destello rojo de los frenos y luego cómo desaparecía a la vuelta de la esquina—. Yo me encargo.



















 

Capítulo 59

Xcor había sentido la presencia de la Elegida desde varias manzanas atrás. Atraído hacia ella, cambió de dirección y fue hacia ella… hasta que Throe se entrometió y discutió con él.
Lo que, de alguna manera, había estado bien. Significaba que el macho estaba manteniendo su palabra de no volver a verla más.
Por el contrario, Xcor no había hecho semejante promesa… así que siguió adelante dejando que su soldado mordiera el polvo. Parcas, pero llevaba tantos días mirando absorto a las vigas llenas de telas de araña desde su camastro, preguntándose dónde estaba, lo que estaba haciendo. Cómo le iba.
Si la Hermandad llegaba a averiguar a quién había ayudado en ese campo se pondrían furiosos… y Wrath, el Rey Ciego, había sido conocido hacía mucho por hacer honor a su nombre. De modo que Xcor aún sentía que su segundo teniente la hubiera metido en este lío. Ella era un ser cándido e inocente, que solo pretendía ayudar y la habían convertido en una traidora.
No se lo merecía.
En realidad, rogar porque su objetivo tuviera piedad en este caso sonaba a locura. Pero lo hacía. Rogaba porque Wrath la perdonara si la verdad llegaba a conocerse…
Se acercó más a ella, pero no se atrevió a llegar demasiado cerca… y la encontró al abrigo de un pequeño café, envuelta entre sombras que su visión no pudo penetrar por más que forzó la vista.
No estaba sola, estaba vigilada por soldados… dos machos y una hembra.
¿Sería capaz de percibirle? se preguntó con el corazón latiéndole como si le estuvieran persiguiendo. ¿Les diría que estaba cerca…?
Un vehículo negro se acercó al grupo derrapando y lo que salió de él fue algo de lo que tan solo había oído hablar entre susurros: ¿Era una Sombra? ¿Una verdadera Sombra vivita y coleando?
La Hermandad tenía aliados de valía, eso estaba claro…
Su Elegida fue transportada rápidamente al coche en los brazos del soldado con el que había luchado esa noche en la propiedad de Assail.
Xcor mostró los colmillos pero se guardó el gruñido para él. Que otro macho la estuviera tocando hizo que se sintiera profundamente violento. ¿La posibilidad de que estuviera herida de alguna forma? Le aterrorizó hasta el punto de estremecerse.
En el último momento, justo antes de desaparecer en el asiento trasero, ella miró hacia donde él se encontraba.
 El momento de conexión ralentizó el tiempo hasta que todo, desde los copos de nieve que caían contra el parpadeante letrero de neón que estaba junto a ella, hasta la velocidad con la que la ocultaron a la vista, le parecieran fotogramas independientes, como fotos tomadas por su mente de una en una.
Ella no vestía su túnica blanca, sino ropas humanas que él aprobaba. Su cabello seguía recogido en lo alto del cuello, sin embargo, lo que acentuaba sus espectaculares facciones. Y cuando Xcor respiró, sus senos nasales inhalaron tanto el frío como el delicado aroma de ella.
Todo en ella era tal y como lo recordaba. Salvo porque en este momento ella estaba claramente afligida, la piel demasiado pálida, los ojos abiertos de par en par. Le temblaba la mano cuando se la llevó a la garganta en un gesto de autoprotección.
Él extendió hacia ella la mano con la que peleaba, como si hubiera algo que pudiera hacer para aliviar su sufrimiento, como si pudiera ayudarla de alguna forma.
Era un gesto que tendría que permanecer siempre en las sombras. Ella sabía que él estaba cerca y probablemente ésa era la razón por la que se la estaban llevando de allí.
Y ahora ella le temía. Seguramente porque sabía que él era su enemigo.
Los dos machos se metieron en el coche con ella, el más alto tras el volante y el que había luchado con él se deslizó en la parte trasera con ella.
Sin ser consciente de ello, deslizó la mano en el interior de la chaqueta y tocó su arma. La tentación de plantarse en el camino del vehículo, matar a los dos machos y llevarse lo que deseaba era tan grande que en realidad llegó a cambiar su posición calle abajo.
Pero no podía hacerle eso a ella. Él no era su pad… no era el Bloodletter. No iba a atormentarle su conciencia durante el resto de su vida con esa violencia… porque probablemente ella lo extrapolaría y se culparía a si misma por las muertes.
No, si alguna vez llegaba a tenerla, sería porque ella viniera a él por su propia voluntad. Lo que, por supuesto, era imposible.
Así que… la dejó marchar. No se interpuso en el camino del vehículo a motor para meter una bala en la frente del conductor. A continuación, no se apresuró a disparar al del asiento trasero ni se dio la vuelta para matar a la mujer soldado que, en ese momento, se encontraba a una distancia aproximada de media manzana por detrás de él. Tampoco se introdujo en el vehículo, ni encerró a la Elegida en su interior ni la condujo a algún lugar cálido y seguro.
Donde le quitaría de encima esos horribles ropajes humanos… y los sustituiría por su propio cuerpo desnudo.
Dejando caer la cabeza, cerró los ojos y recalibró sus pensamientos, recobrando el control sobre ellos, reconduciéndolos lejos de la fantasía. De hecho, ni siquiera iba a utilizarla para encontrar a los Hermanos, eso sería como firmar su sentencia de muerte, como si en realidad pudiera escribir su propio nombre.
