martes, 17 de mayo de 2011

AMANTE DESENCADENADA/CAPITULO 1 2 3

Capítulo 1

ACTUALIDAD, PISTA DE CARRERAS DEL ACUEDUCTO, QUEENS, NUEVA YORK

—Quiero chupártela.
El doctor Manny Manello giró la cabeza hacia la derecha y miró a la mujer que le había hablado. No era exactamente la primera vez que escuchaba esa combinación de palabras y la boca de la mujer de la cual provenían ciertamente tenía suficiente silicona como para ofrecer una buena amortiguación. Pero igualmente le sorprendía.
Candace Hanson le sonrió y se acomodó el sombrero Jackie O. con una mano muy cuidada. Aparentemente, había decidido que la combinación de elegancia con lenguaje soez era incitante… y tal vez para algunos tipos lo fuera.
Joder, en otro momento de su vida, probablemente hubiera aceptado su oferta bajo la teoría de ¿por-qué-demonios-no? ¿Ahora? Archiva eso bajo no-tanto.
Sin inmutarse ante su falta de entusiasmo, ella se inclinó hacia delante, ostentando un par de pechos que no solo desafiaban la gravedad sino que más bien le enseñaban el dedo medio, insultaban a su madre y se meaban en sus zapatos.
—Sé a dónde podemos ir.
Apostaba a que sí.
—La carrera está a punto de empezar.
Ella hizo un puchero. O tal vez esa era simplemente la forma en que sobresalían los labios post-inyección. Dios, era probable que una década atrás tuviera un rostro lozano; ahora los años le habían agregado una pátina de desesperación… que se añadía a la cadena de arrugas del proceso normal de envejecimiento que claramente combatía como un boxeador.
—Entonces después.
Manny le dio la espalda sin responder, no estaba muy seguro de cómo exactamente había entrado a la sección de los propietarios. Debía haber sido cuando el torrente regresaba del prado donde se ensillaba… y sin duda estaba acostumbrada a entrar a lugares que técnicamente no le estaban permitidos: Candace pertenecía a ese tipo social de Manhattan a las que lo único que les faltaba para ser prostitutas era un proxeneta y de muchas formas era como cualquier otra avispa… si ignorabas la molestia se iba a aterrizar a alguna otra parte.
O, en este caso, en alguna otra persona.
Levantando el brazo para impedir que se acercara más, Manny se inclinó sobre la baranda de su palco de propietario y aguardó a que sacaran a su chica a la pista. La habían ubicado en la parte externa, eso estaba bien: ella prefería no estar dentro de la manada y recorrer una pequeña distancia adicional nunca le había molestado.
El Acueducto de Queens, Nueva York no tenía el nivel de prestigio de Belmont o Pimlico o de la venerable madre de todas las pistas de carreras, Churchill Downs. Sin embargo tampoco era una mierda. El establecimiento tenía unos buenos dos kilómetros de terreno y también contaba con un turf y una pista corta. La capacidad total estaba alrededor de los noventa mil. La comida era mediocre, pero en realidad nadie iba allí a comer y había algunas carreras importantes, como la de ese día: el Wood Memorial Stakes que tenía una bolsa de setecientos cincuenta mil dólares y como se realizaba en abril era una buena forma de medir el rendimiento de los competidores para la Triple Corona
Ah, sí allí estaba. Allí estaba su chica.
Cuando Manny fijó la vista en GloryGloryHallelujah, el ruido de la multitud, la brillante luz del día y la hilera irregular que formaban los demás caballos desaparecieron. Todo lo que veía era a su magnífica potranca negra, el relucir de su piel al captar el sol, el flexionar de sus patas extremadamente delgadas, al encoger los delicados cascos hacia arriba alejándolos de la tierra de la pista para volver a plantarlos en ella. Teniendo una altura de casi un metro setenta y tres, hacía parecer al jockey un diminuto mosquito anudado en su lomo y esa diferencia de tamaño era representativa de la división de poder. Ella lo había dejado claro desde el primer día de su entrenamiento: puede que tuviera que tolerar a los molestos y pequeños humanos, pero ellos solo la acompañaban en la cabalgada. Era ella la que estaba al mando.
Su temperamento dominante ya le había costado dos entrenadores. ¿En cuanto al tercero que tenían en ese momento? El tipo se veía un poco frustrado, pero eso se debía simplemente a que su sentido del control estaba viéndose mortalmente atropellado: los tiempos de Glory eran notables… solo que él no tenía nada que ver con ello. Y a Manny le eran absolutamente indiferentes los egos inflados de hombres que mangoneaban caballos para ganarse la vida. Su chica era una luchadora, sabía lo que hacía y él no tenía problemas en dejarla ir y observar divertido como enterraba a la competencia.
Mientras mantenía la vista fija en ella, recordó al imbécil al que se la había comprado hacia poco más de un año. Esos veinte grandes habían sido un robo, si se tomaba en cuenta su linaje, pero también eran una fortuna si se juzgaba su temperamento y el hecho de que no estaba claro si sería capaz de conseguir su tarjeta de entrada a las carreras. Había sido una niña desobediente que había estado a punto de ser sacada del juego… o peor aún de convertirse en comida para perro.
Pero él había tenido razón. Siempre y cuando le dieras el mando y la dejaras dirigir el espectáculo, era sensacional.
Cuando la fila se acercó a la compuerta, algunos de los caballos comenzaron a bailotear, pero su chica permaneció firme como una roca, como si supiera que era inútil desperdiciar energía en esa mierda previa al juego. Y a él realmente le agradaban las probabilidades que tenían a pesar de su posición en la primera línea, porque el jockey que llevaba en el lomo era una estrella: sabía exactamente cómo manejarla y en ese aspecto, era más responsable de su éxito que los entrenadores. Su filosofía con ella era simplemente asegurarse de que viera todas las mejores rutas posibles para alejarse del pelotón.
Manny se puso de pie y aferró la baranda de hierro pintado que tenía delante, uniéndose a la multitud que se erguía en sus asientos y sacaba incontables binoculares. Cuando se le aceleró el corazón, se alegró, porque últimamente y más allá del gimnasio, parecía que había dejado de latir. Durante el último año aproximadamente su vida conllevaba un terrible entumecimiento y tal vez esa fuera parte de la razón por la cual esa potranca era tan importante para él.
Además, quizás fuera todo lo que tenía.
No iba a pensar en ello.
En la compuerta, todo era muévete, muévete, muévete: cuando se intentaba embutir quince caballos sobreexcitados, con patas como palillos y glándulas suprarrenales que estaban disparando como obuses, dentro de cabinas de metal diminutas, no había tiempo que perder. En un minuto más o menos, los participantes estuvieron encerrados y los ayudantes de pista se dirigieron lo más rápido posible hacia las barreras.
