domingo, 22 de julio de 2012

Amante Renacido/Capitulos 64 65 66

Capítulo 64

Tohr se sentó en ese aparcamiento durante sólo Dios sabía cuánto tiempo. ¿Había sido al menos una noche y un día, y tal vez otra noche o dos? No lo sabía y realmente no le importaba.
Era más bien como estar de vuelta en el útero, supuso. Excepto que su culo estaba entumecido y la nariz le moqueaba por el frío.
Cuando el cabreo épico se esfumó y sus emociones se suavizaron, sus pensamientos se convirtieron en una banda de viajeros, atravesando los trozos de su vida, vagando por los paisajes de épocas diferentes, dando la vuelta para volver a examinar las cimas y los valles.
Un viaje jodidamente largo. Y estaba cansado al final de él, a pesar de que su cuerpo no se había movido en horas.
No era sorprendente que los dos sitios que más volvía a visitar fuesen la necesidad de Wellsie… y la de Autumn. Esos acontecimientos, y sus respectivas consecuencias, eran las montañas más escaladas, las diferentes escenas como las vistas que destellaban en secuencias alternas de comparación hasta que se difuminaban juntas, formando una imitación de acciones y reacciones, de él y de ellas.
Después de todas las reflexiones, había tres resoluciones a las que volvía una y otra vez.
Iba a tener que disculparse con Autumn, por supuesto. Cristo, esta era la segunda vez que la había tomado con ella, la primera hacía mucho tiempo, cerca de un año atrás, en la piscina: en ambos casos, su temperamento había sacado lo mejor de él por el estrés bajo el que estaba, pero eso no era excusa.
Lo segundo era que iba a tener que encontrar al ángel y hacer otra serie de Lo—Siento.
Y lo tercero… bien, lo tercero era realmente lo más importante, lo que tenía que hacer antes que las otras.
Tenía que contactar con Wellsie una última vez.
Respirando profundamente, cerró los ojos y deseó algo de relajación en sus músculos. Entonces, con más desesperación que esperanza, ordenó a su mente fatigada que se liberase de todos los pensamientos e imágenes, vacía de todo lo que lo mantuvo despierto durante todo ese tiempo, desprovista de los remordimientos y los errores y el dolor…
Finalmente la orden fue cumplida, el implacable senderismo mental disminuyó la velocidad hasta que esa mierda de cognición Lewis-&-Clark cesó.
Impregnando su subconsciente con un único objetivo, se dejó ir dentro del sueño y esperó en su estado de reposo hasta…
Wellsie vino a él en sombras grises, en ese paisaje estéril de niebla, viento frío y rocas. Estaba tan lejos ahora que el alcance de su vista le permitía ver una de las formaciones rocosas desmoronada cerca…
Excepto que esto, en realidad, no estaba hecho de piedra.
Ninguno de ellos lo estaba.
No, estas eran las figuras encorvadas de otros que sufrían como ella, sus cuerpos y huesos colapsando poco a poco sobre sí mismos hasta que no eran más que montones para ser arrastrados por el viento.
—¿Wellsie? —la llamó.

Cuando su nombre cayó en el horizonte sin límites, ella no lo miró.
No parecía que reconociese siquiera su presencia.
La única cosa que se movió fue el viento frío que de repente parecía formarse en su dirección, soplando a través de la plana llanura gris, soplando a través de él, soplando a través de ella.
Cuando capturó sus cabellos, los mechones tomaron forma alrededor de ella…
No, no mechones. Su pelo era cenizas ahora, cenizas que se esparcían en una corriente invisible y venían a él, golpeándole como polvo que le hacía lagrimear los ojos.
Finalmente esto sería todo de ella. Y luego nada de ella.
—¡Wellsie! ¡Wellsie, estoy aquí!
Él le gritó para despertarla, para conseguir su atención, para decirle que estaba finalmente preparado, pero no importaba lo mucho que gritara o cuanto agitara los brazos, ella no se fijó en él. Ella no alzó la vista. No se movió… y tampoco lo hizo su hijo.
Sin embargo, todavía soplaba el viento, llevando partículas infinitesimales de sus formas, llevándolos hacia abajo.
Con el miedo asfixiante, él mismo se convirtió en un gran mono, aullando y brincando todo alrededor, gritando hasta lo máximo de sus pulmones y sacudiendo los brazos, pero, como si las reglas del esfuerzo se aplicasen incluso en este otro mundo, finalmente perdió su energía y se derrumbó en un montón en el polvoriento suelo.
Se dio cuenta de que estaban sentados en la misma posición.
Y fue entonces cuando la paradójica verdad vino a él.
La respuesta era al mismo tiempo todo lo que había pasado con Autumn y el sexo y la alimentación… y a pesar de todo no tenía nada que ver con ella. Era sobre todo lo que Lassiter había tratado de ayudarle… y sin embargo nada de eso. Ni siquiera era realmente sobre Wellsie.
Era él. Todo… él.
En su sueño, bajó la mirada hacía sí mismo, y de repente, la fuerza vino a él con una calma que tenía todo que ver con el asiento de su alma… y el hecho de que la senda de su sufrimiento —y el de ella—, solo había sido iluminada por la mano de su Creador.
Al final, después de todo este tiempo, toda esta mierda y toda esta agonía, supo qué hacer.
Ahora, cuando habló, no gritó.
—Wellsie, sé que puedes oírme… tú te resistes. Sólo necesito un poco más de ti… y finalmente estaré preparado. Sólo siento que me haya llevado tanto tiempo.