No, no la utilizaría como herramienta en esta guerra. Ya la había comprometido demasiado.
Dándose la vuelta sobre la nieve se dirigió hacia la que estaba detrás. Que los soldados se hubieran marchado con la Elegida en lugar de luchar con él era lógico. Una hembra como ella era un elemento de mucho valor y, probablemente, habrían pedido muchos refuerzos para el viaje, donde quiera que fueran.
Era interesante que hubieran elegido al soldado del sexo débil para quedarse atrás. Probablemente habían dado por hecho que les iba a perseguir.
—Puedo sentirte claro como el día, hembra —llamó.
Ella dio un paso bajo la luz de un portal callejón abajo, demostrando su valor. Llevaba el pelo corto y una constitución prieta y poderosa que estaba revestida de cuero, era definitivamente una luchadora.
Bien, esta era una noche llena de sorpresas: si estaba asociada con la Hermandad, había que asumir que era peligrosa, de modo que esto podía ser divertido.
Y aun así, mientras le encaraba, no sacó ningún arma. Sin embargo, estaba preparada… en realidad, era su postura la que le decía que estaba lista para hacer lo que debía. Pero no estaba a la ofensiva.
Xcor entrecerró los ojos.
—¿Demasiado femenina para luchar?
—No soy yo quien debe tomarte.
—¿Y entonces de quién soy? —como ella no respondió, él dedujo que algo se estaba tramando. La cuestión era de qué tipo—. ¿Nada que decir, hembra?
Avanzó un paso hacia ella. Y otro. Solo para tantear los límites. Por supuesto, ella no se echó atrás, sino que abrió lentamente la cremallera delantera de su chaqueta como si fuera a coger sus armas.
De pie en esa zona iluminada, con la nieve cayendo a su alrededor y las botas plantadas sobre el suelo blanco y mullido, su negra figura era toda una estampa. Sin embargo no se sentía atraído por ella… puede que hubiera sido más fácil si lo hubiera estado. Alguien con esa dureza intrínseca daría mejor la cara ante la… bueno, la cara de Xcor.
—Tienes un aspecto bastante agresivo, hembra.
—Si me obligas a matarte, lo haré.
—Ah. Bueno, lo tendré presente. Dime, ¿te has quedado atrás por el placer de mi compañía?
—Dudo que fuera tan placentera.
—Tienes razón. No soy conocido por mis habilidades sociales.
Le estaba siguiendo, pensó. Era la razón por la que estaba ahí. De hecho, llevaba desde el inicio de la noche con la sensación de tener una sombra sobre él.
—Me temo que me tengo que marchar —dijo lentamente—. Sin embargo, tengo la sensación de que nuestros caminos se cruzarán de nuevo.
—Puedes apostar tu vida.
Él le hizo una inclinación de cabeza… y repentinamente se hizo desaparecer hacia la lejanía.
Cualesquiera que fueran sus habilidades como rastreadora, no podía perseguir moléculas. Nadie era tan bueno.
Ni siquiera su Elegida podía hacerlo… gracias a las Parcas por eso. En verdad, él llevaba tiempo recreando en su mente la idea de que ella podría encontrarle si lo deseaba, al actuar su sangre en el cuerpo de él como un faro que podría guiarla durante bastante tiempo aun.
Pero no lo había hecho, ni lo haría. No pertenecía a la guerra…
Su teléfono sonó en el preciso instante en que retornó a su forma física en las orillas del Hudson, lejos del centro. Sacó el dispositivo negro y miró la pantalla. La imagen de un caballero anticuado se mostraba junto a letras y números que él no podía descifrar… lo que significaba que su contacto en la glymera estaba intentando ponerse en contacto con él.
Apretó el botón con las letras verdes.
—Qué placer escucharte, Elan —murmuró—. ¿Qué tal te está yendo en esta magnífica velada? ¿Lo están? Por supuesto. Sí. Te informaré de la localización… pero diles que aye. Nos reuniremos con ellos con toda urgencia.
Perfecto, pensó mientras apretaba el botón rojo. La facción disidente de la glymera quería mantener una reunión personal. Las cosas por fin empezaban a moverse.
Ya era hora.
Contemplando el rio, dejó fluir su agresividad, pero la oleada no duró. Inevitablemente, sus pensamientos retornaron a su Elegida y la expresión horrorizada de su rostro.
Ahora sabía quién era él.
Y como todas las hembras, le veía como un monstruo.
*  *
Viajando en el asiento trasero del todoterreno de iAm, Qhuinn mantenía vigilados todos los flancos del vehículo por si les estaban siguiendo. También había llamado a V y a Rhage para que flanquearan el BMW, sólo por si acaso.
Aunque no les había dicho que estaba preocupado por los Bastardos. Ellos habían dado por hecho que se trataba de lessers y él había dejado que lo creyeran.
Y John no estaba conduciendo de vuelta al complejo, no había motivos para ir a ninguna parte cerca de casa. En lugar de eso, se dirigían a los suburbios a dar vueltas por allí, permanecerían en los vecindarios llenos de humanos hasta que Layla tuviera tiempo de recobrarse y desmaterializarse de vuelta a la mansión.
En ese punto, la miró. Ella estaba mirando por la ventana de su lado y su pecho subía y bajaba demasiado rápidamente.
