martes, 12 de junio de 2012

Amante Renacido/Capitulos 1 2 3


PRIMAVERA


Capítulo 1

—¡El cabrón se escapa por el puente! ¡Es mío!
Tohrment esperó un silbido como respuesta y, cuando llegó, salió disparado detrás del lesser. Sus shitkickers salpicaron varios charcos con fuerza, las piernas se movían como pistones y cerró los puños con fuerza. Pasó contenedores de basura y coches de mierda, dispersó ratas e indigentes y saltó por encima de una barricada y de una moto.
Las tres de la mañana en el centro de Caldwell (Nueva York) ofrecía bastantes obstáculos como para seguir con la puta fiesta. Desafortunadamente, el imbécil del asesino que iba delante de él lo estaba llevando en una dirección que no le gustaba nada.
Cuando ambos llegaron a la vía de entrada dirección oeste del puente, Tohr quería matar al loco… naturalmente. A diferencia de la cantidad de privacidad que se podía encontrar en el laberinto de callejones alrededor de los clubes, en el río Hudson el tráfico estaba garantizado, incluso a estas horas. Bueno, claro, el puente levadizo Herbert G. Falcheck no iba a estar lleno de coches, pero sí que habría alguno, y Dios sabía que hoy en día cada humano al volante tenía un maldito iPhone.
Había una norma en la guerra existente entre los vampiros y la Sociedad Lessening: mantener la puta distancia con los humanos. Esa raza de orangutanes erguidos y cotillas era una complicación a la espera de entrometerse y lo último que alguien necesitaba era la confirmación generalizada de que Drácula no era un producto de ficción y los zombis no eran solamente una serie de televisión que no estaba mal.

Nadie quería aparecer en la primera línea de cualquier telediario, periódico o revista.
Internet no era un problema. No existía ninguna credibilidad ahí.
Este principio secreto era lo único en lo que el enemigo y la Hermandad de la Daga Negra se habían puesto de acuerdo, la única deferencia que se respetaba por ambas partes. Así que, sí, los lessers podían, digamos… apuntar a tu shellan embarazada, dispararle en la cara y dejarla por muerta, llevándose no solo su vida, sino también la tuya propia, pero que Dios nos librara de alborotar a los humanos.
Porque eso estaría mal.
Por desgracia, este hijo de puta con poco sentido de la orientación y piernas mecánicas no había recibido el memorándum.
Nada que una daga negra en el pecho no pudiera arreglar.
Mientras un gruñido se elevaba por su garganta y los colmillos se le alargaban en la boca, Tohr profundizó y tocó una reserva de odio de alto octanaje, rellenando su propio tanque de gasolina y renovando al instante sus energías decaídas.
Habían pasado muchas cosas desde la pesadilla donde su Rey y sus Hermanos venían a decirle que su vida estaba acabada. Como macho emparejado, su mujer era el corazón que latía en su pecho, y, en la ausencia de su Wellsie, era un fantasma de lo que una vez había sido, una forma sin sustancia. Lo único que lo animaba era la caza, la captura y matar. Y el saber que podría levantarse a la noche siguiente y encontrar más a los que derribar.
Más que ahvenging su muerte, bien podría estar también en el bendito Fade con su familia. Francamente, lo último sería preferible, y quién sabe, a lo mejor esta noche tenía suerte. Quizás en el calor de la lucha sufriría una herida mortal y catastrófica y sería liberado de su carga.
Un macho solo podía tener esperanza…
El estruendo de la bocina de un coche seguido de un coro de chirriantes neumáticos fue el primer signo de que el Capitán Complicación había encontrado lo que estaba buscando.
Tohr llegó a lo alto de la rampa justo a tiempo para captar un rápido vistazo del asesino rebotando en el capó de un Toyota corriente. El impacto paró en seco al sedan, no ralentizó al lesser en lo más mínimo. Como todos los lessers, el cabrón era más fuerte y más elástico de lo que había sido como mero humano, la aceitosa sangre negra del Omega le daba un motor más grande, una suspensión más firme y un mejor manejo, y también mejores neumáticos de carreras en este caso.
Sin embargo, el GPS era una verdadera mierda.
El asesino saltó de encima del coche hasta el pavimento como un especialista profesional y, naturalmente, siguió corriendo. No obstante, estaba herido y aquel olor tóxico suyo a polvos de talco era más pronunciado.
Tohr fue hacia el coche justo cuando un par de humanos abrían las puertas, salían atropelladamente y comenzaban a sacudir los brazos como si algo estuviera en llamas.
—¡DPC! —gritó Tohr mientras los pasaba corriendo— ¡en persecución!
Esto los calmó y ayudó a controlar la situación. Estaba virtualmente garantizado que se volverían cotorras y contarían la experiencia con toda clase de detalles Kodak, y era perfecto, ya que cuando todo hubiera acabado, él sabría dónde encontrarlos para poder borrarles la memoria y coger sus teléfonos móviles.
Mientras tanto, el lesser parecía estar acelerando el ritmo para llegar a la acera… no era su mejor movimiento. Si Tohr hubiera estado en la posición del tonto del culo, habría cogido aquel Toyota e intentado alejarse…
—Oh… vamos… —Tohr apretó los dientes.
Aparentemente, el objetivo del cabronazo no era la acera, sino el borde del puente. El asesino subió y saltó la valla que bordeaba la vía peatonal y aterrizó en la estrecha cornisa al otro lado. Siguiente parada: el río Hudson.
El lesser miró hacia atrás y, bajo el resplandor rosado de la luz de sodio, su expresión arrogante era la de un chico de dieciséis años que acabara de beberse un pack de seis cervezas delante de sus amigos.
Todo ego. Sin cerebro.
Iba a saltar. El hijo de puta iba a saltar.
Gilipollas. Aunque el jugo del Omega les diera a los asesinos todo aquel poder, no quería decir que las leyes de la física no significaran nada para ellos. La pequeña cita de Einstein[i] de que energía es igual a masa por aceleración se iba a seguir aplicando… así que cuando el imbécil llegara al agua se iba a hacer pedazos, logrando un daño estructural sustancial. El cual no lo mataría pero lo incapacitaría de manera brutal.