Él permaneció allí durante sólo un momento más, lanzando todo su amor en dirección a ella como si pudiese mantener lo que quedaba de Wellsie intacto. Y entonces él se retiró, tirando de sí mismo para liberarse con un estallido de voluntad hercúleo que hizo que su cuerpo se sacudiese fuera de su sitio en el suelo de hormigón…
Apoyando una mano, se impidió aterrizar sobre su cara e inmediatamente estuvo sobre los pies.
Tan pronto como estuvo de pie, se dio cuenta de que si no echaba una meada inmediatamente, su vejiga iba a explotar y no tomaría prisioneros con ella.
Caminando a zancadas por la rampa, golpeó dentro de la clínica y alcanzó el primer baño por el que pasó. Cuando salió, no se paró a hablar con nadie, incluso aunque podía oír voces en otra parte del centro de entrenamiento.
Arriba en la casa principal, encontró a Fritz en la cocina.
—Ey, Fritz, necesito tu ayuda.
El mayordomo saltó de la lista de la compra que estaba haciendo.
—¡Mi señor! ¡Está vivo! Oh, bendita Virgen Escriba, todos y cada uno le han buscado…
Mierda. Había olvidado que había implicaciones al salirse de la rejilla emocional.
—Sip, perdón. Enviaré un mensaje a todo el mundo. —¿Asumiendo que pudiese encontrar su teléfono? Probablemente estaba abajo en la clínica, y no iba a perder tiempo volviendo allí—. Escucha, lo que realmente necesito es que vengas conmigo.
—Oh, mi señor, sería un placer servirle. Pero quizá usted debería ir hasta el Rey primero… todos han estado tan preocupados…
—Te diré qué. Tú conduces y yo te pido prestado el teléfono. —Cuando hubo una vacilación, bajó la voz—. Tenemos que irnos ahora, Fritz. Te necesito.
La llamada al servicio fue precisamente el estímulo que el mayordomo necesitaba. Con una humilde inclinación, dijo,
—Como desee, mi señor. ¿Y tal vez debería coger algunos refrescos?
—Buena idea. Necesito cinco minutos.
Cuando el mayordomo asintió y desapareció en la despensa, Tohr rodeó la base de las escaleras y subió de dos en dos los escalones cubiertos por una alfombra roja. Paró la carrera cuando llegó a la puerta de John Matthew.
Su llamada fue respondida inmediatamente, John abrió el paso de un tirón. Cuando la cara del chaval indicó sorpresa, Tohr tendió las manos en auto-defensa porque sabía que iba a recibir gritos por desaparecer de nuevo.
—Siento que yo…
No tuvo oportunidad de acabar. John lanzó sus brazos alrededor de Tohr y lo agarró tan fuerte que su columna crujió.
Tohr estaba bien con devolver el favor. Y sostuvo al único hijo que tenía, le habló en voz baja y clara.
—John, quiero que salgas de la rotación esta noche y vengas conmigo. Necesito… que vengas conmigo. Qhuinn también puede… y esto va a llevar toda la noche… tal vez más. —Cuando Tohr sintió el asentimiento contra su hombro, respiró para estabilizarse—. Bien, hijo. Eso es… bueno. No hay forma de que pueda hacer esto sin ti.
*  *
—¿Cómo estás?
Layla abrió sus pesados ojos y levantó la vista del cuerpo de Qhuinn a su cara. Estaba de pie cerca de su lado de la cama en la habitación de él, él estaba totalmente vestido, grande y distante, incómodo pero no poco amable.
Ella sabía cómo se sentía. Con el intenso fuego de la necesidad pasado, aquellas horas de esfuerzo, embates y arañazos hechos y limpios, una extraña nota que ya parecía ser un desvanecimiento en su memoria, un sueño. Cuando los dos habían estado presos en el puño de la experiencia, había parecido como si nada pudiese ser lo mismo otra vez, que habrían cambiado para siempre y se habrían transformado por las erupciones volcánicas.
Pero ahora… la tranquila vuelta a la normalidad parecía ser apenas tan poderosa como para limpiar la pizarra.
—Creo que estoy preparada para levantarme —dijo ella.
Él había sido tan bueno por alimentarla de su vena y además traerle la comida, y ella había estado descansando en la cama durante al menos veinticuatro horas después, como era la tradición arriba en el Santuario después de que el Primale yaciese con una Elegida.
Sin embargo, era hora de empezar a moverse.
—Puedes quedarte aquí, lo sabes. —Él fue hasta su armario y empezó a armarse para la noche—. Descansa un poco más. Relájate.
No, ella ya había hecho bastante de eso.
Empujándose hacia arriba con los brazos, esperaba sentirse mareada, y se sintió aliviada cuando no lo hizo. En todo caso, se sentía fuerte.
No había otra forma de plantearlo. Su cuerpo sólo se sentía… fuerte.
Moviendo las piernas hacia el lateral del colchón, puso su peso sobre sus plantas desnudas y se levantó despacio. Qhuinn vino inmediatamente a su lado, pero ella no necesitaba la ayuda.
—Creo que tomaré una ducha —declaró.
¿Y después de eso? No tenía ni idea de lo que iba a hacer.
—Quiero que te quedes aquí —dijo Qhuinn como si le estuviese leyendo la mente—. Vas a quedarte aquí. Conmigo.
—No sabemos si estoy embarazada.
—Más razones para tomarlo con calma. Y si lo estás, vas a seguir quedándote conmigo.
—Está bien. —Ellos estaban, después de todo, juntos en esto… suponiendo que “eso” ocurriese.