Pero, claro, enterarte de que has ayudado al enemigo… probablemente salvado su vida… no es la clase de acto que nadie manejaría bien.
Se inclinó hacia ella, le puso una mano en la pierna y se la apretó cariñosamente.
—Está bien, nenita.
Ella no se volvió hacia él. Tan solo negó con la cabeza.
—¿Cómo puedes decir eso?
—No lo sabías.
—Se ha quedado en la ciudad. No nos ha seguido.
Era bueno saberlo.
—¿Me lo dirás si eso cambia?
—Por supuesto —dijo con voz mortecina—. Al momento.
Qhuinn maldijo para sus adentros.
—Layla. Mírame —cuando no lo hizo, le colocó el dedo índice en la barbilla—. Eh, no sabías quien era.
 Layla cerró los ojos, como si deseara volver a la noche en que conoció al tipo y rehacerlo todo de nuevo.
—Ven aquí —dijo él atrayéndola a sus brazos.
Ella le aceptó tiesa, y mientras él le frotaba la espalda, pudo notar la tremenda tensión de sus músculos.
—¿Y si el Rey me rechaza? —dijo contra su pecho—. ¿Y si Phury…?
—No lo harán. Lo comprenderán.
Mientras ella se estremecía entre sus brazos, él miró a John a través del retrovisor y sacudió la cabeza ante su mejor amigo. Moviendo los labios, dijo en silencio:
Vamos a llevarla a casa. Xcor se ha quedado en la ciudad.
John arqueó una ceja y luego asintió.
Después de todo, el sentido de la sangre no mentía… aunque por desgracia era un arma de doble filo. Lo bueno era que el mhis que V había lanzado alrededor del complejo impediría que nadie de fuera la encontrara… esa era la razón por la que había sido alimentado Throe en aquel lugar. Y, por lo menos, esa conexión con Layla se iba desvaneciendo con cada noche que pasaba, incluso a pesar de que la sangre de la Elegida era tan pura.
—No tengo nada mío —dijo Layla con brusquedad—. Nada. Pueden incluso retirarme del servicio.
—Shh… eso no va a ocurrir. No lo permitiré.
Joder, esperaba que no fuera una mentira. Y tenían que contárselo al Rey y al Primale inmediatamente: su primera parada después de que la llevaran a ver a la Doc Jane sería el estudio de Wrath. Aquellos dos tan solo tenían que comprender de donde venía ella… había sido manipulada por el enemigo, explotada como cualquier otro recurso para hacer algo para lo que no se hubiera ofrecido voluntaria ni en un millón de años.
Deseó haber matado a Xcor cuando tuvo la oportunidad…
Unos buenos treinta minutos más tarde, John se desvió hacia la carretera trasera que conducía al centro de entrenamiento y les llevó otros diez hasta que por fin entraron en el garaje.
La primera pista de que algo iba mal llegó cuando Qhuinn saltó al bordillo. Se puso tenso de inmediato, la sangre se le calentó en las venas hasta casi hervir sin motivo aparente. Y entonces sufrió una enorme y palpitante erección.
Miró a su alrededor, ceñudo. Y John hizo lo mismo en cuanto abrió la puerta y salió desde detrás del volante.
Había… algún tipo de energía sexual funcionando en el aparcamiento. ¿Qué cojones?
—Eh, vale, vamos a llevarte donde la Doc Jane —dijo Qhuinn tomando a Layla por el codo y asegurándose de que la parte delantera de sus caderas estaba cubierta por el bajo de su chaqueta de cuero.
—Estoy bien. Honestamente…
—Entonces exactamente eso es lo que dirá la buena doctora.
Cuando John abrió la puerta y todos entraron, Qhuinn perdió el hilo de sus pensamientos mientras una enorme oleada de hormonas se estrellaba contra él. Se miró la pelvis, no podía creer que estuviera a punto de tener un orgasmo.
—Alguien está en su período de necesidad —anunció Layla—. No creo que vosotros dos debáis entrar ahí…
Al fondo del pasillo la Doc Jane prácticamente saltó fuera desde una de las salas de reconocimiento.
—Tenéis que iros… Qhuinn y John, tenéis que marcharos…
—Quién… —Qhuinn tuvo que cerrar los ojos y tratar de ralentizar su respiración: el movimiento estaba haciendo que la polla le rozara contra los botones de su bragueta, amenazando con una aparatosa explosión—. Quién está…
 Al intensificarse la extraña oleada, perdió la capacidad de hablar.
Joder, era como si acabara de pasar por la transición y estuviera rodeado por hembras desnudas en posición de acceso total.
—Es Autumn —dijo Jane, corriendo hacia ellos y conduciéndoles de vuelta al aparcamiento—. ¿Estás bien, Layla?
—Estoy bien…
—Necesita una revisión rápida —murmuró Qhuinn mientras se dirigía al coche de la Sombra—. Ha estado a punto de desmayarse. Avísame cuando termines, Layla, ¿vale?
John también andaba como un espantapájaros: tieso y sin ninguna coordinación. Pero claro, cuando tienes un bate de beisbol en los pantalones no vas por ahí haciéndote el Fred Astaire.
Cuando la pesada puerta de acero se cerró tras ellos, las cosas mejoraron un poco, y para cuando habían atravesado las distintas series de verjas, algo más liberado de su furiosa erección, se sentía un poco más racional.
 —Jesús —dijo Qhuinn—. Si embotelláramos esa mierda dejaríamos a los chicos de la Viagra sin negocio.