Palpitación.
Campanada.
¡Bang!
Las puertas se abrieron, la multitud rugió y esos caballos avanzaron como si hubieran sido disparados por cañones. Las condiciones eran perfectas. Seco. Fresco. La pista estaba firme.
De todas formas a su chica no le importaba. Correría en arenas movedizas si debía hacerlo.
Los purasangre pasaron atronando, el sonido colectivo de todos los cascos y el incitante vibrar de la voz del locutor fustigaban la energía en las tribunas hasta un grado extático. De todos modos, Manny permaneció calmado, mantuvo las manos aferradas a la baranda que tenía delante y los ojos en el campo mientras el pelotón rodeaba la primera curva formando un nudo bien cerrado de lomos y colas.
La pantalla panorámica exhibía todo lo que él necesitaba ver. Su potranca era la penúltima, iba casi trotando mientras los demás iban a galope tendido… demonios, su cuello ni siquiera estaba totalmente extendido. No obstante el jockey, estaba haciendo su trabajo sacándola lentamente de su carril, dándole la opción de correr a lo largo de la parte externa del pelotón o de cortar a través de él cuando estuviera lista.
Manny sabía exactamente lo que iba a hacer ella. Iba a hacer un surco entre los demás caballos como una bola demoledora.
Ese era su estilo.
Y efectivamente, cuando llegaron a la lejana línea recta comenzó a demostrar su fogosidad. Bajó la cabeza, estiró el cuello y comenzó a estirar sus zancadas.
—De puta madre —susurró Manny—. Hazlo, chica.
Al penetrar en el campo atestado, Glory se convirtió en un relámpago que cortaba a través de los otros corredores, su explosión de velocidad fue tan poderosa que era evidente que lo hacía a propósito: no era suficiente ganarle a todos, sino que debía hacerlo en el último kilómetro, liquidando a las monturas de los bastardos en el último instante posible.
Manny rió desde lo profundo de la garganta. Era definitivamente su tipo de mujer.
—Cristo, Manello, mírala correr.
Manny asintió sin mirar al tipo que le había hablado al oído porque a la cabeza de la manada se estaba revelando un cambio en el juego: el potro que estaba a la cabeza perdió el ímpetu, relegándose cuando sus patas se quedaron sin combustible. En respuesta su jockey lo fustigó, azotando sus cuartos traseros… con el mismo éxito de alguien que maldice un coche cuyo tanque está vacío. El potro que iba en segundo lugar, un gran castaño con mala actitud y trancos largos como campos de fútbol, tomó inmediatamente ventaja de la disminución de velocidad y su jockey le aflojó completamente las riendas.
El par estuvo cuello a cuello durante un segundo solamente, antes de que el castaño tomara el control de la carrera. Pero no iba a ser por mucho tiempo. La chica de Manny había elegido ese momento para abrirse camino zigzagueando entre un nudo formado por tres caballos y apareció más pegada a su cola que un adhesivo en un parachoques.
Sí, Glory estaba en su elemento, con las orejas pegadas a la cabeza y enseñando los dientes.
Se lo iba a comer crudo. Y era imposible no extrapolarse al primer sábado de mayo y al Derby de Kentucky…
Todo ocurrió muy rápido.
Todo terminó… en un abrir y cerrar de ojos.
Deslizándose deliberadamente de lado, el potro chocó contra Glory y el brutal impacto la envío contra la barrera. Su chica era grande y fuerte, pero no era rival para un empellón como ese, no cuando iba a sesenta kilómetros por hora.
Durante un instante, Manny estuvo convencido de que se restablecería. A pesar de la forma en que se había tambaleado y enredado, esperaba que pudiera estabilizarse y le enseñara al belicoso bastardo una lección de modales.
Salvo que cayó. Justo frente a los tres caballos que acababa de adelantar.
La carnicería fue inmediata, caballos desviándose ampliamente para evitar el obstáculo que había en su camino, jockeys cambiando la posición encorvada que adoptaban al correr con la esperanza de permanecer en la montura
Todo el mundo lo logró. Salvo Glory.
Mientras la multitud boqueaba, Manny se lanzó hacia delante, salió de los confines del compartimento y luego saltó sobre gente, sillas y barricadas hasta llegar a la misma pista.
Por encima de la barrera. Al terreno.
Corrió hacia ella, sus años de atletismo lo llevaron a una velocidad suicida ante el espectáculo descorazonador.
Ella estaba intentando levantarse. Bendito fuera su corazón grande y valeroso, luchaba por levantarse del suelo, con los ojos fijos en la manada como si no le importara una mierda estar herida; lo único que quería era alcanzar a los que la habían dejado en el polvo.
Trágicamente, su pata delantera tenía otros planes para ella: mientras luchaba, la pata delantera derecha oscilaba en círculos por debajo de la rodilla y a Manny no le hacían falta sus años de cirujano ortopédico para saber que tenía problemas.
Grandes problemas.
Al llegar a ella encontró al jockey llorando.
—Doctor Manello, lo intenté… oh, Dios…
Manny patinó en el polvo y se abalanzó sobre las riendas en el momento en que los veterinarios llegaban en el coche y erigían una pantalla alrededor del drama.
Cuando los tres hombres uniformados se aproximaron, su mirada comenzó a volverse indómita por el dolor y la confusión. Manny hizo lo que pudo para calmarla, permitiéndole que sacudiera la cabeza todo lo que quisiera mientras le acariciaba el cuello. Y ciertamente se aflojó cuando le inyectaron un tranquilizante.
Al menos la cojera desesperada se detuvo.
El veterinario en jefe le dio un vistazo a la pata y sacudió la cabeza. Lo que en el mundo de las carreras era el lenguaje universal para: es necesario matarla.
Manny le plantó cara al tipo.
—Ni siquiera lo piense. Estabilice la fractura y envíela ya al Tricounty. ¿Está claro?
—Nunca volverá a correr… esto parece una fractura múlti…
—Saque a mi puñetera yegua de la pista y envíela al Tricounty…
—No vale la pena…
Manny agarro bruscamente la parte delantera de la chaqueta del veterinario y tiró del Sr. Salida Fácil hasta que estuvieron nariz-con-nariz.
Hágalo. Ahora.
Hubo un momento de absoluta incomprensión, como si ser maltratado fuera algo nuevo para el pequeño insolente.
Y sólo para que ambos lograran entenderse muy claramente, Manny gruñó:
—No voy a perderla… pero estoy más que dispuesto a derribarte a ti. Aquí. Ahora.
El veterinario se encogió apartándose, como si supiera que estaba en peligro de que le dieran un buen directo.