Los cabrones no podían morir a menos que se les apuñalara. Y podían pasar una eternidad en un purgatorio de descomposición.
Buena suerte gilipollas, jódete.
Y antes del asesinato de Wellsie, Tohr probablemente lo hubiera dejado pasar. En la escala proporcional de la guerra, era más importante envolver las mentes de los humanos en una maldita manta de amnesia y volver para ayudar a John Matthew y Qhuinn, que aún estaban gestionando el negocio en el callejón. ¿Ahora? No había vuelta atrás. De una forma u otra, él y este asesino iban a tener un comité de bienvenida.
Tohr saltó por encima del guarda-raíles, golpeó la pasarela y saltó sobre la valla. Enganchando los eslabones con un clawhold, pasó la parte inferior de su cuerpo por encima y aterrizó con las shitkickers sobre el parapeto.
La adusta bravuconería del lesser decayó un poco mientras empezaba a retroceder.
—¿Qué, pensabas que tengo miedo de las alturas? —dijo Tohr en voz baja—. ¿O que ese metro y medio de alambrada me va a mantener alejado de ti?
El viento bramaba con fuerza contra ellos, pegándoles las ropas al cuerpo y silbando contra las vigas de acero. Lejos, muy lejos por debajo, las negras aguas del río no eran más que un vago y oscuro tramo, como un espacio de aparcamiento.
Y lo iban a sentir como asfalto también.
—Tengo una pistola —aulló el lesser.
—Entonces sácala.
—¡Mis amigos están de camino a por mí!
—Tú no tienes ningún amigo.
El lesser era un recluta nuevo, su pelo, ojos y piel aún no habían empalidecido. Desgarbado y agitado, era probablemente un drogadicto que sufría de cerebro frito, que era sin duda la razón por la que se había dejado engañar para unirse a la Sociedad Lessening.
—¡Saltaré! ¡Por mis cojones que salto!
Tohr palmeó el mango de una de sus dos dagas y retiró la negra hoja de la funda que colgaba de su pecho.
—Pues deja de cotorrear y empieza a volar.
El lesser parecía estar de los nervios.
—¡Lo haré! ¡Juro que lo haré!
Una ráfaga de aire los golpeó desde otra dirección, barriendo el largo abrigo de cuero de Tohr por encima del vacío.
—No me importa. Te mataré aquí arriba, o ahí abajo.
El lesser miró otra vez sobre el borde, dudó y entonces se soltó, saltando hacia el borde y encontrando nada más que aire, a la vez que movía los brazos en círculos como si estuviera intentando mantener el equilibrio para caer de pie.
Lo que probablemente conseguiría desde esta altura era clavarse los huesos de las piernas en la cavidad abdominal. Sin embargo, mejor que tragarse su propia cabeza.
Tohr volvió a meter su daga en la funda y se preparó para su propio descenso. Respiró hondo, y luego…
Cuando se lanzó por el borde y sintió la primera ráfaga de antigravedad, la ironía del salto de puente no estaba ausente. Había pasado tanto tiempo deseando que su muerte llegara, rezándole a la Virgen Escriba para que se llevara su cuerpo y lo enviara con sus seres queridos. El suicidio nunca había sido una opción, si tomabas tu propia vida no podías entrar en el Fade… y esa era la única razón por la que no se había cortado las muñecas, comido el cañón de una pistola, o… saltado desde un puente.
En el descenso se permitió disfrutar la idea de que esto había llegado, que el impacto que vendría en un segundo y medio iba a ser el final de su sufrimiento. Todo lo que tenía que hacer era reposicionar la trayectoria para estar en caída libre, luego no protegerse la cabeza y dejar que lo inevitable sucediera: desvanecimiento, posible parálisis y muerte por ahogamiento.
Salvo que ese tipo de irse-para-siempre no podía ser el suyo. Quien fuera que convocara a estas cosas tendría que saber que, a diferencia del lesser, él tenía una salida.
Calmó su mente y se desmaterializó de la caída libre… en un momento la gravedad lo tenía en un abrazo mortal, y al siguiente no era nada más que una nube transparente de moléculas que irían en cualquier dirección que él quisiera.
Justo después, el asesino llegó al agua no con el ¡splash! de alguien que se ha lanzado a una piscina, o el de alguien que se ha tirado desde un trampolín. El hijo de puta era como un misil al llegar a su objetivo y la explosión se manifestó como un sonoro estallido mientras litros de agua del río Hudson se alzaban contra el aire fresco.
Tohr, por otro lado, decidió tomar forma de nuevo en lo alto del gran soporte de hormigón a la derecha del lugar del impacto. Tres… dos… uno…
Bingo.
Una cabeza se asomó por el punto de entrada aún burbujeante. No había brazos moviéndose en un intento de coger oxígeno. Ni piernas pataleando. Ni gritos ahogados.
Pero no estaba muerto. Podías arrollarlos con el coche, golpearlos hasta que tu propio puño se fracturara, arrancarles los brazos y/o piernas, hacer lo peor que quisieras… y aún seguirían vivos.
Los cabrones eran las garrapatas del inframundo. Y no había manera de que él no acabara mojado.
Tohr se quitó su abrigo, lo dobló con cuidado y lo dejó dentro de la unión donde la parte superior del soporte encontraba la amplia base acuática. Entrar en el agua con eso puesto era una receta para ahogarse, y además tenía que proteger su pistola y su móvil.
Con un par de saltos, de manera que pudiera coger suficiente impulso para lanzarse al agua, se tiró de cabeza con los brazos levantados por encima, las manos juntas y el cuerpo recto como una flecha. A diferencia del lesser, su entrada fue elegante y suave incluso aunque se hubiera arrojado a la superficie del Hudson desde unos cuatro metros de altura.
Fría. Fría de cojones.
Después de todo era finales de abril en el norte del estado de Nueva York, lo que significaba que aún faltaba un buen mes para que hiciera una temperatura remotamente agradable.