Tras el volante, John silbó su aprobación.
Mientras el tipo conducía rodeando la base de la montaña y se acercaba a la casa principal por la parte delantera, Qhuinn se removía en sus pantalones de cuero.
Sexualmente no había hecho gran cosa desde… bueno, mierda, hacía casi un año, cuando había tenido un rato en privado con aquel pelirrojo en el Iron Mask. Después de eso, no había tenido mucho interés en nada ni en nadie, macho o hembra. Ya ni siquiera se despertaba empalmado.
Joder, dada la extensión de su período de sequía, había comenzado a pensar que simplemente había quemado su cuota de orgasmos: considerando todo lo que había follado desde su transición, seguro como la mierda que parecía factible.
Pero aquí estaba, rabiando en su asiento.
Junto a él, John estaba haciendo lo mismo, removiéndose. Recostándose y volviendo a su sitio.
Cuando la mansión finalmente surgió del mhis, Qhuinn odió la idea de entrar. No había nada ni remotamente sexy o atrayente en dirigirse solo a su habitación, hacerse un par de pajas y continuar con su vigilia frente a una pantalla de televisión apagada.
 No tengo nada mío. Nada. Incluso podrían retirarme del servicio.
Layla tenía tanta razón en eso: a pesar de que todos le hacían sentirse bienvenido, la única realidad era que solo se le permitía quedarse porque cumplía una función para con John, como ahstrux nohstrum.
Sin embargo, igual que Layla, podía ser despedido.
¿Y con respecto a su futuro? Desde luego no iba a emparejarse, porque no iba a condenar a ninguna hembra a una unión sin amor, ni tampoco iba a tener descendencia, aunque, pensando en sus ojos de diferente color, puede que eso fuera algo bueno.
En resumen, que lo que le esperaba eran incontables siglos sin un hogar de verdad, sin una familia real, sin sangre propia.
Se pasó una mano por el pelo preguntándose si había alguna posibilidad de que la polla se le desinflara por arte de magia… sabía exactamente lo que esa Elegida quería decir con vacío.


Capítulo 60

Xhex necesitaba información. Ya.
Cuando Xcor se desmaterializó, desapareció del alcance de su radar en segundos. Y sí, tenía una idea de su dirección, pero qué gilipollas no camuflaría el camino hacia su escondrijo.
Así que, por supuesto, le siguió hasta donde pudo y se encontró tirada en las orillas del Hudson, no lejos de su casa. El rastro se enfrió en ese punto y no a causa del helado viento del norte que soplaba río abajo.
Pateó el primer ventisquero que pilló y se puso a dar vueltas por allí. Desanduvo el camino al distrito de los teatros. Escaneó el resto de la ciudad, saltando de azotea en azotea.
Nada.
Terminó en lo alto del edificio donde había visto a John y los demás, caminando a zancadas y soltando juramentos como un camionero. En ausencia de pistas físicas, no le quedó más remedio que seguir con lo único que le quedaba: el drama que había tenido lugar en aquel lugar desértico.
Sacó el teléfono, envió un mensaje de texto a John y esperó. Y esperó. Y… esperó.
¿Les habrían tendido una emboscada en el camino de vuelta?
Envió otro SMS. Llamó a Qhuinn… y no obtuvo respuesta.
Maldita sea, ¿y si había ocurrido algo? El que Xcor pareciera haber abandonado la ciudad no significaba necesariamente que no hubiera podido darse la vuelta e interceptar el todoterreno de iAm. Y mientras tanto, ella aquí como un perro que se persigue la cola…
Justo cuando estaba a punto de comenzar con otra ronda de mensajes y sufrir una crisis de pánico, John envió una respuesta: @ stoy bien. Prdon stba en clínica.
Recuperándose del susto, inspiró profundamente y le envió un mensaje de respuesta: Tenemos que hablar sobre Layla. Déjame ir a la casa.
Era posible que Qhuinn no quisiera dejar a la Elegida en esas condiciones y Xhex no quería que John hiciera salir a su ahstrux nohtrum solo para que se reunieran.
En vez de esperar una respuesta, se transportó a la mansión, subió los peldaños y entró en el vestíbulo. La puerta interior se abrió inmediatamente y apareció Fritz, con aspecto agotado.
—Buenas noches, señora.
—¿Pasa algo?
El mayordomo hizo una inclinación y se irguió.
—Oh, ciertamente. Sí. ¿A quién desea ver?
 Hubo un tiempo en que esa pregunta no hubiera tenido lugar.
—John. ¿Está en la clínica?
—Oh… no. No, sin duda no está allí. Está arriba.
Xhex frunció el ceño.
—¿Hay algún problema?
—Oh, no. Por favor, señora, adelante.
Y una mierda que nada iba mal. Cruzó el manzano de mosaico a la carrera y subió los escalones de dos en dos. Cuando llegó a la segunda planta, dudó.
Incluso desde el distribuidor, se captaban los aromas del sexo: toda una buena mezcla de ellos de hecho, que sugerían que estaban teniendo lugar múltiples encuentros. Literalmente.
Y eso estuvo a punto de hacerle vomitar.
Mientras se aproximaba a la puerta de John, se preparó para lo que se pudiera encontrar al otro lado. Layla estaba entrenada como ehros y Qhuinn llevaba tiempo listo para lo que fuera… y puede que su separación hubiera conducido a su compañero a los brazos de otros.