—Está bien… está bien.
Manny no estaba dispuesto a perder a su yegua. Durante los doce últimos meses, había llorado a la única mujer que había querido alguna vez, había dudado de su cordura y se había dedicado a beber whisky aunque siempre había odiado esa mierda.
Si Glory moría ahora… realmente no le iba a quedar mucho en la vida, ¿verdad?


Capítulo 2

CALDWELL, NUEVA YORK, CENTRO DE ENTRENAMIENTO, COMPLEJO DE LA HERMANDAD.

Jodido… Bic… pedazo de mierda…
Vishous estaba de pie en el pasillo fuera de la clínica médica de la Hermandad con un cigarrillo liado a mano entre los labios y su pulgar estaba recibiendo un terrible y jodido entrenamiento. No se podía decir que hubiera llama, sin importar cuántas veces masturbara la ruedecilla del encendedor.
Click. Click. Click…
Absolutamente indignado, tiró el PDM a la basura y acometió contra el guante forrado de plomo que cubría su mano. Desprendiéndose del cuero, miró fijamente la palma resplandeciente, flexionando los dedos y arqueando la muñeca.
La cosa era parte lanzallamas, en parte bomba nuclear, capaz de derretir cualquier metal, convertir la piedra en vidrio y hacer kebab de cualquier avión, tren o coche que se le antojara. También era la razón por la cual podía hacerle el amor a su shellan y uno de los dos legados que su madre, la deidad, le había dado.
Y joder, la mierda de la clarividencia era casi tan divertida como la rutina de la mano mortal.
Levantando el arma mortal hacia su rostro, acercó el extremo del cigarrillo, pero no demasiado o inmolaría su sistema de entrega de nicotina y tendría que perder tiempo haciendo otro. Lo cual en un buen día no era algo para lo que tuviera mucha paciencia y ciertamente no en un momento como éste…
Ah, exquisita aspiración.
Recostándose contra la pared, plantó las shitkickers sobre el linóleo y fumó. El clavo-de-su-ataúd[i] no hizo mucho por su estado de depresión, pero le dio algo mejor que hacer que la otra opción que había estado cruzándosele por la cabeza en las últimas dos horas. Mientras tironeaba del guante para volverlo a su lugar, deseó hacer uso de su «don» e incendiar algo, cualquier cosa…
¿Realmente estaba su hermana melliza al otro lado de esa pared? ¿Tendida en una cama de hospital… paralizada?
Cristo Jesús… tener trescientos años de edad y enterarte que tenías una hermana.
Buena jugada, mamá. Real y jodidamente encantadora.
Pensar que había asumido que tenía todos los problemas resueltos con sus padres. Por otra parte, solo uno de ellos había muerto. Si la Virgen Escriba siguiera el camino del Bloodletter y estirara la pata, quizás se las arreglaría para quedar en igualdad de condiciones.
Sin embargo con las cosas como estaban en ese momento, esta última novedad de «Page Six»[ii], sumada al hecho de que Jane hubiera ido sola al mundo humano en una misión imposible, lo estaba volviendo…
Sí, no había palabras para describirlo.
Sacó el móvil. Lo comprobó. Lo volvió a guardar en el bolsillo de sus pantalones de cuero.
Maldita fuera, era tan típico. Jane se concentraba en algo y eso era todo. Nada más importaba.
No era que él no fuera exactamente igual, pero en momentos como ese, apreciaría alguna novedad.
Jodido sol. Lo atrapaba dentro de la casa. Al menos si estuviera con su shellan, no habría posibilidad alguna de que «el gran» Manuel Manello pudiera salir con un no-no-creo-que-vaya-a-hacerlo. V simplemente noquearía al bastardo, tiraría su cuerpo dentro del Escalade y traería esas talentosas manos hasta aquí para que operaran a Payne.
A su manera de ver, el libre albedrío era un privilegio, no un derecho.
Cuando llegó al final del cigarrillo, lo aplastó contra la suela de la shitkicker y tiró la colilla a la papelera. Deseaba tomar algo, desesperadamente… salvo que no quería soda ni agua. Medio cajón de Grey Goose apenas alcanzaría para tranquilizarlo, pero con algo de suerte dentro de poco estaría asistiendo en el quirófano y debía estar sobrio.
Al entrar en la sala de exámenes, sus hombros se tensaron, apretó los dientes y durante medio segundo, no supo cuánto más podría soportar. Si había algo que garantizaba que él quedara en carne viva era una nueva traición de su madre y sería difícil encontrar algo peor que esta mentira de mentiras.
El problema era que la vida no venía con una «traba» predeterminada para detener la diversión y el juego cuando tu pinball se ponía demasiado inestable.
—¿Vishous?
Ante el sonido de esa voz suave y baja, cerró los ojos brevemente.
—Sí, Payne. —Pasando al antiguo lenguaje, concluyó—: soy yo.
Cruzando la habitación hasta el centro, volvió a encaramarse en el taburete con ruedas que estaba junto a la camilla. Tendida bajo varias mantas, Payne estaba inmovilizada con la cabeza completamente rodeada de bloques y el cuello con un collarín que iba desde la barbilla hasta la clavícula. Su brazo estaba unido mediante una intravenosa a una bolsa que colgaba de una percha de acero inoxidable y por debajo corría un tubo que se unía al catéter que le había puesto Ehlena.
A pesar de que la habitación embaldosada era clara, limpia y brillante, y el equipamiento médico y los suministros lucían tan amenazadores como las tazas y los platillos en una cocina, él sentía como si ambos estuvieran en una caverna asquerosa rodeados de osos grizzly.
Sería mucho mejor si pudiera salir a matar al hijo de puta que había dejado a su hermana en esa condición. El problema era… que eso significaría que debía matar a Wrath y vaya reality-show tenían. Ese gran bastardo no solo era el rey, era un hermano… y además estaba el pequeño detalle de que lo que la había llevado allí había sido de común acuerdo. Las sesiones de entrenamiento que ambos habían estado efectuando durante los últimos dos meses los habían mantenido en forma… y, evidentemente, Wrath no tenía ni idea de con quién había estado luchando porque el macho era ciego. ¿Que era una hembra? Bueno, por supuesto. Había sido en el Otro Lado y no había machos allí. Pero la falta de visión del rey significaba que se había perdido lo que V y todos los demás se quedaban viendo cada vez que entraban en esta habitación:
La larga trenza negra de Payne era exactamente del mismo color que el cabello de V, su piel era del mismo tono que la de él y su constitución era igual, alta, delgada y fuerte. Pero sus ojos… mierda, sus ojos.