—Ahora voy a salir a luchar, pero tengo el móvil conmigo todo el tiempo y te he dejado uno en la mesilla de noche. —Él levantó el suyo y señaló uno al lado del despertador—. Llama o escríbeme un mensaje si me necesitas, ¿está claro?
Su cara estaba mortalmente seria, sus ojos enfocados en ella con una intensidad que le dio una idea de lo hábil que era en el campo: Nada ni nadie iba a interponerse en su camino si ella lo llamaba.
—Lo prometo.
Él asintió y fue hacia la puerta. Antes de abrirla, se detuvo y pareció estar buscando las palabras.
—Cómo sabremos si tú…
—¿Aborto espontáneamente? Empezaré a sentir calambres y luego sangraré. Vi como pasaba en el Otro Lado unas cuantas veces.
—¿Estarás en algún tipo de peligro si pasa?
—No que yo haya visto nunca… no tan pronto.
—¿Deberías quedarte en la cama a descansar?
—Después de las primeras veinticuatro horas, si tiene que pasar, pasará… si estoy inactiva o no en este momento, nuestra suerte está echada.
—¿Me lo dirás?
—Tan pronto como lo sepa.
Él apartó la vista. Pareció estar mirando la superficie de la puerta durante un momento.
—Va a funcionar.
De eso estaba mucho más seguro que ella, pero era gratificante conocer su fe y su deseo de lo que ella quería.
—Volveré al amanecer.
—Estaré aquí.
Después de que él se fuera, se ocupó de sí misma en la ducha, pasando la barra de jabón por su bajo vientre una y otra vez. Parecía extraño que hubiese una cosa tan potencialmente trascendental ocurriendo en su propio cuerpo, y que los detalles fuesen todavía desconocidos.
Aunque lo descubrirían muy pronto. La mayoría de las hembras sangraban dentro de la primera semana si tenían que hacerlo.
Cuando salió de debajo de la ducha, se secó con una toalla y descubrió que él, atentamente, había dejado más de sus ropas sobre el mostrador, y ella se vistió, junto con alguna ropa interior en el caso de que se diese el suceso de terminación.
En la habitación principal, ella se sentó sobre el edredón para ponerse sus pantuflas, y luego…
No tenía nada que hacer. Y el silencio y la quietud eran una compañía terrible para su ansiedad.
Espontáneamente, la imagen del rostro de Xcor volvió a ella una vez más.
Con una suave maldición, temía que nunca olvidaría la forma en que él la había mirado, sus ojos fijos en ella como si fuese una visión que no podía entender completamente, sin embargo, siempre estaría agradecida por haberle visto al menos una vez más.
A diferencia de los recuerdos de su necesidad, las sensaciones que sintió cuando ese macho se había enfocado sobre ella eran tan incandescentes como el momento que habían vivido, descoloridas a través de los meses que la separaban de ese encuentro. Salvo que… ¿simplemente se lo había imaginado todo? ¿Era posible que el recuerdo fuese fuerte simplemente porque era imaginación?
Sin duda, si la necesidad era algo que pasaba, la vida real se desvanecía rápido.
Sin embargo, el deseo de ser querida no…
El golpe en la puerta le hizo tomar el control de sí misma.
—¿Sí?
A través de los paneles, una voz de hembra contestó,
—Soy Xhex. ¿Te importa si entro?
No podía imaginar qué estaba haciendo la hembra buscándola. Sin embargo, le gustaba la compañera de John, y siempre querría agasajar a su shellan.
—Oh, por favor, hazlo… hola, esta es una agradable sorpresa.
Xhex las encerró juntas y torpemente miró a todas partes menos a su rostro.
—Entonces, eh… ¿cómo te sientes?
En realidad, tenía la sensación de que mucha gente le iba a preguntar eso en la próxima semana.
—Suficientemente bien.
—Bien. Sip… bien.
Un largo silencio.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte? —preguntó Layla.
—De hecho, en un asunto, sí.
—Entonces, por supuesto, dime y haré lo que pueda.
—Es complicado. —Xhex entrecerró los ojos—. Y peligroso.
Layla puso la mano sobre su bajo vientre como si protegiese a su pequeño en caso de que hubiese uno.
—¿Qué quieres buscar?
—Por órdenes de Wrath, estoy intentando encontrar a Xcor.
El pecho de Layla se contrajo, su boca abriéndose para que pudiese respirar.
—Desde luego.
—Sé que eres consciente de lo que hizo.
—Sí, lo soy.
—También sé que lo alimentaste.
Layla parpadeó como si la imagen de esa cara cruel y extrañamente vulnerable volviese de nuevo. Por una fracción de segundo, tuvo el absurdo instinto de protegerlo… pero eso era ridículo y no era algo que ella apoyaría.
—Por supuesto que te ayudaré a ti y a Wrath. Estoy contenta de que el Rey haya reconsiderado su postura anterior.
Ahora la hembra vaciló.
—Qué ocurre si te digo que Wrath no podría saber eso. Nadie podría, especialmente Qhuinn. ¿Cambiaría eso tu opinión?
John, pensó. John le había dicho a su compañera lo que había ocurrido.
—Me doy cuenta —dijo Xhex—, de que te estoy poniendo en una posición terrible, pero conoces mi naturaleza. Utilizaré cualquier cosa a mi disposición para conseguir lo que quiero, y quiero encontrar a Xcor ahora. No dudo que seré capaz de protegerte y no tengo ninguna intención de llevarte a cualquier sitio cerca de él. Sólo necesito el área general donde se establece por la noche y seguiré desde allí.