Llamó a la puerta con fuerza y con el corazón en un puño.
—¿John? Soy yo.
Cerró los ojos y se imaginó cuerpos desnudos repentinamente inmóviles, gente mirando de un lado a otro, a John intentando encontrar algo para cubrirse. No recibió lecturas… estaba demasiado dispersa para lograrlo. Ni tampoco analizó los aromas… ya estaba teniendo suficientes problemas para mantenerse en pie, porque sabía que, por lo menos uno de ellos, era de John.
—Sé que estás ahí dentro.
En lugar de una puerta abierta, le llegó un mensaje de texto al móvil: Stoy m ocupado. Puedo buscarte 18 hr?
Que jodan a eso y al caballo en que va montado.
 Xhex agarró el pomo, lo giró con la suficiente fuerza como para arrancarlo y se abrió camino…
Santa. Mierda.
John estaba solo en su cama, yaciendo sobre las sábanas retorcidas. Su cuerpo desnudo relucía a la luz que entraba desde el cuarto de baño. Tenía una mano entre las piernas, rodeándose la gruesa polla con uno de sus grandes puños… con la otra mano asía con fuerza el cabecero, para equilibrarse mientras se lo hacía a sí mismo, con los dientes desnudos y los músculos de los hombros y el cuello sobresaliendo del crudo alivio mientras se pajeaba.
Mieeeeerda. Tenía el bajo vientre resbaladizo de anteriores orgasmos y, aun así, parecía necesitar desesperadamente aliviarse.
Su mirada enfebrecida encontró la de ella y entonces se detuvo. Vete vocalizó, por favor
Ella entró rápidamente y cerró la puerta. Esto no era algo que nadie más necesitara ver.
¡Por favor! exigió.
Desde luego que por favor, pensó para ella, su propio cuerpo estaba respondiendo, su propia sangre empezaba a bombear.
Pasando por encima de los restos amontonados de lo que él había llevado puesto en el distrito de los teatros, ella solo podía pensar en cuanto había echado de menos el lado más carnal de él. Era como si, durante todos estos meses, hubiera estado apagada… y, sí, hubiera sido mucho mejor para ella salir de allí, dejarle que se apañara con su duro trabajo manual y reunirse más tarde.
Pero, Dios, había echado de menos ser su hembra.
No puedo parar movió los labios. Autumn está con la necesidad… me acerqué demasiado.
Ah. Eso lo explicaba. Menos…
—¿Mi madre está bien?
Está donde Jane, y sí.
Dios, esa pobre hembra. Tener que pasar por eso otra vez después de todo lo que había atravesado. Pero por lo menos Jane aliviaría su sufrimiento… asumiendo que no lo hiciera Tohr…
Vale, en eso no estaba yendo muy bien encaminada.
Xhex, tienes… que marcharte…
—¿Y si no quiero?
Al oír eso, el cuerpo de John se onduló salvajemente, tanto como si ella ya le estuviera tocando y se corrió fuertemente, moviendo la mano arriba y abajo mientras eyaculaba sobre la musculada extensión de su bajo vientre.
Vaya si esa no había sido una respuesta bien clara: él también la deseaba.
Xhex se acercó al borde de la cama y extendió la mano, acariciando su muslo íntimamente con los dedos. Ese ligero contacto fue suficiente para que continuara liberándose, bombeando con las caderas, agitando el sexo y contrayendo su cuerpo de guerrero mientras el placer le recorría.
Inclinándose, Xhex apartó la mano con la que él bombeaba y le capturó con la boca, chupándolo todo, haciéndole terminar como es debido mientras él se derrumbaba sobre las sábanas. Y tan pronto como terminó, por lo menos con esa liberación en particular, se relajó durante más o menos un nanosegundo antes de sentarse y estirarse hacia ella.
Ella fue a él con ligereza, besándole mientras John la situaba encima de él. Sus manos, esas grandes y conocidas manos, se movían por todas partes… hasta que se detuvieron sobre el culo de Xhex y tiraron de ella hacia arriba, para que John pudiera hundir la cara entre sus pechos.
John rompió la camiseta de Xhex de un rápido tajo con los colmillos y se acopló a uno de sus pezones, chupando y lamiendo, mientras ella le ayudaba, quitándose la chaqueta, deshaciéndose de las armas y…
John la colocó boca arriba y gruñó silenciosamente ante las ropas de cuero de Xhex.
Las cosas no fueron bien para ellas… lo que teniendo en cuenta lo dura que era esa piel, decía mucho sobre la forma de desnudarse que estaba teniendo lugar ahí. Por lo menos, John sabía lo suficiente como para no enredar con sus cilicios.
 En cuanto estuvieron en posición, él se introdujo en ella de golpe, la sensación de estiramiento fue suficiente para lanzarla de cabeza a un orgasmo capaz de partirla en dos. Él la siguió, uniéndose a ella, sus cuerpos trabajándose mutuamente mientras ella gritaba.
Y aún continuó montándola, bombeando incesantemente para darle exactamente más de lo que necesitaba.
Desnudando los colmillos, ella espero a que se detuviera un instante… y entonces atacó. Mordiéndole fuerte, lo hizo tumbarse sobre la espalda, obligándolo a permanecer tirado sobre el colchón para poder montarlo. Y mientras le sujetaba por los hombros y se enganchaba a su garganta, continuó follándole, subiendo y bajando con la fuerza de sus muslos, trabajando su erección.