Mientras exhalaba por la boca y daba brazadas para salir a la superficie, comenzó a nadar con un potente estilo libre. Cuando llegó a donde estaba el asesino, lo agarró por la chaqueta y empezó a arrastrar el peso muerto hasta la orilla.
Donde acabaría con este. Para poder ir en busca del siguiente.
*  *
Mientras Tohr dejaba el puente, John Matthew vio pasar su propia vida delante de sus ojos, tan seguro como si fueran suyas las shitkickers que habían dejado tierra firme para lanzarse al vacío.
Él estaba en la orilla bajo la vía de salida cuando ocurrió, en proceso de acabar con el lesser que había estado persiguiendo. Por el rabillo del ojo vio caer algo desde la asombrosa altura que tenía el puente encima del río.
No tenía sentido al principio. Cualquier lesser con media neurona sabría que esa no era una buena ruta de escape. Pero entonces todo se había vuelto mucho más claro, demasiado. Una figura estaba de pie en el borde del puente con un abrigo de cuero envolviéndole como una mortaja.
Tohrment.
Noooooooo, había gritado John aunque no hacía sonido alguno.
—Hijo de puta, va a saltar —soltó Qhuinn por detrás de él.
John se lanzó hacia adelante, para lo que iba a servir, y gritó en silencio mientras que lo más cercano a un padre que había tenido saltaba.
Más tarde John meditaría que momentos como este tenían que ser lo que la gente decía de la muerte en sí… mientras sumabas uno-tras-otro la serie de acontecimientos que se estaban desplegando, añadiendo además a la ecuación cierta destrucción, tu mente se pondría en modo de presentación y te enseñaría episodios de tu vida como siempre la habías conocido:
John sentado en la mesa de Tohr y Wellsie aquella primera noche tras haber sido adoptado en el mundo vampírico… La expresión del rostro de Tohr cuando los resultados del análisis de sangre habían anunciado que John era hijo de Darius… Ese momento de pesadilla cuando la Hermandad había llegado para decirles a ambos que Wellsie se había ido…
Luego venían imágenes del segundo acto: Lassiter trayendo a un marchito Tohr de donde fuera que hubiera estado… Tohr y John finalmente perdiendo la cabeza por el asesinato… Tohr trabajando poco a poco en ponerse más fuerte… La propia shellan de John apareciendo con el vestido rojo que Wellsie había llevado en su propia boda con Tohr…
Joder, el destino era una puta mierda. Tenía que entrometerse y estropear el jardín de rosas de todo el mundo.
Y ahora se estaba llevando otros parterres también.
Salvo que entonces Tohr se desvaneció abruptamente. En un momento estaba en plena caída libre, y al siguiente, había desaparecido.
Gracias a Dios, pensó John.
—Gracias, niño Jesús —dijo Qhuinn en voz baja.
Un momento después, al otro lado de un soporte, una flecha oscura se deslizó dentro del río.
Sin una mirada o palabra entre ellos, Qhuinn y él salieron disparados en esa dirección, llegando a la rocosa orilla justo cuando Tohr había salido a la superficie, agarrado al asesino y empezado a nadar. Al mismo tiempo que John se ponía en posición para ayudar a arrastrar al lesser a tierra, sus ojos se posaron en el rostro pálido y adusto de Tohr.
El macho parecía muerto incluso aunque estaba técnicamente vivo.
Lo tengo, dijo por señas John mientras se inclinaba, agarraba el brazo que tenía más cerca y sacaba del río al empapado asesino. La cosa cayó sobre el suelo en un montón y daba la perfecta impresión de un pez con los ojos sobresaliendo, la boca abriéndose y pequeños chasquidos viniendo de la garganta abierta.
Pero como fuera, Tohr era lo importante, y John miró al Hermano de arriba a abajo mientras emergía del agua: los pantalones de cuero estaban pegados como Super Glue a sus piernas, que eran delgadas, la camiseta era como una segunda piel en su pecho flaco, el corto pelo negro con aquella franja blanca seguía de punta aunque estuviera empapado.
Los ojos azul oscuro estaban fijos en el lesser.
O ignorando aplicadamente la mirada fija de John.
Probablemente ambos.
Tohr bajó el brazo y agarró al lesser por la garganta. A la vez que descubría sus colmillos que eran brutalmente largos, gruñó:
—Te lo dije.
Entonces sacó su daga negra y empezó a apuñalarlo.
John y Qhuinn tuvieron que retroceder. Era eso o llevarse un baño de pintura.
—Podría darle simplemente en el maldito pecho —murmuró Qhuinn—, y terminar con esto.
Pero el matar al asesino no era el objetivo. Era la profanación.
La hoja negra y afilada penetró cada centímetro de carne… menos el esternón, que era el interruptor que acabaría con la diversión. Con cada cuchillada, Tohr exhalaba con fuerza, con cada sacudida, el Hermano inhalaba profundamente, era el ritmo de la respiración lo que dirigía la truculenta escena.
—Ahora ya sé cómo hacen la lechuga triturada.
John se pasó la mano por el rostro y esperó que ese fuera el final del comentario.
Tohr no ralentizó el ritmo. Solo se paró. Y entonces se escoró hacia un lado, sosteniéndose con una mano que apoyó en esa porquería aceitosa. El asesino estaba…. bueno, triturado, sí, pero Tohr aún no había acabado.
Sin embargo, no lo ayudarían. A pesar del obvio cansancio de Tohr, John y Qhuinn sabían que no debían entrometerse con el final del juego. Ya habían visto esto antes. Y el golpe final tenía que ser de Tohr.
Tras unos momentos de recuperación, el Hermano se volvió a enderezar, sujetando la daga con las dos manos y levantándola por encima de la cabeza.
Un grito ronco salió de su garganta mientras enterraba el cuchillo en ese punto en el pecho de su presa que quedaba ileso. Mientras aparecía una brillante luz, la trágica expresión del rostro de Tohr se iluminó, un cómico dibujo que reflejaba sus rasgos retorcidos y horrorosos, capturados por un momento… y una eternidad.
Él siempre clavaba la mirada abajo en la luz, aunque el sol temporal fuera demasiado brillante como para quedárselo mirando.