—¿Vas a matarle?
—No, pero voy a darle a la Hermandad la munición para hacerlo. El arma que fue utilizada para disparar a Wrath era un rifle de largo alcance… no es el tipo de cosa que alguien llevaría al campo en una noche normal. Asumiendo que no la hayan destruido, la habrán dejado atrás cuando salieron. Si puedo apropiarme de ella y podemos probar que lo hicieron ellos, las cosas seguirán su curso normal.
Ojos amables, pensó… el macho había tenido unos ojos tan amables cuando la había mirado. Pero en realidad, era el enemigo de su Rey.
Layla sintió que asentía con la cabeza.
—Te ayudaré. Haré todo lo que pueda… y no diré una palabra.
La hembra vino hacia ella y puso una mano sorprendentemente suave en su hombro.
—Odio ponerte en esta posición. La guerra es un asunto muy, muy feo que se especializa en comprometer a gente buena como, por ejemplo, tú. Puedo ver como esto te hace pedazos y siento pedirte que mientas.
Era encantador de una symphath brindar preocupación, pero su conflicto no tenía nada que ver con dar falso testimonio a la Hermandad. Era el guerrero al que estaría ayudando a matar.
—Xcor me utilizó —dijo ella, como si tratase de convencerse.
—Es muy peligroso. Eres afortunada de haber salido con vida del encuentro con él.
—Haré lo que es correcto. —Levantó la vista hacia Xhex—. ¿Cuándo salimos?
—Ahora mismo. Si puedes hacerlo.
Layla llamó a filas a los rincones más profundos de sus fuerzas. Luego asintió.
—Permíteme coger mi abrigo.














Capítulo 65

Horas más tarde, cuando Marissa se sentó ante su escritorio en Lugar Seguro, respondió al teléfono móvil y no pudo evitar la sonrisa en la cara.
—Tú de nuevo.
La voz de Butch con acento de Boston estaba llena de grava. Como era habitual.
—¿Cuándo vienes a casa?
Miró su reloj y pensó: ¿Adónde se había ido la noche? Por otra parte, siempre era así en el trabajo. Llegaba tan pronto como el sol estaba a salvo bajo el horizonte, y antes de que se diera cuenta, la luz estaba amenazando por el este, y la guiaba de vuelta al complejo.
A los brazos de su macho.
Apenas una tarea rutinaria, eso era.
—¿En unos cuarenta y cinco minutos?
—Podrías venir ahora...
La forma en que dijo esas palabras, con un tono bajo sugirió un significado totalmente diferente al del verbo "regresar a casa"
—Butch…
—No he hecho la cama esta noche.
Ella se mordió el labio, imaginándolo desnudo entre las sábanas que habían estado desordenadas cuando se fue.
—¿No?
—Mmm, no —arrastraba las sílabas… por lo menos hasta que se le cortó la respiración—. He estado pensando en ti...
Su voz era tan profunda, tan cruda, que supo exactamente lo que estaba haciéndose a sí mismo, y por un momento cerró los ojos y se entregó a algunas bellas imágenes mentales.
—Marissa... vuelve a casa…
Enderezándose, salió del hechizo que él sabía muy bien que estaba tejiendo a su alrededor.
—No puedo marcharme ahora. Pero empezaré a prepararme para salir… ¿qué tal?
—Perfecto. —Podía oír la sonrisa en su rostro—. Voy a estar aquí esperándote, y escucha, bromas aparte, tómate todo el tiempo que necesites. Perooo ¿regresaras aquí antes de que vayas a la Última Comida? Quiero darte un aperitivo que no olvidarás.
—Tú ya eres bastante difícil de olvidar.
—Esa es mi chica. Te amo.
—Yo también te amo.
Mientras colgaba, esa sonrisa grande, amplia y feliz permaneció en su cara. Su compañero era un macho del tipo tradicional, de la “vieja escuela", como él mismo se llamaba, con todos los prejuicios que acompañaban a ese conjunto mental: las mujeres nunca deberían pagar nada, abrir una puerta, echar gasolina a sus coches, pisar un charco de barro, llevar algo más grande de lo que podría caber en una bolsa de sándwich… lo que sea. Pero nunca se ponía en medio de su trabajo. Jamás. Esa era la única área de su vida donde ella era la que decidía, y él nunca se quejaba de sus horarios, su carga de trabajo, o su nivel de estrés.
Que  era una de las muchas razones por las que adoraba al Hermano. Las mujeres y los niños desplazados que se alojaban en Lugar Seguro eran una especie de familia para ella, era la responsable de ellos: estaba a cargo de la casa, del personal, los programas, los recursos, y, lo más importante, de todo y todos los que estaban bajo su techo. Y le encantaba su trabajo. Cuando Wrath le dio carta blanca para dirigir la organización, había estado a punto de resistirse, pero estaba tan contenta de haber luchado contra el temor y haber encontrado su objetivo profesional.
—¿Marissa?
Alzando la mirada, encontró a una de las consejeras más nuevas de pie en la puerta de su oficina.
—Hola. ¿Qué tal el grupo de esta noche?
—Muy bueno. Voy a presentar mi informe en aproximadamente una hora, justo después de terminar de hacer las galletas en la cocina. Siento interrumpirte, pero hay un gentilmacho con una entrega.
—¿En serio? —Frunció el ceño al calendario de la pared—. No tenemos nada previsto.
—Lo sé, así que no he abierto la puerta. Ha dicho que tú le conoces, pero no me ha dado su nombre. Me pregunto si no deberíamos llamar a la Hermandad.