V se frotó el rostro. Su padre, el Bloodletter, había tenido infinidad de bastardos antes de ser asesinado en una escaramuza con unos lessers en el Antiguo País. Pero V no consideraba parientes a ninguna de esas ocasionales hembras.
Payne era diferente. Ambos tenían la misma madre y no era cualquier preciada mahmen. Era la Virgen Escriba. La mismísima madre de la raza.
Una puta era lo que era.
Payne volvió la mirada hacia él y V se quedó sin aliento. Los iris que se encontraron con los suyos eran color blanco hielo, exactamente iguales a los suyos propios y el aro azul marino que los rodeaba era el que veía cada noche en el espejo. Y la inteligencia… la agudeza mental que había en esas profundidades árticas era precisamente la que hervía también bajo su cúpula ósea.
No puedo sentir nada —dijo Payne.
—Lo sé —sacudiendo la cabeza, repitió—: Lo sé.
Ella crispó la boca como si, bajo otras circunstancias, pudiera haber sonreído.
—Puedes hablar en cualquier idioma que desees —le dijo con un fuerte acento—. Hablo fluidamente en… muchos.
Igual que él. Lo que significaba que se veía incapaz de formular una respuesta en dieciséis diferentes lenguas. Bien por él.
—¿Has tenido noticias… de tu shellan? —preguntó vacilante.
—No. ¿Deseas más analgésicos? —Sonaba más débil que cuando la había dejado.
—No, gracias. Me hacen sentir… extraña.
Eso fue seguido por un largo silencio.
Que solo se hizo más largo.
Y aún más largo.
Cristo, tal vez debería sostenerle la mano… después de todo, tenía sensaciones por encima de la cintura. Sí, pero ¿qué podía ofrecerle en la sección de palmas de mano? Su izquierda temblaba y su derecha era mortal.
—Vishous, el tiempo no…
Cuando su melliza dejó que la oración se apagara, él la terminó en su mente: está de nuestra parte.
Joder, desearía que ella no tuviera razón. No obstante, cuando se trataba de lesiones en la columna vertebral, así como de ataques cardíacos, se perdían oportunidades con cada minuto que el paciente pasaba sin ser atendido.
Más valía que ese humano fuera tan brillante como decía Jane.
—¿Vishous?
—¿Sí?
—¿Hubieras preferido que no hubiera venido aquí?
Él frunció el ceño con fuerza.
—¿De qué demonios estás hablando? Por supuesto que te quiero conmigo.
Cuando su pie comenzó a golpetear contra el suelo, se preguntó cuánto tiempo tendría que quedarse antes de poder salir a fumar otro cigarrillo. Mientras permanecía allí simplemente no podía respirar, incapaz de hacer nada mientras su hermana sufría y su mente se ahogaba en preguntas. Tenía diez mil qués y porqués asentados en lo alto de la cabeza, salvo que no podía preguntar. El aspecto de Payne indicaba que entraría en coma en cualquier momento debido al dolor, así que difícilmente era el momento de saborear un café.
Mierda, los vampiros se sanaban a la velocidad del rayo, pero de ninguna manera eran inmortales.
Por este motivo, bien podía perder a su melliza antes incluso de llegar a conocerla.
Con eso en mente, le echó un vistazo a sus signos vitales en el monitor. La raza tenía presión baja de por sí, pero la de ella andaba alrededor del nivel del suelo. El pulso era lento e inestable, como una sección de percusión formada solo por tipos blancos. Y habían tenido que silenciar el sensor de oxígeno debido a que la alarma de advertencia se disparaba continuamente.
Cuando ella cerró los ojos, le preocupó que fuera por última vez y, ¿qué había hecho por ella? Poco más que gritarle cuando le había hecho una pregunta.
Se acercó, sintiéndose como un idiota.
—Debes aguantar, Payne. Estoy consiguiéndote lo que necesitas, pero debes aguantar.
Su melliza levantó los párpados y lo miró sin mover la cabeza.
—He traído demasiados problemas a tu puerta.
—No te preocupes por mí.
—Eso es lo único que he hecho siempre.
V volvió a fruncir el ceño. Evidentemente todo este asunto hermano-hermana era novedad sólo para él, y no pudo evitar preguntarse cómo demonios se había enterado ella de su existencia.
Y qué sabía.
Mierda, esta era otra oportunidad en que deseaba ser convencional.
—Estás muy seguro del sanador al que buscas —musitó ella.
Ah, en realidad no. De lo único que estaba seguro era que si el bastardo la mataba, esa noche iba a haber un funeral doble… asumiendo que quedara algo del humano para enterrar o incinerar.
—¿Vishous?
—Mi shellan confía en él.
Payne desvió los ojos hacia arriba y los fijó allí. ¿Estaría mirando el techo? Se preguntó él. ¿Los focos que estaban suspendidos sobre ella? ¿Algo que él no podía ver?
Finalmente, dijo:
—Pregúntame cuánto tiempo pasé cerca de nuestra madre.
—¿Estás segura de tener fuerzas para esto? —Cuando ella lo miró poco menos que furiosa, tuvo ganas de sonreír—. ¿Cuánto tiempo?
—¿Qué año es en la tierra? —Cuando se lo dijo, se le abrieron los ojos de par en par—. En verdad. Bueno, han sido cientos de años. Fui encerrada por nuestra mahmen durante… cientos de años de vida.
Vishous sintió que la punta de sus colmillos vibraba debido a la furia. Esa madre suya… debería haber sabido que cualquier reconciliación a que hubiera llegado con la hembra no duraría.
—Ahora eres libre.
—¿Lo soy? —Bajó la mirada hacia sus piernas—. No puedo vivir en otra prisión.
—No lo harás.
En ese momento esa mirada helada se volvió astuta.
—No puedo vivir así. Entiendes lo que digo.
Por dentro se quedó absolutamente congelado.
—Escucha, voy a traer a ese doctor aquí y…
—Vishous —dijo con voz ronca—. De verdad, lo haría si pudiera, pero no puedo, y no tengo a quién más acudir. Me entiendes.
Al mirarla a los ojos, quiso gritar, se le retorcieron las entrañas y la frente se le inundó de sudor. Era un asesino por naturaleza y entrenamiento, pero esa no era una habilidad que tuviera intención de esgrimir contra su propia sangre, nunca. Bueno, a excepción de su madre, por supuesto. Tal vez contra su padre, salvo que el tipo había muerto por cuenta propia.
Está bien, corrección: no era algo que tuviera intención de hacerle a su hermana.
—Vishous. ¿Lo…?
—Sí. —Bajó la vista hacia su mano maldita y flexionó el condenado pedazo de mierda—. Lo entiendo.