Cuando estuvo hecho, el Hermano se desplomó como si su columna vertebral se hubiera vuelto masilla y su energía hubiera desaparecido. Claramente necesitaba alimentarse, pero ese tema, como muchos otros, era tarea imposible.
—Qué hora es —consiguió decir entre respiraciones.
Qhuinn le echó un ojo a su reloj Suunto.
—Las dos de la mañana.
Tohr alzó la mirada desde el suelo manchado al que había estado mirando y clavó su mirada enrojecida en la parte del centro de la ciudad de la que habían venido.
—Qué tal si volvemos al complejo —Qhuinn sacó su teléfono móvil—. Butch no está lejos…
—No —Tohr se impulsó y se sentó sobre el culo—. No llames a nadie. Estoy bien… solo necesito recuperar el aliento.
Y una mierda. El tío no estaba más cerca de estar bien de lo que estaba John en este momento. Aunque, indudablemente, solo uno de ellos estaba empapado a tan solo diez grados centígrados.
John llevó las manos al campo de visión del Hermano. Nos vamos a casa ahora mismo…
Flotando en el aire, como una alarma al sonar en una casa totalmente en silencio, el olor a polvos de talco les entró por la nariz a cada uno de ellos.
El hedor hizo todo lo que ese intento por recuperar el aliento no hizo: puso a Tohr de pie. La previa desorientación se había ido, joder, si le hubieras dicho que aún estaba tan mojado como un pez, probablemente se habría sorprendido.
—Hay más —gruñó.
Al tiempo que empezó a andar, John maldijo al maníaco.
—Vamos —dijo Qhuinn—. Empecemos a correr. Va a ser una noche larga.



Capítulo 2

—Tómate algún tiempo libre… relax… disfruta de ti misma…
Mientras Xhex murmuraba a una audiencia de muebles de época, salió de la habitación y entró en el cuarto de baño. Y de vuelta otra vez. Y otra vez más dentro de mármol-landia.
En el baño que compartían ahora John y ella, pasó junto al profundo jacuzzi. Cerca de los grifos de bronce, había una bandeja de plata con todo tipo de lociones y pociones y mierdas de cursilerías. Y eso no era ni la mitad. ¿Por los lavabos? Otra bandeja, está llena de perfumes de Chanel: Cristalle, Coco, Nº5, Coco Mademoiselle. Luego estaba el hermoso cesto de mimbre con cepillos para el pelo, unos con cerdas cortas, otros con cerdas finas y otros con púas de metal de mierda. ¿En los armarios? Una línea de botes de esmalte de uñas OPI, con las suficientes variaciones de rosa chupapollas para darle una hemorragia nasal incluso a una Barbie. También quince tipos de crema diferentes. Gel. Laca.
¿En serio?
Y no había empezado con el maquillaje Bobbie Brown.
¿Quién diablos pensaban que se había trasladado aquí? ¿Una de esas locas Kardashian?
Y respecto a esto último… Cristo, no podía creer que ahora conociese a Kim, Kourtney, Khloe, Kris; el hermano, Rob; el padrastro, Bruce; las hermanas pequeñas Kendall y Kylie; además de los diversos maridos, novios, y ese chico Mason…
Encontrando sus propios ojos en el espejo, pensó, bueno, no era esto interesante. Se las había arreglado para volarse los sesos con la E! Entertainment Television.
Desde luego era menos sucio que una escopeta de cañón recortado, y los resultados eran los mismos.
—Esa mierda debería venir con una etiqueta de advertencia.
Mientras miraba fijamente su reflejo, reconoció el pelo negro cortado al rape, la pálida piel, y el duro y firme cuerpo. Las uñas cortas. La absoluta falta de maquillaje. Incluso tenía su propia ropa puesta, la camiseta negra sin mangas y los pantalones de cuero, un uniforme que había utilizado cada noche durante años.
Bien, excepto un par de noches atrás. Entonces había llevado algo completamente diferente.
Quizá ese vestido era el motivo por el que todas esas cosas que te hacían parecer un estereotipo de mujer habían aparecido después de la ceremonia de emparejamiento: Fritz y los doggen debían haber asumido que había pasado página. O eso, o era todo parte del reciente comité de bienvenida estándar a una nueva shellan emparejada.
Apartando la vista, se llevó las manos hasta la base de la garganta, hacia el diamante grande y cuadrado que John le había comprado. Fijado en fuerte platino, era la única joya que jamás se hubiese imaginado llevar: resistente, sólido, capaz de soportar una buena pelea y permanecer en su cuerpo.
En este nuevo mundo de Paul Mitchell, y Bed Head y cosas apestosas de Coco, al menos John todavía la comprendía. ¿Y el resto de ellos? ¿Podías llamarlo “educación”? No era la primera vez que había jugado a la profesora con un grupo de machos que pensaban que sólo porque tenías tetas, pertenecías a una jaula dorada. ¿Alguien intentaba convertirla en el carbonerillo de la glymera? Simplemente miraría a través de los barrotes de oro, pondría una bomba en la base del lugar y colgaría los restos humeantes en una lámpara de araña en el vestíbulo.
Encaminándose a la habitación, abrió el armario y sacó el vestido rojo que había llevado durante esa ceremonia. El único vestido que se había puesto… y tenía que admitir que había disfrutado con la forma en que John se lo había quitado con los dientes. Y sip, seguro, las noches ganduleando por ahí habían sido estupendas… el primer descanso que había tenido nunca. Todo lo que habían hecho era tener sexo, alimentarse el uno del otro, comer comida maravillosa y repetir con ratos de sueño.
Pero ahora John había vuelto a salir al campo… mientras que ella no comenzaría a luchar hasta mañana por la noche.
Eso eran sólo veinticuatro horas, un retraso no un callejón sin salida.
Entonces, qué demonios ¿cúal era su problema?
Tal vez todo el ñiqui-ñiqui sólo estaba desencadenando su zorra interior sin una buena razón. No estaba encerrada, nadie la iba a hacer cambiar, y ese accidente de coche de los Kardashian en la maratón de la caja tonta era por su propia culpa. ¿Y lo de la basura de la belleza? Los doggen sólo estaban intentando ser agradables de la única forma que sabían hacerlo.