—¿Qué aspecto tiene?
La mujer se llevó una mano a la cabeza.
—Muy alto. Grande. ¿Tiene el pelo oscuro con una franja blanca en la frente?
Marissa se levantó tan rápidamente que la silla soltó un chillido sobre el suelo.
—¿Tohrment? ¿Está vivo?
—¿Disculpa?
—Yo me encargo de esto. Está bien, vuelve a la cocina.
Marissa salió disparada de su despacho y bajó por las escaleras delanteras. Se detuvo ante la entrada principal, comprobó el monitor de seguridad que V había instalado y de inmediato abrió la puerta.
Se lanzó sobre el Hermano sin pensar.
—Oh, Dios, ¿dónde has estado? ¡Has estado perdido durante noches!
—En realidad no. —Le devolvió el abrazo suavemente—. Me estaba ocupando de algunos asuntos. Pero todo está bien.
Ella retrocedió, pero se aferró a sus gruesos bíceps.
—¿Estás bien?
Todo el mundo en la mansión sabía que Autumn había atravesado su período de necesidad, y podía imaginar lo difícil que había sido para él. Esperaba, como todos lo hacían, que la creciente relación entre el Hermano y la tranquila aristócrata caída le sanara. En cambio, había desaparecido después de que ella saliera de su período fértil, y Autumn se había mudado de la casa.
No era un final feliz, obviamente.
—Escucha, sé que recibes donaciones, ¿verdad? —dijo.
Respetando el hecho de que no había respondido a su pregunta, ella dejó de sondear.
—Oh, absolutamente. Aceptamos cualquier cosa, somos expertos en reutilización adaptativa.
—Bien, porque tengo algunas cosas que me gustaría dar a las hembras, ¿tal vez? No estoy seguro de que puedas utilizar algo de ello, pero…
Se giró y se dirigió a la van de la Hermandad, que estaba aparcada delante de la entrada. Fritz estaba en el asiento del pasajero, y el viejo mayordomo saltó cuando ella se acercó.
 Por una vez, no tenía una sonrisa alegre en su rostro. Sin embargo, le hizo una profunda reverencia.
—Madam, ¿cómo le va?
—Oh, muy bien, Fritz, gracias. —Se quedó en silencio, mientras Tohr abría el panel trasero…
Una mirada adentro y dejó de respirar.
Iluminadas por la luz del techo de la van, había pilas ordenadas de lo que parecía ser ropa en cestas de lavandería, cajas de cartón y bolsas abiertas. También había faldas, blusas y vestidos todavía en sus perchas, cubriendo con cuidado el suelo.
Marissa miró a Tohr.
El Hermano estaba en silencio y miraba al suelo… y claramente no quería hacer contacto visual.
—Como he dicho, no estoy seguro de que puedas usar nada de esto.
Ella se acercó y tocó uno de los vestidos.
La última vez que lo había visto, lo llevaba Wellsie.
Se trataba de la ropa de su shellan.
Con una voz rota, le susurró:
—¿Estás seguro de que quieres desprenderte de esto?
—Sí. Tirarlo todo parecía un desperdicio y ella no aprobaría eso. Wellsie querría que fueran utilizados por otros… eso sería importante para ella. Odiaba malgastar. Pero, sí, no sé gran cosa sobre las tallas de las mujeres.
—Esto es muy generoso de tu parte. —Ella estudió el rostro del macho, dándose cuenta que era la primera vez desde que había regresado después de la muerte que le había oído pronunciar el nombre—. Vamos a utilizar todo eso.
Él asintió con la cabeza, los ojos todavía evitaban los de ella.
—También he incluido artículos de tocador sin abrir. Como champú, acondicionador, su crema hidratante, el jabón de Clinique que le gustaba. Wellsie era muy quisquillosa con ese tipo de cosas… tendía a encontrar algo que le gustaba y se adhería a ello… también le encantaba almacenar por si acaso, así que había un montón cuando limpié nuestro baño. Ah, y también tengo algunas cosas de su cocina, las cacerolas de cobre que prefería y sus cuchillos. Puedo llevárselo a la organización humana si tú…
—Aceptaremos cualquier cosa que tengas.
—Aquí está el material de cocina. —Tohrment dio la vuelta y abrió la parte de atrás para mostrárselo—. Sé que no permites machos en el interior, ¿pero tal vez podría meter todo esto en el garaje?
—Sí, sí, por favor. Déjame ir y obtener algunas manos extra para ayudarnos…
—Me gustaría llevarlo yo mismo, si no te importa.
—Oh, sí, por supuesto... sí. —Temblando, corrió y marcó un código en el teclado al lado de las puertas de garaje.
Mientras el lado izquierdo se abría, se acercó y permaneció al lado del mayordomo, en tanto que Tohrment iba y venía a un ritmo constante, llevando las posesiones de su compañera con cuidado, creando una pila alta y ordenada al lado de la puerta que conducía a la cocina.
—¿Ha empacado toda la casa? —susurró a Fritz.
—Sí, señora. Hemos trabajado toda la noche, John, Qhuinn, él y yo. Él se encargó de sus habitaciones y la cocina, mientras los otros machos y yo trabajábamos en el resto de la casa. Me pidió que volviera con él después de esta puesta de sol para poder transportar todas las obras de arte y los muebles a la mansión.
Marissa levantó una mano y se cubrió la boca para que su impacto fuera menos evidente. Pero no tenía que haberse preocupado porque su reacción incomodara a Tohr, el Hermano estaba totalmente concentrado en su tarea.