Profundamente bajo su piel, en su mismo centro, una cuerda interior comenzó a vibrar. Era el tipo de cosa con la que había estado íntimamente familiarizado a lo largo de la mayor parte de su vida… y también una conmoción absoluta. No había sentido eso desde la llegada de Jane y Butch, y su regreso era… otra tajada de Jódeme.
En el pasado, lo había sacado de sus casillas conduciéndolo a la tierra del sexo duro y de la mierda extremadamente peligrosa.
A la velocidad del sonido.
La voz de Payne era ronca.
—Y qué me dices.
Maldición, acababa de conocerla.
—Sí. —Flexionó su mano mortal—. Me haré cargo de ti. Si se llega a ese extremo.
*  *
Mientras Payne miraba hacia arriba, fuera de la jaula de su cuerpo paralizado, todo lo que podía ver era el perfil adusto de su mellizo y se despreciaba a sí misma por la situación en que lo había puesto. Desde su llegada a este lado había pasado el tiempo intentando desentrañar algún otro camino, encontrar alguna otra opción, alguna otra… cualquier cosa.
Pero lo que necesitaba difícilmente era algo que uno pudiera pedirle a un extraño.
Pero en definitiva, él era un extraño.
—Gracias —dijo—. Hermano mío.
Vishous simplemente asintió una vez y volvió a mirar fijamente hacia el frente. En persona, era mucho más que la suma de sus rasgos faciales y el tamaño enorme de su cuerpo. Antes de ser encerrada por su mahmen, lo había observado durante largo tiempo en los cuencos de observación de las Elegidas consagradas y en el instante en que había aparecido en el agua superficial, supo quién era él… lo único que tuvo que hacer fue verlo y se vio a sí misma.
La vida que había llevado. Empezando con el campo de guerra y la brutalidad de su padre… y ahora esto.
Y bajo su fría compostura, rabiaba. Lo podía sentir en sus mismos huesos, algún vínculo entre ellos le daba un discernimiento más allá de lo que la vista le informaba: en la superficie estaba sereno como una pared de ladrillos, con sus componentes todos en orden y la argamasa fijándolos en su lugar. No obstante, por dentro de la piel, hervía… y la pista exterior era la mano derecha enguantada. Por debajo de la base, brillaba con potente luz… que cada vez se iba haciendo más brillante. Especialmente después de que ella le hiciera su solicitud.
Se dio cuenta que ese podía ser su único momento juntos y se le humedecieron los ojos nuevamente.
—¿Estás emparejado con la hembra sanadora? —murmuró.
—Sí.
Cuando todo quedó en silencio, deseó poder entablar una conversación con él, pero era evidente que le respondía solo por cortesía. Y sin embargo le creyó cuando le dijo que le alegraba que hubiera llegado allí. No le parecía el tipo de persona que mentía… no debido a que le importara la moralidad o la educación como tal, sino porque lo veía como una pérdida de tiempo y esfuerzo.
Payne deslizó los ojos de regreso hacia el anillo de fuego brillante que colgaba sobre su cabeza. Deseaba que le sostuviera la mano o que la tocara de alguna forma, pero ya le había pedido demasiado.
Tendida sobre la tabla con ruedas, sentía que su cuerpo estaba mal, era pesado e ingrávido a la vez y su única esperanza eran los espasmos que le tironeaban de las piernas y cosquilleaban sus pies, provocando que se sacudieran. Seguramente no debía estar todo perdido si estaba ocurriendo eso, se dijo a sí misma.
Salvo que incluso mientras se resguardaba bajo ese pensamiento, una pequeña y serena parte de su mente le decía que el techo cognitivo que estaba construyendo para cobijarse, no soportaría la lluvia que se cernía sobre lo que le quedaba de vida: cuando movía las manos, a pesar de no verlas, podía sentir las sábanas frescas y suaves y la fría y lisa tabla sobre la que estaba. Pero cuando le ordenaba a sus pies que hicieran lo mismo… era como si estuviera en las aguas serenas y templadas de los estanques de baño del Otro Lado, guarecida en un abrazo invisible, sin sentir nada contra ella.
¿Dónde estaba ese sanador?
El tiempo… pasaba.
Mientras la espera pasaba de intolerable a definitivamente agonizante, le era difícil saber si la sensación de ahogo que sentía en la garganta era por su condición o por el silencio de la habitación. En verdad, ella y su mellizo estaban inmersos en el silencio… solo que por muy distintas razones: ella no iría a ninguna parte en el futuro cercano. Él estaba a punto de explotar.
Desesperada por algo de estímulo, algo… cualquier cosa, murmuró:
—Cuéntame del sanador que está en camino.
La fría corriente que le golpeó el rostro y el aroma a especias oscuras que se introdujo en su nariz le indicó que era un macho. Tenía que serlo.
—Es el mejor —murmuró Vishous—. Jane siempre habla de él como si fuera un dios.
El tono era poco más que elogioso, pero ciertamente a los machos vampiros no les gustaba que hubiera otros de su mismo tipo cerca de sus hembras.
¿Quién podía ser dentro de la raza? se preguntó. El único sanador que Payne había visto en los cuencos era Havers. Y, por cierto, ¿no debería haber motivo para tener que ir en su búsqueda?
Tal vez había otros que ella no había visto. Después de todo, no había pasado gran cantidad de tiempo poniéndose al día con el mundo y de acuerdo a su mellizo, habían transcurrido muchos, muchos, muchos años entre su encierro y su libertad, así como…
Una abrupta oleada de agotamiento cortó el proceso de sus pensamientos, filtrándose hasta su misma médula, hundiéndola aún más contra la mesa de metal.
Sin embargo cuando cerró los ojos, solamente pudo resistir la oscuridad un momento antes de que el pánico la hiciera abrir los párpados. Mientras su madre la había retenido en animación suspendida había sido muy consciente del vacío ilimitado que la rodeaba y de la tremenda lentitud con la que pasaban los instantes y los minutos. Esta parálisis de ahora era muy parecida a lo que había sufrido durante cientos de años.
Y ese era el motivo de la terrible petición que le hiciera a Vishous. No podía venir a este lado sólo para reproducir aquello de lo cual había estado tan ansiosa por escapar.
Las lágrimas resbalaron sobre su visión, causando que la fuente de luz brillante oscilara.
Cómo deseaba que su hermano le sostuviera la mano.
—Por favor no llores —dijo Vishous—. No… llores.
A decir verdad le sorprendió que él lo notara.
—En verdad, tienes razón. El llanto no cura nada.