No había muchas hembras como ella. Y no es porque fuese medio symphath…
Frunciendo el ceño, giró la cabeza alrededor.
Dejando caer el satén de sus manos, fue hacia la rejilla emocional que había fuera en el pasillo.
Con sus sentidos symphath, la estructura tridimensional de tristeza y pérdida y culpa era tan real como un edificio hacia el cual podrías conducir, echar un vistazo o caminar a través de él. Desafortunadamente, en este caso, no había fijación para el daño de los soportes, o el agujero del tejado, o el hecho de que el sistema eléctrico no estaría operativo nunca más: Por mucho que experimentara las emociones de una persona como si fuesen propiedad privada, no había trabajadores subcontratados para venir y reparar lo que estaba mal, no había fontaneros ni electricistas o pintores para esta mierda. El dueño de la casa tenía que realizar sus propias mejoras en lo que estaba roto, estropeado y hecho polvo; nadie podía hacerlo por ellos.
Cuando salió al pasillo de las estatuas, Xhex sintió un temblor atravesando su propia casita. Por otra parte, la figura vestida con una túnica y que cojeaba frente a ella era su madre.
Dios, todavía parecía raro decirlo, aunque sólo fuera en su cabeza… y eso no se aplicaba realmente en muchos niveles, ¿no?
Ella se aclaró la garganta.
—Buenas tardes… eh…
No parecía correcto soltar un mahmen o mamá o mami. No’One, el nombre que había dado la hembra, tampoco era cómodo. Por otra parte, ¿cómo podías llamar a alguien que había sido abducida por un symphath, forzada violentamente a concebir y luego atrapada por la biología para llevar el resultado de la tortura?
Primer nombre y apellido: Yo y Siento. Segundo nombre: Lo.
Mientras No’One se movía nerviosa, la capucha que llevaba puesta cubría su cara.
—Buenas tardes. ¿Cómo os va?
El inglés salía con dificultad a través de los labios de su madre, sugiriendo que la hembra lo habría hecho mejor hablando en la Antigua Lengua. Y la reverencia que hizo, la cual era totalmente innecesaria, fue desigual, probablemente por cualquiera que fuese la herida que causaba su irregular manera de andar.
La esencia que salía de ella no tenía nada que ver con Chanel. A menos que recientemente hubiesen añadido una línea Tragedia.
—Estoy bien. —Prueba con inquieta y aburrida—. ¿Adónde vas?
—A recoger la sala de estar.
Xhex se tragó una dolorosa mueca de no-vayas-allí. Fritz no dejaba que nadie moviese un dedo en la mansión excepto los doggen… y No’One, a pesar del hecho de que había venido aquí para atender a Payne, estaba alojada en una habitación de invitados, comía en la mesa con los Hermanos y era aceptada como la madre de una shellan emparejada. No era una criada a ningún nivel.
—Sip, eh… qué te parecería... —¿Hacer qué? Se preguntó Xhex. ¿Qué podían hacer ellas dos juntas? Xhex era una guerrera. Su madre… un fantasma con sustancia. No había mucho terreno en común allí.
—Está todo bien —dijo No’One suavemente—. Esto es incómodo…
Un trueno rugió a través del vestíbulo de abajo, firme como si las nubes se hubiesen formado, los relámpagos destellasen y la lluvia hubiese empezado a caer. Cuando No’One retrocedió, Xhex miró sobre su hombro. Qué diablos era…
Rhage, alias Hollywood, alias el más grande y guapo de los Hermanos, saltó desde el balcón del segundo piso. Mientras aterrizaba, la rubia cabeza se disparó en su dirección, los ojos verde azulados en llamas.
—John Matthew ha llamado. Nos necesitan a todos listos en el centro. Coge tus armas y nos encontramos en la puerta principal en diez minutos.
—De puta madre —siseó Xhex y chocó sus palmas.
Cuando se giró hacia su madre, la hembra estaba temblando y tratando de no demostrarlo.
—Está bien —dijo Xhex—. Soy buena luchando. No saldré herida.
Palabras agradables. Excepto que no era por eso por lo que la hembra estaba preocupada, no: Su rejilla mostraba miedo… de Xhex.
Que estúpida. Dado que ella era una mestiza symphath, No’One pensaría antes en “peligro” que en “hija”, por supuesto.
—Te dejaré sola —dijo Xhex—. No te preocupes.
Mientras caminaba deprisa hacia su habitación, no pudo ignorar el hecho de que su pecho la estaba matando. Por otra parte, tampoco podía ignorar la realidad: su madre nunca la había querido.
Y todavía no lo hacía.
Y quién podía culparla.
*  *
Bajo el borde de la capucha de su toga, No’One observaba a la alta, fuerte y despiadada hembra que había dado a luz corriendo para luchar contra el enemigo.
Xhexania no parecía perturbada ante la idea de que se enfrentaría a los mortales lessers: de hecho, esa expresión desdeñosa que había mostrado tras oír la orden del Hermano sugería que lo haría con gusto.
Las rodillas de No’One se debilitaron mientras pensaba en lo que había traído al mundo, esta hembra con fuerza en el cuerpo y venganza en su corazón. Ninguna hembra de la glymera respondería de tal manera, pero claro, a ellas nadie les preguntaría.
Sin embargo, el symphath estaba dentro de su hija.
Queridísima Virgen Escriba…
Y aún así, mientras Xhexania se había girado, había habido una expresión rápidamente escondida en su rostro.
No’One se apresuró cojeando por el pasillo hacia la habitación de su hija. Al llegar frente a la pesada puerta, llamó suavemente.
Pasó un momento antes de que Xhexania abriera.
—Hey.
—Lo siento.
No hubo ninguna reacción. Eso mostraba…
—¿Por qué?
—Sé lo que es no ser querida por tus padres. No quiero que tú…
—Está bien —Xhexania se encogió de hombros—. No es que no sepa de dónde vienes.
—Yo…
—Escucha, tengo que prepararme. Entra si quieres, pero estás advertida: no me estoy vistiendo para ir a tomar el té.