Cuando la van estuvo vacía, cerró todo y la rodeó para dirigirse hacia ella. Mientras Marissa trataba de reunir las palabras apropiadas de gratitud, de profundo respeto, de su más sentido pésame, él la interrumpió sacando algo de su bolsillo… una bolsa de terciopelo.
—Tengo una cosa más. Dame tu mano. —Cuando ella extendió la palma, él aflojó el cordón de la bolsa. Inclinándola, sacó…
—¡Oh, Dios mío! —jadeó Marissa.
Rubíes. Grandes rubíes rojos engastados con diamantes. Montones de ellos… un collar… no, un collar y una pulsera. Pendientes, también. Necesitó ambas manos para sostenerlo todo.
—Compré esto para ella allá por mil novecientos sesenta y cuatro. De Van Cleef and Arpels. Se suponía que iba a ser para nuestro aniversario, pero no sé en qué coño estaba pensando. Wellsie no era una gran fan de la joyería… el arte le gustaba más. Siempre decía que las joyas eran recargadas. De todos modos, ya sabes, vi esto en una revista en la casa de Darius, en Town and Country. Pensé que irían bien con su pelo rojo, y quise hacer algo desmesurado y romántico para demostrar que podía. A ella no le importaron, pero todos los años después, todos los años sin falta, sacaba el conjunto del armero y se lo ponía. Y todos los años, todos y cada uno de los años, llegué a decirle que no estaban a la altura de lo hermosa que era… —Se detuvo bruscamente—. Lo siento, estoy totalmente incoherente.
—Tohr... No puedo aceptar esto. Es demasiado…
—Quiero que los vendas. Véndelos, acepta el dinero y úsalo para ampliar la casa en la parte trasera. ¿Butch estaba diciendo algo acerca de que necesitas más espacio? Creo que valen un cuarto de millón, tal vez más. A Wellsie le habría gustado lo que estás haciendo aquí, lo hubiera apoyado, se habría ofrecido voluntaria con las hembras y los niños, se habría comprometido. Así que, ya sabes, no hay mejor lugar al que destinarlos.
Marissa comenzó a parpadear muy rápido, era eso o dejar que las lágrimas cayeran. Era… él estaba siendo tan valiente...
—¿Estás seguro? —dijo con voz ronca—. ¿Estás seguro de que deseas hacer todo esto?
—Sí. Ha llegado el momento. Aferrarme a ello no me la ha traído de vuelta y nunca lo hará. Pero al menos puede ayudar a las hembras de esta casa, así nada se ha perdido. Es importante para mí que las cosas que compramos juntos, tuvimos juntos, que utilizamos juntos… que no sean, ya sabes, malgastadas.
En ese momento, Tohr se inclinó y le dio un rápido abrazo.
—Cuídate, Marissa.
Y luego cerró la van, ayudó al mayordomo a subir al asiento del conductor, y, con un gesto final, se desmaterializó en la noche menguante.
Marissa miró la fortuna que tenía en sus manos, a continuación a la van que Fritz hacía retroceder con cautela por la calzada. Mientras el doggen se iba, ella le siguió caminando por la calle, metiendo las gemas en su bolsita. Cuando hizo un giro, levantó el brazo y saludó. Él hizo lo mismo.
Envolviéndose con los brazos para protegerse del frío, vio cómo se desvanecían las luces traseras.
Con el peso de las joyas todavía en sus manos, se giró para volver a la casa y se imaginó la ampliación que podría hacer en el patio trasero, creando más habitaciones para más hembras y sus hijos, especialmente subterráneas, donde era seguro estar durante el día.
Sus ojos se nublaron de nuevo, y esta vez nada pudo evitar que las lágrimas bajaran por sus mejillas. Mientras el edificio frente a ella se volvía ondulado, el futuro quedó claro: sabía exactamente cómo se iba a llamar la nueva ala.
Wellesandra tenía un agradable sonido.

Capítulo 66

Layla nunca antes había estado fuera cerca del amanecer y le pareció interesante notar que había un cambio real en el aire, una revitalización que podía sentir pero no ver: el sol era realmente poderoso, capaz de iluminar el mundo entero, y la iluminación que se acercaba le hacía cosquillas en la piel a modo de alarma, un instinto profundo en su carne le decía que era el momento de dirigirse a casa. Sin embargo, todavía no quería ir.
—¿Cómo estás? —preguntó Xhex detrás de ella.
En verdad, había sido una noche larga. Habían estado en las afueras de Caldwell durante horas, dando vueltas en la oscuridad, rastreando a Xcor y a sus luchadores, algo que se había demostrado bastante fácil de hacer. Su sensación del macho era tan nítida como un faro, su vínculo con él desde que se alimentara meses atrás aún no se había desvanecido. Y por su parte… Xcor parecía estar tan absorto en su lucha que no sabía que ella estaba en la periferia, y desde luego si era consciente de su cercanía, no se acercaba a ella, ni tampoco ninguno de los otros soldados.
—¿Layla?
Echó un vistazo a la hembra.
—Sé bien dónde está. No se ha movido.
—Eso no es lo que estoy preguntando.
Layla tuvo que sonreír un poco. Una de las grandes sorpresas de la noche había sido la symphath… a quien en realidad ya no se sentía cómoda definiéndola como tal. Xhex era mentalmente afilada como una cuchilla, y físicamente tan fuerte como un macho, pero había una calidez en ella que estaba en desacuerdo con esas características: nunca se había apartado del lado de Layla, cerniéndose sobre ella como una mahmen con su hijo, siempre solícita y cuidadosa, como si supiera que gran parte de esto era trabajo extraño bajo circunstancias alarmantes para su cargo.