Robusteciendo su voluntad, se obligó a ser fuerte, pero le costó toda una batalla. Aunque su conocimiento de las artes de la medicina era limitado, la simple lógica le indicaba a qué se enfrentaba: como era de un linaje extraordinariamente fuerte, su cuerpo había comenzado a repararse a sí mismo en el momento en que se había lesionado mientras entrenaba con el Rey Ciego. No obstante el problema era que el mismo proceso regenerativo que habitualmente le salvaría la vida, hacía que su condición fuera aún más extrema… y susceptible de ser permanente.
No era probable que una columna vertebral que se rompía y se componía a sí misma lograra un buen resultado y la parálisis de sus piernas era ejemplo de ese hecho.
—¿Por qué sigues mirando tu mano? —le preguntó, sin apartar la vista de la luz.
Hubo un momento de silencio. Que iba a sumarse a los demás.
—¿Por qué crees que es eso lo que hago?
Payne suspiró.
—Porque te conozco, hermano mío. Lo sé todo acerca de ti.
Cuando él no dijo nada más, el silencio se hizo casi tan afable como lo había sido la inquisición en el Antiguo País.
Ah, ¿qué había puesto en marcha?
¿Y dónde acabarían todos ellos cuando terminara?



[i] Slang que se refiere a cigarrillo
 [ii] Una columna del Washington Post de cotilleo



Capítulo 3

A veces la única forma de saber lo lejos que has llegado es volver a donde estuviste una vez.
Cuando la doctora Jane Whitcomb entró en el complejo del Hospital St. Francis, se vio succionada a su vida anterior. En cierto sentido fue un viaje corto... hacía apenas un año era la Jefa del Servicio de Trauma de allí, vivía en un piso lleno de cosas de sus padres y pasaba veinte horas al día corriendo entre urgencias y las salas de operaciones.
Ya no.
Una pista clara del cambio había sido la forma suave en que había entrado en el edificio quirúrgico. No había razón para molestarse con las puertas rotatorias. O las que se abrían de un empujón al vestíbulo.
Atravesó las paredes de cristal y pasó a los guardias de seguridad del control sin que la vieran.
Los fantasmas eran buenos para esas cosas.
Tras haber sido transformada podía ir a lugares y entrar sin que nadie tuviera idea de que estaba por allí. Pero también podía volverse tan corpórea como cualquiera, haciéndose sólida a voluntad. En una forma era totalmente etérea, en la otra era tan humana como había sido una vez, capaz de comer, amar y vivir.
Era una poderosa ventaja en su trabajo como cirujano privado de la Hermandad.
Como ahora mismo, por ejemplo. ¿De qué otra condenada manera sería capaz de infiltrarse de nuevo en el mundo humano con un mínimo de alboroto?
Apresurándose a lo largo del brillante suelo de piedra del vestíbulo, pasó la pared de mármol en la que estaban inscritos los nombres de los benefactores y procedió a abrirse paso a través de multitud de gente. Dentro y en medio de la congestión, muchas caras le resultaban familiares, desde el personal de administración a médicos y enfermeras con los que había trabajado durante años. Incluso los pacientes estresados y sus familias eran anónimos y aún así íntimos para ella, las máscaras de pena y preocupación eran las mismas sin importar los rasgos faciales que las llevaran.
Mientras se dirigía a las escaleras de servicio, iba a la caza de su antiguo jefe. Y, Cristo, casi deseaba reír. En todos sus años trabajando juntos, había acudido a Manny Manello con gran variedad de ODM, pero esto iba a estar muy por encima de cualquier accidente de tráfico múltiple, accidente de avión o derrumbe de edificio.
Todo a la vez.
Flotando a través de la puerta de metal de la salida de emergencia, se dirigió a la escalera trasera, sus pies no tocaban los escalones sino que flotaban sobre ellos mientras ascendía como un borrón, subiendo sin esfuerzo.
Esto tenía que funcionar. Tenía que conseguir que Manny accediera y se ocupara de esta herida de columna vertebral. Punto. No había ninguna otra opción, ni contingencias, ni giros a derecha e izquierda en esta carretera. Esto era el pase Hail Mary... y ella sólo rezaba porque el receptor de la zona final cogiera la puñetera pelota.
Menos mal que trabajaba bien bajo presión. Y que el hombre tras el que iba era alguien al que conocía tan bien como la palma de la mano.
Manny aceptaría el desafío. Aunque esto no iba a tener ningún sentido para él a muchos niveles y probablemente se quedara lívido al saber que estaba «viva», no iba a ser capaz de dar la espalda a un paciente necesitado. Simplemente no estaba en su naturaleza.
En el décimo piso, pasó como éter a través de otra puerta antiincendios y entró en las oficinas administrativas del departamento de cirugía. El lugar estaba equipado como una firma de abogados, todo oscuro, sobrio y con aspecto de riqueza. Tenía sentido. La cirugía era un enorme y rentable negocio para cualquier hospital universitario y gran parte del dinero se gastaba siempre en reclutar, mantener y dar cobijo a flores de invernadero brillantes y arrogantes que abrían a la gente para ganarse la vida.
Entre el juego de escalpelos del St. Francis, Manny Manello era el primero de la lista, el líder no sólo de una subespecialidad, como había sido ella, sino de todo el juego. Eso significa que era una estrella de cine, un sargento de entrenamiento y el Presidente de los Estados Unidos todo envuelto en un hijo de puta de metro ochenta y cinco de alto. Tenía un genio terrible, un intelecto abrumador y una mecha de alrededor de un milímetro de largo.
En un día bueno.
Y era una gema incuestionable.
El pan de cada día del tipo eran atletas profesionales de gran altura y acometía un montón de rodillas, caderas y hombros que de otro modo habrían sido el final de la carrera de jugadores de fútbol, baloncesto y hockey. Pero tenía mucha experiencia con la espina dorsal y aunque también estaría bien tener a un neurocirujano de respaldo, dado lo que estaban mostrando los escaners de Payne, esto era un asunto ortopédico: Si la espina dorsal estaba severamente dañada, la neurocirugía no iba a ayudarla. Simplemente la ciencia médica no había progresado tanto aún.
Cuando rodeó la esquina del mostrador del recepcionista, tuvo que detenerse. A la izquierda estaba su antigua oficina, el lugar donde había pasado incontables horas con el papeleo o haciendo consultas con Manny y el resto del equipo. La placa de la puerta decía ahora: THOMAS GOLDBERG, MÉDICO. JEFE DE CIRUGÍA DE TRAUMA.
Goldberg era una elección excelente.
Por alguna razón todavía dolía ver el nuevo cartel.
Pero vamos. ¿Esperaba que Manny preservara su escritorio y su oficina como monumento a ella?
La vida sigue. La suya. La de él. La de este hospital.