No’One dudó en el umbral. Dentro, la habitación daba muestras de estar bien aprovechada: la cama estaba deshecha, los pantalones de cuero tirados encima de las sillas, dos pares de botas desperdigados por el suelo, un par de copas de vino sobre una mesa que había en la esquina y al lado de la chaiselongue. Todo alrededor, el olor a auténtico macho emparejado, oscuro y sensual, se percibía en el aire.
Ligado a la misma Xhexania.
Se escucharon una serie de clics y No’One desvió la mirada hacia la jamba. Cerca del armario, Xhexania se estaba poniendo alguna clase de arma de aspecto peligroso. Era totalmente competente, deslizándola en la pistolera que tenía bajo el brazo y cogió otra. Y luego las balas y un cuchillo…
—No te vas a sentir mejor por mí si sigues ahí de pie.
—No vine por mí.
Eso puso fin al movimiento de sus manos.
—Por qué, entonces.
—Vi la mirada en tu rostro. No quiero eso para ti.
Xhexania alargó las manos y sacó una chaqueta negra de cuero. Mientras se la ponía, maldijo.
—Mira, no pretendamos que ninguna de las dos quería que naciera, ¿vale? Te absuelvo, tú me absuelves, éramos las víctimas, bla, bla, bla. Tenemos que dejar claro eso y seguir caminos separados.
—¿Estás segura de que eso es lo que quieres?
La hembra se quedó paralizada, luego entrecerró los ojos.
—Sé lo que hiciste. La noche de mi nacimiento.
No’One retrocedió.
—¿Cómo…?
Xhexania señaló su propio pecho.
Symphath, recuerdas —la luchadora salió a la luz, su forma de andar era como si estuviera acechándola—. Eso significa que entro en la gente… así que puedo sentir el miedo que tienes ahora mismo. Y el arrepentimiento. Y el dolor. Con solo quedarte ahí de pie estás volviendo de nuevo a donde todo ocurrió… y, sí, sé que te clavaste una daga en el estómago antes de tener que afrontar un futuro conmigo. Así que, como he dicho, ¿qué tal si tú y yo simplemente nos esquivamos la una a la otra y nos evitamos líos?
No’One levantó el mentón.
—Pues sí, eres una mestiza.
Las oscuras cejas de Xhex se alzaron.
—¿Perdona?
—Sientes solamente una parte de lo que siento por ti. O quizás es que no quieres saber, por tus propias razones, que habría deseado preocuparme por ti.
A pesar del hecho de que la hembra estaba envuelta en armas, de repente pareció vulnerable.
—En tu brusca auto-protección, no cortes nuestras vías de comunicación —susurró No’One—. No tenemos que forzar la cercanía si no está ahí. Pero no le cortes el camino si hay alguna posibilidad. Quizás… quizás debieras decirme esta noche si hay alguna pequeña manera de que pueda ayudarte. Empecemos ahí… y veamos qué sale.
Xhexania se alejó y caminó alrededor, su duro y prieto cuerpo parecía más el de un macho, y su vestimenta igual. Incluso su energía era masculina. Se paró cuando estuvo delante del armario y, después de un momento, tiró de la falda del vestido rojo que Tohrment le había dado para la noche de su boda.
—¿Has limpiado el satén? —preguntó No’One—. Y no estoy sugiriendo que lo hayas ensuciado. Sin embargo, las telas finas deben cuidarse para poder preservarse.
—No tengo ni idea de cómo empezar con eso.
—¿Me permites, entonces?
—No hace falta.
—Por favor. Permíteme.
Xhexania alzó la mirada, y, en voz baja, dijo:
—¿Por qué en nombre de Dios querrías hacerlo?
La verdad era tan simple como tres palabras, y tan compleja como el lenguaje entero.
—Eres mi hija.


Capítulo 3

De vuelta en el centro de Caldwell, Tohr se deshizo del frío, los dolores y el agotamiento que lo envolvía y se puso de nuevo en modo persecución: el aroma de sangre fresca de lesser era como cocaína en su organismo, llamándole y dándole la fuerza para seguir adelante.
Detrás de él, escuchó a los otros dos pisándole los talones y supo perfectamente que no estaban buscando al enemigo… sino intentando llevarle de vuelta a la mansión con un poco de jodida buena suerte. El amanecer sería la única cosa que podría hacerlo.
Además, cuantas más aniquilaciones hiciese, más posibilidades tenía en realidad de dormir una o dos horas.
Cuando giró en la esquina de un callejón, sus shitkickers patinaron hasta detenerse. Frente a él, siete lessers estaban rodeando a un par de guerreros, pero los del centro no eran Z y Phury o V y Butch o Blaylock y Rhage.
Eso era una guadaña en una de las manos izquierdas. Una enorme guadaña perfectamente afilada.
—Hijo de puta —murmuró Tohr.
El macho con la hoja curvada tenía los pies plantados en el pavimento como si fuese un dios, su arma preparada, su desagradable rostro sonriendo con anticipación como si estuviera a punto de sentarse para una buena comida. Cerca de él, un vampiro al que Tohr no había visto durante eones no tenía nada que ver con el chico que había conocido una vez en el Antiguo País.
Parecía como si Throe, hijo de Throe, hubiese caído en malas compañías.
John y Qhuinn se detuvieron a cada lado de él, y el último miró por encima del hombro.
—Dime que no es nuestro nuevo vecino.
—Xcor.
—¿Nació con esa jeta o alguien lo hizo por él?
—Quien sabe.
—Bueno, si se supone que eso es un arreglo de la nariz, necesita un nuevo cirujano plástico.
Tohr miró a John.
—Cancélalo.
¿Disculpa? Hizo señas el chaval.
—Sé que has enviado un mensaje a los Hermanos en casa. Diles que era un error. Inmediatamente. —Cuando John empezó a discutir, él cortó la conversación—. ¿Quieres que haya una guerra sin cuartel aquí? Llama a la Hermandad, él llamará a sus bastardos, y de repente seremos bolas contra la pared sin ningún tipo de estrategia. Manejaremos esto nosotros mismos, hablo muy en serio, John. He tratado con esos tipos antes. Tú no.