—Estoy bien.
—No, no lo estás.
Mientras Layla volvía a concentrarse en la señal de su sangre a unas dos manzanas de distancia, permaneció quieta.
—Estoy segura de que ya estás enterada de esto —murmuró Xhex—. Pero estás haciendo lo correcto.
—Lo sé. Está cambiando las posiciones.
—Sí, puedo sentirlo.
De repente, Layla se volvió hacia un faro alto y brillante hacia el oeste: el rascacielos más alto de la ciudad. A medida que se concentraba en las luces que parpadeaban en blanco y rojo en su cúspide, le imaginaba de pie ante las frías ráfagas de lo alto del monumento, reclamando su derecho sobre la ciudad.
—¿Crees que es malvado? —preguntó con brusquedad—. Quiero decir, puedes sentir sus emociones, ¿no?
—Puedo hasta cierto punto.
—Entonces… ¿es malvado?
La otra hembra exhaló larga y lentamente, como si se arrepintiera de lo que tenía que compartir.
—No sería una buena apuesta, Layla. Ni para ti, ni para nadie, y no sólo por el tema de Wrath. Xcor tiene algo de mierda siniestra en él.
—Entonces es un alma oscura.
—No es necesario leerlo para saberlo. Basta con pensar en lo que le hizo a tu Rey.
—Sí. Sí, por supuesto.
De Qhuinn a Xcor. Un historial fabuloso de machos…
—Se mueve rápido —dijo Layla con urgencia—. Se ha desmaterializado.
—Esto es. Aquí es donde tú entras.
Layla cerró los ojos y acalló todos sus sentidos, excepto el instinto de encontrar su propia sangre.
—Se está moviendo hacia el norte.
Según lo convenido previamente, las dos viajaron un kilómetro y volvieron a reunirse, viajaron otros cinco kilómetros y se volvieron a reunir; viajaron otros diez… con los instintos de Layla actuando como una brújula, dirigiendo su curso.
 Y mientras el tiempo era esencial, con el amanecer acercándose, un brillo peligroso que se alojaba en el asiento del cielo y se volvía más fuerte.
La última etapa de su carrera les llevó a un bosque, a kilómetro y medio o dos de distancia de donde él se había detenido, y por fin no fue más lejos.
—Puedo acercarte más —murmuró Layla.
—¿No va a ninguna parte?
—No, él no…
—Entonces vete. Ahora, ¡vete!
Layla echó una última mirada en dirección a Xcor. Sabía que tenía que irse, porque si ella podía sentirle, tal vez él también podía sentirla a ella. La expectativa, por supuesto, era que si lo hacía, no sería capaz de reaccionar con suficiente rapidez, que su desaparición en la capa de mhis que protegía el entorno del norte impediría su rastreo y le bloquearía a él por completo, no solo no le daría la menor idea de su destino sino que enturbiaría la sensación de su sangre totalmente, sería enviado en una dirección diferente, como luz rebotando en la superficie de un espejo.
El miedo hizo que su corazón saltara y se aferró a la sensación, reconociéndolo como más real que su evaluación del tiempo que habían estado juntos cuando él se alimentó de ella.
—¿Layla? ¡Vete!
Querida Virgen Escriba, le había condenado a muerte esta noche…
No, se corrigió. Lo había hecho él mismo. Asumiendo que el rifle fuera encontrado en los alojamientos de la Banda de Bastardos y que se demostrara lo que los Hermanos pensaban que sería, Xcor había puesto en marcha las ruedas de su condena meses atrás.
Ella podría ser el conducto, pero sus acciones eran la carga eléctrica que iba a detener su corazón.
—Gracias por darme esta oportunidad de hacer lo correcto —le dijo a Xhex—. Me iré a casa ahora mismo.
Con eso, se desmaterializó lejos de la cañada boscosa, concentrándose en la mansión, apareciendo en el vestíbulo justo cuando la luz comenzaba a quemarle los ojos.
No eran las lágrimas quienes lo provocaban. No, no eran lágrimas, era la llegada del alba.
Lágrimas derramadas por ese macho que… era malo para ella a demasiados niveles para contarlos.
*  *
—Tenemos que irnos, amigo.
 John asintió con la cabeza cuando Qhuinn habló con él, pero no se movió. De pie en medio de la cocina de Wellsie, sufría una especie de choque cultural.
Los armarios estaban vacíos. La despensa estaba vacía. También todos los cajones y los dos armarios. Los estantes para libros sobre el escritorio. El propio escritorio.
Caminando, rodeó la mesa que estaba en la alcoba, recordando las cenas que Wellsie había servido allí. Luego se encaminó por el largo tramo de encimera de granito, imaginando sus boles de pan cubiertos con paños de cocina, tablas de cortar con sus montones de cebollas picadas o champiñones en rodajas sobre ellas, su recipiente de harina, la olla de arroz. En la cocina, casi se agachó para respirar el aroma a guiso, la salsa de espagueti y la sidra de manzana caliente.
—¿John?
Se giró y se acercó a su mejor amigo... y luego siguió su camino, dirigiéndose al salón. Mierda, era como si el lugar hubiera sido bombardeado de alguna manera. Las pinturas habían sido arrancadas de las paredes, no quedaba nada más que los ganchos en forma de garras donde habían estado colgadas: todo lo enmarcado había sido trasladado al rincón más alejado, las obras de arte apiladas una contra otra, separadas por gruesas toallas.