Pateando su propio trasero se dirigió a zancadas por el pasillo alfombrado, equipada con su bata blanca, el boli en el bolsillo y el teléfono que no había tenido razón para usar aún. No había tiempo para explicar su rutina de vuelta-de-entre-los-muertos ni adular a Manny o ayudarle a atravesar el lío mental en el que estaba a punto de meterlo. Y no tenía más elección que hacer que de algún modo fuera con ella.
Delante de su puerta cerrada, se preparó psicológicamente y luego pasó directamente a través de la misma.
No estaba detrás del escritorio. Ni en la mesa de conferencia de la sala contigua.
Una comprobación rápida del baño... no estaba allí tampoco y no había humedad en las puertas de cristal o toallas húmedas alrededor del lavabo.
De vuelta en la oficina propiamente dicha, hizo una profunda inspiración... y la esencia débil de su aftershave que se demoraba en el aire la hizo tragar con fuerza.
Dios, le echaba de menos.
Sacudiendo la cabeza, rodeó el escritorio y examinó el montón de cosas. Archivos de pacientes, pilas de memorandums interdepartamentales, informes del comité de Tribunal de Cuidado y Atención al Paciente. Apenas pasaban de las cinco de la tarde del sábado, había esperado encontrarlo aquí: No había cirugías programadas los fines de semana, a menos que estuviera de guardia y tratando con un caso de trauma, debería haber estado aparcado detrás de este lío de papeleo.
Manny había puesto el «veinticuatro horas al día, siete días a la semana» en la definición de trabajoadícto.
Saliendo de la oficina, comprobó el escritorio del ayudante administrativo. Ninguna pista allí, dado que su horario se guardaba en el ordenador.
La siguiente parada eran los quirófanos. St. Francis tenía varios niveles diferentes de salas de operaciones, todos ordenados por subespecialidades y fue a la zona en la que trabajaba habitualmente. Asomándose por las ventanas de cristal de las puertas dobles, vio como trabajaban en un manguito de los rotadores y una fea fractura compuesta. Y aunque los cirujanos llevaban puestas máscaras y gorras, pudo ver que ninguno de ellos era Manny. Los hombros de éste eran lo bastante grandes para estirar incluso la ropa de quirófano más grande y además, la música que sonaba era la equivocada en ambos casos. ¿Mozart? Ni de coña. ¿Pop? Por encima de su cadáver.
Manny escuchaba rock ácido o heavy metal. Hasta el punto de que, si no hubiera ido contra el protocolo, las enfermeras hubieran llevado tapones de oídos desde hacía años.
Maldita sea... ¿dónde demonios estaba? No había ninguna conferencia en esta época del año y él no tenía vida fuera del hospital. La otra única opción era el Commodore... desmayado de cansancio en el sofá de su piso o en el gimnasio de la torre de apartamentos.
Mientras salía, encendió su móvil y marcó el servicio de respuesta del hospital.
—Sí, hola —dijo cuando la llamada fue contestada—. Me gustaría localizar al doctor Manuel Manello. ¿Mi nombre? —Mierda—. Ah... Hannah. Hannah Whit. Y este es mi número.
Cuando colgó, no tenía ni idea de lo que decir si le devolvía la llamada, pero era excelente en pensar con rapidez y rezaba por ser tan buena como creía y sacarla fuera del campo esta vez. La cuestión era que si el sol estuviera bajo en el horizonte, uno de los Hermanos podría haber salido y llevado a cabo un poco de trabajo mental con Manny para aliviar todo este proceso de llevarlo al complejo.
Aunque Vishous no. Algún otro. Cualquier otro.
Sus instintos le decían que mantuviera a ese par tan lejos como pudiera el uno del otro. Ya tenían una emergencia médica entre manos. Lo último que necesitaba era a su antiguo jefe escayolado porque su marido se pusiera territorial y decidiera hacer un poco de crujido espinal por su cuenta. Justo antes de su muerte, Manny había estado interesando en algo más que una asociación profesional con ella. Así que al menos que se hubiera reformado y casado con una de esas Barbies con las que insistía en salir, probablemente todavía estaba soltero... y según la regla de la-ausencia-aumenta-el-cariño, sus sentimientos podrían haber persistido.
Una vez más, era igual de probable que la mandara a la mierda por mentirle sobre todo el asunto de la muerte.
Lo bueno era que no iba a recordar nada de esto.
En su caso, sin embargo, temía que ella nunca iba a olvidar las próximas veinticuatro horas.
*  *
El Hospital Equino Tricounty era el no va más de la última tecnología. Localizado a unos quince minutos del Acueducto, tenía de todo, desde salas de operaciones y suites con servicio completo de recuperación a piscinas de hidroterapia y cualquier avance imaginable. Y en él trabajaba gente que veía a los caballos como más que declaraciones de beneficios y pérdidas sobre cuatro pezuñas.
En el quirófano, Manny leyó los rayos X de la pata delantera de su chica y deseó ser quien entrara y se ocupara del asunto. Podía ver claramente las fisuras en el radio, pero eso no era lo que le preocupaba. Había un manojo de astillas que se habían roto, las escamas afiladas orbitaban los extremos bulbosos del hueso largo, como lunas alrededor de un planeta.
Solo porque fuera de otra especie eso no significaba que no pudiera con la operación. Mientras el anestesista la mantuviera sedada, podría ocuparse del resto. El hueso era el hueso.
Pero no iba a ser un capullo.
—¿Qué le parece? —dijo.
—En mi opinión profesional —replicó el veterinario jefe—, está bastante mal. Es una fractura múltiple desplazada. El período de recuperación va a ser extenso y no hay garantía ni siquiera de validez reproductora.
Lo cual era una patada en el culo: Los caballos debían mantenerse erguidos, con su peso bien distribuido sobre cuatro puntos. Cuando se rompían una pata, no era tanto que la herida fuera una putada, era el hecho de que tenían que redistribuir su peso y confiar desproporcionadamente en el lado bueno para mantenerse en pie. Y ahí era donde estaba el problema.
Basándose en lo que estaba mirando, la mayoría de los propietarios escogerían la eutanasia. Su chica había nacido para correr y esta herida catastrófica hacía eso imposible, incluso sobre una base recreativa... si sobrevivía. Y como médico, estaba bastante familiarizado con la crueldad de los trabajos médicos “salvadores” que últimamente dejaban a un paciente en condiciones peores que la muerte... o con nada excepto dolor y una prolongación de lo inevitable.
—¿Doctor Manello? ¿Ha oído lo que dije?
—Sí. Lo he oído. —Pero al menos, este tío, al contrario que el marica de la pista, parecía tan descorazonado como se sentía Manny.