John se rindió a ella completamente. Mantuvo los brazos a los lados, cediéndole su fuerza, entregándole su cuerpo para que ella lo usara hasta vaciarlo, tanto arriba en el cuello, como abajo en las caderas.
Mientras lo tomaba, los ojos de John permanecían fijos en el rostro de Xhex, rezumando tanto amor que parecían un par de soles azules derramando calidez por toda ella.
Como podría jamás vivir sin él…
Liberando su garganta temporalmente, cabalgó el orgasmo del momento, enterrando el rostro en su hombro, las cosas se habían puesto tan violentas que no podía mantener el contacto con la garganta. Pero ella sabía que la vena de John estaba ahí para ella, para que la tomara tan pronto como terminara…
Joder, que vida más complicada. Pero la verdad era simple…
Él era su hogar.
Él era donde ella pertenecía.
Girando a un lado, le animó a seguirla y él se corrió con ella tan suavemente como el agua, tan ardiente como el fuego. Era su turno de alimentarse… y dada la manera en que sus ojos apuntaron a la yugular de Xhex, estuvo de acuerdo con ello.
—Déjame sellarte primero —dijo ella mientras iba hacia las marcas de los pinchazos.
Él la tomó por la muñeca y se lo impidió, negando con la cabeza.
No… Quiero sangrar por ti.
Xhex cerró los ojos con la garganta tensa.
Era difícil decir donde les iba a llevar esto, porque, en primer lugar, ella jamás hubiera adivinado que iban a romper. Pero era tan jodidamente bueno estar en casa… aunque solo fuera una visita corta.
*  *
Las horas pasaron, la noche se apagó y llegó el amanecer, entonces el sol asomó en el borde del horizonte y ascendió hasta su máxima altura de mediodía, derramando su luz en la montaña cubierta de nieve.
Autumn no se dio cuenta de eso… y hubiera sido así tanto estando abajo en la clínica como arriba en la mansión… o fuera, en la nieve.
En realidad, podía haber estado perfectamente bajo la luz del sol.
Estaba ardiendo.
Las llamaradas de calor de su útero le recordaban al nacimiento de Xhexania, cuando la agonía alcanzó niveles que le hicieron preguntarse si la muerte no iba a venir a buscarla, antes de ceder solo lo suficiente como para permitir que recuperara el aliento y se preparara para el siguiente pico. E igual que durante el parto, el ciclo continuaba, los momentos de descanso se distanciaban cada vez más, hasta que el dolor de la necesidad llenó cada molécula de su cuerpo y se apoderó de cada movimiento, cada respiración, cada pensamiento.
Nunca había sido así antes. Cuando estuvo con aquel symphath, la necesidad no había sido ni la mitad de fuerte…
Ni la mitad de prolongada…
Después de incontables horas de tortura, ya no le quedaban más lágrimas, ni más llanto, ni siquiera más crispación. Simplemente yacía inmóvil, apenas respirando. Sus latidos eran lentos y tenía los ojos cerrados, mientras su cuerpo seguía siendo agredido por dentro.
Era difícil decir en qué momento llegó al punto de inflexión, pero las punzadas que sentía entre las piernas disminuyeron gradualmente y la quemazón de la pelvis cedió. Los rigores de la necesidad fueron sustituidos por un persistente dolor en las articulaciones y los músculos, a causa de toda la tensión que había soportado.
Cuando por fin pudo levantar la cabeza, el cuello le crujió sonoramente y gimió cuando se golpeó la cara contra algún tipo de pared. Frunciendo el ceño, trató de orientarse… ah, claro, estaba a los pies de la cama, pegada a la corta tabla de los pies.
Dejó caer la cabeza hacia atrás un instante. Como el ardiente calor había disminuido hasta una temperatura meramente templada, comenzó a sentir frío, así que buscó a tientas una sábana, o una manta o algún tipo de cobertor. No había nada, todo estaba en el suelo: estaba desnuda sobre un colchón sin sábanas, por lo visto había arrancado incluso la sábana bajera ajustable.
Apelando a la poca energía que le quedaba, intentó empujar el torso hacia arriba y levantar la cabeza. No consiguió gran cosa. Parecía que estaba pegada con cola.
Por fin, consiguió levantarse.
El viaje al cuarto de baño fue tan arduo y traicionero como subir una montaña, pero qué placer cuando consiguió llegar hasta la ducha y abrirla.
Mientras el agua templada caía generosamente de la alcachofa fijada a la pared, se sentó debajo, sobre el suelo de azulejos, abrazándose por las rodillas con los talones pegados al trasero. Dejó caer la cabeza a un lado para que el suave chorro la limpiara de lágrimas y sudor.
Poco después, los temblores se volvieron violentos.
—¿Autumn? —la voz de la doctora Jane llegaba desde la habitación contigua.
El castañeteo de los dientes le impidió contestar, pero la ducha dijo suficiente: la otra hembra apareció en el umbral y luego se aventuró hacia el interior del baño, para finalmente retirar la cortina y arrodillarse para poder mirarla a los ojos.
—¿Cómo te sientes?
Repentinamente, Autumn tuvo que ocultar el rostro porque empezó a llorar.
Era difícil saber si el arrebato lo causó el que la necesidad finalmente hubiera terminado o porque estaba tan cansada que estaba al límite… o porque lo último que recordaba antes de que todo se diluyera en una nebulosa, era la visión de Tohr clavándose esas dos agujas en los muslos y cayendo al suelo.