El mobiliario también había sido desplazado por todas partes, todo había sido clasificado en montones de sillas, mesitas, lámparas… Dios, las lámparas. A Wellsie no le habían gustado las luces de techo, y eso había supuesto que había como un centenar de lámparas de diferentes formas y tamaños en la casa.
Lo mismo ocurría con las alfombras. Había odiado las de pared a pared, así que había orientales, habían sido orientales, por todas partes sobre la madera y el mármol. Ahora, sin embargo, como todo lo demás, habían sido enrolladas en sus bolsas y organizadas como si fueran una pila de madera contra la pared larga del salón.
Los mejores muebles y todas las obras de arte iban a ser llevados al norte, a la mansión, el personal las iba a asegurar en un camión de mudanzas para la reubicación. Lo que quedara atrás se ofrecería a Lugar Seguro, y, si lo rechazaban, se enviaría a organizaciones de caridad o al Ejército de Salvación.
 Tío… incluso después de que cuatro de ellos hubieran trabajado durante diez horas seguidas, había mucho por hacer. Este primer gran impulso, sin embargo, había parecido la parte más crítica.
Desde la nada, Tohr apareció delante de su paseo, deteniéndolo en seco.
—Hola, hijo.
Oh, hola.
Mientras chocaban las palmas y luego los hombros, fue un alivio estar en la misma página otra vez después de meses de distanciamiento. El hecho de que el Hermano le hubiera traído aquí para ayudarle con todo esto había sido una medida de respeto que le había sorprendido y le había conmovido profundamente.
Por otra parte, como Tohr había dicho en el viaje hacia aquí, Wellsie también había sido de John tanto como de cualquier otra persona.
—Envié a Qhuinn de vuelta, por cierto. Supuse que se trata de una circunstancia atenuante, y te tengo.
John asintió con la cabeza. Por mucho como quisiera a su amigo, sentía que era correcto que él y Tohr estuvieran en la casa juntos y solos, aunque sólo fuera por unos momentos.
¿Cómo te fue en Lugar Seguro?, gesticuló.
—Realmente bien. Marissa fue… —Tohr carraspeó—. Ya sabes, es una hembra encantadora.
Sí que lo es.
—Estaba muy feliz con las donaciones.
¿Le diste los rubíes?
—Sí.
John asintió de nuevo. Tohr y él habían examinado lo poco que había en la colección de joyas de Wellsie. Ese collar, pulsera y pendientes habían sido las únicas cosas con un valor intrínseco. El resto era más personal: dijes pequeños, algunos pares de aros, un conjunto de pequeños pendientes de diamantes. Iban a guardar todo eso.
—Quise decir lo que dije, John. Quiero que uses los muebles si lo deseas. El arte también.
Hay un Picasso que en realidad me gusta mucho.
—Es tuyo, entonces. Todo, cualquier cosa, es tuyo.
Nuestro.
Tohr inclinó la cabeza.
—Eso es correcto. Nuestro.
John caminó por el salón de nuevo, sus pasos resonaron hacia arriba y alrededor.
¿Por qué decidiste que esta noche era la noche?, gesticuló.
—No fue una única cosa. Más bien como la culminación de un montón de cosas.
John tuvo que admitir que estaba contento por esa respuesta. La idea de que esto podría haber estado ligado de alguna manera a Autumm le habría hecho enfadar… a pesar de que habría sido injusto para ella.
La gente seguía su camino. Era sano.
Y tal vez la ira persistente era una señal de que también necesitaba dejarse ir un poco más.
Lo siento, no lo he hecho bien con Autumm.
—Oh, no, está bien, hijo. Sé que es difícil.
¿Vas a emparejarte?
 —No.
Las cejas de John saltaron. ¿Por qué no?
—Es complicado… en realidad, no. Es muy sencillo. Reventé la relación la noche anterior. No hay vuelta atrás.
Oh... mierda.
—Sí. —Tohr sacudió la cabeza y miró a su alrededor—. Sí...
Los dos permanecieron lado a lado, los ojos trazando el lío que habían creado en el orden que había existido una vez. El estado de la casa ahora era, según suponía John, cómo habían sido sus vidas después de que Wellsie fuera asesinada: hechos pedazos, huecos, todo en lugares equivocados.
Sin embargo, era más preciso que lo que había sido antes. Un orden falso, conservado como una negativa a seguir adelante, era un tipo peligroso de mentira.
¿De verdad vas a vender la propiedad?, preguntó.
—Sí. Fritz llamará al agente de bienes raíces tan pronto como el día de trabajo empiece a rodar. A menos que... bueno, si Xhex y tú lo queréis, no hace falta decirlo…
No, estoy de acuerdo contigo. Es hora de dejarlo ir.
 —Escucha, ¿puedes cogerte el próximo par de noches libres? Hay mucho por hacer aquí, y me gusta tenerte conmigo.
Por supuesto. No me perdería esto por nada.
—Bueno. Eso es bueno.
Los dos se miraron el uno al otro. Supongo que es hora de irse.
Tohr asintió lentamente.
—Sí, hijo. Realmente lo es.
Sin decir una palabra, salieron por la puerta principal, cerraron y… se desmaterializaron de vuelta a la mansión.

Mientras sus moléculas se dispersaban, John sintió como si hubiera habido algún tipo de anuncio o de intercambio entre ellos que fue trascendental, alguna bandera coloquial en la arena, una tumba, un hito… y la recitación de... algo.
Aunque, supuso que el proceso de curación, en contraste con el trauma, era suave y lento...
 El cierre suave de una puerta, en lugar de un golpe.


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