Cuando la firme mirada de John se encontró con la suya, Tohr tuvo la sensación, como siempre, de que ya habían estado juntos en estas situaciones hacía mucho, mucho tiempo y no sólo en los últimos meses.
—Tienes que confiar en mí, hijo.
La respuesta de John fue vocalizar una maldición, cogió su teléfono y empezó a golpear las teclas.
Y en ese momento, Xcor captó que había visitantes. A pesar del número de lessers delante de él, empezó a reírse.
—Son los malditos Dagas Negras, y justo a tiempo para salvarnos. ¿Queréis que nos arrodillemos?
Los asesinos giraron en redondo… gran error. Xcor no perdió un momento, golpeando con un barrido circular, dio a dos de ellos en la parte baja de la espalda. Ese fue su tiro de gracia. Mientras el par caía al suelo, los otros se dividían en dos bandos, la mitad dirigiéndose hacia Xcor y Throe, y la otra mitad apuntando hacia Tohr y sus chicos.
Tohr dejó salir un rugido e hizo frente al ataque con las manos desnudas, saltando hacia delante, bloqueó al primer asesino que tuvo a su alcance. Fue a por la cabeza, agarrándola con fuerza antes de levantar la rodilla y romperle la jodida cara. Luego giró la cosa alrededor y tiró el cuerpo laxo con la cabeza por delante dentro de un contenedor Dumpster.
A medida que el zumbido se desvanecía, Tohr se enfrentaba al siguiente de la línea. Hubiese preferido haber ido más con los puños, pero no iba a hacer más gilipolleces: en el otro extremo del callejón, siete principiantes nuevos estaban cayendo como serpientes de un árbol, chorreando por la parte delantera de una alambrada metálica.
Desenvainó ambas dagas, asentó sus botas en el pavimento y calculó una estrategia ofensiva para los nuevos visitantes. Tío… se podría decir lo que quisieras sobre la ética de Xcor, habilidades sociales y su idoneidad para la revista GQ; el hijo de puta podía luchar. Estaba balanceando su guadaña alrededor como si pesase menos de medio kilo y tenía un don para juzgar las distancias… los trozos de los lessers estaban volando por todo el lugar, manos, una cabeza, un brazo. El bastardo era increíblemente efectivo y Throe tampoco era incompetente.
Contra toda posibilidad, y la alternativa de cada una de ellas, Tohr y su equipo adoptaron un ritmo con los bastardos: Xcor dirigía el primer asalto hacia los cuchillos que esperaban al principio del callejón, mientras su teniente mantenía la segunda oleada en su lugar para que nadie pudiera bloquearle. Después, Tohr, John y Qhuinn derribaban la marea, uno por uno los otros asesinos fueron enviados a la carnicería… recién descuartizados.
Mientras al principio había sido exhibición, ahora era trabajo. Xcor no estaba haciendo ningún movimiento ostentoso con su gran hoja; Throe no estaba saltando alrededor; John y Qhuinn estaban en la zona.
Y Tohr estaba muy ocupado con la venganza.
No eran más que nuevos reclutas… por lo tanto no eran como asesinos que ofrecían mucho en materia de habilidades. Sin embargo, en número total, eran tantos que la marea podría convertirse…
Un tercer escuadrón apareció por encima de la valla.
A medida que aterrizaban uno tras otro en el campo de la retribución, Tohr se arrepintió de su orden a John. Había sido la venganza la que hablara. Joder con la mierda de evitar un enfrentamiento entre la HDN y la Banda de Bastardos. Había querido salvar a las piezas para él mismo. ¿El resultado? Había puesto las vidas de John y Qhuinn en peligro. Xcor y Throe… podían morir esta noche, mañana, un año más tarde, en cualquier momento. Y él, bien, podía saltar de un puente de mil formas diferentes.
¿Pero sus chicos…? Valía la pena salvarles. John era un hellren ahora. Y Qhuinn tenía toda una vida por delante.
No era justo llevarlos a una tumba prematura por su deseo de morir.
*  *
Xcor, hijo de un sire desconocido, tenía a su amante en las manos. Su guadaña era la única hembra de la que alguna vez hubiese cuidado, y esta noche, mientras se enfrentaba a lo que había comenzado como siete enemigos, y luego había crecido a catorce, y más tarde aumentó a veintiuno, ella le devolvió su lealtad con una representación incomparable.
Cuando se movían juntos, era una extensión no sólo de sus brazos, sino de su cuerpo, sus ojos y su cerebro. No era sólo un soldado con un arma; juntos, eran una bestia con mandíbulas enormes. Y mientras trabajaban supo que esto era lo que había perdido. Esto era el por qué había cruzado el océano hasta el Nuevo Mundo: para encontrar una nueva vida en una nueva tierra que todavía estuviese llena de los viejos y dignos enemigos.
Sin embargo, a su llegada, sus ambiciones habían identificado un objetivo aún más elevado. Y eso significaba que los otros vampiros de este callejón estaban en su camino.
Al otro lado del callejón, Tohrment, hijo de Hharm, era algo digno de ver. A pesar de lo mucho que Xcor odiaba admitirlo, el Hermano era un guerrero increíble, esas dagas negras que giraban captando la luz ambiente, esos brazos y piernas cambiando de posición más rápido que un latido, el equilibrio y la ejecución… totalmente perfectos.
Si hubiese sido uno de los machos de Xcor, el Hermano bien podría tener que haber sido asesinado para que Xcor pudiera mantener su posición de líder: era un principio básico del liderazgo eliminar a quienes presentasen un desafío potencial a la primera posición… aunque tampoco era como si su banda fuesen unos incompetentes, después de todo uno también tenía que eliminar a los débiles.
El Bloodletter le había enseñado eso y mucho más.
Al menos algunas cosas habían probado no ser mentira.
Sin embargo, nunca habría sitio para los gustos de Tohrment en su Banda de Bastardos: este Hermano y su calaña no se rebajarían a visitar los bajos fondos para una comida compartida, mucho menos para una asociación profesional.