—Autumn, ¿puedes oírme?
—Sí… —graznó.
—Si has terminado de lavarte, me gustaría llevarte de vuelta a la cama. Aquí hace mucho calor y me preocupa tu tensión arterial.
—Tengo f-frío.
—Son escalofríos por la fiebre. Ahora voy a cerrar el grifo, ¿vale?
Ella asintió, porque no tenía fuerza para hacer nada más.
Cuando la cálida lluvia dejó de caer, el temblor dentro de su piel fue peor. El frío la invadió y viajó a través de su tierna carne. Sin embargo, Jane le echó rápidamente una suave manta sobre los hombros.
—¿Puedes ponerte de pie?
Cuando Autumn asintió de nuevo, Jane la ayudó a levantarse, a vestirse con una bata delgada y la escoltó de vuelta a la cama… que como por arte de magia, estaba de nuevo hecha, con sábanas y mantas limpias.
Cuando se estiró sobre la cama, solo era consciente de las lágrimas que le resbalaban desde los rabillos de ambos ojos: un interminable y lento caudal de ellas, cálidas contra su rostro frío.
—Shh, ya estás bien —dijo la sanadora, sentándose en el borde del colchón—. Ya estás bien… ya ha pasado…
Mientras una mano gentil le echaba hacia atrás el cabello húmedo, fue el tono de la voz de la Doc Jane, más que las propias palabras, lo que más ayudó.
Y luego apareció una pajita que salía de una lata de refresco, llevada junto a su boca.
Un sorbo al frío y dulce néctar y Autumn puso los ojos en blanco.
—Oh… Virgen Escriba bendita… ¿qué es eso?
—Ginger Ale. Y bienvenida… eh… no tan rápido.
Cuando se lo terminó todo, se tumbó de nuevo, mientras Jane le rodeaba el brazo con una banda y la inflaba, antes de volverla a desinflar. Luego, le presionó un frío disco contra un par de lugares de su pecho. Una luz destelló en sus ojos.
—¿Puedo tomar un poco más de Ginger Ale, por favor? —preguntó.
—Tus deseos son órdenes para mí.
 La sanadora hizo algo incluso mejor, volvió con no solo otra lata helada y una paja, sino además con unas galletas que no sabían a nada pero que fueron gloria para su estómago.
Estaba dando buena cuenta de los alimentos cuando se dio cuenta de que la sanadora se había sentado en una silla y no decía nada.
Autumn dejó de comer.
—¿No tienes más pacientes?
—Sólo una y estaba bien cuando llegó.
—Ah —Autumn cogió otra galleta—. ¿Cómo se llaman estas?
—Galletas saladas. De todas las medicinas que dispenso aquí, algunas veces no hay nada mejor.
—Son fantásticas —se metió el cuadrado hojaldrado y polvoriento en la boca y masticó. Como continuaba el silencio, dijo—. Quieres saber por qué rechacé las drogas.
—No es asunto mío. Pero sí creo que deberías hablar con alguien sobre ello.
—¿Algún tipo de profesional?
—Sí.
—No hay nada de malo en dejar que la naturaleza siga su curso —Autumn la miró—. Pero te rogué que no le hicieras venir. Te dije que no le llamaras.
—No tenía alternativa.
Las lágrimas amenazaron con caer, pero se obligó a no ceder.
—No quería que me viera así. Wellsie…
—¿Qué pasa con ella?
Autumn se dio la vuelta sorprendida, agitando las galletas y derramándose el refresco sobre la mano. Tohr había aparecido en el umbral, una gran sombra oscura que llenaba las jambas.
Doc Jane se puso en pie.
—Voy a ver qué tal está Layla. Tus constantes vitales son buenas y traeré una comida decente cuando vuelva.
Y entonces se quedaron solos.
Él no se acercó a la cama, sino que se quedó junto a la puerta, apoyado contra la pared. Con las cejas fruncidas y los brazos cruzados, su aspecto era al tiempo autocontenido y explosivo.
—¿De qué coño ha ido todo esto? —dijo bruscamente.
Autumn puso las galletas y la lata a un lado y luego se dedicó a doblar y desdoblar la esquina de la manta.
—Te he hecho una pregunta.
Autumn se aclaró la garganta.
—Le dije a Doc Jane que no te hiciera venir…
—¿Creías que si sufrías vendría a ayudarte?
—En absoluto.
—¿Estás segura de eso? ¿qué pensabas que iba a hacer Jane cuando rehusaste el tratamiento?
—Si no me crees, pregunta a la sanadora. Le pedí expresamente que no te llamara. Sabía que eso sería demasiado para ti… como no iba a serlo después…
—Esto no es sobre mi shellan. No tiene nada que ver con ella.
—No estoy tan segura de eso.
Confía en mí.
Después de eso, él no dijo nada más. Simplemente se quedó allí con ese cuerpo tenso y esos ojos duros, mirándola como si nunca la hubiera visto antes.
—¿Qué estás pensando? —preguntó en voz baja.
Él negó con la cabeza.
—No quieres saberlo.
—Sí que quiero.
—Pienso que me he estado engañando a mí mismo todos estos meses.
Mientras sentía que los temblores de la ducha volvían, supo que no era por un desequilibrio interno de la temperatura. Ya no.
—¿Y eso?
—Ahora no es el momento para esto.
Cuando se estaba dando la vuelta para marcharse, ella tuvo la clarísima impresión de que no le iba a volver a ver de nuevo. Nunca.