Dándose la vuelta, se acercó adonde la habían tendido y le puso la mano sobre el carrillo de la mejilla. Su pelaje negro relucía bajo las luces brillantes y en medio de tanto azulejo pálido y acero inoxidable, ella era como una sombra echada y abandonada en el centro de la habitación.
Durante un largo momento observó su caja torácica expandirse y contraerse con su respiración. Sólo verla sobre la tabla con esas patas hermosas tendidas como palos y su cola colgando sobre el azulejo le hicieron comprender nuevamente que los animales como ella debían estar sobre sus patas. Esto era completamente antinatural. E injusto.
Mantenerla con vida simplemente para no tener que enfrentar su muerte no era la respuesta correcta aquí.
Haciendo de tripas corazón, Manny abrió la boca...
La vibración dentro del bolsillo del pecho de su traje le cortó. Con una malsonante maldición, sacó su Blackberry y comprobó, por si acaso fuera el hospital. ¿Hannah Whit? ¿Con un número desconocido?
Nadie a quien conociera y no iba a llamar.
Probablemente un número mal marcado por el operador.
—Quiero que opere —se oyó decir a sí mismo mientras volvía a guardar el móvil.
El corto silencio que siguió le dio bastante tiempo para comprender que no dejarla ir era una bofetada de cobardía. Pero no podía obsesionarse con mierdas psicológicas o se perdería.
—No puedo garantizar nada. —El veterinario volvió a mirar los rayos X—. No puedo decirle cómo irá eso, pero se lo juro... lo haré lo mejor que pueda.
Dios, ahora sabía cómo se sentían esas familias cuando hablaba con ellos.
—Gracias. ¿Puedo mirar desde aquí?
—Absolutamente. Le conseguiré algo que ponerse y ya conoce el lavabo con el jabón, doctor.
Veinte minutos después empezó la operación y Manny observó desde la cabecera, acariciándole la crin con la mano enguantada de látex, aunque ella estaba totalmente inconsciente. Mientras el veterinario jefe trabajaba, Manny tuvo que aprobar la metodología y habilidades del tipo... que era la única cosa que había ido bien desde que Glory había caído. El procedimiento había durado más o menos una hora, con las astillas de hueso eliminadas o atornilladas de vuelta en su lugar. Luego vendaron la pata y la sacaron del quirófano y a la piscina para que no se rompiera otra pata al salir de la anestesia.
Se quedó hasta que despertó y luego siguió al veterinario hasta el pasillo.
—Sus órganos vitales están bien y la operación fue bien —dijo el veterinario—, pero eso puede cambiar rápidamente. Y va llevar tiempo hasta que sepamos qué tenemos.
Mierda. Ese discursito era exactamente lo que él decía a los allegados y otros parientes cuando era el momento de que los padres se fueran a casa, a descansar y esperar a ver cómo iba el postoperatorio de un paciente.
—Le llamaremos —dijo el veterinario—. Con actualizaciones.
Manny se quitó los guantes con un chasquido y sacó su tarjeta de visita.
—Por si no la tienen en su historial.
—La tenemos. —El tipo la cogió de todos modos—. Si cambia algo, será el primero en saberlo y le mantendré informado personalmente, cada doce horas, cuando hago las rondas.
Manny asintió y ofreció su mano.
—Gracias. Por ocuparse de ella.
—De nada.
Después de estrecharse las manos, Manny asintió y se volvió hacia las puertas dobles.
—¿Le importa si me despido?
—Por favor.
De vuelta dentro, se tomó un momento con sus sentimientos. Dios... esto dolía.
—Aguanta ahí, pequeña. —Tuvo que susurrar porque no parecía poder tomar una respiración a fondo.
Cuando se enderezó, el personal le estaba mirando con una tristeza que sabía iba a quedársele pegada.
—Cuidaremos muy bien de ella —le dijo el veterinario con seriedad.
Él sabía que lo harían y aquello fue lo único que lo hizo dirigirse al vestíbulo.
Las instalaciones del Tricounty eran grandes y le llevó un rato cambiarse y luego encontrar el camino de salida, donde había aparcado junto a la puerta delantera. Delante, el sol se había puesto, una incandescencia que rápidamente decrecía a un brillo melocotón iluminando el cielo como si Manhattan ardiera a fuego lento. El aire era frío, pero fragante por los primeros esfuerzos de la primavera por traer vida al paisaje árido del invierno e hizo muchas respiraciones profundas para aligerarse la cabeza.
Dios, el tiempo había estado pasando en un borrón, pero ahora, cuando los minutos pasaban lentamente, era evidente que el paso frenético había agotado su fuente de energía. O eso o se había estrellado con una pared de ladrillo y atravesado a la muy puñetera.
Mientras palpaba en busca de la llave de su coche, se sintió más viejo que Dios. Le latía la cabeza y su cadera artrítica le estaba matando, esa carrera a toda máquina sobre la pista para acudir al lado de Glory era más de lo que la maldita cosa podía soportar.
No era así como había visualizado el final de este día. Había asumido que invitaría a beber a los propietarios a los que había vapuleado... y tal vez en el calor de la victoria tomaría la palabra a la señora Hanson sobre su generosa sugerencia oral.
Entrando en su Porsche, arrancó el motor. Caldwell estaba a casi cuarenta y cinco minutos al norte de Queens y su coche prácticamente podía hacer el viaje de vuelta al Commodore solo. Buena cosa, además, porque él era un maldito zombie.
Ni radio. Ni música del iPod. No llamar a gente tampoco.
Cuando cogió la Northway, sólo miraba delante hacia la carretera y luchaba contra la urgencia de dar la vuelta y... sí, ¿y hacer qué? ¿Dormir junto a su caballo?
La cuestión era que, si podía apañárselas para volver a casa de una pieza, la ayuda estaba en camino. Tenía una botella nueva de Lagavulin esperándolo y puede que se detuviera o no a usar un vaso: Por lo que al hospital concernía, estaba fuera de combate hasta el lunes a las seis de la mañana y tenía planes de emborracharse y permanecer de esa forma.
Cogiendo el volante envuelto en piel con una mano, rebuscó en su camisa de seda para encontrar su pedacito de Jesús en forma de joya. Agarrando la cruz dorada, alzó una plegaria.
Dios... por favor, deja que esté bien.

No podría soportar perder a otra de sus chicas. No tan pronto. Jane Whitcomb había muerto hacía un año entero, pero eso era sólo lo que le decía el calendario. En momentos de pena, había pasado sólo un minuto y medio desde que había ocurrido.
No quería volver a pasar por eso.

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1 comentario:

Mary Madonna Luce dijo...

Primeros capitulos de este libro. Tenemos mucho drama!!!
Pobre Glory, pobre Payne y pobre Manny, que sufre por sus chicas!!!