Aunque se uniesen brevemente, esta noche. Mientras la lucha avanzaba, Throe y él encajaron en una unidad con los Hermanos, concentrando lessers en pequeños grupos dentro de la línea de dagas, tras lo cual eran despachados al Omega por los otros tres.
Dos Hermanos, o candidatos a la Hermandad, estaban con Tohr y ambos eran más grandes que él… de hecho, Tohrment, hijo de Hharm, no era tan fornido como había sido una vez. ¿Quizá estaba recuperándose de una herida reciente? Cualquiera que fuese el motivo, Tohr había escogido sabiamente a sus respaldos. El de la derecha era un macho enorme, el tamaño del cual probaba que el programa de cría de la Virgen Escriba había tenido un punto. El otro era más ancho y alto que Xcor y sus machos, lo que quería decir que no era pequeño. Ambos luchaban sin problemas ni indecisión, sin mostrar miedo.
Cuando finalmente estuvo hecho, Xcor respiraba con dificultad, sus antebrazos y bíceps entumecidos por el esfuerzo. Todos los que tenían colmillos estaban en pie. Todos los que tenían sangre negra en las venas habían desaparecido, habiendo sido devueltos a su diabólico creador.
Los cinco permanecían en sus posiciones, las armas aún en la mano mientras resollaban, los ojos vigilando cualquier signo de agresión desde el otro lado.
Xcor miró a Throe e inclinó ligeramente la cabeza. Si habían llamado a otros de la Hermandad, este no era el tipo de enfrentamiento del que podrían salir con vida. ¿Si atacaban esos tres? Él y su soldado tenían una oportunidad, pero habría heridas.
No había venido a Caldwell a morir. Había venido para ser Rey.
—Estaba deseando verte de nuevo, Tohrment, hijo de Hharm —declaró.
—¿Te marchas tan pronto? —contraatacó el Hermano.
—¿Crees que me inclinaré ante ti?
—No, eso requeriría clase.
Xcor sonrió con frialdad, sus colmillos destellando mientras se alargaban. Su temperamento estaba dominado por su autocontrol, y el hecho era que ya estaba empezando a trabajar sobre la glymera.
—A diferencia de la Hermandad, nuestros humildes soldados trabajan realmente durante la noche. Por eso en vez de besar el anillo de una antigua costumbre, vamos a buscar y eliminar más enemigos.
—Sé porqué estás aquí, Xcor.
—En serio. ¿Lees la mente?
—Vas a hacer que te maten.
—Tal vez. O quién sabe si será al revés.
Tohrment sacudió la cabeza lentamente.
—Considera esto una advertencia amistosa. Vete por dónde has venido antes de que se ponga en marcha la rueda que te lleve a una tumba prematura.
—Me gusta dónde estoy. El aire es fresco en este lado del océano. Por cierto, ¿cómo está tu shellan?
La corriente de aire frío que avanzó era lo que quería: Un pajarito le había dicho que la hembra Wellesandra había sido asesinada en la guerra un tiempo atrás, y él no estaba por encima de utilizar cualquier arma que tuviese para arrojarla al enemigo.
Y el golpe había sido bueno. Inmediatamente, los sujetalibros a cada lado del Hermano, intervinieron y lo agarraron. Pero no habría pelea o discusión. No esta noche.
Xcor y Throe se desmaterializaron, dispersándose en la fría noche primaveral. No le preocupaba que los siguiesen. Aquel par se iba a asegurar de que Tohr estuviese bien, lo que quería decir que iban a disuadirle de un apresurado y furioso capricho que posiblemente podría llevarles a una emboscada.
No tenían ninguna forma de saber que ellos no podían acceder al resto de sus tropas.
Él y Throe recuperaron sus formas en la cima del rascacielos más alto de la ciudad. Él y sus soldados siempre habían tenido un punto de reunión de tal manera que la banda pudiese reunirse de vez en cuando durante la noche, y esta azotea elevada no era sólo fácilmente visible desde todos los sectores del campo de batalla, parecía apropiada.
A Xcor le gustaba la vista desde arriba.
—Necesitamos teléfonos móviles —dijo Throe sobre el estruendo del aire.
—¿En serio?
—Ellos los tienen.
—¿El enemigo, quieres decir?
—Aye. Ambos enemigos. —Cuando Xcor no dijo nada más, su mano derecha murmuró—: Tienen formas de comunicarse…
—Que nosotros no necesitamos. Si te permites depender de lo externo, se convierten en armas contra ti. Lo hemos hecho bastante bien sin tecnología durante siglos.
—Y esta es una nueva era en un nuevo lugar. Las cosas son diferentes aquí.
Xcor miró sobre su hombro, cambiando la vista de la ciudad por la de su segundo al mando. Throe, hijo de Throe, era un buen ejemplo de reproducción, todo rasgos perfectos y cuerpo atractivo que gracias a las lecciones de Xcor, ahora no era simplemente decorativo, sino útil: para ser sinceros, él había madurado bien a lo largo de los años, ganándose finalmente el derecho a reclamar su sexo como el de un macho.
Xcor sonrió fríamente.
—Si las tácticas y métodos de los Hermanos son tan exitosas, ¿por qué la raza fue atacada?
—Las cosas ocurren.
—Y a veces son el resultado de errores… errores fatales. —Xcor reanudó su estudio de la ciudad—. Podrías considerar con qué facilidad pueden ocurrir estos errores.
—Todo lo que estoy diciendo…
—Ese es el problema con la glymera… siempre buscando la salida más rápida. Pensé que te había sacado a golpes esa tendencia años atrás. ¿Necesitas que te lo refresque?
Cuando Throe cerró la boca, la sonrisa de Xcor se hizo más grande.
Centrándose en la extensión de Caldwell, supo que aunque la noche era oscura, su futuro era en realidad brillante.
Y allanaría el camino con los cuerpos de la Hermandad.



[i] La autora quiere hacer referencia a la segunda ley de Newton con su teoría de la relatividad: Fuerza es igual a masa por la aceleración. La fórmula de Einstein es para la energía en reposo: Energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado. Al estar el original con una mezcla entre los dos, se ha querido dejar lo más cercano posible aunque esté mal. 

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