—Tohr —dijo con voz ronca—. No hubo manipulación por mi parte… tienes que creerlo. No quería que me sirvieras… nunca te hubiera hecho pasar por eso.
 Después de un momento, él la miró por encima del hombro, con ojos muertos.
—¿Sabes qué? A la mierda con eso. Es casi peor que no me quisieras aquí contigo. Porque la otra opción es que eres una enferma mental.
—Discúlpame —Autumn frunció el ceño—. Estoy perfectamente cuerda.
—No, no lo estás. Si lo estuvieras, no hubieras decidido pasar por esto…
—Simplemente no quería los medicamentos. Tu extrapolación es extrema…
—¿Ah, sí? Bueno, pues prepárate, porque mi siguiente conclusión no va a gustarte. Estoy comenzando a pensar que estás conmigo para castigarte a ti misma.
 Ella retrocedió tan bruscamente que el cuello le crujió de nuevo.
—De ninguna manera estoy…
—¿Qué mejor manera de hundirte en la miseria que estar con un macho que ama a alguien más?
—Eso no es por lo que estoy contigo.
—¿Cómo lo sabes, Autumn? Has estado haciéndote la mártir durante siglos. Has sido sierva, criada, lavandera… y me has estado follando los últimos meses… lo que nos devuelve a mi idea de la enfermedad mental…
—Como te atreves a juzgar mis convicciones más íntimas —siseó ella—. ¡No tienes ni idea de lo que siento o pienso!
—Chorradas. Estás enamorada de mi —se giró para encararla y levantó la mano para evitar que lo interrumpiera—. No te molestes en negarlo… me lo dices en sueños todos los días. Así que vamos a hilar los datos. Obviamente te gusta auto castigarte. Y sabes perfectamente que la única razón por la que estoy contigo es para sacar a Wellsie del Between. Así que no me digas que no te vengo que ni pintado…
—Fuera —espetó—. Sal de aquí.
—¿Qué… no quieres que me quede para que puedas seguir haciendo que sea doloroso un poco más?
Cabrón.
—En eso tienes razón. Te he estado utilizando y solo te ha servido a ti… sabe Dios que a mí no me ha servido de nada. La buena noticia es que todo esto —les señaló a ambos con un gesto— te va a proporcionar una magnifica excusa para torturarte incluso un poco más… Oh, no te molestes en negarlo. Lo de ese symphath fue culpa tuya. Yo soy culpa tuya. Todo lo que pasa en el mundo es por culpa tuya, porque disfrutas siendo la víctima…
—¡Sal de aquí! —chilló.
—Sabes, ese rollo de la indignación es difícil de tomar en serio, teniendo en cuenta que te has pasado las últimas doce horas sufriendo…
—¡Fuera!
—… cuando no tenías por qué hacerlo.
Le lanzó lo primero que pilló, la lata de refresco. Pero él tenía unos reflejos tan buenos que simplemente la cazó en el aire con su enorme mano… y la llevó de vuelta a la mesilla.
 —Podrías asumir el hecho de que eres una masoquista —dejó la lata sobre la mesita con deliberada delicadeza, como retándola a lanzársela de nuevo—. Y yo he sido la droga de tu elección últimamente. Pero no voy a hacerlo más… ni tú tampoco, o por lo menos no conmigo. Esta mierda que hay entre nosotros… no es sana para mí. No es sana para ti. Y es todo lo que somos juntos. Todo lo que podemos tener —soltó una fuerte maldición en voz baja—. Mira, Autumn, lo siento. Todo el condenado asunto… lo siento de verdad. Tendría que haber parado esto hace mucho, mucho antes de que llegara tan lejos, y todo lo que puedo hacer para arreglarlo es terminar con ello ahora mismo —sacudió la cabeza con mirada cada vez más angustiada—. Ya fui parte de tu autodestrucción una vez, y recuerdo demasiado bien las ampollas que tuve por cavar tu tumba. No voy a hacerlo otra. No puedo. Siempre tendrás mi simpatía por todo lo que has tenido que soportar, pero tengo mi propia mierda que solucionar.
Cuando se calló, ella se rodeó a sí misma con los brazos.
—¿Todo esto porque no quise que me sedaran? —dijo susurrando.
—No es sólo por la necesidad. Sabes que no lo es. Si fuera tú, aceptaría el consejo de Jane y hablaría con alguien. Quizás… —se encogió de hombros—. No lo sé. Ya no tengo ni puta idea de nada. De lo único que estoy seguro es que no podemos seguir haciendo esto. Nos está llevando a ambos peor que a ningún sitio.
—Sientes algo por mí —dijo ella alzando la barbilla—. Sé que no es amor, pero sientes…
—Siento lástima por ti. Eso es lo que siento. Porque solo eres una víctima. No eres más que una víctima a la que le gusta sufrir. Aunque pudiera enamorarme de ti, no hay nada en ti a lo que sentirse unido. No eres más que un fantasma que no está realmente aquí… no más que yo. Y en nuestro caso, menos por menos no es más.
En ese punto, le dio la espalda y salió, dejándola para que se sumiera en el dolor y la pérdida, dejándola para que se enfrentara a la retorcida visión que Tohr tenía de su pasado, su presente, su futuro… dejándola sola de una manera que no tenía nada que ver con no estar acompañada.
La puerta, al cerrarse tras él, no hizo ningún ruido en absoluto.

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